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26 ago El Poste de Macano Negro, parte I

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  Primera de dos partes, por Mario Chung  

 Corría el año 2007.  Estaba en el funeral de Adán Vásquez,  padre de mi mejor amigo. Escuchaba por primera vez en una iglesia a un conjunto folclórico en vivo interpretar una pieza que terminaba una frase que declamaba: “Lástima que hay que morir!…  A mi si me están matando los sentimientos del alma, morena del alma mía me estoy muriendo de cabanga”.  

Me conmoví por el canto, el mensaje del autor (Chico Purio Ramírez) y el sonar del acordeón, guitarra, churuca y tambor. Contrastaba este funeral de gente interiorana con lo silencioso de los entierros chinos de mi etnia, donde prenden mucho incienso, velas  y queman hojas y dinero ficticio con el ánimo de enviarlos al ser querido en el más allá.  

El año siguiente mi mamá agonizaba  “de un cáncer que no se puede curar” como lo escribió y cantó Rubén Blades en Amor y Control. Estaba en Nueva York, y sólo sentí un poco de alegría cuando Irving Saladino ganó la primera medalla de oro en las Olimpiadas de Beijing en el país donde nació mi madre. Entonces compré mi primer libro para aprender a tocar acordeón.  Cuando sonaba, sentía que las notas se sintonizaban con mis sentimientos, sentía al instrumento suspirar y llorar. El acordeón estaba pegado a mi pecho, en mi corazón.  

Les escribe Mario Chung, etnomusicólogo panameño.  Con este preámbulo, deseo compartir con todos ustedes  la celebración por primera vez en la historia de  Panamá, el Día del Autor y Compositor de la Música Panameña, el 24 de septiembre de cada año. Esta ley fue propuesta por el H.D. Luis Eduardo Quirós y se escogió esta fecha porque el 24 de septiembre de 1972 se creó la primera Sociedad de Autores y Compositores, presidida por el cantautor y compositor Daniel Dorindo Cárdenas, a  quien tuve el honor de hacerle una entrevista junto a Carlos Cleghorn, otro de los grandes compositores de la música panameña.    

Dorindo Cárdenas es uno de los artistas panameños de mayor trayectoria. A sus 76 años es un hombre entero en salud y fuerzas;  por eso le llaman El Poste de Macano Negro, refiriéndose al árbol nativo panameño que es duro, no se pudre y no agarra polillas.  

Irónicamente, a Dorindo lo conocí el año pasado no en Panamá sino en Colombia, en el Festival de la Leyenda Vallenata. Estaba junto a su familia, esposa e hijo, un amigo de Chiriquí y otro renombrado compositor panameño, Amable Mabín Moreno, autor de Desolación, de Dorindo, y Desde que llegaste a mi de Victorio Vergara.   

Dorindo comenzó a tocar informalmente el violín desde los 8 años.  Cuando cambió al acordeón a los 20 años, cogió la música en serio.   Doro, como se le conoce cariñosamente, fue el que primero propuso que los hombres cantaran, porque había muchos temas apropiados para ellos.  

Doro nos cuenta que el acordeón llegó a Panamá con los muchos europeos que se metían a la montaña por allá por el Canajagua, que tocaban Fox Trot y Polka. Por esa influencia aprendieron su tÍo Sacramento y Tulia, la madre de Gelo Córdoba, quien instituyó el acordeón en la música típica. Sacramento fue quien compuso el famoso tema El Mogollón.  

La primera vez que Doro tocó en una fiesta de Las Tablas, Severito Batista tocaba.   En su momento, Severito fue el rey del acordeón, pero murió joven lamentablemente. A las 4 de la mañana Severito pasó por el callejón donde Doro estaba tocando con un acordeoncito viejo. Severito se le quedó mirando y le dijo: “Ese acordeón tiene hasta cucarachas por dentro” .  Doro le contestó:   “hasta las cucarachas cantan también”.   

En el próximo blog tendremos más sobre la faceta de Dorindo, el compositor.

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