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13 feb En La Colorada

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(primera de dos partes)

La próxima vez que pase por Santiago, desvíese 9 kilómetros y visite el pintoresco pueblito de La Colorada.  Después de pasar la iglesia, en la placita donde todas las navidades colocan unos nacimientos espectaculares,  encontrará la casa del maestro Samuel Mojica.  En una esquinita de su casa, conserva dos micro museos:  uno de menaje doméstico, y otro con unas maravillosas polleras con más de 100 años.   El maestro, con más de 90 años, le dará feliz un pequeño tour de sus posesiones, heredadas de sus ancestros.  A ambos les dedicaremos un par de blogs.

Comencemos con las polleras.  Hay un pequeño librito que tuve la suerte me regalaran, cuyos autores son el mismo maestro Samuel con su compadre Modesto, que viven frente uno a otro.   A continuación lo que nos cuentan del vestido coloradeño en el libro “La Colorada: compendio histórico”

“El vestido de uso diario de la mujer era el pollerín, que consistía de dos piezas: el pollerín propiamente dicho, y la chaqueta.  Esta era abierta al frente, con una botonadura confeccionada con las mujeres de material de las totumas de calabazo, forradas con tela y cosidos con hilos de algodón.  El peinado consistía en los moños amarrados con cintas o telas vistosas.  En el cuello usaban cadenas de cuentas que llamaban “cuentas de la Virgen”.  También usaban sortijas y argollas de carey.  Las damas eran expertas en la confección de hilo de algodón, que armaban en grandes pelotas usando un objeto rústico llamado huso.  Las pelotas se vendían para hacer tejidos llamados “de machetes” que eran hechos en telares manuales instalados en La Atalaya.

Otra prenda femenina era el sombrero blanco, confeccionado por ellas mismas con la fibra sacada de la planta llamada toquilla y el hilo de pita que se obtenía de la cabuya o henequén que abundaba por las cercanías del poblado.  Se usaba el sombrero con el ala delantera agachada, demostrando obediencia al esposo, para cubrirse de los rayos solares, y para defenderse de las miradas comprometedoras de otros hombres.

El vestido de lujo era la clásica pollera, hecho con telas de coquito, lino, gual, poplin y percal, adornado con finos encajes al igual que las enaguas.  La camisa era escotada, con arandelas, y adornada con lana de color.  En la cintura usaban una cinta de seda de color, larga y ancha, al igual que el color de las sandalias.  En el cuello usaban cadenas chatas y de cabestrillo, en las orejas las dormilonas de oro.  En la cabeza se ponían los llamados peinetas de balcón, con ramos y tembleques.

El hombre usaba ropa de trabajo de tejido de machete, que consistía en una cotona sencilla y un pantalón chingo, un sombrero blanco a la pedrada, con el ala delantera levantada, contrario a la mujer.  Usaban una chácara atravesada en el hombro, donde siempre cargaba una pipa o cachimba para fumar, y una tabaquera hecha con cuero de la iguana.  En las chácara metían también el tabaco seco, el pañuelo, el dinero, y la yesca, que era un tejido de algodón que guardaban en la punta del cuerno de ganado para conservarlo siempre seco para extraer la candela para encender el tabaco en la cachimba y el fogón, conjuntamente con un pedazo de piedra candelaria.  Estos tres objetos juntos, al “chasquiarse” producían la chispa que caía sobre el algodón y producía la candela que cumplía el papel de fósforo de hoy.

El vestido masculino de gala era muy lujoso: la camisa era de flecos, en los puños y el cuello.  El pantalón también chingo (corto) marcado en las bocas inferiores con curiosidades del medio.  Estos vestidos eran confeccionados por las mujeres.  Para complementar, usaban la chácara tejida, sombrero blanco, fino y las cutarras bien tejidas.  Tanto el hombre como la mujer tenían por lo menos un anillo o sortija de oro”.

Aquí les regalo un microvideo de las polleras centenarias de los Mojica.  Espere más sobre estas y otras maravillosas polleras en el nuevo proyecto folclórico de Aprendo, Polleras Panameñas. Ya les comentaré más adelante sobre éste…  Estamos preparando algo FABULOSO!

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