Tras el 11-S, los científicos buscan impedir el bioterrorismo

Después de los atentados del 11 de septiembre del 2001, laboratorios federales fueron transformados en zonas para inventar líneas de defensa contra las amenazas del bioterrorismo.
Práctica con máscaras antigases en la sede del Pentágono. Práctica con máscaras antigases en la sede del Pentágono.
Práctica con máscaras antigases en la sede del Pentágono.

LIVERMORE, California. (AP).- Horas después de la primera muerte por los ataques de ántrax en el 2001, a Tom Slezak le ordenaron reunir a su personal, recoger sus equipos y subirse a un avión.

El investigador de biodefensa del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore aterrizó en la Base Andrews de la Fuerza Aérea en las afueras de la capital e inmediatamente se dio cuenta de que estaba en el frente de un nuevo tipo de guerra. "Nos recibió un coronel del ejército", recordó. "Me dijo: 'Nuestra nación está en guerra. Y ustedes han sido reclutados'''.

Durante décadas, laboratorios federales de investigación como el Livermore hicieron las veces de la división gubernamental de investigación y desarrollo para la Guerra Fría. Después de los atentados del 11 de septiembre del 2001, se transformaron para inventar líneas de defensa contra las amenazas del bioterrorismo.

Slezak y otros investigadores del gobierno crearon un sistema de alerta de patógenos en el ambiente conocido como Biowatch que ahora funciona en una treintena de ciudades en la nación y ha pasado a ser un recurso oculto en el ambiente urbano posterior al 11 de septiembre.

El programa está destinado a alertar a las autoridades sobre la presencia de gérmenes mortíferos aun antes de que las víctimas empiecen a sentirse enfermas. Esto permitiría evacuar las zonas afectadas y los infectados podrían recibir medicamentos y vacunas.

El sistema funciona con detectores instalados en lugares secretos cerca de blancos potenciales como estadios y subterráneos. Succionan aire por medio de filtros que los técnicos recolectan diariamente y examinan para ver si contiene el ADN de bacterias y virus peligrosos.

Para impedir que los potenciales terroristas eludan las defensas de Biowatch, las autoridades mantienen en secreto la forma en que muchos detectores examinan el aire en cada ciudad, qué aspecto tienen los detectores y cuáles son los patógenos que detectan.

La lista de ciudades también se mantiene en secreto, aunque las autoridades afirman que Washington y Nueva York están entre ellas. En total, el sistema abarca al 80% de la población, dijo Slezak.

Hasta ahora Biowatch ha activado varios alertas sobre la posible presencia de microbios malignos. Un día después de una protesta antibélica en Washington, por ejemplo, el sistema detectó la bacteria que causa tularemia, una enfermedad respiratoria potencialmente fatal. Pero en todos los casos, nuevas pruebas concluyeron que los gérmenes habían ocurrido naturalmente y no se alertó al público.

Para ser efectivo, Biowatch debe producir rápidamente los resultados de los exámenes y no equivocarse nunca, dijeron los investigadores. Agregaron que, si informaciones erróneas condujeran a la paralización de unos Juegos Olímpicos o la ceremonia de inauguración de un presidente, destruirían la confianza en el sistema, haciendo al país más vulnerable a un ataque real.

"Tenemos que ser capaces de tomar millones de medidas y no tener nunca una sola medida positiva falsa", comentó David Rakestraw, que dirige el programa de estrategias contra armas de destrucción masiva en el Livermore.

El trabajo en Biowatch comenzó aun antes de los ataques del 11 de septiembre para suministrar seguridad ante posibles ataques biológicos a los Juegos Olímpicos de invierno en Salt Lake City en 2002. El sistema acababa de someterse a una prueba cuando Slezak fue citado a Washington en medio de la crisis del ántrax con el fin de que montara los detectores para su primer uso práctico.

Técnicos de laboratorio en turnos de 12 horas trabajaron todos los días durante semanas mientras el ántrax enviado por correo cobró cinco vidas. Meses más tarde, Biowatch fue instalada durante las Olimpíadas.

En el 2003, el gobierno de George W. Bush empezó a instalar el sistema en varias ciudades. Desde entonces, el gobierno ha invertido más de 500 millones de dólares en el programa, según analistas en el Centro de Bioseguridad del Centro Médico en la Universidad de Pittsburgh. Gran parte de esa suma paga a los técnicos para recolectar los filtros de aire de los detectores y examinarlos en el laboratorio.

La mano de obra numerosa que se requiere para mantener Biowatch en funcionamiento es una de sus debilidades, dicen funcionarios allegados al programa. "Básicamente lo que hemos instalado son aspiradoras de lujo", comentó Penrose Albright, que supervisó el programa como director de investigación y desarrollo en la lucha contra armas de destrucción masiva durante el gobierno de Bush.

Ahora director de investigación de ciencia y tecnología en Lawrence Livermore, Albright y otros dicen que nuevas tecnologías no necesitadas de tanto personal podrían agilizar notablemente el proceso.

En base a los progresos tecnológicos de la década pasada para leer y analizar el ácido desoxirribonucleico, microcircuitos en los mismos detectores pueden hacer exámenes exploratorios para más de 3 mil gérmenes diferentes, en contraste con un puñado actual. Si una muestra da positivo, los detectores envían un alerta a los científicos.

Dichos dispositivos, que serán puestos a prueba en una ciudad este año y otras cuatro el año próximo, eliminarían la necesidad de recolectar diariamente los filtros y hacer exámenes de laboratorio.

El gran ahorro de trabajo, afirmó Albright, permitiría instalar muchos detectores más para establecer una red más amplia y densa de biosensores en las ciudades de la nación. Sin embargo, algunos funcionarios de salud pública no están muy convencidos sobre el valor de Biowatch en comparación con los métodos tradicionales de detectar los brotes, tales como el monitoreo las salas de visita a los hospitales y las salas de emergencia, como ocurrió con los envíos de ántrax.

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