Para vivir como un salvaje

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El sueño de Paul Gauguin era vivir en los Trópicos como un salvaje. Con esa intención vino a Panamá.

El Museo del Canal tiene abierta una extraordinaria exposición sobre el sueño del pintor francés en la que se siguen sus huellas durante su estancia en el Istmo, cinco semanas escasas pero fructíferas.

Se dice -dice la Historia del Arte y sus historiadores y chamanes- que Gauguin ni pintó nada en Panamá.

Mientras no aparezca nada, nada pintó, pero ¿y si mañana...? Tengo noticias de que muchos “buscadores” del oro de Gauguin han recalado en Panamá buscando cuadros perdidos y que, por tanto, el sueño de Gauguin que vemos colgado en el Museo del Canal permanece vivo en quienes pensamos que todavía la tela está por cortar en una vida tan genialmente loca como la de Gauguin.

A Panamá vino acompañado por el joven pintor Charles Laval: hay un cuadro de este pintor en la exposición del Museo del Canal que no deben dejar de estudiar con detalle. Hay muchas cosas de Van Gogh en ese cuadro, el tratamiento del color y el volumen, la idea misma de la pintura, el campo, las flores amarillas...

En mi novela Boulevard Balboa, que avanza como el Titanic, entre icebergs que están siempre a punto de hundirla, hay una escena entre Van Gogh y Gauguin, que no sé si he contado ya en estas reflexiones dominicales de La Prensa.

Una noche, en París, Gauguin duerme profundamente. Sueña con Panamá: con vivir como un salvaje en un mundo primitivo, lejos de la asquerosa civilización a la que pertenece.

En fin, sueña con el paraíso al otro lado del Océano. Ese viaje es un deseo que se ha convertido en una de sus obsesiones sustanciales: tiene que viajar, dejar Europa, abandonar todo cuanto tiene o no tiene y marcharse a vivir a Panamá, al Trópico, al paraíso.

En ese instante del sueño, Gauguin se despierta: ha llegado hasta el fondo de su sueño, un bisbiseo creciente cercano. Ya despierto, escucha la letanía y saca una conclusión. A sus espaldas, alguien reza una oración desconocida, como de música negra, de misa diabólica y de muerte.

Alguien está a punto de matarlo. De un golpe, se vuelve y descubre a Van Gogh con un puñal levantado en su mano derecha a punto de caer sobre su cuerpo.

La mano de Van Gogh está en el aire, entre las sombras, y allá arriba -Paul lo ve desde su cama- brilla tenuemente el puñal con el que va a dar fin a su vida. Entonces, reacciona: se medio incorpora en su cama, da un grito y se dirige a Van Gogh, que está a su lado, sentado en un silla, con los ojos a punto de saltársele y su cara de loco. “¿Qué hace usted aquí?”, le grita Van Gogh, “venga, vaya a su cama, a acostarse”, le conmina.

Lo trata como a un niño, le da órdenes: Van Gogh abre mucho más sus ojos, asombrado de la osadía del francés. Pero, para sorpresa de Paul, Vincent se levanta de la silla al tiempo que baja la mano, se da la vuelta, se va a su cama, se acuesta y, entre sollozos, el propio Gauguin nota que se queda dormido.

Ver en el Museo del Canal la exposición El sueño de Panamá me he abierto mucho más la cabeza y la imaginación. Sigo, a ratos, en el camino de la documentación para la novela, pero Gauguin es ya un fantasma que me acompaña día y noche.

En noviembre pasado vi en Madrid una magnífica exposición del pintor que abrió el Museo Thyssen durante tres meses. Allí estaba todo Gauguin en su esplendor. Y allí, en esas salas espléndidas del Thyssen, empieza precisamente la novela.

El protagonista, que lleva cuarenta años, persiguiendo el fantasma de Gauguin lo ve deambular en una madrugada donde los jefes del Museo le han permitido entrar a ver a ver amanecer: él solo ante Gauguin en sombras, en las paredes del museo.

Esa escena la recordé el otro día en el Museo del Canal cuando asombrado veía las ilustraciones, las fotografías, las cartas, la documentación y los cuadros de la exposición de El sueño de Panamá.

Yo también sueño con Panamá. Y con Gauguin excavando en el Canal en la primavera de 1887. Y lo veo en Taboga. Y veo su decepción en su mente y en su rostro, en sus gestos, porque Panamá no es lo suficientemente salvaje para él vivir aquí. Está llegando la civilización de la que él viene huyendo desde Europa. Taboga tampoco es lo que él esperaba: no es el paraíso, los indios que la habitan están contaminados por esa asquerosa civilización que para él es Europa. Huye más allá, al Trópico lejano: a Tahití.

Pero, parte de ese sueño, fue y es, como parte del mío hoy por hoy, Panamá.

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