La vida de Malcolm Prince, el liberiano

Huyendo de la muerte, se subió a un barco y llegó hasta Panamá. Trece años después, Malcolm Prince cuenta cómo es ser refugiado en Panamá.

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TESTIMONIO. ‘A mí no me importa lo que piensen de mí, sino a dónde quiero llegar’, dice Malcolm Prince. LA PRENSA/ Carlos Lemos TESTIMONIO. ‘A mí no me importa lo que piensen de mí, sino a dónde quiero llegar’, dice Malcolm Prince. LA PRENSA/ Carlos Lemos
TESTIMONIO. ‘A mí no me importa lo que piensen de mí, sino a dónde quiero llegar’, dice Malcolm Prince. LA PRENSA/ Carlos Lemos

Cuando los policías lo encontraron caminando en la calle, Malcolm Prince tenía 21 años y sintió pavor: pensaba que lo iban a matar.

Vestido con un suéter viejo, un bermuda tieso por el salitre y unas chancletas que apenas le protegían los pies, Prince llevaba el cabello largo, como los rastas, y estaba convencido de que estaba en la ciudad de Nueva York.

Semanas antes, en su natal Liberia, Prince corría y corría por las calles de Monrovia. El país se desangraba en una feroz guerra civil y todos luchaban por mantener el pellejo intacto.

En medio del caos, un barco de las Naciones Unidas llegó y Prince empezó a bajar bultos, para ganarse algo.

Cuando el trabajo estaba hecho y el capitán de la nave dio la orden de partir, Prince no se quedó en tierra: se escondió detrás de una carga, en la cubierta del barco, y allí estuvo más o menos una semana, hasta que el hambre lo hizo mostrarse.

“Déjame en un lugar donde no haya guerra”, le pidió al capitán, que no estuvo muy contento con la presencia del polizonte, pero tampoco lo echó al mar.

Dos o tres semanas después llegaron a otro puerto, y los del barco le dijeron: “Bájese, está en Nueva York”.

Retenido por las autoridades migratorias panameñas, un abogado de la Oficina Nacional para la Atención del Refugiado le hizo saber que estaban en Panamá y empezó a preguntarle su historia.

Era 1996 y poco después estaba viviendo en un cuarto de la 24 de Diciembre. “En pocos meses me aceptaron como refugiado y comencé a buscar qué hacer”.

El primer empleo fue con un ebanista cubano. Allí, lijando y tallando, se ganaba 10 dólares diarios.

Unas semanas después vio a un chico vendiendo periódicos y se atrevió a preguntarle cuánto ganaba. “Me dijo que 20 dólares diarios y yo dije... ¡Ajooo! Y me cambié de trabajo”.

Trece años después de aquellos primeros días, Malcolm Prince es distribuidor de periódicos y brinda servicios de mensajería a varios clientes que conoció, precisamente, siendo canillita. Está casado y tiene un hijo.

Solo hasta el año pasado tuvo noticias de su familia, a través de internet. A su mamá la encontró en Nigeria. Tíos, primos y hermanos están en Ghana, en Costa de Marfil, en España.

“A mí me daban por muerto”, comenta.

Durante esos primeros días , ¿qué impresión te dio Panamá?

Vi que era un lugar diferente, muy pacífico. Yo caminaba por todos lados de la ciudad y no había problemas. Caminaba y caminaba. Estaba libre, pues.

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