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</description><content:encoded><![CDATA[<p>En su nuevo papel de secretaria de Estado, Hillary Clinton ha viajado a China, donde, siguiendo la línea pragmática y de realpolitik que quiere imponer la administración Obama, ha hecho lo imposible por desmarcarse del compromiso con los derechos humanos.</p><p>Nada más bajarse del avión oficial, la esposa de Bill Clinton, poco habituada a ser lisonjeada por sus encantos, se llevó una grata sorpresa: según ha informado el corresponsal de The New York Times en Beijing, un prominente miembro del Consejo de Estado chino, Dai Bingguo, le dijo “En persona luce mucho más joven y guapa que en la televisión”. A partir de ese momento a la señora Clinton se le dulcificó el gesto adusto y, olvidándose de su discurso feminista, optó por considerar galantes las palabras de Bingguo, y no un comentario machista que consiguió desarmar por la vía del halago fácil a una mujer despechada que aún no se ha repuesto de las infidelidades de su marido.</p><p>Con los sentidos desarreglados por el requiebro, Hillary Clinton ya no atendió a verdades de peso como la persecución a la disidencia, sino a intereses de Estado para amarrar acuerdos comerciales con el gigante asiático en un momento en el que Estados Unidos, sumido en una fuerte recesión económica, ve en los chinos una tabla de salvación. Esta administración, como la anterior bajo George W. Bush, continúa viviendo la fantasía de que el régimen de Hu Jintao va a cumplir las reglas de los protocolos internacionales en lo referente a las emisiones de gas y el control de calidad de los productos que exportan, casi todos altamente tóxicos y envenenados con plomo y melamina. Al Gobierno chino, ajeno al voto de castigo en las urnas, le basta con ejecutar a uno de sus ministros cada vez que estalla un escándalo por los cientos de muertos y víctimas contaminadas en Occidente que caen como moscas después de comprar en un establecimiento de “Todo a un euro”.</p><p>Hillary Clinton dejó claro durante su visita que el espinoso tema de la violación de los derechos humanos no debía interferir con la voluntad de “promover las relaciones bilaterales en la nueva era”. Una vez más, los activistas de Amnistía Internacional y Human Rights Watch perdieron el tiempo rasgándose las vestiduras por la ocupación del Tíbet y el desinterés de Clinton por la oposición. Lo cierto es que ni siquiera protestó contra las redadas y los arrestos domiciliarios que las autoridades efectuaron antes de su llegada a un Beijing con la cara lavada y remozado después de la mascarada que fueron las olimpiadas del pasado verano.</p><p>La Hillary Clinton de 2009, obedeciendo órdenes de Washington y obnubilada por las galanterías del tal Bingguo, nada tiene que ver con la que en 1995 provocó un verdadero revuelo cuando, en calidad de primera dama, pronunció un encendido discurso en Beijing a favor de las libertades y el derecho a reunirse, organizarse y debatir abiertamente.</p><p>Fue tal el escándalo, que la televisión estatal china interrumpió la emisión de su intervención en la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer.</p><p>¿Qué puede sentir un disidente encarcelado cuando su causa es percibida como una molesta traba para proseguir con los dineros de los negocios y el galimatías del cambio climático? ¿Cómo explicarle al individuo encerrado por sus ideas que hay asuntos más urgentes que la libertad del hombre?</p><p>Hillary Clinton se ha atrevido a decirlo sin sonrojarse. Solo los piropos le sacan los colores a la nueva jefa de la diplomacia estadounidense en la era de Obama.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Un cuento chino</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/cuento-chino_0_2510749200.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/cuento-chino_0_2510749200.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Tue, 04 Feb 2020 19:44:28 +0000</pubDate><description>En su nuevo papel de secretaria de Estado, Hillary Clinton ha viajado a China, donde, siguiendo la línea pragmática y de realpolitik que quiere imponer la administración Obama, ha hecho lo imposible por desmarcarse del compromiso con los derechos humanos.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>En su nuevo papel de secretaria de Estado, Hillary Clinton ha viajado a China, donde, siguiendo la línea pragmática y de realpolitik que quiere imponer la administración Obama, ha hecho lo imposible por desmarcarse del compromiso con los derechos humanos.</p><p>Nada más bajarse del avión oficial, la esposa de Bill Clinton, poco habituada a ser lisonjeada por sus encantos, se llevó una grata sorpresa: según ha informado el corresponsal de The New York Times en Beijing, un prominente miembro del Consejo de Estado chino, Dai Bingguo, le dijo “En persona luce mucho más joven y guapa que en la televisión”. A partir de ese momento a la señora Clinton se le dulcificó el gesto adusto y, olvidándose de su discurso feminista, optó por considerar galantes las palabras de Bingguo, y no un comentario machista que consiguió desarmar por la vía del halago fácil a una mujer despechada que aún no se ha repuesto de las infidelidades de su marido.</p><p>Con los sentidos desarreglados por el requiebro, Hillary Clinton ya no atendió a verdades de peso como la persecución a la disidencia, sino a intereses de Estado para amarrar acuerdos comerciales con el gigante asiático en un momento en el que Estados Unidos, sumido en una fuerte recesión económica, ve en los chinos una tabla de salvación. Esta administración, como la anterior bajo George W. Bush, continúa viviendo la fantasía de que el régimen de Hu Jintao va a cumplir las reglas de los protocolos internacionales en lo referente a las emisiones de gas y el control de calidad de los productos que exportan, casi todos altamente tóxicos y envenenados con plomo y melamina. Al Gobierno chino, ajeno al voto de castigo en las urnas, le basta con ejecutar a uno de sus ministros cada vez que estalla un escándalo por los cientos de muertos y víctimas contaminadas en Occidente que caen como moscas después de comprar en un establecimiento de “Todo a un euro”.</p><p>Hillary Clinton dejó claro durante su visita que el espinoso tema de la violación de los derechos humanos no debía interferir con la voluntad de “promover las relaciones bilaterales en la nueva era”. Una vez más, los activistas de Amnistía Internacional y Human Rights Watch perdieron el tiempo rasgándose las vestiduras por la ocupación del Tíbet y el desinterés de Clinton por la oposición. Lo cierto es que ni siquiera protestó contra las redadas y los arrestos domiciliarios que las autoridades efectuaron antes de su llegada a un Beijing con la cara lavada y remozado después de la mascarada que fueron las olimpiadas del pasado verano.</p><p>La Hillary Clinton de 2009, obedeciendo órdenes de Washington y obnubilada por las galanterías del tal Bingguo, nada tiene que ver con la que en 1995 provocó un verdadero revuelo cuando, en calidad de primera dama, pronunció un encendido discurso en Beijing a favor de las libertades y el derecho a reunirse, organizarse y debatir abiertamente.</p><p>Fue tal el escándalo, que la televisión estatal china interrumpió la emisión de su intervención en la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer.</p><p>¿Qué puede sentir un disidente encarcelado cuando su causa es percibida como una molesta traba para proseguir con los dineros de los negocios y el galimatías del cambio climático? ¿Cómo explicarle al individuo encerrado por sus ideas que hay asuntos más urgentes que la libertad del hombre?</p><p>Hillary Clinton se ha atrevido a decirlo sin sonrojarse. Solo los piropos le sacan los colores a la nueva jefa de la diplomacia estadounidense en la era de Obama.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Doña Ingrid en la selva</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Dona-Ingrid-selva_0_2515248750.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Dona-Ingrid-selva_0_2515248750.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Tue, 04 Feb 2020 19:26:48 +0000</pubDate><description>Cuando los liberaron, la política colombiana Ingrid Betancourt declaró que lo que había sucedido en la selva debía quedarse allí. Son difíciles de olvidar las espectaculares imágenes del rescate de un grupo de rehenes que llevaban años secuestrados por las FARC. La operación militar planificada por el gobierno de Álvaro Uribe había sido todo un éxito tras conseguir burlar a la narcoguerrilla.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando los liberaron, la política colombiana Ingrid Betancourt declaró que lo que había sucedido en la selva debía quedarse allí. Son difíciles de olvidar las espectaculares imágenes del rescate de un grupo de rehenes que llevaban años secuestrados por las FARC. La operación militar planificada por el gobierno de Álvaro Uribe había sido todo un éxito tras conseguir burlar a la narcoguerrilla.</p><p>Las primeras semanas después de una maniobra digna de un guión de Hollywood, todavía la gente hablaba, sobre todo, de la seductora y locuaz Betancourt, quien poco después de su liberación se embarcó en un tour europeo con más glamour que los entourage de Madonna o U2.</p><p>Lo cierto es que la luna de miel entre los rehenes liberados terminó nada más volver a casa. Basta recordar el rifirrafe entre el político Luis Eladio Pérez y Clara Rojas, así como el distanciamiento entre Rojas y su ex compañera de partido, Betancourt. Ahora los tres contratistas norteamericanos que también fueron liberados, Tom Howes, Marc Gonsalves y Keith Stansell, han publicado Out of Captivity (Harper Collins). En el libro relatan sus terribles experiencias y vuelve a surgir la polémica en torno a Ingrid Betancourt. En las entrevistas concedidas a los medios el retrato que hacen de la flamante Premio Príncipe de Asturias reaviva un culebrón en el que, una vez más, la ex candidata socialista a la Presidencia de Colombia aparece como la protagonista absoluta de una trama de intrigas y de celos.</p><p>En un popular magazine informativo de la cadena ABC los tres norteamericanos hablaron largamente sobre su cautiverio, rememorando las condiciones inhumanas en las que vivían. Pero lo que más ha llamado la atención es el rechazo visceral de Stansell al hablar de su ex compañera en el campamento Caribe, donde se concentraban los secuestrados políticos. El ex marine ha clasificado a Betancourt de “arpía” y de “arrogante”. Una persona, según él, capaz de pedirle a los secuestradores que expulsaran de su núcleo a los tres americanos porque les quitaban espacio. Lejos de su imagen de mujer sensible, conciliadora y devota de la Virgen, Stansell no ha dudado en contar que Betancourt procuraba quedarse con la ración de comida de los demás y se comportaba como la dueña y señora de aquel paraje inhóspito que se convirtió en improvisado hogar de los secuestrados.</p><p>Luis Eladio Pérez, quien en su libro Siete años secuestrado por las FARC no ahorró palabras duras contra Clara Rojas, ha desmentido algunas de estas aseveraciones y niega, como ha afirmado Stansell, que Ingrid los hubiese acusado de agentes de la CIA ante los guerrilleros. En cuanto a si compartía con ella hamaca en las noches, como se ha dicho en esta última entrega de la saga, el ex congresista no se ha pronunciado. Por su parte, Ingrid Betancourt, quien por el momento ha abandonado su intensa vida social para dedicarse a escribir, ha declinado hacer comentarios.</p><p>Como en Rashomon, el clásico del cineasta Akira Kurosawa, cada personaje de esta truculenta historia cuenta una versión diferente, incluso encontrada, de los mismos hechos. Por ejemplo, los otros dos autores del libro, Gonsalves y Howe, no comparten la pésima opinión que su compañero tiene de Betancourt. Es más, Gonsalves reconoce que en algún momento estableció una estrecha relación con ella en la que primó una fuerte atracción que los guerrilleros atajaron separándolos.</p><p>Lo único que queda claro en este rompecabezas es que en el monótono verdor de la jungla colombiana Ingrid Betancourt se las arregló para ser una suerte de Doña Bárbara, trasplantada de la imaginación del venezolano Rómulo Gallegos a la fantasía febril de unos hombres encadenados. En realidad nada ha quedado atrás. Ingrid lo sabe y, consumada maestra de la autopromoción, apuesta a que su libro será el definitivo. Un best seller asegurado.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Doña Ingrid en la selva</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Dona-Ingrid-selva_0_2515248751.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Dona-Ingrid-selva_0_2515248751.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Tue, 04 Feb 2020 19:26:47 +0000</pubDate><description>Cuando los liberaron, la política colombiana Ingrid Betancourt declaró que lo que había sucedido en la selva debía quedarse allí. Son difíciles de olvidar las espectaculares imágenes del rescate de un grupo de rehenes que llevaban años secuestrados por las FARC. La operación militar planificada por el gobierno de Álvaro Uribe había sido todo un éxito tras conseguir burlar a la narcoguerrilla.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando los liberaron, la política colombiana Ingrid Betancourt declaró que lo que había sucedido en la selva debía quedarse allí. Son difíciles de olvidar las espectaculares imágenes del rescate de un grupo de rehenes que llevaban años secuestrados por las FARC. La operación militar planificada por el gobierno de Álvaro Uribe había sido todo un éxito tras conseguir burlar a la narcoguerrilla.</p><p>Las primeras semanas después de una maniobra digna de un guión de Hollywood, todavía la gente hablaba, sobre todo, de la seductora y locuaz Betancourt, quien poco después de su liberación se embarcó en un tour europeo con más glamour que los entourage de Madonna o U2.</p><p>Lo cierto es que la luna de miel entre los rehenes liberados terminó nada más volver a casa. Basta recordar el rifirrafe entre el político Luis Eladio Pérez y Clara Rojas, así como el distanciamiento entre Rojas y su ex compañera de partido, Betancourt. Ahora los tres contratistas norteamericanos que también fueron liberados, Tom Howes, Marc Gonsalves y Keith Stansell, han publicado Out of Captivity (Harper Collins). En el libro relatan sus terribles experiencias y vuelve a surgir la polémica en torno a Ingrid Betancourt. En las entrevistas concedidas a los medios el retrato que hacen de la flamante Premio Príncipe de Asturias reaviva un culebrón en el que, una vez más, la ex candidata socialista a la Presidencia de Colombia aparece como la protagonista absoluta de una trama de intrigas y de celos.</p><p>En un popular magazine informativo de la cadena ABC los tres norteamericanos hablaron largamente sobre su cautiverio, rememorando las condiciones inhumanas en las que vivían. Pero lo que más ha llamado la atención es el rechazo visceral de Stansell al hablar de su ex compañera en el campamento Caribe, donde se concentraban los secuestrados políticos. El ex marine ha clasificado a Betancourt de “arpía” y de “arrogante”. Una persona, según él, capaz de pedirle a los secuestradores que expulsaran de su núcleo a los tres americanos porque les quitaban espacio. Lejos de su imagen de mujer sensible, conciliadora y devota de la Virgen, Stansell no ha dudado en contar que Betancourt procuraba quedarse con la ración de comida de los demás y se comportaba como la dueña y señora de aquel paraje inhóspito que se convirtió en improvisado hogar de los secuestrados.</p><p>Luis Eladio Pérez, quien en su libro Siete años secuestrado por las FARC no ahorró palabras duras contra Clara Rojas, ha desmentido algunas de estas aseveraciones y niega, como ha afirmado Stansell, que Ingrid los hubiese acusado de agentes de la CIA ante los guerrilleros. En cuanto a si compartía con ella hamaca en las noches, como se ha dicho en esta última entrega de la saga, el ex congresista no se ha pronunciado. Por su parte, Ingrid Betancourt, quien por el momento ha abandonado su intensa vida social para dedicarse a escribir, ha declinado hacer comentarios.</p><p>Como en Rashomon, el clásico del cineasta Akira Kurosawa, cada personaje de esta truculenta historia cuenta una versión diferente, incluso encontrada, de los mismos hechos. Por ejemplo, los otros dos autores del libro, Gonsalves y Howe, no comparten la pésima opinión que su compañero tiene de Betancourt. Es más, Gonsalves reconoce que en algún momento estableció una estrecha relación con ella en la que primó una fuerte atracción que los guerrilleros atajaron separándolos.</p><p>Lo único que queda claro en este rompecabezas es que en el monótono verdor de la jungla colombiana Ingrid Betancourt se las arregló para ser una suerte de Doña Bárbara, trasplantada de la imaginación del venezolano Rómulo Gallegos a la fantasía febril de unos hombres encadenados. En realidad nada ha quedado atrás. Ingrid lo sabe y, consumada maestra de la autopromoción, apuesta a que su libro será el definitivo. Un best seller asegurado.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Comunión entre cuerpo y mente</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Comunion-cuerpo-mente_0_5088991120.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Comunion-cuerpo-mente_0_5088991120.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 31 Jan 2020 02:16:37 +0000</pubDate><description>El ejemplo de Roth, quien murió en el mes de mayo a los 85 años, simboliza la importancia de cuidar el cuerpo como un templo que forma parte del engranaje que conecta el bienestar físico con el mental. Pasó por el quirófano aquejado de graves dolencias de espalda y se sometió a una operación a corazón abierto cuando estaba en la cincuentena para aliviar un padecimiento cardiovascular que empeoró con los años.</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>Escuchaba recientemente en el programa radiofónico que presenta el periodista David Remnick en <strong>NPR</strong> a tres escritoras que conocieron bien a <strong>Philip Roth</strong> y estudiaron su obra. Del recientemente desaparecido novelista se ha escrito mucho, pero en esta ocasión hablaron, entre otras cosas, del esfuerzo que hizo hasta el final para mantenerse en forma con el propósito de poder continuar su pasión, que era la escritura.</p></p><p>El ejemplo de Roth, quien murió en el mes de mayo a los 85 años, simboliza la importancia de cuidar el cuerpo como un templo que forma parte del engranaje que conecta el bienestar físico con el mental. Pasó por el quirófano aquejado de graves dolencias de espalda y se sometió a una operación a corazón abierto cuando estaba en la cincuentena para aliviar un padecimiento cardiovascular que empeoró con los años.</p><p><p>Roth, enfrentado a su mortalidad para completar el ciclo creativo, se concentró en fortalecerse físicamente y en blindarse de los embates que podían desmoronarlo. En su casa de campo en los Berkshires, donde escribió gran parte de su monumental obra antes de anunciar su retiro a los 79 años, llevaba una vida casi monacal, concentrado en la escritura y haciendo largos en la piscina. El autor había visto a su padre morir de un infarto masivo y en uno de sus libros, <strong>Patrimonio</strong>, además de evocar a la figura paterna traza paralelismos con un destino fatalista que lo acechaba.</p></p><p>Cuando Roth ingresó hace unos meses en un hospital de Nueva York, sabía que su carrera contra la muerte había concluido, pero en la huida había conseguido su objetivo: escribir novelas que definieron y reflejaron la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos.</p><p>Roth comprendió pronto que debía apoyarse en el cuerpo, cuya belleza y vigor son efímeros, para dar la batalla de una existencia fructífera. Ya instalado en la vejez, los largos al amanecer en la soledad de su granja marcaban distancia con la muerte. Su cuerpo era el arma más poderosa para ahuyentar el derrumbe gradual. Él mismo confesaba que abrir los ojos cada día era de por sí un milagro.</p><p>El cuerpo es potente y glorioso en la juventud, cuando la mente nos engaña bajo la falsa impresión de que la lozanía es sinónimo de inmortalidad. Pero este organismo palpitante tiene fecha de caducidad -hace poco leía la reflexión de la escritora alemana Andrea Köhler, para quien la vida es una mera espera entre el principio y el fin- y con el paso del tiempo el armazón que nos sostiene, nos desplaza y alberga el cableado de la mente, cede como un edificio con grietas que tarde o temprano ha de ser clausurado.</p><p>Si la vida es un paréntesis entre el nacimiento y el estertor, en el intervalo (para unos prolongado y, para otros, breve) el cuerpo es el motor que proporciona oxígeno al intelecto y la muralla que contiene la inevitable oxidación. Consciente de que las arterias obstruidas le jugaban una mala pasada, cuando Roth nadaba abría surcos para bombear su sangre y guarecer su corazón de un estallido fulminante.</p><p>El cuerpo. Con él amamos. Lo entregamos como un regalo. De él salen hijos. Lo maltratamos. Lo abandonamos por momentos. Lo condenamos a la inercia o lo trajinamos frenéticamente. A veces lo alquilamos o incluso lo donamos. Lo llevamos a todas partes porque no se puede separar de quienes somos. O se queda quieto haciéndole compañía a un ánimo adormecido.</p><p>En la espera entre la vida y la muerte Philip Roth escribió febrilmente y nadó a diario dos horas con la abnegación de un samurai. Al recordarlo, la novelista británica Zadie Smith evocó una conversación en la que Roth le contó lo que pasaba por su cabeza cuando nadaba: elegía un año de su vida y repasaba lo que había hecho a lo largo de ese año, incluyendo lo que había ocurrido en ese periodo en Nueva York, en América y en el mundo. Con cada brazada armaba el universo de su escritura en la comunión entre cuerpo y mente.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Adiós al emperador desnudo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Adios-emperador-desnudo_0_3045445637.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Adios-emperador-desnudo_0_3045445637.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 17:04:51 +0000</pubDate><description>Bien podría haber sido la plaza de Tiananmen por el clamor exigiendo libertad. Pero en esta ocasión el pueblo levantisco es el egipcio, que ha conseguido hacerse con la libertad después de treinta años bajo el régimen militar de Hosni Mubarak. Hoy la marea humana celebra en el zócalo de Tahrir el derrocamiento del dictador. Les llegó la hora de zafar amarras a pesar del patético empecinamiento de un gobernante que tenía los días contados.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Bien podría haber sido la plaza de Tiananmen por el clamor exigiendo libertad. Pero en esta ocasión el pueblo levantisco es el egipcio, que ha conseguido hacerse con la libertad después de treinta años bajo el régimen militar de Hosni Mubarak. Hoy la marea humana celebra en el zócalo de Tahrir el derrocamiento del dictador. Les llegó la hora de zafar amarras a pesar del patético empecinamiento de un gobernante que tenía los días contados.</p><p>En Tiananmen los tanques aplastaron el estallido de la oposición, y de aquella primavera china sólo queda el triste recuerdo de los muertos y la imagen de un hombre valiente que se acercó con una flor a un ejército dispuesto a matar a los disidentes. En El Cairo, en cambio, el grito a favor del cambio se hizo imparable y ya solo quedaba derrotar el espejismo en el que ha vivido sumido Mubarak, atrapado, ahora, en una huida hacia delante.</p><p>Basta con ver el último discurso televisado del gobernante egipcio para comprender que se repetía la patología de los dictadores en una suerte de desdoblamiento de personalidad: el jefe de Estado que confunde su papel de gestor al servicio de la sociedad, con el de dominante patriarca al cuidado de unos hijos díscolos a los que hay que reducir por las buenas o por las malas.</p><p>Lamentablemente, Mubarak, cegado después de tres décadas de autocracia en las que sus más estrechos colaboradores le dieron la razón como al vanidoso emperador del cuento, no fue capaz de discernir la realidad de la vana fantasía a la que ha querido aferrarse.</p><p>Todos estos sátrapas –con grados de mayor o menor horror a la hora de imponer su voluntad –comparten el delirio de las personalidades narcisistas, incapaces de ver más allá de la imagen que el espejo les devuelve. Viven convencidos de que sus atropellos se justifican porque son por el bien del pueblo; su autoritarismo y arbitrariedad no son más que expresiones del desprecio que sienten por los demás. Treinta años después de mandar con mano dura y sin rendirle cuentas a nadie, Hosni Mubarak no alcanzó a vislumbrar que sus cachorros se ahogaban en la jaula que les construyó.</p><p>Lo que más llama la atención del depuesto mandatario ha sido su genuina indignación frente a lo que él considera que es la deslealtad de una gente que no le agradece todo lo que ha hecho por ellos. Igual que el padre abusivo que doblega a sus retoños y luego se sorprende cuando estos se rebelan y huyen de la casa.</p><p>Dudo mucho que Mubarak (y la larga lista de déspotas empeñados en morir aferrados al poder), haya leído Madame Bovary, la gran novela de Gustave Flaubert. O que tenga conocimiento de que el escritor galo, totalmente sumergido en la piel de su trágica protagonista, llegó a afirmar, “Madame Bovary c’est moi”. Egipto era él y sin su presencia el mundo y las pirámides se les vendrían encima en un final apocalíptico.</p><p>Mientras la muchedumbre ya se había subido al carro de la transición, Mubarak permaneció ciego y sordo, refugiado en el invierno de sus palacios. Sus vástagos se han levantado contra él y cambiaron el final de la historia de Saturno devorándose a sus hijos.</p><p>En medio del caos y eljúbilo, el futuro de Egipto se presenta incierto. Sin embargo, Hosni Mubarak ha sido forzado a despertar de su alucinación ególatra, cercado por un estallido social que ha escapado de su férreo control. De lo contrario, habría acabado como los gobernantes rumanos Nicolás y Elena Ceaucescu, quienes poco antes de ser ejecutados por sus propios hombres, incrédulos, dijeron, “Cómo nos hacen esto si son como nuestros hijos”.</p><p>Adiós al emperador desnudo.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Jaque a la censura</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Jaque-censura_0_3051445095.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Jaque-censura_0_3051445095.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 16:44:57 +0000</pubDate><description>He tardado en comprender el alcance de las redes sociales cuando se emplean para algo más que los chismes de patio de vecindad. Si los indiscutibles atractivos de Facebook se me escapan (demasiada promiscuidad compartida en el escaparate global), los trinos del pájaro azul de Twitter han acabado por convencerme de que pueden ser muy útiles para diseminar información rápida y concisa.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>He tardado en comprender el alcance de las redes sociales cuando se emplean para algo más que los chismes de patio de vecindad. Si los indiscutibles atractivos de Facebook se me escapan (demasiada promiscuidad compartida en el escaparate global), los trinos del pájaro azul de Twitter han acabado por convencerme de que pueden ser muy útiles para diseminar información rápida y concisa.</p><p>Ahí están los tuiteos urgentes de Yoani Sánchez y la tribu de blogueros que desde Cuba cada día procuran sortear la estrecha vigilancia de los policías cibernéticos, cuya misión es cortarle las alas al dulce pájaro de una juventud que anhela cambios; y lo que finalmente me reconcilió con las redes sociales y su capacidad de convocatoria frente a las dictaduras, fue escuchar al egipcio Wael Ghomin relatar desde El Cairo el papel que han jugado en su país Facebook, Twitter y los SMS a la hora de aglutinar y animar a la gente a manifestarse.</p><p>Es verdad que hay escépticos como el autor Malcolm Gladwell en Estados Unidos y el periodista bielorruso Evgeney Morazov, quienes afirman que se está sobrestimando la fuerza de estas redes para echar abajo regímenes autoritarios. Lo cierto es que, como en el caso de China, Cuba o Irán, estos gobiernos intentan ejercer el control de la disidencia valiéndose, precisamente, de la vulnerabilidad de unos medios que están a la vista de todos y que pueden ser “penetrados”. No es casualidad que en Cuba y China están invirtiendo millones en centralizar el acceso a internet y las telefonías móviles. Es la única forma de seguir de cerca un movimiento escurridizo y virtual.</p><p>Bien. Los gobiernos, incluido el de Estados Unidos, ahora empeñado en perseguir criminalmente a Julian Assange y su WikiLeaks, no descansan en su afán por controlar el flujo de información que no les conviene a sus intereses. Y es en este ajedrez donde, por un lado, el poder mueve sus fichas y en el otro extremo, los ciberutópicos (así los califica Morazov en su libro El engaño de la red), mueven las suyas. De lo que se trata es de darle jaque mate al otro antes de que elimine tus caballos de batalla.</p><p>Así ha sucedido en Egipto, donde, cuando Mubarak entendió que la rebelión iba en serio, el pasado 28 de enero los genios informáticos al servicio de la represión consiguieron activar un kill switch que interrumpió temporalmente el acceso a internet. Fueron cinco días en los que los jóvenes no pudieron tuitear ni “colgar” en el muro de Facebook invitaciones a protestas. Al fin, gracias al ingenio y la solidaridad de los internautas que se movieron como anguilas en busca de alternativas tecnológicas, la luz se hizo de nuevo en el ciberespacio. Lo demás es historia. El que fuera hombre fuerte durante tres décadas hoy se lame las heridas de la derrota a orillas del Mar Rojo.</p><p>Toda revolución tiene su contrarrevolución. Si desde la jefatura se hacen con un kill switch o modos de (contra) hackear a los díscolos hackers que operan al estilo de la Lisbeth Salander del novelista Stieg Larson, éstos, a su vez, no se dejan comer el terreno. Un profesor de la Universidad de Columbia, en Nueva York, está sacando adelante el Freedom Box, un aparato del tamaño del cargador de un móvil, que podría desactivar el bloqueo de los kill switch institucionales. La cruzada por la libertad se está librando en la blogosfera.</p><p>Puede que, como apunta con pesimismo el bielorruso Morazov, se estén depositando demasiadas esperanzas en las redes sociales para derrocar las autocracias que plagan el mundo. Pero es indudable que para las nuevas generaciones el vértigo de la inmediatez y lo efímero incita a la movilización espontánea y contagiosa. De ser axioma la insoportable levedad de estas herramientas virtuales, los (des)gobiernos no se molestarían en contraatacar con sus kill switch. Si no, que se lo pregunten a Mubarak.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Jaque a la censura</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Jaque-censura_0_3052194955.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Jaque-censura_0_3052194955.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 16:42:50 +0000</pubDate><description>He tardado en comprender el alcance de las redes sociales cuando se emplean para algo más que los chismes de patio de vecindad. Si los indiscutibles atractivos de Facebook se me escapan (demasiada promiscuidad compartida en el escaparate global), los trinos del pájaro azul de Twitter han acabado por convencerme de que pueden ser muy útiles para diseminar información rápida y concisa.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>He tardado en comprender el alcance de las redes sociales cuando se emplean para algo más que los chismes de patio de vecindad. Si los indiscutibles atractivos de Facebook se me escapan (demasiada promiscuidad compartida en el escaparate global), los trinos del pájaro azul de Twitter han acabado por convencerme de que pueden ser muy útiles para diseminar información rápida y concisa.</p><p>Ahí están los tuiteos urgentes de Yoani Sánchez y la tribu de blogueros que desde Cuba cada día procuran sortear la estrecha vigilancia de los policías cibernéticos, cuya misión es cortarle las alas al dulce pájaro de una juventud que anhela cambios; y lo que finalmente me reconcilió con las redes sociales y su capacidad de convocatoria frente a las dictaduras, fue escuchar al egipcio Wael Ghomin relatar desde El Cairo el papel que han jugado en su país Facebook, Twitter y los SMS a la hora de aglutinar y animar a la gente a manifestarse.</p><p>Es verdad que hay escépticos como el autor Malcolm Gladwell en Estados Unidos y el periodista bielorruso Evgeney Morazov, quienes afirman que se está sobrestimando la fuerza de estas redes para echar abajo regímenes autoritarios. Lo cierto es que, como en el caso de China, Cuba o Irán, estos gobiernos intentan ejercer el control de la disidencia valiéndose, precisamente, de la vulnerabilidad de unos medios que están a la vista de todos y que pueden ser “penetrados”. No es casualidad que en Cuba y China están invirtiendo millones en centralizar el acceso a internet y las telefonías móviles. Es la única forma de seguir de cerca un movimiento escurridizo y virtual.</p><p>Bien. Los gobiernos, incluido el de Estados Unidos, ahora empeñado en perseguir criminalmente a Julian Assange y su WikiLeaks, no descansan en su afán por controlar el flujo de información que no les conviene a sus intereses. Y es en este ajedrez donde, por un lado, el poder mueve sus fichas y en el otro extremo, los ciberutópicos (así los califica Morazov en su libro El engaño de la red), mueven las suyas. De lo que se trata es de darle jaque mate al otro antes de que elimine tus caballos de batalla.</p><p>Así ha sucedido en Egipto, donde, cuando Mubarak entendió que la rebelión iba en serio, el pasado 28 de enero los genios informáticos al servicio de la represión consiguieron activar un kill switch que interrumpió temporalmente el acceso a internet. Fueron cinco días en los que los jóvenes no pudieron tuitear ni “colgar” en el muro de Facebook invitaciones a protestas. Al fin, gracias al ingenio y la solidaridad de los internautas que se movieron como anguilas en busca de alternativas tecnológicas, la luz se hizo de nuevo en el ciberespacio. Lo demás es historia. El que fuera hombre fuerte durante tres décadas hoy se lame las heridas de la derrota a orillas del Mar Rojo.</p><p>Toda revolución tiene su contrarrevolución. Si desde la jefatura se hacen con un kill switch o modos de (contra) hackear a los díscolos hackers que operan al estilo de la Lisbeth Salander del novelista Stieg Larson, éstos, a su vez, no se dejan comer el terreno. Un profesor de la Universidad de Columbia, en Nueva York, está sacando adelante el Freedom Box, un aparato del tamaño del cargador de un móvil, que podría desactivar el bloqueo de los kill switch institucionales. La cruzada por la libertad se está librando en la blogosfera.</p><p>Puede que, como apunta con pesimismo el bielorruso Morazov, se estén depositando demasiadas esperanzas en las redes sociales para derrocar las autocracias que plagan el mundo. Pero es indudable que para las nuevas generaciones el vértigo de la inmediatez y lo efímero incita a la movilización espontánea y contagiosa. De ser axioma la insoportable levedad de estas herramientas virtuales, los (des)gobiernos no se molestarían en contraatacar con sus kill switch. Si no, que se lo pregunten a Mubarak.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Los 70 son los nuevos 50</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/nuevos_0_3092690866.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/nuevos_0_3092690866.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 11:53:24 +0000</pubDate><description>Casi siempre suspendía matemáticas y en septiembre solía examinarme de esa asignatura pendiente que estropeaba los veranos. Cuento con los dedos y la tabla de multiplicar se me ha borrado en la nebulosa de aquellos guarismos indescifrables. Sin embargo, a pesar de mi nula habilidad para las ciencias, creo no haberme equivocado al deducir que muy pronto llegar a la venerable edad de los 70 será, en realidad, el ingreso en la era de los cincuentones. Los “medio tiempo” que todavía podrían pasar por jóvenes en la penumbra y con unas copas de más.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Casi siempre suspendía matemáticas y en septiembre solía examinarme de esa asignatura pendiente que estropeaba los veranos. Cuento con los dedos y la tabla de multiplicar se me ha borrado en la nebulosa de aquellos guarismos indescifrables. Sin embargo, a pesar de mi nula habilidad para las ciencias, creo no haberme equivocado al deducir que muy pronto llegar a la venerable edad de los 70 será, en realidad, el ingreso en la era de los cincuentones. Los “medio tiempo” que todavía podrían pasar por jóvenes en la penumbra y con unas copas de más.</p><p>La revelación de esta inesperada ecuación se me presentó en forma de Twitter enviado por mi amigo el periodista Daniel Morcate. En el universo del diligente pájaro azul, donde la información fluye a golpe de trinos instantáneos y continuos, Morcate tuiteó que tres congresistas republicanos de la Florida proponen retrasar la edad de la jubilación a los 70. O sea, ya no sería a los 65 ó 67, que es el margen hasta ahora establecido para llegar a casa con la caja de cartón repleta de inútiles cachivaches acumulados en un cubículo. De hacerse realidad esta iniciativa paradójicamente estajanovista, deberíamos atrincherarnos en el despacho o atornillarnos a la pata del escritorio hasta llegar a lo que en otros tiempos era considerado la etapa de la vejez. El reposo y la pausa después de mucho trabajar.</p><p>No es por llevarle la contraria a estos políticos cuyos números no cuadran; ni quiero parecer que reclamo el derecho a la pereza que en el pasado reivindicó el yerno cubano de Marx, Paul Lafargue. Más bien siento una mezcla de estupor y melancolía frente a una medida que puede ser acertada pero no casa con la realidad. En una sociedad donde la fuerza arrolladora de la juventud se impone en tiempos que cambian a una velocidad vertiginosa, resulta difícil concebir un mercado laboral que va a permitir la presencia activa de un sector de la población con más ganas de jugar al golf que de aprender a manipular el último juguete de las redes sociales.</p><p>Hay muchos hombres y mujeres que pueden y desean continuar trabajando incluso pasados los 80. Suelen ser individuos con profesiones liberales, desde la docencia hasta una práctica médica. Pero la gran mayoría que se ha pasado media vida faenando en esforzadas labores físicas o circunscrita a habitáculos con ventanillas, sueña con ese dinero que ahorró para darse sus viajes o simplemente pasar las tardes en el parque disfrutando de los nietos. Seguramente para muchos de ellos el aplazamiento de la ansiada jubilación solo puede producir la certeza de que algo se dañó en el camino de su laboriosa existencia.</p><p>No deja de ser irónico que en medio de esta rabiosa crisis económica que nos muerde los bolsillos y engorda las filas de desempleados, le anticipen a los que se acercan a la penúltima etapa del viaje que aún es pronto para bajarse en la próxima estación porque no hay fondos con qué recibirlos en el andén de su merecido descanso. Si a los brillantes recién graduados universitarios para quienes internet es su segunda casa (o su verdadero hogar virtual) se les van horas buscando empleo, ¿qué pueden esperar los canosos otoñales que no sean los lunes al sol con un bote de Clairol a modo de pasaporte a una falsa juventud?</p><p>Morcate depositó la semilla del desasosiego en un breve pero significativo tweet que provocó un coro de tweets y retweets hasta convertirse en un amargo graznido colectivo. Uno no querría decepcionar a los sesudos políticos ni pasar por vago en la época de la eficiencia, la sinergia y la reinvención continua, pero es inevitable preguntarse quién será el empleador que nos empleará hasta que la osteoporosis nos venza en los pasillos de las fábricas y oficinas. Todo comenzó cuando algún necio proclamó que los 40 eran los nuevos 30 y los 50 eran como tener 40. Dejémonos de tanto cuento antiaging. Cuando los huesos crujen y en la memoria aparecen las primeras nubes sobran los eslóganes facilotes de valla publicitaria. Ya empiezo a sentir nostalgia del parque y la modorra al sol. Twitter:@ginamontaner</p>]]></content:encoded></item><item><title>Se me fue el tren</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/tren_0_2766473434.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/tren_0_2766473434.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 02:21:31 +0000</pubDate><description>Hay cosas del Kindle que no me acaban de convencer. Eso me comentaba el otro día un amigo que, como yo, está dando sus primeros pasos de lector con el e-book. El teclado nos resulta incómodo a ambos y echamos de menos la calidez de la hoja impresa comparada al texto virtual. Es inevitable evocar las portadas de las novelas cuando tenemos enfrente una pantalla. Pero tal vez sea inútil que mi amigo y yo pongamos tanto empeño en conectarnos con esta modernidad que tiene la velocidad de un tren bala. Cuando hayamos logrado controlar el dichoso aparato, probablemente el Kindle será un artículo de rebajas y en desuso, condenado al olvido por el fulgurante i Pad.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Hay cosas del Kindle que no me acaban de convencer. Eso me comentaba el otro día un amigo que, como yo, está dando sus primeros pasos de lector con el e-book. El teclado nos resulta incómodo a ambos y echamos de menos la calidez de la hoja impresa comparada al texto virtual. Es inevitable evocar las portadas de las novelas cuando tenemos enfrente una pantalla. Pero tal vez sea inútil que mi amigo y yo pongamos tanto empeño en conectarnos con esta modernidad que tiene la velocidad de un tren bala. Cuando hayamos logrado controlar el dichoso aparato, probablemente el Kindle será un artículo de rebajas y en desuso, condenado al olvido por el fulgurante i Pad.</p><p>Steve Jobs, el cerebro de Apple, no descansa y cada poco tiempo saca al mercado un nuevo producto electrónico que nos deja maravillados. Basta asomarse a sus tiendas, con el logo por bandera de una tentadora manzana, para comprender la fascinación que sienten los usuarios por el diseño de unos objetos que parecen sofisticadas golosinas en colores brillantes. En sus establecimientos, chicos y grandes juegan con los ordenadores y escuchan la música de moda por medio de un cacharro minúsculo, el i Pod, que cabe en el bolsillo de un pantalón.</p><p>Dicen que el i Pad, del tamaño de un cuaderno, es un híbrido entre un i Phone y un laptop. Soy una ignorante en lo que concierne a este universo de vertiginosos avances tecnológicos, pero después de ver los prodigios que se pueden hacer con un i Phone, me temo que su sucesor se convertirá en una suerte de deidad entre los jóvenes, incapaces de respirar sin estar conectados a esta dimensión Avatar que los traslada de un lugar a otro en la aldea global sin moverse de su sitio. Me gustaría fantasear con la idea de que, después de ahorrar un dinerillo, podría comprarme un i Pad y formar parte del club selecto de los que siempre están a la última en las redes sociales que proliferan en internet. Pero, seamos realistas, apenas domino un i Pod que no contiene más de 50 canciones (las suficientes para variar las rutinas de ejercicio) y el Mac me sirve para escribir y poco más.</p><p>En la parte inferior de la pantalla danza una serie de iconos que me podrían abrir las puertas a la edición de imágenes, a la confección de un álbum fotográfico o a iniciar chats con los amigos desperdigados por el mundo. Pero hasta ahora el único símbolo sin el que no puedo sobrevivir es el de Microsoft Word. O sea, nunca he podido dejar de contemplar el ordenador como una máquina de escribir con atributos milagrosos a la hora de editar un texto.</p><p>Ya no existe el compás de espera como la transición de la televisión en blanco y negro a la de color o el paso del tocadiscos al DVD. El recuerdo que tengo de mi Smith Corona eléctrica y los papelillos que usaba para borrar lo escrito hoy parece una estampa de una época muy lejana. Imágenes descoloridas y en sepia. Sin embargo, de un tiempo a esta parte los objetos van y vienen y no hay cabida para la adaptación. Los admiramos, nos rendimos ante sus capacidades y cuando ya creemos que los dominamos es hora de comprar lo más rabiosamente nuevo.</p><p>Continuaré luchando con el Kindle, procuraré acumular más temas en mi i Pod que nunca tendré tiempo de escuchar y algún día me aficionaré a la Webcam de mi Mac. Me temo que cuando me aburra de estos “juguetes” el i Pad seguramente habrá pasado a mejor vida, deslumbrados frente al último artefacto que promete ser el definitivo. Prefiero ver el tren pasar.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La vida completa</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/vida-completa_0_2827217395.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/vida-completa_0_2827217395.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 23:49:39 +0000</pubDate><description>Los holandeses nunca dejan de sorprender. Además de vivir en un país hermoso, famoso por sus tulipanes y con magníficas prestaciones sociales, es una sociedad que está a la vanguardia en lo que se refiere a debates de carácter ético.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Los holandeses nunca dejan de sorprender. Además de vivir en un país hermoso, famoso por sus tulipanes y con magníficas prestaciones sociales, es una sociedad que está a la vanguardia en lo que se refiere a debates de carácter ético.</p><p>Desde 2002 en Holanda es legal la eutanasia en casos de enfermedades terminales y ahora un grupo de ciudadanos plantea la posibilidad de que se despenalice el suicidio asistido, a partir de los 70 años, para las personas sanas que no deseen seguir viviendo. Retomando la causa de Ramón Sampedro, un español parapléjico que luchó hasta su muerte, infructuosamente, por que lo ayudaran a morir, esta organización defiende el principio de que la vida es un derecho y no un deber.</p><p>En Holanda se necesitan 40 mil firmas para solicitar un debate parlamentario y el grupo en cuestión, cuyo lema es “Por Voluntad Propia”, ha reunido 125 mil rúbricas; se espera que en los próximos meses los partidos discutan esta propuesta que no deja indiferente a nadie. Entretanto, los defensores del derecho a morir cuando el individuo considera que el ciclo se ha completado, se enfrentan a la oposición de los creyentes y los que opinan que la vida es algo sagrado que solo Dios o el propio curso de la naturaleza pueden arrebatárnosla.</p><p>Además del aspecto moral de esta cuestión, tal vez el apartado más delicado y complejo radica en discernir cuándo es válido que un anciano quiera dar por concluida su existencia, descartando una depresión puntual, la pérdida de sus facultades mentales o los intereses de unos familiares que podrían estar interesados en presionar o inducir a una persona mayor a quitarse la vida. Con el objeto de evitar errores fatales o decisiones festinadas sobre algo tan grave, los defensores de esta iniciativa proponen crear paneles compuestos por expertos en temas legales, espirituales y sicológicos para evaluar cada situación antes de facilitarle al interesado un coctel letal. Claro está, para ello hay que partir de la base de que, una vez ubicados en el tramo final, gozamos de la libertad de elegir el momento en el que nos retiramos para siempre del ámbito terrenal.</p><p>Teniendo en cuenta que la mayoría de las personas sigue el instinto natural de querer vivir hasta el final, incluso padeciendo enfermedades terribles y debilitadoras, es lógico suponer que solo una minoría se acogería al derecho del suicidio asistido sencillamente porque están cansados de vivir. Se trata de una militancia minoritaria y, seguramente, muy apegada a la creencia sartriana de que el hombre está condenado a ser libre.</p><p>Son muchos los paliativos médicos y la ayuda a la que puede recurrir esa mayoría que aspira a la longevidad. En cambio, para quienes creen firmemente en el derecho a morir dignamente cuando consideren que les llegó la hora del adiós, son muy escasas las alternativas que no sean pegarse un tiro, ingerir barbitúricos o abrir la llave del gas (según datos facilitados por esta organización, anualmente en Holanda se suicidan 400 ancianos). ¿Por qué, se preguntan los cientos de miles de holandeses que quieren tener control de su existencia, no pueden contar con un método aséptico y decoroso para despedirse de sus seres queridos y de su entorno?</p><p>Es posible que en un futuro inmediato esta polémica proposición no salga adelante. Pero lo admirable es que los habitantes de este pequeño país con una elevada calidad de vida sean capaces de abordar con madurez un asunto inevitable: cada vez vivimos más años y en las naciones desarrolladas, donde las familias numerosas están en extinción, la población envejece aceleradamente. Los avances de la medicina han prolongado la vida. Ahora nos encontramos en la encrucijada de buscar salidas dignas para quienes deseen interrumpir una trayectoria vital que se les dilató demasiado. Una vez más, Holanda lleva ventaja.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Todos podríamos ser Arizona</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/podriamos-Arizona_0_2842215901.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/podriamos-Arizona_0_2842215901.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 23:15:03 +0000</pubDate><description>Barack Obama sabe que lo tiene muy difícil pero no evita el peliagudo asunto. La reforma migratoria es una asignatura pendiente que ya había intentado impulsar su predecesor George W. Bush.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Barack Obama sabe que lo tiene muy difícil pero no evita el peliagudo asunto. La reforma migratoria es una asignatura pendiente que ya había intentado impulsar su predecesor George W. Bush.</p><p>El pasado 5 de mayo Obama aprovechó un acto público para señalar que tiene intención de sacar adelante dicha reforma antes de que concluya el año; también recalcó su rechazo a la ley antiinmigratoria que la gobernadora de Arizona acaba de aprobar. El Presidente insistió en la perversión de una medida que propicia la discriminación racial y el atropello de las autoridades.</p><p>Después de la ardua batalla en el Congreso a favor de una nueva política de salud pública y con las elecciones al Senado y la Cámara de representantes a la vuelta de la esquina, el Gobierno apenas tiene refuerzos y el bloque republicano avanza con la agenda de sus Tea Parties; figuras como el comentarista Lou Dobbs se han encargado de retratar al inmigrante como una suerte de hombre del saco que ha venido a arrebatarle el empleo a la clase media estadounidense.</p><p>Según una encuesta publicada la pasada semana, la mayoría de los norteamericanos considera que es urgente modificar las actuales leyes de inmigración por considerarlas insuficientes y, también, hay un apoyo mayoritario a la ley de Arizona. Seguramente muchos de los encuestados ignoran que, a pesar del trasiego humano que tiene lugar en la frontera, en este estado el índice de criminalidad no guarda relación directa con la presencia de inmigrantes.</p><p>Está claro que el ciudadano de a pie tiende a sentir aprensión frente a la imparable avalancha de extranjeros que huye de sus países en busca de una prosperidad que, en casos como el de los cubanos y venezolanos, también está ligada al deseo de mayor libertad. Es natural que las sociedades teman por su hegemonía en un creciente paisaje heterogéneo, pero transformar a la policía de Arizona en sabuesos a la caza de indocumentados no es la respuesta pragmática a una realidad desbordante.</p><p>Se calcula que hay unos 10 millones de inmigrantes residiendo ilegalmente en Estados Unidos, y la cifra continúa aumentando porque los más pobres y necesitados de este mundo están dispuestos a jugárselo todo con tal de llegar a tierras menos inhóspitas. Ni aquí ni en Europa hay muros ni mares lo suficientemente grandes para detener la oleada de extranjeros que se niegan a vivir sin horizontes.</p><p>Hay quien prefiere creer que los agentes del orden acabarán por atestar las comisarías de individuos con aspecto de no tener papeles y a punto de ser deportados a sus países de origen; pero me temo que aumentarán los casos de abusos, equívocos y extralimitaciones en una zona de claroscuros que se presta a vulnerar los derechos civiles.</p><p>Sin duda, es preciso encontrar un consenso para diseñar una reforma migratoria que escalonada y periódicamente le proporcione a los indocumentados la posibilidad de insertarse en el mainstream, siempre y cuando puedan demostrar que han pagado impuestos, han desempeñado trabajos y carecen de antecedentes penales. O sea, todos aquellos capaces de indicar que son unos ciudadanos de bien, en algún momento deberían tener los mismos derechos para así exigirles las obligaciones que tiene la población con estatus legal.</p><p>Lo que desde luego no va a mejorar las condiciones de nadie (ni la de los estadounidenses temerosos ni la de los indocumentados agazapados), es una clandestinidad que favorece sobrevivir al margen de la ley y que condena a los más jóvenes a un círculo de pobreza y ostracismo, negándoles el progreso por medio de estudios superiores. Busquemos caminos para que la senda hacia la legalidad no sea necesariamente una carta blanca a la desidia de las subvenciones públicas, sino un compromiso en dos direcciones: se puede aspirar a tener los papeles en regla si el inmigrante se presenta avalado por los comprobantes de una trayectoria afanosa, responsable y digna durante los años que permaneció en las catacumbas de los indocumentados.</p><p>La Nación está rebosante de hombres y mujeres intachables y laboriosos que, si llegaran a tener sus documentos en regla, ellos y sus hijos constituirían un aporte aún más valioso a la sociedad. Sin embargo, con el ominoso precedente de Arizona, la expansión de los guetos y el acorralamiento de los inmigrantes, perdemos un caudal humano en los abismos de la marginación.</p><p>Como hija de refugiados cubanos que en su día se beneficiaron de una ley hospitalaria que los cobijó y les dio alas para superarse, me avergonzaría desearles otra suerte a los más desfavorecidos.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Un espíritu anda suelto en Cuba</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/espiritu-anda-suelto-Cuba_0_2892460842.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/espiritu-anda-suelto-Cuba_0_2892460842.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 21:09:21 +0000</pubDate><description>Las últimas imágenes de Fidel Castro en los lugares más insospechados podrían llamarnos a engaño. Lo creíamos mucho más debilitado, pero debido a las atenciones médicas que recibe, el anciano dictador ha cobrado un segundo aire que le permite visitar acuarios y predecir el fin del mundo como una pitonisa amateur. Una pantomima, tal vez, de cara a un pendiente Congreso del Partido Comunista de Cuba.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Las últimas imágenes de Fidel Castro en los lugares más insospechados podrían llamarnos a engaño. Lo creíamos mucho más debilitado, pero debido a las atenciones médicas que recibe, el anciano dictador ha cobrado un segundo aire que le permite visitar acuarios y predecir el fin del mundo como una pitonisa amateur. Una pantomima, tal vez, de cara a un pendiente Congreso del Partido Comunista de Cuba.</p><p>Es lógico, pues, llegar a la conclusión de que nunca ha estado el comandante más vivo y coleando. Sin embargo, lo cierto es que está hecho una momia y lo que vemos no es más que materia con fecha de caducidad. Uno de sus hijos, Alex Castro, es el encargado de divulgar los hologramas oficiales.</p><p>Bien, Fidel posa para las cámaras y suelta discursos incoherentes que se le enredan en una mente obsesionada con el deseo de un holocausto nuclear; pero esta extraña facultad de parecer de este mundo cuando en realidad ya pertenece al baúl de los malos recuerdos, no confiere peso específico al impostor que aparece y desaparece haciéndose pasar por la sombra de lo que fue.</p><p>Lo más grave es que al hermano mayor de Raúl le ha salido un rival invencible que ya no puede ser aniquilado físicamente y su reino es incorpóreo. Se trata nada menos que del fantasma de Orlando Zapata Tamayo.</p><p>Hay en estos momentos un baile de presos políticos que son excarcelados por la puerta trasera y con premura son desterrados. Digamos que estamos presenciando el continuo movimiento de una puerta giratoria por la que salen unos y al poco rato entran otros, que son los que retan al régimen con pancartas y manifestaciones pacíficas enarbolando gladiolos. Es la contradicción perenne del totalitarismo que finge tener rostro humano: mientras Ricardo Alarcón declara en Ginebra que todos los presos serán liberados, en la isla golpean a Ariel Sigler Amaya a pesar de estar confinado a una silla de ruedas. O acosan a Reina Tamayo, la madre de Orlando Zapata, cuando cada semana protesta a favor de la libertad.</p><p>Fidel, a quien nunca le importaron sus compatriotas, sino ser una vedette planetaria, anda contando ojivas en vez de ovejas y salivando ante otra posible crisis de los misiles con final apocalíptico. Su hermano, mientras tanto, hace números desesperadamente.</p><p>Raúl, que siempre ha sido más pragmático, comprende que la única manera de salvar la maltrecha economía del país es regalando presos y mutando temporalmente en carnero vegetariano, con la esperanza de que en Estados Unidos se permitan los viajes a Cuba de turistas adocenados en un All Inclusive y sin vistas a las mazmorras. Pero la puerta gira y gira con sus palos y sus zanahorias. Y en cada remolino se alza la esencia de Orlando Zapata Tamayo, como una conjura que nadie puede detener porque lo que se desliza en las alturas y entre nubes nunca toca el fango más abajo.</p><p>Está claro que el maestro Gabriel García Márquez, buen amigo de los Castro, ya no está en condiciones para explicarles una o dos cosas sobre el realismo mágico. Por ejemplo, que hay muertos que vuelven y visitan a quienes creyeron haberlos enterrado, para recordarles eternamente el atroz crimen que cometieron. Cuando la doliente Reina Tamayo alza su potente voz o Ariel Sigler no calla a pesar de su invalidez como consecuencia del maltrato que sufrió en presidio, es que la sombra de Orlando Zapata recorre las calles y se escurre entre las rendijas del miedo. Su espíritu acompañó a Guillermo Fariñas en su prolongada huelga de hambre. Y hoy continúa custodiando a Laura Pollán y las otras Damas de Blanco cuando se ven cercadas por la policía política.</p><p>Hay muertos que asaltan a los vivos hasta vencerlos del todo. Es el triunfo de lo real maravilloso frente al más repugnante y sucio de los realismos. El que anda suelto y más libre que nunca es Orlando Zapata Tamayo. El otro sólo es un viejo loco que se escapó del manicomio.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El número mágico de la felicidad</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/numero-magico-felicidad_0_2908209272.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/numero-magico-felicidad_0_2908209272.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 20:29:35 +0000</pubDate><description>Seguramente alguna vez le han pedido que elija, en caso de tener que pasar el resto de su vida en una isla desierta, un objeto que lo ayudaría a resistir la soledad. Hay quien se llevaría un libro, una película o un aparato de música para aliviar el aislamiento.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Seguramente alguna vez le han pedido que elija, en caso de tener que pasar el resto de su vida en una isla desierta, un objeto que lo ayudaría a resistir la soledad. Hay quien se llevaría un libro, una película o un aparato de música para aliviar el aislamiento.</p><p>Por fortuna, se trata de un escenario imaginario que nos coloca en una situación extrema. No obstante, ahora, con una crisis económica que no tiene visos de amainar, ha tomado fuerza un movimiento cuyo lema viene a ser vivir más con menos y cuyo principal objetivo es acumular más experiencias que bienes materiales.</p><p>En internet circulan manifiestos y blogs que proponen deshacerse de lo superfluo y quedarse con unas 100 pertenencias para vivir con lo esencial. Cada vez hay más individuos y parejas que, hartos de las deudas y el fiasco de la burbuja inmobiliaria, optan por una existencia cuyo signo de identidad es el minimalismo y un estilo de vida sencillo.</p><p>En las ciudades con dimensiones humanas muchos han vendido sus coches para circular en bicicleta o usar el transporte público; los defensores de esta corriente austera se están mudando a viviendas menos lujosas pero más funcionales, y en sus armarios hay las prendas y calzado justos para lucir un aspecto decoroso en la calle y en el trabajo.</p><p>Habrá quién se pregunte para qué sirve tanta frugalidad cuando la esencia del capitalismo es la variedad de apetitosas ofertas.</p><p>La respuesta radica en los resultados de estudios que indican que la felicidad no está directamente relacionada con la cantidad de bienes que adquirimos.</p><p>Resulta ser que el sentimiento de satisfacción y bienestar tiene mucho más que ver con los ratos de ocio, los viajes y los momentos placenteros que experimentamos.</p><p>Por ejemplo, proporciona más ventura seleccionar una vivienda por el entorno que la rodea (un barrio donde se puede pasear o la vista de un paisaje placentero), que por los lujos que pueda incluir (un jacuzzi, suelos de mármol o electrodomésticos caros).</p><p>Los estudiosos que cuantifican y miden la felicidad han comprobado que una de las cosas que nos causa más gozo es proyectar cómo y dónde pasaremos los días de asueto.</p><p>Tanto es así que la planificación de unas vacaciones es motivo de mayor dicha que la súbita decisión de tomar un avión y escapar a última hora a algún paraíso.</p><p>Y es que ni el plasma de último modelo ni el bolso de marca ni el auto más ostentoso son garantía de plenitud.</p><p>En cambio, tener los medios suficientes para conocer ciudades bellas, descubrir maravillas naturales o pasar unos días en un paraje excepcional generan evocaciones de un tiempo pasado que suele recordarse con agrado y nostalgia.</p><p>Los militantes de esta tendencia asceta ahorran el dinero que luego les dará más libertad de movimiento vital y laboral. La vida sencilla se convierte en sus alas, redimidos de la esclavitud de cuentas pendientes, hipotecas imposibles o tarjetas de crédito reventadas. Simplemente viven al día y con lo indispensable.</p><p>Las metas son otras en sus casas desnudas de cachivaches y con la muda de ropa básica para adaptarse a los cambios de estaciones.</p><p>Limitar las posesiones a un centenar de pertenencias no es del gusto de todo el mundo. También hay quien cifra su felicidad en la cantidad de artículos que puede comprar y la posibilidad de cambiar a menudo de coche, de propiedades y de vestuario.</p><p>Es evidente que no les sentaría bien la frugalidad. Pero para quien está de vuelta del exceso de consumo y está dispuesto a alojarse en espacios más sobrios, puede ser buena idea comenzar a esbozar su lista particular antes de retirarse a la isla desierta. Donde habitan los sueños y los viajes que están por hacerse realidad.</p>]]></content:encoded></item><item><title>De infiernos y esclavos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/infiernos-esclavos_0_2922457863.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/infiernos-esclavos_0_2922457863.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 19:48:44 +0000</pubDate><description>El horror se apodera de México como una venenosa hiedra que lentamente devora el tejido social. Por mucho que el presidente Felipe Calderón asegure que las fuerzas contra el mal ganarán la batalla, las noticias y las imágenes que nos llegan cada vez son más pavorosas.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El horror se apodera de México como una venenosa hiedra que lentamente devora el tejido social. Por mucho que el presidente Felipe Calderón asegure que las fuerzas contra el mal ganarán la batalla, las noticias y las imágenes que nos llegan cada vez son más pavorosas.</p><p>Los carteles de la droga parecen haberse adueñado del país y los tentáculos de estos grupos alcanzan al poder judicial, la policía, el ejército y a los políticos. A su vez, el ex presidente Vicente Fox y el actual jefe de Estado muestran sus diferencias en lo referente a los métodos más eficaces para combatir el narcotráfico (Fox aboga por la legalización y Calderón apuesta por la lucha armada). Entretanto, las distintas facciones criminales que operan en el territorio continúan perpetrando masacres y obligando a los más indefensos a hacer funciones de sicarios y esclavos del siglo XXI.</p><p>Lo ocurrido en Tamaulipas hace unos días es la ilustración de que el infierno no es una abstracción, sino un abismo real en el que hombres y mujeres sufren las peores torturas en manos de tipos desalmados que no distinguen el bien del mal. De las calderas de un rancho remoto logró huir el superviviente de una matanza que se ha cobrado las vidas de 72 inmigrantes que pretendían llegar a Estados Unidos, previo pago del botín que exigían los coyotes. Si no eran suficientes el miedo y el maltrato bajo la custodia de estos traficantes de vidas humanas, la aparición de la temida banda de Los Zetas torció para siempre el desgraciado peregrinaje de jóvenes procedentes de Brasil, Honduras, Costa Rica, El Salvador y Ecuador, cuyo sueño era llegar a las prósperas tierras del norte.</p><p>¿Quién dijo que el vasallaje es una cosa del pasado? En esta aldea global de twitters livianos y promiscuas redes sociales, el trasiego de esclavos se mueve silenciosamente de nación a nación y entre continentes. Los cautivos ya no son trasladados en los depósitos de los galeones, sino en camionetas, pateras, balsas, caminatas por el desierto e incluso aviones. La trata de blancas prolifera en la antigua Europa del Este y es un negocio millonario en Asia y el Caribe; la venta de menores no es infrecuente en África; y en Latinoamérica los más pobres son carne de cañón a la búsqueda de una quimera que se esfuma en un calvario de extorsión, violencia sexual y, en muchas ocasiones, una muerte segura.</p><p>Según el testimonio de un joven ecuatoriano que Los Zetas creyeron muerto después de las ejecuciones en un inmundo hangar, la carnicería se produjo porque los indocumentados se negaron a trabajar a las órdenes de los capos de la droga. El grupo había llegado hasta allí con la ilusión de proseguir y mandar remesas a sus familiares con el fruto de su esfuerzo. Pobres hombres y mujeres que murieron vendados y con un tiro en la cabeza. Cadáveres amontonados como corderos ensangrentados en el matadero. El espanto en sus rostros antes del silencio, sin alcanzar a explicarse cómo puede uno cifrar su salvación en el espejismo de una vida mejor a cambio de un vía crucis apocalíptico.</p><p><p>Los gobiernos del Primer y el Tercer Mundo se reúnen en costosas cumbres para discutir el problema del tráfico humano, cómo controlar las fronteras y poner freno a la millonaria oferta de estupefacientes como consecuencia de una golosa demanda planetaria. Firman documentos y más documentos; erigen murallas y prolongan las alambradas; hay escaramuzas en las calles y las tropas avanzan cuando no retroceden. El debate de la legalización de las drogas <em>versus</em> la criminalización se eterniza y resulta repetitivo. Sin embargo, nada detiene el curso de un submundo paralelo donde se cometen los crímenes más atroces y las víctimas nunca ven la luz del día. Lo sucedido en Tamaulipas desarma a cualquier Estado.</p></p><p>Habría que recorrer los pueblos y barriadas marginales de Latinoamérica mostrando en las escuelas, los ayuntamientos, las iglesias y las plazas, las fotos terribles de los 72 inmigrantes ejecutados. Una terapia de choque para arrancarle del pecho a la gente humilde el deseo de emprender el camino hacia al norte a cualquier precio. Qué triste realidad la suya: desean irse a toda costa porque viven en sociedades incapaces de generar porvenir. Y en el trayecto descubren que la esclavitud más abyecta aún pervive. Los sucesos de Tamaulipas solo son un asomo a muchos infiernos.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Los malos pensamientos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/malos-pensamientos_0_2929957141.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/malos-pensamientos_0_2929957141.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 19:27:54 +0000</pubDate><description>Así es. Hoy en día es mejor callar y no dejar que los sueños vuelen alto delante de los compañeros de trabajo. La crisis arrecia, no hay manera de pagar las hipotecas de propiedades que no valen nada y el desempleo podría aumentar a la sombra de una recesión que no escampa. Es cierto. Sería mejor optar por el silencio a la hora de fantasear con días de asueto a orillas del mar o viajando por el mundo.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Así es. Hoy en día es mejor callar y no dejar que los sueños vuelen alto delante de los compañeros de trabajo. La crisis arrecia, no hay manera de pagar las hipotecas de propiedades que no valen nada y el desempleo podría aumentar a la sombra de una recesión que no escampa. Es cierto. Sería mejor optar por el silencio a la hora de fantasear con días de asueto a orillas del mar o viajando por el mundo.</p><p>De siempre se ha sabido que mientras los europeos trabajan para vivir en Estados Unidos lo común es vivir para trabajar. Los oficinistas están orgullosos de comer un emparedado amarrados a sus escritorios y una buena recomendación tiene mucho que ver con la capacidad de horas extras que el empleado está dispuesto a echar.</p><p>Y ahora, más que nunca, con la melancolía que provoca esta situación económica, los trabajadores están dispuestos a dejarse la piel para que no los confundan con elementos insurrectos propensos a las ensoñaciones.</p><p>De acuerdo con una encuesta de la empresa StudyLogic realizada con mil 500 personas, más de la mitad de los estadounidenses no se toma todos los días de vacaciones a los que tiene derecho, y cuando por fin consigue hacerlo la mayoría permanece en constante comunicación con la oficina por medio de los diabólicos blackberrys.</p><p>Un 27% de los encuestados dijo tener un máximo de 10 días libres al año y un 20% sólo cuenta con unos tres días para descomprimir. Entretanto, los europeos continúan luchando como gato panza arriba por mantener las cuatro semanas de vacaciones que les permiten cargar las pilas y abandonarse al dolce far niente antes de reincorporarse a los rigores diarios del cubículo y las luces de neón.</p><p>No sólo la dieta mediterránea es la receta de franceses, italianos y españoles para ser longevos. Está claro que los descansos más prolongados y la posibilidad de cortar con el estrés también contribuyen a una mejor calidad de vida, que no siempre se traduce en un mayor número de bienes acumulados, más sueldo o ser nombrado empleado del mes.</p><p>Bien, hay temor en la fuerza laboral y al parecer cada vez hay más gente dispuesta a renunciar a la totalidad de sus días de ocio para hacer méritos ante los jefes y garantizar su puesto. Eso indica el estudio y lo refuerza una conversación que escuché en un restaurante: dos señores trajeados comían deprisa y corriendo. Uno le decía al otro, “Ni lo dudes. Contrátalo.</p><p>Es el tipo de empleado que no va a estar pidiendo días libres y siempre se queda el último en el despacho. Una joya”. Los dos señores encorbatados no hablaron de la experiencia o los conocimientos del candidato, sino de su infinita capacidad de sacrificio y de cómo podían doblarle el lomo sin escuchar una fastidiosa queja.</p><p>Es magnífico tener un buen trabajo y aspirar a ascender profesionalmente, pero en alguna parte del disco duro debe instalarse la tristeza definitiva si el tiempo se escurre entre pantallas de ordenadores y lápices afilados. Soñar es tener derecho a escapar sin pagar por ello con miradas condescendientes y evaluaciones roñosas. Y para que el sueño se perciba como real hay que estar rodeado de palmeras.</p><p>Huido en Venecia. Asombrado en Mumbai. Dormitando en la Riviera francesa. Saboreando una Sacher Torte en Viena. Comprando en el Duty Free del aeropuerto de Frankfurt. Enamorándote de nuevo en Bora-Bora. Feliz porque perdiste el vuelo que te llevaba de regreso a casa. Al trabajo. A la rutina.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Ingrid o el silencio</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Ingrid-silencio_0_2940456094.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Ingrid-silencio_0_2940456094.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 18:57:18 +0000</pubDate><description>Solo faltaba ella. Ingrid Betancourt acaba de publicar No hay silencio que no termine, unas memorias en las que narra su versión de los seis años que compartió con otros secuestrados en manos de la guerrilla de las FARC. Como era de esperar, el libro promete ser un best seller, sobre todo a partir de la entrevista que Oprah Winfrey le ha hecho en su popular programa.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Solo faltaba ella. Ingrid Betancourt acaba de publicar No hay silencio que no termine, unas memorias en las que narra su versión de los seis años que compartió con otros secuestrados en manos de la guerrilla de las FARC. Como era de esperar, el libro promete ser un best seller, sobre todo a partir de la entrevista que Oprah Winfrey le ha hecho en su popular programa.</p><p>Sin las pasiones encendidas que despierta en Colombia, donde, según encuestas recientes más del 80% de sus compatriotas la rechaza, lo cierto es que incluso desde fuera a uno se le hace difícil sentir abierta simpatía por esta mujer que, sin duda, sufrió enormemente las vejaciones a las que fue sometida. Ingrid, que es atractiva, inteligente y de modales exquisitos, lo tiene todo para seducir y persuadir a sus interlocutores, pero de la espesura de la selva también salieron otras voces que la han retratado como una criatura arrogante, egoísta y manipuladora. Los testimonios que sus compañeros de secuestro se apresuraron a publicar antes de que ella los opacara, echan por tierra su imagen; y desde luego, sus declaraciones no la han ayudado a ganar amigos.</p><p>Primero, fue la reticencia a agradecerle de corazón al gobierno de Álvaro Uribe una arriesgada y brillante operación militar que consiguió rescatar a su grupo de un prolongado secuestro. Poco después, se refugió en Francia con un afán de distanciarse de su pasado como si, de algún modo, su gente y su propio país fuesen los responsables de su desdicha. Ingrid parecía haber borrado el recuerdo de su empeño por adentrarse en la selva, cuando era candidata a la presidencia en contra de las advertencias de las autoridades.</p><p>Después de aquella “Operación Jaque” que dejó a todos boquiabiertos, los liberados que bajaron del helicóptero muy pronto mostraron que cada uno traía su verdad de lo que habían padecido. Ingrid y Clara Rojas, en otros tiempos compañeras de partido, no se dirigían la palabra. Los contratistas estadounidenses que convivieron con Ingrid la describieron como un ser implacable y traicionero.</p><p>Su propio marido, Juan Carlos Lecompte, hasta el día de hoy no puede zafarse el gesto de perplejidad por el trato tan frío que su todavía esposa le ha dispensado. Por si fuera poco, Ingrid ha pretendido exigirle al Estado colombiano una indemnización millonaria por haber sido víctima de un secuestro que ella misma propició por su temeraria imprudencia. Para rematar el asunto, la ex candidata presidencial ha declarado a la revista Vanity Fair que primero y antes que nada, le da las gracias a Hugo Chávez por su liberación. A nadie puede sorprenderle el malestar que ha causado en Colombia su desapego.</p><p>Ingrid Betancourt ha dicho que se siente muy dolida con los colombianos por el rencor y la incomprensión que le manifiestan. Esta mujer con rasgos narcisistas y acostumbrada a deslumbrar a los otros con su charme indiscutible, no puede comprender que una mayoría aplastante hoy la rechaza de plano. No obstante, luego de ver la entrevista que Oprah le hizo, sería injusto negar su dominio de las palabras; su capacidad de mostrarse en todo momento sosegada; su habilidad a la hora de admitir sus defectos y errores, pero instando a los demás a perdonarla. Algo que quizás no esté dispuesta a hacer Clara Rojas, quien ha desmentido las revelaciones íntimas que de ella hace su antigua amiga.</p><p>Sin duda, Ingrid Betancourt se erigió como figura polarizante en aquel submundo de jaulas, cadenas, golpizas y otras atrocidades innombrables. Es muy posible que, sabiéndose la joya de la corona para una guerrilla que en cualquier momento la podía utilizar como moneda de cambio, osó a ser más rebelde y temeraria porque era más probable que mataran a los demás antes que a ella. Los otros secuestrados, que no contaban con el apoyo mediático del exterior, nunca agradecieron sus gestos envalentonados y poco solidarios. Difícilmente, habrá reconciliación.</p><p>En la vida uno se mide a todas horas y en las más variadas circunstancias. A esos hombres y mujeres que tuvieron el infortunio de caer presos en la jungla les tocó poner a prueba sus virtudes, defectos y debilidades en el peor escenario posible. Lo que queda de aquella pesadilla son sus alegatos para reconstruir un horror que, en ocasiones, fue su propio espejo.</p><p>Ingrid siempre dijo que lo que había ocurrido en la selva allí debía quedarse, pero ni ella ni sus antiguos compañeros han podido guardar lo que tanto les quemaba por dentro. Ahora que todos han sacado a relucir sus verdades, tal vez les llegó el momento del silencio para seguir viviendo.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Las amargas lágrimas de Liu</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/amargas-lagrimas-Liu_0_2956204526.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/amargas-lagrimas-Liu_0_2956204526.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 18:18:45 +0000</pubDate><description>Hay pocas imágenes más heroicas que la de un hombre o una mujer injustamente encerrados en una celda por sus ideas. Nunca veremos la foto del Premio Nobel de la Paz 2010, Lui Xiaobo, cuando su esposa le dio la noticia de que el comité noruego que da el prestigioso galardón se lo había otorgado por su lucha pacífica a favor de la libertad en China. Debió de ser un momento sobrecogedor que trascendió el horror del presidio político de la dictadura comunista que hoy lidera Hu Jintao.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Hay pocas imágenes más heroicas que la de un hombre o una mujer injustamente encerrados en una celda por sus ideas. Nunca veremos la foto del Premio Nobel de la Paz 2010, Lui Xiaobo, cuando su esposa le dio la noticia de que el comité noruego que da el prestigioso galardón se lo había otorgado por su lucha pacífica a favor de la libertad en China. Debió de ser un momento sobrecogedor que trascendió el horror del presidio político de la dictadura comunista que hoy lidera Hu Jintao.</p><p>Lo que sí sabemos por las declaraciones de Liu Xia, la esposa del académico laureado, es que su marido no pudoevitar las lágrimas y les dedicó el premio a los activistas que en 1989 murieron masacrados en la plaza de Tiananmen. Xiaobo había participado en las manifestaciones de aquel verano, que recordaban la efervescencia de la primavera de Praga en 1968. La esperanza del cambio tras décadas de servidumbre y feroz represión. Pero como sucedió en la Checoslovaquia ocupada, donde los tanques soviéticos aplastaron una fiesta multitudinaria que exigía reformas, en Tiananmen los tanques también avanzaron y las ráfagas de las bayonetas acabaron con las vidas de quienes se atrevieron a alzar su voz en un mar de conformismo.</p><p>Si Liu Xiaobo sobrevivió a las escaramuzas aquel aciago junio de 1989, años después se atrevió a encabezar un manifiesto pidiendo reformas políticas y una transición hacia la democracia. Era 2008 y el espíritu de la Carta 08 era similar al de la Carta 77 que impulsó otro famoso disidente, el ex presidente de la República checa Václav Havel. Havel era un opositor veterano que había pasado años en la cárcel. Xiaobo acaba de cumplir su segundo año en prisión tras recibir una condena de 11 años por liderar un movimiento a favor del pluralismo.</p><p>Liu Xiaobo lloró de emoción y de infinita tristeza el pasado viernes, sin poder abrazar a su mujer ni celebrar con los amigos o disfrutar del momento de gloria de saberse elegido entre los elegidos, como le ocurrió al Dalai Lama en 1989, cuando se le otorgó el mismo premio por su lucha en defensa de la independencia de Tibet, mientras los chinos pretenden acabar con las tradiciones milenarias del enclave budista.</p><p>Desde el aislamiento de su reclusión, Xiaobo seguramente desconoce que unas horas después del encuentro las autoridades confinaron a su esposa a arresto domiciliario, sin permitirle contacto alguno con los medios occidentales. Mientras Liu Xia se encuentra incomunicada, otros disidentes han sido interrogados y la policía secreta los vigila de cerca. En los portales de internet y en la televisión cualquier referencia al Premio Nobel de la Paz ha sido prohibida.</p><p>Beijing le ha declarado la guerra diplomática a los noruegos por haber recompensado a un individuo que ellos califican poco menos que de delincuente. Hasta ahora las autoridades chinas han desoído los llamamientos para liberar al flamante Nobel porque, en plena pujanza económica, no se han visto obligadas a hacer concesiones ante la presión internacional.</p><p>Pensemos en Lui Xiaobo y su crimen: el de soñar para él y sus compatriotas con un país libre. Esa, y ninguna otra, es la razón por la que hoy subsiste como un animal en una infecta cárcel de China comunista.</p><p>Ahora pensemos en la muy extendida tesis de que las relaciones comerciales y las visitas turísticas son fórmulas infalibles que provocan la apertura de sistemas dictatoriales. Visualicemos la China actual, repleta de extranjeros que admiran sus monumentos, hacen negocios millonarios con funcionarios y regresan a sus casas cargados de bolsos y relojes de marca falsificados y a la venta en las calles de Shangai.</p><p>Volvamos a la imagen del Premio Nobel de la Paz 2010, prisionero de conciencia por firmar un manifiesto. Un apestado que se pudre en presidio y no podrá acudir a Oslo porque ni uno solo de los millones de visitantes, empresarios y profesores de intercambios culturales conseguirá el milagro de una democratización que depende única y exclusivamente de la voluntad del actual gobierno chino.</p><p>Seguramente a estas horas Liu Xiaobo ha sufrido todo tipo de vejaciones y castigos por el honor de ser un hombre libre a pesar de los cerrojos que le imponen sus cancerberos. Sus lágrimas nunca han sido más amargas.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Mamá cumple cien años</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Mama-cumple-cien-anos_0_2971202989.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Mama-cumple-cien-anos_0_2971202989.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 17:45:31 +0000</pubDate><description>Cada vez vivimos más y en Occidente la esperanza de vida de las mujeres se ha alargado hasta los 80 años. La población envejece aceleradamente en un mundo donde cada vez se tienen menos niños, y el paisaje del futuro se presenta como un inmenso geriátrico con ancianos cuyo juvenil aspecto invita a la confusión.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cada vez vivimos más y en Occidente la esperanza de vida de las mujeres se ha alargado hasta los 80 años. La población envejece aceleradamente en un mundo donde cada vez se tienen menos niños, y el paisaje del futuro se presenta como un inmenso geriátrico con ancianos cuyo juvenil aspecto invita a la confusión.</p><p>Tanto hemos logrado prolongar nuestra presencia en este valle de lágrimas que describía el poeta medieval Jorge Manrique, que hasta los diarios ocupan páginas dedicadas al creciente sector de la tercera edad. Por ejemplo, la columnista Jane Brody publica en The New York Times artículos dirigidos a los hombres y mujeres que han ingresado en el otoño de sus vidas, y en sus escritos abundan los consejos para preservarnos en cloroformo hasta el final. Sin ir más lejos, hace unos días su columna trataba sobre cómo llegar a los cien años sin achaques. Confieso que me recorrió un escalofrío al pensar en la cifra mágica 100 y la idea de que tal vez acabaría como uno de esos centenarios, en plena forma y deambulando en un mundo futurista que nada tendría que ver con el que conocimos.</p><p>Pues bien, Brody señalaba cosas básicas como el ejercicio regular y la buena alimentación, enfatizando la importancia de las caminatas diarias a modo de régimen de apuntalamiento para combatir la inevitable oxidación que trae el paso del tiempo. Entonces me vino a la memoria Mamá cumple cien años, una famosa película del cineasta español Carlos Saura, en la que los miembros de una familia se reúnen para celebrar el centenario de la matriarca. Durante la celebración se destapan los secretos de la prole y aquello se convierte en un cumpleaños truculento.</p><p>Está claro que al paso que vamos, con los tratamientos anti-aging, el bótox, el colágeno y todo tipo de cirugías plásticas para engañar a la implacable señora de la guadaña, los bisabuelos y bisabuelas cumplirán 100 años más allá de las nubes del olvido que acompañan a la senilidad. Instalados en una vejez cogida con los imperdibles de una lozanía esculpida a golpe de bisturí, a los gobiernos no les salen los números del retiro y van atrasando la edad de la jubilación; su cálculo es que los ancianos que antes se retiraban a jugar a la petanca o tomar clases de cerámica, ahora prolonguen su actividad laboral aproximándose a los 70 años. Sin embargo, si uno echa una ojeada en los centros de trabajo, lo que sobran son los jóvenes mientras muchas personas mayores son firmes candidatas a recibir bajas incentivadas para prejubilarse. En la era de los Facebooks, los Twitters, los Tuentis y los I Pads en el maletín, la legión de centenarios en cierne choca con la decoración cambiante en la que la vigencia de una Lady Gaga puede tambalearse con la rapidez con la que aparece y desaparece el último diseño de moda.</p><p>Es posible que lleguemos a los cien años a fuerza de multivitaminas, trotes en la estera, elixires portentosos y retoques cosméticos, pero la sensación de eterna juventud inexorablemente se apaga en el interior de un chasis remendado. Es verdad que no hay dinero para sostener las jubilaciones de millones de personas en sociedades donde el relevo generacional se ha ralentizado, pero no es menos cierta la anacronía de un setentón esforzándose por competir profesionalmente con los recién graduados que quieren comerse el mundo porque el futuro es de ellos.</p><p>Sólo tenemos la certeza de que estamos en bancarrota mientras mamá está a punto de cumplir cien años. La rigidez del bótox impide esbozar el leve y melancólico gesto de una perplejidad mal disimulada.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La pesadilla de volar</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/pesadilla-volar_0_2981701933.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/pesadilla-volar_0_2981701933.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 17:17:15 +0000</pubDate><description>¿Recuerdan la escandalosa novela que en los años setenta publicó la autora estadounidense Erica Jong? Su titulaba Miedo a volar y la protagonista, la desinhibida Isadora Zelda, se dedicaba a tener breves encuentros sexuales con extraños en los lavabos de los aviones.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>¿Recuerdan la escandalosa novela que en los años setenta publicó la autora estadounidense Erica Jong? Su titulaba Miedo a volar y la protagonista, la desinhibida Isadora Zelda, se dedicaba a tener breves encuentros sexuales con extraños en los lavabos de los aviones.</p><p>El libro de Jong fue un bestseller instantáneo. Todo el mundo quería saber cómo demonios se puede alcanzar un orgasmo en un claustrofóbico excusado mientras fuera aguarda una cola de impacientes pasajeros. El díscolo personaje, que en aquella época se convirtió en símbolo de la liberación femenina, parecía aliviar su temor a volar por medio de un agitado trajín sexual entre nubes. Hoy, sin embargo, la tal Isadora habría abordado la nave tan exhausta que ni ganas le quedarían para acrobacias eróticas.</p><p>Los aeropuertos en Estados Unidos se han convertido en una pesadilla de cuento de terror, cuyo punto álgido consiste en sobrevivir a las humillaciones y el maltrato que muchos empleados de la Agencia de Seguridad de Transporte (TSA) dispensan a los viajeros a la hora de pasar los controles.</p><p>En la larga y lenta fila hasta alcanzar los detectores, los agentes suelen dirigirse a la gente en tono ríspido y con gestos desafiantes. Uno no sabe bien si está a punto de emprender un placentero viaje o de ingresar en un campo de detención. La mayoría de este personal supervisado por Homeland Security parece no haber recibido entrenamiento para tratar cortésmente a quienes han comprado un billete de avión y a cambio esperan un servicio amable y no la amenaza de una coz.</p><p>Por si fuera poco la humillación de tanta mortificación innecesaria, ahora han añadido revisiones corporales que van más allá del leve palpamiento. El asunto ha subido de tono con tocamientos embarazosos y, según informan los medios, incluso risas y comentarios de mal gusto entre unos agentes que no son precisamente expertos de la Nasa.</p><p>Unos nuevos y sofisticados escáneres que muestran hasta el contorno de nuestras amígdalas pueden provocar situaciones harto delicadas: por ejemplo, si alguien tiene instalada una bomba de insulina, esta es considerada un objeto extraño y la persona podría estar sujeta a registros hasta en sus partes pudendas.</p><p>¿Sucederá lo mismo con las bombitas que muchos hombres llevan para prevenir la disfunción eréctil? ¿Y qué harán estos sabuesos humanos cuando detecten en la pantalla lo que podría ser un tampón o un dispositivo intrauterino o DUI? ¿Hasta dónde inspeccionarán en la intimidad de la mujer para descartar la posibilidad de que porten en su interior un innovador explosivo?</p><p>Todo el mundo está de acuerdo en que la vigilancia es vital desde los atentados del 9–11, pero el límite entre una inspección apropiada y lo que atenta contra la privacidad de las personas ya es tema de debate nacional. Los defensores de las libertades civiles comienzan a estudiar los casos de presuntos abusos. Entretanto las autoridades quieren restarle importancia a los desagradables incidentes que se multiplican en los aeropuertos.</p><p>Si es inevitable someterse a torturantes y molestos controles, es necesario que los inspectores del TSA aprendan a comportarse de una manera más gentil y con un mejor adiestramiento. ¿Por qué los viajeros tienen que callar y resignarse cuando reciben un trato carcelario antes de subir a la aeronave? ¿Quién nos defiende en las terminales de las arbitrariedades y excesos de trabajadores mal preparados?</p>]]></content:encoded></item><item><title>Leer es una manera de vivir</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Leer-manera-vivir_0_2997450348.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Leer-manera-vivir_0_2997450348.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 16:49:38 +0000</pubDate><description>Si Mario Vargas Llosa aún no se ha recuperado del día en que conoció a un padre que creía muerto, quienes leímos o escuchamos su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2010, todavía no nos hemos repuesto de la emoción que nos han causado sus palabras. Aquello no fue una pomposa disertación académica, sino un raudal de sentimientos prodigiosamente hilvanados que se desprendían del mismísimo corazón del más grande autor vivo de la lengua española.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Si Mario Vargas Llosa aún no se ha recuperado del día en que conoció a un padre que creía muerto, quienes leímos o escuchamos su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2010, todavía no nos hemos repuesto de la emoción que nos han causado sus palabras. Aquello no fue una pomposa disertación académica, sino un raudal de sentimientos prodigiosamente hilvanados que se desprendían del mismísimo corazón del más grande autor vivo de la lengua española.</p><p>No fue casualidad que Mario no pudiera reprimir las lágrimas. “Yo, que nunca lloro”, dijo conmovido poco después de bajar del atrio tras regalarle al mundo 48 minutos de la mejor literatura manifestada sin estridencias pero con fuerza. Habló de su infancia; de su afecto por el Perú y España; de Patricia, su gran amor y compañera desde hace más de cuatro décadas; de lo vital que para él es su familia. Y, sobre todo, habló de su pasión por los libros que, desde muy temprano, fueron su resguardo y la llamada, como el sacerdocio, a su vocación de escritor.</p><p>Invocando a su novelista predilecto, Gustave Flaubert, el autor de la monumental Conversación en la Catedral o la inolvidable La Tía Julia y el escribidor, repitió que “Escribir es una manera de vivir”. Y así ha sido su vida: marcada por el fuego de los demonios exorcizados en el manuscrito. Cada una de sus novelas es una aventura que nos saca del encierro de las estancias y el ahogo de las rutinas para señalarnos lo que ya nos avisó otro grande, Milan Kundera: la vida está en otra parte.</p><p>Para Vargas Llosa escribir tal vez sea la única manera posible de burlar las murallas del día a día. Las alas que nos hacen saltar tapias y alambradas. La libertad absoluta frente al sometimiento. Pero leer también es una manera de vivir al otro lado del tendido. Siempre a la espera del libro que nos rescatará en las noches como el que escapa a bordo de un barco que surca los mares del sur.</p><p>Si no fuera por quienes, como Mario, perecerían sin el vértigo de la escritura que avanza hasta tomar por asalto el alma del novelista, los lectores voraces también sucumbirían por la pena de no echar a volar; febriles y exaltados bajo el influjo de la historia interminable que es leer una novela tras otra. Adictos a los vericuetos de las tramas. Los giros inesperados. Las vueltas de tuerca. Los finales abiertos. Las sagas inconclusas. Los nudos y desenlaces. Páginas tras páginas que son la ventana abierta a otros mundos y otras existencias entre dos tapas duras. El libro, como la vida misma, tiene un principio y un fin.</p><p>En la gélida Estocolmo y con la voz trémula, Vargas Llosa ha lanzado un guiño universal a los amantes de la literatura que, al igual que él, un día descubrieron a Salgari, a Verne, a Dickens, a Víctor Hugo, a Stendhal. Los poemas de César Vallejo o la prosa desnuda de Juan Rulfo. Y la pasión por los libros es como una enfermedad incurable de la que uno está dispuesto a morir. Leer para vivir. O vivir para leer.</p><p>Han sido días intensos y movidos para Vargas Llosa. De agasajo en agasajo. Actos, honores y flores. Descolocado de la disciplina diaria de la escritura y abrumado por los innumerables admiradores, se ha quedado afónico, ha sufrido una leve caída y hasta ha llorado. Él, que nunca llora. Cuando se reponga de tanto vaivén, tal vez comprenda que en un futuro otro Premio Nobel de literatura recordará cómo le cambiaron la vida las novelas de un escritor que, siendo un chiquillo, los libros lo salvaron de “la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo”. Leer es una manera de vivir. Gracias, Mario, por recordárnoslo.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La libertad en el techo del mundo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/libertad-techo-mundo_0_2489001555.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/libertad-techo-mundo_0_2489001555.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 04:39:11 +0000</pubDate><description>Muchos se sorprenden cuando digo que me interesa conocer Islandia. Un país tan lejano, tan frío, tan desprovisto de monumentos y bulevares impresionantes. Pero todo lo que leo y escucho acerca de esta remota nación alimenta mi curiosidad y admiración por una de las sociedades más libres y progresistas del planeta.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Muchos se sorprenden cuando digo que me interesa conocer Islandia. Un país tan lejano, tan frío, tan desprovisto de monumentos y bulevares impresionantes. Pero todo lo que leo y escucho acerca de esta remota nación alimenta mi curiosidad y admiración por una de las sociedades más libres y progresistas del planeta.</p><p>En Estados Unidos la gente todavía está celebrando el triunfo de su primer presidente afroamericano como un hito histórico que hasta hace muy poco parecía altamente improbable. Pero solo un par de semanas después de la investidura de Barack Obama los islandeses han vuelto a demostrar que, si se trata de vanguardias, ellos están a la cabeza del mundo. La crisis financiera que se ha desatado en Reykiavik ha provocado la disolución del gobierno y será una mujer quien ejerza de primera ministra en un gabinete de transición hasta que se convoquen elecciones en la primavera. Bien, no es la primera vez que Islandia es gobernada por una mujer, un tema que para ellos no tiene mayor importancia porque la igualdad de sexos es desde hace mucho tiempo una realidad del país. Lo relevante de la noticia es que la socialdemócrata Jóhanna Siguroardóttir está casada desde 2002 con Jonina Leosdóttir, una periodista y autora teatral.</p><p>No se trata de que la nueva primera ministra haya revelado en una rueda de prensa que es lesbiana o que su relación con otra mujer es algo que todo el mundo sabe, pero de lo que nadie habla. No, en Islandia la homosexualidad de un político no es algo que pondría en juego su carrera, porque simplemente nadie le confiere un valor negativo a lo que solo ven como otra orientación sexual. Mientras que en Estados Unidos, por ejemplo, la unión civil entre parejas gay sigue siendo tan controversial que ni el mismo Obama se atreve a abrazar la causa abiertamente, en Islandia que el nuevo jefe de gobierno tenga una compañera sentimental del mismo sexo es solo una anécdota.</p><p>Islandia, como parte de Escandinavia, al fin y al cabo, es un paraíso de tolerancia y de convivencia pacífica donde la educación y la formación cívica son pilares de la ciudadanía. Los niños son los reyes de una sociedad que gira y se concentra en torno a ellos, brindándoles todas las herramientas necesarias para convertirse en adultos competentes y de mentalidad abierta.</p><p>Las largas noches de invierno son propicias para leer y no es casualidad que los islandeses tengan el índice de lectura más elevado del mundo. En el campo tecnológico han despuntado y en lo que se refiere a la energía verde avanzan a pasos gigantes, mientras que los americanos discuten periódicamente qué hacer con la dependencia del petróleo sin acabar de resolver un viejo problema. A pesar de una recesión global que ha dejado a muchos islandeses sin los ahorros de toda una vida, sus propios movimientos ciudadanos de inmediato han salido a manifestarse en las calles hasta conseguir la dimisión del primer ministro y afirman que no descansarán hasta que renuncie el presidente del Banco Central, David Oddson, por su mala gestión. En Estados Unidos, en cambio, hasta ahora no ha habido ninguna movilización colectiva capaz de remover los cimientos de un Congreso que aprobó la guerra de Irak y permitió medidas laxas que le dieron luz verde al expolio perpetrado por Wall Street y las entidades bancarias.</p><p>Algún día no muy lejano visitaré Reykiavik y recorreré el paisaje extraño y agreste de este lugar del que un amigo viajero me dijo: “Imagínate la isla de Lanzarote, pero con nieve”. Me sumergiré en sus géiseres calientes y burbujeantes confundiéndome con otros lechosos bañistas en un paisaje que evoca la orfandad de la luna. Me mezclaré con los 320 mil habitantes que cada día ejercen sanamente su libertad en el techo del mundo. A un palmo del cielo.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La libertad en el techo del mundo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/libertad-techo-mundo_0_2489001556.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/libertad-techo-mundo_0_2489001556.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 04:39:10 +0000</pubDate><description>Muchos se sorprenden cuando digo que me interesa conocer Islandia. Un país tan lejano, tan frío, tan desprovisto de monumentos y bulevares impresionantes. Pero todo lo que leo y escucho acerca de esta remota nación alimenta mi curiosidad y admiración por una de las sociedades más libres y progresistas del planeta.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Muchos se sorprenden cuando digo que me interesa conocer Islandia. Un país tan lejano, tan frío, tan desprovisto de monumentos y bulevares impresionantes. Pero todo lo que leo y escucho acerca de esta remota nación alimenta mi curiosidad y admiración por una de las sociedades más libres y progresistas del planeta.</p><p>En Estados Unidos la gente todavía está celebrando el triunfo de su primer presidente afroamericano como un hito histórico que hasta hace muy poco parecía altamente improbable. Pero solo un par de semanas después de la investidura de Barack Obama los islandeses han vuelto a demostrar que, si se trata de vanguardias, ellos están a la cabeza del mundo. La crisis financiera que se ha desatado en Reykiavik ha provocado la disolución del gobierno y será una mujer quien ejerza de primera ministra en un gabinete de transición hasta que se convoquen elecciones en la primavera. Bien, no es la primera vez que Islandia es gobernada por una mujer, un tema que para ellos no tiene mayor importancia porque la igualdad de sexos es desde hace mucho tiempo una realidad del país. Lo relevante de la noticia es que la socialdemócrata Jóhanna Siguroardóttir está casada desde 2002 con Jonina Leosdóttir, una periodista y autora teatral.</p><p>No se trata de que la nueva primera ministra haya revelado en una rueda de prensa que es lesbiana o que su relación con otra mujer es algo que todo el mundo sabe, pero de lo que nadie habla. No, en Islandia la homosexualidad de un político no es algo que pondría en juego su carrera, porque simplemente nadie le confiere un valor negativo a lo que solo ven como otra orientación sexual. Mientras que en Estados Unidos, por ejemplo, la unión civil entre parejas gay sigue siendo tan controversial que ni el mismo Obama se atreve a abrazar la causa abiertamente, en Islandia que el nuevo jefe de gobierno tenga una compañera sentimental del mismo sexo es solo una anécdota.</p><p>Islandia, como parte de Escandinavia, al fin y al cabo, es un paraíso de tolerancia y de convivencia pacífica donde la educación y la formación cívica son pilares de la ciudadanía. Los niños son los reyes de una sociedad que gira y se concentra en torno a ellos, brindándoles todas las herramientas necesarias para convertirse en adultos competentes y de mentalidad abierta.</p><p>Las largas noches de invierno son propicias para leer y no es casualidad que los islandeses tengan el índice de lectura más elevado del mundo. En el campo tecnológico han despuntado y en lo que se refiere a la energía verde avanzan a pasos gigantes, mientras que los americanos discuten periódicamente qué hacer con la dependencia del petróleo sin acabar de resolver un viejo problema. A pesar de una recesión global que ha dejado a muchos islandeses sin los ahorros de toda una vida, sus propios movimientos ciudadanos de inmediato han salido a manifestarse en las calles hasta conseguir la dimisión del primer ministro y afirman que no descansarán hasta que renuncie el presidente del Banco Central, David Oddson, por su mala gestión. En Estados Unidos, en cambio, hasta ahora no ha habido ninguna movilización colectiva capaz de remover los cimientos de un Congreso que aprobó la guerra de Irak y permitió medidas laxas que le dieron luz verde al expolio perpetrado por Wall Street y las entidades bancarias.</p><p>Algún día no muy lejano visitaré Reykiavik y recorreré el paisaje extraño y agreste de este lugar del que un amigo viajero me dijo: “Imagínate la isla de Lanzarote, pero con nieve”. Me sumergiré en sus géiseres calientes y burbujeantes confundiéndome con otros lechosos bañistas en un paisaje que evoca la orfandad de la luna. Me mezclaré con los 320 mil habitantes que cada día ejercen sanamente su libertad en el techo del mundo. A un palmo del cielo.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La libertad en el techo del mundo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/libertad-techo-mundo_0_2489751314.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/libertad-techo-mundo_0_2489751314.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 04:34:53 +0000</pubDate><description>Muchos se sorprenden cuando digo que me interesa conocer Islandia. Un país tan lejano, tan frío, tan desprovisto de monumentos y bulevares impresionantes. Pero todo lo que leo y escucho acerca de esta remota nación alimenta mi curiosidad y admiración por una de las sociedades más libres y progresistas del planeta.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Muchos se sorprenden cuando digo que me interesa conocer Islandia. Un país tan lejano, tan frío, tan desprovisto de monumentos y bulevares impresionantes. Pero todo lo que leo y escucho acerca de esta remota nación alimenta mi curiosidad y admiración por una de las sociedades más libres y progresistas del planeta.</p><p>En Estados Unidos la gente todavía está celebrando el triunfo de su primer presidente afroamericano como un hito histórico que hasta hace muy poco parecía altamente improbable. Pero solo un par de semanas después de la investidura de Barack Obama los islandeses han vuelto a demostrar que, si se trata de vanguardias, ellos están a la cabeza del mundo. La crisis financiera que se ha desatado en Reykiavik ha provocado la disolución del gobierno y será una mujer quien ejerza de primera ministra en un gabinete de transición hasta que se convoquen elecciones en la primavera. Bien, no es la primera vez que Islandia es gobernada por una mujer, un tema que para ellos no tiene mayor importancia porque la igualdad de sexos es desde hace mucho tiempo una realidad del país. Lo relevante de la noticia es que la socialdemócrata Jóhanna Siguroardóttir está casada desde 2002 con Jonina Leosdóttir, una periodista y autora teatral.</p><p>No se trata de que la nueva primera ministra haya revelado en una rueda de prensa que es lesbiana o que su relación con otra mujer es algo que todo el mundo sabe, pero de lo que nadie habla. No, en Islandia la homosexualidad de un político no es algo que pondría en juego su carrera, porque simplemente nadie le confiere un valor negativo a lo que solo ven como otra orientación sexual. Mientras que en Estados Unidos, por ejemplo, la unión civil entre parejas gay sigue siendo tan controversial que ni el mismo Obama se atreve a abrazar la causa abiertamente, en Islandia que el nuevo jefe de gobierno tenga una compañera sentimental del mismo sexo es solo una anécdota.</p><p>Islandia, como parte de Escandinavia, al fin y al cabo, es un paraíso de tolerancia y de convivencia pacífica donde la educación y la formación cívica son pilares de la ciudadanía. Los niños son los reyes de una sociedad que gira y se concentra en torno a ellos, brindándoles todas las herramientas necesarias para convertirse en adultos competentes y de mentalidad abierta.</p><p>Las largas noches de invierno son propicias para leer y no es casualidad que los islandeses tengan el índice de lectura más elevado del mundo. En el campo tecnológico han despuntado y en lo que se refiere a la energía verde avanzan a pasos gigantes, mientras que los americanos discuten periódicamente qué hacer con la dependencia del petróleo sin acabar de resolver un viejo problema. A pesar de una recesión global que ha dejado a muchos islandeses sin los ahorros de toda una vida, sus propios movimientos ciudadanos de inmediato han salido a manifestarse en las calles hasta conseguir la dimisión del primer ministro y afirman que no descansarán hasta que renuncie el presidente del Banco Central, David Oddson, por su mala gestión. En Estados Unidos, en cambio, hasta ahora no ha habido ninguna movilización colectiva capaz de remover los cimientos de un Congreso que aprobó la guerra de Irak y permitió medidas laxas que le dieron luz verde al expolio perpetrado por Wall Street y las entidades bancarias.</p><p>Algún día no muy lejano visitaré Reykiavik y recorreré el paisaje extraño y agreste de este lugar del que un amigo viajero me dijo: “Imagínate la isla de Lanzarote, pero con nieve”. Me sumergiré en sus géiseres calientes y burbujeantes confundiéndome con otros lechosos bañistas en un paisaje que evoca la orfandad de la luna. Me mezclaré con los 320 mil habitantes que cada día ejercen sanamente su libertad en el techo del mundo. A un palmo del cielo.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La libertad en el techo del mundo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/libertad-techo-mundo_0_2489751315.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/libertad-techo-mundo_0_2489751315.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 04:34:52 +0000</pubDate><description>Muchos se sorprenden cuando digo que me interesa conocer Islandia. Un país tan lejano, tan frío, tan desprovisto de monumentos y bulevares impresionantes. Pero todo lo que leo y escucho acerca de esta remota nación alimenta mi curiosidad y admiración por una de las sociedades más libres y progresistas del planeta.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Muchos se sorprenden cuando digo que me interesa conocer Islandia. Un país tan lejano, tan frío, tan desprovisto de monumentos y bulevares impresionantes. Pero todo lo que leo y escucho acerca de esta remota nación alimenta mi curiosidad y admiración por una de las sociedades más libres y progresistas del planeta.</p><p>En Estados Unidos la gente todavía está celebrando el triunfo de su primer presidente afroamericano como un hito histórico que hasta hace muy poco parecía altamente improbable. Pero solo un par de semanas después de la investidura de Barack Obama los islandeses han vuelto a demostrar que, si se trata de vanguardias, ellos están a la cabeza del mundo. La crisis financiera que se ha desatado en Reykiavik ha provocado la disolución del gobierno y será una mujer quien ejerza de primera ministra en un gabinete de transición hasta que se convoquen elecciones en la primavera. Bien, no es la primera vez que Islandia es gobernada por una mujer, un tema que para ellos no tiene mayor importancia porque la igualdad de sexos es desde hace mucho tiempo una realidad del país. Lo relevante de la noticia es que la socialdemócrata Jóhanna Siguroardóttir está casada desde 2002 con Jonina Leosdóttir, una periodista y autora teatral.</p><p>No se trata de que la nueva primera ministra haya revelado en una rueda de prensa que es lesbiana o que su relación con otra mujer es algo que todo el mundo sabe, pero de lo que nadie habla. No, en Islandia la homosexualidad de un político no es algo que pondría en juego su carrera, porque simplemente nadie le confiere un valor negativo a lo que solo ven como otra orientación sexual. Mientras que en Estados Unidos, por ejemplo, la unión civil entre parejas gay sigue siendo tan controversial que ni el mismo Obama se atreve a abrazar la causa abiertamente, en Islandia que el nuevo jefe de gobierno tenga una compañera sentimental del mismo sexo es solo una anécdota.</p><p>Islandia, como parte de Escandinavia, al fin y al cabo, es un paraíso de tolerancia y de convivencia pacífica donde la educación y la formación cívica son pilares de la ciudadanía. Los niños son los reyes de una sociedad que gira y se concentra en torno a ellos, brindándoles todas las herramientas necesarias para convertirse en adultos competentes y de mentalidad abierta.</p><p>Las largas noches de invierno son propicias para leer y no es casualidad que los islandeses tengan el índice de lectura más elevado del mundo. En el campo tecnológico han despuntado y en lo que se refiere a la energía verde avanzan a pasos gigantes, mientras que los americanos discuten periódicamente qué hacer con la dependencia del petróleo sin acabar de resolver un viejo problema. A pesar de una recesión global que ha dejado a muchos islandeses sin los ahorros de toda una vida, sus propios movimientos ciudadanos de inmediato han salido a manifestarse en las calles hasta conseguir la dimisión del primer ministro y afirman que no descansarán hasta que renuncie el presidente del Banco Central, David Oddson, por su mala gestión. En Estados Unidos, en cambio, hasta ahora no ha habido ninguna movilización colectiva capaz de remover los cimientos de un Congreso que aprobó la guerra de Irak y permitió medidas laxas que le dieron luz verde al expolio perpetrado por Wall Street y las entidades bancarias.</p><p>Algún día no muy lejano visitaré Reykiavik y recorreré el paisaje extraño y agreste de este lugar del que un amigo viajero me dijo: “Imagínate la isla de Lanzarote, pero con nieve”. Me sumergiré en sus géiseres calientes y burbujeantes confundiéndome con otros lechosos bañistas en un paisaje que evoca la orfandad de la luna. Me mezclaré con los 320 mil habitantes que cada día ejercen sanamente su libertad en el techo del mundo. A un palmo del cielo.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Gastar o no gastar, es el dilema</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Gastar-gastar-dilema_0_2493500881.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Gastar-gastar-dilema_0_2493500881.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 04:16:46 +0000</pubDate><description>Los estadounidenses reciben órdenes contradictorias y se sienten desorientados en uno de sus lugares favoritos: los shopping malls, esos grandes centros comerciales que son las catedrales modernas donde los adoradores del consumismo pasan las horas muertas en un laberinto de tiendas.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Los estadounidenses reciben órdenes contradictorias y se sienten desorientados en uno de sus lugares favoritos: los shopping malls, esos grandes centros comerciales que son las catedrales modernas donde los adoradores del consumismo pasan las horas muertas en un laberinto de tiendas.</p><p>Durante años uno de los motores principales de la economía de Estados Unidos ha sido el elevado nivel de consumo en un país donde es habitual cambiar de coche y casa periódicamente, y donde los electrodomésticos y los muebles son sustituidos en cuanto sale un nuevo modelo. Según un artículo publicado en The New York Times sobre la crisis de los malls, el consumo individual conforma el 70% de la economía nacional. Sin embargo, el desenfreno facilitado por las tarjetas de crédito también ha contribuido, en gran medida, a una debacle económica en la que millones de ciudadanos se han visto entrampados con deudas.</p><p>Los expertos financieros no han tardado en advertir que es preciso ahorrar y ser prudentes, sobre todo ante la posibilidad de que el desempleo se dispare y en los hogares tengan que recurrir a fondos reservados para emergencias.</p><p>Cuando ya todos estaban más o menos resignados a sobrevivir debajo de una piedra a lo largo de una recesión, sobre la que ya un tipo brillante como Bill Gates ha pronosticado que podría durar cuatro años, la administración de Barack Obama se prepara para lanzar otro “paquete” de estímulo económico dirigido a los ciudadanos. Una medida similar a la que tomó Bush al final de su Presidencia, cuando las familias con ingresos menores a 75 mil dólares recibieron una cantidad de dinero para incentivarlas a salir de compras y, de ese modo, reactivar un comercio moribundo. Por supuesto, fueron muchos los que desoyeron los consejos del Gobierno y emplearon el cheque para pagar deudas.</p><p>Resulta ser que de nuevo los estadounidenses deberán retomar su afición a gastar para, irónicamente, reflotar la maltrecha economía del país. Los consumidores irredentos que tanto contribuyeron al endeudamiento colectivo tienen la excusa perfecta para abandonar su rehabilitación y liderar la salvación de los malls, muchos de los cuales han cerrado o están a punto de quebrar. Según datos del International Council of Shopping Centers, en Estados Unidos hay unos mil 500 centros comerciales y en estos momentos las grandes cadenas que suelen dar vida y atraer usuarios a estos shoppings están despidiendo personal o declarándose en bancarrota. En la era de la internet no podía faltar una página web que recoge la agonía de estos monstruos de cemento con foto–galerías de los malls clausurados, tal vez a modo de homenaje a los compradores compulsivos y nostálgicos.</p><p>Como en los casinos, en los shopping centers bajo techo no hay relojes ni ventanas. Se trata de una estrategia para que la gente pierda la noción del tiempo con el muzak indescriptible e hipnótico que se escucha por las bocinas, y una iluminación que provoca el trance ideal para salir y entrar de los establecimientos como zombis poseídos por la fiebre de adquirir objetos que de pronto parecen imprescindibles. El nuevo gobierno vuelve a la carga con otro “estímulo” que para los adictos a las compras será equivalente a una dosis de Metadona para un yonqui. Apenas han dado tiempo para recuperarse del síndrome de abstinencia.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Gastar o no gastar, es el dilema</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Gastar-gastar-dilema_0_2493500882.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Gastar-gastar-dilema_0_2493500882.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 04:16:46 +0000</pubDate><description>Los estadounidenses reciben órdenes contradictorias y se sienten desorientados en uno de sus lugares favoritos: los shopping malls, esos grandes centros comerciales que son las catedrales modernas donde los adoradores del consumismo pasan las horas muertas en un laberinto de tiendas.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Los estadounidenses reciben órdenes contradictorias y se sienten desorientados en uno de sus lugares favoritos: los shopping malls, esos grandes centros comerciales que son las catedrales modernas donde los adoradores del consumismo pasan las horas muertas en un laberinto de tiendas.</p><p>Durante años uno de los motores principales de la economía de Estados Unidos ha sido el elevado nivel de consumo en un país donde es habitual cambiar de coche y casa periódicamente, y donde los electrodomésticos y los muebles son sustituidos en cuanto sale un nuevo modelo. Según un artículo publicado en The New York Times sobre la crisis de los malls, el consumo individual conforma el 70% de la economía nacional. Sin embargo, el desenfreno facilitado por las tarjetas de crédito también ha contribuido, en gran medida, a una debacle económica en la que millones de ciudadanos se han visto entrampados con deudas.</p><p>Los expertos financieros no han tardado en advertir que es preciso ahorrar y ser prudentes, sobre todo ante la posibilidad de que el desempleo se dispare y en los hogares tengan que recurrir a fondos reservados para emergencias.</p><p>Cuando ya todos estaban más o menos resignados a sobrevivir debajo de una piedra a lo largo de una recesión, sobre la que ya un tipo brillante como Bill Gates ha pronosticado que podría durar cuatro años, la administración de Barack Obama se prepara para lanzar otro “paquete” de estímulo económico dirigido a los ciudadanos. Una medida similar a la que tomó Bush al final de su Presidencia, cuando las familias con ingresos menores a 75 mil dólares recibieron una cantidad de dinero para incentivarlas a salir de compras y, de ese modo, reactivar un comercio moribundo. Por supuesto, fueron muchos los que desoyeron los consejos del Gobierno y emplearon el cheque para pagar deudas.</p><p>Resulta ser que de nuevo los estadounidenses deberán retomar su afición a gastar para, irónicamente, reflotar la maltrecha economía del país. Los consumidores irredentos que tanto contribuyeron al endeudamiento colectivo tienen la excusa perfecta para abandonar su rehabilitación y liderar la salvación de los malls, muchos de los cuales han cerrado o están a punto de quebrar. Según datos del International Council of Shopping Centers, en Estados Unidos hay unos mil 500 centros comerciales y en estos momentos las grandes cadenas que suelen dar vida y atraer usuarios a estos shoppings están despidiendo personal o declarándose en bancarrota. En la era de la internet no podía faltar una página web que recoge la agonía de estos monstruos de cemento con foto–galerías de los malls clausurados, tal vez a modo de homenaje a los compradores compulsivos y nostálgicos.</p><p>Como en los casinos, en los shopping centers bajo techo no hay relojes ni ventanas. Se trata de una estrategia para que la gente pierda la noción del tiempo con el muzak indescriptible e hipnótico que se escucha por las bocinas, y una iluminación que provoca el trance ideal para salir y entrar de los establecimientos como zombis poseídos por la fiebre de adquirir objetos que de pronto parecen imprescindibles. El nuevo gobierno vuelve a la carga con otro “estímulo” que para los adictos a las compras será equivalente a una dosis de Metadona para un yonqui. Apenas han dado tiempo para recuperarse del síndrome de abstinencia.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El mal ejemplo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/mal-ejemplo_0_2500250320.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/mal-ejemplo_0_2500250320.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 03:47:24 +0000</pubDate><description>Ahora el discurso de investidura de Barack Obama resulta estridente y, en gran medida, hueco. Aquel martes frío y memorable Obama habló, sobre todo, de la importancia de la responsabilidad individual para sacar adelante a una sociedad que vive momentos bajos. Con su voz grave y potente, el nuevo Presidente recordó al pueblo americano que ésta es una nación fundada en sólidos principios y valores que había que rescatar de la codicia colectiva de los últimos años. Para muchos se trató de un mensaje esperanzador y con sustancia en medio del vendaval de la recesión.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Ahora el discurso de investidura de Barack Obama resulta estridente y, en gran medida, hueco. Aquel martes frío y memorable Obama habló, sobre todo, de la importancia de la responsabilidad individual para sacar adelante a una sociedad que vive momentos bajos. Con su voz grave y potente, el nuevo Presidente recordó al pueblo americano que ésta es una nación fundada en sólidos principios y valores que había que rescatar de la codicia colectiva de los últimos años. Para muchos se trató de un mensaje esperanzador y con sustancia en medio del vendaval de la recesión.</p><p>Pero no ha pasado un mes desde que Obama llegara a la Casa Blanca y mucho le está costando formar un Gabinete, porque en cuestión de días tres de los elegidos para cargos importantes tuvieron que pedir perdón por evasión de impuestos. Primero fue Timothy Geithner, nada menos que el secretario del Tesoro, por la suma de 34 mil dólares. A Geithner le bastó hacer un mea culpa público y se le permitió formar parte del gobierno. Cuando aún no habían cesado las críticas en la prensa y entre las filas republicanas por su nombramiento, Tom Daschle se vio obligado a renunciar al puesto de secretario de Salud Pública, porque de pronto se dio cuenta de que no había pagado 128 mil dólares por el uso de un coche y un chofer que le había brindado una compañía con la que hacía negocios muy lucrativos. Daschle, en quien esta administración había depositado toda su confianza para hacer milagros con un sistema de medicina pública que deja mucho que desear, ha sostenido hasta al final que su falta se debió a un descuido. Mientras el affair de la limousine y el chofer ocupaba las portadas de los periódicos, otro nombramiento, el de Nancy Killefer como supervisora de gastos gubernamentales en la Casa Blanca, se vino abajo por lo mismo: en su día la señora Killefer había tenido una empleada doméstica, pero olvidó declarar las prestaciones sociales de dicha trabajadora.</p><p>Geithner, Daschle y Killefer han ofrecido disculpas y han lamentado sus errores, pero a la opinión pública se le ha quedado un mal sabor, una resaca avinagrada, frente a estos golpes de pecho que no librarían a muchos ciudadanos de la amenaza de cárcel o un proceso judicial si se vieran en la misma situación que estos políticos privilegiados. La fecha límite para hacer la declaración de impuestos está a la vuelta de la esquina y la gente, además de la ansiedad por el desempleo creciente, las hipotecas que no se pueden pagar y la imposibilidad de ahorrar, también debe preocuparse de no meterse en líos con el tío Sam. A su vez, la promesa de un equipo de gobierno como una suerte de Magic Team que iba a arreglar los entuertos de la administración Bush se desinfla rápidamente.</p><p>Todo el mundo comprende que la clase política tiene el mismo ADN que el resto de los mortales, con sus debilidades y miserias a flor de piel como cualquier hijo de vecino. Pero son ellos quienes desde el púlpito arengan y exigen que se viva con el ejemplo, porque es la única manera de ejercer la libertad sanamente. Son ellos los que establecen leyes draconianas para castigar a quienes desvirtúan el modelo de una sociedad abierta. Si no, que se lo pregunten a Michael Phelps, cuya inofensiva juerga universitaria podría costarle las medallas olímpicas por toda una adolescencia consagrada a la vida de un delfín. Parafraseando al sensiblero filme Love Story, cuando se trata de los políticos, no basta con decir “Lo siento”.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El mal ejemplo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/mal-ejemplo_0_2500250321.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/mal-ejemplo_0_2500250321.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 03:47:23 +0000</pubDate><description>Ahora el discurso de investidura de Barack Obama resulta estridente y, en gran medida, hueco. Aquel martes frío y memorable Obama habló, sobre todo, de la importancia de la responsabilidad individual para sacar adelante a una sociedad que vive momentos bajos. Con su voz grave y potente, el nuevo Presidente recordó al pueblo americano que ésta es una nación fundada en sólidos principios y valores que había que rescatar de la codicia colectiva de los últimos años. Para muchos se trató de un mensaje esperanzador y con sustancia en medio del vendaval de la recesión.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Ahora el discurso de investidura de Barack Obama resulta estridente y, en gran medida, hueco. Aquel martes frío y memorable Obama habló, sobre todo, de la importancia de la responsabilidad individual para sacar adelante a una sociedad que vive momentos bajos. Con su voz grave y potente, el nuevo Presidente recordó al pueblo americano que ésta es una nación fundada en sólidos principios y valores que había que rescatar de la codicia colectiva de los últimos años. Para muchos se trató de un mensaje esperanzador y con sustancia en medio del vendaval de la recesión.</p><p>Pero no ha pasado un mes desde que Obama llegara a la Casa Blanca y mucho le está costando formar un Gabinete, porque en cuestión de días tres de los elegidos para cargos importantes tuvieron que pedir perdón por evasión de impuestos. Primero fue Timothy Geithner, nada menos que el secretario del Tesoro, por la suma de 34 mil dólares. A Geithner le bastó hacer un mea culpa público y se le permitió formar parte del gobierno. Cuando aún no habían cesado las críticas en la prensa y entre las filas republicanas por su nombramiento, Tom Daschle se vio obligado a renunciar al puesto de secretario de Salud Pública, porque de pronto se dio cuenta de que no había pagado 128 mil dólares por el uso de un coche y un chofer que le había brindado una compañía con la que hacía negocios muy lucrativos. Daschle, en quien esta administración había depositado toda su confianza para hacer milagros con un sistema de medicina pública que deja mucho que desear, ha sostenido hasta al final que su falta se debió a un descuido. Mientras el affair de la limousine y el chofer ocupaba las portadas de los periódicos, otro nombramiento, el de Nancy Killefer como supervisora de gastos gubernamentales en la Casa Blanca, se vino abajo por lo mismo: en su día la señora Killefer había tenido una empleada doméstica, pero olvidó declarar las prestaciones sociales de dicha trabajadora.</p><p>Geithner, Daschle y Killefer han ofrecido disculpas y han lamentado sus errores, pero a la opinión pública se le ha quedado un mal sabor, una resaca avinagrada, frente a estos golpes de pecho que no librarían a muchos ciudadanos de la amenaza de cárcel o un proceso judicial si se vieran en la misma situación que estos políticos privilegiados. La fecha límite para hacer la declaración de impuestos está a la vuelta de la esquina y la gente, además de la ansiedad por el desempleo creciente, las hipotecas que no se pueden pagar y la imposibilidad de ahorrar, también debe preocuparse de no meterse en líos con el tío Sam. A su vez, la promesa de un equipo de gobierno como una suerte de Magic Team que iba a arreglar los entuertos de la administración Bush se desinfla rápidamente.</p><p>Todo el mundo comprende que la clase política tiene el mismo ADN que el resto de los mortales, con sus debilidades y miserias a flor de piel como cualquier hijo de vecino. Pero son ellos quienes desde el púlpito arengan y exigen que se viva con el ejemplo, porque es la única manera de ejercer la libertad sanamente. Son ellos los que establecen leyes draconianas para castigar a quienes desvirtúan el modelo de una sociedad abierta. Si no, que se lo pregunten a Michael Phelps, cuya inofensiva juerga universitaria podría costarle las medallas olímpicas por toda una adolescencia consagrada a la vida de un delfín. Parafraseando al sensiblero filme Love Story, cuando se trata de los políticos, no basta con decir “Lo siento”.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Nuestros primos los bonobos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/primos-bonobos_0_2504749746.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/primos-bonobos_0_2504749746.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 03:27:05 +0000</pubDate><description>Irónicamente, mientras más estudios surgen sobre la sexualidad femenina menos sabemos acerca de los mecanismos eróticos en la mujer. Recientemente la revista dominical del New York Times dedicaba un largo artículo sobre este tema y el propio autor al final reconocía que lo único que está claro es que las fuentes del placer sexual entre las hembras continúan siendo un enigma.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Irónicamente, mientras más estudios surgen sobre la sexualidad femenina menos sabemos acerca de los mecanismos eróticos en la mujer. Recientemente la revista dominical del New York Times dedicaba un largo artículo sobre este tema y el propio autor al final reconocía que lo único que está claro es que las fuentes del placer sexual entre las hembras continúan siendo un enigma.</p><p>Sigue vigente el eterno debate en torno a si el orgasmo es clitórico o vaginal y resulta más fácil localizar un agujero negro en el universo que dar con el punto G, una suerte de paraje mítico que algunos hombres dicen haber hallado y no pocas mujeres aseguran que no forma parte de su anatomía. En los estudios que se hacen con voluntarios a las mujeres se les colorean ciertas partes del cerebro cuando les presentan imágenes que tienen que ver con un juego de forcejeo sexual ligado a la fantasía de ser reducidas por un macho potente. Sin embargo, a diferencia de los hombres, cuyos resortes sexuales parecen alumbrarse de manera predecible y con pocas variaciones, el cableado sensorial de las señoras presenta muchas variaciones y se prende como un árbol de Navidad ante las situaciones más variopintas. Contrario a lo que el aprendizaje cultural ha perpetuado a lo largo de los siglos, todo parece indicar que las mujeres están genéticamente predispuestas a un intercambio sexual que trasciende la domesticidad de las relaciones monogámicas, siempre en busca del mejor espécimen de la tribu en los días fértiles del ciclo reproductivo. El artículo del NYT subrayaba lo difícil que a estas alturas resulta separar lo aprendido por el peso de los roles convencionales, de lo que verdaderamente le piden el cuerpo y las hormonas a las mujeres. ¿Dónde radica el deseo y qué lo despierta? Cuando un hombre fantasea recurrentemente con la idea de dos mujeres haciendo el amor, ¿se trata de una visión que también seduce a su pareja? Lo cierto es que para saber más de la danza y el cortejo de los humanos, los científicos se dedican a estudiar de cerca a nuestros primos no tan lejanos, los bonobos. Resulta ser que estos primates que habitan en la selva del Congo comparten el 98% del perfil genético de los humanos. A la hora de caminar lo hacen casi erectos y son los únicos mamíferos que eligen la postura del misionero en sus escarceos amorosos, emulando, de algún modo, la posición más frecuente y cómoda entre parejas poco dadas a experimentar con el Kama Sutra. En verdad, solo eso une a los traviesos bonobos al más aburrido de los mortales, porque estos simpáticos monos se adelantaron con sus orgías selváticas al intercambio de parejas en las comunas de los años 60.</p><p>Si hay pueblos que dicen trabajar para vivir, los bonobos viven para tener múltiples relaciones sexuales y su estructura social gira alrededor de la urgencia por estar todo el día revolcados entre los matorrales. Mucho antes de que Lennon y Yoko Ono se exhibieran desnudos sobre una cama con el lema de “haz el amor y no la guerra”, ya los pacíficos bonobos eran militantes de este principio y en su mundo los ménage à trois más atrevidos le sacarían los colores a las conejitas de la mansión Playboy. Las hembras del clan se comportan como post feministas despojadas de etiquetas y encasillamientos, dispuestas a entrar y salir de Lesbos para invitar a los machos del grupo a participar de una fiesta que parece no tener fin.</p><p>No deja de ser curioso el hecho de que cuando los científicos observan el comportamiento de las mujeres, anuncian lacónicamente que somos criaturas poco menos que inescrutables. Si queremos saber más de nosotras es preciso estudiar a nuestros primos lejanos, los bonobos. Tal vez en sus retozos y en sus indiscriminados intercambios sexuales se encuentra el eslabón perdido que podría desentrañar la esencia de un cerebro cuyas señas eróticas están escritas en sánscrito.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Nuestros primos los bonobos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/primos-bonobos_0_2504749747.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/primos-bonobos_0_2504749747.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 03:27:04 +0000</pubDate><description>Irónicamente, mientras más estudios surgen sobre la sexualidad femenina menos sabemos acerca de los mecanismos eróticos en la mujer. Recientemente la revista dominical del New York Times dedicaba un largo artículo sobre este tema y el propio autor al final reconocía que lo único que está claro es que las fuentes del placer sexual entre las hembras continúan siendo un enigma.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Irónicamente, mientras más estudios surgen sobre la sexualidad femenina menos sabemos acerca de los mecanismos eróticos en la mujer. Recientemente la revista dominical del New York Times dedicaba un largo artículo sobre este tema y el propio autor al final reconocía que lo único que está claro es que las fuentes del placer sexual entre las hembras continúan siendo un enigma.</p><p>Sigue vigente el eterno debate en torno a si el orgasmo es clitórico o vaginal y resulta más fácil localizar un agujero negro en el universo que dar con el punto G, una suerte de paraje mítico que algunos hombres dicen haber hallado y no pocas mujeres aseguran que no forma parte de su anatomía. En los estudios que se hacen con voluntarios a las mujeres se les colorean ciertas partes del cerebro cuando les presentan imágenes que tienen que ver con un juego de forcejeo sexual ligado a la fantasía de ser reducidas por un macho potente. Sin embargo, a diferencia de los hombres, cuyos resortes sexuales parecen alumbrarse de manera predecible y con pocas variaciones, el cableado sensorial de las señoras presenta muchas variaciones y se prende como un árbol de Navidad ante las situaciones más variopintas. Contrario a lo que el aprendizaje cultural ha perpetuado a lo largo de los siglos, todo parece indicar que las mujeres están genéticamente predispuestas a un intercambio sexual que trasciende la domesticidad de las relaciones monogámicas, siempre en busca del mejor espécimen de la tribu en los días fértiles del ciclo reproductivo. El artículo del NYT subrayaba lo difícil que a estas alturas resulta separar lo aprendido por el peso de los roles convencionales, de lo que verdaderamente le piden el cuerpo y las hormonas a las mujeres. ¿Dónde radica el deseo y qué lo despierta? Cuando un hombre fantasea recurrentemente con la idea de dos mujeres haciendo el amor, ¿se trata de una visión que también seduce a su pareja? Lo cierto es que para saber más de la danza y el cortejo de los humanos, los científicos se dedican a estudiar de cerca a nuestros primos no tan lejanos, los bonobos. Resulta ser que estos primates que habitan en la selva del Congo comparten el 98% del perfil genético de los humanos. A la hora de caminar lo hacen casi erectos y son los únicos mamíferos que eligen la postura del misionero en sus escarceos amorosos, emulando, de algún modo, la posición más frecuente y cómoda entre parejas poco dadas a experimentar con el Kama Sutra. En verdad, solo eso une a los traviesos bonobos al más aburrido de los mortales, porque estos simpáticos monos se adelantaron con sus orgías selváticas al intercambio de parejas en las comunas de los años 60.</p><p>Si hay pueblos que dicen trabajar para vivir, los bonobos viven para tener múltiples relaciones sexuales y su estructura social gira alrededor de la urgencia por estar todo el día revolcados entre los matorrales. Mucho antes de que Lennon y Yoko Ono se exhibieran desnudos sobre una cama con el lema de “haz el amor y no la guerra”, ya los pacíficos bonobos eran militantes de este principio y en su mundo los ménage à trois más atrevidos le sacarían los colores a las conejitas de la mansión Playboy. Las hembras del clan se comportan como post feministas despojadas de etiquetas y encasillamientos, dispuestas a entrar y salir de Lesbos para invitar a los machos del grupo a participar de una fiesta que parece no tener fin.</p><p>No deja de ser curioso el hecho de que cuando los científicos observan el comportamiento de las mujeres, anuncian lacónicamente que somos criaturas poco menos que inescrutables. Si queremos saber más de nosotras es preciso estudiar a nuestros primos lejanos, los bonobos. Tal vez en sus retozos y en sus indiscriminados intercambios sexuales se encuentra el eslabón perdido que podría desentrañar la esencia de un cerebro cuyas señas eróticas están escritas en sánscrito.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La gran recesión</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/gran-recesion_0_2519748278.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/gran-recesion_0_2519748278.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 02:50:37 +0000</pubDate><description>Oficialmente ya entramos en la fase de la gran recesión, no porque lo haya anunciado la administración Obama, sino porque en los medios de comunicación ya se emplea este término para definir la gran debacle financiera que atraviesa Estados Unidos. Al fin y al cabo, lo que se ha demostrado es que el Gobierno es el último en hablar claro a la hora de referirse al estado general de la economía. Antes de que lacónicamente les comunicaran a los americanos que había una recesión, hacía meses que en el seno de los hogares, aquejados por problemas para pagar la hipoteca y las cuentas, ya se sentía en el bolsillo lo que los expertos no se atrevían a nombrar.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Oficialmente ya entramos en la fase de la gran recesión, no porque lo haya anunciado la administración Obama, sino porque en los medios de comunicación ya se emplea este término para definir la gran debacle financiera que atraviesa Estados Unidos. Al fin y al cabo, lo que se ha demostrado es que el Gobierno es el último en hablar claro a la hora de referirse al estado general de la economía. Antes de que lacónicamente les comunicaran a los americanos que había una recesión, hacía meses que en el seno de los hogares, aquejados por problemas para pagar la hipoteca y las cuentas, ya se sentía en el bolsillo lo que los expertos no se atrevían a nombrar.</p><p>Bien, en un artículo publicado en The New York Times dominical se hace un análisis sobre el futuro que le espera a la generación del milenio, compuesta por hombres y mujeres en la veintena, a punto de graduarse de la universidad y con escasas posibilidades de encontrar trabajo. El pasado viernes se dieron a conocer las cifras de desempleo, que ya ha alcanzado el 8%, y comienza a ser frecuente tener noticias de amigos o conocidos que han sido despedidos de sus empresas.</p><p>Obama aún vive el periodo de gracia que dura 100 días, pero cuando concluya el romance con el electorado el sombrío panorama lo golpeará de frente y sin tregua: la Bolsa continúa cayendo en picado, la crisis inmobiliaria parece imparable y los consumidores simplemente no tienen confianza porque nada invita a salir a gastar. Además, la guerra en Irak es una realidad que no se ha desvanecido y Afganistán podría ser para este presidente su propio Vietnam. En medio de la incertidumbre y el temor generalizado, ya está en boca de todos lo que se palpa en el desmayado ambiente: el túnel es más largo de lo previsto y de aquí a muchos años nuestros hijos les contarán a sus nietos los avatares de la gran recesión que vivieron cuando eran jóvenes y tenían sueños.</p><p>Después de una bonanza en la que durante años las prohibitivas universidades privadas se daban el lujo de revisar con lupa a los candidatos, ahora no saben cuántas familias estarán dispuestas a endeudarse para que sus chicos reciban un diploma de las prestigiosas escuelas Ivy League, élite de la que salieron muchos de los lobeznos que han perpetrado en Wall Street una verdadera masacre especulativa y piramidal. Una licenciatura de Harvard o Yale ya no es un pasaporte seguro al paraíso de los sueldos astronómicos.</p><p>La generación del milenio, educada con valores de conciencia social y entusiasmada con la biografía ascendente de un presidente que comenzó como “organizador comunitario”, está solicitando a entidades como Peace Corps y Teach For America, sus servicios en el tercer mundo o enseñando en las aulas de los barrios marginales de EU. En una situación incierta, en la que los empleadores tiran a la papelera los resumés, incluso hay un alza de seminaristas y aspirantes a escuelas teológicas y talmúdicas. Para muchos, la fe se convierte en refugio y objeto de reflexión en tiempos de vacas flacas. La gran recesión está aquí y no tiene visos de diluirse en los próximos años. El Gobierno aún emplea términos mullidos con la esperanza de que alguien salga a consumir en los quebrados centros comerciales, pero la gente aguarda agazapada en sus casas. Si es que todavía no han perdido sus propiedades.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La gran recesión</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/gran-recesion_0_2519748279.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/gran-recesion_0_2519748279.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 02:50:37 +0000</pubDate><description>Oficialmente ya entramos en la fase de la gran recesión, no porque lo haya anunciado la administración Obama, sino porque en los medios de comunicación ya se emplea este término para definir la gran debacle financiera que atraviesa Estados Unidos. Al fin y al cabo, lo que se ha demostrado es que el Gobierno es el último en hablar claro a la hora de referirse al estado general de la economía. Antes de que lacónicamente les comunicaran a los americanos que había una recesión, hacía meses que en el seno de los hogares, aquejados por problemas para pagar la hipoteca y las cuentas, ya se sentía en el bolsillo lo que los expertos no se atrevían a nombrar.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Oficialmente ya entramos en la fase de la gran recesión, no porque lo haya anunciado la administración Obama, sino porque en los medios de comunicación ya se emplea este término para definir la gran debacle financiera que atraviesa Estados Unidos. Al fin y al cabo, lo que se ha demostrado es que el Gobierno es el último en hablar claro a la hora de referirse al estado general de la economía. Antes de que lacónicamente les comunicaran a los americanos que había una recesión, hacía meses que en el seno de los hogares, aquejados por problemas para pagar la hipoteca y las cuentas, ya se sentía en el bolsillo lo que los expertos no se atrevían a nombrar.</p><p>Bien, en un artículo publicado en The New York Times dominical se hace un análisis sobre el futuro que le espera a la generación del milenio, compuesta por hombres y mujeres en la veintena, a punto de graduarse de la universidad y con escasas posibilidades de encontrar trabajo. El pasado viernes se dieron a conocer las cifras de desempleo, que ya ha alcanzado el 8%, y comienza a ser frecuente tener noticias de amigos o conocidos que han sido despedidos de sus empresas.</p><p>Obama aún vive el periodo de gracia que dura 100 días, pero cuando concluya el romance con el electorado el sombrío panorama lo golpeará de frente y sin tregua: la Bolsa continúa cayendo en picado, la crisis inmobiliaria parece imparable y los consumidores simplemente no tienen confianza porque nada invita a salir a gastar. Además, la guerra en Irak es una realidad que no se ha desvanecido y Afganistán podría ser para este presidente su propio Vietnam. En medio de la incertidumbre y el temor generalizado, ya está en boca de todos lo que se palpa en el desmayado ambiente: el túnel es más largo de lo previsto y de aquí a muchos años nuestros hijos les contarán a sus nietos los avatares de la gran recesión que vivieron cuando eran jóvenes y tenían sueños.</p><p>Después de una bonanza en la que durante años las prohibitivas universidades privadas se daban el lujo de revisar con lupa a los candidatos, ahora no saben cuántas familias estarán dispuestas a endeudarse para que sus chicos reciban un diploma de las prestigiosas escuelas Ivy League, élite de la que salieron muchos de los lobeznos que han perpetrado en Wall Street una verdadera masacre especulativa y piramidal. Una licenciatura de Harvard o Yale ya no es un pasaporte seguro al paraíso de los sueldos astronómicos.</p><p>La generación del milenio, educada con valores de conciencia social y entusiasmada con la biografía ascendente de un presidente que comenzó como “organizador comunitario”, está solicitando a entidades como Peace Corps y Teach For America, sus servicios en el tercer mundo o enseñando en las aulas de los barrios marginales de EU. En una situación incierta, en la que los empleadores tiran a la papelera los resumés, incluso hay un alza de seminaristas y aspirantes a escuelas teológicas y talmúdicas. Para muchos, la fe se convierte en refugio y objeto de reflexión en tiempos de vacas flacas. La gran recesión está aquí y no tiene visos de diluirse en los próximos años. El Gobierno aún emplea términos mullidos con la esperanza de que alguien salga a consumir en los quebrados centros comerciales, pero la gente aguarda agazapada en sus casas. Si es que todavía no han perdido sus propiedades.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Tiempo pasado</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Tiempo-pasado_0_2525747721.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Tiempo-pasado_0_2525747721.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 02:18:16 +0000</pubDate><description>“Pero es que ya no quieren ni leer libros”, me dijo una buena amiga. Hablábamos de nuestros hijos, de los chicos en general. Ahora son la generación del milenio. Así los han catalogado.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>“Pero es que ya no quieren ni leer libros”, me dijo una buena amiga. Hablábamos de nuestros hijos, de los chicos en general. Ahora son la generación del milenio. Así los han catalogado.</p><p>Mis hijas se llevan seis años, pero la distancia se ha ido acortando con el tiempo y la música que escucha la mayor en la universidad es la misma que disfruta la más pequeña con sus compañeros de secundaria. Ambas viven conectadas a sus iPod y a veces me colocan los auriculares en las orejas para mostrarme nuevos ritmos: las canciones del grupo Kings of Leon, el Techtonic, la banda sonora de “Nick &amp; Nora’s endless playlist”. Compartimos el gusto por las letras melancólicas de Jorge Drexler y la fusión flamenco–pop de Pitingo. Cuando no están enganchadas al prodigioso aparato ideado por Steve Jobs, envían desde sus móviles algún mensaje de texto que escriben a la velocidad de la luz con la ayuda de un dedo gordo que ha ido mutando para adaptarse a la perfección del text messaging. Mis hijas ven películas en la pequeña pantalla de sus ordenadores, que también hace las veces de libro virtual donde aparecen los textos de algunas de mis novelas predilectas cuando era adolescente. Así son estas chicas del milenio.</p><p>Pienso en las palabras de mi amiga y les pregunto a mis hijas si hay algo de verdad en el lamento de esta mujer perpleja por el vértigo de los cambios generacionales. Ambas se defienden como gatos panza arriba ante lo que ellas consideran una falta de visión, una incomprensible desavenencia por parte de la gente de mi edad. Ellas leen a su manera, sienten placer con su música, aman el cine, pero con otras dimensiones, no conversan por teléfono, sino que pertenecen a la aldea global de Facebook y de Twitter. Son móviles, portátiles, fugaces. Hijas del milenio.</p><p>En mi juventud estuve más cerca de mis padres de lo que mis hijas pueden estarlo de mí y hay razones para ello: el mundo no cambió tanto ni tan rápido entonces como ahora. De niña llegué a tener un tocadiscos, compraba libros de Guillermo el Travieso en la librería del barrio, vi la televisión en blanco y negro y me llevé a la universidad una máquina de escribir Remington cuyo gran avance consistía en que era eléctrica. Mis recuerdos de la niñez se revelaron en los mismos tonos sepia que los de mis padres. No hubo abismos entre una generación y otra, sino saltos o montañas escalables. Pero la generación del milenio se desplaza en cohete y su espacio sideral ya no pertenece a la era de acuario sino a la era virtual. Seguirlos es como perseguir en bicicleta una estrella que viaja a años luz. Se alejan de nosotros embarcados en una aventura internáutica. Desde su universo nos contemplan como un astro condenado a la extinción.</p><p>Mi hija pequeña está leyendo Crimen y castigo. Le pregunto qué le parece la novela de Dostoievski y me dice que no le apasiona. Le molestan las morosas descripciones que a ella le parecen innecesarias. Estoy a punto de soltarle un sermón sobre el indiscutible genio del escritor ruso, pero opto por seguir escuchándola: habla con propiedad y ninguno de sus juicios es descabellado. Simplemente no le atrae la historia de Raskalnikov. En un canal especializado en cine clásico ponen una vieja comedia de Barbra Streissand. La invito a verla conmigo. Mi hija duda por un momento. La esperan el chat en el ordenador, el móvil, el iPod. Decide arroparse junto a mí en el sofá y terminan por hacerle gracia los enredos que se suceden en la película. Alguien le envía un mensaje de texto que ella, entretenida con el filme, no contesta. Por unas horas nuestros planetas se alinean. Me pregunto de qué color serán sus recuerdos.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Tiempo pasado</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Tiempo-pasado_0_2525747722.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Tiempo-pasado_0_2525747722.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 02:18:15 +0000</pubDate><description>“Pero es que ya no quieren ni leer libros”, me dijo una buena amiga. Hablábamos de nuestros hijos, de los chicos en general. Ahora son la generación del milenio. Así los han catalogado.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>“Pero es que ya no quieren ni leer libros”, me dijo una buena amiga. Hablábamos de nuestros hijos, de los chicos en general. Ahora son la generación del milenio. Así los han catalogado.</p><p>Mis hijas se llevan seis años, pero la distancia se ha ido acortando con el tiempo y la música que escucha la mayor en la universidad es la misma que disfruta la más pequeña con sus compañeros de secundaria. Ambas viven conectadas a sus iPod y a veces me colocan los auriculares en las orejas para mostrarme nuevos ritmos: las canciones del grupo Kings of Leon, el Techtonic, la banda sonora de “Nick &amp; Nora’s endless playlist”. Compartimos el gusto por las letras melancólicas de Jorge Drexler y la fusión flamenco–pop de Pitingo. Cuando no están enganchadas al prodigioso aparato ideado por Steve Jobs, envían desde sus móviles algún mensaje de texto que escriben a la velocidad de la luz con la ayuda de un dedo gordo que ha ido mutando para adaptarse a la perfección del text messaging. Mis hijas ven películas en la pequeña pantalla de sus ordenadores, que también hace las veces de libro virtual donde aparecen los textos de algunas de mis novelas predilectas cuando era adolescente. Así son estas chicas del milenio.</p><p>Pienso en las palabras de mi amiga y les pregunto a mis hijas si hay algo de verdad en el lamento de esta mujer perpleja por el vértigo de los cambios generacionales. Ambas se defienden como gatos panza arriba ante lo que ellas consideran una falta de visión, una incomprensible desavenencia por parte de la gente de mi edad. Ellas leen a su manera, sienten placer con su música, aman el cine, pero con otras dimensiones, no conversan por teléfono, sino que pertenecen a la aldea global de Facebook y de Twitter. Son móviles, portátiles, fugaces. Hijas del milenio.</p><p>En mi juventud estuve más cerca de mis padres de lo que mis hijas pueden estarlo de mí y hay razones para ello: el mundo no cambió tanto ni tan rápido entonces como ahora. De niña llegué a tener un tocadiscos, compraba libros de Guillermo el Travieso en la librería del barrio, vi la televisión en blanco y negro y me llevé a la universidad una máquina de escribir Remington cuyo gran avance consistía en que era eléctrica. Mis recuerdos de la niñez se revelaron en los mismos tonos sepia que los de mis padres. No hubo abismos entre una generación y otra, sino saltos o montañas escalables. Pero la generación del milenio se desplaza en cohete y su espacio sideral ya no pertenece a la era de acuario sino a la era virtual. Seguirlos es como perseguir en bicicleta una estrella que viaja a años luz. Se alejan de nosotros embarcados en una aventura internáutica. Desde su universo nos contemplan como un astro condenado a la extinción.</p><p>Mi hija pequeña está leyendo Crimen y castigo. Le pregunto qué le parece la novela de Dostoievski y me dice que no le apasiona. Le molestan las morosas descripciones que a ella le parecen innecesarias. Estoy a punto de soltarle un sermón sobre el indiscutible genio del escritor ruso, pero opto por seguir escuchándola: habla con propiedad y ninguno de sus juicios es descabellado. Simplemente no le atrae la historia de Raskalnikov. En un canal especializado en cine clásico ponen una vieja comedia de Barbra Streissand. La invito a verla conmigo. Mi hija duda por un momento. La esperan el chat en el ordenador, el móvil, el iPod. Decide arroparse junto a mí en el sofá y terminan por hacerle gracia los enredos que se suceden en la película. Alguien le envía un mensaje de texto que ella, entretenida con el filme, no contesta. Por unas horas nuestros planetas se alinean. Me pregunto de qué color serán sus recuerdos.</p>]]></content:encoded></item><item><title>‘Ohm’ de orgasmo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Ohm-orgasmo_0_2532496988.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Ohm-orgasmo_0_2532496988.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 01:47:44 +0000</pubDate><description>La mayoría de los mortales estamos tan abrumados por la Gran Recesión que se nos escapa el divertimiento de otros. Resulta ser que mientras vivimos estresados por la precariedad laboral, los pagos de la hipoteca y la esquizofrenia de la Bolsa, en la costa oeste hay quienes comienzan el día con una sonrisa de oreja a oreja. En las páginas dominicales del New York Times descubro la existencia de “One Taste Urban Retreat Center”, un recinto situado en un barrio bohemio de San Francisco donde conviven 38 hombres y mujeres.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La mayoría de los mortales estamos tan abrumados por la Gran Recesión que se nos escapa el divertimiento de otros. Resulta ser que mientras vivimos estresados por la precariedad laboral, los pagos de la hipoteca y la esquizofrenia de la Bolsa, en la costa oeste hay quienes comienzan el día con una sonrisa de oreja a oreja. En las páginas dominicales del New York Times descubro la existencia de “One Taste Urban Retreat Center”, un recinto situado en un barrio bohemio de San Francisco donde conviven 38 hombres y mujeres.</p><p>No debería extrañarme porque esta bella ciudad ha sido, desde la época hippie, centro y origen de experimentos comunales. Pero atrás quedaron los tiempos de una existencia precaria con dieta macrobiótica a ritmo de los Greatful Dead. Los residentes de este novedoso centro se dedican, sobre todo, a la exploración sistemática del orgasmo femenino. Nicole Daedone, la creadora de este invento con aroma entre new age, zen y yoga, enfatiza la importancia de liberar el cuerpo de ataduras culturales que durante siglos han aplastado los sentidos de la mujer. De este modo cada mañana a las 7:00 en punto los varones del loft masajean conveniente y estratégicamente a sus compañeras de dormitorio en una clase que conjura el jadeo del ‘Ohm’ por medio de la meditación orgásmica.</p><p>El artículo de marras no aclara qué hacen estas afortunadas mujeres después de haber alcanzado el éxtasis colectivo. Tal vez se encaminan a sus trabajos con una indescifrable cara de felicidad o permanecen relajadas todo el día en esta comuna que no es tanto del amor libre como del erotismo a sus anchas. Porque la fundadora de este movimiento, que nace de la pelvis, reivindica el placer por el placer sin tener que pasar por el engorro del cortejo, el romance y el bouquet de flores antes de pasar por la cama.</p><p>En este templo del sexo puro y duro también se pueden tomar cursos con contenido más light como las clases de yoga. Al principio los hazanas se practicaban en pelota viva, pero tuvieron que imponer una mínima vestimenta para ahuyentar a los voyeurs y gente aún más peligrosa. Los interesados pueden pagar por lecciones y seminarios sobre el sexo tántrico, el dharma de la sensualidad o la indagación de la intimidad.</p><p>Daedone, una atractiva cuarentona que en otra vida fue una estudiosa de la semántica, ejerce de suma sacerdotisa en compañía de un novio informático que se hizo millonario en Sillicon Valley. Si los curiosos recurren a Google para saber más acerca de este santuario del orgasmo, hallarán comentarios encontrados sobre la polémica fundadora. Para muchos se trata de un ser egocéntrico al frente de una secta. Otros, en cambio, agradecen sus poderes a la hora de encontrar el escurridizo punto G cuando ya lo daban por perdido.</p><p>Tras tener noticias de este jardín de las delicias, puede que más de uno se anime a escapar de la ceniza recesión para refugiarse en el calor de una ciudad con vocación libertina. Pero deben abstenerse los caballeros que sueñan con algo tan prosaico como retozar sobre un catre. El asunto es más etéreo: en las sesiones matutinas las mujeres nunca tocan a los varones y estos no alcanzan el clímax, ya que todo su esfuerzo se concentra en el masaje rítmico de las zonas erógenas femeninas.</p><p>O sea, eso ya da una medida del estado en el que estos hombres llegan a la oficina, si es que aún tienen fuerzas para trabajar después de estas arduas sesiones de “hedonismo responsable”. Recuerden que el motto de la comuna es que todo gira en torno a la espiritualidad y sexualidad femenina. Por un momento pensé que lo mejor sería escapar a esta idílica comuna de San Francisco. Luego recordé que la meditación orgásmica comienza a las 7:00 a.m. Qué pereza. Y seguí durmiendo antes de que fuese otro día y sonara la alarma del despertador.</p>]]></content:encoded></item><item><title>‘Ohm’ de orgasmo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Ohm-orgasmo_0_2532496989.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Ohm-orgasmo_0_2532496989.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 01:47:43 +0000</pubDate><description>La mayoría de los mortales estamos tan abrumados por la Gran Recesión que se nos escapa el divertimiento de otros. Resulta ser que mientras vivimos estresados por la precariedad laboral, los pagos de la hipoteca y la esquizofrenia de la Bolsa, en la costa oeste hay quienes comienzan el día con una sonrisa de oreja a oreja. En las páginas dominicales del New York Times descubro la existencia de “One Taste Urban Retreat Center”, un recinto situado en un barrio bohemio de San Francisco donde conviven 38 hombres y mujeres.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La mayoría de los mortales estamos tan abrumados por la Gran Recesión que se nos escapa el divertimiento de otros. Resulta ser que mientras vivimos estresados por la precariedad laboral, los pagos de la hipoteca y la esquizofrenia de la Bolsa, en la costa oeste hay quienes comienzan el día con una sonrisa de oreja a oreja. En las páginas dominicales del New York Times descubro la existencia de “One Taste Urban Retreat Center”, un recinto situado en un barrio bohemio de San Francisco donde conviven 38 hombres y mujeres.</p><p>No debería extrañarme porque esta bella ciudad ha sido, desde la época hippie, centro y origen de experimentos comunales. Pero atrás quedaron los tiempos de una existencia precaria con dieta macrobiótica a ritmo de los Greatful Dead. Los residentes de este novedoso centro se dedican, sobre todo, a la exploración sistemática del orgasmo femenino. Nicole Daedone, la creadora de este invento con aroma entre new age, zen y yoga, enfatiza la importancia de liberar el cuerpo de ataduras culturales que durante siglos han aplastado los sentidos de la mujer. De este modo cada mañana a las 7:00 en punto los varones del loft masajean conveniente y estratégicamente a sus compañeras de dormitorio en una clase que conjura el jadeo del ‘Ohm’ por medio de la meditación orgásmica.</p><p>El artículo de marras no aclara qué hacen estas afortunadas mujeres después de haber alcanzado el éxtasis colectivo. Tal vez se encaminan a sus trabajos con una indescifrable cara de felicidad o permanecen relajadas todo el día en esta comuna que no es tanto del amor libre como del erotismo a sus anchas. Porque la fundadora de este movimiento, que nace de la pelvis, reivindica el placer por el placer sin tener que pasar por el engorro del cortejo, el romance y el bouquet de flores antes de pasar por la cama.</p><p>En este templo del sexo puro y duro también se pueden tomar cursos con contenido más light como las clases de yoga. Al principio los hazanas se practicaban en pelota viva, pero tuvieron que imponer una mínima vestimenta para ahuyentar a los voyeurs y gente aún más peligrosa. Los interesados pueden pagar por lecciones y seminarios sobre el sexo tántrico, el dharma de la sensualidad o la indagación de la intimidad.</p><p>Daedone, una atractiva cuarentona que en otra vida fue una estudiosa de la semántica, ejerce de suma sacerdotisa en compañía de un novio informático que se hizo millonario en Sillicon Valley. Si los curiosos recurren a Google para saber más acerca de este santuario del orgasmo, hallarán comentarios encontrados sobre la polémica fundadora. Para muchos se trata de un ser egocéntrico al frente de una secta. Otros, en cambio, agradecen sus poderes a la hora de encontrar el escurridizo punto G cuando ya lo daban por perdido.</p><p>Tras tener noticias de este jardín de las delicias, puede que más de uno se anime a escapar de la ceniza recesión para refugiarse en el calor de una ciudad con vocación libertina. Pero deben abstenerse los caballeros que sueñan con algo tan prosaico como retozar sobre un catre. El asunto es más etéreo: en las sesiones matutinas las mujeres nunca tocan a los varones y estos no alcanzan el clímax, ya que todo su esfuerzo se concentra en el masaje rítmico de las zonas erógenas femeninas.</p><p>O sea, eso ya da una medida del estado en el que estos hombres llegan a la oficina, si es que aún tienen fuerzas para trabajar después de estas arduas sesiones de “hedonismo responsable”. Recuerden que el motto de la comuna es que todo gira en torno a la espiritualidad y sexualidad femenina. Por un momento pensé que lo mejor sería escapar a esta idílica comuna de San Francisco. Luego recordé que la meditación orgásmica comienza a las 7:00 a.m. Qué pereza. Y seguí durmiendo antes de que fuese otro día y sonara la alarma del despertador.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El espíritu de Jackie O.</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/espiritu-Jackie_0_2542995962.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/espiritu-Jackie_0_2542995962.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 01:11:13 +0000</pubDate><description>Michelle Obama le ha robado protagonismo a su esposo. Así lo perciben los medios de comunicación a la hora de informar sobre la gira presidencial a Europa. Después del repudio general que George W. Bush provocaba en el Viejo Mundo, para muchos Barack Obama encarna la resurrección de John F. Kennedy, una época mítica en la que el glamour y el charme reinaban en la Casa Blanca, tal vez porque en aquel entonces la prensa se cuidaba mucho de no destapar los trapos sucios de un presidente que compartía a Marilyn Monroe con su hermano Robert.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Michelle Obama le ha robado protagonismo a su esposo. Así lo perciben los medios de comunicación a la hora de informar sobre la gira presidencial a Europa. Después del repudio general que George W. Bush provocaba en el Viejo Mundo, para muchos Barack Obama encarna la resurrección de John F. Kennedy, una época mítica en la que el glamour y el charme reinaban en la Casa Blanca, tal vez porque en aquel entonces la prensa se cuidaba mucho de no destapar los trapos sucios de un presidente que compartía a Marilyn Monroe con su hermano Robert.</p><p>Pero durante este viaje quien realmente ha seducido la imaginación colectiva, siempre en busca de ídolos populares a lo princesa Diana, ha sido la primera dama de Estados Unidos. A pesar de sus andares algo patosos de jugadora de baloncesto, Michelle Obama se ha presentado ante los europeos con un estudiado look y un nuevo peinado que suaviza sus facciones. Se trataba de una dura prueba porque no es fácil medirse frente a la irresistible Carla Bruni, hoy madame Sarkozy, siempre divina y por encima del bien y del mal. La mujer de Obama ha vuelto a apostar por diseñadores relativamente desconocidos hasta hace poco: Isabel Toledo, Thakon Panichgul, Jason Wu y la cadena de ropa informal J. Crew. La Bruni apareció con un discreto modelo de Dior y el guardapolvo floreado de Michelle no tuvo nada que envidiarle al sobretodo de la primera dama francesa, condenada a lucir zapato plano para disimular la baja estatura de su marido.</p><p>En realidad, tanto Carla Bruni como Michelle Obama compitieron con el espíritu de Jacqueline Kennedy, quien en 1961 cautivó el corazón de los europeos durante la tournée presidencial de su esposo. Era la Jackie O. del sombrero pillbox, los guantes cortos, los entallados trajes de chaqueta y una sonrisa con un toque de Mona Lisa: o sea, nadie podía imaginar que su matrimonio era una pantomima abocada a la tragedia y el final de Camelot. A los estadounidenses les gusta presumir de ser una república que logró zafarse del yugo de la monarquía británica. Sin embargo, viven fascinados por los reyes y reinas y se han convencido de que la dinastía Kennedy es lo más próximo que tienen a un clan con sangre azul. Ahora, en su afán infantil por reproducir el reino de cartón piedra de Disneylandia, le confieren al matrimonio Obama los poderes legendarios que en su día tuvo la pareja Kennedy.</p><p>Mientras Barack Obama se desgasta aceleradamente en los menesteres políticos y en EU critican los resultados de la reunión del G–20, Michelle se ampara en un papel mucho más agradecido que conecta con el populismo. La influyente Tina Brown, antigua editora de Vanity Fair y hoy a cargo del popular blog Daily Beast, ha anunciado que Michelle es la nueva Oprah Winfrey, cuya misión es la de inspirar y conmover a las masas. Otra versión de Jackie O., pero “motivacional” y con sustancia.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El espíritu de Jackie O.</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/espiritu-Jackie_0_2542995963.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/espiritu-Jackie_0_2542995963.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 01:11:12 +0000</pubDate><description>Michelle Obama le ha robado protagonismo a su esposo. Así lo perciben los medios de comunicación a la hora de informar sobre la gira presidencial a Europa. Después del repudio general que George W. Bush provocaba en el Viejo Mundo, para muchos Barack Obama encarna la resurrección de John F. Kennedy, una época mítica en la que el glamour y el charme reinaban en la Casa Blanca, tal vez porque en aquel entonces la prensa se cuidaba mucho de no destapar los trapos sucios de un presidente que compartía a Marilyn Monroe con su hermano Robert.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Michelle Obama le ha robado protagonismo a su esposo. Así lo perciben los medios de comunicación a la hora de informar sobre la gira presidencial a Europa. Después del repudio general que George W. Bush provocaba en el Viejo Mundo, para muchos Barack Obama encarna la resurrección de John F. Kennedy, una época mítica en la que el glamour y el charme reinaban en la Casa Blanca, tal vez porque en aquel entonces la prensa se cuidaba mucho de no destapar los trapos sucios de un presidente que compartía a Marilyn Monroe con su hermano Robert.</p><p>Pero durante este viaje quien realmente ha seducido la imaginación colectiva, siempre en busca de ídolos populares a lo princesa Diana, ha sido la primera dama de Estados Unidos. A pesar de sus andares algo patosos de jugadora de baloncesto, Michelle Obama se ha presentado ante los europeos con un estudiado look y un nuevo peinado que suaviza sus facciones. Se trataba de una dura prueba porque no es fácil medirse frente a la irresistible Carla Bruni, hoy madame Sarkozy, siempre divina y por encima del bien y del mal. La mujer de Obama ha vuelto a apostar por diseñadores relativamente desconocidos hasta hace poco: Isabel Toledo, Thakon Panichgul, Jason Wu y la cadena de ropa informal J. Crew. La Bruni apareció con un discreto modelo de Dior y el guardapolvo floreado de Michelle no tuvo nada que envidiarle al sobretodo de la primera dama francesa, condenada a lucir zapato plano para disimular la baja estatura de su marido.</p><p>En realidad, tanto Carla Bruni como Michelle Obama compitieron con el espíritu de Jacqueline Kennedy, quien en 1961 cautivó el corazón de los europeos durante la tournée presidencial de su esposo. Era la Jackie O. del sombrero pillbox, los guantes cortos, los entallados trajes de chaqueta y una sonrisa con un toque de Mona Lisa: o sea, nadie podía imaginar que su matrimonio era una pantomima abocada a la tragedia y el final de Camelot. A los estadounidenses les gusta presumir de ser una república que logró zafarse del yugo de la monarquía británica. Sin embargo, viven fascinados por los reyes y reinas y se han convencido de que la dinastía Kennedy es lo más próximo que tienen a un clan con sangre azul. Ahora, en su afán infantil por reproducir el reino de cartón piedra de Disneylandia, le confieren al matrimonio Obama los poderes legendarios que en su día tuvo la pareja Kennedy.</p><p>Mientras Barack Obama se desgasta aceleradamente en los menesteres políticos y en EU critican los resultados de la reunión del G–20, Michelle se ampara en un papel mucho más agradecido que conecta con el populismo. La influyente Tina Brown, antigua editora de Vanity Fair y hoy a cargo del popular blog Daily Beast, ha anunciado que Michelle es la nueva Oprah Winfrey, cuya misión es la de inspirar y conmover a las masas. Otra versión de Jackie O., pero “motivacional” y con sustancia.</p>]]></content:encoded></item><item><title>¿Somos todos humanos?</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/humanos_0_2567743549.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/humanos_0_2567743549.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 22:58:45 +0000</pubDate><description>Vale. El padre Alberto Cutié ha hablado hasta por los codos en todos los medios posibles. Posiblemente incluso se le podía seguir en Twitter, que es el último grito entre los groupies que persiguen día y noche a los celebrities bajo el lema que sintetiza esta era de narcisistas consumados: what am I doing? Bien, el morbo colectivo ha saciado su sed de chismes e intimidades cual vampiro frente a una apetitosa yugular. En realidad ya solo nos falta por ver la entrevista exclusiva de la pareja del año proclamando su amor y su derecho a compartir lecho. Serán felices, comerán perdices y a otra cosa, mariposa. Digamos que a este entretenido culebrón le queda un par de capítulos y un bestseller en las librerías. Poco más antes de archivarlo en el baúl de los recuerdos de You Tube. De todos modos las grandes ausentes en este vodevil han sido las monjas, de las que nadie se ha preocupado por invitarlas a los debates que estos días han ocupado el prime time. ¿Habría despertado igual simpatía y solidaridad una versión femenina del padre Alberto? Me temo que no. Pero no quisiera despedirme de este Pájaro Espino versión tropical sin hacer mención a un tema muy serio que en ha abordado Daniel Shöer Roth en una magnífica columna titulada “Con la vara que mides...”.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Vale. El padre Alberto Cutié ha hablado hasta por los codos en todos los medios posibles. Posiblemente incluso se le podía seguir en Twitter, que es el último grito entre los groupies que persiguen día y noche a los celebrities bajo el lema que sintetiza esta era de narcisistas consumados: what am I doing? Bien, el morbo colectivo ha saciado su sed de chismes e intimidades cual vampiro frente a una apetitosa yugular. En realidad ya solo nos falta por ver la entrevista exclusiva de la pareja del año proclamando su amor y su derecho a compartir lecho. Serán felices, comerán perdices y a otra cosa, mariposa. Digamos que a este entretenido culebrón le queda un par de capítulos y un bestseller en las librerías. Poco más antes de archivarlo en el baúl de los recuerdos de You Tube. De todos modos las grandes ausentes en este vodevil han sido las monjas, de las que nadie se ha preocupado por invitarlas a los debates que estos días han ocupado el prime time. ¿Habría despertado igual simpatía y solidaridad una versión femenina del padre Alberto? Me temo que no. Pero no quisiera despedirme de este Pájaro Espino versión tropical sin hacer mención a un tema muy serio que en ha abordado Daniel Shöer Roth en una magnífica columna titulada “Con la vara que mides...”.</p><p>Desde la militancia gay, el columnista no oculta su desagrado por la insensibilidad del padre Alberto cuando en el pasado ha dado consejos a padres preocupados por la homosexualidad de sus retoños. Para estos muchachos, presuntamente tan hijos de Dios como el resto de los mortales, pedía que enmendasen su torcido camino. En una entrevista televisada que la semana pasada Cutié concedió a la periodista Teresa Rodríguez, éste dijo que una cosa es su desliz por el amor de una mujer, y otra bien distinta los casos de pederastia y homosexualidad que plagan el seno de la Iglesia católica. Es preciso aclarar que en las sociedades más avanzadas la relación entre dos hombres o dos mujeres adultas no es un delito y nada tiene que ver con el abuso a menores. O sea, a los ojos del Todopoderoso ese amor debería ser tan válido como el que el padre Alberto dice profesarle a una joven cuyo nombre no pronuncia pero está en boca de todos. Al referirse a la Iglesia a la que hasta ahora ha servido, el ex párroco ha dicho que se sentía como un hombre del siglo XXI atrapado en un mundo anclado en el siglo XVIII. Pues bien, a muchos su visión de los gays se nos antoja del medioevo y en contra del principio fundamental de que todos tenemos los mismos derechos, independientemente de nuestra raza o preferencia sexual.</p><p>Lo del celibato es pecata minuta comparado a la discriminación y el desprecio que el prelado manifiesta contra los homosexuales y lesbianas, como si fuesen criaturas de un dios menor. El padre Alberto quiere que lo veamos como el hombre que es, con una orientación sexual –la que le dio el creador al nacer– que lo ha llevado a cumplir el destino de sus hormonas, diseñadas para desear al sexo opuesto. Con la facilidad de palabra y el charme que lo caracterizan, ha afirmado que no vino de otro planeta para presentarse en la tierra con sotana, sino que es un ser de carne y hueso que ha cedido a la tentación. Pero este apreciado sacerdote, como los valores de la iglesia que hasta el otro día defendió desde el púlpito, parece no haberse planteado que hay individuos que nacieron con otra sexualidad –la que la providencia les designó– y que, como él, reclaman su legítimo derecho a amar libremente a las personas de su mismo sexo. Cuando estalló el affair del padre Alberto una portavoz de Radio Paz pidió que fuésemos magnánimos con él porque, apuntó la señora, ¿acaso no somos todos humanos? Yo le respondo con otra interrogación: ¿Acaso hay clases subhumanas para quienes no hay aceptación ni misericordia? Si fuese gay y creyente, no habría cabida en mi corazón para una iglesia incapaz de ofrecer cobijo a todos los hijos de Dios sin hacer excepciones. Yo no esperaría demasiado de una institución liderada por varones que alguna vez se preguntaron si la mujer tenía alma.</p>]]></content:encoded></item><item><title>¿Somos todos humanos?</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/humanos_0_2567743550.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/humanos_0_2567743550.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 22:58:44 +0000</pubDate><description>Vale. El padre Alberto Cutié ha hablado hasta por los codos en todos los medios posibles. Posiblemente incluso se le podía seguir en Twitter, que es el último grito entre los groupies que persiguen día y noche a los celebrities bajo el lema que sintetiza esta era de narcisistas consumados: what am I doing? Bien, el morbo colectivo ha saciado su sed de chismes e intimidades cual vampiro frente a una apetitosa yugular. En realidad ya solo nos falta por ver la entrevista exclusiva de la pareja del año proclamando su amor y su derecho a compartir lecho. Serán felices, comerán perdices y a otra cosa, mariposa. Digamos que a este entretenido culebrón le queda un par de capítulos y un bestseller en las librerías. Poco más antes de archivarlo en el baúl de los recuerdos de You Tube. De todos modos las grandes ausentes en este vodevil han sido las monjas, de las que nadie se ha preocupado por invitarlas a los debates que estos días han ocupado el prime time. ¿Habría despertado igual simpatía y solidaridad una versión femenina del padre Alberto? Me temo que no. Pero no quisiera despedirme de este Pájaro Espino versión tropical sin hacer mención a un tema muy serio que en ha abordado Daniel Shöer Roth en una magnífica columna titulada “Con la vara que mides...”.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Vale. El padre Alberto Cutié ha hablado hasta por los codos en todos los medios posibles. Posiblemente incluso se le podía seguir en Twitter, que es el último grito entre los groupies que persiguen día y noche a los celebrities bajo el lema que sintetiza esta era de narcisistas consumados: what am I doing? Bien, el morbo colectivo ha saciado su sed de chismes e intimidades cual vampiro frente a una apetitosa yugular. En realidad ya solo nos falta por ver la entrevista exclusiva de la pareja del año proclamando su amor y su derecho a compartir lecho. Serán felices, comerán perdices y a otra cosa, mariposa. Digamos que a este entretenido culebrón le queda un par de capítulos y un bestseller en las librerías. Poco más antes de archivarlo en el baúl de los recuerdos de You Tube. De todos modos las grandes ausentes en este vodevil han sido las monjas, de las que nadie se ha preocupado por invitarlas a los debates que estos días han ocupado el prime time. ¿Habría despertado igual simpatía y solidaridad una versión femenina del padre Alberto? Me temo que no. Pero no quisiera despedirme de este Pájaro Espino versión tropical sin hacer mención a un tema muy serio que en ha abordado Daniel Shöer Roth en una magnífica columna titulada “Con la vara que mides...”.</p><p>Desde la militancia gay, el columnista no oculta su desagrado por la insensibilidad del padre Alberto cuando en el pasado ha dado consejos a padres preocupados por la homosexualidad de sus retoños. Para estos muchachos, presuntamente tan hijos de Dios como el resto de los mortales, pedía que enmendasen su torcido camino. En una entrevista televisada que la semana pasada Cutié concedió a la periodista Teresa Rodríguez, éste dijo que una cosa es su desliz por el amor de una mujer, y otra bien distinta los casos de pederastia y homosexualidad que plagan el seno de la Iglesia católica. Es preciso aclarar que en las sociedades más avanzadas la relación entre dos hombres o dos mujeres adultas no es un delito y nada tiene que ver con el abuso a menores. O sea, a los ojos del Todopoderoso ese amor debería ser tan válido como el que el padre Alberto dice profesarle a una joven cuyo nombre no pronuncia pero está en boca de todos. Al referirse a la Iglesia a la que hasta ahora ha servido, el ex párroco ha dicho que se sentía como un hombre del siglo XXI atrapado en un mundo anclado en el siglo XVIII. Pues bien, a muchos su visión de los gays se nos antoja del medioevo y en contra del principio fundamental de que todos tenemos los mismos derechos, independientemente de nuestra raza o preferencia sexual.</p><p>Lo del celibato es pecata minuta comparado a la discriminación y el desprecio que el prelado manifiesta contra los homosexuales y lesbianas, como si fuesen criaturas de un dios menor. El padre Alberto quiere que lo veamos como el hombre que es, con una orientación sexual –la que le dio el creador al nacer– que lo ha llevado a cumplir el destino de sus hormonas, diseñadas para desear al sexo opuesto. Con la facilidad de palabra y el charme que lo caracterizan, ha afirmado que no vino de otro planeta para presentarse en la tierra con sotana, sino que es un ser de carne y hueso que ha cedido a la tentación. Pero este apreciado sacerdote, como los valores de la iglesia que hasta el otro día defendió desde el púlpito, parece no haberse planteado que hay individuos que nacieron con otra sexualidad –la que la providencia les designó– y que, como él, reclaman su legítimo derecho a amar libremente a las personas de su mismo sexo. Cuando estalló el affair del padre Alberto una portavoz de Radio Paz pidió que fuésemos magnánimos con él porque, apuntó la señora, ¿acaso no somos todos humanos? Yo le respondo con otra interrogación: ¿Acaso hay clases subhumanas para quienes no hay aceptación ni misericordia? Si fuese gay y creyente, no habría cabida en mi corazón para una iglesia incapaz de ofrecer cobijo a todos los hijos de Dios sin hacer excepciones. Yo no esperaría demasiado de una institución liderada por varones que alguna vez se preguntaron si la mujer tenía alma.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Vitaminas contra la recesión</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Vitaminas-recesion_0_2573742951.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Vitaminas-recesion_0_2573742951.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 22:24:16 +0000</pubDate><description>Por el momento Estados Unidos vive la crisis económica como un enfermo crónico.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Por el momento Estados Unidos vive la crisis económica como un enfermo crónico.</p><p>Hay días mejores en los que los indicadores de la bolsa suben y los malos augurios de una deflación no se cumplen. Pero los achaques y el estado de precariedad forman parte de una situación en la que amigos y conocidos están perdiendo sus empleos y la gente apenas puede pagar unas viviendas de las que tampoco puede deshacerse.</p><p>Como los drogadictos o los alcohólicos, cuya salud finalmente se ve minada por los años de excesos, la sociedad estadounidense está sumida en una postración que va para largo.</p><p>Cuando la medicina tradicional no es capaz de curar los males, los convalecientes recurren a medicamentos alternativos. En este caso son muchos los que, en un intento por guarecerse del chaparrón financiero, están acudiendo a las farmacias y herbolarios en busca de productos naturales que protejan el sistema inmunológico en épocas de vacas flacas.</p><p>El considerable aumento de las ventas de complejos vitamínicos como las cápsulas de ajo o de aceite de bacalao, no se debe tanto a la fe en remedios caseros como a la imposibilidad de cientos de desempleados sin seguro médico de pagar la incosteable medicina privada.</p><p>En un artículo publicado en el New York Times se citan datos de la empresa de marketing Information Resorces Inc., según los cuales en los últimos tres meses del pasado año las ventas de vitaminas aumentaron un 8% comparado al mismo periodo en 2007.</p><p>Antes de pedir cita con un doctor o especialista que podría cobrar una media de 200 a 300 dólares por una consulta sin incluir analíticas, los más necesitados se están atiborrando de hierbas y brebajes para prevenir dolencias cuyo diagnóstico podría terminar por arruinarlos del todo. Aquejados de la gripe o un catarro, lo único que está a su alcance son jarabes y pastillas sin recetas, porque sin seguro médico una caja de antibióticos podría ascender a cien dólares. O sea, el repentino entusiasmo por las infusiones con miel no se debe a una militancia New Age, sino a la falta de recursos de quienes de un día para otro se encuentran en la calle.</p><p>Las más recientes cifras del censo indican un considerable descenso del número de mexicanos que cruza la frontera ilegalmente, y por primera vez hay literas desocupadas en los albergues donde pernoctan antes de escabullirse en la noche.</p><p>Este fenómeno no se debe ni al brote de fiebre porcina en el país vecino ni al incremento de la vigilancia por parte de las autoridades americanas. Simplemente hay menos inmigrantes dispuestos a arriesgarse a cruzar el Río Grande porque las escasas expectativas laborales han interrumpido temporalmente el sueño americano.</p><p>El gobierno de Obama sigue una política de error y tanteo en busca de una fórmula que solucione los agujeros financieros que cavaron en Wall Street, la proverbial ineficacia de la industria automotriz o la irresponsabilidad de unos bancos que contaron con la complicidad de millones de clientes dispuestos a adquirir propiedades que no podían permitirse.</p><p>La actual administración sigue en la línea de los bailouts y el gasto millonario por parte del Estado, bajo la creencia de que es la única medicina que acabará por sanarnos.</p><p>Entretanto, como sus predecesores, continúan enmarañados en el laberinto de un sistema universal de salud pública que hasta ahora nadie ha sabido cómo poner en práctica.</p><p>El antídoto contra tanta incompetencia está por descubrirse.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Vitaminas contra la recesión</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Vitaminas-recesion_0_2573742952.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Vitaminas-recesion_0_2573742952.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 22:24:16 +0000</pubDate><description>Por el momento Estados Unidos vive la crisis económica como un enfermo crónico.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Por el momento Estados Unidos vive la crisis económica como un enfermo crónico.</p><p>Hay días mejores en los que los indicadores de la bolsa suben y los malos augurios de una deflación no se cumplen. Pero los achaques y el estado de precariedad forman parte de una situación en la que amigos y conocidos están perdiendo sus empleos y la gente apenas puede pagar unas viviendas de las que tampoco puede deshacerse.</p><p>Como los drogadictos o los alcohólicos, cuya salud finalmente se ve minada por los años de excesos, la sociedad estadounidense está sumida en una postración que va para largo.</p><p>Cuando la medicina tradicional no es capaz de curar los males, los convalecientes recurren a medicamentos alternativos. En este caso son muchos los que, en un intento por guarecerse del chaparrón financiero, están acudiendo a las farmacias y herbolarios en busca de productos naturales que protejan el sistema inmunológico en épocas de vacas flacas.</p><p>El considerable aumento de las ventas de complejos vitamínicos como las cápsulas de ajo o de aceite de bacalao, no se debe tanto a la fe en remedios caseros como a la imposibilidad de cientos de desempleados sin seguro médico de pagar la incosteable medicina privada.</p><p>En un artículo publicado en el New York Times se citan datos de la empresa de marketing Information Resorces Inc., según los cuales en los últimos tres meses del pasado año las ventas de vitaminas aumentaron un 8% comparado al mismo periodo en 2007.</p><p>Antes de pedir cita con un doctor o especialista que podría cobrar una media de 200 a 300 dólares por una consulta sin incluir analíticas, los más necesitados se están atiborrando de hierbas y brebajes para prevenir dolencias cuyo diagnóstico podría terminar por arruinarlos del todo. Aquejados de la gripe o un catarro, lo único que está a su alcance son jarabes y pastillas sin recetas, porque sin seguro médico una caja de antibióticos podría ascender a cien dólares. O sea, el repentino entusiasmo por las infusiones con miel no se debe a una militancia New Age, sino a la falta de recursos de quienes de un día para otro se encuentran en la calle.</p><p>Las más recientes cifras del censo indican un considerable descenso del número de mexicanos que cruza la frontera ilegalmente, y por primera vez hay literas desocupadas en los albergues donde pernoctan antes de escabullirse en la noche.</p><p>Este fenómeno no se debe ni al brote de fiebre porcina en el país vecino ni al incremento de la vigilancia por parte de las autoridades americanas. Simplemente hay menos inmigrantes dispuestos a arriesgarse a cruzar el Río Grande porque las escasas expectativas laborales han interrumpido temporalmente el sueño americano.</p><p>El gobierno de Obama sigue una política de error y tanteo en busca de una fórmula que solucione los agujeros financieros que cavaron en Wall Street, la proverbial ineficacia de la industria automotriz o la irresponsabilidad de unos bancos que contaron con la complicidad de millones de clientes dispuestos a adquirir propiedades que no podían permitirse.</p><p>La actual administración sigue en la línea de los bailouts y el gasto millonario por parte del Estado, bajo la creencia de que es la única medicina que acabará por sanarnos.</p><p>Entretanto, como sus predecesores, continúan enmarañados en el laberinto de un sistema universal de salud pública que hasta ahora nadie ha sabido cómo poner en práctica.</p><p>El antídoto contra tanta incompetencia está por descubrirse.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La imperfección del corsé</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/imperfeccion-corse_0_2577492508.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/imperfeccion-corse_0_2577492508.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 22:03:46 +0000</pubDate><description>Cuando nació en Turín hace cien años, Rita Levi-Montalcini no habría podido sospechar que un día ella también aparecería en el mar de videos de You Tube. El pasado mes de abril la célebre Premio Nobel de Medicina y senadora vitalicia fue homenajeada en su país con motivo de su centenario y una vida entregada a la investigación y el conocimiento.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando nació en Turín hace cien años, Rita Levi-Montalcini no habría podido sospechar que un día ella también aparecería en el mar de videos de You Tube. El pasado mes de abril la célebre Premio Nobel de Medicina y senadora vitalicia fue homenajeada en su país con motivo de su centenario y una vida entregada a la investigación y el conocimiento.</p><p>En 1999 supe de su existencia tras la publicación de sus memorias, Elogio de la imperfección (Ediciones B). En aquel entonces Levi-Montalcini ya tenía 86 años, a punto de cruzar el umbral entre un siglo y otro. Leí con gran interés su libro, precisamente porque la prosa sin adornos y digresiones era el espejo de una mente puramente racional, como si en el vientre materno hubiese sido exclusivamente diseñada para el estudio y la ciencia, ajena a lo mundano.</p><p>Rita Levi-Montalcini nació en el seno de una familiaacomodada cuyo patriarca, Adamo Levi, era un judío secular que vivía al margen de los preceptos religiosos y se consideraba un hombre progresista y librepensador. Sin embargo, mientras deseaba para su hijo varón una prominente carrera, de sus tres hijas sólo esperaba que formasen un hogar. Pero muy pronto el señor Levi se tropezó con la inquisitiva Rita, quien desde pequeña se resistió a ser encorsetada en los rígidos valores victorianos de una ciudad de provincias. La muchacha aspiraba a una profesión que en aquella época le estaba vetada a la mujer: la especialización en biología y neurología.</p><p>Rita ya tenía 20 años cuando sintió que su horizonte se estrechaba si aceptaba los planes que su padre había previsto para ella. Sin vacilar, un día anunció que no tenía la menor intención de casarse porque, además, carecía del más mínimo instinto maternal. La única salida posible para una joven como ella, le dijo con astucia al señor Levi, eran los estudios. Poco después se matriculó en la facultad de medicina de Turín, donde de inmediato se fijó en ella su mentor y maestro, Giuseppe Levi.</p><p>Rita Levi-Montalcini ha sido una veterana en librar y vencer batallas: la del sexo y, también, la de la persecución religiosa. En la Italia de 1936 Mussolini publica el Manifesto per la Difusa della Razza y entran en vigor leyes que discriminan a la comunidad judía. El polvorín del antisemitismo se diseminó desde Alemania y la familia Levi se vio obligada a vivir en la semi-clandestinidad. Pero es en la adversidad, según relata Levi-Montalcini, donde puso a prueba su inventiva para sacar adelante sus investigaciones. Con la ayuda de su profesor, también en desgracia, montó un laboratorio en su dormitorio con instrumentos rudimentarios, y Rita comenzó a experimentar con embriones de pollos, en busca de respuestas que explicaran cómo crecen las células y los órganos.</p><p>En mayo de 1945 acabó la guerra, pero ya nada sería lo mismo. Rita recibió una invitación de la Universidad Washington, en San Luis, y se instaló en EU, donde viviría la mayor parte del tiempo hasta su retiro en 1977. Fue en el estimulante ámbito académico de un campus americano donde pudo hacer sus más importantes avances en compañía de hombres y mujeres para quienes, como ella, la investigación es un sacerdocio que exige una entrega absoluta.</p><p>Ya instalada en Italia como una célebre neurobióloga, en 1986 Levi- Montalcini recibió el Premio Nobel de Medicina por una labor de años que la llevó a descubrir los mecanismos que regulan el crecimiento de las células y los órganos. Un experimento cuyos orígenes se remontaban a la búsqueda de huevos en las granjas mientras sorteaba la vigilancia de los fascistas a la caza de judíos.</p><p>Esta primavera Rita Levi-Montalcini cumplió cien años y cuando leí la noticia recordé las memorias de esta irrepetible y singular mujer. Sólo la conocía por la foto de la portada: un bello rostro con rasgos elegantes y finos. Hermosa en la vejez. La busqué en Google y, cómo no, la hallé en la inmediatez de los videos colgados en la red. Era ella en una entrevista televisada comentando sobre la controversia en torno a reciente eutanasia de Eluana Englaro. La laureada doctora defendía el derecho a interrumpir la vida cuando ésta ya está vacía de contenido. Poco después le dijo a su entrevistador que no le teme ni le preocupa la muerte, tal vez porque está demasiado ocupada en asistir cada mañana al centro de investigación que dirige. Tanta perfección se habría ahogado en las apretaduras del corsé.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La imperfección del corsé</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/imperfeccion-corse_0_2577492509.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/imperfeccion-corse_0_2577492509.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 22:03:45 +0000</pubDate><description>Cuando nació en Turín hace cien años, Rita Levi-Montalcini no habría podido sospechar que un día ella también aparecería en el mar de videos de You Tube. El pasado mes de abril la célebre Premio Nobel de Medicina y senadora vitalicia fue homenajeada en su país con motivo de su centenario y una vida entregada a la investigación y el conocimiento.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando nació en Turín hace cien años, Rita Levi-Montalcini no habría podido sospechar que un día ella también aparecería en el mar de videos de You Tube. El pasado mes de abril la célebre Premio Nobel de Medicina y senadora vitalicia fue homenajeada en su país con motivo de su centenario y una vida entregada a la investigación y el conocimiento.</p><p>En 1999 supe de su existencia tras la publicación de sus memorias, Elogio de la imperfección (Ediciones B). En aquel entonces Levi-Montalcini ya tenía 86 años, a punto de cruzar el umbral entre un siglo y otro. Leí con gran interés su libro, precisamente porque la prosa sin adornos y digresiones era el espejo de una mente puramente racional, como si en el vientre materno hubiese sido exclusivamente diseñada para el estudio y la ciencia, ajena a lo mundano.</p><p>Rita Levi-Montalcini nació en el seno de una familiaacomodada cuyo patriarca, Adamo Levi, era un judío secular que vivía al margen de los preceptos religiosos y se consideraba un hombre progresista y librepensador. Sin embargo, mientras deseaba para su hijo varón una prominente carrera, de sus tres hijas sólo esperaba que formasen un hogar. Pero muy pronto el señor Levi se tropezó con la inquisitiva Rita, quien desde pequeña se resistió a ser encorsetada en los rígidos valores victorianos de una ciudad de provincias. La muchacha aspiraba a una profesión que en aquella época le estaba vetada a la mujer: la especialización en biología y neurología.</p><p>Rita ya tenía 20 años cuando sintió que su horizonte se estrechaba si aceptaba los planes que su padre había previsto para ella. Sin vacilar, un día anunció que no tenía la menor intención de casarse porque, además, carecía del más mínimo instinto maternal. La única salida posible para una joven como ella, le dijo con astucia al señor Levi, eran los estudios. Poco después se matriculó en la facultad de medicina de Turín, donde de inmediato se fijó en ella su mentor y maestro, Giuseppe Levi.</p><p>Rita Levi-Montalcini ha sido una veterana en librar y vencer batallas: la del sexo y, también, la de la persecución religiosa. En la Italia de 1936 Mussolini publica el Manifesto per la Difusa della Razza y entran en vigor leyes que discriminan a la comunidad judía. El polvorín del antisemitismo se diseminó desde Alemania y la familia Levi se vio obligada a vivir en la semi-clandestinidad. Pero es en la adversidad, según relata Levi-Montalcini, donde puso a prueba su inventiva para sacar adelante sus investigaciones. Con la ayuda de su profesor, también en desgracia, montó un laboratorio en su dormitorio con instrumentos rudimentarios, y Rita comenzó a experimentar con embriones de pollos, en busca de respuestas que explicaran cómo crecen las células y los órganos.</p><p>En mayo de 1945 acabó la guerra, pero ya nada sería lo mismo. Rita recibió una invitación de la Universidad Washington, en San Luis, y se instaló en EU, donde viviría la mayor parte del tiempo hasta su retiro en 1977. Fue en el estimulante ámbito académico de un campus americano donde pudo hacer sus más importantes avances en compañía de hombres y mujeres para quienes, como ella, la investigación es un sacerdocio que exige una entrega absoluta.</p><p>Ya instalada en Italia como una célebre neurobióloga, en 1986 Levi- Montalcini recibió el Premio Nobel de Medicina por una labor de años que la llevó a descubrir los mecanismos que regulan el crecimiento de las células y los órganos. Un experimento cuyos orígenes se remontaban a la búsqueda de huevos en las granjas mientras sorteaba la vigilancia de los fascistas a la caza de judíos.</p><p>Esta primavera Rita Levi-Montalcini cumplió cien años y cuando leí la noticia recordé las memorias de esta irrepetible y singular mujer. Sólo la conocía por la foto de la portada: un bello rostro con rasgos elegantes y finos. Hermosa en la vejez. La busqué en Google y, cómo no, la hallé en la inmediatez de los videos colgados en la red. Era ella en una entrevista televisada comentando sobre la controversia en torno a reciente eutanasia de Eluana Englaro. La laureada doctora defendía el derecho a interrumpir la vida cuando ésta ya está vacía de contenido. Poco después le dijo a su entrevistador que no le teme ni le preocupa la muerte, tal vez porque está demasiado ocupada en asistir cada mañana al centro de investigación que dirige. Tanta perfección se habría ahogado en las apretaduras del corsé.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El sacerdote tránsfuga</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/sacerdote-transfuga_0_2581242245.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/sacerdote-transfuga_0_2581242245.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 21:45:42 +0000</pubDate><description>La saga del padre Alberto Cutié continúa en Estados Unidos. Desde que una revista del cuore lo pillara en una playa de Miami Beach haciéndole arrumacos a una desconocida, el escándalo ha ocupado los titulares de los periódicos y los informativos nacionales. El popular y mediático sacerdote no perdió tiempo en conceder entrevistas a dos importantes cadenas de televisión en las que admitió que los apetitos terrenales pudieron más que su compromiso con el celibato. Y sin sonrojarse proclamó su amor por una mujer de origen guatemalteco con el sonoro nombre de Ruhama Buni Canellis. En ese momento dio a entender que las autoridades eclesiásticas le habían otorgado un periodo de reflexión. Una tregua que, por otras fotos que poco después aparecieron de la pareja en Los Ángeles, tuvo más de ejercicios carnales que espirituales.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La saga del padre Alberto Cutié continúa en Estados Unidos. Desde que una revista del cuore lo pillara en una playa de Miami Beach haciéndole arrumacos a una desconocida, el escándalo ha ocupado los titulares de los periódicos y los informativos nacionales. El popular y mediático sacerdote no perdió tiempo en conceder entrevistas a dos importantes cadenas de televisión en las que admitió que los apetitos terrenales pudieron más que su compromiso con el celibato. Y sin sonrojarse proclamó su amor por una mujer de origen guatemalteco con el sonoro nombre de Ruhama Buni Canellis. En ese momento dio a entender que las autoridades eclesiásticas le habían otorgado un periodo de reflexión. Una tregua que, por otras fotos que poco después aparecieron de la pareja en Los Ángeles, tuvo más de ejercicios carnales que espirituales.</p><p>Si de algo sabe Cutié es de cómo llevar a cabo una perfecta operación de marketing que podría garantizarle un contrato con algún medio de comunicación. Tal vez por ello la semana pasada reapareció en una multitudinaria rueda de prensa junto al obispo de la Iglesia episcopal del sureste de la Florida, para anunciar que había fichado con esta denominación.</p><p>El padre Cutié no lo hizo solo, sino en compañía de su flamante novia, quien se comportó muy modosamente y totalmente identificada con su nuevo papel de futura esposa de un pastor en ciernes.</p><p>El trasvase del famoso sacerdote de una Iglesia a otra se ha manejado como si se tratara de la estrella del soccer David Beckham. Lo que de ninguna manera quiere perder Cutié es su proyección desde el púlpito, ya que convertirse en un ciudadano de a pie, con un trabajo de nueve a cinco, lo transformaría en un tipo invisible y anónimo. Otro oficinista agobiado a quien nadie presentaría como invitado estelar. Ha de ser para siempre el padre Alberto, sólo que a partir de ahora será el pastor Alberto.</p><p>La Iglesia católica romana está que trina por esta traición que podría encerrar más premeditación y alevosía de lo que pareció en un primer momento. Según el arzobispo del sur de la Florida, Cutié, en su afán por aprovechar al máximo el clímax de la noticia antes de que muriese en la avalancha de escándalos de la era de internet, se pasó al bando rival sin avisar a sus superiores. Tras un anuncio “hollywoodiense” que contó con el golpe de efecto de una ceremonia televisada en la que los novios recibieron los sacramentos episcopales, durante un año el ex sacerdote oficiará como ministro laico antes de ordenarse como pastor.</p><p>Lo más probable es que en los primeros meses Cutié atraerá más público a su nueva iglesia que los Rolling Stone. No faltarán las groupies, los curiosos y los católicos light. Pero el tiempo pasará y, con suerte, en su antigua parroquia, la modesta San Francisco de Sales, aparecerá otro cura dispuesto a ganarse a sus feligreses. Entretanto el padre Alberto podría estar preparando una boda digna de la portada de Hola. No sé a qué espera para protagonizar un reality show. El guión ya está escrito.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El sacerdote tránsfuga</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/sacerdote-transfuga_0_2581991947.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/sacerdote-transfuga_0_2581991947.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 21:43:23 +0000</pubDate><description>La saga del padre Alberto Cutié continúa en Estados Unidos. Desde que una revista del cuore lo pillara en una playa de Miami Beach haciéndole arrumacos a una desconocida, el escándalo ha ocupado los titulares de los periódicos y los informativos nacionales. El popular y mediático sacerdote no perdió tiempo en conceder entrevistas a dos importantes cadenas de televisión en las que admitió que los apetitos terrenales pudieron más que su compromiso con el celibato. Y sin sonrojarse proclamó su amor por una mujer de origen guatemalteco con el sonoro nombre de Ruhama Buni Canellis. En ese momento dio a entender que las autoridades eclesiásticas le habían otorgado un periodo de reflexión. Una tregua que, por otras fotos que poco después aparecieron de la pareja en Los Ángeles, tuvo más de ejercicios carnales que espirituales.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La saga del padre Alberto Cutié continúa en Estados Unidos. Desde que una revista del cuore lo pillara en una playa de Miami Beach haciéndole arrumacos a una desconocida, el escándalo ha ocupado los titulares de los periódicos y los informativos nacionales. El popular y mediático sacerdote no perdió tiempo en conceder entrevistas a dos importantes cadenas de televisión en las que admitió que los apetitos terrenales pudieron más que su compromiso con el celibato. Y sin sonrojarse proclamó su amor por una mujer de origen guatemalteco con el sonoro nombre de Ruhama Buni Canellis. En ese momento dio a entender que las autoridades eclesiásticas le habían otorgado un periodo de reflexión. Una tregua que, por otras fotos que poco después aparecieron de la pareja en Los Ángeles, tuvo más de ejercicios carnales que espirituales.</p><p>Si de algo sabe Cutié es de cómo llevar a cabo una perfecta operación de marketing que podría garantizarle un contrato con algún medio de comunicación. Tal vez por ello la semana pasada reapareció en una multitudinaria rueda de prensa junto al obispo de la Iglesia episcopal del sureste de la Florida, para anunciar que había fichado con esta denominación.</p><p>El padre Cutié no lo hizo solo, sino en compañía de su flamante novia, quien se comportó muy modosamente y totalmente identificada con su nuevo papel de futura esposa de un pastor en ciernes.</p><p>El trasvase del famoso sacerdote de una Iglesia a otra se ha manejado como si se tratara de la estrella del soccer David Beckham. Lo que de ninguna manera quiere perder Cutié es su proyección desde el púlpito, ya que convertirse en un ciudadano de a pie, con un trabajo de nueve a cinco, lo transformaría en un tipo invisible y anónimo. Otro oficinista agobiado a quien nadie presentaría como invitado estelar. Ha de ser para siempre el padre Alberto, sólo que a partir de ahora será el pastor Alberto.</p><p>La Iglesia católica romana está que trina por esta traición que podría encerrar más premeditación y alevosía de lo que pareció en un primer momento. Según el arzobispo del sur de la Florida, Cutié, en su afán por aprovechar al máximo el clímax de la noticia antes de que muriese en la avalancha de escándalos de la era de internet, se pasó al bando rival sin avisar a sus superiores. Tras un anuncio “hollywoodiense” que contó con el golpe de efecto de una ceremonia televisada en la que los novios recibieron los sacramentos episcopales, durante un año el ex sacerdote oficiará como ministro laico antes de ordenarse como pastor.</p><p>Lo más probable es que en los primeros meses Cutié atraerá más público a su nueva iglesia que los Rolling Stone. No faltarán las groupies, los curiosos y los católicos light. Pero el tiempo pasará y, con suerte, en su antigua parroquia, la modesta San Francisco de Sales, aparecerá otro cura dispuesto a ganarse a sus feligreses. Entretanto el padre Alberto podría estar preparando una boda digna de la portada de Hola. No sé a qué espera para protagonizar un reality show. El guión ya está escrito.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Sexo, ‘e-mails’ y mentiras</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Sexo-e-mails-mentiras_0_2599240218.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Sexo-e-mails-mentiras_0_2599240218.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 20:58:18 +0000</pubDate><description>Hoy en día las huellas del pecado están por doquier. Ahora queda el rastro de los haikus virtuales en Twitter, los chats inanes en Facebook, los apurados mensajes de texto en los móviles y los e-mails, que son lo que queda de la carta tradicional sobre el papel perfumado. Si no, que se lo pregunten a Mark Sanford, el afligido gobernador de Carolina del Sur.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Hoy en día las huellas del pecado están por doquier. Ahora queda el rastro de los haikus virtuales en Twitter, los chats inanes en Facebook, los apurados mensajes de texto en los móviles y los e-mails, que son lo que queda de la carta tradicional sobre el papel perfumado. Si no, que se lo pregunten a Mark Sanford, el afligido gobernador de Carolina del Sur.</p><p>Está visto que Sanford no aprendió la lección de aquellos yuppies adúlteros que protagonizaban “Sexo, mentiras y cintas de video”, ópera prima de Steven Soderbergh que dejaba al descubierto la telaraña de falsedades que muchas veces recubre el fondo de la cuestión. Pero, en honor a la verdad, el político republicano es uno más en la infinita lista de figuras públicas que caen en desgracia por una liaison dangereuse. Para mayor guasa, resulta ser que durante la campaña presidencial McCain llegó a considerarlo como posible candidato a la vicepresidencia, algo que también se especuló con John Edwards en las filas demócratas. Después de que estallara el escándalo de la presunta hija natural de Edwards, su carrera política se deshizo y hace meses que no se le ve el pelo, lo que en su caso no es tarea fácil, porque presumía de tupido Pompadour. El gobernador de Carolina de Sur va por el mismo camino y ya le ha dicho adiós a sus aspiraciones presidenciales en 2012.</p><p>El objeto del oscuro deseo de Sanford es una mujer argentina cuyo nombre, dicen, es María, como la chica de West Side Story. Para poder encontrarse con su amante, el político montó un entramado de fabricaciones que ha acabado por salpicar a su staff y gente de confianza. En un intento por ocultar la desbandada del jefe, sus empleados aseguraron que estaba haciendo trekking en los Apalaches, cuando en verdad estaba bailando el último tango. Pero no en París, como Marlon Brando y esa otra María Schneider, sino en Buenos Aires, que, a fin de cuentas, es la cuna de este baile tan erótico y sensual como los correos electrónicos que intercambiaba el gobernador con su amiga íntima. El diario The State ha filtrado algunos de los mensajes en los que éste evoca con nostalgia y apetito las caderas generosas y la piel bronceada de su enamorada. En sus breves misivas internáuticas Sanford le reconoce a “María” que está hecho un lío, y que no sabe cómo podría acabar este romance tan imposible. Bien, ya tiene la respuesta: como el rosario de la aurora. Primera plana de todos los periódicos y objeto de chanza en los blogs y tertulias.</p><p>Algunos, como Bill Clinton, han sobrevivido al escarnio público. El ex presidente logró librarse de una acusación de perjurio, de la prueba irrefutable de un vestido que nunca pasó por la tintorería y el amor despechado de una becaria ilusionada. Otros, sin embargo, no tuvieron tan buena estrella. Ese fue el caso de Gary Hart. En 1988 su casi segura carrera a la presidencia se paró en seco tras la publicación de una comprometedora foto con la modelo Donna Rice. Y recientemente el demócrata Eliot Spitzer tuvo que dimitir de su cargo de gobernador de Nueva York, cuando el New York Times reveló que era un asiduo cliente de prostitutas de lujo. Ahora a Mark Sanford le han dado la bienvenida en el club de VIP que se lo jugaron todo por probar el jugoso fruto de la tentación.</p><p>El gobernador de Carolina del Sur compareció ante la prensa titubeante, arrepentido y cabizbajo. Según él, durante su escapada a Argentina no hizo más que llorar y aseguró que su affaire había terminado. Lastimoso, imploró a los medios que no asediaran su hogar por el bien de su esposa y de sus hijos. Fue una súplica inútil y pueril por parte de alguien que conoce bien el precio y las obligaciones del reconocimiento público. Mark Sanford no pidió prudencia y consideración para su amante argentina. La mujer de cintura hospitalaria y labios generosos con la que se marcó más de un tango. “La vida es un cambalache”, debió pensar María parapetada en su departamento bonaerense.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La revolución que viene</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/revolucion-viene_0_2604489862.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/revolucion-viene_0_2604489862.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 20:44:45 +0000</pubDate><description>En realidad, la revolución ya esta aquí. Se trata de la introducción del libro digital. O, si se quiere añadir dramatismo al asunto: estamos en presencia de la muerte paulatina del libro impreso.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>En realidad, la revolución ya esta aquí. Se trata de la introducción del libro digital. O, si se quiere añadir dramatismo al asunto: estamos en presencia de la muerte paulatina del libro impreso.</p><p>Son muchos los que afirman que eso nunca va a suceder. Es decir, la posibilidad de una civilización sin esos textos apretados entre dos cubiertas que pueblan las bibliotecas, las mesillas de noche, los escritorios, los pupitres de los niños. Pero tal vez cuando el hombre leía sobre rollos jamás imaginó que unos monjes escribirían a mano voluminosos libros iluminados, ya en formatos de libro parecidos a los que manejamos hoy. Y cómo iban a saber estos amanuenses que un individuo llamado Gutenberg desterraría su primorosa caligrafía con la introducción de la imprenta, o el fuerte olor de la tinta en las linotipias.</p><p>Casi todas las revoluciones son derrotadas por otras, y en estos momentos vivimos la revuelta de lo que en inglés ya se conoce popularmente como el e-book, de cuyo lanzamiento precisamente se ha encargado Amazon, empresa abanderada de sublevaciones tecnológicas como la venta virtual de libros frente a la moribunda librería tradicional. La compañía de Jeff Bezos se adelantó a todos con el Kindle, un aparato provisto de una pantalla y del tamaño de un libro.</p><p>Por algo menos de 10 dólares, el usuario puede bajarse un best seller reciente o un libro cuya edición ya se ha agotado. En cuestión de minutos el texto aparece en una suerte de cuaderno electrónico, y en vez de pasar las páginas numeradas, el lector sabe qué por ciento le queda antes de llegar al final de la obra. El Kindle, cuyo precio ronda los 300 dólares, todavía resulta relativamente caro, sobre todo para quienes no son ávidos lectores. Pero con el e-book también se pueden bajar  revistas, periódicos y otras publicaciones.</p><p>Además, en una era en la que los jóvenes prefieren ver películas en el ordenador, hacer amigos por medio de Facebook o compartir su estado de ánimo en el tablón virtual de Twitter, para ellos los libros de papel comienzan a ser tan antiguos como ya lo es un CD en la época del iPod. Un periódico se tira a la papelera al final de la jornada, pero un libro encierra dedicatorias, es el recuerdo de un regalo, la evocación de un desengaño, las anotaciones al margen, el hallazgo olvidado en la estantería.</p><p>Por eso, tal vez, las editoriales han tardado en reaccionar, y ahora el Kindle es su Godzilla particular. No es casualidad que en la reciente Book Expo America, una feria anual que se celebra en Nueva York, los editores centraran sus foros y debates en la presentación del libro digital. Como era previsible, Google, ese otro gigante sin el cual ya no podríamos subsistir, en la feria contraatacó a Amazon con una golosa propuesta: también quieren lanzar un programa que permita a las editoriales vender, a través de sus servicios, versiones digitales de sus más recientes publicaciones.</p><p>Aún son muchas las incógnitas en cuanto a cómo el libro electrónico va a afectar los hábitos de lectura y de qué manera será rentable. Pero, sin duda, ya forma parte del presente, y está aquí para quedarse. Hay quien todavía se resiste a la idea de leer un libro sin tapas y ve en la pantalla del aún imperfecto Kindle otra perversión más de la tecnología. Sin embargo, a pesar de la inevitable melancolía que provoca este adiós gradual, es poco factible aferrarse a un pasado de páginas amarillentas y librerías abarrotadas.</p><p>La revolución comenzó hace mucho con la rigidez del pergamino y ahora continúa con el baile de palabras virtuales en la pantalla. Lo importante es que la historia nunca sea la misma, sino una nueva que saque a pasear nuestra imaginación. Leer siempre nos lleva lejos.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La revolución que viene</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/revolucion-viene_0_2605239605.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/revolucion-viene_0_2605239605.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 20:42:44 +0000</pubDate><description>En realidad, la revolución ya esta aquí. Se trata de la introducción del libro digital. O, si se quiere añadir dramatismo al asunto: estamos en presencia de la muerte paulatina del libro impreso.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>En realidad, la revolución ya esta aquí. Se trata de la introducción del libro digital. O, si se quiere añadir dramatismo al asunto: estamos en presencia de la muerte paulatina del libro impreso.</p><p>Son muchos los que afirman que eso nunca va a suceder. Es decir, la posibilidad de una civilización sin esos textos apretados entre dos cubiertas que pueblan las bibliotecas, las mesillas de noche, los escritorios, los pupitres de los niños. Pero tal vez cuando el hombre leía sobre rollos jamás imaginó que unos monjes escribirían a mano voluminosos libros iluminados, ya en formatos de libro parecidos a los que manejamos hoy. Y cómo iban a saber estos amanuenses que un individuo llamado Gutenberg desterraría su primorosa caligrafía con la introducción de la imprenta, o el fuerte olor de la tinta en las linotipias.</p><p>Casi todas las revoluciones son derrotadas por otras, y en estos momentos vivimos la revuelta de lo que en inglés ya se conoce popularmente como el e-book, de cuyo lanzamiento precisamente se ha encargado Amazon, empresa abanderada de sublevaciones tecnológicas como la venta virtual de libros frente a la moribunda librería tradicional. La compañía de Jeff Bezos se adelantó a todos con el Kindle, un aparato provisto de una pantalla y del tamaño de un libro.</p><p>Por algo menos de 10 dólares, el usuario puede bajarse un best seller reciente o un libro cuya edición ya se ha agotado. En cuestión de minutos el texto aparece en una suerte de cuaderno electrónico, y en vez de pasar las páginas numeradas, el lector sabe qué por ciento le queda antes de llegar al final de la obra. El Kindle, cuyo precio ronda los 300 dólares, todavía resulta relativamente caro, sobre todo para quienes no son ávidos lectores. Pero con el e-book también se pueden bajar  revistas, periódicos y otras publicaciones.</p><p>Además, en una era en la que los jóvenes prefieren ver películas en el ordenador, hacer amigos por medio de Facebook o compartir su estado de ánimo en el tablón virtual de Twitter, para ellos los libros de papel comienzan a ser tan antiguos como ya lo es un CD en la época del iPod. Un periódico se tira a la papelera al final de la jornada, pero un libro encierra dedicatorias, es el recuerdo de un regalo, la evocación de un desengaño, las anotaciones al margen, el hallazgo olvidado en la estantería.</p><p>Por eso, tal vez, las editoriales han tardado en reaccionar, y ahora el Kindle es su Godzilla particular. No es casualidad que en la reciente Book Expo America, una feria anual que se celebra en Nueva York, los editores centraran sus foros y debates en la presentación del libro digital. Como era previsible, Google, ese otro gigante sin el cual ya no podríamos subsistir, en la feria contraatacó a Amazon con una golosa propuesta: también quieren lanzar un programa que permita a las editoriales vender, a través de sus servicios, versiones digitales de sus más recientes publicaciones.</p><p>Aún son muchas las incógnitas en cuanto a cómo el libro electrónico va a afectar los hábitos de lectura y de qué manera será rentable. Pero, sin duda, ya forma parte del presente, y está aquí para quedarse. Hay quien todavía se resiste a la idea de leer un libro sin tapas y ve en la pantalla del aún imperfecto Kindle otra perversión más de la tecnología. Sin embargo, a pesar de la inevitable melancolía que provoca este adiós gradual, es poco factible aferrarse a un pasado de páginas amarillentas y librerías abarrotadas.</p><p>La revolución comenzó hace mucho con la rigidez del pergamino y ahora continúa con el baile de palabras virtuales en la pantalla. Lo importante es que la historia nunca sea la misma, sino una nueva que saque a pasear nuestra imaginación. Leer siempre nos lleva lejos.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La reinvención de ‘Newsweek’</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/reinvencion-Newsweek_0_2608989309.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/reinvencion-Newsweek_0_2608989309.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 20:33:20 +0000</pubDate><description>Madonna es la reina indiscutible de la reinvención. A lo largo de su trayectoria musical ha pasado por diversas reencarnaciones para sobrevivir en el cambiante mundo del showbiz. El recientemente fallecido Michael Jackson, en cambio, murió en el intento de reverdecerse tras largos años de ostracismo y sequía creativa. Renovarse o morir. Esa es la consigna en los vertiginosos tiempos de las modas que nacen y mueren con cada clic de internet.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Madonna es la reina indiscutible de la reinvención. A lo largo de su trayectoria musical ha pasado por diversas reencarnaciones para sobrevivir en el cambiante mundo del showbiz. El recientemente fallecido Michael Jackson, en cambio, murió en el intento de reverdecerse tras largos años de ostracismo y sequía creativa. Renovarse o morir. Esa es la consigna en los vertiginosos tiempos de las modas que nacen y mueren con cada clic de internet.</p><p>La naturaleza camaleónica de la célebre cantante ha contagiado a los medios de comunicación, sobre todo a la prensa escrita, que lucha sin tregua por no desaparecer del todo, arrastrada por la noticia instantánea y al vuelo en la red internáutica. Por ejemplo, el semanario Newsweek ha cambiado radicalmente de contenido y formato con la idea de competir, todavía desde el medium del papel y la tinta, con las nuevas tecnologías. Un día los lectores de esta casi septuagenaria revista nos llevamos la sorpresa de una nueva tipografía, un papel más grueso y, sobre todo, un enfoque que se alejaba de la actualidad rabiosa y las noticias de la semana.</p><p>Ahora las páginas de Newsweek están pobladas de análisis sesudos y columnas de opinión sobre temas con mayúsculas: ¿Es la ocupación de Afganistán un nuevo Vietnam? ¿Cuánto hay de engañosa fórmula en el personaje que Oprah Winfrey ha construido? ¿Qué libros debemos leer? Se acabó la era de los corresponsales y enviados especiales para cubrir eventos o tragedias porque en el espacio de una semana la cobertura se desvanece bajo la avalancha digital. Por eso John Meacham, el editor de la publicación, ha apostado por las columnas de opinión y los ángulos novedosos.</p><p>Tanto a Newsweek como otras revistas no les ha quedado más remedio que cambiarse de piel con la misma celeridad con que la intérprete de Like a virgin cambia el crucifijo por la cábala. La circulación del semanario ha desminuido considerablemente y cada día es más difícil encontrar anunciantes. A la hora de reinventarse la junta editorial se decidió por atraer a un público más sofisticado, minoritario y con mayor poder adquisitivo, del que se espera que puedan interesarle artículos más densos y enfoques más atrevidos.</p><p>Lo que no queda claro es porqué Meacham y compañía han llegado a la conclusión de que un look más refinado y un estilo más cercano al ensayo serán suficientes para evitar la fuga hacia los blogs, las reflexiones en Twitter, las discusiones virtuales, los puntos y contrapuntos en internet. Según algunos expertos de la industria, a estas alturas lo más sabio es concentrar toda la artillería en la plataforma digital de la propia revista, porque su reinvención ya está ahí, en el punto com de Newsweek, y no en el couché mate.</p><p>Tengo la impresión de que los que todavía compramos semanarios habríamos seguido buscando Newsweek en el quiosco o en los stands de los aeropuertos, sin mayor pretensión que la de informarnos más a fondo sobre los acontecimientos recientes. Al mismo tiempo, me temo que ya es casi imposible ganarse la lealtad de una generación a la que le resulta tan obsoleto gastarse el dinero en una revista como comprar un CD. Estos jóvenes se asoman al mundo cada día con sus ordenadores portátiles, iPods y móviles.</p><p>A Madonna debe quedarle una reencarnación más antes del agotamiento de sus reinvenciones sucesivas. Y con este remozamiento Newsweek, como las señoras que recurren al bótox, no quiere perderse el último tren antes de sucumbir a su propio envejecimiento. Sus fieles lectores también nos hemos hecho mayores en el camino. Me pregunto si nos han olvidado en su desesperado intento por no acabar como Michael Jackson.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La reinvención de ‘Newsweek’</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/reinvencion-Newsweek_0_2609739152.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/reinvencion-Newsweek_0_2609739152.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 20:31:18 +0000</pubDate><description>Madonna es la reina indiscutible de la reinvención. A lo largo de su trayectoria musical ha pasado por diversas reencarnaciones para sobrevivir en el cambiante mundo del showbiz. El recientemente fallecido Michael Jackson, en cambio, murió en el intento de reverdecerse tras largos años de ostracismo y sequía creativa. Renovarse o morir. Esa es la consigna en los vertiginosos tiempos de las modas que nacen y mueren con cada clic de internet.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Madonna es la reina indiscutible de la reinvención. A lo largo de su trayectoria musical ha pasado por diversas reencarnaciones para sobrevivir en el cambiante mundo del showbiz. El recientemente fallecido Michael Jackson, en cambio, murió en el intento de reverdecerse tras largos años de ostracismo y sequía creativa. Renovarse o morir. Esa es la consigna en los vertiginosos tiempos de las modas que nacen y mueren con cada clic de internet.</p><p>La naturaleza camaleónica de la célebre cantante ha contagiado a los medios de comunicación, sobre todo a la prensa escrita, que lucha sin tregua por no desaparecer del todo, arrastrada por la noticia instantánea y al vuelo en la red internáutica. Por ejemplo, el semanario Newsweek ha cambiado radicalmente de contenido y formato con la idea de competir, todavía desde el medium del papel y la tinta, con las nuevas tecnologías. Un día los lectores de esta casi septuagenaria revista nos llevamos la sorpresa de una nueva tipografía, un papel más grueso y, sobre todo, un enfoque que se alejaba de la actualidad rabiosa y las noticias de la semana.</p><p>Ahora las páginas de Newsweek están pobladas de análisis sesudos y columnas de opinión sobre temas con mayúsculas: ¿Es la ocupación de Afganistán un nuevo Vietnam? ¿Cuánto hay de engañosa fórmula en el personaje que Oprah Winfrey ha construido? ¿Qué libros debemos leer? Se acabó la era de los corresponsales y enviados especiales para cubrir eventos o tragedias porque en el espacio de una semana la cobertura se desvanece bajo la avalancha digital. Por eso John Meacham, el editor de la publicación, ha apostado por las columnas de opinión y los ángulos novedosos.</p><p>Tanto a Newsweek como otras revistas no les ha quedado más remedio que cambiarse de piel con la misma celeridad con que la intérprete de Like a virgin cambia el crucifijo por la cábala. La circulación del semanario ha desminuido considerablemente y cada día es más difícil encontrar anunciantes. A la hora de reinventarse la junta editorial se decidió por atraer a un público más sofisticado, minoritario y con mayor poder adquisitivo, del que se espera que puedan interesarle artículos más densos y enfoques más atrevidos.</p><p>Lo que no queda claro es porqué Meacham y compañía han llegado a la conclusión de que un look más refinado y un estilo más cercano al ensayo serán suficientes para evitar la fuga hacia los blogs, las reflexiones en Twitter, las discusiones virtuales, los puntos y contrapuntos en internet. Según algunos expertos de la industria, a estas alturas lo más sabio es concentrar toda la artillería en la plataforma digital de la propia revista, porque su reinvención ya está ahí, en el punto com de Newsweek, y no en el couché mate.</p><p>Tengo la impresión de que los que todavía compramos semanarios habríamos seguido buscando Newsweek en el quiosco o en los stands de los aeropuertos, sin mayor pretensión que la de informarnos más a fondo sobre los acontecimientos recientes. Al mismo tiempo, me temo que ya es casi imposible ganarse la lealtad de una generación a la que le resulta tan obsoleto gastarse el dinero en una revista como comprar un CD. Estos jóvenes se asoman al mundo cada día con sus ordenadores portátiles, iPods y móviles.</p><p>A Madonna debe quedarle una reencarnación más antes del agotamiento de sus reinvenciones sucesivas. Y con este remozamiento Newsweek, como las señoras que recurren al bótox, no quiere perderse el último tren antes de sucumbir a su propio envejecimiento. Sus fieles lectores también nos hemos hecho mayores en el camino. Me pregunto si nos han olvidado en su desesperado intento por no acabar como Michael Jackson.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El precio de vivir para trabajar</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/precio-vivir-trabajar_0_2640486049.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/precio-vivir-trabajar_0_2640486049.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 19:15:40 +0000</pubDate><description>Comienza a ser habitual: un día sí y otro también los estadounidenses debaten acaloradamente sobre el sistema médico del país. El presidente Obama recorre las ciudades para intentar explicar el complicado plan de reforma que querría impulsar mientras sus detractores lo acusan de nazi y auguran un futuro “orwelliano”. A pesar de las dudas y los temores ante otro gasto millonario, lo que está claro es que los costos de la medicina son escandalosos y cada vez son más los que no pueden permitirse un seguro médico.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Comienza a ser habitual: un día sí y otro también los estadounidenses debaten acaloradamente sobre el sistema médico del país. El presidente Obama recorre las ciudades para intentar explicar el complicado plan de reforma que querría impulsar mientras sus detractores lo acusan de nazi y auguran un futuro “orwelliano”. A pesar de las dudas y los temores ante otro gasto millonario, lo que está claro es que los costos de la medicina son escandalosos y cada vez son más los que no pueden permitirse un seguro médico.</p><p>Lo que llama la atención de esta discusión que acapara la atención nacional es el consenso entre los expertos y doctores a la hora de hacer un diagnóstico colectivo: el número de estadounidenses con padecimientos crónicos aumenta alarmantemente y la causa primordial se debe a la obesidad. Salvo en contadas urbes, como Manhattan, basta con contemplar el paisaje humano para comprender que algo muy grave está sucediendo. Los niños presentan problemas de sobrepeso y muchos de los adultos que los crían tienen unos hábitos alimenticios penosos. En parte, la gordura creciente de la población está relacionada con el concepto de que se puede consumir más por menos: en los cines ofrecen cubos de palomitas y refrescos. En los restaurantes las porciones parecen estar destinadas al apetito de un mastodonte. Y en los cruceros hay bufés 24 horas para saciar la gula de los pasajeros. Al final del sueño americano lo que aguarda es una sobredosis de Alka-Seltzer y una cirugía bariátrica.</p><p>Bien, los ciudadanos se expanden por los costados peligrosamente y los médicos advierten que sólo hay un camino para abortar una epidemia que desata la mortandad y resulta prohibitiva: es urgente cambiar el estilo de vida y para ello hay que gozar de más tiempo para hacer ejercicio, cocinar saludablemente y proporcionarle al organismo el sosiego necesario para reflexionar antes de engullir comida basura por el estrés que provoca el exceso de trabajo. Mientras la ética laboral que se impone en Estados Unidos es la del perverso lema del “24/7” (disponibles a todas horas como legionarios del capitalismo salvaje), hay ciudades en Italia pioneras del movimiento Cittaslow.</p><p>Recientemente un reportaje del National Public Radio (NPR), informaba sobre un estudio realizado en la Universidad de Pittsburgh con 12 mil hombres que siguieron a lo largo de una década. Aquellos que tomaban más vacaciones anuales eran más longevos, más delgados y tenían menos enfermedades. Y como mejor se descansa y se cargan las pilas no es a salto de mata y por unos días, ya que para descomprimir al menos se necesitan dos semanas seguidas. Sin embargo, mientras en CNN los nutricionistas, los cardiólogos y el afable doctor Sanjay Gupta recomiendan trastocar nuestras prioridades para salvarnos de una muerte temprana, lo triste es que no hay manera de bajarse de la rueda del hamster si el mundo corporativo –que de algún modo es el espejo de la sociedad– no abraza la idea de que recompensa contar con empleados descansados en vez de gente agotada por larguísimas jornadas laborales, almuerzos en los escritorios y una media nacional de vacaciones pagadas que no excede los 12 días. Entretanto, en Francia disfrutan de todo un mes que se puede repartir a lo largo del año y en los países escandinavos de al menos 20 días anualmente. De acuerdo al Índice de Desarrollo Humano que publica periódicamente la ONU, los habitantes del norte de Europa tienen un nivel de bienestar social mayor que el de Estados Unidos.</p><p>La nación está aquejada de fatiga, vive atrofiada en autos para desplazarse por las autopistas de ciudades con dimensiones inhumanas y el fast food aplaca la ansiedad que despiertan las tensiones. Para los que nunca conocerán la sensación de tres semanas seguidas de asueto que podrían ser el remedio para una vida más larga y saludable, siempre les quedará el consuelo de una réplica de la Torre Eiffel en Las Vegas o el menú degustación de la cocina cantonesa en Epcot Center. ¡Qué caro cuesta vivir para trabajar!</p>]]></content:encoded></item><item><title>El jardín secreto</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/jardin-secreto_0_2645735542.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/jardin-secreto_0_2645735542.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 19:01:47 +0000</pubDate><description>No se trata de un hecho aislado o insólito, pero cada vez que escuchamos la noticia es inevitable sobrecogerse. Esta vez tuvo lugar en California: una mujer de 29 años permaneció secuestrada casi dos décadas por un depredador sexual con el que ha tenido dos hijas. Pero pudo haber ocurrido en una tranquila localidad de Austria, en una ciudad de provincias argentina o en un pueblo de la Florida. Es un déjà vu trágico. La pesadilla recurrente de cualquier madre.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>No se trata de un hecho aislado o insólito, pero cada vez que escuchamos la noticia es inevitable sobrecogerse. Esta vez tuvo lugar en California: una mujer de 29 años permaneció secuestrada casi dos décadas por un depredador sexual con el que ha tenido dos hijas. Pero pudo haber ocurrido en una tranquila localidad de Austria, en una ciudad de provincias argentina o en un pueblo de la Florida. Es un déjà vu trágico. La pesadilla recurrente de cualquier madre.</p><p>Hay niñas que no han alcanzado la pubertad y una mañana en la parada del autobús un desconocido se las lleva para siempre justo en el momento en el que dicen adiós a su familia. Así le sucedió a Jaycee Dugard cuando sólo tenía 11 años y el mundo era del color del algodón de azúcar. Cómo podía imaginar aquella pequeña con aspecto de ángel que acabaría oculta en un cobertizo como esclava sexual de un repugnante sicópata. Son las chiquillas que de un día a otro pasan de jugar a las muñecas a criar hijos que son fruto de la violación y del abuso. Las mujeres que, tiempo después, son capaces de revelar que fueron víctimas de un vecino, de un pariente cercano, de un perfecto desconocido. Las que lo relatan es porque han tenido la fortuna de sobrevivir al horror y de escapar de sus captores y verdugos. Jaycee Dugard está viva para detallar cómo se le escurrió la adolescencia a manos de un monstruo que se convirtió en su única familia.</p><p>Viven en zulos oscuros, en bóvedas bajo tierra, en sótanos húmedos donde las nubes y el sol son recuerdos de la primera infancia que se borran bajo el peso de los tipos enfermos y crueles que las mancillan. Si logran fugarse de sus jaulas son apariciones transparentes y frágiles. A punto de quebrarse por la alucinación de lo que han padecido. Resucitadas de sus tumbas y con la leve esperanza de desandar el camino que las devuelva al instante antes del momento fatídico en la parada del autobús: el abrazo tibio de los padres en el umbral de la casa deseándole un feliz día en el colegio. Seguras de que nunca nada malo sucederá porque la tierra es redonda y mullida y a la hora de dormir te leerán un cuento con final feliz.</p><p>Lisbeth Salander, la heroína literaria más memorable de los últimos tiempos, se habría referido al fatídico episodio de Jaycee Dugard como el tiempo en que “ocurrió todo lo malo”. Una época negra y tenebrosa que suelen protagonizar los hombres que no aman a las mujeres porque sólo ven en la carne tierna y rosada el objeto de sus más oscuros deseos. Lástima que el personaje de Stieg Larsson no pueda recorrer todos los rincones del mundo en busca de las criaturas que desfallecen en cárceles construidas para el retorcido placer de sus cancerberos.</p><p>De todos los temores posibles que sentimos con nuestros retoños, el más persistente es que los rapten para siempre y sean víctimas de atrocidades innombrables. Hay niñas que logran escapar de los jardines secretos para contarnos cómo es el infierno.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Viaje alrededor de una plaza</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Viaje-alrededor-plaza_0_2662233898.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Viaje-alrededor-plaza_0_2662233898.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 18:19:02 +0000</pubDate><description>Pensé que visitaría muchos monumentos y conocería Washington de una punta a la otra. Pero al final no fue así. Paseé mucho y recorrí calles que me llevaron por hermosos barrios. Hubo momentos en los que creí estar en una villa del norte de Europa, con sus coquetos edificios bajos y jardines de insólitos girasoles. Me resultó imponente la zona gubernamental, pero esta vez preferí conocer la ciudad alrededor de una plaza que se me antojó como el universo.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Pensé que visitaría muchos monumentos y conocería Washington de una punta a la otra. Pero al final no fue así. Paseé mucho y recorrí calles que me llevaron por hermosos barrios. Hubo momentos en los que creí estar en una villa del norte de Europa, con sus coquetos edificios bajos y jardines de insólitos girasoles. Me resultó imponente la zona gubernamental, pero esta vez preferí conocer la ciudad alrededor de una plaza que se me antojó como el universo.</p><p>Dupont Circle encierra un parque que me recuerda a los que abundan en Londres: recoletos y con árboles que invitan a tumbarse a la sombra o hacer un picnic en un día de calor. Hacía mucho que no leía el periódico tirada sobre la hierba y junto a otros que habían decidido, como yo, ver pasar la mañana en la placidez del ocio. Las parejas comparten sándwiches, los ciclistas bordean la plaza, los jóvenes atienden la música de sus iPods. Tal vez debería visitar otro museo o hacer la larga cola para acceder a la Casa Blanca, pero en la circunferencia perfecta de Dupont encuentro todo lo necesario para embarcarme en un viaje de los sentidos. Es el final de verano y los habitantes de la metrópoli agradecen la luminosidad que irá apagándose con las hojas muertas. A un paso de la plaza, la librería Krammerbooks &amp; Afterwords permanece abierta 24 horas durante el fin de semana.</p><p>Es inevitable evocar el East Village de Nueva York, donde se puede comprar un capricho en cualquier momento de la noche. En el animado establecimiento, con café y música en vivo, adquiero The Art of Travel, de Alain de Botton. No hay nada como un buen libro de viajes para que te acompañe en la travesía. De casualidad elijo el manual idóneo para este periplo redondo que empieza y acaba en los alrededores de Dupont Circle. En uno de sus escritos, Botton rememora una estancia en Amsterdam, donde lo que más le llamó la atención no fue lo obvio, sino las señales con colores brillantes indicando direcciones.</p><p>El autor reflexiona sobre lo que nos resulta exótico: lo habitual es pensar en confines lejanos, encantadores de serpientes o en los minaretes de las mezquitas. Pero en muchas ocasiones, añade, lo que nos seduce y desarma es identificarnos más con algo novedoso que con lo que nos ofrece nuestra vida cotidiana. Si no, de qué otra manera explicar la fascinación que siento sentada en una plaza que no es más hermosa que la de Navonna en Roma ni más animada que la de Vendôme en París. Dupont Circle me devuelve a otro tiempo, a otra ciudad, a otra vida pasada que ahora despide aromas tan foráneos como las especias en el mercado de Estambul o las caléndulas a la salida de un templo en Mumbai.</p><p>Alain de Botton señala que, desde niño, Flaubert soñó con huir de la vida provinciana en Rouen para refugiarse en el desbordante exotismo de Egipto, donde aspiraba a ser camellero y perder la virginidad en un harén. No fue hasta los 25 años cuando el autor de Madame Bovary pudo viajar a El Cairo, y de sus dos deseos solo uno se cumplió: en la localidad de Esna pasó más de una noche con una cortesana de la que se llevó el recuerdo de su tez oscura, pechos generosos y una enfermedad venérea. El álter ego de Emma Bovary pasó el resto de su vida instalado en la monotonía de una existencia burguesa y con nostalgia por el caos, la luminosidad y los fuertes olores de un país con el que creía estar más conectado espiritualmente que con la belle France.</p><p>Podría quedarme a vivir en el círculo de Dupont con su librería insomne, una casa de té trasplantada de Ceylán, las vías adyacentes, los paseantes. Todo me resulta próximo, reconocible y con sabor a déjà vu, pero a la vez exótico porque estoy de paso como un extra en un filme. Ver mundo sin salir de una plaza.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La curva de la infelicidad</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/curva-infelicidad_0_2672732871.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/curva-infelicidad_0_2672732871.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 17:51:40 +0000</pubDate><description>En líneas generales, las mujeres son más infelices hoy que hace 40 años. Este inquietante dato es el resultado de un estudio del General Social Survey, que desde 1972 ha seguido el estado anímico de la población americana. Las estadísticas y gráficas que descienden como despeñaderos dan fe de la melancolía que invade al sexo femenino. Y esta certeza oficial de algo que se sospechaba acapara la atención de expertos que intentan explicar el fenómeno de una tristeza creciente en un sector de la sociedad que, indudablemente, hoy compite en paridad con los hombres.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>En líneas generales, las mujeres son más infelices hoy que hace 40 años. Este inquietante dato es el resultado de un estudio del General Social Survey, que desde 1972 ha seguido el estado anímico de la población americana. Las estadísticas y gráficas que descienden como despeñaderos dan fe de la melancolía que invade al sexo femenino. Y esta certeza oficial de algo que se sospechaba acapara la atención de expertos que intentan explicar el fenómeno de una tristeza creciente en un sector de la sociedad que, indudablemente, hoy compite en paridad con los hombres.</p><p>Pero antes de enredarnos en los sargazos de este contrasentido, es preciso conocer algunos datos: en la juventud las chicas se muestran más satisfechas y con más expectativas que los chicos. Otra cosa bien distinta es lo que sucede después: según la encuesta citada, con el paso de los años su joie de vivre se va apagando, mientras que los hombres se sienten más felices y a los 40, muchos de ellos alcanzan una cima anímica que está estrechamente vinculada a la estabilidad económica. ¿Quiere esto decir que la morriña de las cuarentonas tiene que ver con que ganan menos que el sexo opuesto y, además, al llegar a casa son esclavas de las labores domésticas? Para nada. Hoy en día las mujeres gozan de buenos sueldos y, aunque todavía sienten más el peso del trabajo en el hogar, los hombres colaboran cada vez más en la intendencia del día a día.</p><p>De acuerdo a los números arrojados, este angst existencial se hace contundente en la edad madura. Entre los 50 y los 60 años las señoras se instalan en un desánimo permanente mientras que los hombres aún cuentan con más atajos para sentirse felices. Es en la vejez, por ejemplo, donde hay más viudas que viudos y estas apenas rehacen su vida sentimental. En cambio, el hombre mayor sí tiene más posibilidades de volver a vivir en pareja y con el incentivo de poder hacerlo con compañeras más jóvenes.</p><p>Lo más interesante, y a la vez más complejo del estudio, es la relación entre la maternidad y la infelicidad: cuando se le pide a las mujeres que señalen elfactor que más contribuye a su desgaste emocional, apuntan a la crianza de los hijos. Por otra parte, aseguran, no se arrepienten de haberlos traído al mundo a pesar de ser la fuente de sus mayores sinsabores. Aunque la desdicha en ascenso afecta a solteras, casadas, pobres y ricas, las que no tienen descendencia muestran un mayor grado de felicidad que aquellas que forman una familia.</p><p>Estos resultados han provocado polémica. Las feministas se defienden diciendo que es una falacia retrógrada culpar al movimiento de liberación femenina de los males que hoy aquejan a las mujeres que ponen en la balanza sus profesiones, los rigores del matrimonio y una lucha titánica por parecer eternamente jóvenes. Maureen Dowd, destacada columnista del New York Times (NYT), encendió los ánimos con un artículo en el que se preguntaba cómo se digiere la paradoja de que tener más alternativas aumenta las probabilidades de que las mujeres sean más infelices. Una paradoja, por cierto, no aplicable a los hombres. Y en el Huffington Post, Markus Buckingham, un experto en manuales de auto-ayuda, ha lanzado un blog para auxiliarnos a desmadejar las causas de tanta insatisfacción.</p><p>De todo lo que se ha dicho estos días en el fragor de una discusión liderada por mujeres fatigadas y con fecha de caducidad hormonal, lo que más me ha llamado la atención es un comentario ajeno al debate de la cineasta australiana Jane Campion con motivo del estreno de su último filme donde, de nuevo, explora la pasión femenina. En una entrevista concedida al NYT la directora de El piano comenta que, a su juicio, la mayoría de las mujeres son adictas al amor: “Se nos educa para ello y creemos que alcanzaremos la plenitud a través de la mirada íntima de un hombre. Y sencillamente no es verdad”. ¿Qué hay de cierto en esta observación y el retrato de una joven con la vida por delante y la ilusión de un gran romance que podría culminar en una unión con hijos? Cuando suena el pistoletazo de salida no podemos imaginar los peligros de deslizarse desde lo alto de una pendiente y recorrer una curva que podría conducirnos hasta la infelicidad. Lo de los hombres, ya se sabe, es otra película.</p>]]></content:encoded></item><item><title>A vueltas con Venus y Marte</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/vueltas-Venus-Marte_0_2714728666.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/vueltas-Venus-Marte_0_2714728666.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 16:05:34 +0000</pubDate><description>La industria farmacéutica no descansará hasta hallar la píldora rosa para mujeres que le dé la réplica a la pastilla azul cielo y romboide para hombres.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La industria farmacéutica no descansará hasta hallar la píldora rosa para mujeres que le dé la réplica a la pastilla azul cielo y romboide para hombres.</p><p>Hace una semana tuvo lugar en Lyon, Francia, un Congreso de la Sociedad Europea de Medicina Sexual en el que se presentó con entusiasmo un medicamento, la Fiblanserina, que podría representar El Dorado sexual de las señoras con la libido por los suelos. De acuerdo con científicos norteamericanos que han realizado estudios con esta droga diseñada para aliviar la depresión, todo indica que también contribuye a incrementar el deseo erótico femenino al alterar en el cerebro los niveles de serotonina, una sustancia que parece encerrar la llave de la felicidad vital.</p><p>Está clara la función fisiológica de la Viagra: se trata de un vasodilatador que facilita la erección del varón al aumentar el riego sanguíneo al pene. En cambio, la Fiblanserina no es un remedio para un mal tangible como podría ser, por ejemplo, la falta de lubricación, sino un cóctel químico que juega con los cableados cerebrales que provocan determinados estados anímicos. Es decir, cuando un hombre toma una Viagra está solucionando un problema de fontanería interna. Pura cuestión hidráulica. Sin embargo, cuando una mujer ingiere un antidepresivo para revitalizar su deseo ya entra en juego la modificación de su conducta.</p><p>Son dos cosas bien distintas hacer realidad un deseo que variar la falta de éste. A ver si nos entendemos: es encomiable que un hombre, incluso desafiando la ley de gravedad que se impone con los años, luche hasta el final contra la disfunción eréctil con la ayuda de la mágica pastilla azul. Entonces, ¿por qué no puede ser igualmente aceptable la ausencia de apetito sexual que millones de mujeres experimentan en la menopausia como consecuencia natural del bajón de hormonas que conlleva la falta de ovulación? Algo que también les ocurre a muchas madres después del parto, ocupadas en segregar a borbotones la oxitocina (la sustancia del afecto), para fijar el vínculo con sus retoños. Esta desgana carnal es frecuente tras la convivencia prolongada y la reserva con fecha de caducidad de las feromonas en flor se ve suplantada por muestras amorosas que terminan por ser el pálido reflejo de la tórrida nueve semanas y media.</p><p>Los promotores de la eventual aprobación de la Fiblanserina le están haciendo un favor a la legión de varones que aspiran a morir con las botas puestas. También es una alternativa respetable para reanimar largas relaciones o para aquellas mujeres que perciben su falta de deseo como una anomalía o disfunción sexual que deben reparar. Pero no debemos olvidar a las que viven el descenso de su libido como otra etapa más después de haber disfrutado de una vida sexual plena y activa durante muchos años. Para ellas la idea de una pócima rosa que provoca apetencias artificiales podría representar un vasallaje al que no quieren someterse.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La sonrisa del verdugo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/sonrisa-verdugo_0_2735726541.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/sonrisa-verdugo_0_2735726541.html-2</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 15:05:01 +0000</pubDate><description>No me extrañaría que triunfe en la próxima ceremonia de los Oscar. Me refiero a Up in the air, el filme interpretado por George Clooney y dirigido por Jason Reitman que ha cautivado al público y a los críticos.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>No me extrañaría que triunfe en la próxima ceremonia de los Oscar. Me refiero a Up in the air, el filme interpretado por George Clooney y dirigido por Jason Reitman que ha cautivado al público y a los críticos.</p><p>Más allá de los méritos de una película con un guión redondo y un elenco magnífico, lo que atrapa es la historia que nos cuenta por qué el dilema que plantea nos resulta familiar. Basada en la novela homóloga de Walter Kirn, la cinta nos presenta a Ryan Bingham, un ejecutivo cuyo trabajo consiste en viajar por todo Estados Unidos despidiendo a empleados de grandes corporaciones.</p><p>El tal Bingham –interpretado por Clooney con su coolnes habitual– hace el trabajo sucio de los directivos que tratan día a día con sus peones. Y lo desempeña con la frialdad y el cálculo que requiere tan desagradable profesión, siempre listo para afrontar las reacciones adversas de quienes sienten cómo sus vidas se desmoronan en el amargo instante del despido.</p><p>Porque los que empuñan el hacha en el aséptico y eternamente jovial departamento de Recursos Humanos han sido entrenados en el empleo de eufemismos (expresiones claves como “periodo de transición”, “otros horizontes”, “mejores oportunidades”) que momentáneamente amortiguan el golpe de la verdad: un despido en toda la regla que, en el mejor de los casos, viene acompañado de un “paquete compensatorio”.</p><p>Con el más helado de sus mohines, el tal Bingham se apresura a dar el panfleto explicatorio para disipar la amenaza de una demanda, un paso en falso que podría dar al traste con su propio puesto. Y nunca falta la palmada en el hombro antes de desahuciar a la persona derrotada y a punto de vaciar en una triste caja las fotos, tazas y lápices que se acumulan en el falso hogar que muchos creen ver en las empresas.</p><p>Ryan Bingham es el álter ego de tantos que a la hora de escoger cómo ganarse la vida, eligen especializarse en quitarles el pan a unos desconocidos. Cuando uno ve a Clooney transformado en un hit man corporativo, cuya felicidad se cifra en los aeropuertos donde pasa media vida, los hoteles donde pernocta y la cantidad de millas que ha logrado acumular, es inevitable preguntarse: ¿el terminator laboral nace o se hace? Es decir, ¿acaso uno sueña desde pequeño con un puesto dedicado a descabezar al personal como el que aspira a ser doctor, abogado o científico? Se comprende que tiene que haber especialistas en la eutanasia laboral al igual que alguien debe pulsar el interruptor de la silla eléctrica o aplicar la inyección letal al condenado a muerte.</p><p>Pero no dejan de ser tareas harto antipáticas que espantan a amigos y conocidos. Cuando llegan a casa después de una ejecución no debe ser fácil sentarse a la mesa y contarle a los críos los sucesos del día. Me pregunto si los Ryan Bingham comparten en la cena las impresiones que les causaron los despidos de la jornada.</p><p>Las tribulaciones de la secretaria cesada. El tipo que estaba a punto de jubilarse. La mujer separada con un hijo pequeño. El recién casado. El hombre con la esposa enferma. Casos reales. De carne y hueso. Individuos desmadejados que querrían hacer callar al tal Bingham con sus palabras huecas y gremiales, aprendidas de carrerilla en algún seminario impartido con power point. Es el mensajero agorero que le ahorra al jefe de toda la vida el sofoco de decir a la cara “Lo siento, pero tengo que despedirte porque en momentos de crisis económica no queda otra”. Por ejemplo.</p><p>Tal vez la tesis de Up in the air sea populista y demagógica, pero es irremediable que el público se identifique con los seres que el tal Bingham descarta con el despego de quien arroja una bolsa de basura. A fin de cuentas, cuando el protagonista ve en peligro su cargo ante la llegada de un chacal con más garras que él, su voz se torna trémula y siente que se desploman las nubes en las que vive. Tarde o temprano a casi todos nos llega la guadaña profesional antes que la definitiva que nos jubila de este mundo. Pero se agradece la concisión en el anuncio del finiquito antes del maldito rodeo de manual barato y falsamente motivacional. Lástima que no podamos arrancarle la sonrisa a nuestros verdugos antes de recibir el premio del (des) consuelo.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Ingrid viendo llover en la selva</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Ingrid-viendo-llover-selva_0_2236276440.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Ingrid-viendo-llover-selva_0_2236276440.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 05:05:02 +0000</pubDate><description>Los rehenes liberados aseguran que la vida de Ingrid Betancourt peligra. Hace seis años la ex candidata a la Presidencia de Colombia fue secuestrada por el grupo narco–terrorista de las FARC y desde entonces sobrevive como un animal en la espesura de la selva. Dicen los que han compartido cautiverio con ella, que padece de una hepatitis B mal tratada y que sus captores la someten a todo tipo de vejaciones. En pocas palabras, Ingrid se está apagando.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Los rehenes liberados aseguran que la vida de Ingrid Betancourt peligra. Hace seis años la ex candidata a la Presidencia de Colombia fue secuestrada por el grupo narco–terrorista de las FARC y desde entonces sobrevive como un animal en la espesura de la selva. Dicen los que han compartido cautiverio con ella, que padece de una hepatitis B mal tratada y que sus captores la someten a todo tipo de vejaciones. En pocas palabras, Ingrid se está apagando.</p><p>Son sus cartas, dirigidas a su segundo esposo, las que revelan un estado anímico que juega con la idea de la muerte como alternativa al calvario diario que sufre. Ingrid le escribe a Juan Carlos Leconte "No tengo ganas de nada y creo que esto último es lo único que está bien: no tener ganas de nada". Es la mujer de la mirada inmensamente triste que mira al suelo con la vergüenza de quien se siente ultrajado. Ingrid con la melena larga y descuidada. Su desconsuelo es insondable y ya nada quiere hacer para luchar contra esos golpes en la vida a los que se refería el poeta César Vallejo. Que son como del odio de Dios.</p><p>Leconte vive solo desde el día en que la vio por última vez, a la espera de que sea liberada de un momento a otro. En la casa que compartió con ella, muestra a los periodistas una serie de fotos en las que aparece guapa, atractiva y sonriente. Desde su encierro, su esposa hace un símil: "Una mañana lluviosa como mi alma". Atrapada en el verdor recargado de la jungla que todo lo engulle en su espesura. Ingrid viendo llover en la selva y todos los días son infiernos que se repiten.</p><p>Enferma del síndrome que el espíritu contrae en los campos de concentración, Ingrid ya no desea vivir porque su pesar es un heraldo negro que le manda la muerte. Ella, que debe conocer bien la poesía del peruano Vallejo, presiente que no morirá en París un día de aguacero, sino de pena bajo la lluvia pertinaz que cae en la selva. Húmeda y oscura. Por eso le angustia la idea de que sus hijos vivan anclados en su recuerdo y desde su amor de madre la muerte le parece una "opción dulce" a cambio de que sus seres queridos se liberen del sufrimiento constante que es luchar por su causa. Ingrid no mira a la cámara porque sus niños verían de frente el pozo de su mirada.</p><p>"Ponte en paz contigo mismo, ponte en paz conmigo", le escribe a su esposo con la diligencia de quien ultima detalles. Ligera de equipaje y su melena desmadejada. A punto de bajarse en la próxima estación. Cansada de un viaje circular en el laberinto de su cárcel. Cuánto quisiera abrazar a ese hombre que hoy ya es humo en su memoria. Como una sacerdotisa, le da la extremaunción a su amor para que Leconte suelte amarras. También él vive secuestrado por la memoria de lo que tuvieron.</p><p>Cómo olvidarla. A Ingrid. Que a pesar de seis años que son como seis siglos todavía recuerda con hiriente claridad "Yo te amo como aquella noche estrellada en la Polinesia". Leconte y Betancourt de luna de miel en las antípodas del mundo. Un paraíso aguamarina para una pareja recién casada. "Como aquella noche estrellada en la Polinesia". La imagen recurrente es una herida que no cierra. Ingrid desea morir, pero no ha dejado de soñar. Hay golpes en la vida tan fuertes.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Ingrid viendo llover en la selva</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Ingrid-viendo-llover-selva_0_2236276626.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Ingrid-viendo-llover-selva_0_2236276626.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 05:03:58 +0000</pubDate><description>Los rehenes liberados aseguran que la vida de Ingrid Betancourt peligra. Hace seis años la ex candidata a la Presidencia de Colombia fue secuestrada por el grupo narco–terrorista de las FARC y desde entonces sobrevive como un animal en la espesura de la selva. Dicen los que han compartido cautiverio con ella, que padece de una hepatitis B mal tratada y que sus captores la someten a todo tipo de vejaciones. En pocas palabras, Ingrid se está apagando.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Los rehenes liberados aseguran que la vida de Ingrid Betancourt peligra. Hace seis años la ex candidata a la Presidencia de Colombia fue secuestrada por el grupo narco–terrorista de las FARC y desde entonces sobrevive como un animal en la espesura de la selva. Dicen los que han compartido cautiverio con ella, que padece de una hepatitis B mal tratada y que sus captores la someten a todo tipo de vejaciones. En pocas palabras, Ingrid se está apagando.</p><p>Son sus cartas, dirigidas a su segundo esposo, las que revelan un estado anímico que juega con la idea de la muerte como alternativa al calvario diario que sufre. Ingrid le escribe a Juan Carlos Leconte "No tengo ganas de nada y creo que esto último es lo único que está bien: no tener ganas de nada". Es la mujer de la mirada inmensamente triste que mira al suelo con la vergüenza de quien se siente ultrajado. Ingrid con la melena larga y descuidada. Su desconsuelo es insondable y ya nada quiere hacer para luchar contra esos golpes en la vida a los que se refería el poeta César Vallejo. Que son como del odio de Dios.</p><p>Leconte vive solo desde el día en que la vio por última vez, a la espera de que sea liberada de un momento a otro. En la casa que compartió con ella, muestra a los periodistas una serie de fotos en las que aparece guapa, atractiva y sonriente. Desde su encierro, su esposa hace un símil: "Una mañana lluviosa como mi alma". Atrapada en el verdor recargado de la jungla que todo lo engulle en su espesura. Ingrid viendo llover en la selva y todos los días son infiernos que se repiten.</p><p>Enferma del síndrome que el espíritu contrae en los campos de concentración, Ingrid ya no desea vivir porque su pesar es un heraldo negro que le manda la muerte. Ella, que debe conocer bien la poesía del peruano Vallejo, presiente que no morirá en París un día de aguacero, sino de pena bajo la lluvia pertinaz que cae en la selva. Húmeda y oscura. Por eso le angustia la idea de que sus hijos vivan anclados en su recuerdo y desde su amor de madre la muerte le parece una "opción dulce" a cambio de que sus seres queridos se liberen del sufrimiento constante que es luchar por su causa. Ingrid no mira a la cámara porque sus niños verían de frente el pozo de su mirada.</p><p>"Ponte en paz contigo mismo, ponte en paz conmigo", le escribe a su esposo con la diligencia de quien ultima detalles. Ligera de equipaje y su melena desmadejada. A punto de bajarse en la próxima estación. Cansada de un viaje circular en el laberinto de su cárcel. Cuánto quisiera abrazar a ese hombre que hoy ya es humo en su memoria. Como una sacerdotisa, le da la extremaunción a su amor para que Leconte suelte amarras. También él vive secuestrado por la memoria de lo que tuvieron.</p><p>Cómo olvidarla. A Ingrid. Que a pesar de seis años que son como seis siglos todavía recuerda con hiriente claridad "Yo te amo como aquella noche estrellada en la Polinesia". Leconte y Betancourt de luna de miel en las antípodas del mundo. Un paraíso aguamarina para una pareja recién casada. "Como aquella noche estrellada en la Polinesia". La imagen recurrente es una herida que no cierra. Ingrid desea morir, pero no ha dejado de soñar. Hay golpes en la vida tan fuertes.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Vicios privados, virtudes públicas</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Vicios-privados-virtudes-publicas_0_2257274312.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Vicios-privados-virtudes-publicas_0_2257274312.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 04:06:24 +0000</pubDate><description>Primero fue el gobernador Eliot Spitzer, con unas cuentas turbias que pagó por los servicios de las meretrices más caras de Occidente. Su sucesor, David Paterson, viéndole las orejas al lobo feroz de otro escándalo en la prensa, se apresuró a anunciar que en el pasado tanto su mujer como él habían tenido romancesextramaritales.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>En tan solo unas semanas los funcionarios públicos en el estado de Nueva York han vivido una suerte de <em>tsunami</em> político, cuyo epicentro se registró en la entrepierna de los implicados.</p></p><p>Primero fue el gobernador Eliot Spitzer, con unas cuentas turbias que pagó por los servicios de las meretrices más caras de Occidente. Su sucesor, David Paterson, viéndole las orejas al lobo feroz de otro escándalo en la prensa, se apresuró a anunciar que en el pasado tanto su mujer como él habían tenido romancesextramaritales.</p><p><p>Al mismo tiempo un chofer del ex alcalde de Nueva Jersey, James McGreevy, quien tuvo que dimitir recientemente por favorecer políticamente a un amante, proclamó a los cuatro vientos que solía participar en <em>ménage á trois</em> con McGreevy y su actual ex esposa.</p></p><p>Al parecer, a la sociedad estadounidense parece inquietarle más el que un político sea capaz de mentir que la infidelidad en sí misma. Para muchos se trata de una prueba que indica la confiabilidad de la persona a la que han elegido para representarlos.</p><p>Paterson, por ejemplo, ha aclarado que sus aventuras extramatrimoniales las pagó de su propio bolsillo y no con el dinero de los contribuyentes o de su campaña. Sin embargo, se vio conminado a hacer un mea culpa mediático junto a su señora, dando pelos y señales de episodios que pertenecen al ámbito más privado de su matrimonio.</p><p><p>Bien pensado, ¿acaso incumbe a los demás lo que haya hecho esta pareja cuando pasó por una crisis matrimonial? Si ambos han llegado al acuerdo de perdonarse mutuamente y seguir adelante, ¿qué pudo impulsarlos a hacer públicas sus miserias más íntimas? Parece obvio que se vieron obligados a lucir la<strong> Letra Escarlata</strong> porque forman parte de una colectividad que tolera poco las debilidades de sus figuras públicas y las somete al perdón o la condena en unas penosas ruedas de prensa donde, inexplicablemente, las esposas permanecen calladas y con cara de corderos degollados.</p></p><p>Los norteamericanos juzgan con dureza el comportamiento privado de sus políticos, pero las estadísticas y la ciencia demuestran que viven ajenos a la realidad de sus propias debilidades. De acuerdo a la antropóloga Helen E. Fisher, de la Universidad de Rutgers, hay estudios que indican que más del 30% de los hombres americanos y un 25% de las mujeres americanas cometerán adulterio en el transcurso de sus matrimonios.</p><p>Si la infidelidad (y las mentiras que conlleva) es una muestra de una característica negativa para desempeñar cargos de responsabilidad, ¿acaso las empresas no deberían investigar la vida privada de los empleados antes de contratarlos? Si el mejor político es el que está a prueba de las tentaciones terrenales, lo mismo podría decirse del mejor directivo de una compañía.</p><p><p>Hace dos semanas <strong>The New York Times</strong> publicó un interesantísimo artículo en el que los biólogos dan por hecho la práctica de la promiscuidad sexual en casi todas las especies animales, aclarando que la monogamia social no suele estar acompañada de la monogamia sexual o genética. Algo que los científicos han comprobado al hacer pruebas de ADN a crías de aves y diversos mamíferos que viven en pareja: entre el 10% y el 70% fueron concebidas con otros machos. Un dato inquietante que también ha aparecido en estudios que se han hecho entre humanos.</p></p><p>Como los hombres, muchos animales se emparejan para sacar adelante a sus crías y viven en núcleos familiares, pero se trata de una convención establecida para la supervivencia de la prole que, a la par, convive con la pulsión fisiológica de hembras cuyo ciclo reproductivo las lleva a buscar el mejor espécimen para procrear y de machos dispuestos a impregnar a las candidatas más óptimas de la tribu.</p><p>En nuestro mundo todavía pervive la llamada de la selva en los días de ovulación. Las mujeres y hombres más domésticados pueden ser susceptibles a la revolución de las hormonas, endorfinas y feromonas, a veces pasando por alto los votos que juraron en el altar o las promesas que sellaron en un juzgado.</p><p>Atreverse a ser político en Estados Unidos puede convertirse en un agónico vía crucis frente a una opinión pública que no distingue entre los vicios privados y las virtudes públicas. ¡Que Dios los coja confesados!</p><p><p><strong>Firmas Press. La autora es periodista cubana</strong></p></p><p>Además en Perspectiva</p>]]></content:encoded></item><item><title>Obama, ese desconocido</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Obama-desconocido_0_2309019118.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Obama-desconocido_0_2309019118.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 01:26:03 +0000</pubDate><description>Había motivos para celebrar si se tiene en cuenta la larga lucha a favor de los derechos civiles. Estamos hablando de una era en la que, finalmente, ha calado en el tejido social de Occidente que, en efecto, todos tenemos los mismos derechos, lo que no significa que seamos iguales, en el sentido de la uniformidad y homogeneidad de la sociedad. A eso quería llegar, porque, si hay algo que me resulta verdaderamente fascinante de Obama, es lo diferente que es su biografía, no solo del americano medio blanco, sino, también, del afroamericano promedio. Un detalle que, paradójicamente y debido a la servidumbre de las campañas políticas, el senador por Illinois debe exhibir con sumo cuidado, para no perder a una parte u otra del electorado.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>El martes pasado fue un día histórico: Barack Obama se erigía como candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Esa noche, la edición digital del diario español <strong>El Mundo</strong> destacó el hecho de que había ocurrido 143 años después de la abolición de la esclavitud. Al día siguiente, muchos analistas políticos de más de 50 años recordaban lo que esto habría significado en el pasado, cuando la idea de que un afroamericano (o una mujer) pudiese llegar tan lejos era más improbable que pisar la Luna.</p></p><p>Había motivos para celebrar si se tiene en cuenta la larga lucha a favor de los derechos civiles. Estamos hablando de una era en la que, finalmente, ha calado en el tejido social de Occidente que, en efecto, todos tenemos los mismos derechos, lo que no significa que seamos iguales, en el sentido de la uniformidad y homogeneidad de la sociedad. A eso quería llegar, porque, si hay algo que me resulta verdaderamente fascinante de Obama, es lo diferente que es su biografía, no solo del americano medio blanco, sino, también, del afroamericano promedio. Un detalle que, paradójicamente y debido a la servidumbre de las campañas políticas, el senador por Illinois debe exhibir con sumo cuidado, para no perder a una parte u otra del electorado.</p><p><p>La vida de Obama es lo más alejado y foráneo al periplo vital de sus compatriotas, y su singularidad no estriba en ser blanco o negro porque, en realidad, su trayectoria personal se desvía radicalmente del resto de los comunes mortales que habitan este enorme país: hijo de un académico keniata y una <em>scholar</em> blanca de Kansas, cuyo fallido amor se fraguó en una universidad de Hawai. Después de separarse, la madre de Obama se enamora de un estudiante indonesio y con su pequeño, que entonces tenía seis años, se instala en Yakarta. Barack Obama regresa a Hawai cuatro años después, donde vive con sus abuelos maternos y cursa estudios en un exclusivo colegio privado en el que, de acuerdo a su biografía, por primera vez toma conciencia del racismo y comienza a hacerse preguntas sobre su identidad.</p></p><p>Una vez que se decide a emprender una carrera política, podría decirse que comienza a forjar su "persona" pública en una ciudad que no es la suya, Chicago, y donde debe "asimilarse" con el electorado afroamericano de los barrios urbanos y marginales, en busca de votos potenciales. Es difícil asegurar si Obama, que creció en un hogar agnóstico, se unió a la Iglesia Unida de Cristo porque, como Pablo de Tarso, en algún momento se cayó del caballo de la incredulidad, o porque fue allí donde aprendió, a fuerza de observar y cultivar el mimetismo, el arte de la oratoria iluminada y encendida con la que los pastores mueven a las masas. Lo cierto es que sus rivales políticos, afroamericanos que habían surgido de la pobreza de los guetos, en aquellos tiempos lo acusaban de ser un elitista de Harvard cuyos rígidos discursos ponían a dormir a las ovejas. El aventajado aprendiz tomó nota y absorbió el poder de convocatoria y una atractiva altivez que, en pocos años, lo convirtieron en una estrella emergente del partido demócrata.</p><p><p>Como suele ocurrirles a los candidatos en campaña, Obama tiene que mostrarse proteico según el público, la ciudad o el barrio que visite. Debe contentar al afroamericano militante, pero también al que abraza, sin complejos, el <em>mainstream</em>; a los sectores blancos de la clase obrera; a la comunidad judía que reclama alianzas inquebrantables con el estado de Israel; a los hispanos que, hasta ahora, se sentían más identificados con los Clinton; a los independientes indecisos; a tantas mujeres que soñaron con verse reflejadas en la primera mujer presidente de la historia de Estados Unidos. Según la hora del día, el lugar o la muchedumbre, Obama se transforma y muestra las distintas y cambiantes facetas del personaje político.</p></p><p><p>Pero, insisto, el Barack Obama más interesante es el que apenas conocemos, enterrado bajo el lema llamativo, pero hueco, de "cambio": el muchacho que se crió con una madre adelantada a su época y rompedora con las convenciones que se esperaban de una buena chica (como Dorita, la de <strong>El Mago de Oz</strong>) de Kansas. El hijo de un intelectual keniata al que sólo vio una vez. El nieto de un matrimonio que lo educó para ser un príncipe de las Ivy League. El huérfano de un hombre y una mujer que se murieron antes de tiempo, sin poder saborear los triunfos de aquel muchacho excepcional.</p></p><p>Queda casi medio año para conocer más a fondo a Obama, primogénito de Ann Dunham y Barack Obama Sr. Nieto de Madelyn y Stanley Dunham. Hermano de Maya Soetoro–Ng. Barack Obama, nacido en Honolulu bajo el signo de Leo, que cae en plena canícula.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Obama, ese desconocido</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Obama-desconocido_0_2309769040.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Obama-desconocido_0_2309769040.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 01:23:52 +0000</pubDate><description>Había motivos para celebrar si se tiene en cuenta la larga lucha a favor de los derechos civiles. Estamos hablando de una era en la que, finalmente, ha calado en el tejido social de Occidente que, en efecto, todos tenemos los mismos derechos, lo que no significa que seamos iguales, en el sentido de la uniformidad y homogeneidad de la sociedad. A eso quería llegar, porque, si hay algo que me resulta verdaderamente fascinante de Obama, es lo diferente que es su biografía, no solo del americano medio blanco, sino, también, del afroamericano promedio. Un detalle que, paradójicamente y debido a la servidumbre de las campañas políticas, el senador por Illinois debe exhibir con sumo cuidado, para no perder a una parte u otra del electorado.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>El martes pasado fue un día histórico: Barack Obama se erigía como candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Esa noche, la edición digital del diario español <strong>El Mundo</strong> destacó el hecho de que había ocurrido 143 años después de la abolición de la esclavitud. Al día siguiente, muchos analistas políticos de más de 50 años recordaban lo que esto habría significado en el pasado, cuando la idea de que un afroamericano (o una mujer) pudiese llegar tan lejos era más improbable que pisar la Luna.</p></p><p>Había motivos para celebrar si se tiene en cuenta la larga lucha a favor de los derechos civiles. Estamos hablando de una era en la que, finalmente, ha calado en el tejido social de Occidente que, en efecto, todos tenemos los mismos derechos, lo que no significa que seamos iguales, en el sentido de la uniformidad y homogeneidad de la sociedad. A eso quería llegar, porque, si hay algo que me resulta verdaderamente fascinante de Obama, es lo diferente que es su biografía, no solo del americano medio blanco, sino, también, del afroamericano promedio. Un detalle que, paradójicamente y debido a la servidumbre de las campañas políticas, el senador por Illinois debe exhibir con sumo cuidado, para no perder a una parte u otra del electorado.</p><p><p>La vida de Obama es lo más alejado y foráneo al periplo vital de sus compatriotas, y su singularidad no estriba en ser blanco o negro porque, en realidad, su trayectoria personal se desvía radicalmente del resto de los comunes mortales que habitan este enorme país: hijo de un académico keniata y una <em>scholar</em> blanca de Kansas, cuyo fallido amor se fraguó en una universidad de Hawai. Después de separarse, la madre de Obama se enamora de un estudiante indonesio y con su pequeño, que entonces tenía seis años, se instala en Yakarta. Barack Obama regresa a Hawai cuatro años después, donde vive con sus abuelos maternos y cursa estudios en un exclusivo colegio privado en el que, de acuerdo a su biografía, por primera vez toma conciencia del racismo y comienza a hacerse preguntas sobre su identidad.</p></p><p>Una vez que se decide a emprender una carrera política, podría decirse que comienza a forjar su "persona" pública en una ciudad que no es la suya, Chicago, y donde debe "asimilarse" con el electorado afroamericano de los barrios urbanos y marginales, en busca de votos potenciales. Es difícil asegurar si Obama, que creció en un hogar agnóstico, se unió a la Iglesia Unida de Cristo porque, como Pablo de Tarso, en algún momento se cayó del caballo de la incredulidad, o porque fue allí donde aprendió, a fuerza de observar y cultivar el mimetismo, el arte de la oratoria iluminada y encendida con la que los pastores mueven a las masas. Lo cierto es que sus rivales políticos, afroamericanos que habían surgido de la pobreza de los guetos, en aquellos tiempos lo acusaban de ser un elitista de Harvard cuyos rígidos discursos ponían a dormir a las ovejas. El aventajado aprendiz tomó nota y absorbió el poder de convocatoria y una atractiva altivez que, en pocos años, lo convirtieron en una estrella emergente del partido demócrata.</p><p><p>Como suele ocurrirles a los candidatos en campaña, Obama tiene que mostrarse proteico según el público, la ciudad o el barrio que visite. Debe contentar al afroamericano militante, pero también al que abraza, sin complejos, el <em>mainstream</em>; a los sectores blancos de la clase obrera; a la comunidad judía que reclama alianzas inquebrantables con el estado de Israel; a los hispanos que, hasta ahora, se sentían más identificados con los Clinton; a los independientes indecisos; a tantas mujeres que soñaron con verse reflejadas en la primera mujer presidente de la historia de Estados Unidos. Según la hora del día, el lugar o la muchedumbre, Obama se transforma y muestra las distintas y cambiantes facetas del personaje político.</p></p><p><p>Pero, insisto, el Barack Obama más interesante es el que apenas conocemos, enterrado bajo el lema llamativo, pero hueco, de "cambio": el muchacho que se crió con una madre adelantada a su época y rompedora con las convenciones que se esperaban de una buena chica (como Dorita, la de <strong>El Mago de Oz</strong>) de Kansas. El hijo de un intelectual keniata al que sólo vio una vez. El nieto de un matrimonio que lo educó para ser un príncipe de las Ivy League. El huérfano de un hombre y una mujer que se murieron antes de tiempo, sin poder saborear los triunfos de aquel muchacho excepcional.</p></p><p>Queda casi medio año para conocer más a fondo a Obama, primogénito de Ann Dunham y Barack Obama Sr. Nieto de Madelyn y Stanley Dunham. Hermano de Maya Soetoro–Ng. Barack Obama, nacido en Honolulu bajo el signo de Leo, que cae en plena canícula.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Obama, ese desconocido</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Obama-desconocido_0_2321768032.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Obama-desconocido_0_2321768032.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 00:43:32 +0000</pubDate><description>Había motivos para celebrar si se tiene en cuenta la larga lucha a favor de los derechos civiles. Estamos hablando de una era en la que, finalmente, ha calado en el tejido social de Occidente que, en efecto, todos tenemos los mismos derechos, lo que no significa que seamos iguales, en el sentido de la uniformidad y homogeneidad de la sociedad. A eso quería llegar, porque, si hay algo que me resulta verdaderamente fascinante de Obama, es lo diferente que es su biografía, no solo del americano medio blanco, sino, también, del afroamericano promedio. Un detalle que, paradójicamente y debido a la servidumbre de las campañas políticas, el senador por Illinois debe exhibir con sumo cuidado, para no perder a una parte u otra del electorado.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>El martes pasado fue un día histórico: Barack Obama se erigía como candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Esa noche, la edición digital del diario español <strong>El Mundo</strong> destacó el hecho de que había ocurrido 143 años después de la abolición de la esclavitud. Al día siguiente, muchos analistas políticos de más de 50 años recordaban lo que esto habría significado en el pasado, cuando la idea de que un afroamericano (o una mujer) pudiese llegar tan lejos era más improbable que pisar la Luna.</p></p><p>Había motivos para celebrar si se tiene en cuenta la larga lucha a favor de los derechos civiles. Estamos hablando de una era en la que, finalmente, ha calado en el tejido social de Occidente que, en efecto, todos tenemos los mismos derechos, lo que no significa que seamos iguales, en el sentido de la uniformidad y homogeneidad de la sociedad. A eso quería llegar, porque, si hay algo que me resulta verdaderamente fascinante de Obama, es lo diferente que es su biografía, no solo del americano medio blanco, sino, también, del afroamericano promedio. Un detalle que, paradójicamente y debido a la servidumbre de las campañas políticas, el senador por Illinois debe exhibir con sumo cuidado, para no perder a una parte u otra del electorado.</p><p><p>La vida de Obama es lo más alejado y foráneo al periplo vital de sus compatriotas, y su singularidad no estriba en ser blanco o negro porque, en realidad, su trayectoria personal se desvía radicalmente del resto de los comunes mortales que habitan este enorme país: hijo de un académico keniata y una <em>scholar</em> blanca de Kansas, cuyo fallido amor se fraguó en una universidad de Hawai. Después de separarse, la madre de Obama se enamora de un estudiante indonesio y con su pequeño, que entonces tenía seis años, se instala en Yakarta. Barack Obama regresa a Hawai cuatro años después, donde vive con sus abuelos maternos y cursa estudios en un exclusivo colegio privado en el que, de acuerdo a su biografía, por primera vez toma conciencia del racismo y comienza a hacerse preguntas sobre su identidad.</p></p><p>Una vez que se decide a emprender una carrera política, podría decirse que comienza a forjar su "persona" pública en una ciudad que no es la suya, Chicago, y donde debe "asimilarse" con el electorado afroamericano de los barrios urbanos y marginales, en busca de votos potenciales. Es difícil asegurar si Obama, que creció en un hogar agnóstico, se unió a la Iglesia Unida de Cristo porque, como Pablo de Tarso, en algún momento se cayó del caballo de la incredulidad, o porque fue allí donde aprendió, a fuerza de observar y cultivar el mimetismo, el arte de la oratoria iluminada y encendida con la que los pastores mueven a las masas. Lo cierto es que sus rivales políticos, afroamericanos que habían surgido de la pobreza de los guetos, en aquellos tiempos lo acusaban de ser un elitista de Harvard cuyos rígidos discursos ponían a dormir a las ovejas. El aventajado aprendiz tomó nota y absorbió el poder de convocatoria y una atractiva altivez que, en pocos años, lo convirtieron en una estrella emergente del partido demócrata.</p><p><p>Como suele ocurrirles a los candidatos en campaña, Obama tiene que mostrarse proteico según el público, la ciudad o el barrio que visite. Debe contentar al afroamericano militante, pero también al que abraza, sin complejos, el <em>mainstream</em>; a los sectores blancos de la clase obrera; a la comunidad judía que reclama alianzas inquebrantables con el estado de Israel; a los hispanos que, hasta ahora, se sentían más identificados con los Clinton; a los independientes indecisos; a tantas mujeres que soñaron con verse reflejadas en la primera mujer presidente de la historia de Estados Unidos. Según la hora del día, el lugar o la muchedumbre, Obama se transforma y muestra las distintas y cambiantes facetas del personaje político.</p></p><p><p>Pero, insisto, el Barack Obama más interesante es el que apenas conocemos, enterrado bajo el lema llamativo, pero hueco, de "cambio": el muchacho que se crió con una madre adelantada a su época y rompedora con las convenciones que se esperaban de una buena chica (como Dorita, la de <strong>El Mago de Oz</strong>) de Kansas. El hijo de un intelectual keniata al que sólo vio una vez. El nieto de un matrimonio que lo educó para ser un príncipe de las Ivy League. El huérfano de un hombre y una mujer que se murieron antes de tiempo, sin poder saborear los triunfos de aquel muchacho excepcional.</p></p><p>Queda casi medio año para conocer más a fondo a Obama, primogénito de Ann Dunham y Barack Obama Sr. Nieto de Madelyn y Stanley Dunham. Hermano de Maya Soetoro–Ng. Barack Obama, nacido en Honolulu bajo el signo de Leo, que cae en plena canícula.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Parano lloraren Beijing</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Parano-lloraren-Beijing_0_2357764423.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Parano-lloraren-Beijing_0_2357764423.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 21:30:41 +0000</pubDate><description>Comenzaron las Olimpiadas y Beijing se ha disfrazado de amable parque temático. El gobierno de Hu Jintao ha contratado al cineasta Zhang Yimou para la tarea de montar el entramado de cartón piedra hasta que se marchen los deportistas, los turistas y los medios de comunicación, Algo que, según ha publicado el New York Times, ha sorprendido a más de uno.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Comenzaron las Olimpiadas y Beijing se ha disfrazado de amable parque temático. El gobierno de Hu Jintao ha contratado al cineasta Zhang Yimou para la tarea de montar el entramado de cartón piedra hasta que se marchen los deportistas, los turistas y los medios de comunicación, Algo que, según ha publicado el New York Times, ha sorprendido a más de uno.</p><p>Durante años Yimou fue uno de los niños terribles que señalaba con el dedo las atrocidades que se han cometido en China bajo el comunismo. Con un talento enorme y una extraordinaria capacidad para combinar el horror y la belleza, nos regaló películas maravillosas como Judou, La linterna roja y, sobre todo, Para vivir, una saga épica que recorría los sinsabores de una familia bajo la cruel arbitrariedad de la Revolución Cultural que impulsó Mao. A cambio, el régimen lo censuró, le prohibió viajar y lo convirtió en un apestado, marginándolo del mundo cultural oficial y oficioso. Sus seguidores no solo admiraban la calidad visual y narrativa de su cine, pero también su coraje en medio de la podredumbre moral de un sistema que exige servidumbres a la inteligencia.</p><p>Ahora sabemos que en los últimos dos años Zhang Yimou ha trabajado a brazo partido –para ser más precisos, con el puño en alto– junto a los funcionarios de una vieja y vetusta dictadura pintarrajeada con los colores de un falso capitalismo controlado por el Estado. Zimou, que en el pasado su mirada crítica le valía ovaciones en los festivales de cine europeos, ahora se dedica a lavar la imagen de un gobierno que se burla de los derechos humanos, que apoya genocidios como el de Darfur, que fomenta la mano de obra esclava, que se salta todas las normas para preservar el medio ambiente, que aplasta a los disidentes del Tíbet y que fusila sin que le tiemble el pulso.</p><p>Zimou, que es un consumado esteta y un virtuoso del encuadre, se ha esforzado por ofrecer al mundo un teatrillo perfectamente sincronizado y grandioso que ensalza el nacionalismo chino y recupera los aromas opiáceos de una potencia expansionista. Y para poder montar esta farsa apta para el público occidental, se ha prestado a ser cómplice de todo tipo de tropelías: los hombre de Hu Jintao han “limpiado” las calles de Beijing de pordioseros, vagabundos, desempleados, jornaleros, minorías, opositores y cualquier individuo sospechoso de pretender organizar un acto de protesta contra los atropellos que todos los días se perpetran en un país con el que las democracias se dan de bofetadas para hacer negocios millonarios.</p><p>La Villa Olímpica es un reino de Jauja artificial, un show de Truman en mandarín, cuyas idílicas vallas acotan el paisaje de la represión y el miedo. O sea, “La vida de los otros” en versión china, y en esta ocasión el divino y admirado Zhang Yimou es la trágica actriz que se vende por un papel en una mala representación.</p><p>Solo que él todavía no ha alcanzado el hastío que te impulsa a arrojarte bajo las ruedas de un coche, borracho de fuegos artificiales y medallitas de hojalata.</p><p>No pude contener la emoción cuando hace años vi Para vivir porque pocas veces un director de cine había sido capaz de sintetizar tan magistralmente la naturaleza perversa y debilitadora del totalitarismo. Qué pena sorprender a Zhan Yimou en el papel de meretriz cultural al servicio de un régimen continuista que tanto lo hizo padecer. Lo suyo es para llorar.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El comandante no tiene quien lo defienda</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/comandante-defienda_0_2375012728.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/comandante-defienda_0_2375012728.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 20:22:55 +0000</pubDate><description>Automáticamente uno tiende a pensar que el “comandante” debe ser Fidel Castro porque a estas alturas es un tipo indefendible. Pero en esta ocasión me refiero a uno de sus discípulos y seguidores favoritos, el inefable presidente de Nicaragua, Daniel Ortega.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Automáticamente uno tiende a pensar que el “comandante” debe ser Fidel Castro porque a estas alturas es un tipo indefendible. Pero en esta ocasión me refiero a uno de sus discípulos y seguidores favoritos, el inefable presidente de Nicaragua, Daniel Ortega.</p><p>Él también es comandante por la vía del Frente Sandinista de Liberación Nacional y cuando ejerció el poder entre 1985–1990 tuvo la oportunidad de mostrar su infinita capacidad para la corrupción, el autoritarismo y una pésima gestión. A cambio, años después los nicaragüenses, pueblo desmemoriado y masoquista donde los haya, volvió a elegirlo en las urnas.</p><p>Ya es malo que Daniel Ortega sea un dinosaurio del castro–estalinismo, un gobernante corrupto, un mecenas de narcoguerrillas y un inepto en materia económica. Pero lo que resulta intolerable es que sobre él pese la acusación de que durante años abusó sexualmente de su hijastra y que se haya librado de una investigación y un proceso judicial gracias a las componendas de una clase política y legislativa liderada por un bribón como el liberal Arnoldo Alemán.</p><p>Cuando Zoilamérica Narváez, hija de Rosario Murillo, la esposa y mano derecha de Ortega, denunció en 1998 los vejámenes y violaciones a las que supuestamente la había sometido el ex guerrillero durante su infancia y adolescencia, se enfrentó a la complicidad de unos jueces sandinistas y a la pasividad de una sociedad que, a diferencia de lo que habría ocurrido en Estados Unidos o Europa, no exigió transparencia y permitió una vez más que se pisoteara el estado de derecho.</p><p>A Zoilamérica, que no contó con el apoyo de su madre, se le negó el derecho elemental que tiene cualquier ciudadano a ir a juicio contra su presunto victimario.</p><p>Ha pasado mucho tiempo desde que la hijastra de Daniel Ortega le contara a quien quisiera escucharla su versión de unos hechos en los que, según ella, era frecuente que su padrastro la acosara en el baño mientras se duchaba o la obligara a ver videos pornos con él para aderezar sus fantasías eróticas con la menor. Tan vieja es esta historia, que simplemente la habíamos almacenado en el desván de la memoria como otro inexplicable capítulo de la abyección política latinoamericana. Poco más podía hacerse cuando un individuo tan sospechoso y mala sombra como Ortega podía volver a ganar unas elecciones en su país.</p><p>Pero debe ser cierto que al final sí hay justicia. Recientemente el periódico español El País revivió el affaire Zoilamérica contra Daniel Ortega y poco después Mario Vargas Llosa se hacía eco de este desgraciado suceso en un artículo meticuloso y demoledor titulado “Para la historia de la infamia”. El célebre autor peruano señalaba, además, que la Corte Interamericana de Derechos Humanos había admitido la denuncia de la hijastra de Ortega. O sea, un tribunal internacional le concedía lo que su país de nacimiento le había negado.</p><p>Qué importante es para las víctimas que los medios, intelectuales de peso y entidades acreditadas ventilen y acojan sus súplicas cuando todo parece perdido y enterrado. Eso es precisamente lo que este verano le ha ocurrido a Zoilamérica: después de que se resucitara su acusación, la ministra de Asuntos de la Mujer en Paraguay amenazó con dimitir si Ortega acudía a la toma de posesión del presidente electo Fernando Lugo; y la semana pasada la ministra del Ministerio de la Familia en Honduras presentó su dimisión ante la confirmación de que el mandatario nicaragüense estaría presente en la reunión del Alba que se celebró en Tegucigalpa.</p><p>Muchas feministas de izquierdas simpatizan políticamente con Daniel Ortega, pero no están dispuestas a colocar la ideología por encima de los más elementales valores morales.</p><p>Finalmente, los colectivos que defienden los derechos de la mujer en Latinoamérica se han negado a convertirse en cómplices y encubridores de un tipo que ha burlado la ley para no enfrentarse a los cargos de prolongado acoso sexual y violaciones de los que lo acusa su hijastra. Mientras la sombra de la duda persista, a Ortega le ha llegado el momento inaplazable de ser un apestado en todas las fiestas. Todo crimen tiene su castigo.</p><p><p><strong>Firmas Press. La autora es periodista cubana</strong></p></p>]]></content:encoded></item><item><title>Hannah, una niña con decisión</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Hannah-nina-decision_0_2431257067.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Hannah-nina-decision_0_2431257067.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 16:15:53 +0000</pubDate><description>La historia de Hannah Jones ha conmovido a los británicos. No me extraña, porque cuando la vi en un video sentí una profunda emoción. Aunque solo es una chiquilla de 13 años, ha defendido con gran entereza su deseo de morir “con dignidad”.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La historia de Hannah Jones ha conmovido a los británicos. No me extraña, porque cuando la vi en un video sentí una profunda emoción. Aunque solo es una chiquilla de 13 años, ha defendido con gran entereza su deseo de morir “con dignidad”.</p><p>A Hannah le diagnosticaron leucemia a los cinco años y desde entonces ha sufrido tres operaciones de corazón por el daño que le han causado los medicamentos. Ahora debería someterse a un transplante que no le garantizaría salir con vida, algo a lo que la niña se ha negado porque no podría soportar los rigores de otra intervención quirúrgica. En definitiva, Hannah Jones ha convencido al defensor del menor que le permita seguir su rutina diaria y la dejen morir en paz. Los médicos le han dicho que su vencido corazón podría dejar de latir en un plazo de seis meses.</p><p>La muchacha cuenta con el apoyo de sus padres, a quienes en un primer momento el hospital pensó en demandar y quitar la custodia de su hija para obligarla a pasar por el quirófano. Pero la capacidad de convencimiento de Hannah y la lógica aplastante con la que ha sustentado su decisión acabaron por desarmarlos. Ahora la chiquilla podrá disfrutar de sus hermanos y de su madre, cuya profesión es la de enfermera, quien la cuidará en casa hasta el final. Porque Hannah Jones ha dicho que quiere despedirse rodeada de los suyos y no en la fría habitación de una clínica.</p><p>La niña que le habla a los periodistas de la BBC con el aplomo de un adulto, lo hace sentada en el escritorio de su habitación, decorada en rosa y llena de peluches. Si no fuera porque sus latidos tienen los días contados, su dormitorio se confundiría con el de tantas adolescentes entretenidas con su compuradora y Cd de sus grupos favoritos.</p><p>Cuando Hannah le explica al mundo su empeño por conservar cierta calidad de vida antes que continuar tratamientos draconianos, a uno se le encoge el ánimo porque cree tener delante a los retoños que parimos y procuramos resguardar de cualquier peligro que pudiera arrebatárnoslos.</p><p>Si Hannah fuese mi hija y me dijera, sosegada y resuelta, que no quiere alargar una existencia llena de sufrimiento físico y limitaciones, haría de tripas corazón para acompañarla en el difícil tramo final. Me tragaría todas las lágrimas y ocultaría mi ira frente a la indiscriminada injusticia de la naturaleza para compartir con ella hasta el último segundo. La admiraría por su arrojo y por su capacidad, a pesar de su corta edad, para comprender que vivir es un derecho y no una obligación.</p><p>Hannah ha tenido la suerte de crecer en una sociedad en la que el sistema la ha escuchado antes de desoír su ruego. Todas las partes involucradas en esta triste historia examinaron su situación y valoraron bien su postulado. Hannah Jones es rubia como la nieve y su mirada es transparente como un día sin nubes. Desde su habitación mortal y rosa defiende su noble causa como una filósofa de porcelana. Duele vislumbrar tanta lucidez en su cuerpo herido y menudo.</p>]]></content:encoded></item><item><title>¿Quién salvará a los demás?</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/salvara_0_2436506358.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/salvara_0_2436506358.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 15:58:14 +0000</pubDate><description>Debieron dar la voz de alarma cuando comenzaron a aparecer en las autopistas de Estados Unidos unos vehículos que, de lejos, parecían Panzers amenazadores conducidos por el general Rommel. Aquellos horrorosos carros blindados transportando a familias con vocación expansionista eran la señal inequívoca de que las tres grandes corporaciones de la industria automotriz –General Motors, Chrysler y Ford – habían perdido el norte y con ellos la sociedad americana, dispuesta a emular en las carreteras el Apocalipsis de Mad Max.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Debieron dar la voz de alarma cuando comenzaron a aparecer en las autopistas de Estados Unidos unos vehículos que, de lejos, parecían Panzers amenazadores conducidos por el general Rommel. Aquellos horrorosos carros blindados transportando a familias con vocación expansionista eran la señal inequívoca de que las tres grandes corporaciones de la industria automotriz –General Motors, Chrysler y Ford – habían perdido el norte y con ellos la sociedad americana, dispuesta a emular en las carreteras el Apocalipsis de Mad Max.</p><p>Durante años los gigantes de Detroit ignoraron la importancia de buscar alternativas viables que acabaran con la dependencia del petróleo. Entretanto, los fabricantes asiáticos y europeos se afianzaban manufacturando coches más pequeños y prácticos. Como era de esperar, ahora, arrastrados por una recesión que tiene a media nación medicada con Prozac, el trío ha lanzado un SOS para que el Gobierno los salve de su propia mediocridad antes de verse obligados a declararse en bancarrota.</p><p>Los demócratas no han tardado en proclamar que es necesario diseñar otro mega plan de rescate, esta vez destinado a GM, Chrysler y Ford. Todo esto ocurre cuando todavía el secretario del Tesoro de la administración Bush se rasca la cabeza en público haciéndose la pregunta hamletiana de si sirvió y para qué valió el millonario bailout, cuyo objetivo era rescatar a los traviesos chacales de Wall Street.</p><p>En el New York Times, donde su habitual línea editorial convive civilizadamente con un puñado de columnistas conservadores, se puede leer en un mismo día opiniones divergentes en torno a este dilema: el diario secunda la iniciativa demócrata, argumentando que no hay otra alternativa que la de subvencionar a estas tres compañías, porque de lo contrario millones de trabajadores se quedarían sin empleo y se produciría un efecto dominó en otros sectores laborales. A cambio, apostillan, habría que asegurarse de que el Gobierno les exigiera que de una vez se colocaran a la altura de empresas japonesas como Honda o Toyota. Por otro lado, en las mismas páginas David Brooks muestra su indignación ante la injerencia del sistema en la dinámica natural del capitalismo y recuerda que entidades que en otros tiempos eran consideradas pilares indispensables de la economía (Pan Am o ITT) pasaron a mejor vida cuando no fueron capaces de reciclarse. Entonces, se pregunta Brooks, qué hace el Tío Sam salvando a tres empresas incompetentes mientras otras como DHL o Circuit City están despidiendo a miles de trabajadores y no descartan cerrar del todo.</p><p>Lo cierto es que las proyecciones económicas del país presagian una Navidad lejos del espíritu de los villancicos de Bing Crosby. Millones de americanos andan cabizbajos y haciendo cuentas para llegar a fin de mes o no perder sus casas. En medio de la depresión colectiva resultan sospechosos estos selectivos planes de rescate, en los que está fuertemente involucrado el poder de los lobbies corporativistas y de los sindicatos. Un llamamiento por parte de los políticos que parece demasiado improvisado, si se tiene en cuenta que pretenden repartir festinadamente el dinero de los contribuyentes sin ofrecer garantías de que dichas medidas atajen el problema.</p><p>Si nadie va a salvar al idiota de turno que se compró un Hummer y ahora no puede pagar las letras ni la gasolina que consume, ¿por qué han de darle otra oportunidad a una corporación como GM, que tan irresponsablemente sacó al mercado un monstruo que es el sueño de los paraísos del petrodólar? ¿No será que los dinosaurios están condenados a extinguirse?</p>]]></content:encoded></item><item><title>Días tranquilos en Mumbai</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Dias-tranquilos-Mumbai_0_2447755232.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Dias-tranquilos-Mumbai_0_2447755232.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 15:28:08 +0000</pubDate><description>Desde hace tiempo es Mumbai, pero yo prefiero decir Bombay cuando hablo de esa ciudad que tanto me gustó cuando viajé a la India. He vuelto a ver imágenes de sitios y edificios que visité, solo que ahora se trataba de videos con charcos de sangre, heridos, gente que corría espantada. Los terroristas del islamismo fundamentalista atacaron la capital financiera y a la vanguardia del país porque están en contra del progreso y de las fusiones que genera la aldea global. Ellos querrían ver un mundo oprimido bajo el burka y la esclavitud del pensamiento único. Los fanáticos religiosos son así: unidimensionales y obtusos. No hay más remedio que defendernos de ellos si queremos preservar el reducto de libertad. No queda otra alternativa.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Desde hace tiempo es Mumbai, pero yo prefiero decir Bombay cuando hablo de esa ciudad que tanto me gustó cuando viajé a la India. He vuelto a ver imágenes de sitios y edificios que visité, solo que ahora se trataba de videos con charcos de sangre, heridos, gente que corría espantada. Los terroristas del islamismo fundamentalista atacaron la capital financiera y a la vanguardia del país porque están en contra del progreso y de las fusiones que genera la aldea global. Ellos querrían ver un mundo oprimido bajo el burka y la esclavitud del pensamiento único. Los fanáticos religiosos son así: unidimensionales y obtusos. No hay más remedio que defendernos de ellos si queremos preservar el reducto de libertad. No queda otra alternativa.</p><p>Me resulta extraña la idea de que por donde mismo pasee para disfrutar de los atardeceres en las inmediaciones de las puertas de la India, hubo estallidos de granadas que interrumpieron el paseo de los chiquillos y las parejas enamoradas al borde del mar Arábigo. Allí vi barcos que cortaban el horizonte y cuando caía el sol todo era naranja en Bombay, como el collar de caléndulas que me ofrecieron a la salida de un templo jainista en el barrio residencial de Malabar.</p><p>Recuerdo los días en Bombay como un remanso en el transcurso de un duro viaje, desde la pobreza en las calles áridas de Nueva Delhi a los cadáveres que ardían a las orillas de los Ghats en Benarés, donde vimos amanecer a bordo de una barcaza sobre el Ganges. Los fuertes olores de la ciudad santa de la India, sus laberintos y las vacas –sagradas y escuálidas– encajadas en los recovecos como efigies imposibles.</p><p>Hay quien se arrepiente de viajar a la India por los contrastes sociales de las barriadas, los niños que deambulan, los monos sueltos, las inclemencias de algunos paisajes. Pero para mí ha sido, tal vez, el viaje que más adentro llevo. En algún momento llegué a pensar que se me prendió por razones sentimentales. Recuerdos de algo que fue y luego se perdió en el eco del Palacio de los Vientos una mañana soleada en Jaipur. Pero eso sería quedarse en la anécdota de los vaivenes amorosos, que más bien son episodios de felicidad intermitente y espejismos reflejados en el lago de Udaipur.</p><p>Supe que la India se había quedado atrapada en el disco duro de mi retina y de mi corazón cuando me senté a escribir mi primera novela. Todo me llevó a ese país y el punto de partida surgió, precisamente, en una tarde de caminata que acabó en el majestuoso hotel Taj Majal, hoy cruelmente mutilado. Faltaba poco para partir hacia Madrid y quisimos comprar libros. En el lobby del establecimiento hotelero con más solera de Bombay descubrimos una maravillosa librería, de la que me llevé algunas obras de Naipul y una interesante crónica escrita por un hombre que siguió los monzones en la temporada de lluvia. También adquirimos un cuaderno con bonitas y floridas ilustraciones del Kama Sutra.</p><p>El Taj Majal resultaba prohibitivo para nuestro limitado presupuesto, pero nuestro modesto hotel, el Gordon House, estaba situado a pocos metros en una tranquila calle del barrio de Colaba, centro de reunión de extranjeros y hoy blanco principal de los muchachos exaltados que sueñan con amordazar el pensamiento y barnizar de grisura nuestras vidas.</p><p>Nunca imaginé que Bombay fuese una urbe tan llena de verdores tropicales adornando los suntuosos edificios que el imperio británico dejó a su paso: una réplica de Victoria Station, donde los trenes parten con precisión british. Hermosos museos que salpican las grandes avenidas. Elegantes cines que devuelven el glamour del Star System. No en balde es en esta ciudad donde los estudios de Bollywood son escenarios de cartón piedra en los que se desarrollan insólitos y kilométricos musicales que enardecen al público.</p><p>Quiero creer que algún día no muy lejano regresaré a Bombay, donde recorrí sus calles con la certeza de que el mundo no temblaría. Aún conservo la caléndula seca y marchita que me regalaron a la salida del templo. Eran días tranquilos en Bombay.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Lecciones para una ‘shopaholic’</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Lecciones-shopaholic_0_2457504264.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Lecciones-shopaholic_0_2457504264.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 15:02:36 +0000</pubDate><description>La película Confesiones de una ‘shopaholic’ pretendía ser una comedia ligera dentro del género de lo que se conoce como chick flicks. O sea, con temática dirigida a las chicas jóvenes e inspirada en la novela del mismo nombre de Sophie Kinselle. Un éxito como la saga de Sex and the City, en el que se siguen las peripecias y desventuras de una muchacha alocada que al final encuentra al hombre de su vida. Pero antes de su estreno, el filme ha tenido que volver a la cabina de montaje para cambiar un final que se ajuste a los tiempos de recesión que se viven en Estados Unidos.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La película Confesiones de una ‘shopaholic’ pretendía ser una comedia ligera dentro del género de lo que se conoce como chick flicks. O sea, con temática dirigida a las chicas jóvenes e inspirada en la novela del mismo nombre de Sophie Kinselle. Un éxito como la saga de Sex and the City, en el que se siguen las peripecias y desventuras de una muchacha alocada que al final encuentra al hombre de su vida. Pero antes de su estreno, el filme ha tenido que volver a la cabina de montaje para cambiar un final que se ajuste a los tiempos de recesión que se viven en Estados Unidos.</p><p>Los productores de esta cinta sobre una fashion victim adicta a la ropa de marca y a las tarjetas de crédito temen que la audiencia no perdone la ausencia de una lección moralizante, cuando millones están perdiendo sus empleos y sus hogares. Antes de que los castiguen en la taquilla, están dispuestos a sumarse a la prédica de la austeridad para aliviar la culpa colectiva por la fiebre consumista que ha acabado con el crédito de muchos americanos.</p><p>No sé cómo redimirán a la protagonista, dependiente de Gucci y Prada, sin que caiga fulminada por el síndrome de abstinencia en la Quinta Avenida de Nueva York, pero, tal vez, la solución para una ‘shopaholic’ es el retorno de los planes de layaway. Me explico: precisamente fue en la Gran Depresión de 1929 cuando muchos comercios establecieron un plan de pago en efectivo para adquirir una prenda o un artículo que uno deseaba tener, pero no contaba con el dinero necesario para obtenerlo en el momento. Durante un periodo de un mes el interesado entregaba una pequeña cantidad y a cambio le apartaban el producto sin acumular intereses, hasta que entregara la totalidad de su valor. Si el cliente no cumplía con los pagos establecidos, simplemente le devolvían lo que había dado y se quedaba sin su soñada adquisición, pero sin las deudas que genera el abuso de la mágica tarjeta de plástico.</p><p>Pues bien, ahora grandes almacenes como K Mart y Sears han desempolvado el layaway con la esperanza de resucitar un mercado con débiles signos vitales a pesar de las luces de Navidad que ya adornan los hogares de suburbia. Estas maniobras de marketing inevitablemente me traen memorias de mi abuela paterna, cuando, siendo yo una niña, pasaba parte del verano en su casa, situada en un barrio de clase trabajadora en West Palm Beach. Durante aquellas estancias solía acompañarla a tiendas donde mi abuela sacaba de un sobre unos cuantos dólares que entregaba a la dependienta y, para mi sorpresa, nos marchábamos con las manos vacías. A mí me resultaban misteriosas aquellas transacciones de las que no nos llevábamos ni un vestido o un electrodoméstico. También la ayudaba a pegar en unos álbumes unos sellos verdes que coleccionaba pacientemente. Cuando completábamos un cuadernillo mi abuela y yo íbamos a unos establecimientos donde, a cambio de las libretas, ella elegía una batidora o piezas de cubertería. Si no recuerdo mal, los sellos los obtenía a modo de puntos por compras que hacía en el supermercado. Estoy segura de que a ella, que tanto le gustaba conocer mundo, le habría gustado viajar más, pero los green stamps no ofrecían tours a París, sino poncheras que acumulaban polvo en la vitrina del comedor.</p><p>Con los años comprendí que su sueldo de costurera en una boutique de la lujosa Worth Avenue no le alcanzaba para derrocharlo alegremente con una engañosa tarjeta de crédito. De hecho, mi abuela murió sin deudas y con su vivienda pagada. Fueron el fruto del esfuerzo, el ahorro y la prudencia. Así de simples y básicas son las lecciones para una impenitente ‘shopaholic’.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Un cuento de Navidad</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/cuento-Navidad_0_2462753733.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/cuento-Navidad_0_2462753733.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 14:51:52 +0000</pubDate><description>¿Cómo olvidar la historia de Oliver Twist, ese huérfano que en plena revolución industrial huía del villano Fagin en las calles de Londres? En las novelas de Charles Dickens los héroes sufren todo tipo de vicisitudes en manos de malvados que pretenden acabar con su inocencia, pero al final el protagonista vence los obstáculos y sale crecido de ese viaje iniciático que lo forja.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>¿Cómo olvidar la historia de Oliver Twist, ese huérfano que en plena revolución industrial huía del villano Fagin en las calles de Londres? En las novelas de Charles Dickens los héroes sufren todo tipo de vicisitudes en manos de malvados que pretenden acabar con su inocencia, pero al final el protagonista vence los obstáculos y sale crecido de ese viaje iniciático que lo forja.</p><p>Jamal Malik, el protagonista de Slumdog millionaire, la mejor y más vibrante película de este año, es la versión india de Oliver Twist. Inspirada en la novela Q and A, de Vika Swarup, el director escocés Danny Boyle sigue las peripecias de este chiquillo de los arrabales de Mumbai quien, junto a su hermano y la pequeña Latika, conforma un trío de mosqueteros en miniatura que debe luchar para sobrevivir entre la podredumbre y contra los que pretenden explotarlos. Seguimos las aventuras y desventuras de Jamal en una sociedad dura y cruel, desde su niñez hasta que se convierte en un joven. En la mejor tradición dickensiana, Jamal, que es la voz de los desposeídos, acaba por triunfar porque la honestidad y el tesón vencen a las fuerzas del mal. O por lo menos eso aprendimos de aquellas formidables novelas que encendieron el fuego de nuestra imaginación infantil. De aquellas lecturas se desprendía que había cabida para la justicia. El gran Charles Dickens no podía equivocarse con su infalible fórmula literaria.</p><p>Pero llegó la Navidad de 2008 y, en el umbral de otro año, los Fagin de este mundo se han multiplicado mientras que los Oliver Twist parecen no ser capaces de imponerse a la pudrición moral que corroe las instituciones y destruye el tejido social, dirigidas por tipos inescrupulosos y de ambición desmedida. Cuando creíamos haberlo visto todo en un Wall Street que se ha destapado como la Sodoma y Gomorra de las finanzas, apareció Bernard Madoff, el más vil de todos los Fagin contemporáneos, con una pirámide de millones que al desplomarse ha arrastrado a miles de estafados.</p><p>Como la vida no es nada más que el reflejo de las novelas que de niños nos robaban el sueño, los giros inesperados desvían el guión que parecía escrito sobre piedra. A pesar del desánimo general que por momentos roza la indignación colectiva frente a tanto despropósito, otro Jamal, pero esta vez de carne y hueso, se ha llevado un premio de 362 mil 349 dólares tras haber comprado un billete de lotería para el sorteo Navidad en España. Su nombre es Jamal Sahid, un chico de 18 años nacido en Bangladesh, que vive con otras seis personas en un modesto piso del barrio del Raval en Barcelona. Jamal es un inmigrante y el día que ganó el premio pidió librar en el restaurante en el que trabaja, para celebrar su buenaventura antes de incorporarse de nuevo a su empleo. El muchacho sueña con abrir su propio local de comidas y abandonar la hacinada vivienda que comparte con otros extranjeros.</p><p>Jamal Sahid no es el Jamal Malik que en el filme deambula como un perro herido por los barrios marginales de Mumbai, pero ya conoce el desarraigo, la necesidad y el valor del esfuerzo personal. Ahora, como el muchacho de la película, la fortuna le ha sonreído a modo de pasaporte para una vida mejor y con horizontes. Jamal Sahid, como el conmovedor Jamal Malik del celuloide, tiene intención de no desaprovechar su buena estrella. Ojalá que en el camino no se tropiece con los Fagin de este mundo. Le deseamos suerte.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Chávez o la mecánica de la peonza</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Chavez-mecanica-peonza_0_1928807160.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Chavez-mecanica-peonza_0_1928807160.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 05:32:49 +0000</pubDate><description>No podemos olvidar que Chávez es derrochador con el erario público de Venezuela. Lo mismo lo emplea para subvencionar a aliados como Cuba y Bolivia, que para "comprar" a los militares y otros poderes fácticos de su país. Como por ahora los venezolanos viven la vida loca de la bonanza petrolera (que es su gallina de los huevos de oro), el clamor popular contra la irresponsabilidad económica del presidente reelecto permanece dormido. Ajeno a la pantomimacantinflesco-bolivariana.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>El sarao se atrasó por culpa de Hugo Chávez. Los jefes de Estado y séquitos que habían viajado a Managua para la toma de posesión de Daniel Ortega tuvieron que soportar una hora de espera antes de que llegara la nueva Diva del populismo caribeño. Y Chávez, que se ha aprendido las lecciones de Castro con el entusiasmo de los<em> groupies </em>que siguen a Barbra Streissand, se hizo de rogar dándose la importancia de las reinas de carnaval. Tenía derecho a hacerlo, pues de su bolsillo salieron los dineros para la campaña y el ágape posterior de su amigo Ortega.</p></p><p>No podemos olvidar que Chávez es derrochador con el erario público de Venezuela. Lo mismo lo emplea para subvencionar a aliados como Cuba y Bolivia, que para "comprar" a los militares y otros poderes fácticos de su país. Como por ahora los venezolanos viven la vida loca de la bonanza petrolera (que es su gallina de los huevos de oro), el clamor popular contra la irresponsabilidad económica del presidente reelecto permanece dormido. Ajeno a la pantomimacantinflesco-bolivariana.</p><p>Siempre que veo a Chávez en una tribuna y con un micrófono, algo que cada vez es más frecuente, siento que me va a salir una feroz urticaria. En esta última ocasión el militar golpista habló casi tres horas con motivo de su juramentación al cargo. Como era su fiesta particular, el buen hombre no se inhibió ni un poco. Sino que una vez más habló hasta por los codos. Enfermo de una suerte de disentería verbal que no tiene ni pies ni cabeza. La boca de Chávez es una regadera infinita de palabras inconexas que se hilvanan unas con otras. De sus labios escapan los conceptos más disparatados y en la riada uno sólo alcanza a comprender "Bolívar", "Patria", "Muerte", "Socialismo del siglo XXI", "Cristo" y poco más. Después de lo que parece una eternidad todo me da vueltas. La perorata me produce vértigo.</p><p><p>A Jaime Bayly, que es incisivo como el rayo que no cesa, le gusta mucho poner vídeos de Hugo Chávez en su programa, a modo de graciosos <em>bloopers</em> para deleite de un público que se desternilla frente a las barrabasadas que suelta. Se trata de la manera más económica de tener un <em>sketch</em> cómico sin pagarle a la <em>troupe </em>de <em>Saturday Night Live</em>. El líder bolivariano abre la boca y las risas salen de la lata. Si no fuera porque a veces a uno se le tuerce el gesto ante la evidente peligrosidad del payaso en cuestión.</p></p><p>Los días antes de la toma de posesión de Chávez los periódicos y los comentaristas políticos hablaban sobre la sorpresa que había causado la radicalización de su programa político en tan poco tiempo. Volví a temer que me saliera el antiestético sarpullido. Para ser justos, Hugo Chávez siempre ha sido transparente en cuanto a sus intenciones políticas. El tipo es más simple que una peonza. A diferencia de su admirado y agonizante Castro, nunca les ha mentido a los venezolanos. Salvando las distancias, que son abismales en cuanto a la dimensión del mal, es como decir que Hitler engañó a los alemanes. Años antes había escrito en Mein Kampf sus propuesta para la "solución final". Otra cosa es caer en el error de subestimar al mesías de turno.</p><p>Un amplio sector de la sociedad respalda las ideas huecas y grandilocuentes de Chávez y votó por él. Un hecho que todo demócrata ha de respetar con infinita melancolía. El mandatario venezolano, que cuenta con el botín de los petrodólares, se comporta como un Padrino de la mafia repartiendo por doquier billetes, favores y prebendas. A cambio, sus amigos coyunturales tienen que aguantar sus parrafadas de ególatra provinciano. Y si le llevan la contraria, como el actual Secretario de la OEA, cuyo puesto se lo debe, en gran parte, al lobby que por él hizo Chávez, se arriesgan a ser humillados por el Don del clan. Más o menos en eso consiste el socialismo del siglo XXI del que tanto habla en Aló Presidente.</p><p>Uno observa con cierto estupor lo que se avecina en Venezuela. Que se cumpla el destino que se trazaron en las urnas. Que se complete el ciclo de su karma socio-político. Por lo pronto, lo que me aflige es el eczema que me provoca la jerigonza de Chávez. Un Tony Soprano de andar por casa. Y sin siquiatra que lo medique.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Cuestión de tiempo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Cuestion-tiempo_0_1967053344.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Cuestion-tiempo_0_1967053344.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 03:55:57 +0000</pubDate><description>A la segunda va la vencida. El presidente peruano, Alan García, quiere dejar atrás la mala gestión de su primer gobierno con campañas que promueven una mayor conciencia cívica. Tal vez con la idea de señalar la impuntualidad de su antecesor, Alejandro Toledo, quien era conocido por llegar tarde a los actos oficiales, García ha lanzado una cruzada llamada "A la hora sin demora", para acabar con la proverbial tardanza de los peruanos.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>A la segunda va la vencida. El presidente peruano, Alan García, quiere dejar atrás la mala gestión de su primer gobierno con campañas que promueven una mayor conciencia cívica. Tal vez con la idea de señalar la impuntualidad de su antecesor, Alejandro Toledo, quien era conocido por llegar tarde a los actos oficiales, García ha lanzado una cruzada llamada "A la hora sin demora", para acabar con la proverbial tardanza de los peruanos.</p><p>Sin perder tiempo, pues de eso se trata, el pasado 1 de marzo los relojes del país se sincronizaron al mediodía a instancias de un sicoanalista, Max Hernández, quien está al frente de este esfuerzo. Para este discípulo de Freud ha llegado el momento de poner freno a los "tardones" porque si hay algo que no es rescatable es el tiempo. O sea, García ha puesto a los peruanos en el diván para que de una vez por todas resuelvan el trauma de llegar tarde a todas partes. Algo que repercute en la productividad y eficiencia de los trabajadores y las empresas.</p><p>Pero el Perú no es el único país latinoamericano que tiene la fea costumbre de hacer esperar al otro. En el continente existe la hora "dominicana" o la "colombiana". Lo cual quiere decir que la improvisación prima sobre el compromiso de las citas concertadas y los horarios establecidos. Y llegar tarde o, en el peor de los casos, ni tan siquiera aparecer son aceptados socialmente sin que conlleve consecuencias fulminantes.</p><p><p>Soy la primera que defiendo a ultranza el derecho al ocio y al descanso frente a la tendencia alienante de esclavizar al trabajador. Precisamente porque creo que la pereza es el premio o la recompensa al esfuerzo. Pero comparto la voluntad de acabar con la falta de seriedad de sociedades que no muestran el más mínimo respeto por el tiempo de los demás. Mi veta calvinista --que la tengo y a mucha honra-- me ha hecho tener la precisión de un reloj suizo y la puntualidad de un <em>gentleman</em> británico a la hora del té. Y me indignan sobremanera los que son impuntuales en detrimento de los demás.</p></p><p>Tengo amigos que no tienen sentido del tiempo y son capaces de hacerte esperar una hora a la intemperie y con aguacero. Hace años podían encontrarme con cara de pocos amigos y arreglar el agravio con una disculpa y la promesa de que no volvería a suceder. Eso ya no sucede más, pues el tiempo límite de mi paciencia es media hora antes de marcharme del lugar acordado. Bastante tienen con que no les retire la palabra a pesar de su olímpico desprecio por mi tiempo. Que, como bien dice el sicoanalista, no es renovable.</p><p>Los latinoamericanos dicen que su impuntualidad es una herencia de los españoles. Puede que sí, pero en la Madre Patria hace mucho que dejaron atrás este defecto atávico. La incorporación a la Unión Europea trajo consigo la exactitud de Bruselas y los trenes salen de las estaciones con escrupulosa regularidad. Entretanto, las antiguas colonias presumen de que la tardanza forma parte de su identidad cultural. Esta singular noción del tiempo les ha costado el atraso social, económico y tecnológico. Es la diferencia entre viajar cómodamente en un tren de alta velocidad o irritados en uno de vapor.</p><p>La campaña comenzó con el reloj de la Plaza Mayor de Lima, quizá como recordatorio de que cuando se introdujeron los relojes en Europa --allá por el siglo XIII-- las ciudades que más pronto prosperaron fueron aquellas en las que instalaron carillones en las plazas. ¿Tendrá éxito este experimento? El tiempo lo dirá.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Shakespeare y el papel higiénico</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Shakespeare-papel-higienico_0_1990301018.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Shakespeare-papel-higienico_0_1990301018.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 02:57:07 +0000</pubDate><description>Cuando me lo dijeron pensé que era una broma. En la cámara de representantes del Estado de la Florida se iba a discutir un proyecto de ley para vigilar el suministro de papel higiénico en los restaurantes. Es decir, los políticos, cuyos sueldos salen de los bolsillos ...de los contribuyentes, dedicarían parte de sus sesiones al dilema shakesperiano de "Papel higiénico o no". Esa es la cuestión".
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando me lo dijeron pensé que era una broma. En la cámara de representantes del Estado de la Florida se iba a discutir un proyecto de ley para vigilar el suministro de papel higiénico en los restaurantes. Es decir, los políticos, cuyos sueldos salen de los bolsillos ...de los contribuyentes, dedicarían parte de sus sesiones al dilema shakesperiano de "Papel higiénico o no". Esa es la cuestión".</p><p><p>Resulta irónico que a la misma vez que en el Capitolio de Tallahassee se gastaban el <em>per diem </em>con temas de chirigota, <strong>The New York Times</strong> publicaba un reportaje sobre una pareja de neoyorquinos que se ha embarcado en la aventura de vivir durante un año alejada del progreso y sus numerosos cachivaches. El experimento quedará plasmado en un libro que se titulará <strong>No impact,</strong> en el que Colin Beavan relata su nueva forma de vida: una en la que no hay ningún tipo de vehículos que funcionen con carbón. Ni televisores, neveras o el uso de ascensores. Beavan y su esposa, Michelle Conlin, han renunciado a comprar mercancías, excepto los alimentos naturales que cada día compran en un mercado orgánico de su barrio.</p></p><p>Bien, ¿pero qué tienen que ver los señores de Tallahassee con esta pareja de "verdes"? La respuesta es sencilla. El artículo en cuestión se titula "El año sin papel higiénico" porque el matrimonio Conlin-Beavan y su hija de dos años se limpian el trasero a la antigua usanza: con una palangana y mucha agua. Por aquello de no llenar el planeta de más desperdicios que no sean, como la caca, orgánicos. En los últimos cuatro meses el portero del edificio no ha recogido una sola bolsa de basura en el rellano de su apartamento. Lo que no impide que se cruce en las escaleras frecuentemente con el señor Beavan, quien ya ha perdido 20 libras desde que sólo emplea las piernas como medio de locomoción en la Gran Manzana.</p><p><p>Qué formas más dispares de ver el mundo. Los políticos floridanos andan muy preocupados por la limpieza de los comensales y están dispuestos a crear un ejército de inspectores que tomen por asalto los baños de los establecimientos y hagan redadas allá donde no tengan un constante avituallamiento de rollos de papel. Aunque sea a costa de los árboles talados, el medio ambiente y el balance del ecosistema. En la otra esquina, la familia Conlin-Beavan juega a un más que improbable experimento social y cruza los dedos para que de este salga un <em>bestseller </em>millonario cuyas ganancias les garantizarían una provisión considerable del mejor papel higiénico. O sea, el acolchado, perfumado y con dibujitos en relieve. Todo un lujo para una retaguardia castigada durante un año.</p></p><p>Confieso que estoy a medio camino entre la manía policiaco-sanitaria de nuestros políticos y la militancia del matrimonio alternativo. Lo cierto es que, a lo sumo, la ausencia de papel higiénico en los restaurantes me produce una suerte de melancolía y nunca indignación ciudadana. Y por mucho que ame este planeta –cosa que tampoco tengo claro– no estoy dispuesta a renunciar a las comodidades que conlleva el avance tecnológico para congraciarme con Al Gore y sus amigos de Hollywood, cuyas vidas disipadas y opulentas, por cierto, he subvencionado durante años en las taquillas de los cines. Además, ¿quién desea vivir sin celuloide? Esas quimeras de la imaginación hechas con retazos de progreso que ninguna palangana con agua puede erradicar de la sociedad de consumo. Construida, también, con lienzos, libros, películas, CD. Objetos bellos. Hijos de la modernidad. No todos biodegradables. Ni animales ni vegetales. Pero vivos a su manera y necesarios.</p><p>Crecí en Europa, donde todavía no impera la obsesión por el aseo que tienen los norteamericanos. Inventores de los desinfectantes para las manos, los insólitos desodorantes íntimos con olor a frutas del bosque y todo género de toallitas sanitarias. Allí aprendí a convivir con el estupor que ocasiona un lavado público sin papel higiénico. Sentimiento que desarrollé aún más en Marruecos, Turquía o la India. Países con gastronomías que harían las delicias de los impolutos señores de Tallahassee y el matrimonio condenado a comer hierbajos durante un año. Ojalá todos los dilemas fueran en torno al papel higiénico. Shakespeare se quedaría de una pieza.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La magia de pensar</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/magia-pensar_0_1997050343.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/magia-pensar_0_1997050343.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 02:40:08 +0000</pubDate><description>El físico de Joan Didion engaña, pues de su extrema delgadez y fragilidad uno podría pensar que también lo es por dentro. Es decir, un espíritu endeble. Sin embargo, Didion, la escritora y periodista, es incisiva y tersa. Precisa y al grano. El sentimentalismo no es su terreno, sino la observación aguda y poco complaciente. Es verdad que su mundo se desplomó cuando su compañero de toda la vida cayó sobre la mesa del comedor víctima de un ataque masivo al corazón. Pero en su libro cuenta la odisea de su duelo interior con la fuerza de quien ha sido capaz de situarse desde fuera y estudiar cada uno de sus sentimientos para desmenuzarlos casi de manera científica. Digamos que, muy en la línea de sus trabajos periodísticos, Didion compone un diario minucioso sobre la pérdida. El inevitable resentimiento con quien nos abandona antes de tiempo. La perplejidad en los hospitales. Lo absurdo de la burocracia y el papeleo frente a quienes ofrecen ataúdes de distintas calidades, jugando con el dinero y la culpa de los familiares.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>Además de ir con mi madre a visitar a mi hija, en esta ocasión solo habría deseado hacer una cosa más en Nueva York: conseguir un boleto para ver la versión teatral de T<strong>he year of magical thinking.</strong> Las magníficas memorias de Joan Didion en torno a la muerte de su esposo, el también escritor John Gregory Dunne. Un breve libro en el que la tristeza se duplica porque, mientras lo escribía, su hija, Quintana Roo, luchaba por su vida en la unidad de cuidados intensivos.</p></p><p>El físico de Joan Didion engaña, pues de su extrema delgadez y fragilidad uno podría pensar que también lo es por dentro. Es decir, un espíritu endeble. Sin embargo, Didion, la escritora y periodista, es incisiva y tersa. Precisa y al grano. El sentimentalismo no es su terreno, sino la observación aguda y poco complaciente. Es verdad que su mundo se desplomó cuando su compañero de toda la vida cayó sobre la mesa del comedor víctima de un ataque masivo al corazón. Pero en su libro cuenta la odisea de su duelo interior con la fuerza de quien ha sido capaz de situarse desde fuera y estudiar cada uno de sus sentimientos para desmenuzarlos casi de manera científica. Digamos que, muy en la línea de sus trabajos periodísticos, Didion compone un diario minucioso sobre la pérdida. El inevitable resentimiento con quien nos abandona antes de tiempo. La perplejidad en los hospitales. Lo absurdo de la burocracia y el papeleo frente a quienes ofrecen ataúdes de distintas calidades, jugando con el dinero y la culpa de los familiares.</p><p>¿Y por qué una mujer tan apegada a los detalles introduce el elemento mágico en el título de su obra? Porque se debatió entre lo real y lo real maravilloso a lo largo de aquel durísimo año que fue como caminar en la inmensidad de un desierto. Joan Didion, enferma de soledad y ausencias, sufrió el espejismo constante de sentir a su esposo vivo y cerca de ella. A su lado y palpitante mientras deambulaba en el frío neoyorkino tras las visitas a su hija, comatosa y agonizante. Separarse de él –con quien siempre había colaborado estrechamente– tuvo el mismo efecto de la amputación de una pierna o un brazo. Extremidades que ya no están ahí, pero la memoria se empeña en devolvernos sus reflejos y su calidez.</p><p>Joan Didion debió llorar hasta secarse, pero de su prosa no recuerdo las lágrimas, sino un vagar anímico parecido a la duermevela. Nunca dejó de hacer trámites, ocuparse de su hija, recomponer el hogar semi vacío. Pero lo hizo inmersa en un trance hipnótico. Como si despertar del todo la hubiera quebrado en pedazos. La propia Didion se sedó mentalmente para poder sobrevivir a aquel azaroso año. Cuando, tras visitar a Quintana en el hospital, una noche en diciembre de 2003 su compañero de toda la vida se desmoronó sobre la mesa mientras ella preparaba la cena. Sin previo aviso. Sin un gesto de despedida. A traición. Porque la vida es así. Impredecible y caprichosa.</p><p>De aquellos meses de pensamientos mágicos que no le devolvieron a John Gregory Dunne, Didion compuso unas memorias hermosas y dolientes que la salvaron de la desesperación y la situaron de nuevo donde siempre se ha sentido a gusto: en la disciplina diaria de la escritura. En el centro del debate intelectual. Formulando preguntas incómodas. Porque su libro –imprescindible lectura sobre la muerte-- no busca la lágrima fácil, sino el ejercicio de la reflexión en momentos muy difíciles.</p><p>Poco después de que se publicaran estas memorias Quintana murió a los 39 años y Joan Didion se quedó doblemente sola. En la versión teatral que se estrenó en Broadway el pasado 29 de marzo, la autora incluyó un capítulo final dedicado a su hija. Como era de esperar, la obra es un éxito de taquilla y en esta ocasión me quedé sin verla. Cuando pasamos por la zona de Times Square pude ver el cartel de Vanessa Redgrave, quien interpreta a Didion. Actriz imponente y bella a sus setenta años. Fueron días felices paseando junto a mi hija y mi madre en Nueva York.</p>]]></content:encoded></item><item><title>De pronto, un día</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/pronto-dia_0_2022547813.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/pronto-dia_0_2022547813.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 01:32:43 +0000</pubDate><description>Eso debe ser hacerse mayor. Ingresar en las filas de los curtidos. Los talluditos. La edad de la madurez. Que es una estación intermedia y sin nombre entre la primavera y el otoño de la vida. Una suerte de limbo, por mucho que ahora el Vaticano se empeñe en anunciar que este discreto sitio ha sido eliminado. La iglesia, como siempre, tan proclive a los extremos del paraíso o las llamas eternas. Pero en este mundo terrenal el limbo sí existe y ahí el tiempo pasa como cuando uno lee revistas en la sala de espera de un consultorio.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Debe ser algo parecido a lo que le ocurrió a Gregorio Samsa, el célebre personaje de Franz Kafka que un buen día se levantó con aspecto de escarabajo. Una mañana uno se mira al espejo y de pronto descubre que ha dado el "viejazo". No se trata de algo tan dramático como la metamorfosis de un hombre que acaba subido a las paredes de lo que un día fuera su hogar. Es un cambio mucho más sutil y resbaloso que posiblemente sólo lo percibe quien conoce bien las esquinas de su rostro.</p><p>Eso debe ser hacerse mayor. Ingresar en las filas de los curtidos. Los talluditos. La edad de la madurez. Que es una estación intermedia y sin nombre entre la primavera y el otoño de la vida. Una suerte de limbo, por mucho que ahora el Vaticano se empeñe en anunciar que este discreto sitio ha sido eliminado. La iglesia, como siempre, tan proclive a los extremos del paraíso o las llamas eternas. Pero en este mundo terrenal el limbo sí existe y ahí el tiempo pasa como cuando uno lee revistas en la sala de espera de un consultorio.</p><p>Nunca ha estado claro del todo si los demás se dieron cuenta de que Gregorio Samsa se había transformado en un gorgojo y el caparazón le pesaba en su nueva condición de insecto. Algo similar ocurre cuando amaneces bajo el signo del "viejazo". Sales a la calle y te preguntas si los otros notan lo que tú ya sabes. Es verdad que no te impulsas a ras de suelo como el pobre Samsa ni de las patas sale un líquido viscoso. De hecho, sigues teniendo dos y no múltiples piernas. Pero ya no son aquellas ágiles extremidades que daban zancadas y bailaban en las madrugadas. Perfectas para embutirlas en unos vaqueros Levi's y tomar las calles por asalto. En los escaparates te fijas en las faldas tableadas y fantaseas con peinados modosos. Definitivamente has dado el "viejazo" y eres el protagonista de Kafka suelto en la ciudad. Podrían pisarte de un momento a otro. En esta estación sin nombre cuya próxima parada es el limbo.</p><p>La Iglesia, que es muy suya, habría querido instalarte en el purgatorio antes del juicio final donde tiras hacia arriba con las nubes o para abajo en las calderas. Según cómo te hayas portado en la juventud. En los años mozos y verdes. Aquella eterna noche de verano que ya no sabes ni cómo ni cuándo se deshizo en una mañana al borde del lavabo y con legañas. Cuando descubriste que ya no había marcha atrás y la carrera era hacia delante y cuesta abajo. Te habías hecho mayor, pero el cuento no lo había escrito un genio checo que escribía en alemán y de día era un oscuro burócrata.</p><p>Sales a la calle y te preguntas si los otros ya lo saben. Lo que ocurrió en el espacio de una madrugada que en verdad sucedió a lo largo de los años. De las estaciones y las lluvias. Dicen que son sólo cuatro, pero de seguro hay una quinta entre medias de la primavera y el otoño. Sin nombre y desterrada por la Iglesia. Que siempre ha sido muy suya.</p><p>Los críticos sesudos aseguran que lo de Kafka con Gregorio Samsa es una metáfora que no hay que tomarla en el sentido literal. ¿Pero no será que aquella era la historia de un hombre que un buen día amaneció achacoso y mayor? Es decir, había dado el "viejazo". Que es lo más parecido a sentirse como un insecto que ya no cabe en unos Levi's divinos. El limbo es así.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El oso ahora es osa</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/oso-ahora-osa_0_2057794281.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/oso-ahora-osa_0_2057794281.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 23:55:30 +0000</pubDate><description>En los últimos tiempos España anda revuelta con el movimiento revisionista lanzado por los socialistas de eliminar símbolos, estatuas o nombres de calles que evoquen la época del franquismo. Una visión que no comparte la oposición liderada por los centristas del Partido Popular, quienes defienden la idea de que es mejor no remover el pasado.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>En los últimos tiempos España anda revuelta con el movimiento revisionista lanzado por los socialistas de eliminar símbolos, estatuas o nombres de calles que evoquen la época del franquismo. Una visión que no comparte la oposición liderada por los centristas del Partido Popular, quienes defienden la idea de que es mejor no remover el pasado.</p><p>Ahora las feministas se han subido al carro del revisionismo histórico y lo han hecho nada menos que con la popular estatua de El Oso y el Madroño, situada en la Plaza del Sol. Es decir, en pleno centro de Madrid, conocido como el Kilómetro Cero.</p><p>En esta ocasión no se trata de que la escultura reaviva la eterna pugna ente las dos Españas. Al fin y al cabo no es nada más que la graciosa representación del escudo de la capital española, cuyo origen se remonta al siglo XIII. Un oso apoyado sobre un madroño, árbol típico de la región.</p><p>Pues bien, el Consejo de las Mujeres del Municipio de Madrid quiere que se aclare públicamente que el oso es, en verdad, una osa. Algo que, por otra parte, nunca se ha negado. Aun así, los colectivos feministas consideran que no aclararlo se debe a una interpretación machista de la historia cuyo propósito es hacer invisible lo femenino. Por lo pronto, han lanzado una campaña bajo el lema de "El escudo de Madrid esconde un secreto. ¿Quieres saber la verdad?".</p><p>Más que preocuparnos por el sexo de este oso de bronce que poco puede hacer con sus atributos, lo que siempre me ha llamado la atención es su tamaño. Recuerdo la primera vez que vi la escultura y comprobé, con gran sorpresa, lo pequeños que eran el oso y el madroño. Cuando chica pensaba que me encontraría con una pieza de dimensiones importantes. ¿Acaso no se trataba del emblema de Madrid? Y resultó ser una cosa de nada que ni siquiera situaron en pleno centro de la Puerta del Sol, sino a un costado, cerca de la embocadura a la calle peatonal del Carmen.</p><p>Cuando adolescente el Oso y el Madroño sirvió en infinidad de ocasiones como punto de encuentro con los amigos. Llegaba el sábado en la tarde y ante la pregunta obligada de "¿Dónde quedamos?", si queríamos ir por el centro lo más cómodo era citarnos junto a un oso que parecía de juguete. Subido a un madroño que parecía un bonsái.</p><p><p>Fueron muchas las veces que esperé a alguien allí bajo el sol del verano o abrigada en invierno. El oso nunca dijo nada, concentrado en la fruta que parece querer alcanzar del árbol. Goloso y comilón. Bien podría haber sido un macho hambriento o una hembra en busca de alimentos para sus oseznos. La verdad es que jamás me pregunté sobre el sexo de aquel animal inmóvil y silencioso. Todo en él me resultaba ilusorio porque, lejos de tener el aspecto intimidante que en la vida real poseen, era pequeño y manso. No dejaba de ser una representación entre mítica y <em>naïf</em>.</p></p><p>Ahora las feministas están empeñadas en reivindicar el sexo femenino de un oso que más bien siempre fue asexuado. Ajeno a las etiquetas que nos encasillan en la vida. Indiferente a la dictadura de las hormonas y los deseos. No debemos darle mayor importancia a este súbito travestismo que podría provocar una crisis de identidad en el peludo omnívoro. De cualquier forma, para mí el Oso y el Madroño siempre será un referente. Cuando quedábamos al pie de la diminuta estatua situada a un costado de la Puerta del Sol. Brújula de otros tiempos.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Adictos al móvil</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Adictos-movil_0_2072792785.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Adictos-movil_0_2072792785.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 23:14:46 +0000</pubDate><description>Una encuesta reciente confirma lo que hemos comprobado empíricamente: el teléfono móvil crea dependencia. Según un estudio realizado en España por la empresa CPP, el 75% de los usuarios que tienen móviles se considera adicto a este aparato. O sea, tres de cada cuatro españoles no pueden vivir sin él.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Una encuesta reciente confirma lo que hemos comprobado empíricamente: el teléfono móvil crea dependencia. Según un estudio realizado en España por la empresa CPP, el 75% de los usuarios que tienen móviles se considera adicto a este aparato. O sea, tres de cada cuatro españoles no pueden vivir sin él.</p><p>La encuesta también revela que pasamos hablando un año de nuestras vidas laborales y que las mujeres aventajan a los hombres por casi dos meses más de conversaciones. Un dato que contradice un reciente estudio que echaba por tierra la vieja teoría de que las féminas hablamos bastante más que el sexo opuesto. Como era de esperar, las parejas son las interlocutoras que más charlan. El 25% de los encuestados confiesa responder sus llamadas mientras está en el baño y uno de cada cinco cuando está en la ducha. El 3% reconoce haber contestado el móvil en pleno fragor sexual. Se trata de la renuncia a la intimidad a cambio de ser parte de la aldea global con horario de 7 Eleven.</p><p>Lo cierto es que los móviles son cada vez más sofisticados y disponen de más funciones. Para los que viven enganchados el paroxismo ha venido de la mano del I Phone, un invento que tiene internet, una mini pantalla y todos los videos imaginables. Ya no hay que andar a cuestas con el laptop para entrar a YouTube o estar permanentemente conectado al mundo y sus noticias como si de un suero a la vena se tratara. Modernísimos teléfonos móviles en los que día y noche entran mensajes de la empresa aunque uno se halle perdido en el Amazonas o en plena luna de miel en Bora Bora.</p><p>Reconozco que en un principio usé el móvil con una frívola ligereza que sólo desapareció al comprobar las primeras facturas exorbitantes. Además, acabé por fatigarme de tantas llamadas a cualquier hora y en cualquier lugar. La extraña sensación de que uno siempre está localizable resulta incómoda y terminé por añorar el teléfono fijo de toda la vida. Incrustado en la pared de la cocina o arrinconado sobre una mesa auxiliar.</p><p>Es evidente que, a diferencia de mis hijas, que dominan el arte del mensaje de texto a unas velocidades irreales, me he quedado muy atrás en la imparable carrera tecnológica. Mi móvil ya tiene más de cuatro años y los símbolos de las teclas se han borrado con el uso y el tiempo. La mayoría de las veces, cuando suena, no contesto, pues estoy arriesgando la vida en la carretera o procurando desconectarme de una intensa jornada laboral. Cada vez me sorprende más el apego de esta juventud al vaivén constante de mensajes escritos en unas frases construidas con jeroglíficos, precisamente con la intención de que los mayores vivamos en la total oscuridad. Incapaces de descifrar el lenguaje secreto de los adolescentes.</p><p><p>Confieso que durante un breve periodo fui adicta a estos teléfonos, pero al final no he tenido que recurrir a un grupo de movildependientes ni empeñar mis propiedades por el gasto incontrolado de conversaciones. Como suele ocurrir con tantas modas, simplemente un buen día me aburrí de estar enchufada al mundo veinticuatro horas. Retomé el misterio de las llamadas sin respuestas. Los contestadores automáticos a la antigua usanza. Los correos electrónicos que de cuando en vez se dejan caer en la red, sin ceder a la tentación de los <em>chats </em>y las conversaciones virtuales. Hasta relegar el móvil a las llamadas de emergencia, las necesidades imperiosas de mis hijas, las preguntas inquisitivas de mi madre o las consultas de los jefes a horas intempestivas. Muy rara vez, la sorpresa de un viejo afecto. Alguien recuperado en el tiempo. Poco más.</p></p><p><p>Todavía recuerdo madrugadas de sesiones maratonianas cuando hablaba con mis compañeras de colegio hasta que amanecía. Debíamos tener unos 15 años y las hormonas comenzaban a hacer estragos. Muchas risas y confidencias sobre este o aquel chico. Eran los tiempos del teléfono cuyos números se marcaban en rueda y enredábamos el cordón hasta hacerle nudos. Larguísimas conversaciones que discurrían como novelas con sus puntos y comas. Dudo que la criptografía posmoderna de mis hijas tenga la enjundia de aquellas noches que comenzaban con un prosaico <em>ring-ring. </em></p></p>]]></content:encoded></item><item><title>El mal karma de China</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/mal-karma-China_0_2084041654.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/mal-karma-China_0_2084041654.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 22:44:24 +0000</pubDate><description>En China está casi todo prohibido y ahora el gobierno comunista tiene la intención de impedir por decreto nuevas reencarnaciones de Buda. Como su pensamiento se quedó atascado en el materialismo dialéctico, su llamado departamento de Asuntos Religiosos trata el misterio de la fe tibetana como si se tratara de la planificación de un quinquenio económico y ha lanzado la siguiente proclama: "El llamado Buda viviente reencarnado es ilegal e inválido sin la aprobación gubernamental".
</description><content:encoded><![CDATA[<p>En China está casi todo prohibido y ahora el gobierno comunista tiene la intención de impedir por decreto nuevas reencarnaciones de Buda. Como su pensamiento se quedó atascado en el materialismo dialéctico, su llamado departamento de Asuntos Religiosos trata el misterio de la fe tibetana como si se tratara de la planificación de un quinquenio económico y ha lanzado la siguiente proclama: "El llamado Buda viviente reencarnado es ilegal e inválido sin la aprobación gubernamental".</p><p>Los comunistas siempre han llevado muy mal la popularidad del carismático Dalai Lama, brillante relaciones públicas del budismo que vive en el exilio desde la invasión china al Tibet. Un afable y sonriente líder religioso que atrae a estrellas de Hollywood y roqueros comprometidos con las causas de los derechos humanos. Desde su adolescencia se vio obligado a escapar de unos planes asesinos que todavía hoy siguen en pie. No hay que olvidar que en 1995 el gobierno chino hizo desaparecer a la reencarnación del nuevo Panchén Lama, un niño de tan solo seis años de quien desde entonces se desconoce su paradero y es considerado el preso político más joven del mundo.</p><p><p>Los comunistas, siempre tan siniestros y nauseabundos, no descansarán hasta acabar con las deidades del ocupado país himalayo. La consigna es eliminar al nuevo Buda viviente y para ello hay que perseguir hasta el final no sólo al Dalai sino a todos los sabios reencarnados o <em>tulkus</em>, encargados de la educación de los monjes. Como en el Nuevo Testamento, cuando creen haber hallado a un Panchén Lama -el encargado de reconocer al Dalai Lama reencarnado en un niño-, han de esconderlo como si se tratara del niño Dios en Belén. Con los soldados de Herodes pisándole los talones a la sagrada familia para abortar la buena nueva.</p></p><p>Al leer la insólita noticia de que esta atroz prohibición entrará en vigor a partir de septiembre, uno querría creer que se trata de un relato de horror sobre un antiguo y cruel reino hoy felizmente desaparecido. Una versión oriental de los cuentos de los hermanos Grimm. Pero lo triste es que es la China actual donde los alegres turistas se hospedan en los hoteles de lujo de Shangai y compran imitaciones de Louis Vuitton a precios de risa. El mismo país al que acuden en masa los inversores y delegados de gobiernos extranjeros para cerrar acuerdos millonarios con los carceleros de los cientos de miles de disidentes, incluyendo al preso político más joven del mundo, que ahora debe tener dieciséis años y,como habría dicho el poeta Miguel Hernández, fue encerrado siendo "menor que un grano de avena".</p><p><p>Cuando China experimentó una apertura económica sin dejar de ser una dictadura, Occidente optó por cerrar los ojos frente a los abusos y violaciones de derechos humanos que malamente tapa el enorme y apetecible mercado chino. Sólo que a las democracias se les olvidó un pequeño detalle: como los regímenes absolutistas no rinden cuentas a nadie, pueden exportar al mundo productos envenenados, defectuosos y dañinos que nadie sabe cómo, quiénes y en qué condiciones se manufacturan. ¿Qué más da si la mano de obra está compuesta por opositores presos, menores de edad o campesinos esclavizados? Lo importante es que el bolso Louis Vuitton parezca auténtico en <em>Wall Street </em>o en la <em>Rue du Faubourg Saint- Honoré. </em></p></p><p>Un gobierno que lanza eslóganes como "Cría menos niños, pero más cerdos" o "Un niño más significa una tumba más" está condenado a tener mal karma en esta y en sucesivas vidas.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Una habitación propia</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/habitacion-propia_0_2090041053.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/habitacion-propia_0_2090041053.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 22:28:29 +0000</pubDate><description>Sin embargo, las novelas de Jane Austen han encendido los corazones de millones de lectores desde que comenzó a publicar con la ayuda de un padre que la animó y protegió a pesar de los rígidos esquemas que entonces encasillaban a las mujeres. En vida pudo gozar de la popularidad de sus libros y ahora, en la era de la desinhibida Bridget Jones, Mr. Darcy, su personaje más querido e idealizado, continúa siendo el patrón masculino con el que toda muchacha ha soñado encontrarse alguna vez. Años después, Virginia Woolf se refirió a Austen como 2la artista más perfecta entre las mujeres".
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>Jane Austen nunca pudo imaginar que sus obras y su vida serían objeto de fascinación dos siglos después de su muerte. En la encorsetada Inglaterra del XIX, la célebre novelista llevó una existencia discreta y de provincias. Aunque murió a la edad temprana de 42 años, ya en la veintena tanto ella como su hermana Cassandra eran consideradas solteronas. En su biografía oficial no hay nada que apunte a un cataclismo sentimental, un <em>amour fou</em>, en el verde paisaje de la campiña inglesa.</p></p><p>Sin embargo, las novelas de Jane Austen han encendido los corazones de millones de lectores desde que comenzó a publicar con la ayuda de un padre que la animó y protegió a pesar de los rígidos esquemas que entonces encasillaban a las mujeres. En vida pudo gozar de la popularidad de sus libros y ahora, en la era de la desinhibida Bridget Jones, Mr. Darcy, su personaje más querido e idealizado, continúa siendo el patrón masculino con el que toda muchacha ha soñado encontrarse alguna vez. Años después, Virginia Woolf se refirió a Austen como 2la artista más perfecta entre las mujeres".</p><p><p>Las adaptaciones cinematográficas de clásicos como S<strong>entido y sensibilidad,</strong><strong>Orgullo y prejuicio</strong> y E<strong>mma </strong>se han hecho con más o menos fortuna y en muy diversas versiones. Cabría preguntarse por qué volvemos una y otra vez a sus deliciosas tramas socio-sentimentales, en las que el amor logra vencer los obstáculos, sobre todo el de la urgente necesidad de las mujeres de refugiarse en el matrimonio para asegurarse una estabilidad económica. Es verdad que el romance y el jugueteo del cortejo son fundamentales en su obra, pero no es menos cierto que el dinero y la precaria situación de las jóvenes en edad de merecer son temas recurrentes que le confieren un trasfondo social a estas historias de bailes, abanicos y sonrojos.</p></p><p><p>Un nuevo filme <strong>Becoming Jane</strong>, del director Julian Jarrold, se atreve a novelar la vida de Austen, convirtiéndola en el modelo de Elisabeth Bennet y a Thomas Lefroy, un joven abogado que conoció, en el irresistible Mr. Darcy. ¿Será, tal vez, que la autora de <strong>Orgullo y prejuicio </strong>llegó a conocer el amor y la pasión cuando, tal y como le escribió a su hermana Cassandra, llegó a bailar tres veces seguidas con Lefroy ante la mirada escandalizada de los presentes? ¿Acaso estuvieron a punto de unirse en matrimonio pero las desigualdades sociales acabaron por separarlos? ¿Es posible, como se da a entender en la película, que la incipiente escritora se juró escribir novelas en las que los personajes logran hacer realidad sus deseos como antídoto a las barreras que le fueron impuestas por su sexo y su clase social? En verdad nunca lo sabremos, pues de las cartas que Cassandra conservó no se desprende nada más allá de las agudas e ingeniosas observaciones de una talentosa autora que retrató la época de la Regencia con el primor de una filigrana.</p></p><p>Pero el lector irredento de Jane Austen, las muchachas en flor que se beben sus libros y las que nos hicimos mayores buscando a Mr. Darcy queremos creer que alguna vez su pecho se estremeció. Por un instante, Jane huida de la casa campestre. Con el piano y la pluma olvidados. Los bordados de sus labores desatendidos. Para ir al encuentro breve y furtivo antes de retirarse a escribir historias de amor en la quietud de una habitación propia.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Bonzos en Rangún y La Habana</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Bonzos-Rangun-Habana_0_2120787969.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Bonzos-Rangun-Habana_0_2120787969.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 19:08:51 +0000</pubDate><description>El pasado jueves en las avenidas de Rangún la multitud secundaba las manifestaciones encabezadas por monjes budistas. Entretanto, en La Habana un puñado de opositores organizaba una protesta frente al Ministerio de Justicia.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El pasado jueves en las avenidas de Rangún la multitud secundaba las manifestaciones encabezadas por monjes budistas. Entretanto, en La Habana un puñado de opositores organizaba una protesta frente al Ministerio de Justicia.</p><p>Rangún y La Habana. Myanmar y Cuba. Una capital con pagodas y otra con catedrales. Dos países muy lejanos el uno del otro. Idiosincrasias muy distintas. Religiones dispares. Sin embargo, la disidencia en ambas capitales lucha por lo mismo. Desde hace casi medio siglo la antigua Birmania y la isla caribeña viven oprimidas bajo férreas dictaduras de corte militar. Aunque situadas en las antípodas del mundo, la pobreza, la corrupción y la represión conforman la impronta de dos gobernantes con mano dura, el birmano Than Shwe y el cubano Fidel Castro, que en estos momentos se enfrentan a graves problemas de salud.</p><p>La semana pasada la capital birmana era una riada de manifestantes pacíficos y en la contienda las túnicas anaranjadas de los monjes se mezclaban con los uniformes verde olivo de los militares. Como la policía política que en La Habana, Placetas y Santa Clara apresaba a los opositores que piden cambios y el cese de la violación de los derechos humanos en las cárceles de la isla. Myanmar y Cuba. Dos destinos trágicos. Muertos, fusilados y desaparecidos. Casi 50 años bajo absolutismos castrenses.</p><p>En Rangún las pagodas son santuarios de resistencia y los jóvenes monjes se atrincheran con sus cuerpos casi desnudos como única arma frente a los rifles de la soldadesca. En La Habana, en cambio, los disidentes se refugian en sus humildes viviendas porque no hallan amparo en las iglesias y parroquias. Destaca la ausencia de sacerdotes que marchen junto a ellos con sus sotanas como escudos santos contra los actos de repudio. Los opositores entran y salen de las cárceles mientras la curia toma el té a las 5:00 en las embajadas. Tintineo de cucharillas de plata y en Rangún corre la sangre de los discípulos de Buda. Apartados, por una vez, de la contemplación y el nirvana para dejarse la vida por necesidades terrenales como el bienestar y la libertad.</p><p>La Habana y Rangún. Tan lejos y tan cerca. El cubano Antúnez cumple casi 20 años de presidio político y lo vuelven a encerrar. Aung Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz, es trasladada de la prisión domiciliaria a la cárcel de Inesin y su bello rostro es el póster de los religiosos rebeldes. De la juventud hastiada. De los ciudadanos alzados. Hace casi medio siglo hay toque de queda en la antigua Myanmar. En lo que queda de Cuba.</p><p>Las democracias de bien exigen sanciones contra la junta militar birmana y la dinastía de los hermanos Castro, pero los hinchas de estos vetustos y feroces regímenes los defienden en el seno de ese inútil organismo llamado Naciones Unidas. Los Daniel Ortega de este mundo. Los Putin. Los Hu Jintao. A todos los une el común denominador de la sangre y el crimen.</p><p>Myanmar y Cuba. Tan lejos y tan idénticas en su infortunio. La marcha imparable y pacífica de los monjes bonzos inunda los templos y se desborda. El ruido de las mandalas llega hasta las calles de La Habana. Hay revoluciones del color de la caléndula.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Hombres enamorados</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Hombres-enamorados_0_1644585550.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Hombres-enamorados_0_1644585550.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 11:20:14 +0000</pubDate><description>Al contrario de lo que muchos esperaban, la cinta, adaptada de un cuento de la escritora Annie Proulx, no es sobre dos vaqueros gays, sino simplemente la historia de amor de dos jóvenes que pretenden perpetuar el idilio de un verano en el transcurso de veinte largos y duros años. La propia Proulx ha dicho que su relato se limita a plasmar la relación erótico-sentimental de dos muchachos confundidos en la turbulencia de la juventud. Y el propio Lee se ha encargado de subrayar la singularidad de este romance, sin pretender generalizar ni catalogar de manera inequívoca la identidad sexual de sus dos protagonistas: el hermético y silencioso Ennis Del Mar y el explosivo y sentimental Jack Twist. Dos amantes con el aspecto prototípico de hombres Marlboro que descubren y exploran la atracción homosexual amparados en la extensa soledad de las montañas de Wyoming. Lejos del ruido y la furia del campesinado que dominaba esas tierras allá por los años sesenta.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>Hay películas que uno olvida poco después de abandonar el cine. Otras, en cambio, se fijan en la imaginación y con el paso de los días el espectador continúa rumiando la secuencia de imágenes y diálogos que por momentos lo asaltan. Pues bien, <strong>Brokeback Mountain</strong>, el último filme del cineasta taiwanés Ang Lee, pertenece a este segundo grupo, pues la historia que narra se queda prendida no tanto por las respuestas que ofrece, sino por las incertidumbres que muestra.</p></p><p>Al contrario de lo que muchos esperaban, la cinta, adaptada de un cuento de la escritora Annie Proulx, no es sobre dos vaqueros gays, sino simplemente la historia de amor de dos jóvenes que pretenden perpetuar el idilio de un verano en el transcurso de veinte largos y duros años. La propia Proulx ha dicho que su relato se limita a plasmar la relación erótico-sentimental de dos muchachos confundidos en la turbulencia de la juventud. Y el propio Lee se ha encargado de subrayar la singularidad de este romance, sin pretender generalizar ni catalogar de manera inequívoca la identidad sexual de sus dos protagonistas: el hermético y silencioso Ennis Del Mar y el explosivo y sentimental Jack Twist. Dos amantes con el aspecto prototípico de hombres Marlboro que descubren y exploran la atracción homosexual amparados en la extensa soledad de las montañas de Wyoming. Lejos del ruido y la furia del campesinado que dominaba esas tierras allá por los años sesenta.</p><p><p>Es indudable que <strong>Brokeback Mountain</strong> es una historia de amor en toda la regla, pues Ennis y Jack forjan un vínculo que trasciende el tiempo y las convenciones. De alguna manera, la atracción de ambos tiene la misma fuerza que, digamos, el romance heterosexual de<strong> El paciente inglés</strong>, sólo que el vasto desierto del continente africano se transforma en la gran pradera americana. Pero se trata del mismo fuego prohibido y las mismas llamas en las que los amantes están dispuestos a arder con tal de saciar su apetito una y otra vez. Incluso el hecho de que Ennis y Jack sean dos hombres resulta secundario en la propuesta de Lee, pues la nostalgia por el amor perdido y por lo que pudo ser se construye con un lenguaje universal que toca la fibra sentimental del público, no importa cuál fuere su preferencia sexual.</p></p><p><p>Tal vez lo más interesante de <strong>Brokeback Mountain</strong> es que, una vez más, retrata un mundo de hombres (en este caso el de los <em>cowboys</em> de una América con resonancias míticas) en el que las mujeres revolotean marginalmente como meros adornos o, peor aún, como símbolo de lo que ata y corta alas por medio de la institución familiar y la maternidad. Para siempre, la montaña será el refugio de estos dos hombres que los guarece de la cotidianeidad del hogar, pues su relación homo-erótica no conoce límite y no es nada más que la expresión más íntima de la camaradería masculina. Son esos días de pesca, de caza, de copas, incluso, por qué no, de golf, en los que las palmadas fraternales y los juegos de manos podrían acabar en un gran y violento revolcón carnal. No es casualidad que en <strong>El banquete </strong>Platón propone que los ejércitos los constituyan parejas de hombres, pues serían más efectivos en la batalla si hay el componente de la defensa del compañero sentimental.</p></p><p><p>De todos los interrogantes que plantea sabiamente el guión de <strong>Brokeback Mountain</strong>, la tesis más clara en medio de esta pasión asilvestrada y proscrita es que la sexualidad del hombre se abre como un abanico de posibilidades infinitas. Es decir, en aquel verano del 63 Ennis y Jack se lamen mutuamente las heridas de la soledad y el deseo porque el destino los junta en la inmensidad de la majada. Pero, como tan bien lo ilustró hace años la película italiana <strong>Padre patrón</strong>, igual el pastor solitario puede desfogarse con la oveja por medio del bestialismo. O dos adolescentes urbanos y bebidos pueden acabar en la cama, como ocurre en la mexicana <strong>Y tu mamá también</strong>. O dos hombres desnudos pueden librar una lucha que más parece un cortejo a la lumbre de una chimenea en <strong>Mujeres enamoradas</strong>, del británico Ken Russell. Sería inútil y superfluo etiquetar y constreñir esta pulsión tan propia del género masculino.</p></p><p>Lo único que queda claro es que Ennis Del Mar y Jack Twist se anhelan y se buscan como aquella primera vez, al calor de una tienda de campaña que les descubrió el imperio de los sentidos. Lo demás son piedras en el camino.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Las razones de Evo Morales</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/razones-Evo-Morales_0_1676082414.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/razones-Evo-Morales_0_1676082414.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 10:15:52 +0000</pubDate><description>La victoria de Evo Morales en Bolivia ha servido a muchos para hacer una suerte de romería a lo turista accidental que exalta las propiedades indígenas frente a una injerencia colonial que se remonta a 1532. A años luz del siglo XXI, con su arrasador mestizaje global y el impulso del progreso, que no es otra cosa que avanzar hacia delante sin que ello conlleve la supresión de tradiciones y costumbres del pasado.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La victoria de Evo Morales en Bolivia ha servido a muchos para hacer una suerte de romería a lo turista accidental que exalta las propiedades indígenas frente a una injerencia colonial que se remonta a 1532. A años luz del siglo XXI, con su arrasador mestizaje global y el impulso del progreso, que no es otra cosa que avanzar hacia delante sin que ello conlleve la supresión de tradiciones y costumbres del pasado.</p><p>Casi todas las propuestas del nuevo presidente electo boliviano se me antojan trasnochadas, cuando no simple y llanamente peligrosas. En nombre de la contagiosa palabrería populista que han propagado sus aliados y amigos Hugo Chávez y Castro, Morales —bajo la tutela intelectual del ex guerrillero García Linera— invoca el regreso al socialismo comunal, la economía inco-amazónica y otras vainas telúricas integradas al creciente movimiento indigenista que dice abogar por devolverle la dignidad al pueblo latinoamericano. Una dignidad que, de acuerdo con Morales, se la arrebataron 500 años de conquista y la influencia yanqui.</p><p>A diferencia de Morales, siempre he tenido la impresión de que los mayores ultrajes que se han cometido contra nuestras sociedades han sido perpetrados por los propios descendientes de una fusión que tuvo lugar hace siglos a fuerza de sangre y fuego. Es decir, el latinoamericano, que no es nada más que el producto de una mezcla de los herederos de la cultura romana y lo que perduró del mundo precolombino tras la conquista. Los hijos de este encuentro han sido los principales responsables de los sucesivos y fallidos experimentos políticos que se han llevado a cabo en nuestro azaroso continente. Tal vez no han ayudado ciertas prácticas que dejaron atrás los españoles o la miope política exterior de EU, pero nuestros tiranos, nuestros saqueadores de arcas públicas, nuestras juntas militares, torturadores y revolucionarios populacheros han sido y son la consecuencia de sociedades que glorifican el caudillismo y la mano dura frente al valor de las instituciones civiles.</p><p>Dentro de esta nueva onda del "encanto" naïve que impone Evo con sus chompas de colores, se ha puesto de moda alabar que, al fin, un indígena ha llegado al poder. Antes que nada, puntualicemos: Benito Juárez era tan aborigen como el dirigente aymará, sólo que reivindicaba los principios europeos de la Ilustración. El actual presidente de Perú, Alejandro Toledo, también es un nativo. Y en el caso de Bolivia muchos de sus gobernantes han sido mestizos. Ante todo este bullicio indigenista, me pregunto ¿qué tiene de intrínsecamente superior o más beneficioso ser oriundo frente al mestizo, criollo o, por qué no, el albino que carece de melanina?</p><p>Yo habría votado por Michelle Bachelet no por obedecer una consigna feminista, sino porque apuesta por una socialdemocracia vegetariana que puede hacerle mucho bien a Chile. No votaría por el peruano Ollanta Humala porque sea un hombre del pueblo, sino porque me horrorizan sus propuestas nacionalistas y discriminatorias. Repudio a Chávez no por ser mestizo, sino porque es un militar golpista con un discurso cantinflesco. Y en cuanto a Morales, de ninguna manera puedo tener fe en las intenciones de quien venera a un tipo como Fidel Castro. Ningún político moderno y de peso quiere que lo relacionen con el anciano dictador cubano.</p><p><p>Por último, es muy válido que el ex líder cocalero luche contra la explotación del indígena, pero su tesis se queda coja si no se manifiesta contra muchas de las costumbres atávicas que desde dentro plagan el mundo indio. El mito del Buen Salvaje que lanzara Rousseau no es nada más que una fábula <em>made in Europe</em>. O sea, las razones de Evo no me convencen.</p></p>]]></content:encoded></item><item><title>Ni con Dios ni con Alá</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Dios-Ala_0_1683581654.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Dios-Ala_0_1683581654.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 09:56:26 +0000</pubDate><description>Dice Raoul Veneigem, en un texto citado por Fernando Savater: "Nada es sagrado. Todo el mundo tiene derecho a criticar, a burlarse, a ridiculizar todas las religiones, todas las ideologías, todos los sistemas conceptuales, todos los pensamientos. Tenemos derecho a poner a parir a todos los dioses, mesías, profetas, papas, popes, rabinos, imanes, bonzos, pastores, gurús, así como a los jefes de Estado, los reyes, los caudillos de todo tipo...".
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Dice Raoul Veneigem, en un texto citado por Fernando Savater: "Nada es sagrado. Todo el mundo tiene derecho a criticar, a burlarse, a ridiculizar todas las religiones, todas las ideologías, todos los sistemas conceptuales, todos los pensamientos. Tenemos derecho a poner a parir a todos los dioses, mesías, profetas, papas, popes, rabinos, imanes, bonzos, pastores, gurús, así como a los jefes de Estado, los reyes, los caudillos de todo tipo...".</p><p>Parecen azuzados por la furia de Alá, pero es falso. Son los gobiernos integristas de Irán y Siria, acompañados a la sombra por Al Qaeda, los que sacan a la calle a las huestes pobres que ellos mismos oprimen para jalear salvaje e irracionalmente contra Occidente. Y todo por unas ingeniosas caricaturas de Mahoma publicadas hace meses en un diario danés.</p><p>Hay quienes han optado por decir que las viñetas de marras –una representaba al profeta árabe con un turbante que esconde una bomba —no son políticamente correctas y que hieren la sensibilidad del mundo islámico. O sea, que la quema de embajadas, las amenazas de muerte y la violencia callejera son justificables porque el mundo secular le ha faltado el respeto a los fanáticos musulmanes. Creo que esta postura apaciguadora es producto del miedo y la intimidación que propagan los imanes desde las mezquitas. En cambio, y por fortuna, ha habido otros que continúan defendiendo la libertad de expresión por encima de los atropellos que pretenden imponernos los intolerantes y fascistas de este mundo. A fin de cuentas, todos sabemos que la naturaleza de una caricatura es la irreverencia y la ironía.</p><p>Lo que está verdaderamente en juego en este pulso es la capacidad de defender hasta el final lo que a Occidente le tomó siglos: mantener al poder religioso fuera de la órbita del ámbito secular para impedir que sus creencias y dogmas influyan y determinen a los gobiernos y las sociedades abiertas. Por supuesto que se puede ser un musulmán integrista, un judío ortodoxo o un católico afiliado al Opus Dei, pero en Occidente ninguna de sus arbitrarias reglas pueden coaccionar al resto, salvo a aquellos que voluntariamente siguen sus preceptos. Es lo mismo que pertenecer a un club determinado. Dentro del club sus miembros se atienen a las normas impuestas, pero en la calle han de convivir con los demás, incluso con quienes niegan o desdeñan esas creencias.</p><p><p>Es muy sencillo: justo en estos días la cúpula del Opus Dei se mueve frenéticamente con la intención de presionar a Sony para que corte algunas escenas de <strong>El Código Da Vinci</strong>, un filme basado en la novela homónima de Dan Brown que se estrenará en mayo. Según los dirigentes de "La Obra", el multimillonario <em>thriller</em> ofende a los católicos practicantes porque la novela relata la historia de un monje del Opus que está dispuesto a matar con tal de que no se revele que Jesucristo y María Magdalena fueron amantes. Como las religiones suelen descansar en el oscuro principio del dogma, los discípulos de monseñor Escrivá Balaguer estarían dispuestos a sacrificar la ficción en nombre de lo que ellos consideran sagrado. Es decir, si todavía hoy tuvieran el poder que en su día disfrutó la Iglesia católica, apostólica y romana, uno se preguntaría si lanzarían una cruzada contra los millones de lectores que han disfrutado de la trama de <strong>El Código Da Vinci</strong>. Afortunadamente se acabaron los tiempos de la inquisición y de la caza de brujas. El secularismo –el triunfo del racionalismo sobre los dogmas religiosos- es el muro de contención contra quienes quieren imponer sus credos. Una conquista de la modernidad que los árabes parecen no querer defender.</p></p><p><p>Confío en que Sony no se deje amedrentar por las gestiones del poderoso Opus Dei porque, tal y como ha ocurrido con las dichosas caricaturas de Mahoma, Occidente daría otro paso atrás y perdería terreno en el espacio de las libertades, que es lo único que garantiza sociedades habitables. ¿Cuándo comprenderá esta gente que nadie los obliga a leer o ver <strong>El Código Da Vinci</strong> o a comprar diarios con viñetas que ponen en entredicho el fanatismo islámico? Me temo que nunca. Por eso no hay más remedio que defendernos de la fe ciega de quienes no admiten razones.</p></p>]]></content:encoded></item><item><title>¿Tienen la palabra más bella?</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/palabra-bella_0_1701579876.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/palabra-bella_0_1701579876.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 09:17:46 +0000</pubDate><description>¿Alguna vez se han preguntado cuál es la palabra más bella del castellano? Tal vez ha llegado el momento de planteárselo, pues en los próximos días los internautas tendrán la oportunidad de elegirla por medio de una votación.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>¿Alguna vez se han preguntado cuál es la palabra más bella del castellano? Tal vez ha llegado el momento de planteárselo, pues en los próximos días los internautas tendrán la oportunidad de elegirla por medio de una votación.</p><p><p>Leí la noticia en el diario <strong>El Mundo</strong> y me pareció una de las iniciativas más estimulantes de los últimos tiempos. No se trata de votar por el vestido más elegante de los Oscar, por su equipo favorito en el Clásico Mundial de Béisbol o por el hombre más sexy del año. Encuestas trilladas que navegan en el hueco inmenso y negro de la red.</p></p><p>La Escuela de Escritores, un taller literario radicado en Madrid pero que funciona por internet, quiere celebrar el Día del Libro —el próximo 23 de abril—, con esta original convocatoria que comienza a partir del 31 de marzo y cuyo plazo vence el 21 de abril. Con el lema "Tienes la palabra", se pretende que los ciudadanos de a pie participen en este homenaje al idioma de Cervantes, con la evocación de una sola palabra (salvo nombres propios) que simbolice la bella perfección del castellano.</p><p><p>Estoy convencida de que en la<em> web</em> lloverán aluviones de vocablos sonoros. Contundentes. Etéreos. Delicados como la seda. Al igual que en los concursos de belleza, la palabra más bonita será proclamada reina y los intelectuales y académicos que tomen parte de este singular certamen explicarán los motivos de su elección.</p></p><p>A finales de marzo pienso votar y desde ahora no hago más que barajar palabras. Las más obvias son tipo "libertad", "amor", "justicia". Pero por ser tan predecibles, desvirtúan el propósito de esta fiesta de los amantes del castellano. Así, a bocajarro, se me ocurren caléndula, índigo, diáspora, trópico, acantilado, incienso, utopía.</p><p>Nos servimos de las palabras para nombrar las cosas, manifestar nuestros deseos, expresar sentimientos. Son el pan nuestro de cada día y apenas reparamos en la belleza de sus sonidos. La singularidad que cada una de ellas transmite. Las texturas que las envuelven desde el pensamiento hasta los labios. Cuando se esparcen como el polen en la fiebre de las conversaciones.</p><p>El Día del Libro habrá lecturas de El Quijote y en Barcelona regalarán rosas como símbolo de la querencia por la literatura. Este año, además, votaremos por la palabra más bella de nuestra lengua. ¿Alguien más pensará en "caléndula"? ¿Quedará finalista "beso"? ¿Es de esperar que "madre" sea una de las favoritas? Lo importante es acudir a las urnas virtuales y entronizar una palabra.</p><p>La Escuela de Escritores ha puesto en marcha un proyecto hermoso porque es un ejercicio que nos obliga a repasar las palabras que manejamos cada día. Nos reconduce a la memoria de pasajes olvidados. Libros inolvidables. Poemas ocultos y crucigramas mentales. Cuando hallemos ese vocablo perfecto y redondo, lo echaremos a flotar en el espacio sideral de nuestros ordenadores, donde competirá con otras galaxias de letras que, juntas, forman el lenguaje que nos permite escapar de la soledad y el silencio.</p><p><p>La cita comienza a finales de mes. Todos aquellos interesados en elegir la palabra más bella del castellano, pueden visitar <em><a href="http://www.escueladeescritores.com">www.escueladeescritores.com</a></em>.</p></p><p>Recuerden: tienen la palabra.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Setenta años no son nada...</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Setenta-anos_0_1715078531.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Setenta-anos_0_1715078531.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 08:56:07 +0000</pubDate><description>Seguro que Mario Vargas Llosa no estaría de acuerdo con Gardel. Tal vez su racionalismo cartesiano le impediría ver los efectos benéficos de su cumpleaños número 70. Digo, por el lado de los achaques y el ritmo de una vida que se ralentiza con el paso del tiempo. Pero como siempre he sospechado que detrás del tono pausado y el discurso hayekiano-liberal se esconde el individuo pasional, no me cabe duda de que hoy el célebre autor apura tanto la vida como lo hacía en Lima, cuando despuntaba como aprendiz de escritor en el siniestro internado Leoncio Prada.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Seguro que Mario Vargas Llosa no estaría de acuerdo con Gardel. Tal vez su racionalismo cartesiano le impediría ver los efectos benéficos de su cumpleaños número 70. Digo, por el lado de los achaques y el ritmo de una vida que se ralentiza con el paso del tiempo. Pero como siempre he sospechado que detrás del tono pausado y el discurso hayekiano-liberal se esconde el individuo pasional, no me cabe duda de que hoy el célebre autor apura tanto la vida como lo hacía en Lima, cuando despuntaba como aprendiz de escritor en el siniestro internado Leoncio Prada.</p><p><p>Muchos tangos se han cantado desde que Vargas Llosa publicara <strong>La Ciudad y los Perros</strong> a principios de los años 70. El editor español Carlos Barral supo desde el primer momento que aquel joven escritor tenía la fuerza y la garra de los autores con los que había alimentado su infancia y adolescencia: Julio Verne, Víctor Hugo, Flaubert. Por eso apostó fuerte por él y al poco tiempo el arequipeño formó parte del <em>boom</em> hispanoamericano junto a Julio Cortázar, Carlos Fuentes, José Donoso, Gabriel García Márquez y Jorge Edwards.</p></p><p><p>Resulta curioso que cuando Vargas Llosa evoca su primera juventud siempre menciona el impacto que sufrió cuando leyó obras como <strong>Los Miserables</strong> o <strong>Madame Bovary</strong>. Años después, muchos jóvenes, entre los que entonces me encontraba yo, leímos febrilmente sus novelas y nos enamoramos perdidamente de la literatura con libros como <strong>Conversación en la Catedral</strong>, <strong>Los Cachorros</strong> o <strong>La tía Julia y el escribidor</strong>. Pasamos noches enteras consumidos por el fuego que nos provocaba la violencia machista de los muchachos en flor. La eterna pregunta de "¿Cuándo se fregó Perú?", bajo la luz mortecina de un bar de mala muerte en una Lima putrefacta durante la dictadura de Odría. Los amores divinos y caducos de una tía llamada Julia y un incipiente escritor conocido como "Varguitas". La prosa tersa y el discurso inteligente detrás de cada palabra. El "flaubertiano" Vargas Llosa nos armaba historias con tripas y corazón. Nunca quisimos que se acabaran. Los que aprendimos a amar la literatura con este Julio Verne particular y de la segunda mitad del siglo XX. Un viaje en submarino amarillo. Veinte mil leguas de prodigiosa ficción. Hasta llegar a los 70 años. Que no son nada.</p></p><p>La prueba de que un cumpleaños más apenas envejece a este sempiterno candidato a premio Nobel, es que Vargas Llosa no se detiene un instante en la vorágine de su actividad intelectual: la incansable y disciplinada producción literaria. Un compromiso político y social que hasta el día de hoy nos advierte sobre los peligros de los caudillos y hombres fuertes que plagan Latinoamérica. Su vocación por el teatro, que lo ha llevado a subirse a los escenarios madrileños y darle la réplica a una actriz de la talla de Aitana Sánchez Gijón. Una implacable devoción por la libertad. Alérgico a los que pretenden amordazarnos y hacernos vivir de rodillas. Vargas Llosa creció con vocación de "aguafiestas" y, a estas alturas del tango, no renuncia a su condición de invitado incómodo en los debates más rabiosos.</p><p>Lo que más me ha impresionado de él no ha sido su brillante conversación o su estatura intelectual, sino la sencillez, disposición y generosidad con que se ha prestado para firmar o adherirse a un manifiesto o evento por la libertad de un disidente pongamos, que, en Cuba. Como su admirado Víctor Hugo, quien también, pidió la libertad de los cubanos presos en otros tiempos y por otros horrores. Felices 70.</p><p>La autora es periodista cubana</p>]]></content:encoded></item><item><title>Rebelión en las oficinas</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Rebelion-oficinas_0_1830566964.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Rebelion-oficinas_0_1830566964.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 05:24:54 +0000</pubDate><description>Según el Buró de estadísticas laborales, de aquellos trabajadores que sí tienen pensado disfrutar del ocio, un 33 % contará con una semana libre incluyendo sábado y domingo y el concepto de dos semanas consecutivas de asueto comienza a ser algo del pasado. Ante este desolador panorama los analistas, que todo lo diagnostican, hablan del síndrome de las vacaciones que se esfuman. El enfermo que padece este maleficio es la sociedad estadounidense, la cual parece haber olvidado los placeres y beneficios de la tregua para encadenarse a los despachos y el Blackberry.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>Creo recordar que hay una película que se titula <strong>Rebelión en las aulas</strong>. Hoy por hoy Estados Unidos Unidos tiene una revolución pendiente y no precisamente en las aulas. El pasado 19 de agosto el <strong>New York Times </strong>(NYT) publicó un artículo titulado "El auge del síndrome de las vacaciones que se encogen" y su contenido es altamente inquietante. Merece la pena reproducir algunos de los datos que arroja para comprender la magnitud del problema: los estadounidenses disfrutan de menos tiempo libre que la mayoría de los países desarrollados y esta tendencia es cada vez mayor. Un grupo privado de investigación, el Conference Board, comprobó que a principios de este verano el 40% de los consumidores no tenía previsto tomar vacaciones en los próximos seis meses. Y una encuesta realizada por Gallup con algo más de mil adultos señala que el 43% de los empleados no tiene la intención de descansar durante los meses de estío.</p></p><p>Según el Buró de estadísticas laborales, de aquellos trabajadores que sí tienen pensado disfrutar del ocio, un 33 % contará con una semana libre incluyendo sábado y domingo y el concepto de dos semanas consecutivas de asueto comienza a ser algo del pasado. Ante este desolador panorama los analistas, que todo lo diagnostican, hablan del síndrome de las vacaciones que se esfuman. El enfermo que padece este maleficio es la sociedad estadounidense, la cual parece haber olvidado los placeres y beneficios de la tregua para encadenarse a los despachos y el Blackberry.</p><p>El artículo del NYT menciona al menos una empresa, Pricewaterhouse-Coopers, que, en vista de la compulsión laboral de sus asalariados, ha tomado medidas drásticas para devolverles la salud mental antes de que sufran una regresión voluntaria a los tiempos de la servidumbre y el barracón. Esta mega compañía cierra completamente dos veces al año (10 días en navidades y una semana en verano) para asegurarse de que todos se van a sus casas a desconectar y pensar en las musarañas. El departamento de recursos humanos optó por esta revolucionaria medida para impedir que los "atacados" de turno pudieran sufrir a bordo de un crucero o en una playa del Caribe, porque se estaban perdiendo una reunión importante o los 20 millones de correos electrónicos que inundan las pantallas de los ordenadores.</p><p><p>No seamos ingenuos. Los directivos no pusieron en marcha esta iniciativa porque son la madre Teresa de Calcuta. Como buenos capitalistas, llegaron a la conclusión de que sus obsesivos empleados necesitaban cargar las pilas porque el exceso de neón los estaba minando como la kriptonita. Desde que los obligan al <em>dolce far niente </em>han comprobado que el rendimiento de sus 28 mil trabajadores ha aumentado. O sea, misión cumplida. A primera vista, la defensa de las vacaciones medianamente prolongadas puede parecer una batalla de vagos y ociosos impenitentes. Sin embargo, creo que la conclusión a la que ha llegado Pricewaterhouse-Coopers es la bandera y lema de esta causa: para trabajar más y mejor hay que descansar más y mejor. De hecho, hay países europeos con mayor productividad que Estados Unidos que gozan de más periodos vacacionales.</p></p><p>De la información recopilada, lo que se desprende no es tanto una política de explotación laboral por parte del empleador, sino una renuncia vital del empleado a su tiempo de esparcimiento. ¿Acaso no es paradójico que la compañía persiga al asalariado para recordarle que ha de descansar? Sin embargo, existen en la fuerza laboral muchos que, si se les diera a elegir entre un aumento de sueldo o una semana más de vacaciones al año, optarían por lo segundo. Tal vez la solución pase porque haya más opciones disponibles.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Rebelión en las oficinas</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Rebelion-oficinas_0_1831316890.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Rebelion-oficinas_0_1831316890.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 05:22:46 +0000</pubDate><description>Según el Buró de estadísticas laborales, de aquellos trabajadores que sí tienen pensado disfrutar del ocio, un 33 % contará con una semana libre incluyendo sábado y domingo y el concepto de dos semanas consecutivas de asueto comienza a ser algo del pasado. Ante este desolador panorama los analistas, que todo lo diagnostican, hablan del síndrome de las vacaciones que se esfuman. El enfermo que padece este maleficio es la sociedad estadounidense, la cual parece haber olvidado los placeres y beneficios de la tregua para encadenarse a los despachos y el Blackberry.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>Creo recordar que hay una película que se titula <strong>Rebelión en las aulas</strong>. Hoy por hoy Estados Unidos Unidos tiene una revolución pendiente y no precisamente en las aulas. El pasado 19 de agosto el <strong>New York Times </strong>(NYT) publicó un artículo titulado "El auge del síndrome de las vacaciones que se encogen" y su contenido es altamente inquietante. Merece la pena reproducir algunos de los datos que arroja para comprender la magnitud del problema: los estadounidenses disfrutan de menos tiempo libre que la mayoría de los países desarrollados y esta tendencia es cada vez mayor. Un grupo privado de investigación, el Conference Board, comprobó que a principios de este verano el 40% de los consumidores no tenía previsto tomar vacaciones en los próximos seis meses. Y una encuesta realizada por Gallup con algo más de mil adultos señala que el 43% de los empleados no tiene la intención de descansar durante los meses de estío.</p></p><p>Según el Buró de estadísticas laborales, de aquellos trabajadores que sí tienen pensado disfrutar del ocio, un 33 % contará con una semana libre incluyendo sábado y domingo y el concepto de dos semanas consecutivas de asueto comienza a ser algo del pasado. Ante este desolador panorama los analistas, que todo lo diagnostican, hablan del síndrome de las vacaciones que se esfuman. El enfermo que padece este maleficio es la sociedad estadounidense, la cual parece haber olvidado los placeres y beneficios de la tregua para encadenarse a los despachos y el Blackberry.</p><p>El artículo del NYT menciona al menos una empresa, Pricewaterhouse-Coopers, que, en vista de la compulsión laboral de sus asalariados, ha tomado medidas drásticas para devolverles la salud mental antes de que sufran una regresión voluntaria a los tiempos de la servidumbre y el barracón. Esta mega compañía cierra completamente dos veces al año (10 días en navidades y una semana en verano) para asegurarse de que todos se van a sus casas a desconectar y pensar en las musarañas. El departamento de recursos humanos optó por esta revolucionaria medida para impedir que los "atacados" de turno pudieran sufrir a bordo de un crucero o en una playa del Caribe, porque se estaban perdiendo una reunión importante o los 20 millones de correos electrónicos que inundan las pantallas de los ordenadores.</p><p><p>No seamos ingenuos. Los directivos no pusieron en marcha esta iniciativa porque son la madre Teresa de Calcuta. Como buenos capitalistas, llegaron a la conclusión de que sus obsesivos empleados necesitaban cargar las pilas porque el exceso de neón los estaba minando como la kriptonita. Desde que los obligan al <em>dolce far niente </em>han comprobado que el rendimiento de sus 28 mil trabajadores ha aumentado. O sea, misión cumplida. A primera vista, la defensa de las vacaciones medianamente prolongadas puede parecer una batalla de vagos y ociosos impenitentes. Sin embargo, creo que la conclusión a la que ha llegado Pricewaterhouse-Coopers es la bandera y lema de esta causa: para trabajar más y mejor hay que descansar más y mejor. De hecho, hay países europeos con mayor productividad que Estados Unidos que gozan de más periodos vacacionales.</p></p><p>De la información recopilada, lo que se desprende no es tanto una política de explotación laboral por parte del empleador, sino una renuncia vital del empleado a su tiempo de esparcimiento. ¿Acaso no es paradójico que la compañía persiga al asalariado para recordarle que ha de descansar? Sin embargo, existen en la fuerza laboral muchos que, si se les diera a elegir entre un aumento de sueldo o una semana más de vacaciones al año, optarían por lo segundo. Tal vez la solución pase porque haya más opciones disponibles.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Darwin lo dijo primero</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Darwin-dijo-primero_0_1865063547.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Darwin-dijo-primero_0_1865063547.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 04:12:32 +0000</pubDate><description>Recibí la temida notificación: debía acudir a la corte federal para someterme a la selección de jurado. Sabía que pasaría un día completo en las dependencias judiciales, por lo que elegí una novela que me habían enviado de Madrid y unas cuantas revistas. Algo para matar el tiempo hasta que nos llamaran.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Recibí la temida notificación: debía acudir a la corte federal para someterme a la selección de jurado. Sabía que pasaría un día completo en las dependencias judiciales, por lo que elegí una novela que me habían enviado de Madrid y unas cuantas revistas. Algo para matar el tiempo hasta que nos llamaran.</p><p>Encerrada con la multitud en un salón de espera con temperaturas de frigorífico industrial, me animé con una charla en la que enfatizaron la importancia de los ciudadanos en el sistema judicial de tan gran país. Seguro que me tocaría un pleito con mucha enjundia en el que el jurado debía deliberar sesudamente antes de tomar una decisión que podía cambiar el curso de la vida de una o más personas.</p><p>La mañana se deshizo en largas horas de espera dentro de aquella inhóspita nevera. Para que el aburrimiento no fuera mortal, proyectaron una comedia en la que un chico y una chica se enamoran a pesar de que ambos intentan evitarlo por todos los medios. Cuando la cosa se ponía interesante nos llamaron y nos dejaron en un pasillo. Como el tiempo volvía a deslizarse sin premura, acabé preguntándome cómo había acabado la película. Seguro que con final feliz. Debió pasar mucho tiempo, porque cuando el alguacil apareció, yo babeaba semidormida. "Les tengo buenas noticias", nos dijo.</p><p>"Las dos partes han llegado a un acuerdo antes de tener que someterse a un jurado. Pueden bajar a comer y dentro de una hora deben regresar. Los llamarán para otro juicio", anunció el funcionario. Mi grupo -éramos unos treinta- protestó levemente y nos dispersamos con caras de pocos amigos. Ya era mediodía y no habíamos visto ni a un acusado.</p><p>En la cochambrosa cafetería intenté leer mi novela, pero resultó ser farragosa y el protagonista tenía unas dudas existenciales que no aliviaban mi situación. Preferí dedicarme a escuchar las conversaciones de los otros. Algunos se habían hecho amigos en el transcurso de la espera y ahora se contaban sus vidas como si hubieran compartido largos años de presidio. Dos señoras que rellenaban el cuestionario mencionaban a familiares lejanos que alguna vez habían sido condenados por algún delito.</p><p>Estaban empeñadas en encontrar una coartada que las librara ante el juez de su deber cívico. "Ahora que lo recuerdo, tengo un primo lejano que estuvo en la cárcel por matar a su esposa", aseguró una de ellas. "Pues eso sí que debe ser motivo para dejarte ir", le dijo la otra con cierta envidia. Yo también hice un repaso mental en busca de un pariente asesino, pero no logré encontrar ningún vínculo con el mundo criminal.</p><p>Después del almuerzo volvimos al salón con estalactitas y ahora proyectaban una película con Jennifer López y Jane Fonda. La cinta iba por la mitad, pero era fácil adivinar que las dos se llevaban a las greñas. Una suegra malvada le hacía la vida imposible a su futura nuera. Lástima que el juez no nos pidió un veredicto, porque estaba clarísimo que el jurado habría hallado a la López culpable de ser pésima actriz. A punto de concluir aquel bodrio, nos volvieron a llamar. Me temo que Jane Fonda no pudo impedir que su hijo se casara con tan sosa mujer.</p><p>Apenas nos habíamos sentado en los bancos de la Corte, cuando el juez nos ofreció disculpas y nos dijo que también en este contencioso las dos partes habían llegado a un acuerdo antes de vérselas con un jurado. En una esquina permanecía sentado un hombre encadenado que vestía un mono de reo color naranja. Nunca supe quién era y por qué estaba en aquella sala. Nos volvieron a llevar al cubículo de las películas y se podía sentir la indignación de un jurado del que todos parecían huir como de la peste.</p><p>Bufamos por lo bajo y maldecimos tan perverso sistema. A pesar de la fatiga y soñolencia general, una mujer y un hombre acabaron por entablar conversación y flirteaban en medio del aburrimiento de los demás a modo de escandalosa provocación. Ella llevaba un apretado vestido con estampado de leopardo y él le susurraba al oído no sé qué cosas. Parecían divertidos, algo que no perdonamos los demás. Verdes como espinacas asesinas.</p><p>Al filo de las cinco de la tarde nos dieron a todos las gracias por ser unos ciudadanos ejemplares que habíamos contribuido a que se hiciera justicia. Por mi parte, sentí deseos de condenar a alguien a cadena perpetua o trabajos forzados. A la salida me encontré con la diligente parejita. Está claro que lo único que funciona es la selección natural de la especie.</p><p>*Periodista cubana.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Así que pasen 10,000 años</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/pasen-anos_0_1876312402.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/pasen-anos_0_1876312402.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 03:58:10 +0000</pubDate><description>Comencé a dudar de mí misma. ¿Pertenecía a la nobleza genética o formaba parte de los gnomos sonsos? No podía negar que había frecuentado los McDonald’s, había hojeado una biografía de Paris Hilton y alguna vez canturree "A mí me gusta la gasolina". Entonces me miré al espejo y lo comprendí todo: mi aspecto era romo, tenía la vacía expresión de un cernícalo y mis facciones me condenaban al club de las feas. Algo que mi familia y yo constatamos años atrás, en un viaje a los países nórdicos. Éramos pigmeos en tierras de hermosos y robustos vikingos.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Recientemente un experto de la prestigiosa London School of Economics predijo que de aquí a 10,000 años habría dos tipos de humanos: una clase alta genética compuesta por individuos esbeltos, inteligentes y atléticos y una subclase chata, tonta y fea.</p><p><p>El mismo día que leí tan interesante artículo me dispuse a ir al cine en un centro comercial. Cuál no fue mi sorpresa cuando, al llegar al atestado <em>mall</em>, me encontré rodeada de una legión de gente que parecía el mismísimo retrato robot de los "duendes" que había descrito el sesudo académico. Por un momento creí que había viajado en la máquina del tiempo de H. G. Wells y había arribado al futuro genético-clasista.</p></p><p><p>A mi alrededor solo se escuchaba un estruendoso ruido de reguetón y una multitud de jovencitos, que no eran tanto chatos como abandonados al volumen adiposo que generan el <em>fast food </em>y los cubos industriales de palomitas. No pude comprobar si eran tontos del todo, pero por el inmenso tamaño de unos pantalones que se les caían cintura abajo deduje que esa civilización no había descubierto la utilidad del cinturón. O sea, un poco tontos sí que eran. En la interminable cola del cine todos me parecieron más bien feos y grasientos. Chillones y dispuestos a crecer por el costado lo que no habían alcanzado en estatura.</p></p><p><p>Habían transcurrido 10,000 años y ni cuenta me había dado. Ahora vivía en un submundo de duendes que me encontraba por doquier. Rara vez me topaba con una persona delgada que midiera dos metros y que me hablara con entusiasmo de los <em>Gymnopedies de Satie.</em> Para colmo de males, en la tele constantemente aparecía un militar venezolano que escupía sandeces cantinflescas y citaba al inefable Noam Chomsky a quien, además, daba por muerto. De hecho, llegué a creer que el tipo de los rimbombantes discursos era el líder de la subespecie de los tontos y remachados. Sentí una enorme angustia ante la posibilidad de que semejante duende necio acabara por conquistar el reino de los más guapos, los más inteligentes y los más altos.</p></p><p>Comencé a dudar de mí misma. ¿Pertenecía a la nobleza genética o formaba parte de los gnomos sonsos? No podía negar que había frecuentado los McDonald’s, había hojeado una biografía de Paris Hilton y alguna vez canturree "A mí me gusta la gasolina". Entonces me miré al espejo y lo comprendí todo: mi aspecto era romo, tenía la vacía expresión de un cernícalo y mis facciones me condenaban al club de las feas. Algo que mi familia y yo constatamos años atrás, en un viaje a los países nórdicos. Éramos pigmeos en tierras de hermosos y robustos vikingos.</p><p>Aprisionada en la cola de un megacine donde todo olía a refresco pegajoso y las hordas de duendes se sujetaban los calzones como buenamente podían, caí en la cuenta de que el tal genio de la institución londinense no se merecía el Premio Nobel. No había que esperar 10,000 años para predecir la única verdad que conocemos desde que el mundo es mundo: los hay guapos, inteligentes, altos y creativos. Y tampoco faltan los feos, tontos y obtusos. Incluso las piruetas del destino producen combinaciones en la que el bello es mediocre o el poco agraciado es un genio. Basta con darse una vuelta en la fiebre del sábado por la noche. Para no saber quién es quién y desconocerse uno mismo. El tiempo vuela.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Paraísos perdidos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mundo/Paraisos-perdidos_0_1370862937.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mundo/Paraisos-perdidos_0_1370862937.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 01:58:52 +0000</pubDate><description>Son nombres que evocan edenes exóticos y lejanos porque lo son: Phuket, Sri Lanka, Madrás, Sumatra, la isla de Phi-Phi, las Maldivas, Sechelles. Lugares con los que ha soñado todo aventurero que se precie. Sitios remotos donde hemos deseado perdernos en el transcurso de largas siestas.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Son nombres que evocan edenes exóticos y lejanos porque lo son: Phuket, Sri Lanka, Madrás, Sumatra, la isla de Phi-Phi, las Maldivas, Sechelles. Lugares con los que ha soñado todo aventurero que se precie. Sitios remotos donde hemos deseado perdernos en el transcurso de largas siestas.</p><p><p>Paraísos perdidos bajo una ola gigante cuyo bello y sonoro nombre confunde: <em>tsunami</em>. Suena a juguete de papel y creemos estar frente a un delicado cuadro oriental en el que una ola hecha con la técnica del puntillismo se eleva gigante y majestuosa en la inmensidad del mar solitario. Pero en verdad el <em>tsunami</em> avanza mortífero sobre las playas de los paraísos perdidos, donde lugareños y viajeros duermen plácidamente la mañana de un domingo tropical. La riada de agua sacude la tierra con ira bíblica. Apenas hay tiempo para despertar de los sueños y comprender la magnitud de la pesadilla.</p></p><p><p>Una vez estuve a punto de viajar a Sri Lanka. O al menos jugué con la idea porque dentro de su forma de lágrima hay hermosas plantaciones de té y los elefantes interrumpen los caminos con su andar pesado y lento. "Sus playas son como algo que nunca has visto", me dijeron. Por eso pensé que debía ir. Porque me hablaban de parajes que son como nada que hayan visto mis ojos. No llegué a visitar Colombo, pero poco después conocí la India y entonces comprendí el significado de lo "nunca visto". Fueron los paseos en Bombay, lo más al sur que me llevó mi itinerario, los que me devolvieron las estampas de un mundo que retrató Kipling. La decadencia colonial mezclada con los aromas fuertes de una tierra de especias y caléndulas. Habría querido perderme en Madrás y en las selvas tropicales donde habitó un niño salvaje llamado Mowgli. Paraísos perdidos bajo la estela de espuma de un <em>tsunami</em> gigante. Un Godzilla acuático que engulle a Atlántida.</p></p><p><p>El pequeño Hannes deambula solo en la cima de Khao Lak. Arrancado de sus padres por un remolino de agua, el niño rubio y extranjero camina entre los escombros y los cuerpos sin vida de otros bebés que no tuvieron su buena suerte. Hannes podrá reunirse con su padre y desde sus dos años apenas tiene memoria del dulce rostro de su madre, sepultada, tal vez, bajo la marejada. Entretanto otro niño, Karl Nisson, se pasea por las calles devastadas de Phuket con un cartel: "Busco a mis padres y a mis dos hermanos". Karl es tan rubio como Hannes. Por doquier hay cadáveres de criaturas mucho menos afortunadas. Hannes y Karl crecerán para contar lo que un día vivieron. Cuando sus padres los llevaron en busca de paraísos perdidos. Cubos y palas de plástico enterrados en arena blanca. Instantáneas que recoge la lente de la cámara digital. <em>Tsunami</em> es el sonajero de la muerte.</p></p><p>Nunca viajé a Sri Lanka y quedan pendientes Phuket, Phi-Phi, Myanmar, la idílica Zanzíbar en el Indico. Paraísos perdidos a los que no debemos renunciar. En el sueño recurrente nos despertamos abrazados a sus amaneceres huérfanos. (Firmas Press)</p>]]></content:encoded></item><item><title>Paraísos perdidos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mundo/Paraisos-perdidos_0_1370862976.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mundo/Paraisos-perdidos_0_1370862976.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 01:58:17 +0000</pubDate><description>Son nombres que evocan edenes exóticos y lejanos porque lo son: Phuket, Sri Lanka, Madrás, Sumatra, la isla de Phi-Phi, las Maldivas, Sechelles. Lugares con los que ha soñado todo aventurero que se precie. Sitios remotos donde hemos deseado perdernos en el transcurso de largas siestas.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Son nombres que evocan edenes exóticos y lejanos porque lo son: Phuket, Sri Lanka, Madrás, Sumatra, la isla de Phi-Phi, las Maldivas, Sechelles. Lugares con los que ha soñado todo aventurero que se precie. Sitios remotos donde hemos deseado perdernos en el transcurso de largas siestas.</p><p><p>Paraísos perdidos bajo una ola gigante cuyo bello y sonoro nombre confunde: <em>tsunami</em>. Suena a juguete de papel y creemos estar frente a un delicado cuadro oriental en el que una ola hecha con la técnica del puntillismo se eleva gigante y majestuosa en la inmensidad del mar solitario. Pero en verdad el <em>tsunami</em> avanza mortífero sobre las playas de los paraísos perdidos, donde lugareños y viajeros duermen plácidamente la mañana de un domingo tropical. La riada de agua sacude la tierra con ira bíblica. Apenas hay tiempo para despertar de los sueños y comprender la magnitud de la pesadilla.</p></p><p><p>Una vez estuve a punto de viajar a Sri Lanka. O al menos jugué con la idea porque dentro de su forma de lágrima hay hermosas plantaciones de té y los elefantes interrumpen los caminos con su andar pesado y lento. "Sus playas son como algo que nunca has visto", me dijeron. Por eso pensé que debía ir. Porque me hablaban de parajes que son como nada que hayan visto mis ojos. No llegué a visitar Colombo, pero poco después conocí la India y entonces comprendí el significado de lo "nunca visto". Fueron los paseos en Bombay, lo más al sur que me llevó mi itinerario, los que me devolvieron las estampas de un mundo que retrató Kipling. La decadencia colonial mezclada con los aromas fuertes de una tierra de especias y caléndulas. Habría querido perderme en Madrás y en las selvas tropicales donde habitó un niño salvaje llamado Mowgli. Paraísos perdidos bajo la estela de espuma de un <em>tsunami</em> gigante. Un Godzilla acuático que engulle a Atlántida.</p></p><p><p>El pequeño Hannes deambula solo en la cima de Khao Lak. Arrancado de sus padres por un remolino de agua, el niño rubio y extranjero camina entre los escombros y los cuerpos sin vida de otros bebés que no tuvieron su buena suerte. Hannes podrá reunirse con su padre y desde sus dos años apenas tiene memoria del dulce rostro de su madre, sepultada, tal vez, bajo la marejada. Entretanto otro niño, Karl Nisson, se pasea por las calles devastadas de Phuket con un cartel: "Busco a mis padres y a mis dos hermanos". Karl es tan rubio como Hannes. Por doquier hay cadáveres de criaturas mucho menos afortunadas. Hannes y Karl crecerán para contar lo que un día vivieron. Cuando sus padres los llevaron en busca de paraísos perdidos. Cubos y palas de plástico enterrados en arena blanca. Instantáneas que recoge la lente de la cámara digital. <em>Tsunami</em> es el sonajero de la muerte.</p></p><p>Nunca viajé a Sri Lanka y quedan pendientes Phuket, Phi-Phi, Myanmar, la idílica Zanzíbar en el Indico. Paraísos perdidos a los que no debemos renunciar. En el sueño recurrente nos despertamos abrazados a sus amaneceres huérfanos. (Firmas Press)</p>]]></content:encoded></item><item><title>Perspectiva</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mundo/Perspectiva_0_1402359825.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mundo/Perspectiva_0_1402359825.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 00:52:10 +0000</pubDate><description>Está mal que lo diga yo, que soy el dios del amor, pero lo del consumismo el día de San Valentín ha llegado a niveles escandalosos. Mi deber es infundir pasión a base de flechazos atinados, y no hacer de reclamo para los grandes almacenes y negocios varios. Ya no es la rosa de turno. El frasco de colonia o un libro con una bonita dedicatoria.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Está mal que lo diga yo, que soy el dios del amor, pero lo del consumismo el día de San Valentín ha llegado a niveles escandalosos. Mi deber es infundir pasión a base de flechazos atinados, y no hacer de reclamo para los grandes almacenes y negocios varios. Ya no es la rosa de turno. El frasco de colonia o un libro con una bonita dedicatoria.</p><p>Celebrar el 14 de febrero se ha convertido en una sangría económica que va desde menús estrafalarios a 70 dólares el cubierto hasta un día de Spa en plan tórtolos en el que un masaje, un peeling para dos y una saludable cesta de frutas con agua Evian cuesta la friolera de 480 dólares. No en balde tantas parejas se replantean la relación al día siguiente, cuando afloran los reproches por un gasto excesivo que al final no subsanó la crisis que se venía venir.</p><p>Por eso, de todos los romances y apareamientos que he provocado con mi certera puntería, el que más me ha gustado en los últimos tiempos es el de un grupo de pingüinos que vive en un zoo de Alemania. Lo cierto es que me había olvidado de ellos, pues el trabajo es arduo e incómodo con el ridículo pañal que deja mucho que desear para una deidad. Pero el otro día andaba distraída viendo la tele -los dioses no somos ajenos a las tentaciones terrenales- y noté que les habían dedicado un reportaje.</p><p>Pensé que a la periodista de Televisión Española le había hecho gracia la armonía de aquellos pingüinos y pingüinas que con tanto esfuerzo uní. O eso me pareció al principio.</p><p>Resulta ser que a los encargados del zoológico les tenía preocupados el hecho de que ninguna de las parejas se había reproducido. Parecían muy bien avenidas aquellas 13 aves, cada cual en su nido de amor y con las tareas bien definidas: ellas, hogareñas; y ellos, llevando y trayendo alimento, que es lo que se espera del macho. Tampoco se trataba de que hubieran perdido el apetito sexual, pues aquellos pingüinos se revolcaban en sus momentos de ocio, que son muchos.</p><p>Pero un buen día el más observador de los empleados del zoo se dio cuenta de que en los juegos amorosos aquella comuna bien avenida presentaba un comportamiento distinto, pues unas veces montaba uno y otras lo hacía su pareja. Lo común es que la pingüina se resigne a la postura del misionero porque el feminismo no está para pájaros. Entonces se desentrañó el misterio de aquel colectivo estéril: los 13 pingüinos eran gays y habían hecho de su entorno una suerte de Castro Street con el arco iris de sus plumas.</p><p>La reportera informó que el zoo tenía pensado traer a dos pingüinas suecas -debe ser por aquello de que las nórdicas son las más liberadas- para intentar llevarse a las filas heterosexuales a algún despistado, pero los propios encargados tenían pocas esperanzas de que éstas pudieran dinamitar lo que mis flechas del amor unieron.</p><p>La periodista aclaró que la homosexualidad está presente en 500 especies. Lo de los pingüinos gays es el pan de cada día en el reino animal.</p><p>Está claro que la comuna de los 13 -por el numeró impar debe haber un ménage a trois- no va a tirar la casa por la ventana en un día como hoy.</p><p>Nada de caras extravagancias para engordar aún más los bolsillos de los anunciantes. Traicionarían el mensaje ultimo de mis flechas. Lo que no sé qué habrá sido de las pingüinas suecas. Mejor ni pregunto. Criaturas de Dios.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Los miedos de Huntington</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mundo/miedos-Huntington_0_1176632366.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mundo/miedos-Huntington_0_1176632366.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Sat, 18 Jan 2020 02:27:47 +0000</pubDate><description></description><content:encoded><![CDATA[<p><p><em> No hay un solo sueño y americano, sino muchos y muy diversos sueños en la torre de Babel </em></p></p>]]></content:encoded></item><item><title>Cosas de hombres</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mundo/Cosas-hombres_0_1465353513.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mundo/Cosas-hombres_0_1465353513.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 17 Jan 2020 03:08:05 +0000</pubDate><description>Pues bien, resulta ser que los hombres siguen unos códigos determinados a la hora de planificar estos encuentros y la principal razón detrás de este extraño protocolo es evitar un marco demasiado íntimo. Lo que en inglés llaman "too close for comfort". Por ejemplo, hay reglas que los hombres de pelo en pecho no suelen romper: prohibido cenas a solas en la casa de uno de ellos. Nada de "te invito a que pruebes un souflee que me queda estupendo" y entonces el otro aparece con una botella de Rioja para hablar de la última chica que conoció o la crisis por la que atraviesa con su esposa. Evitar a toda costa restaurantes en los que se cena a la luz de velas y con manteles de hilo. A la hora de ir al cine dos hombres "héteros" se citan para ver sólo películas de acción y muchos de ellos confiesan que suelen dejar un asiento vacío por medio. Finalmente, como más a gusto se encuentran es en grupos de más de dos en la barra de un bar y con un televisor que retransmita un evento deportivo. En dicho ámbito el menú favorito está compuesto por costillas a la barbacoa, un jugoso steak y mucha cerveza.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>La edición dominical del <strong>New York Times</strong>, que es una fuente inagotable de información, publicó hace una semana un interesante artículo sobre las citas entre hombres heterosexuales. El reportaje contenía una serie de entrevistas a individuos que se encuentran con cierta frecuencia para cenar y hablar de sus cosas. ¿Qué tiene de particular el que dos tipos se citen para hablar de lo humano y lo divino?</p></p><p>Pues bien, resulta ser que los hombres siguen unos códigos determinados a la hora de planificar estos encuentros y la principal razón detrás de este extraño protocolo es evitar un marco demasiado íntimo. Lo que en inglés llaman "too close for comfort". Por ejemplo, hay reglas que los hombres de pelo en pecho no suelen romper: prohibido cenas a solas en la casa de uno de ellos. Nada de "te invito a que pruebes un souflee que me queda estupendo" y entonces el otro aparece con una botella de Rioja para hablar de la última chica que conoció o la crisis por la que atraviesa con su esposa. Evitar a toda costa restaurantes en los que se cena a la luz de velas y con manteles de hilo. A la hora de ir al cine dos hombres "héteros" se citan para ver sólo películas de acción y muchos de ellos confiesan que suelen dejar un asiento vacío por medio. Finalmente, como más a gusto se encuentran es en grupos de más de dos en la barra de un bar y con un televisor que retransmita un evento deportivo. En dicho ámbito el menú favorito está compuesto por costillas a la barbacoa, un jugoso steak y mucha cerveza.</p><p>Una pensaría que a los hombres, como a las mujeres, les asaltan dudas existenciales, tribulaciones, dilemas sentimentales o astenias inexplicables. Las chicas, cuya complejidad cerebral ha resultado ser bastante más densa que la del sexo opuesto, ventilan estas opresiones del espíritu y el corazón por medio de largas conversaciones telefónicas o frente a una botella de vino que comparten con amistades íntimas. Como las protagonistas de "Sexo en la ciudad", sólo que sin la posibilidad de sacudir la depresión con la compra de un par de zapatos de Manolo Blahnik las mujeres se citan con frecuencia para hablar de sus cosas. Y lo hacen en restaurantes coquetos o en sus casas, pues la cocina es una de las estancias que más invita a la confidencia en medio del trajinar de esto y aquello. No hay nada como una cita en el cine con tu mejor amiga para ver "El paciente inglés" y llorar a dúo. Lo último que querrían dos señoras es el incómodo ruido de una televisión mientras debaten por enésima vez por qué no hay romances como el que Ralph Fiennes y la etérea Kristin Scott Thomas viven en pleno desierto.</p><p>Es evidente que un bar escandaloso y lleno de tipos que aúpan al equipo local no es el lugar ideal para intimar y hablar a fondo de los problemas del cuore. Resulta curioso que el género masculino se escude en decorados con extras para evitar la desnudez que proporciona la intimidad. Dos mujeres que charlan a tumba abierta en el salón de una casa mientras pican algo de queso y apuran un Chianti no experimentan incomodidad alguna. En cambio, según la investigación del NYT dos hombres en la misma situación se sienten inquietos y próximos a un abismo que parecieran querer evitar a toda costa. El origen de este oscuro distanciamiento podría estar relacionado con temores vinculados a la sexualidad.</p><p>Desde pequeños una de las primeras cosas que aprenden los hombres de sus mayores es huir de la intimidad, algo que parece confinado a la esencia femenina. A partir de entonces viven sumidos en el mundanal ruido. Me pregunto si la procesión va por dentro.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Perspectiva S.O.S. a Bombay</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mundo/Perspectiva-SOS-Bombay_0_1475102505.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mundo/Perspectiva-SOS-Bombay_0_1475102505.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 17 Jan 2020 02:44:22 +0000</pubDate><description>"Lo siento, pero hoy no puedo salir a caminar", me dice Omar al otro lado del teléfono. Es frecuente que uno de los dos rompa la promesa de hacer ejercicio a diario, porque por mucho que nos empeñemos ya no somos dos jóvenes andarines. Lo nuestro más bien es una terapia de apuntalamiento. llevo casi seis horas al teléfono con unos informáticos de Bombay y nada, no hay manera de conectarme a Internet", me contesta iracundo. Entonces comprendí que en esos momentos incluso la odisea de arrastrarnos cuesta arriba bajo el sol le parecía más atractiva a mi amigo que lidiar con unos misteriosos técnicos que le hablaban desde la lejana y exótica ciudad india.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>"Lo siento, pero hoy no puedo salir a caminar", me dice Omar al otro lado del teléfono. Es frecuente que uno de los dos rompa la promesa de hacer ejercicio a diario, porque por mucho que nos empeñemos ya no somos dos jóvenes andarines. Lo nuestro más bien es una terapia de apuntalamiento. llevo casi seis horas al teléfono con unos informáticos de Bombay y nada, no hay manera de conectarme a Internet", me contesta iracundo. Entonces comprendí que en esos momentos incluso la odisea de arrastrarnos cuesta arriba bajo el sol le parecía más atractiva a mi amigo que lidiar con unos misteriosos técnicos que le hablaban desde la lejana y exótica ciudad india.</p><p>Por lo menos un par de veces al mes a mí también me toca contactar a ese invisible ejército que encarna la globalización del outsourcing. Se supone que desde los puntos más lejanos del planeta unos individuos laboriosos y que parecen no dormir han de arreglar los desperfectos del mundo desarrollado. ¿Que se extravió mi nómina?, aunque el sentido común me indique que directamente contacte a mis empleadores, resulta que sólo alguien en Bangalore será capaz de hallar una solución al problema. Para qué mencionar los cien mil tropiezos que constantemente tengo con Internet. Y, como mi buen amigo Omar, mientras intento desesperadamente seguir las instrucciones de un experto que me habla desde no se sabe dónde, añoró los tiempos en que mis principales fuentes de información eran el periódico impreso y el telediario de la noche. Entonces aparecieron unos ordenadores que parecían tostadoras. Poco después de haber abandonado para siempre mi Remington eléctrica.</p><p>No se trata de volver a pintar animales en las cuervas de Altamira, pero no deja de ser agotador pasarse tantas horas al teléfono hablando con laberínticos mensajes grabados o enigmáticos personajes del outsourcing mundial que han ingeniado las multinacionales a lo largo y ancho del Tercer Mundo. Me alegro por todos ellos, porque, por muy enojoso que resulte hablar con gente tan ignorante en materia de ordenadores como Omar y yo, siempre es mejor que el desempleo. Entre instrucción e instrucción del outsourcer de turno desde el más allá que parece estar al sur de Bombay intento imaginar al señor y me pregunto si él piensa lo mismo de mí, lo que no deja de ser un ejercicio de vanidad propio del Primer Ministro. Seguro que el buen hombre está más que harto de inútiles como yo y sólo desea subirse a un ricksshaw y largarse a su casa.</p><p>Sin embargo, no puedo dejar de especular sobre el amable técnico que me habla con acento british pasado por la cadencia india. Por momentos estoy convencida de que se encuentra hacinado en el cubículo de una inmensa oficina con miles de operadores más. Algo así como las calles de su país, pero en un decorado ejecutivo. En cambio, en otras ocasiones sospecho que el trabajo lo desempeñan desde sus casas, también apretujados, pero entre niños y mujeres que revolotean a su alrededor. Nunca me he atrevido a preguntar porque no creo que el informático esté preparado para resolver una duda de carácter personal. Aunque quién sabe. No dudo que al otro lado del hilo telefónico se pase media vida a la espera de que alguien le plantee algo que no tenga que ver con el módem o el panel de control de una computadora. A mí también me sacaría de juego si un día el técnico de Bangalore se me apeara con una indiscreción novelesca y se dejara de tantas formalidades aprendidas de sus antiguos colonizadores.</p>]]></content:encoded></item><item><title>En el país de nunca jamás</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/pais-jamas_0_1496100402.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/pais-jamas_0_1496100402.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 17 Jan 2020 01:55:52 +0000</pubDate><description>Como si de un niño descarriado se tratara, el abogado de Michael Jackson ha anunciado que su cliente ya no compartirá la cama con menores. Un extraño regaño, si se tiene en cuenta que el ex astro del pop ya está más cerca de la cincuentena que de una juventud que nunca pareció vivir.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Como si de un niño descarriado se tratara, el abogado de Michael Jackson ha anunciado que su cliente ya no compartirá la cama con menores. Un extraño regaño, si se tiene en cuenta que el ex astro del pop ya está más cerca de la cincuentena que de una juventud que nunca pareció vivir.</p><p>Con motivo del sonado juicio y un posterior veredicto que mantuvo a los estadounidenses al borde de un ataque de nervios, hemos vuelto a ver fotos del talentoso cantante desde que empezó con los "Jackson 5" hasta hoy. La metamorfosis ha sido dramática y sorprendente: las imágenes de un atractivo adolescente negro con nariz ancha y peinado afro cuyas facciones se fueron afilando con el tiempo y el bisturí de cirujanos desalmados. El Michael Jackson que salió exonerado de toda culpa hace una semana ahora es un tipo demacrado e indefinido: ni blanco ni negro. Ni hombre ni mujer. Simplemente una criatura andrógina y perdida en los vericuetos de una historia personal que casi lo lleva al abismo.</p><p><p>Michael Jackson ha vuelto a su rancho de Neverland, que es el País de Nunca Jamás convertido en pesadilla. Cuando E.M. Barry elaboró las aventuras de Peter Pan, que no es nada más que el hombre que se resiste a crecer, no pudo imaginar un <em>alter ego</em> más turbio de su inmortal personaje que el enigmático intérprete de canciones que fueron verdaderos <em>hits</em> en los años 80. El inmenso jardín que rodea la mansión de Jackson es un parque temático cuyo verdadero <em>leit motif</em> asustaría al niño más desbocado. Enajenado y fuera de este mundo, el muchacho que nunca maduró corrompió el espíritu de su <em>Brigadoon</em> particular cuando sus hormonas despertaron en un cuerpo que se hizo adulto y cuyo reflejo en el espejo comenzó a parecerse de manera ominosa a Diana Ross.</p></p><p><p>El rey del <em>moonwalk</em> se ha encerrado en su inmenso tiovivo y ya no tiene con quién jugar al escondite inglés. Pero en verdad no está solo, porque al otro lado del mundo concretamente en Europa Jackson tiene un alma gemela: Frederic Bourdin, un francés de 31 años que desde hace 14 se hace pasar por un niño. El propio Bourdin le ha confesado a un diario que "mi vida consiste en ser Peter Pan". A este curioso impostor lo que le gusta es hacerse pasar por huérfano y sentirse "como un niño entre otros niños".</p></p><p><p>Según ha publicado <strong>Le Figaro</strong>, Bourdin tenía la habilidad de disfrazarse y lucir como un adolescente imberbe. Hijo de madre soltera, el solitario individuo desfiló por correccionales y centros de beneficencia que acabaron siendo sus verdaderos hogares.</p></p><p>De todos sus montajes, el más espectacular fue el que Bourdin ideó en 1977, cuando se hizo pasar por un chico americano, Nicholas Barclay, un menor que había desaparecido tres años antes en Texas. El francés se apoderó de su identidad y la familia Barclay, desesperada por encontrar consuelo, fingió que había hallado al hijo extraviado y acogió al francés en su casa. Cuando se descubrió que todo había sido una farsa, Bourdin fue condenado a seis años de cárcel en los Estados Unidos. Tiempo después el galo ha vuelto al banquillo tras hacerse pasar por un huérfano en un colegio en el sur de su país.</p><p>Michael Jackson y Frederic Bourdin son almas gemelas que no se han encontrado. El cantante desea acoger menores y el vagabundo con vocación de niño quiere ser adoptado. Los psiquiatras han dicho de Bourdin que se trata de un individuo "con problemas de afecto". Un diagnóstico que podría explicar la conducta de Jackson. Ambos están destinados al País de Nunca Jamás. La tierra de los hombres que no supieron crecer.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El coctel del amor perfecto</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/coctel-amor-perfecto_0_1501349879.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/coctel-amor-perfecto_0_1501349879.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 17 Jan 2020 01:44:50 +0000</pubDate><description>Recientemente me tocó cenar en un restaurante junto a una pareja. Ambos eran atractivos y no llegaban a los cuarenta. Apenas hablaban y cuando lo hacían intercambiaban monosílabos y miradas indiferentes. Ella parecía más hastiada y en un momento dado me pareció que discutían sobre la posibilidad de separarse tras varios años de matrimonio. Frente a una tarta de chocolate el hombre le dijo: «¿Acaso no deberíamos intentarlo antes de dar un paso tan definitivo?» A lo que ella replicó: «Tú sabes que te quiero mucho, pero ya no siento lo mismo de antes». Poco después se marcharon sin mirarse a los ojos.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Recientemente me tocó cenar en un restaurante junto a una pareja. Ambos eran atractivos y no llegaban a los cuarenta. Apenas hablaban y cuando lo hacían intercambiaban monosílabos y miradas indiferentes. Ella parecía más hastiada y en un momento dado me pareció que discutían sobre la posibilidad de separarse tras varios años de matrimonio. Frente a una tarta de chocolate el hombre le dijo: «¿Acaso no deberíamos intentarlo antes de dar un paso tan definitivo?» A lo que ella replicó: «Tú sabes que te quiero mucho, pero ya no siento lo mismo de antes». Poco después se marcharon sin mirarse a los ojos.</p><p>Tal vez si aquella noche hubiera sabido lo que hoy sé, les habría dado una grata sorpresa: «No sufran más por el desamor que los carcome», les habría dicho entregándoles la receta del amor perfecto. Un coctel complejo y delicado que, de acuerdo a un artículo publicado el pasado 5 de junio en el New York Times tiene los ingredientes necesarios para mantener vivo el romance. Tomen papel y lápiz: la testosterona es lo que produce el deseo físico y despierta la líbido tanto en los hombres como en las mujeres. El amor romántico tiene que ver con tres estimulantes: la dopamina, la serotonina y la norepinefrina. El sentimiento de estabilidad y lealtad en la pareja lo produce la oxitocina, una sustancia fundamental para cimentar el amor. No es casualidad que se hable de la "química" entre personas que se gustan.</p><p>Cada vez hay más pruebas de que el comportamiento del hombre se rige más por los químicos que fluyen en el cerebro que por factores exteriores. Desde pequeños nos educan con la idea de encontrar una pareja y formar una familia. Bien, está demostrado que en el camino hay tropiezos, cambios e, incluso cuando apostamos por el eslogan de "hasta que la muerte nos separe", en muchas ocasiones todo se viene abajo de manera estrepitosa y con la sensación de que nada pudo evitarse.</p><p>Es evidente que la pareja vecina había llegado a tan triste conclusión sobre su matrimonio después de haberlo intentado todo. ¿A qué se refería la mujer cuando dijo que sus sentimientos no eran como antes? Me atrevo a asegurar que en su velado discurso hacía alusión a un deseo que se había esfumado. A una pasión que se escurrió calladamente hasta perderse en los oscuros resquicios de la convivencia. Es decir, sus niveles de testosterona estaban bajo mínimos y su cerebro había dejado de segregar la dopamina o serotonina necesarias para sentir el dulce cosquilleo romántico. En cambio, "tú sabes que te quiero mucho" es la prueba evidente de que la oxitocina --posiblemente la sustancia más importante en las relaciones humanas era lo que la mantenía junto a un hombre que ya no lograba acelerarle el corazón.</p><p>Por un lado tranquiliza saber que gran parte de los destrozos sentimentales que padecemos y hacemos padecer son hijos de tretas químicas que apenas controlamos. De hecho, de cara al difícil trance de las rupturas, sería factible aparecerse con un certificado médico que respaldara el desencanto y el abandono. Tal vez la defunción científica del amor nos ahorraría muchos reproches, broncas y noches de insomnio en busca de respuestas imposibles. Pero por otra parte el fatalismo químico al que parecemos estar abocados invita a una suerte de melancolía determinista.</p><p>Recuerdo una película que vi de niña en la que un ratón de laboratorio corría sin aliento por un laberinto en el que nunca encontraba la salida. A veces uno tiene la sensación de que el amor es parecido a la extraña experiencia del roedor: solemos comenzar la carrera con fuerza y desfallecemos en el intento sin llegar a la meta. Me habría gustado hablarle a la pareja sobre el coctel del amor perfecto. Me temo que ya es muy tarde.</p>]]></content:encoded></item><item><title>Estamos solos en el cosmos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/solos-cosmos_0_1539596057.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/solos-cosmos_0_1539596057.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Fri, 17 Jan 2020 00:18:24 +0000</pubDate><description>Eran las ocho y casi doce minutos de la mañana cuando el trasbordador Discovery reapareció en la Tierra con la tripulación sana y salva. Aproveché el silencio de la casa cuando los hijos ya se han ido al colegio y desde el sofá disfruté de una aventura que nunca me deja de maravillar. El Discovery volvía a la Tierra después de 14 días de ingravidez y una vez más tuve la certeza de que vivimos sumidos en la incertidumbre de un milagro que es la vida inteligente.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Eran las ocho y casi doce minutos de la mañana cuando el trasbordador Discovery reapareció en la Tierra con la tripulación sana y salva. Aproveché el silencio de la casa cuando los hijos ya se han ido al colegio y desde el sofá disfruté de una aventura que nunca me deja de maravillar. El Discovery volvía a la Tierra después de 14 días de ingravidez y una vez más tuve la certeza de que vivimos sumidos en la incertidumbre de un milagro que es la vida inteligente.</p><p>Era de madrugada en el desierto de Mojave cuando la comandante de la última misión de NASA expresaba su alegría por volver a pisar suelo. Entonces recordé el día en que Neil Armstrong se paseó ligero como una nube sobre la áspera luna. Yo tenía nueve años y lo vi en directo con mis padres desde nuestra casa en Puerto Rico. Aquella noche el planeta se estremeció ante la hazaña. Sucedió poco antes de la década de los 70 y todo aquello resultaba muy nuevo. El espacio y sus constelaciones. Por aquella época Kubrick también nos llevó de la mano en la inmensidad de aquel océano negro sembrado de estrellas a bordo de su particular y cinemática odisea espacial.</p><p>Más de 30 años después siento la misma emoción infantil y no puedo dejar de mirar la nave que lleva y trae a un puñado de hombres y mujeres excepcionales dispuestos a desafiar un destino corriente y sin alas. Tantas veces vimos películas de ciencia-ficción en las que los astronautas volvían a la Tierra con apariencia humana cuando en realidad los marcianos habían usurpado sus cuerpos para conquistar el mundo. Recuerdo un antiguo filme en blanco y negro en el que la nave espacial regresaba sin tripulación pero infestada de unos repugnantes huevos de los que luego salían unos alienígenas malvados y de aspecto aterrador. Pasado el tiempo la sargento Ripley se enfrentaba a Alien, el octavo pasajero, que no era nada más que un pegajoso extraterrestre inspirado en los trazos de un calamar gigantesco. Ha sido Spielberg quien nos ha regalado una imagen más dulce y pacífica de los marcianos, bajo la apariencia de estilizadas criaturas soñadas por Giacometti o la mullida dulzura de un nostálgico E.T.</p><p>Es la vida inteligente la que nos permite fantasear constantemente sobre la posibilidad de hallar algo semejante en otros planetas. A pesar del recorrido sideral, hasta ahora sólo hemos encontrado liquen, rocas y agua. Pero ni rastro de nada parecido a nosotros. En esta última incursión los astronautas hicieron labores de bricolaje y mantenimiento suspendidos en la nada del gran agujero negro. A su alrededor sólo había quietud y un silencio milenario. Hasta ahora cada viaje ha sido la constatación de que no hay nada a nuestro alrededor, una idea aún más turbadora que la hipotética presencia de extraterrestres con espasmos imperialistas.</p><p>Sólo una vida inteligente y singular como la nuestra es capaz de generar quimeras. Somos huérfanos y en nuestra profunda soledad planetaria crecemos, nos enamoramos, jugamos a las casas, tenemos hijos, escribimos enjundiosos tratados, leemos a Nietzsche sin comprenderlo, nos desenamoramos y sufrimos, cobramos modestas pensiones de retiro, envejecemos y nos morimos. La vida inteligente te obliga a preguntarte los porqué y cómo de las cosas y te impulsa a seguir adelante a pesar de la sospecha de que nada tiene demasiado sentido cuando se mira al vacío del cosmos.</p><p>Nuestra última expedición a los confines del mundo más allá regresa con una noticia vieja y reiterativa: estamos solos y encima hay que trabajar. No se me ocurre mejor guión para una película de terror.</p><p>La autora es periodista cubana</p>]]></content:encoded></item><item><title>Postal de Nueva Orleans</title><link>https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Postal-Nueva-Orleans_0_1562843732.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/perspectiva/Postal-Nueva-Orleans_0_1562843732.html</guid><dc:creator>Gina Montaner | </dc:creator><pubDate>Thu, 16 Jan 2020 23:28:55 +0000</pubDate><description>Después de aquel verano que sentí en la piel como el último de mis años jóvenes, rara vez volví a pensar en Nueva Orleans. Llegué a pensar que nunca regresaría, puesto que de aquel recorrido al final sólo conservé una foto en blanco y negro. Ahora ya tengo la certeza de que no volveré a Nueva Orleans, donde las aguas negras hoy acunan a los muertos y los restos de otros naufragios.</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>Debió ser mi último viaje de juventud. Fue hace casi seis años y viajé en coche con un grupo de amigos con el espíritu de un <em>road movie</em>. Habíamos comenzado el periplo en California y del paisaje pétreo de Monument Valley donde John Ford soñó sus <em>westerns</em> pasamos abruptamente al bullicio de Nueva Orleans.</p></p><p><p>Como la mayoría de los turistas que visitaban en masa esta histórica y pintoresca ciudad norteamericana, nos alojamos en el <em>French Quarter</em> y nuestras noches discurrieron en medio del gentío en <em>Bourbon Street</em> y las estrechas calles adyacentes. Recuerdo un mar de muchachos y muchachas dispuestos a divertirse hasta al amanecer y con ganas de guerra en el cuerpo. Creo recordar que desde los balcones tiraban collares de colores y en los bares la gente se apiñaba sudorosa para beber con entusiasmo de bacanal.</p></p><p><p>Mis amigos y yo paseamos durante dos días y sus dos noches por este barrio jaranero que una vez fue cuna del <em>jazz</em> y apenas pudimos seguir la marcha frenética de la muchedumbre. Fue un viaje de juventud porque nos lanzamos a una aventura de camaradería y por carretera más propia de los años universitarios, pero era evidente que el peso de la treintena larga ni podía ni quería seguir un ritmo endiablado que evocaba la atmósfera del filme <strong>Bailad, bailad malditos</strong>. Había algo en el aire cargado y la aglomeración que me recordaba a las fiestas de los San Fermines o al ambiente desbocado de un <em>spring break</em> en la soleada Fort Lauderdale, donde los estudiantes emulan a Sodoma y Gomorra durante una semana de comas etílicos.</p></p><p><p>Me gustó más perderme en las calles periféricas del casco histórico de Nueva Orleans. Algo descuidadas y decadentes con sus viejas casonas de madera, muchas de ellas reconvertidas en coquetos <em>Bed and Breakfast</em> para los que, como nosotros, deseaban huir de las cadenas hoteleras. Anduvimos en las zonas transitadas por los extranjeros y animadas a cada paso por extraordinarios músicos callejeros. Pero mis amigos y yo apenas nos asomamos más allá del amable y colorista decorado montado para el turista accidental. Los cinturones de pobreza marginal estaban más allá del <em>tour</em> de rigor. Se podían adivinar atisbos de precariedad aquí y allá entre la población ambulante, pero de nuestro <em>road movie </em>sólo conservo una foto en blanco y negro de mi amiga María en el patio de nuestro acogedor hotel. Poco más sobrevivió de aquel viaje, cuyos recuerdos se los llevó el viento como una premonición del Apocalipsis que habría de venir años después.</p></p><p><p>Ahora Nueva Orleans es un mar de muerte y resaca y ninguna de sus desoladoras imágenes me devuelven la memoria de mi corta estancia a orillas del Misisipi. Más bien en ellas reconozco el falso espejismo del viajero, aturdido por la incesante música de Carnaval que impide escuchar el auténtico <em>blues</em> de los indefensos y los necesitados. Los que no olfatearon el peligro inminente. Los que no supieron cómo huir. Los que no tuvieron recursos para partir. Los que se acurrucaron en un rincón a esperar la muerte con el fatalismo de quien ya no tiene nada que perder.</p></p><p>Después de aquel verano que sentí en la piel como el último de mis años jóvenes, rara vez volví a pensar en Nueva Orleans. Llegué a pensar que nunca regresaría, puesto que de aquel recorrido al final sólo conservé una foto en blanco y negro. Ahora ya tengo la certeza de que no volveré a Nueva Orleans, donde las aguas negras hoy acunan a los muertos y los restos de otros naufragios.</p>]]></content:encoded></item></channel></rss>