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11 ene Los guardianes del refugio atómico para ranas de Panamá

Los anfibios, una de las especies más antiguas del planeta y que parecen ahora abocados inexorablemente a la extinción, cuentan con una especie de “refugio atómico" en Panamá en el que son preservados a la espera de tiempos mejores. Se trata del Centro de Conservación de Anfibios de El Valle de Antón, situado en un área montañosa y boscosa a poco más de 100 kilómetros de la ciudad de Panamá, en el que varios científicos dedican su vida a impedir que diversas especies, sobre todo de ranas, desaparezcan del planeta.

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Se trata del Centro de Conservación de Anfibios de El Valle de Antón, situado en un área montañosa y boscosa a poco más de 100 kilómetros de la ciudad de Panamá, en el que varios científicos dedican su vida a impedir que diversas especies, sobre todo de ranas, desaparezcan del planeta.

“Lo que tenemos aquí es una especie de búnker para anfibios. Es como si hubiera un holocausto nuclear y este fuera el lugar donde resguardarse” de la radiación, afirma a EFE el director de dicho Centro, el panameño Edgardo Griffith.

El holocausto nuclear de los anfibios al que Griffith alude en su metáfora responde a la pérdida de hábitat por el avance humano, la contaminación y, principalmente, la expansión de un hongo patógeno que mata a los anfibios por millares y amenaza con acabar con ellos.

Uno de los inquilinos de este santuario para anfibios es la rana dorada, un pequeño animal endémico de Panamá, emblemático para el país, que está al borde de la extinción.

A la rana dorada “hace tiempo que ya no la encuentras” en la naturaleza, asegura el experto mientras manipula un ejemplar en la zona de exhibición al público del Centro, dentro del zoológico El Níspero, en El Valle de Antón.

“En El Valle tenemos reportadas cerca de 73 especies de anfibios y ahora no puedes encontrar más que 10; y de esas 70 y tantas antes había cantidad de individuos por especie y las que ves todavía las encuentras en números muy escasos”, asegura.

“Incluso hemos perdido especies que ni siquiera sabíamos que existían o no estaban descritas formalmente para la ciencia”, añade.

Griffith se refiere a la Ecnomihyla rabborum, una rara rana arbórea que un equipo científico del que él formó parte bautizó y dio a conocer en una revista especializada hace poco más de un año.

“Terminamos la descripción formal de la especie, con su nombre y todo, y ya no podemos encontrarla más en condición salvaje”, dice el biólogo mientras en el laboratorio del Centro, junto a decenas de peceras alineadas que albergan los especímenes, saca de una jarra con formol un ejemplar grande.

El principal motivo de esta mortandad de anfibios que afecta ya a todo el mundo es la quitridiomicosis, una enfermedad causada por un hongo patógeno de rápida propagación conocido como Batrachochytrium dendrobatidis, que ataca la queratina de la piel de las ranas y acaba por asfixiarlas.

En Panamá, los últimos reductos libres del avance del hongo desde Colombia, por el este, y Costa Rica, por el oeste, están en zonas remotas del llamado tapón selvático del Darién, aunque “es cuestión de tiempo” que la enfermedad llegue a ellos, advierte el experto.

Pero el mal que está esquilmando a los anfibios se puede curar con una solución antimicótica de amplio espectro llamada Itroconazole, que combate cualquier infección por hongo.

El procedimiento es dar a la ranas “baños diarios de 10 minutos y durante 10 días” con esa solución.

El problema es que una vez curado, si el animal es puesto de nuevo en libertad, volvería a contagiarse con el hongo. “Es como tener pie de atleta; puedes tratártelo mil veces, pero si te expones de nuevo a él, vuelves a contagiarte”, explica.

Ahora, Griffith y su equipo enfocan sus investigaciones en la identificación de ciertas bacterias que existen normalmente en la piel de las ranas y que pueden brindarles alguna resistencia o efecto antibiótico contra el hongo.

En Estados Unidos se ha encontrado este tipo de bacterias en salamandras y ahora tratan de hacer lo mismo en Panamá, porque importar la bacteria no parece “una buena idea”, dice.

El problema principal para estas investigaciones es conseguir fondos, explica el científico, cuyo Centro de Conservación de Batracios ha invertido ya unos 600 mil dólares desde su fundación, en 2007, y depende de donaciones para su mantenimiento.

Hasta lograr una solución permanente a la crisis, no queda más que “garantizar que exista la posibilidad de que en el futuro podamos reintroducir o restablecer las especies que mantenemos aquí” nuevamente a su entorno natural, asegura.

La mitología de los kunas, uno de los grupos indígenas de Panamá, asegura que el mundo se acabará cuando desaparezcan las ranas. Ese horizonte parecía antes inalcanzable.

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