El relato de Garnett

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Carlos Garnett toma su saxofón y sonríe. Apunta la mirada al periodista de este diario y dice: “Este instrumento es mucho más viejo que tú. Tiene... ¡46 años!”. Lo trastea, lo lleva a sus labios y toca. La música fluye, pero desafina. Frunce el ceño, hace los ajustes y, ahora sí, la melodía es deliciosa; llega a cada rincón del apartamento del artista.

Cuando termina de interpretar las notas de Historia de un amor, hace a un lado el instrumento y empieza la charla agradeciendo que el homenaje que le se le hará durante el Panamá Jazz Festival será ahora, en vida, mientras el aire recorre sus pulmones, y no después, cuando tenga muchos años de haberse ido de este mundo. “Es un gran honor que me dediquen el festival, le doy las gracias a Danilo Pérez [director de la actividad]”.

Dice que para su actuación programada para el 20 de enero, en el Teatro Anayansi, tiene planeado tocar piezas de distintas etapas de su trayectoria de 57 años, entre ellas Fuego en mi alma y Agárrame si puedes. Se presentará con una banda que tiene aquí y con la que lo acompañó durante su travesía por los escenarios internacionales.

Se acomoda en la silla y empieza el ejercicio de recordar. Hace pausas en su relato cada vez que tiene dudas con alguna palabra; aún no domina el español. El efecto de vivir en Estados Unidos por 40 años se nota cuando se expresa.

Nació en la Zona del Canal en 1938, en la comunidad Red Tank, pero sus padres se mudaron a Paraíso unos años después. Allí veía imágenes de presentaciones de jazz en un teatro que era administrado por un amante del género musical. “Tenía que ser alguien que le gustaba el jazz, porque siempre ponía las tomas. Yo veía a esos saxofonistas y solo podía decir: ´¡Waaa! Yo quiero hacer eso”.

Así nació la inquietud artística en Garnett, que aprendió a tocar el saxofón solo y tocó por varios años con distintos grupos nacionales; hasta que en 1962, a los 23 años, empacó sus cosas y emprendió su ruta con destino a Nueva York, Estados Unidos. “Me fui para buscar mi fama o algo así, pero más que ir tras un sueño, me fui porque en Nueva York era donde estaban los mejores del jazz, y yo quería aprender de ellos. Allá tenía a la mayoría de mi familia y me quedé con ellos”.

El músico de 73 años mira al techo, evocando, escudriñando en su memoria y prosigue con su historia: “Cuando llegué tuve que empezar a ganarme la vida tocando con grupos de rock and roll. Nadie me conocía. Así, con el pasar de los años, pude tocar con grandes del género, como Diana Ross, por ejemplo, hasta que los intérpretes de jazz se fijaron en mí a finales de la década de 1960”.

Afirma que no tuvo problemas con el rock and roll, pues en Panamá había tocado ese ritmo y calipso y chachachá y “todos los demás”. Pero lo que siempre le gustó de “toda esa vaina” fue el jazz. En ese instante mira de reojo a su esposa que está a pocos metros acostada en el sofá y dice, en voz baja, que no puede usar esa palabra: “vaina”.

Después de corregirse por aquella expresión, aclara que en aquel tiempo todas las agrupaciones usaban un saxofonista sin importar cuál fuera el género en el que se enfocaran.

Ahora hay muchos grupos que no lo usan, pero en el jazz sí y eso es lo que le importa. “¡Allá el rock con esa vaina!”, expresa y ríe a carcajadas, no sin dejar de mirar, de reojo, a su esposa, que esta vez sí lo corrige.

CODO A CODO

Miles Davis, Charles Mingus, Freddie Hubbard, Pharoah Sanders, Charles Earland, Roy Haynes, Freddie Waites y Kenny Barron son algunos de los artistas con los que Garnett compartió tarima en todos los clubes de jazz de Nueva York y otras latitudes estadounidenses.

Ha participado en unas 20 producciones discográficas de varios autores.

En una etapa estuvo en el grupo de Mario Bauza, trompetista, arreglista y compositor cubano, en el que también estaba el panameño Víctor Vitín Paz.

“Fueron buenos años”, dice con talante relajado, de satisfacción.

Garnett extraña aquellos tiempos, los escenarios y los clubes de jazz. No lo dijo, pero se le notó cuando lamentó que en Panamá no haya, prácticamente, ningún espacio dedicado al jazz. “No hay clubes... han salido algunos y te llaman, pero no quieren pagar. ¡50 dólares la noche!, yo no vine acá, después de tocar con los mejores, para eso. Hay niveles...”.

TIEMPOS DIFÍCILES

La narración de Garnett llegó a un punto delicado, a un tiempo en el que los músicos ganaban mucho dinero y probaban “sustancias... drogas”. “Todos lo hacíamos... eso me estaba destruyendo, estaba mal. Pero un día me llegó el mensaje de Dios y tomé la decisión de dejar todo atrás, incluso mi saxofón, que hasta ese momento era como mi Dios”, cuenta el artista.

Ese giro fue cuando daba inicio la década de 1980. Por esos años, señala, se dedicó a estudiar la Biblia, en la que también se considera un actodidacta, y posteriormente trabajó como consejero juvenil, ayudando a los chicos que tenían problemas con las drogas o la delincuencia.

RETORNO

Pasaron nueve año para que el músico se reconciliara con su instrumento, y en 2003 decidió que era hora de volver a su terruño, como le prometió a su mamá antes de partir. “Algún día regresaré para vivir acá le dije y lo cumplí”.

Ha residido en varios puntos desde su retorno. Actualmente está en Río Abajo, pero quiere mudarse. El pasado 1 de diciembre regresó con su esposa de celebrar su cumpleaños cuando les apuntaron con un arma. “Dame todo”, les dijo el malhechor.

Las cosas no están bien, reflexiona. Dice que al llegar a Panamá luego de muchos años encontró enormes edificios al estilo Miami, pero el racismo, por ejemplo, sigue muy presente. No se están haciendo las cosas bien, insiste, y pone como ejemplo la realidad en Colón.

Pero, a pesar de todo, asegura que se siente bien. Pudo haber muerto a manos de un bandido hace poco, pero sigue aquí, con su familia y su saxofón, aunque no pueda tocarlo con la comodidad que quisiera. “Hay mucha distracción, ruido”, explica. Por eso, todas la mañanas se va a caminar al Parque Omar y allí, en una de las primeras colinas cera de la entrada del lugar, sí puede tocar a sus anchas. “Solo cuando llueve desde temprano no voy pa´ allá”, reconoce, mientras unas gallinas cacarean cerca del edificio. “Ves lo que te digo, pero ellas [las gallinas] son mis amigas”, bromea.

Otra satisfacción, continúa, es poder enseñarle a los nuevos talentos. “¡Gratis!”, aclara con tono fuerte. Siente que ahora él debe ayudar a los que buscan triunfar en la música, pero en la buena música, no el “¡bum bum bum!” que mucha gente disfruta hoy día. “Esa vaina es bulla”, recalca, con gesto de malestar. Por lo menos, reconsidera, hay muchos jóvenes que quieren aprender.

Espera poder grabar algo con su viejo grupo ahora que vendrá al país, pues han pasado más de 10 años desde la última vez que participó en un disco. También empezó, recientemente, a preparar lo que serán sus memorias. Esos son sus proyectos inmediatos.

Detiene la conversación nuevamente y piensa en todo lo que ha dicho, en todo lo que ha vivido; hace el balance y sonríe. “Estoy contento man”.

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