Peripecias abordo de un Metro Bus en la capital de Panamá

"Especial Movilidad Urbana". Madrugar, hacer fila hasta que llegue un bus, tener la suerte de lograr un buen asiento, ser tolerante a ciertas actitudes y rogar porque el tranque no esté muy pesado. Crónica del día a día de un usuario de la

¡Dios, son las 4:30, ya voy tarde! ¿Tarde? Sí, vivo en San Isidro [corregimiento Omar Torrijos, distrito de San Miguelito], entró a las 6:00 a.m. y trabajo en la 12 de Octubre. Tengo hora y media para llegar. 

Como dice el refrán: Al que madruga Dios lo ayuda. 

Camino lo más rápido que puedo, bajando la calle que conduce hasta la avenida principal -rogando que nada me pase- y buscando siempre la luz. Uno que otro madrugador aparece de las veredas y ya me siento acompañada. 

Doblé la esquina. Camino rumbo a la primera parada del Metro Bus, de la ruta El Valle de San Isidro, porque sé que si me quedo en la entrada de la calle no se detendrá, porque la parada fue eliminada. Mi conciencia me repite una y otra vez '¡te lo dije, ibas tarde!' Una fila de por lo menos 25 personas se ve a lo lejos. Por lo menos quedará espacio para mí. 

4:45 a.m. Ya han pasado dos buses hacia la piquera y ninguno de regreso. La fila es más larga y las personas se impacientan. 

A lo lejos se ve el destello de las luces del letrero del Metro Bus. Se empieza a acomodar la fila, nos vamos corriendo. ¡Sorpresa! El que viene es de la ruta El Valle–Corredor Norte. 

"¡Chuzo, este es el segundo Corredor que sale, ¿hasta cuándo?!", se escucha decir a una de las personas que me antecede en la fila y que tiene más de 15 minutos de estar esperando en la parada. 

Miro hacia atrás y ya no soy la última, la fila llega hasta el siguiente poste del tendido eléctrico. Todos ruegan para que no llueva, porque la tierra mojada se convierte en lodo bajo nuestros pies y nos obliga a formar la fila a orillas de la calle. 

"¿Dónde está ese chequeador?... Míralo, míralo, allá está, no viene porque sabe lo que va a pasar", dice un hombre que está en la fila, con tono de desesperación. 

“Ellos no van a estar cuando mi jefe me mande pa’ la… por llegar otra vez tarde”. Yo mejor me pongo mis audífonos, porque algunos en la fila se están acordando de la madrecita del chequeador y nada gano con enojarme. De todas maneras tengo que esperar. 

5:00 a.m. "Ayala la vida… ahora tendré que subir corriendo la loma de mi trabajo y nada de parar a comprar en el chinito algo para comer… no hay tiempo, por el gusto me levanté a las 3:50 a.m.". Mis pensamientos me traicionan, ya me estoy impacientando. 

Ahí viene el bus… El Valle–Albrook-Corredor Norte; ¡Chuzo ta’ pa’ matalo! Bueno por lo menos vienen dos más. El Valle–Albrook–Vía España. Me voy en este porque si espero el siguiente, llego mañana. Más atrás se asoma El Valle-Albrook–Transístmica. Por lo menos la fila se reduce. 

Por experiencia sé que si me voy en el segundo bus no llegó a tiempo. Y en el tercero, que sale como a las 5:20 a.m., peor. 

5:05 a.m. Un ventilador me da la bienvenida. Espero que el señor que va delante de mí logre hacer funcionar su tarjeta. “Ella tiene plata. Y no voy a comprar otra. Fui a reclamar y me dijeron que tengo que comprar otra. Yo no voy a regalarle dos dólares más a esos ladrones”, manifiesta exaltado, pese a que el conductor intenta ayudarlo para que la tarjeta le dé acceso al autobús. 

Al fin, la luz verde le indica que puede ingresar y empieza a avanzar la fila. Es momento de escoger el puesto. La mayoría de las personas toma rápidamente asiento en los primeros puestos, sin importar el color –los celestes están reservados para personas con discapacidad, embarazadas y de la tercera edad-, porque allí el aire acondicionado se siente más. 

En el medio no me siento porque con el chorro de agua que sale del acondicionador de aire me voy a mojar. No me queda más opción que sentarme en la parte de atrás. 

Subo los escalones mientras escucho más quejas. “No me siento en ese puesto intermedio porque me zurro las rodillas y me golpean con el puesto de adelante. Se me duermen los pies”, advierte una señora de cuarenta y tantos años. 

El que escucha consejo llega a viejo, así que allí no me siento. A aguantar calor porque solo quedan los puestos de atrás. Y ojalá haya puestos en la parte de abajo, porque si voy en los puestos de arriba salgo como fruta en licuadora. 

Ya una vez me senté allí y quede toda moreteada -cada vez que el bus saltaba o tomaba una curva me golpeaba con el cinturón de seguridad, ya que nadie los usa. Y no me puedo agarrar de nada porque todo está asqueroso: La tierra ya se ha pegado a la pared, el piso y hasta los asientos. Además, temo encontrarme una cucaracha o cualquier otro bicho raro, como la vez que tomé uno de estos buses hacia la Terminal de Transporte de Albrook. 

Finalmente, encontré lugar. Uno de mis compañeros de viaje decidió que hay que escuchar su música; otro se coloca sus audífonos, y el resto trata de acomodarse en los incómodos puestos de plástico –que ya están rayados con marcador y decorados con toda clase de palabras soeces-, para tratar de recuperar parte del sueño perdido, algo casi imposible. 

Al resto de los viajeros solo le queda adaptarse al sonido musical que sale del celular y esperar que el tranque sea leve. El zumbido del motor del bus y el ruido de la alarma anuncia que las puertas se están cerrando y empieza el recorrido. 

“Esta vaina es un plomo. ‘Tamos igual que antes. Estos manes no dejan ni que uno se siente. Por lo menos los Diablos Rojos tenían un retrovisor grande para que vieran a la gente. Hay que estar como monos, bien agarrados, si no te caes”, se queja un señor de avanzada edad que -por lo que menciona- vende billetes en la Central. 

Los constantes frenazos que da el conductor y el tomar las curvas de mala forma en un sector como San Isidro le da la razón. Desde mi asiento veo cómo las personas se balacean de un lado al otro y se resbalan en los puestos sin poder hacer más nada que reacomodarse una y otra vez. 

En cada parada los reclamos de las personas son los mismos: “Esta vaina es un plomo”. “Tengo una hora esperando”. “Mi mujer prefirió caminar para buscar un Diablo Rojo-Corredor para ver si llega al trabajo”. “Tenemos una hora de estar esperando un carro de estos y mira a la hora que aparece”. 

5:15 a.m. Gobernador de velocidad. ¡Qué va! Este bus no tiene eso, ya estoy en Los Andes, hay cientos de personas en la parada y el bus solo deja pasajeros no abre la puerta de adelante. El aire ya no se siente. Los más avezados llevan sus abanicos de manos; el resto se quita los abrigos. 

“El que no pasa el torniquete que se baje. No voy a llevar a nadie aquí adelante”, indica el conductor luego de abrir la puerta. Muchas personas se colocan en la parte delantera el vehículo, lo que causa aglomeración e impide la circulación. ¿Quién los culpa? Si lo único que buscan es aprovechar un poquito de aire frío. 

“¡Claro! Ahora no quieren recoger a la gente. Si ya les pagaron por adelantado. Tengo tres días de estar yendo a mi trabajo en “Diablo rojo” y cogiendo taxi porque esperar un bus de estos es esperar la muerte. Pa’ qué le meto plata [a la tarjeta del Metro Bus] si ni la uso. Pobre de nosotros en diciembre nos va a comer el tigre”, comenta exaltada una señora que lleva su cabello en “tubi-tubi”, calza chancletas y como tres bolsas en las que –imagino- lleva su comida, los zapatos y el resto de los elementos necesarios para terminar de arreglarse cuando llegue al trabajo. 

A las 5:30 a.m. estamos atrapados en el clásico tranque para llegar al semáforo de San Miguelito. Por lo menos ya estoy más cerca. Mi vecina de asiento debe bajar en el Machetazo. ¡Sorpresa! El botón de alarma que se usa para solicitar la parada no sirve. “Joven por favor puede tocar su botón para pedir la parada, Gracias”, dice dirigiéndose a mí. 

Los trabajos de la construcción del Metro continúan y en la estación de la Estrella Azul la calle es un desastre y el tráfico se vuelve lento. A pesar de eso, 15 minutos después, a las 5:45 a.m., por fin llego a mi parada en la 12 de Octubre. ¡A trabajar!

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