OPINIÓN.

La tuberculosis maquiavélica de Noriega

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El 12 de febrero de este año el periodista Juan Tamayo, del Miami Herald, quien acababa de pasar varios días en Panamá y había entrevistado a muchas personas, incluyendo al presidente Barletta y al sedicente general Noriega, me expresó su opinión de que los días -o los meses- de Barletta (como presidente), estaban contados; que de un momento a otro lo derrocaría el casi omnipotente Noriega. Le respondí que no se dejara engañar por las apariencias, que yo estaba dispuesto a apostarle que Noriega se iría antes, junto, o poco después, de Barletta.

Una cosa son las apariencias y otra la realidad. Se dice que Noriega ha llegado, y podrá mantenerse a donde ha llegado, por su gran maquiavelismo; lo cual es una verdad a medias, es decir, engañosa. Porque por su forma de actuar Noriega es tan aproximadamente un político maquiavélico como aproximadamente es un hombre de guerra, es decir, un verdadero militar.

Seguramente el concepto más conocido de Maquiavelo es aquel de que "el fin justifica los medios", y seguramente muchos -incluyendo a Noriega- piensan simplista y equivocadamente que esa frase encierra la esencia del pensamiento maquiavélico.

En sus escritos, especialmente en su archifamosa obra El Príncipe, Nicolás Maquiavelo da muchos consejos y hace innumerables advertencias a los gobernantes, o aspirantes a gobernantes. Pero hay una que repite varias veces con ardor: "Si el pueblo le es enemigo, jamás puede un príncipe asegurarse ante él (...) el príncipe ha de pensar en evitar todo aquello que lo pueda hacer odioso o despreciado".

El estudioso político florentino le da tanta importancia al tema que el más extenso capítulo de El Príncipe se titula, precisamente, "De qué modo se ha de evitar ser despreciado y odiado". En él nos dice Maquiavelo: "se ha de temer con respecto a los súbditos que maquinen secretamente una conjura, de lo cual puede guardarse con seguridad si evita el ser odiado y despreciado y conserva al pueblo satisfecho de él (...). Uno de los más poderosos remedios de que dispone un príncipe contra las conjuras, es no ser odiado por el conjunto del pueblo, porque el que conjura confía siempre en dar satisfacción al pueblo con la muerte del príncipe (...), un príncipe debe tener poco temor a las conjuras cuando goza del favor del pueblo; pero si éste es enemigo suyo y lo odia, debe temer de cualquier cosa y a todos".

En el capítulo "si las fortalezas y otras muchas cosas que los príncipes realizan cada día son útiles o inútiles", sigue insistiendo: "la mejor fortaleza es no ser odiado por el pueblo, porque por muchas fortalezas que tengas, si el pueblo te odia no te salvarán (...) censuraré a todo aquel, que fiándose de ellas, conceda poca importancia a que el pueblo le odie".

La gran mayoría del pueblo panameño odia a Noriega y no creo necesario extenderme sobre los motivos de ese hecho. Pero sí quiero usar una magistral figura de Maquiavelo para resaltar que en la raíz de la situación desastrosa que hoy vive Panamá hay una razón primaria: la miopía de los que pudieron evitar tanta desgracia al país (y a ellos mismos). Nos señala el escritor italiano del siglo XVI que los gobernantes "no solamente han de preocuparse de los problemas presentes, sino también de los futuros, tratando de superarlos; previstos con antelación, se les puede encontrar fácil remedio, pero si se espera a tenerlos encima, la medicina nunca está a tiempo al haberse convertido la enfermedad en incurable. Ocurre aquí lo que dicen los médicos de la tisis: "en un principio es fácil de curar y difícil de reconocer, pero con el curso del tiempo, si no se le ha identificado en los comienzos ni aplicado la medicina conveniente, pasa a ser fácil de reconocer y difícil de curar. Lo mismo ocurre en los asuntos de Estado...".

Son de conocimiento público las críticas e insultos que desde 1981 llueven sobre mi persona por haber advertido desde entonces ( y antes) que íbamos rumbo al desastre por la corrupción, la represión, la perspectiva de un monstruoso fraude electoral (hecho realidad posteriormente), etc.

En pleno apogeo del poder de Torrijos llegué incluso a decir públicamente en 1979: "nosotros hemos venido de Nicaragua convencidos de que el futuro de nuestro país está en la unidad de sus masas, sean panameñistas, sean torrijistas, sean liberales, o de cualquier otro color (27 julio)... nos encontramos en la actualidad con un país dividido en dos mitades que se mantienen hostilmente en actitud contrapuesta (...). Crisis energética, crisis del sistema monetario en el plano internacional; Cerro Colorado, crisis económica, desempleo, hambre, desequilibrio e intranquilidad social en el plano interno.

Estos son temas que plantean serios y complejos problemas que nuestro país debe afrontar y resolver adecuadamente a corto plazo si no quiere verse envuelto en un terremoto político social. Estos son graves problemas que no puede resolver un país profundamente dividido como es el caso del nuestro en el momento actual (...), hay que reconocer sin miedo que con el panameñismo en contra, frontalmente, este país se hace ingobernable...", (11 de octubre).

En diciembre de 1981 dije: "Para promover el diálogo hacia la unión nacional se tendría que combatir seriamente la corrupción oficial, como otorgar contratos no claros, la falta de control del gasto público y la represión del G-2 (...). Si seguimos como vamos, vamos rumbo al abismo. Al abismo que consiste en el caos político y la violencia física". En enero de 1982 advertí: "Los que pertenecemos a tal o cual partido, tenemos que tener bien presente que antes que un partido, quien debe ganar en las elecciones es Panamá. Y la única forma de que Panamá gane en las elecciones del 84 es, primero que nada, que sean honestas, que no haya compra de votos y que se le dé el poder a quien realmente tenga la mayoría".

En ese entonces el mal era curable. Pero hoy Noriega y su camarilla militarista están mortalmente enfermos de la tuberculosis incurable que sirve de modelo a Maquiavelo.

Noriega, como dije al inicio, dista mucho de ser un político realmente maquiavélico por el único hecho de aplicar algunos de los más brutales y cínicos preceptos del pensador citado, igual que no es hombre de armas, solo por vestir uniforme y hacer el saludo militar. Es más, si él estudia a Maquiavelo podrá ver -pintada en la obra del famoso autor renacentista- el retrato de su propia caída.

PD: El 13 de julio, al cabo de solo cinco meses, volví a ver al periodista Tamayo. En esa ocasión ya sus puntos de vista habían cambiado y coincidían con los míos. Perdí la oportunidad de ganar una apuesta.

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