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28 nov El corazón de Darién

En el epicentro de la masa boscosa, los emberá y wounaan desarrollan modos de vida acordes con la sostenibilidad del medio natural.

LA PRENSA/Eric Batista LA PRENSA/Eric Batista
LA PRENSA/Eric Batista

Medio millar de personas conviven en la comunidad de Marragantí, inmersas en la masa selvática del tapón de Darién dentro de los lindes de la Comarca Emberá-Wounaan, en el margen de la desembocadura del río Marragantí en el Tuqueza, provocando que con los cambios en el cauce ocurridos a lo largo de la historia, quede a la vera de una u otra corriente de agua.

Las casas tradicionales, hechas a poco menos de dos metros de altura con el fin de protegerse de los animales salvajes, adornan el contorno del pueblo, salpicado por algunas casas de factura más moderna, hechas con hormigón o madera.

La zona está presidida por la Casa del Congreso, cuya construcción se encuentra próxima a terminar. A su lado se extiende la cancha de baloncesto, donde tanto hombres como mujeres practican sus dotes deportivas a lo largo del día, con resultados envidiables.

Un poco más allá se encuentra la nueva escuela de la comunidad, unida por el único camino de concreto que hay con la Casa del Congreso, y a su alrededor se extiende el resto de las moradas.

La vegetación invade cada rincón de los caminos y entre las casas -espacios muy transitados por los emberá o wounaan- que no desaprovechan un instante para socializar si en ese momento no hay que trabajar.

Los niños más jóvenes juegan a las canicas en los espacios de tierra, y las niñas con más edad ayudan a sus madres en las tareas, como pilar el arroz.

Junto a las coloridas faldas que usan las mujeres -llamadas paruma- uno de los primeros aspectos que llama la atención es su uso de un colorante negro con el que, a través de trazos, se cubren la piel. Esta pasta, hecha a base de jagua, cumple una función de protección contra las picaduras de insectos y los problemas cutáneos.

En el pueblo se desarrollan varias actividades económicas. La principal es la agricultura para consumo personal, en la que participa la totalidad de la población, con cultivos anexos a la comunidad explotados por las familias, así como la caza en la selva y algunos pollos criados en el lugar.

Hay, además de una cantina, varias tiendas que importan ciertos productos desde la ciudad; el transporte de pasajeros y mercancías por el río es otra de las actividades remuneradas de la comunidad.

En el último año, se han formalizado sendas empresas focalizadas en la comunidad, que dan trabajo directo a buena parte de sus integrantes y cuyos beneficios se reinvierten en la misma.

Una de ellas es El Bálsamo, a media hora río arriba de Marragantí, una explotación sostenible de madera en colaboración con World Wide Fund, que con solo un impacto de 9% en la cobertura boscosa permite que se mantengan los equilibrios dinámicos de la selva, para preservar un patrimonio que debe alimentar a las futuras generaciones, manteniendo la biodiversidad y la composición de la selva por encima de criterios mercantiles.

La artesanía es otro de los nuevos renglones del pueblo. Con base de fibras naturales como el cueparo o el jiropo, las mujeres se encargan de diseñarlas y ejecutarlas para después, por medio de una coordinadora, venderlas fuera de la zona. De hecho, este año tuvieron presencia por primera vez en la Feria de las Artesanías, celebrada en el centro de convenciones de Atlapa.

La constitución de estas compañías les permitió dignificar sus actividades y evitar el expolio sufrido en el pasado, aprovechándose de las necesidades de la comunidad.

Las culturas emberá y wounaan se han forjado durante miles años, dando lugar a una gran variedad en diversos campos como la gastronomía, como el bodochi, un bollo de arroz; el ku, un raspado de plátano verde cocido con carne de venado, y saíno a modo de guacho.

También se destaca el bagdaaparima -con el plátano de protagonista- y el gucobada -si es carne-, ambos cocinados a la brasa. Otro de los elementos principales de la dieta es el pescado, que cocinado con arroz recibe el nombre de betacan.

La intensa interacción de los emberá y wounaan con la naturaleza, los hace poseedores de un amplio conocimiento de las miles de especies de la selva que utilizan para los más diversos menesteres, su máxima expresión son los jaibaná.

Ellos tienen el papel de interpretar los signos naturales, algunos se especializan en la sanación, dando respuestas rápidas y efectivas en boca de la comunidad para males que van desde las picaduras de serpientes hasta enfermedades comunes.

Todo ello sin prejuicio de enviar a los médicos a los pacientes ante aquellas dolencias para las que no poseen solución.

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