FORMACIÓN PRIORITARIA

Amor y justicia en la educación: Andrés Culiolis-Bayard

La patria potestad (o gobierno de los hijos) tiene como única finalidad, la educación de la prole en todos los aspectos: religioso y moral, intelectual, físico y social, promoviéndolo hacia el bien común.

Esta primerísima responsabilidad, que por ley natural se le confiere a los padres de familia, le ha sido otorgada por ser ellos los educadores naturales de la persona; por ser los primeros obligados a procurar, con todas sus fuerzas, la educación integral y armoniosa de sus hijos; responsabilidad que los padres de familia han delegado a la institución escolar, a través de los educadores profesionales. Ante esta responsabilidad pedagógica de ambos educadores, surge mi primera preocupación: ¿tienen los docentes y padres de familia los conocimientos y la formación técnica-pedagógica para acometer esa obligada responsabilidad?

Si la finalidad del matrimonio entre marido y mujer es, además de “la procreación”, el derecho y deber de procurar la “educación de la prole” (Pío XII), es necesario y obligante que la pareja adquiera los conocimientos y las actitudes y técnicas para cumplir, adecuadamente y con responsabilidad, esta sagrada misión. La finalidad educativa de toda familia es incuestionable y debe ser atendida con prioridad, conforme sus requerimientos, a través de los educadores profesionales en todos los centros públicos de enseñanza. Con este propósito, se torna un deber del Estado democrático lograr que las instituciones escolares, de todo orden y grado, logren esa finalidad que demanda el núcleo familiar.

Todo proceso educativo tiene, como misión esencial, educar en el amor y la justicia. No podemos hablar de educación de calidad, sino es a partir de los valores espirituales que se alojan en todos los seres humanos desde su creación. Esto quiere decir que el fin supremo de toda acción pedagógica tiene como misión fundamental hacer que se manifiesten esos valores en cada persona, desde las edades más tempranas de su niñez y juventud.

Al nacer, los niños traen consigo todos los atributos necesarios para triunfar en la vida. Ellos fueron creados y concebidos en el amor, y así deben ser educados. Hay un gran vacío de amor en la educación moral en las escuelas. Por naturaleza, todo niño y joven que ama es inteligente, libre, responsable y honesto. En fin, sus sentimientos se manifiestan a través de ideas y actitudes positivas; él sabe controlarse ante las adversidades que se le puedan presentar. Educar a los niños y jóvenes en el amor significa, además de asimilar el conocimiento, crear su propio conocimiento y emprendimientos para ser útiles en la sociedad. Educar en el amor significa educar en la sexualidad integral, como la expresión plena y más auténtica del amor. El amor y la justicia constituyen la base y la fuerza pedagógica de la educación moral, que consiste en enseñarle al educando a hacer juicios correctos, guiados siempre por el amor, pues ese sentimiento le permitirá cultivar la valentía de expresar con franqueza su opinión.

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