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18 feb La curiosa vida de un mozo de corral en un hipódromo

Gana 33 dólares a la semana por cuidar un caballo.

Salustio, el campeón de la pista es su protegido.

Edwin con Salustio. Edwin con Salustio.
Edwin con Salustio. LA PRENSA/David Mesa

Esta es la historia de Edwin Castillo, el mozo de corral, el que prepara a Salustio, el que soporta sus mordidas. Es la historia de un hombre que trabaja al final de la calle, donde los extraños son mirados con reserva y donde ganar es un requisito.

Allí llegó hace 25 años Conejo, como le dicen a Castillo, agarrado de la mano de su abuelo, un carpintero que en ese entonces arreglaba las pesebreras del Hipódromo Presidente Remón. Allí se gana la vida.

De ese tiempo acá el oficio no ha cambiado mucho, tampoco la calle. Sigue al principio igual de polvorienta, igual de peligrosa. Es un lugar donde el sol de la mañana castiga parejo a hombres buenos y malos, un lugar que parece una cárcel, donde se trabajan diferentes oficios, donde las mujeres preparan la comida, donde hay que cuidar lo suyo.

Conejo comenzó como secretario, pero no el de un pupitre y computadora, es otro secretario, es el que da una mano para lidiar con el caballo, el que le pone agua, el que a veces le hace la cama, el que lo saca a pasear.

Generalmente los secretarios son muchachos de 15 años que buscan un par de dólares y que se quedan en el oficio porque el ambiente los absorbe hasta convertirlos en mozos de corral, la profesión de Edwin.

El trabajo a simple vista parece fácil. Bañar al animal, alimentarlo, sacarlo a caminar y consentirlo, no es nada del otro mundo, pero cuidado, una patada de un ejemplar de mil 200 libras te puede matar. También te puede quebrar una pierna y con sus duras pisadas quitarle un dedo de los pies.

Así de peligroso es este trabajo. Los equinos son imponentes, los hay alazanes, tordillos y pintos; los hay dóciles, nerviosos y corredores, los hay también mordelones, como Salustio.

“¡Y muerde bien duro. No hay que descuidarse y estar ojo al Cristo!”, advierte Conejo, un apodo que se lo ganó de pequeño por su rapidez en el fútbol.

Salustio no parece el que describen, pero sí asusta ver sus pezuñas filosas cómo pasan cerca de unos diminutos pies de un secretario, ver sus dientes cómo devoran el pasto y la zanahoria, verlo relinchar en un pequeño cuarto.

Conejo ahora cuida a Salustio y dos ejemplares ( Pastorita y Zulai) más en un establo de campeones, donde existe un circuito cerrado de televisión para vigilar a los ejemplares de día y de noche, un trabajo que debe gustar, porque la paga no es buena y arriesgado.

Por cuidar un ejemplar se ofrecen a la semana 33 dolares, otros dueños de caballos pagan solo 25. La faena contempla bañarlo, consentirlo, vigilarlo, “raquetearlo” y hacerle la cama, porque ninguno de ellos puede dormir sobre sus heces y orina.

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La curiosa vida de un mozo de corral

Los caballos son las estrellas de las carreras hípicas y los mozos de corral los héroes anónimos, los que siempre salen en cuclillas en la foto del círculo de ganadores, porque son los últimos invitados. Son los que amanecen en los establos del hipódromo.

Conejo dice que se levanta a las 4:00 a.m. para ir a su trabajo. Casi siempre lo espera su secretario o ayudante, al pie del cañón listo para otra jornada.

Sacan del corral al ejemplar, le vendan las patas, le arreglan la jáquima y lo ponen a caminar. Mientras, el ayudante cambia el agua, le deja comida y limpia el pesebre. A veces a Edwin le toca hacer todo.

La calle parece un mercado, donde se escuchan gritos alardeando del animal que guían con orgullo, hay herreros, veterinarios, jinetes, dueños de caballos, preparadores, y uno que otro curioso.

El desfile de ejemplares se dirige a la pista, es la hora de ejercitarse y de darse un chapuzón en el lago si es necesario.

En el óvalo de carreras se ha visto caer muertos a varios ejemplares producto de una pata rota o por cansancio, como le ocurrió al El Quiche, un equino de nueve años que no soportó una carrera de 2 mil metros. Allí murió al cruzar la meta, asegura Castillo.

A su regreso el mozo de corral entra en escena. Hay que “raquetear” el caballo, una labor que consiste en limpiarle el sudor para que pueda transpirar mejor y su pelo crezca brillante.

Esta es la parte peligrosa. Las cosquillas o relajamiento que produce la raqueta en el cuerpo de Salustio lo hacen reaccionar y tirar a morder.

El hombre de 40 años de edad advierte que nunca hay que descuidarse con Salustio, porque en cualquier momento puede morderte. En su cabeza y manos hay pruebas de ello.

Luego hay que inspeccionarlo, ver que no tenga una herradura floja, esté golpeado o sangrando por alguna herida. La faena toma minutos, pero es vital.

Después que Conejo refresca a Salustio, lo regresa a su local, ya debe estar limpio, con agua y comida. En el camino revela que su equino es como un hijo más.

Salustio es un caballo estadounidense que representó a Panamá en la última Serie del Caribe, que se desarrolló en Puerto Rico.

Ganó la Copa Invitacional para importados y se convirtió en el primer ejemplar que conquista el evento en tres ocasiones. Lo consiguió además en 2013 y 2015.

En Puerto Rico estuvo Conejo celebrando la victoria de su consentido. Es una de las satisfacciones que da el trabajo. “No puedo estar en la cuarentena, pero siempre pendiente”, agregó.

De vuelta al establo panameño, Castillo advierte de la peligrosidad de la calle, donde a veces le ha tocado dormir. “Aquí, como todos los trabajos en la vida, hay gente buena y mala”.

Quedarse dormido y no estar al tanto del animal podría ser la diferencia entre ganar y perder; y en este deporte, que algunos consideran de reyes, se necesita ser triunfador.

“Por eso duermo aquí cuando mis caballos corren. Hay que cuidarlos, porque los pueden inyectar para que amanezcan dormidos y perezosos”, destacó.

Así confirmó que los caballos no duermen, solo descansan, se echan y cualquier ruido los pone alerta, por eso siempre necesitan de una cama limpia.

El mozo de corral debe estar alerta si quiere aumentar sus ingresos, además de los 33 dólares se llevan el 4% de los premios que logra el animal, y Salustio es una máquina de triunfar.

La faena de Edwin puede durar 24 horas, a veces menos y cuando esto sucede sale a “ruletear” en un taxi para complementar la parte económica y disfrutar de la vida.

“Este trabajo tiene que gustarte y no tenerle miedo a los caballos. He visto jinetes que se han caído y no regresan, he visto secretarios que los han pisado y no regresan, eso no me pasará a mí, porque amo este oficio”.

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