Página del lector_20140117

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LA PRENSA/Gabriel Rodriguez. LA PRENSA/Gabriel Rodriguez.
LA PRENSA/Gabriel Rodriguez.

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´RESORT´ PARA EL ´AEDES AEGYPTI´

LA PRENSA/Gabriel Rodriguez.

En la vía que conduce al vertedero de cerro Patacón hay un monumento a la desidia y a la irresponsabilidad: una montaña de llantas usadas, el hábitat ideal para el mosquito ´Aedes aegypti´, peligroso transmisor del dengue y la fiebre amarilla. Mientras el Ministerio de Salud (Minsa) trabaja afanosamente en campañas mediáticas para la erradicación de los criaderos del vector, en muchos lugares, como talleres, se sigue con la costumbre de dejar las llantas usadas en lugares públicos. Es necesario que el Minsa actúe con mano firme contra los infractores.

Apocalipsis fiscal

Dándole seguimiento a las informaciones de La Prensa sobre la nefasta e inconsulta Ley 120 de 2013, que con sus alteraciones al Código Fiscal acaba de la noche a la mañana con la economía panameña de servicios, los lectores nos percatamos de que en este bochornoso escándalo nacional e internacional existen cuatro autores identificables que pretenden pasar agachados, como si aquí nada hubiera pasado.

El primero es el presidente de la República, Ricardo Martinelli, quien el 30 de diciembre sancionó la Ley 120. El Presidente ha dejado muy mal a su ejercicio del cargo, porque en su actuación apenas existen dos posibilidades. Una, de que sancionó la Ley 120 a sabiendas de su contenido, con pleno conocimiento de sus dañinos propósitos para la economía del país. La otra, de que el Presidente los ignoraba, dando a entender que está dispuesto a firmar cualquier ley que le pongan por delante sin preguntar, o lo que es peor, sin leerla.

El segundo es Sergio Gálvez, presidente de la Asamblea y formal proponente de las alteraciones fiscales en la Ley 120. Este diputado ha aceptado en público, sin vergüenza, que “metió el camarón” en la Asamblea en unas reformas supuestamente recibidas del jefe de la ANIP, Luis Cucalón, sin leerlas y sin haberlo consultado con nadie, incluyendo a funcionarios del gobierno que por sentido común tenía que consultar, como el Presidente de la República y el ministro de Economía y Finanzas.

El tercero es el jefe de la ANIP, Luis Cucalón, autor material confeso del mamotreto 120. Este funcionario, que no tiene legalmente lo que llaman “iniciativa legislativa”, ha dado a entender que puede cambiar la legislación panameña cuando a él le dé la gana, de la forma en que a él le dé la gana. Cambia el Código Fiscal cuando quiere y como quiere, sin consultar siquiera, aparentemente, a sus superiores en la Presidencia y en el MEF. No ha dado la cara en este madrugonazo ni le han importado sus efectos, solo la realización de un nefasto capricho personal.

El cuarto y último es Frank De Lima, ministro del MEF. Como en el caso del Presidente de la República, su actuación también se enmarca en dos posibilidades. Una, de que a sabiendas del mamotreto que se estaba cocinando, premeditadamente, le dio luz verde a Cucalón para “meter el camarón” en la Ley 120, sin importarle la forma ni los resultados. La otra, de que permitió, sin decir nada, como un funcionario de figurita, que Cucalón le pasara por encima e hiciera lo que le diera la gana, sin respetar las funciones de un ministro del MEF en materia económica y fiscal.

Los cuatro funcionarios no tienen el derecho de hacerse los desentendidos del bochornoso escándalo. Los dos primeros son electos; los dos últimos, nombrados. Con la Ley 120, Panamá ha quedado ante los ojos del mundo como una república bananera, como un país en el que cualquier exabrupto puede suceder, de repente y sin explicaciones. Cuando menos, Cucalón y De Lima, por decencia y dignidad, pero más que todo, por respeto a Panamá, tienen que renunciar a sus cargos.

MARCO L. JURADO

ECONOMISTA


Un chanchullo llamado Ley 120

No cabe la menor duda, tal como vemos en el titular “Reforma fiscal producirá ´un daño grave´ a la imagen del país” de la edición de La Prensa del 7 de enero, que la Ley 120 del 30 de diciembre de 2013 es una calamidad para el sistema económico nacional. Desde siempre, este sistema había descansado en un régimen de renta territorial. Economistas, banqueros, contadores, abogados y un sinfín de otros profesionales conocedores del impacto negativo de esa ley no demoraron en condenarla unánimemente, por ser en extremo perjudicial a los mejores intereses de Panamá.

Pero para miles de otros ciudadanos, que no somos expertos en asuntos de renta y de impuestos, lo más repugnante de la Ley 120 es el modo en que fue aprobada. Ha sido, en lenguaje panameño, un “chanchullo” legal de medianoche, un proyecto escondido que introdujeron, sin preguntarle a nadie, en una ley que no tenía nada que ver con impuestos. Aunque los panameños nos hayamos acostumbrado a estos chanchullos en la Asamblea Nacional, con seguridad este habrá sido el primero que ha trascendido muestras fronteras. Gente de todos los países relacionada con temas de renta estarán ahora conscientes, como nosotros lo hemos sido por años, que en Panamá un chanchullo legal salido del gobierno es una cosa que no le quita el sueño a los servidores públicos responsables.

La ciudadanía ha sido irrespetada por estas acciones chanchulleras. Las leyes se deben hacer, sin excepción, de cara al pueblo. Nunca escondiéndose, como en la Ley 120, como ladrones al acecho de cada ciudadano.

JORGE CASTILLO M.

CIUDADANO PANAMEÑO


Érase una vez el 9 de enero de 1964

Los panameños tenemos memoria selectiva, tan ambigua como el clima a veces. Tenemos una memoria mediocre, la evocamos en momentos inoportunos y la ignoramos en momentos trascendentales. Nos gusta recordar fechas, hitos históricos, nombres, personajes, lugares. Invocamos en el recuerdo los nombres de próceres, caudillos, héroes, tiranos y mártires, dictadores y desaparecidos. Estamos acostumbrados a eso. Basta observar en los diarios, en la televisión, en la radio, para darse cuenta de esto. Estamos acostumbrados a recordar y olvidar a placer. Nos fascina al extremo que nos abrumen con discursos y oratorias baratas, que políticos se levanten ante nosotros rememorando en sus peroratas el oscuro pasado de los demás, ignorando siempre que el propio no era tan iluminado como creían, a ellos especialmente, les gusta recordar a medias, condición que sazonan con una agradable y cómica ignorancia y amnesia al gusto.

Nos gusta ser patriotas a costa del patriotismo de otros, nos gusta recalentar nuestro congelado nacionalismo para ocasiones especiales, un juego de fútbol o un desafinado despliegue de clarines, tambores desentonados y passa-passa .(Gracias, por cierto, al Moisés Castillo Ocaña y al José Daniel Crespo por darle nuevo aliento a una agónica cultura musical patriótica). Es entonces que vienen fechas, que a duras penas los chicos de ahora recuerdan, es entonces que vienen los actos cívicos, los especiales de televisión de media hora, las páginas enteras en los diarios. En Panamá el fervor de las fechas patrias dura 24 horas (o hasta que se acabe la caja de cerveza, lo primero que suceda).

“Prohibido olvidar” se volvió en una frase vacía, prostituida por labios que no conectan con un sentir de nacionalismo puro. Simplemente una fecha que suena bien con un hashtag al inicio.

El 9 de enero de 1964. El Día de los Mártires. Eran otros tiempos, teníamos otra mentalidad, los jóvenes eran otros, qué no decirlo, hasta los políticos tuvieron una causa común, más allá de los colores de sus banderas partidarias. En esa época no se le temía a los poderosos, la bandera valía algo, la sangre se derramaba por un propósito sagrado, no nos daba pánico hacer historia, hacer la diferencia. Hicimos temblar la tierra, subimos al cielo nuestra voz invocando justicia. La sangre bañó nuestra tierra, regando semillas de valentía y patria. El tiempo nos regaló los frutos, de aquellos que sembramos en la tierra en un mortuorio cajón. Hoy sus nombres resuenan en las cámaras de la historia, hoy sus nombres están escritos en mármol y granito, en donde otros tiempos no cabía idea de que un panameño, siquiera, pudiera poner un pie en aquellos suelos.

Recuperamos un pedazo muy importante de nuestra identidad, de nuestra tierra, de nuestro futuro. La juventud nos dio este regalo. Nos devolvió la esperanza, fueron los jóvenes quienes tomaron una bandera que se creía caída y la colocaron en lo más alto, a costa de sus vidas. Fueron ellos... eran otros tiempos.

Cincuenta años después, ¿en qué nos hemos convertido? Tenemos un Canal perjudicado por los intereses egoístas de terceros, un pueblo que mendiga migajas, que aguanta sol y agua para recibir limosnas políticas que ellos mismos pagaron cuatro veces su precio con sus impuestos. La conciencia, hoy a 50 años de aquel día, se compra por docenas y a precio de fábrica. Tenemos una juventud que está “pal tigre”, sin conciencia de panameños, sin sentido de futuro. Una juventud que ama tanto sus escuelas, que deciden fracasar en masa para ir en verano y disfrutarla aun más. Una juventud incapaz de pensar por sí misma, cuyas pautas de pensamiento son tan variables con las tendencias de moda.

El 9 de enero se volvió una excusa para justificar una seudo resistencia popular, una excusa para taparse la cara como vándalos, mientras perjudican a sus compañeros y mayores con sus insolencias. No recuerdo foto alguna de los jóvenes del 9 de enero portando una máscara o un suéter para tapar su cara, ¿será que sí había motivo para luchar?, había valentía, ¿o simplemente, había algo serio por qué pelear? Eran otros tiempos, quizás había otros padres: algunos que sufrieron por este apartheid gringo, gente que le exigía más a sus gobernantes, que sé yo. Eran otros tiempos. 50 años hoy, estamos en el umbral de un hito igual de crítico que aquel 9 de enero de 1964, nos encontramos ante una decisión electoral que puede cambiar el rumbo del Panamá que conocemos, y nuevamente, como destino divino o broma de los astros, recae nuevamente en los jóvenes el peso de esta decisión, la responsabilidad con la historia, con sus hijos, y los hijos de sus hijos, de tomar parte en la decisión que cambiará el futuro. Tienen la responsabilidad de ver más allá de las mentiras, de la demagogia, tienen la responsabilidad de no vender su conciencia por jamones, puestos de gobierno o un sarao gratis en alguna esquina. Panamá los necesita, los necesita íntegros, dignos y firmes, es hora de volver la cara al pasado, tomar lo bueno, y evitar los errores que pudieron habernos atrasado como país. Que este 9 de enero haya sido un verdadero día de reflexión, no les pido que se vuelvan los nuevos Ascanio Arosemena (es pedir demasiado) solo les pedimos que usen su sentido común, que no siempre es el más común de los sentidos, y den el esfuerzo de trabajar por un mejor Panamá. Al final, las fechas son solo eso, fechas, la historia, no entiende de fechas; entiende de hechos. Pudo haber sido el 9, o el 14, pudo ser en enero, febrero u octubre, pudo ser en el 64 o el 81, quien sabe. El Día de los Mártires es un día más allá de toda fecha. Nosotros solo lo recordamos, como recordamos siempre los panameños, a medias y selectivamente.

JULIO JIRÓN

ASESOR FINANCIERO Y ESCRITOR


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