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23 jul En la Camisilla y el Sombrero

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Llegamos al gimnasio de Las Tablas a eso de las 11 de la mañana para iniciar lo que en mercadeo llaman el “set up” de nuestro patrocinio del XV Concurso de la Camisilla y el Sombrero Pintao. Nos encontramos a un ejército de trabajadores de una telefónica poniendo todo tipo de “pifias”: toldas con aire, sin aire, camiones promocionales, dj´s, etc. Comparado con las cositas que traíamos de La Prensa y Mi Diario…. Pero a mal tiempo, buena cara y nos pusimos a trabajar.

Allí estaban los muchachos del Club 20-30 de Las Tablas con el espíritu tableño alborotado, mezclando las obligaciones con el relajo. Fueron extremadamente amables con nosotros, y les estamos muy agradecidos por sus atenciones.

Terminamos nuestro trabajo, y nos dispusimos a almorzar bien grande porque sabíamos que era la última comida del día. De allí regresamos al hotel. En la calle frontal se desarrollaba la cabalgata de la tarde, presidida por la reina Carmen Soriano y su corte. Yo estaba impresionada, pues a pesar el coheterío los caballos no se sofocaban, mientras que a mi uno que otro me habían brincotear del susto. Claro, ellos viven en Las Tablas; yo soy capitalina al 100%.

De allí pasamos a la casa del diseñador Eduardo Espino, quien le prestó a mi compañera de trabajo Rosmery una hermosísima pollera de coquito. El señor que la arregló hizo un trabajo espectacular; creo que es la mejor cabeza que he visto y eso que ya he visto cientos en los últimos meses con nuestro proyecto “Polleras Panameñas”. Yo andaba ataviada con mi basquiña chiricana, que es el vestuario perfecto para mujeres como yo que prefieren menos que más en el arreglo.

De vuelta al gimnasio, poco a poco lo vimos llenarse. El calor aumentaba por segundos, y ya para las 8:30 la gente mostraba signos de impaciencia y chorros de sudor. Sin embargo, el concurso no podría comenzar hasta que llegara la reina y su corte. Apareció tipo 9 de la noche, acompañadas de su inseparable tamborito.

Una vez acomodado el cortejo en sus tronos, comenzó el concurso. Básicamente tiene tres categorías: sombrero de junco, sombrero pintao y camisilla. El mejor de cada categoría se lleva una placa de reconocimiento, 500 balboas y medallas de oro: para la camisilla, se llama Matilde Vásquez, para el pintao es Eugenio Baso y para junco es Nubia Díaz. Los segundos lugares reciben 300 balboas y una placa, y los terceros 200 y una placa.

Uno a uno, cada concursante se acercaba a la mesa del jurado, no sin antes quitarse su sombrero para hacerle venía a la reina. Algunos bailaban todo el recorrido al son del grupo de músicos que amenizaba la noche, mientras que otros solo caminaban el trecho. Allí mostraban sus piezas. Algunos participantes eran sus dueños, y otros eran los propios artesanos las que las exhibían. Todo con mucho orden y respeto.

Justo antes de anunciar a los ganadores, los 20-30 ofrecieron unos cuadros de recuerdo a los patrocinadores. Me tocó subir al escenario a recibirlo. ¡No pensé que me iba a emocionar tanto! Ayudó la barra que nos aplaudió; la gente estaba muy contenta con los afiches que regalamos de polleras montunas y de gala de Los Santos. Luego, a recoger y al hotel. Mi cabeza tocó la almohada a la 1:30 de la noche. Muerta, pero feliz.

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