La vida de Gauguin en Panamá

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Paul Gauguin, Koke, como lo bautizó una de sus amantes en Polinesia, estaba casi seguro de que fue en Panamá en donde contrajo “la enfermedad impronunciable”. Ese mal que le produjo una larga y dolorosa muerte en medio de la soledad, la decadencia, la ceguera y la pobreza.

El Paraíso en la otra esquina, la novela donde el premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa hace un recuento de la vida de este irremediable salvaje que quería encontrar un paraíso que no encontró en este mundo, narra en detalle algunos aspectos del breve paso del pintor por Panamá.

Cuenta por ejemplo, que ya en el ocaso y cuando no distinguía qué era sueño y qué era realidad, soñó con “la negra aquella de Panamá, de sexo rojo como un coágulo”.

Vargas Llosa, tomando la voz de Gaugin, narra cómo los trabajadores del Canal hacían largas filas en la casucha de tablones de esa cadenciosa hembra, que incluso sobrepasaban a las de las “putas colombianas del campamento”.

“ ¿A esa negra panameña debías que se te hubiera debilitado la vista, que te fallara el corazón, que las piernas se te hubieran llenado de pústulas?”, se preguntó el rebelde artista mientras veía cómo se le escapaba la vida en una islita perdida de los mares del Sur. En efecto, murió en Atuona, capital de la isla de Hiva Oa, una de las siete islas que integran el archipiélago de las Marquesas. Llegó a Polinesia a los 43 años de edad, exactamente dos años después de estar en Panamá.

EL INFIERNO

Al istmo había llegado a finales de abril de 1887 buscando el paraíso. “No se encontraba allí; más bien, tú y Charles Lavan se dieron de bruces con el infierno”, se dice Gaugín, una vez que se dio cuenta de que aquí no podría vivir como un salvaje.

¿Cómo fue que Gauguin, ese loco pintor francés considerado como uno de los máximos exponentes del posimpresionismo, vino a parar a Panamá? Cartas de la época, hoy en manos de coleccionistas, abren la caja de Pandora ligada a la vida errante de este artista que lo dejó todo para perseguir un sueño.

Una misiva fechada el 21 de junio de 1887, que envió su amigo Charles Laval a Madeleine Bernard, de quien se dice Gauguin, hombre casado y con varios hijos, se enamoró profundamente, detalla que animado por esa posibilidad de vivir como un primitivo, y aprovechando el hecho de que su hermana Marie y su cuñado, el colombiano Juan Uribe, vivían en Panamá, Paul se animó a conquistar el edén a este lado del Atlántico.

Uribe, según las cartas, próspero comerciante dueño del negocio Uribe & Co, se dedicaba a la importación y comisión de productos, le propuso que se hiciera rico pintando retratos de los personajes de la clase alta de la capital: comerciantes que hacían fortuna con el negocio de las mercancías, el tabaco, los licores y el abastecimiento de los grandes almacenes del Canal. El negocio del cuñado de Gauguin, de acuerdo con manuscritos del propio pintor y a textos de André Cariou para el catálogo de la exhibición “Paul Gauguin, el sueño de Panamá”, se definía como los únicos agentes del istmo para la venta del célebre coñac Bountelleau & Co, y de la champaña E. Mercier & Co. Pero Laval en sus cartas cuenta que la ciudad [Panamá] les pareció “tan poco atractiva como un villorio africano”.

“Paul se iba al mercado público cerca del muelle a saborear los frutos de estas tierras y a mirar el zoológico de bestias salvajes que allí se exhiben para la venta. Una vez regresó con una boa que, como si se tratara de una inofensiva mascota, metió en la habitación y luego tuvo que arrojar a un caño trasero, cuando la dueña lo amenazó con cortarle la cabeza con un machete”, escribió Laval.

Gaugin, eterno rebelde, eterno paria, eterno provocador, mientras estuvo en Panamá evitaba cualquier contacto con sus compatriotas que en aquel entonces intentaban construir el Canal. Despreciaba el patriotismo. Se sentía más cómodo con los nativos, con los negros, con el arrabal. “De su hermana, aceptaba muy pocas cosas, a veces una botella de ron de caña, una invitación a comer o un paseo juntos por la playa al atardecer, pero nunca dinero”, narraba Laval en su carta.

Eso de que no quería saber nada de europeos ni de parisinos en tierras extrañas, era tan propio de Gaugin como su sed de crear. Cuando llegó a Papeete en 1891, y consiguió una pensión en el barrio chino donde vivió un tiempo, un francés acaudalado le advirtió que vivir en esa zona lo desprestigiaría ante los colonos de la Tahití. Más que repudiarle, eso eso al pintor le encantó.

Otra vez opuesto a la corriente. Otra vez Gauguin.

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