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27 nov Nochevieja al sur

Mundo glacial. Una vista del glacial Perito Moreno. Cortesía Mundo glacial. Una vista del glacial Perito Moreno. Cortesía
Mundo glacial. Una vista del glacial Perito Moreno. Cortesía

Varias veces la buena fortuna me ha permitido pasar el fin de año en Argentina. La primera vez fue en 2002. Dejé atrás una familia resignada a no contar conmigo para degustar el popular jamón con piña, ni contar pepitas de uva a la medianoche.

Partí hacia el extremo sur, rumbo al glaciar Perito Moreno. Mis amigos planearon todo, no tuve mucho de qué preocuparme. Fue emocionante llegar a Buenos Aires y partir rauda a tomar un avión que nos acercó a nuestro destino. Después, abordamos un bus y, tras horas de viaje, llegamos a El Calafate a las 10:30 de la noche y, para mi sorpresa, el sol aún estaba afuera.

Para el 31 gozamos de nuestra excursión por el glaciar, que incluyó un helado paseo en barco por el Lago Argentino.

A la vuelta, los saludos de ¡feliz año nuevo! empezaron a eso de las 2:00 de la tarde en el hostal donde nos alojábamos, había allí gente de todo el mundo.

Mi año nuevo fue uno de los últimos en gritarse, cuando en este recóndito lugar ya eran las 2:00 de la madrugada del 1 de enero. No recuerdo qué cenamos, pero sí sé que hacía frío y que insistí en brindar con sidra.

Con el paso de los años, el amor por el país de los buenos aires me llevó a casarme con un porteño. Una unión que me ha permitido pasar varios fines de año con mi suegro, su esposa y amigos de mi esposo en una ciudad costera llamada San Bernardo, a unos 300 kilómetros de la capital argentina.

Hay algo de fiesta en la playa, aunque no mucha, porque la fría y fuerte brisa corre hasta a los lugareños. A las 12:00 de la noche los accesos a la playa se llenan de gente que sale a admirar los fuegos artificiales.

Entiendo que hay familias que asan su cerdito, a la brasa o al horno. Y como al invitado, es decir a mí, alguna vez le piden que haga algo de su país, pues no pude evitarlo. Compré chuletas y las cociné con jugo y rodajas de piña.

A las 12:00 de la noche recibí abrazos y elogios por mis chuletas. Creo que también eché el cuento de las pepitas de uva que se estarían comiendo mi mamá, mis tías y mi abuela, mientras sostenía en la mano mi billete de 20, para recibir el año con plata, tal como lo hubiera hecho en mi patria.

La autora es psicóloga.

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