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20 dic 20 de diciembre

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El Chorrillo, desvastado. Casi todos los habitantes del barrio quedaron sin techo y sin comida, de la noche a la mañana. LA PRENSA/Archivo El Chorrillo, desvastado. Casi todos los habitantes del barrio quedaron sin techo y sin comida, de la noche a la mañana. LA PRENSA/Archivo
El Chorrillo, desvastado. Casi todos los habitantes del barrio quedaron sin techo y sin comida, de la noche a la mañana. LA PRENSA/Archivo

La operación “Causa Justa” empezó poco antes de la medianoche del 19 de diciembre. Las primeras trazadoras venían del cerro Ancón directamente a la sede de la Comandancia.

Para la población de El Chorrillo, fue como la encarnación de las criaturas de las leyendas panameñas. Los días previos, nadie creía ni dejaba de creer que Estados Unidos intervendría militarmente Panamá. Desde el fallido golpe del 3 de octubre, se vía cada más lejana cualquiera acción promovida y ejecutada por panameños, que pusiera fin al régimen norieguista. Para unos la invasión significaba la única vía para erradicar un régimen corrupto, opresivo y asesino; para muchos otros, representó la tragedia de perder sus familias, sus viviendas, su barrio, sus fuentes de trabajo… todo lo que tenían.

Porque El Chorrillo quedó destruido.  Entre 8 mil a 10 mil personas se refugiaron esa madrugada en las instalaciones de la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, según calculó el padre Javier Arteta, en una entrevista a La Prensa en marzo de 1990. Para conocer el horror de lo que realmente ocurrió en el barrio, el diario tuvo que recurrir a estos testimonios y a los reportes de las agencias de noticias, ya que en aquella época no estaban operando los medios de comunicación independientes.

Arteta recordó que se podía escuchar con claridad unas voces que, desde el Cerro Ancón, anunciaban la incursión del ejército estadounidense. “Salgan y ríndanse. Estamos cumpliendo nuestra misión”, parafraseó el sacerdote.

Contó que se la pasó rezando con los refugiados durante toda la madrugada. A las seis de la mañana, se acercó a una tanqueta estadounidense para pedirle a los militares que se llevaran a tres heridos de bala que yacían en la Iglesia. Observó que, a esa hora, salvo algunos impactos de bala e “incendios aislados”, las casas estaban enteras. “El gran incendio, el que lo consumió casi todo, vino a las siete de la mañana del día 20”.

Dijo que personalmente vio cómo algunos civiles, presuntamente batalloneros, prendieron fuego a varias barracas. El fuego se fue propagando de una a una. Pronto, todo ardía. Solo se salvó la parroquia. De la noche a la mañana, casi todos los residentes del barrio quedaron sin techo.

Estados Unidos reconoció que sufrió 23 bajas en el operativo; se desconoce la cantidad de vidas humanas perdidas del lado panameño. En las Fuerzas de Defensa hablaban de 7 mil muertos, pero Marc Cisneros, comandante del Comando Sur, calculó que la cifra real no llegaba a 260 vidas. Personas que pagaron con su vida el precio para que Panamá retornara a la democracia y al orden constitucional.

Mientras se libraba la batalla, la nómina ganadora en las anuladas elecciones del 7 de mayo –integrada por Guillermo Endara, Ricardo Arias Calderón y Guillermo Ford- tomaba posesión en una base militar, ante los testigos Osvaldo Velásquez y José Manuel Faundes, presidente y secretario -respectivamente- del Comité Panameño por los Derechos Humanos.

Endara, Arias Calderón y Ford dijeron haberse enterado de la “inminente e inevitable” acción militar a escasas horas de tomar posesión. Explican que tomaron la decisión de asumir sus cargos, “ante el vacío de poder que surgiría como secuela de la mencionada acción militar”.

El 21 de diciembre firmaron un “Estatuto de retorno inmediato a la plenitud del orden constitucional”, en el que acuerdan conformar el Gabinete de Ministros; ejercer la función legislativa mediante la expedición de Decretos de Gabinete; nombrar a los nueve magistrados de la Corte Suprema y a los procuradores; designar a un contralor interino, y ordenar el recuento de las actas para la conformación de los miembros de la Asamblea.

La Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura calculó que el saqueo que siguió a la invasión dejó pérdidas económicas por $432.1 millones.

En cuanto a Noriega, el "jefe de Gobierno" todopoderoso, cobardemente se escondió y abandonó a sus confundidas tropas. Su paradero fue desconocido hasta que apareció la tarde del 24 de diciembre, buscando asilo en la Nunciatura.  De ahí salió mansamente el 3 de enero de 1990, cuando monseñor José Sebastián Laboa lo convenció para que se entregara al ejército estadounidense, que esa misma noche lo transportó a Miami para que hiciera frente a los cargos por narcotráfico que se le endilgaron en febrero de 1988. Desde entonces, Panamá más nunca tuvo ejército; por más que gobernantes posteriores se empeñaran en armar estamentos como el Senan y el Senafront, las fuerzas castrenses están prohibidas en todo el país, por mandato constitucional.

(Este blog, que inició el 3 de octubre pasado a fin de hacer un recuento de los hechos que desembocaron en la intervención militar estadounidense del 20 de diciembre, termina hoy. Para conocer más sobre el tema, lea el suplemento 25 años de la invasión a Panamá).

Así quedó la Comandancia, sede de las Fuerzas de Defensa. LA PRENSA/Archivo Expandir Imagen
Así quedó la Comandancia, sede de las Fuerzas de Defensa. LA PRENSA/Archivo

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Sobre el blog

Una buena parte de la población panameña desconoce o no ha asimilado aún todo lo que ocurrió en 1989.
El año inició con la decisión de los grandes partidos de oposición de ir a las elecciones con una nómina única: la de Guillermo Endara, Ricardo Arias Calderón y Guillermo Ford. Aquellos comicios del 7 de mayo terminaron con una golpiza a los candidatos, su declaratoria de nulidad y la designación del entonces contralor Francisco Rodríguez como presidente de la República.

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