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21 jul Los violines de Las Tablas

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Ayer llegué a Las Tablas en medio de un aguacero tenaz. Justo cuando uno tiene ganas de llegar lo antes posible, entre el chaparrón y la carretera que todavía no terminan de arreglar se confabularon para hacer la ida lenta. Y el que me conoce sabe que una de mis virtudes no es la paciencia….

Venía de Penonomé, después de terminar una agotadora pero super buena sesión fotográfica de sus polleras regionales. Es ya la última que haremos para nuestro proyecto “Polleras Panameñas”. Ahora toca trabajar los afiches gigantes que son parte del proyecto, que ustedes podrán disfrutar en La Prensa impresa a partir del domingo 23 de septiembre.

Fuimos derechito a la casa de la familia de Aida en El Carate, quien nos asistirá este fin de semana en el Festival de la Camisilla y de la Pollera que La Prensa patrocina. Allí nos encontramos a toda su familia en pleno en el portal de la casa, comiendo pan y chicharrones. A los cinco minutos, ya echábamos cuentos como viejos amigos. A los 10 minutos, el tío Crucito me había hasta declamado una poesía.

Al rato nos tuvimos que marchar muy a mi pesar, pues había que llegar a la ciudad de Las Tablas. Llegamos al hotel Piamonte. Lamento decir que deja mucho que desear. Aunque limpio, está realmente avejentado. Me cuentan que aquí no hay muchas opciones para quedarse en hoteles. A mí no me hace mucho sentido que una ciudad como Las Tablas, que recibe tanta gente, no tenga un hotel medianamente decente.

Aunque me estaba desmoronando del cansancio, ya se estaba desarrollando el Concurso de Violines Clímaco Batista en el auditorio del pueblo. Quería ir, pues me encanta el instrumento. Tomé mi paraguas, bajé a la recepción del hotel y pedí instrucciones para caminar hacia allá. La señora que me las dio andaba medio recelosa, pensaba que no iba a llegar; siempre mi cara de “gringa” les hace pensar que no navego panameño, uf! Le dije que preguntando se llega a Roma, y así fue. Atravesé un pasillo de buhoneros vendiendo todo tipo de chucherías, doblé a la derecha en el stand de la policía y en un par de cuadras estaba en el gimnasio.

Mi primera impresión: pequeño y caliente, y eso que era de noche. Estaba decorado con un monumental escenario que simulaba la fachada de la icónica escuela Belisario Porras, pues le dedican los concursos de este fin de semana al otrora presidente y nativo de esta región. En el escenario, estaba la reina Carmen Soriano con su corte.

En una esquina, el plato fuerte de la noche: los violinistas. Llegué cuando terminaban de tocar los niños. Me senté en las gradas a escuchar, embelesada. Justo cuando estaba más metida en el toque, comenzó un reconocimiento de un señor de pueblo que seguramente se lo tiene merecido, pero a mí me cortó el “feeling” musical. Luego comenzaron a tocar Los Medallistas, los señores que han ganado el concurso en el pasado. ¡Lo máximo!

Debo confesar que lo que más me impresionó fueron los violinistas de Natá de los Caballeros. Eran fantásticos. Luego comentaron que allá hay un señor (no pesqué el nombre) que tiene una escuela dedicada a enseñar a tocar el instrumento. Por la calidad de los participantes que venían de Natá, está haciendo un trabajo encomiable.

No aguanté mucho más porque el cansancio ya me estaba haciendo “arrastrar la manta”, así que caminé de vuelta al hotel, deseando haber podido tener la energía para disfrutar un poco más de la velada.

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