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<rss version="2.0" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"><channel><title>La Prensa</title><link>https://www.prensa.com</link><atom:link href="https://www.prensa.com/arcio/rss/" rel="self" type="application/rss+xml"/><description>La Prensa News Feed</description><lastBuildDate>Wed, 18 Aug 2021 23:54:07 +0000</lastBuildDate><ttl>1</ttl><sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod><sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency><item><title>Asomándose al abismo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/asomandose-al-abismo/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/asomandose-al-abismo/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 18 Apr 2021 05:00:03 +0000</pubDate><description>Contra todos los pronósticos de las agencias, entre los 18 candidatos a la Presidencia del Perú, un maestro provinciano, natural de Chota, en el interior de Cajamarca, Pedro Castillo, ganó la primera vuelta de las elecciones y deberá enfrentar en la segunda y definitiva a Keiko Fujimori.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Contra todos los pronósticos de las agencias, entre los 18 candidatos a la Presidencia del Perú, un maestro provinciano, natural de Chota, en el interior de Cajamarca, Pedro Castillo, ganó la primera vuelta de las elecciones y deberá enfrentar en la segunda y definitiva a Keiko Fujimori, la hija del dictador, quien cumple en la actualidad 25 años de cárcel por delitos cometidos durante los años que ejerció el poder. Ella ha prometido que, de ganar las elecciones, lo indultará.</p><p>Aunque se trata de una sorpresa para todo el mundo, empezando por los peruanos, es preciso señalar que en esta primera vuelta sólo ha participado un 70% del electorado del Perú. Aún así, la victoria de Castillo es contundente, pues ha ganado en muchas regiones del sur, del centro y Cajamarca, y tendrá probablemente cerca de un tercio del Parlamento nacional con los 37 congresistas que parece haber sacado. Su triunfo derrota a los partidos más moderados de la izquierda, aunque ya haya voces, entre estas fuerzas, que se adelanten a apoyarlo.</p><p>¿Cuáles son las ideas que propugna Castillo? Bastante contradictorias, por lo pronto, aunque, como regla general, de extrema izquierda en el campo económico, y de extrema derecha en el social, pues está contra los matrimonios gay, la enseñanza sexual en las escuelas y el aborto, campo en el que coincide íntegramente con la Iglesia católica que ha dado una batalla últimamente contra los intentos de la izquierda y el centro más progresista en defensa de la mujer y los derechos de los homosexuales a ser considerados normales y en igualdad con los heterosexuales, algo que siempre he apoyado.</p><p>¿Cuáles son las ideas que defiende el candidato victorioso en esta primera vuelta en el campo económico? Las inspiradas por sus dos maestros, el boliviano Evo Morales y el ecuatoriano Rafael Correa, quien, como es sabido, no puede poner los pies en su país pues iría a la cárcel, donde ha sido condenado por delitos cometidos durante su gestión presidencial. Evo Morales se ha precipitado a felicitar a Castillo y hay rumores de que habría apoyado económicamente su candidatura. Si gana la segunda vuelta electoral, Pedro Castillo se propone establecer una “Economía popular con mercados”, inspirado, justamente, en el modelo de Bolivia y del Ecuador (que ahora, con la victoria presidencial de Guillermo Lasso, cambiará radicalmente de orientación hacia la defensa de la propiedad privada y la apertura de mercados). Los contratos estatales se renegociarán, pues, a juicio de Castillo, en la actualidad “las transnacionales se quedan con el 70% de las ganancias y el Estado solo con el 30%”; bajo su presidencia esta proporción se invertirá, las transnacionales sólo retendrán el 20% y el Estado el 80% restante. Esto significa que el Estado “privatizador y exportador de capitales cambiará y será en adelante un Estado nacionalizador soberano que fortalezca la economía interna invirtiendo sus capitales en el país”. Las empresas que no acepten este planteamiento serán nacionalizadas, así como los principales yacimientos mineros, gasíferos, petroleros y centros energéticos, pues Castillo quiere acabar con la minería nacional, que le parece incompatible con una política de defensa genuina de la naturaleza y una política social de progreso. La Constitución será derogada y todos los tratados internacionales “revisados”, de modo que en el futuro no haya en el Perú la inicua desproporción que “hace ganar a un patrón veinte veces lo que gana un obrero”. Las empresas que se resistan a cambiar de régimen serán nacionalizadas y, según los casos, se compensará o no a sus dueños.</p><p>No haría falta mucho más para indicar que el Perú de Pedro Castillo integrará los países que, siguiendo al Gobierno de México, quieren resucitar el grupo de Puebla y romper con el grupo llamado de Lima. En otras palabras, será calcado del que inauguró el comandante Chávez en Venezuela, el Socialismo del siglo XXI, que ha obligado a más de cinco millones de venezolanos a emigrar a los países vecinos para no morirse de hambre.</p><p>Si esta es la sociedad que va a crear Pedro Castillo, es obvio que ella tendrá todas las características de una sociedad comunista, en una época en la que –los peruanos que votaron por él no parecen haberse dado cuenta todavía- el comunismo ha desaparecido del planeta, con las excepciones más horripilantes, es decir Cuba, Venezuela, Nicaragua y Corea del Norte. Tengo el convencimiento absoluto de que si Castillo, con semejantes ideas, llega a tomar el poder en la segunda vuelta electoral, dentro de un par de meses, no volverá a haber elecciones limpias en el Perú, donde, en el futuro, aquellas serán una parodia, como las que organiza de tanto en tanto Nicolás Maduro en Venezuela para justificar su régimen impopular. Eso significará probablemente un golpe de Estado militar a corto plazo en el Perú, de militares derechistas, o izquierdistas a la manera “velasquista”, que, como ha ocurrido siempre en nuestra historia, retrocederá bárbaramente al país y lo empobrecerá mucho más de lo que está. Querer acabar con la minería, que es la riqueza de los Andes peruanos, es una temeridad sin precedentes, hija de la puraignorancia, que sofocaría una de las fuentes básicas del desarrollo nacional.</p><p>Este asomarse al abismo que promete a los peruanos Pedro Castillo ¿a quién tiene al frente? A Keiko Fujimori, que hasta ahora ha defendido a su padre, el exdictador, de quien estuvo provisionalmente distanciada, pero ya no, pues ha prometido indultarlo si llega al poder. Ella participó, además, de manera muy directa, beneficiándose de la dictadura, y está acusada por el Poder judicial de haberse lucrado con la Operación Lava Jato, de la que habría recibido dinero, por lo cual el Poder Judicial ha pedido para ella 30 años de cárcel.</p><p>Pese a ello, como saben de sobra quienes leen esta columna y reconocen que, desde que, violentando las leyes que lo habían llevado al poder, Fujimori instaló una dictadura, he combatido al fujimorismo de manera sistemática, como lo he hecho con todas las dictaduras de izquierda o de derecha, creo que en las elecciones que se vienen –las de la segunda vuelta-, los peruanos deben votar por Keiko Fujimori, pues representa el mal menor y hay, con ella en el poder, más posibilidades de salvar nuestra democracia, en tanto que con Pedro Castillo no veo ninguna. A condición, claro está, de que Keiko Fujimori se comprometa, en nombre de estas libertades públicas que dice defender ahora, a respetar la libertad de expresión, a no indultar a Vladimiro Montesinos, responsable de los peores crímenes y robos de la dictadura, a no expulsar ni cambiar a los jueces y fiscales del Poder Judicial, que han tenido en los últimos tiempos una actitud tan gallarda en defensa de la democracia y los derechos humanos, y, sobre todo, a convocar a elecciones al término de su mandato, dentro de cinco años. Si se ajusta a estas obligaciones, Keiko Fujimori tiene la oportunidad, única, de tomar el poder a través de elecciones limpias y de contar con una ancha base social y popular para hacer las reformas necesarias que conviertan al Perú en un país justo, libre y moderno y le devuelvan el liderazgo que alguna vez tuvo en el pasado de América Latina.</p><p>Se comprende que, hartos de las pillerías de los gobiernos que eligieron, los peruanos hayan votado como lo hicieron, además de soportar una pandemia que causa estragos y muestra de manera muy vívida las grandes desigualdades del Perú, que se pueden y deben corregir dentro de estructuras libres y democráticas.</p><p>Pero el derecho a votar no basta, si los peruanos se equivocan y votan mal. Ya lo hicieron en la primera vuelta. Es importante que no dupliquen el error.</p><p><i>(Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2021. © Mario Vargas Llosa, 2021)</i></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/XchaWb8XJuEyV78DzNP4dqmCq4Q=/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/corprensa/GIBSNHUQCVGVVIAASZGE7GVQUE.jpeg"><media:description type="plain"><![CDATA[Castillo y Fujimori deberían medirse en un balotaje el 6 de junio y el vencedor asumiría el 28 de julio, día en que Perú conmemora el bicentenario de su independencia. Tomada de @delurens]]></media:description></media:content></item><item><title>Mariposas, dictadores y escritores</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/mariposas-dictadores-y-escritores/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/mariposas-dictadores-y-escritores/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 21 Mar 2021 05:00:00 +0000</pubDate><description>Fue una suerte para América Latina que, en su infancia, Michi Strausfeld viera esos documentales de Hans Domnick que mostraban las suntuosas ruinas de los aztecas y los mayas en México y Guatemala, y las enigmáticas piedras del santuario militar de Machu Picchu, en el Perú.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Fue una suerte para América Latina que, en su infancia, Michi Strausfeld viera esos documentales de Hans Domnick que mostraban las suntuosas ruinas de los aztecas y los mayas en México y Guatemala, y las enigmáticas piedras del santuario militar de Machu Picchu, en el Perú. Porque de ello resultó una crítica y editora latinoamericanista que ha hecho por la difusión de la literatura de América Latina en Alemania más que todas las universidades juntas de su país.</p><p>No exagero nada. Ella estudió Filología inglesa y románica y se doctoró con una tesis sobre la obra de García Márquez. Viajó por todos los rincones del Nuevo Mundo, las grandes ciudades y los pequeños villorrios perdidos, se hizo amiga de escritores y editores, aprendió las lenguas que allí se hablan (además de los infinitos dialectos), el español, el portugués, el francés y el inglés, y, como editora, primero en la editorial Suhrkamp y luego en la S. Fisher, publicó traducciones de muchos autores latinoamericanos, además de organizar simposios, mesas redondas y hacer invitar a Alemania a infinidad de autores. Lo dicho: más que todas las universidades de Alemania juntas.</p><p>Y, como si todo esto fuera poco, acaba de editar en español un espléndido libro de más de medio millar de páginas que se titula <b>Mariposas amarillas y los señores dictadores </b>(Debate), que termino de leer. Ante todo, hay dos cosas por las que felicitar a Michi Strausfeld. La primera es que se refiere a la literatura de ese vasto continente como un todo integral, muy variado pero orgánico (¿qué diferencias esenciales hay entre las literaturas del Ecuador, Perú y Bolivia, o entre la argentina y la uruguaya?) y, la segunda, que juzga y se refiere a la poesía, el cuento, el ensayo y la novela como algo esencialmente ligado a la historia; así lo estuvo en Europa en el pasado, y, sobre todo, en el siglo XIX. Eso le permite, en su frondosa investigación, referirse no sólo a los libros literarios más originales y creativos, sino, también, a fabulaciones de menor importancia por lo que aportan como testimonios e investigaciones particulares de la violencia que recorre ese continente derivada de las dictaduras, de la lucha contra ellas, de la discriminación de la mujer, y, en los últimos años, como consecuencia del tráfico de drogas. El libro está muy bien escrito y, pese a su envergadura, se lee con amenidad y simpatía, porque las sesudas nomenclaturas y rigurosos análisis están aligerados con anécdotas, chismes, confidencias y alarmantes paseos por regiones inhóspitas, dominio de las guerrillas y sede de asesinatos sin cuento.</p><p>Como a muchos intelectuales europeos, a mi amiga Michi Strausfeld le encantan las revoluciones y le gustaría que los escritores estuvieran siempre del lado de esos rebeldes que luchan por las buenas causas –no siempre es así y algunos intelectuales latinoamericanos estamos muy lejos de las pistolas y las bombas y aspiramos a que América Latina sea un continente pacífico y democrático, sin pistoleros ni explosivos, como ocurre ahora en Alemania, por ejemplo-, pero hay que decir en su favor que no discrimina a nadie según criterios políticos, y que da tanta cabida a Mario Benedetti y Eduardo Galeano como a Octavio Paz y Sergio Ramírez en las páginas de su fascinante libro. La única omisión mayor que he encontrado en estos capítulos donde hay más de un centenar de libros y autores estudiados –en análisis generalmente penetrantes y acertados- es la del chileno Jorge Edwards, novelista, cuentista y ensayista de alto nivel, que hubiera merecido figurar en este original panorama de las letras latinoamericanas.</p><p>El libro comienza con el descubrimiento, es decir, en octubre de 1492, cuando Colón escribe al papa Alejandro VI que tiene la impresión de “que estos parajes son los del Paraíso terrenal”. Los principales cronistas, Bernal Díaz del Castillo para México y el Inca Garcilaso de la Vega, del Perú, están bien estudiados, con páginas que conservan intacto el maravillamiento de los españoles con los palacios, plazas y caminos, al mismo tiempo que descubren tribus primitivas, civilizaciones refinadas de exquisitas arquitecturas y ciudades lacustres. El libro da un salto sobre los años coloniales –sin dejar de citar, por supuesto, a sor Juana Inés de la Cruz, lejana discípula de Góngora-, en que las novelas estuvieron prohibidas en América, por una misteriosa razón que, hasta ahora, nadie ha sabido explicar. La prohibición no funcionó en lo que se refiere a la importación de libros, porque el contrabando era muy intenso –se dice que los primeros ejemplares del Quijote llegaron al Callao ocultos en una barraca de vinos-, pero sí a la de publicar, pues la primera novela que se imprime en América es El periquillo sarniento, en México, sólo en 1816.</p><p>El libro se intensifica en los siglos XIX, XX y el XXI, a medida que las colonias se independizan y comienza el período de las dictaduras militares, en que América Latina, con excepciones para las que sobran los dedos de una mano, se dedica a entrematarse, a robar y a destruir las flamantes repúblicas, que, traicionando el legado de Bolívar, en vez de unirse a la manera de América del Norte, se dividen y subdividen y se dedican a guerrear entre sí y con los vecinos, hasta convertir el nuevo continente en un aquelarre siniestro. Este es el momento en que surgen, con gran fuerza, la poesía y las novelas, como una floración literaria de la guerra y los múltiples problemas sociales. Michi Strausfeld insiste mucho, y de manera convincente, en que esta literatura llena los vacíos que deja la historia, y exalta y diversifica hasta el extremo lo que los grandes hechos históricos no están en condiciones de detallar: el sufrimiento inicuo de las víctimas, la crueldad en que se traducen para los pobres las enormes divisiones sociales, la manera como Estados Unidos ampara a las compañías norteamericanas sobornando o atropellando a los gobiernos que inician procesos de reforma agraria y estableciendo los primeros síntomas –en la educación pública- de la igualdad de oportunidades.</p><p>Estas son las páginas más interesantes de su libro: la manera como la literatura se infecta de la problemática social y la va reflejando, a veces aumentada, a veces disminuida, pero siempre a caballo de una realidad viva, aunque imagine un pueblo de muertos, como Juan Rulfo, o el espectáculo de un país devastado por un dictador loco, erudito y sanguinario, como el doctor Francia, en las novelas de Augusto Roa Bastos. Ella advierte, con muchísima razón, que en la literatura es donde comienza a documentarse la condición de la mujer, y las luchas, ahora extendidas por todo el continente, por su emancipación, un proceso lento y terrible ya en marcha y con logros ciertamente alcanzados.</p><p>El problema de la droga ocupa buen número de páginas y con mucha razón: los cárteles han acumulado riquezas que ciegan y generado una violencia infernal, sobre todo en Colombia y en México; en aquel país subvencionaron medio siglo de guerrillas y sus masacres espantosas, y en éste la violencia ha alcanzado unas cuotas de horror sobre el que nos ilustran las “crónicas” del periodismo, género al que Michi dedica, muy justamente, buen número de páginas.</p><p>Ella lamenta que, luego del famoso y ya difunto “boom” de la literatura latinoamericana, Europa se haya desinteresado ahora de ésta, sobre todo pensando en los años sesenta y setenta del siglo pasado. No debería. Ya estamos allí, también en Europa, y no somos nada exóticos, no valemos por el mundo del que venimos sino en función de lo que hacemos, ni más ni menos que los franceses, los ingleses, los italianos, los alemanes y los otros europeos. ¿No era eso lo que queríamos?</p><p><i>(Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2021. © Mario Vargas Llosa, 2021)</i></p>]]></content:encoded></item><item><title>¿Quiere usted vacunarse?</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/quiere-usted-vacunarse/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/quiere-usted-vacunarse/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 07 Mar 2021 05:01:00 +0000</pubDate><description>La prensa europea se ha hecho eco de la noticia procedente del Perú de que la Fiscalía peruana ha presentado en estos días una denuncia penal contra el expresidente Alberto Fujimori y tres ministros de Salud de su régimen autoritario por las esterilizaciones forzosas que llevaron a cabo durante el segundo periodo de la dictadura.</description><content:encoded><![CDATA[<p>La prensa europea se ha hecho eco de la noticia procedente del Perú de que la Fiscalía peruana ha presentado en estos días una denuncia penal contra el expresidente Alberto Fujimori y tres ministros de Salud de su régimen autoritario por las esterilizaciones forzosas que llevaron a cabo durante el segundo periodo de la dictadura (1995-2000) y a consecuencia de las cuales por lo menos cinco campesinas murieron desangradas. Los responsables de este crimen mayor, impregnado de racismo y de fraude, han conseguido hasta ahora, durante veinte años, escapar a sus responsabilidades, de manera que el escepticismo es obligatorio, aunque la esperanza de que paguen su delito está siempre allí, llameando en la conciencia del pueblo peruano.</p><p>Fue uno de los peores crímenes que cometió la dictadura, pero, aunque parezca increíble, el dictador que cumple una condena de 25 años por violar los derechos humanos se ha librado hasta ahora, al igual que sus ministros de Salud, gracias a complicidades en el Poder Judicial, de ser condenado por este horror: la masiva esterilización de mujeres campesinas, que en su mayoría no hablaban español y un buen número de las cuales eran analfabetas, a las que el Estado pretendía solamente vacunar.</p><p>A la esterilización forzosa se añadía en este caso el racismo y la mentira. Las campesinas no sabían que iban a ser castradas; se les consultaba si querían ser vacunadas o examinadas para averiguar si tenían enfermedades ocultas por las brigadas que enviaba a las comunidades campesinas el Ministerio de Salud, el gran cómplice de este delito colectivo. El Fiscal de la Nación ha acompañado su intervención de por lo menos una página supuestamente firmada, dando su autorización, por una campesina analfabeta y quechua hablante que no sabía palabra de español.</p><p>¿Cuántas mujeres campesinas fueron víctimas de esta política practicada antaño por los nazis contra los judíos, los negros y otras “razas inferiores”? En realidad, ni se sabe ni nunca se sabrá. Fue un delito que se perpetró por muchos años –tres ministros de Salud de Fujimori han sido implicados por el Fiscal en su acusación- mediante una mentira de la que eran cómplices múltiples funcionarios</p><p>y lo han sido luego muchas supuestas autoridades del Poder Judicial que debieron intervenir en su momento e impedir que la dictadura siguiera llenando la Cordillera de los Andes de semejante sangría. Las complicidades llegaron a las mayores alturas y todavía los peruanos recordarán a una autoridad eclesiástica de Lima confesando que él sí protestó contra lo que ocurría, pero que lo hizo en privado, amonestando al dictador sin que nadie lo oyera, pues le susurraba sus reprimendas al oído. La organización feminista Demus hace algunos años investigó este delito colectivo y llegó a la conclusión de que unas 270 mil mujeres campesinas fueron esterilizadas según este plan, mediante la ligadura de las trompas o la simple castración. Tampoco los hombres se libraron de la encubierta medida. En esa misma encuesta se señalaban a 24 mil hombres de origen campesino esterilizados sin haberlo sabido.</p><p>Las leyes peruanas son muy claras al respecto. Nadie puede ser objeto de una esterilización sin haber dado su consentimiento, sabiendo con lujo de detalles a lo que se expone con esta delicada intervención que sólo pueden aconsejar los médicos porque va en ello la salud de la madre. Para burlar estas disposiciones, la dictadura de Fujimori recurrió a una mentira de la que fueron cómplices sus ministros del ramo y múltiples funcionarios, sobre todo los que en el terreno se ocupaban de llevar a cabo las esterilizaciones. Las campesinas no eran consultadas al respecto. Se les preguntaba, en cambio, si querían ser vacunadas o diagnosticadas de alguna enfermedad. Naturalmente, la inmensa mayoría respondía que sí. A la falsedad se añadía el prejuicio racial. Se trataba de humildes mujeres indias de las comunidades serranas que, muchísimas de ellas ni siquiera entendían a los sanitarios o enfermeros de las brigadas encargadas de las esterilizaciones. ¿Cuántas de estas mujeres murieron desangradas? El Fiscal ha señalado que cinco de ellas fallecieron a consecuencia de esas intervenciones y que 1,307 padecieron de lesiones graves. Pero es obvio que el número real está muy por encima de esas cantidades, que sólo reflejan a las que se atrevieron a denunciar la patraña sanguinaria de la que fueron víctimas; muchísimas otras ni siquiera se enteraron de los efectos que tendría en su organismo “el cuento de la vacuna”.</p><p>¿Llegará esta vez a tener lugar el juicio y los más altos responsables de este crimen a ser castigados? El Fiscal ha señalado a tres exministros de Salud, Eduardo Yong, Marino Costa y Alejandro Aguinaga, además del exdirector de Salud, Ulises Aguilar, como los principales perpetradores de esta operación. Uno de ellos, Aguinaga, es candidato en las elecciones próximas del partido fujimorista Fuerza Popular, que postula a la Presidencia a la hija del dictador, que, dicho sea de paso, está muy de capa caída en las encuestas.</p><p>Entre los muchos crímenes y robos que se cometieron en aquellos años de la dictadura fujimorista, éste es uno de los peores, porque refleja, mejor que ninguna otra de las exacciones que cometían Montesinos y el propio Fujimori, las dobleces y los prejuicios del sistema. Las esterilizaciones forzosas estaban acompañadas de mentiras y de racismo, puesto que sus víctimas eran sobre todo indias quechua hablantes a las que era fácil engañar pues un buen porcentaje de ellas ni siquiera podían enterarse de qué se trataba, pues no hablaban español. El objetivo no era que no nacieran más niños en el Perú, sino de que no nacieran más indios de los que ya había. Por lo demás, había estímulos para las brigadas que cumplían con sus cuotas.</p><p>Una operación de esta índole no podía llevarse a cabo sin la complicidad de cientos, o acaso miles, de personas. Los miembros de las brigadas que recorrían la sierra, preguntando a las campesinas si querían vacunarse, sabían muy bien que burlaban la ley difundiendo semejante mentira y, por conservar ese innoble empleo, se sometían. De esta manera no sólo violaban unas leyes sino ponían en práctica ese racismo anti indio que un gran número de peruanos de alta y media clase social todavía conserva en el fondo de su personalidad, aunque no suele hacerse patente de manera tan flagrante como en esta operación a gran escala que el Gobierno de Fujimori puso en práctica.</p><p>Por eso hay que seguir apoyando a quienes, como el fiscal Pablo Espinoza en este caso, se empeñan en que este crimen no quede impune y sea objeto de un juicio en el que los grandes responsables, empezando por el exdictador, reciban el castigo que merecen. Aunque el Perú atraviesa momentos muy difíciles –la pandemia lo ha golpeado de manera severísima, sobre todo a los sectores sociales más humildes, donde el número de infectados y de muertos ha sido muy elevado-, esta ha sido una buena noticia para los peruanos.</p><p><i>(Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2021. © Mario Vargas Llosa, 2021)</i></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/KT-s-2A1PtKIV7Xwd8J_zgQM3q0=/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/corprensa/6F76IQSYGJGZJH2UT6WW7L3DCQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Alberto Fujimori, expresidente de Perú, purga actualmente una pena de 25 años de prisión. AFP ]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[AFP]]></media:credit></media:content></item><item><title>El ejemplo colombiano</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-ejemplo-colombiano/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-ejemplo-colombiano/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 21 Feb 2021 05:00:00 +0000</pubDate><description>El caso de Colombia es muy curioso. Ningún país latinoamericano ha padecido tantas guerras civiles y, sin embargo, con la misma seguridad puededecirse que ningún otro ha sido más libre, civil y democrático en ese mismo período.</description><content:encoded><![CDATA[<p>El caso de Colombia es muy curioso. Ningún país latinoamericano ha padecido tantas guerras civiles y, sin embargo, con la misma seguridad puede decirse que ningún otro ha sido más libre, civil y democrático en ese mismo período. El estallido de la violencia se suele hacer coincidir con el Bogotazo, es decir, el asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán, en abril de 1948, porque casi de inmediato comenzarían, en las montañas y las selvas del interior, las guerrillas que, por cincuenta años, hasta hace casi cinco, incendiaron el país.</p><p>Liberales al principio, las guerrillas luego se volvieron socialistas y comunistas, y, alimentadas con dinero y armas por Cuba, Venezuela, la URSS y China, y, sobre todo, por la plata de las drogas, causaron miles de muertos, secuestros y acciones terroristas. Al mismo tiempo, la Colombia “civilizada” tenía una vida política democrática, con libertad de prensa y elecciones limpias, salvo el pequeño período de la dictadura militar de Rojas Pinilla, entre 1953 y 1957. Pese a todo ello, la clase empresarial colombiana, muy moderna, ha hecho progresar al país a unos niveles que envidia el resto de América Latina. Colombia tuvo en el siglo XIX destacados gramáticos y filólogos, gracias a los cuales el español que se enseña en sus colegios es de primer orden y los colombianos suelen jactarse por ello de hablar el mejor castellano de Iberoamérica.</p><p>Ahora, el presidente <a href="https://www.prensa.com/tema/iv-n-duque/" target="_blank">Iván Duque</a> acaba de anunciar una medida extraordinaria, que es un verdadero ejemplo para el resto del mundo, y, sobre todo, para los países latinoamericanos: la regularización de un millón de venezolanos sin documentos de identidad, que, de este modo, podrán acceder a puestos de trabajo, así como a la seguridad social y a la educación en las instituciones colombianas. Qué diferencia con la actitud del Gobierno de Chile, que acaba de expulsar a muchos venezolanos, olvidando la generosidad con que la Venezuela democrática recibió a los chilenos que huían de la dictadura de Pinochet, como ha recordado Julio Borges.</p><p>¿Cuántos venezolanos han huido de su patria para no morirse de hambre, de enfermedades, de desesperación y de horror al futuro desde que el comandante Chávez y su hijo putativo, el actual presidente Maduro, proclamaron el Socialismo del Siglo XXI y comenzaron a expropiar empresas, a reemplazar a los que sabían manejarlas con agentes políticos voraces, además de apresar, torturar y asesinar adversarios? Las cifras exactas se desconocen, pero las más aproximadas señalan de cinco y medio a seis millones de personas. Las hemos visto a esas pobres familias en las carreteras y las selvas, arrastrando a sus niños y llevando todo lo que tenían en paquetes y bolsas, extraviados y sin rumbo, huyendo a pie por los desiertos de Sudamérica. Cerca de un millón llegaron al Perú, como otros tantos al Ecuador a Chile, al Brasil y Centroamérica. Muchos millares se han instalado en España y en los Estados Unidos. No hay en la historia un caso tan trágico como el de Venezuela, uno de los países potencialmente más ricos del mundo –es un mar de petróleo, entre otras cosas- al que la ideología extremista y los robos cuantiosos de la clase gobernante (sobre todo, la casta militar) haya empobrecido de esa manera, hasta convertir al país en uno de los más pobres del mundo, además de en una dictadura. Magnífico ejemplo, por otra parte, de lo que no se debe hacer si se quiere salir del subdesarrollo y progresar de veras. Es triste decirlo, pero el caso de Venezuela ha servido entre otras cosas para el desprestigio que tienen ahora en América Latina y el resto del Tercer mundo las guerrillas y la lucha revolucionaria que antaño atrajeron tanto a los jóvenes en América Latina. ¿Quién quiere ahora seguir el ejemplo de ese desdichado país, o de Corea del Norte, o de Cuba y Nicaragua, los últimos exponentes que quedan de aquello en lo que convierte a un país el marxismo-leninismo? Cuba acaba de anunciar, por lo demás, que, para poder sacar adelante su desastrosa economía, va a permitir que los empresarios privados puedan operar en el caso de unos dos mil oficios que, hasta ahora, eran exclusivamente estatales. Ya lo sabíamos, pero es bueno que también lo sepan quienes todavía sueñan con imitar a Marx, Lenin y Fidel Castro: las empresas estatales hunden y empobrecen a un país; así lo entendieron la URSS y China Popular, que ahora ejercen un capitalismo de amiguetes y sin libertad, una fórmula mejor que la anterior pero insuficiente para un genuino desarrollo democrático.</p><p>Desde que lo conocí, siempre supe que el presidente de Colombia, Iván Duque, sería un ejemplo para el resto de América Latina. Eran los tiempos de la campaña electoral, una época en la que los políticos profesionales suelen siempre ceder a la demagogia y a las falsas promesas, por la desesperación de ganar votos.</p><p>Pero Duque no lo hacía, por convicción y honestidad: “nada de exageraciones”, decía, “hay que prometer sólo lo posible”. Y así lo ha hecho desde que está en el poder, respetando rigurosamente la legalidad y sin que el expresidente Álvaro Uribe, del que lo acusaban de ser un títere, interviniera para nada en su gobierno y más bien guardando frente a él una prudente distancia. Uribe es otra de las víctimas de una campaña de desprestigio de la extrema izquierda que lo ha perseguido desde que estaba en el poder; pero él, respetando siempre la libertad y la legalidad, en las que cree, así como recuperó las carreteras que la guerrilla de las FARC se jactaba de haber ocupado y de golpear a ésta en múltiples ocasiones, se ha defendido bien y muchos colombianos lo respetan y admiran lo que ha hecho por su país. Si todas las naciones latinoamericanas tuvieran una clase política semejante a la de Colombia, otro sería el destino de ese continente. Pero, en América Latina, la política ha seguido la suerte que tiene en el resto del mundo: los jóvenes más capaces y mejor preparados la detestan y prefieren dedicarse a las empresas y a las profesiones liberales. En una calle de Lima encontré a un viejo amigo, que había sido Rector de San Marcos, la universidad en la que estudié. Le pregunté cómo le había ido en el rectorado. “Hice lo que pude”, me dijo. “Pero ahora tengo veinte juicios en los que debo defenderme, gastando en ello todos mis sueldos. Nunca más me meteré en estas cosas”. Felizmente, una de las excepciones de ese desapego de los mejores a hacer política es Colombia.</p><p>Los países latinoamericanos —pienso sobre todo en el llamado Grupo de Lima que se ha portado tan bien con Venezuela— deberían seguir el ejemplo del presidente Iván Duque, y, como él, legalizar la presencia de las decenas de miles (o millones) de venezolanos que han llegado a sus playas. A todos ellos les puede ocurrir, teniendo en cuenta la precariedad de la vida en el nuevo continente: tener que huir de su país por la falta de trabajo, la miseria en que malviven, la falta de escuelas y de esos hospitales sin remedios, sin enfermeros y hasta sin agua de los que se quejan los pobres médicos venezolanos que nos muestra la televisión. De este modo, esos exiliados podrían encontrar trabajo legal, acudir a la sanidad y sus hijos acceder a la escuela pública, que ahora les está vedada. Los venezolanos son bravos y no se dejan derrotar fácilmente. Si no fuera así, su país se habría hundido ya en la parálisis y la decadencia más absolutas; pero ellos han sabido resistir a la barbarie y ahí siguen luchando para recuperar la Venezuela que fue, no hace mucho tiempo, un modelo de libertad y democracia en América Latina.</p><p><i>(Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2021. © Mario Vargas Llosa, 2021)</i></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/9ljefOUfPtvlw2gwse69rRpnxng=/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/corprensa/C2P447YNNJEMBB2ECJROANW7U4.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[El presidente Iván Duque (derecha) y el líder venezolano Juan Guaidó, durante la III Conferencia Ministerial Hemisférica de Lucha contra el Terrorismo, en enero de 2020. AFP ]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[AFP]]></media:credit></media:content></item><item><title> El intelectual errante</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-intelectual-errante/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-intelectual-errante/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 07 Feb 2021 05:00:00 +0000</pubDate><description>Albert O. Hirschman era un judío alemán que, como sus compatriotas Hannah Arendt o Walter Benjamin, parecía haber leído todos los libros y hablar todos los idiomas.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Albert O. Hirschman era un judío alemán que, como sus compatriotas Hannah Arendt o Walter Benjamin, parecía haber leído todos los libros y hablar todos los idiomas. Nacido en Berlín, en 1915, huyó de la Alemania nazi en 1933, donde había comenzado a estudiar Economía y a militar en el Partido Socialista. Continuó sus estudios en Francia, Londres, Trieste, y se convirtió en un especialista en la economía de Italia, a la vez que viajaba a París, donde contribuyó a embarcar a Estados Unidos a muchos intelectuales, profesores y políticos perseguidos por el fascismo. Durante la Guerra Civil española, fue, como George Orwell, miembro de las Brigadas Internacionales, por simpatías hacia el POUM, pequeño partido de inspiración trotskista. Fue herido en la guerra pero siempre se negó a hablar de su experiencia en España. Terminó en Estados Unidos, donde, además de recibir otros doctorados, continuó su lucha intelectual en favor del socialismo democrático.</p><p>Yo lo conocí en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, una institución admirable, que acogió a Albert Einstein cuando se refugió en los Estados Unidos. Allí, los miembros no tienen que enseñar, sólo investigar. Disponen de la biblioteca de la Universidad y tienen recursos para organizar simposios y conferencias relacionados con los temas en que trabajan. A Hirschman no le gustaba enseñar, prefería la investigación. Había trabajado para la Fundación Ford y el Banco Mundial y enseñado en las mejores universidades. Vivió varios años en Colombia y conocía los problemas de América Latina (y del mundo entero) como nadie. Claves de Razón Práctica acaba de publicar una nueva edición de su último libro, La retórica reaccionaria, en una nueva traducción que lleva un excelente y extenso prólogo de Joaquín Estefanía, así como un colofón, no menos interesante, de Alberto Gerchunoff.</p><p>La obra de Hirschman no es muy conocida en España, aunque sí en América Latina, en Estados Unidos y en el resto del mundo occidental, y muchos, como Estefanía, lamentan que nunca ganara el Premio Nobel de Economía, al que se había hecho merecedor por la originalidad, riqueza y amplitud de su obra. Decepcionado de los grandes esquemas revolucionarios a los que se adhirió en su juventud, defendió la idea de los pequeños avances económicos y sociales, entre ellos de la libertad, para asegurar el progreso y abrir al Tercer mundo la posibilidad del desarrollo y de la democracia política. Al mismo tiempo que en sus ensayos ponderaba esta acción práctica y “el derecho a contradecirse”, combatía contra los economistas liberales, tipo Friedrich Hayek –pese a que Camino de servidumbre le había causado un gran impacto- o Milton Friedman, y no se diga los Chicago Boys chilenos que se habían aliado con un dictador para impulsar las reformas económicas que proponían.</p><p>¿Había llegado a la conclusión de que el comunismo estaba muerto y que la sola solución con justicia para los problemas de la sociedad humana -la desigualdad, la explotación, las dictaduras y enormes desajustes sociales- era un capitalismo a la manera escandinava, moderado por el voto popular, la Seguridad Social y demás medidas adoptadas por el Estado para reducir las distancias y promover los niveles económicos de obreros y campesinos? Nunca lo dijo tan explícitamente, pero yo tengo la impresión de que fue así, aunque el hombre sabio y erudito que conocí, era también muy prudente y no le gustaba exponerse demasiado, pensando en el medio en que vivía y escribía.</p><p>Este libro, <b>La retórica reaccionaria</b>, comenzó a ser escrito en épocas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que aterrorizaron a los populistas y socialprogresistas del mundo entero, pues, aunque conservadores, ambos jefes de Estado promovieron reformas liberales muy ambiciosas que, entre otras cosas, enterraron al comunismo y parecieron iniciar el renacer de la democracia y del capitalismo. No fue así, y lo que vino después fue más bien un nuevo populismo de derecha, tan nefasto como los populismos de izquierda, y que, como ha ocurrido con Donald Trump en los Estados Unidos y Boris Johnson en el Reino Unido, ha desquiciado con su demagogia las ideas que decían encarnar.</p><p>La tesis de<b> La retórica reaccionaria</b> es muy simple, y, según Hirschman, nace con las objeciones de Edmund Burke a la Revolución Francesa del siglo XVIII, que en R<b>eflexions on the Revolution in France </b>sostuvo que, contrariamente a lo que alegaban los revolucionarios, las reformas promovidas por la guillotina y las asonadas populares, en vez de revolucionar la sociedad en la buena dirección, destruirían todos los avances sociales y políticos logrados hasta entonces. Esta tesis, con los sutiles añadidos de la perversidad, la futilidad y el riesgo, la repetirán una larga lista de pensadores entre los que Hirschman cita al enloquecido Joseph de Maistre, que creía que Dios había enviado la Revolución Francesa para castigar a los seres humanos por su impiedad, junto a rigurosos economistas como Hayek o el muy moderado Isaías Berlin que defendió siempre una posición muy semejante a la suya y propiciaba el diálogo entre la izquierda y la derecha.</p><p>La voz de Albert O. Hirschman nos va a hacer falta en este mundo sacudido, cuando menos lo esperaba, por un coronavirus que ha causado estragos cuando creíamos que el ser humano y la ciencia habían conquistado el mundo natural. No ha sido así y los sobrevivientes de este cataclismo medieval van a despertarse, cuando pase la pandemia, en un mundo empobrecido, en el que el Estado habrá crecido en todas partes asfixiando la libertad más de lo que ya está, y en la que los nuevos populismos, impregnados de racismo y de un nacionalismo irracional, se disponen a rematar las últimas instituciones y a conquistar el poder. No les será fácil, desde luego, pero la batalla será durísima y en ella hubiera jugado un gran papel alguien como Hirschman, que creía en las ideas, en el diálogo entre adversarios, desconfiaba de los esquemas totalizadores y proponía los modestos avances, sin violencia y sin víctimas, resultado de un diálogo en el que los antiguos enemigos llegarían a consensos y acuerdos concretos.</p><p>Esa es la buena postura y en sus libros Albert O. Hirschman la defendió de manera persuasiva. Era un hombre decente y limpio, de enorme cultura, y, cuando llevaba este último libro muy avanzado –lo cuenta él en sus páginas- advirtió que la retórica “reaccionaria” que describía, podía aplicarse también, milimétricamente, a una izquierda que, sobre todo en América Latina, era sectaria e intolerante y tendía a ver las cosas de un solo lado. Trató entonces de cambiar el título del ensayo y en vez de “reaccionaria” poner la palabra “intransigente”, pero el editor no se lo permitió. Sin embargo, en el capítulo sexto de su ensayo, esta nueva fórmula está muy explicada, y las alabanzas de Gerchunoff, que comparto plenamente, premian el realismo y sentido práctico de Hirschman. Son actitudes como las suyas las que nos harán falta en esta nueva etapa insegura y nebulosa que se abre ante nosotros: desconfiar de las grandes configuraciones que prometen traer el paraíso a la tierra, y promover aquello, por insignificante que parezca, que haga avanzar la justicia y la libertad, y retroceda la animadversión y la política convertida en religión, donde hay los buenos y los malos y uno solo de ellos sobrevivirá. El paraíso está demasiado lejos para traerlo a la tierra. Entre los ideales posibles hay algo más modesto y efectivo, por lo que Hirschman apostó: aprender a coexistir, poner fin a la brutalidad, dar a la democracia y a la libertad el dinamismo que han perdido, salvar lo que todavía sea posible en el siniestro panorama futuro que se dibuja ante nosotros.</p><p><i>(Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2021. © Mario Vargas Llosa, 2021)</i></p>]]></content:encoded></item><item><title>El asalto al Capitolio</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-asalto-al-capitolio/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-asalto-al-capitolio/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 17 Jan 2021 00:55:16 +0000</pubDate><description>Cuando la United Press absorbió a la International News Service, de la que mi padre había sido gerente por varios años en Lima, mis padres partieron a los Estados Unidos, un país que él admiraba sobre todas las cosas: la frase, o filosofía, del hombre que se hacía solo –“the self-made man”- se la oí repetir mil veces los años que viví con él.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando la United Press absorbió a la International News Service, de la que mi padre había sido gerente por varios años en Lima, mis padres partieron a los Estados Unidos, un país que él admiraba sobre todas las cosas: la frase, o filosofía, del hombre que se hacía solo –“the self-made man”- se la oí repetir mil veces los años que viví con él.</p><p>No les fue bien. Lo supe muchos años después, porque cuando invitábamos a mi madre a Europa, donde yo vivía desde hacía algunos años, ella era muy discreta y nos ocultaba el vagabundeo que había tenido con mi padre, de Nueva York a Chicago y finalmente a Los Angeles, con empleos cada vez más mediocres, hasta trabajar allí, primero en una fábrica y finalmente cuidando una sinagoga. En la familia siempre creíamos que mi madre detestaba la vida americana y que se había resignado a vivir allí por mi padre, a quien amaba casi tanto como él a los Estados Unidos. Por eso, cuando mi padre murió, que ella decidiera volver a Los Angeles nos dejó desconcertados. Y, sobre todo a mí, que decidiera adquirir la nacionalidad estadounidense, algo que él nunca quiso hacer. Fui a verla a Los Angeles, donde vivía sola, en un departamentito minúsculo en el centro de la ciudad. Estaba muy contenta de haber pasado el examen, en inglés, y me mostró orgullosa su pasaporte norteamericano. Años después, cuando estuvo ya muy viejecita para vivir sola, volvió al Perú y dejó instrucciones de que, a su muerte, devolviéramos a la embajada de Estados Unidos el pasaporte, cosa que cumplimos rigurosamente.</p><p>Me he preguntado mucho estos días qué hubiera dicho mi madre sobre el asalto al Capitolio que protagonizaron el 6 de enero, luego de escuchar su frenético discurso, los partidarios de Donald Trump que invadieron el Congreso, pasearon por sus salones, y pegaron algunos tiros (hubo cinco muertos), a la manera más típicamente sudamericana. Se hubiera indignado, por supuesto. Ella admiraba en los Estados Unidos lo que no había en el Perú: el respeto a la legalidad, a la prensa libre, a la pureza de las elecciones. Jamás entendió mi entusiasmo por Ronald Reagan: ella votaba a los demócratas porque, a su parecer, los republicanos siempre fueron “el partido de los ricos”, a pesar de Lincoln y de Jefferson.</p><p>En un excelente artículo (pero algo apocalíptico) que apareció en<b> The New York Times</b> el 9 de este mes, “The American Abyss”, el profesor de historia de la Universidad de Yale, Timothy Snyder, acusa al presidente Trump de ser un fascista y a los asaltantes del Capitolio los compara con los hitlerianos que creían que Alemania había perdido la Primera Guerra Mundial porque “los judíos le clavaron un puñal en la espalda”, como les recordaba Hitler en sus discursos. Yo creo que exagera y que las locuras y demagogias de Trump no significan el progreso del fascismo y el nazismo en los Estados Unidos, sino muestran lo precarias que son las democracias en el mundo de hoy, incluso en los países que, como Estados Unidos, no han conocido dictaduras en su historia y han vivido siempre en libertad. Son muy pocos.</p><p>No hay duda, por otra parte, que la elección de Trump en 2016 fue una verdadera catástrofe para los Estados Unidos. Rebajó a este país a la condición de una nación tercermundista por la cantidad de mentiras que propaló desde la Casa Blanca, la inestabilidad institucional que propició y que no había conocido en toda su historia, y, sobre todo en la última elección, con su enloquecida propaganda de que había habido una “trampa monstruosa” que dio la victoria a su adversario, algo que ninguna jurisdicción legal, ni demócrata ni republicana, amparó, salvo sus dementes partidarios, un puñado de los que, precisamente, asaltaron el Capitolio hace una semana.</p><p>El fascismo es el racismo, la demagogia, el espíritu guerrero, el nacionalismo frenético, y los Estados Unidos, aunque sobrevivan prejuicios raciales en la comunidad blanca, por la variedad de razas, religiones y culturas que lo habitan y que han forjado la grandeza americana, no puede ser fascista en contra de todas sus leyes y costumbres. Lo que no impide, por supuesto, que haya gente allá estúpida, pero, acaso, debido a aquella legalidad de que estaba tan orgullosa mi madre y que la inmensa mayoría de los norteamericanos respeta, más que en otras partes, haya menos que entre los que han vivido siempre rodeados de la brutalidad política. Por lo menos 170 de los asaltantes al Capitolio han sido detenidos y setenta de ellos ya están enjuiciados. Esto no quita que la demagogia desalada que Trump vertió desde la Casa Blanca en todos estos años haya elevado el resentimiento y la división social y racial a unos extremos que Estados Unidos desconocía. Y no será fácil que se restauren las buenas relaciones del país con sus aliados tradicionales, algo que Trump destrozó desde el poder, declarando, nada más asumir la presidencia, entre otras barbaridades, que la figura que más admiraba como estadista en el mundo de hoy era Vladimir Putin, es decir, otro demagogo y mentiroso como él mismo.</p><p>He estado muchas veces en los Estados Unidos y admiro mucho ese país, por las razones que lo admiraba mi madre, aunque también admito las que prefería mi padre. Creo que allí la democracia siempre ha funcionado, y que ella ha ido perfeccionándose con el paso de los años y perfeccionando a la sociedad gracias a las constantes reformas, y que se trata de un país verdaderamente libre, uno de los más libres del mundo, como lo descubren y empiezan a vivir en consonancia, en el respeto a sus leyes, esos millones de inmigrantes que lo han construido y a los que en buena parte debe sus altos niveles de vida y su poderío militar.</p><p>Esas cosas, como el amor a la libertad, no se destruyen de la noche a la mañana con la demagogia de ese triste personaje que ha ocupado la presidencia del país en estos años. Por eso es tan importante que triunfe el proceso de impeachment (destitución) que han iniciado los demócratas en la Cámara baja, que dominan por treinta y cinco votos, y los diez republicanos que se han sumado a ellos. Lo que impediría a Trump ser candidato en las próximas elecciones, pues, incluso sólo como candidato, volvería a hacer daño, repartiendo, a manos llenas, como lo ha hecho esta vez, el resentimiento y las mentiras que mucha gente ingenua y poco preparada se tragó.</p><p>Una última reflexión sobre la democracia. Como ha demostrado Donald Trump, todas –sí, todas, hasta las que creíamos las más antiguas y sólidas- son precarias. ¿El triunfo de Boris Johnson en Inglaterra no lo ha demostrado acaso?</p><p>Que haya un voto libre no significa que los ciudadanos siempre voten bien. Muy a menudo votan mal y eligen no lo mejor sino lo peor. Quizás esa sea la mejor enseñanza que nos ha dejado Trump. Los norteamericanos eligieron mal –votaron más contra la señora Clinton que a favor de Trump- y eso ha sido una tragedia para Estados Unidos. Pero, no hay duda, sobre todo después del asalto al Capitolio, que llevará a muchos a reflexionar, el país se reconstruirá desde esos abismos en los que lo ha hundido Trump, y volverá a ser lo que fue hasta el año 2016: el líder de los países libres, que salvó al mundo entero de caer en brazos de Hitler y luego de Stalin, y que, aunque haya cometido desafueros y abusos en su historia, en América Latina sobre todo, está siempre allí, como una esperanza para aquellos –y son muchos millones- que en el mundo de hoy siguen soñando con la libertad, no sólo de leer en un periódico y escuchar en la televisión las críticas al gobierno de turno, sino de poder decidir su vida de acuerdo a sus propias convicciones, y de labrarse un porvenir gracias a su esfuerzo. Tal como han ocurrido las cosas, hay sitio todavía para la esperanza.</p><p><i>(Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2021. © Mario Vargas Llosa, 2021)</i></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/Wkhb4902Qx5n4W3yh7WbbriJONI=/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/corprensa/WFAQIYSJYBDLXNLTSRWFRI4IVQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Miembros de la Guardia Nacional custodian el Capitolio. AFP]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[AFP]]></media:credit></media:content></item><item><title>El derecho a morir</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-derecho-a-morir/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-derecho-a-morir/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 03 Jan 2021 02:20:27 +0000</pubDate><description>El Congreso de los Diputados ha aprobado en España, luego de furibundas discusiones dentro y fuera del parlamento, la eutanasia. Esperemos que el Senado respalde esta decisión y España acompañe a los seis países que en el mundo han aprobado ya leyes semejantes, pese a los argumentos en “favor de la vida”, como dicen sus opositores, reclutados fundamentalmente en los círculos religiosos, sobre todo católicos.</description><content:encoded><![CDATA[<p>El Congreso de los Diputados ha aprobado en España, luego de furibundas discusiones dentro y fuera del parlamento, la eutanasia. Esperemos que el Senado respalde esta decisión y España acompañe a los seis países que en el mundo han aprobado ya leyes semejantes, pese a los argumentos en “favor de la vida”, como dicen sus opositores, reclutados fundamentalmente en los círculos religiosos, sobre todo católicos.</p><p>En uno de sus primeros ensayos, Albert Camus escribió que el suicidio es clave para responder a la pregunta fundamental de la filosofía; quienes eligen la muerte dan una respuesta negativa a la pregunta de si la vida tal cual merece ser vivida. La ley aprobada, sin embargo, no favorece ni estimula el suicidio, como lo ha explicado muy bien Edmundo Bal en su artículo Ley de eutanasia: una garantía de libertad (<b>El Mundo</b>, 24 de diciembre 2020); se limita a considerar el caso –terrible- de aquella minoría para la cual la vida es el infierno, según las peores descripciones que hicieron de él los textos medievales, que insistieron en este tema de manera obsesiva, y no pueden ponerle fin por sí mismos, pues una horrenda ley los obliga a vivir, es decir a morir mil veces cada día, hasta que ese suplicio termine sólo cuando mueran de “muerte natural”. Es verdad que las víctimas de esa crueldad no son muy numerosas –pero sí algunas decenas de miles o acaso hasta centenares de miles en el mundo entero-, pero que ese “derecho a morir”, inseparable del “derecho a vivir” que defendemos los liberales, sea al fin reconocido en España es una señal de progreso y civilización.</p><p>Me refiero, por supuesto, a los enfermos terminales que saben que lo son y saben también que están condenados a vivir –parece la negación misma de esa expresión- hasta que la muerte “natural” ponga fin a sus atroces padecimientos.</p><p>La ley aprobada toma todas las precauciones del caso. Quienes deciden pedir ayuda para poner fin a sus días deben hacerlo hasta en cuatro ocasiones –los menores de edad están excluidos-, ser examinados por facultativos que confirmen su estado de salud y su decisión. Sólo luego de estos trámites se da el visto bueno a la eutanasia. Es difícil, acaso imposible, que en estas condiciones la determinación de una persona de poner fin a sus días sea utilizada por personas ajenas para perpetrar un crimen o empujar a una víctima a acabar con su vida.</p><p>La defensa de la vida, en este caso, equivale a una macabra broma pues celebrar en un enfermo terminal los fastos de la vida de los que no podrá nunca disfrutar, no cabe siquiera discutirla, sólo facilitarle la salida tomando, claro está, todas las precauciones posibles para, en primer lugar, confirmar que la víctima ha tomado esta decisión de manera firme e inevitable y sin otra razón que la de la enfermedad terminal. La ley aprobada en el Congreso de los Diputados lo establece así.</p><p>Ahora bien, el problema es más vasto que el de una reducida minoría.</p><p>¿Puede la sociedad oponerse a quienes, sin estar doblegados por una enfermedad, quieren ejercer el “derecho a morir”? Una persona, en plenas facultades, puede decidir que la vida tal como es no justifica la existencia. No es mi caso, desde luego, ni el de la inmensa mayoría. Pero hay, ha habido y habrá siempre gente que ve en la muerte una solución a sus problemas. En la inmensa mayoría de los casos, estas víctimas no necesitan pedir ayuda para tragar un veneno, estrellar un auto contra un árbol, o, como hizo un primo mío, lanzarse al abismo desde los farallones de Barranco. Para ayudar a estos suicidas se han creado sociedades secretas o públicas –como la que auspiciaba Arthur Koestler, quien se mató junto con su esposa cuando supo que tenía un cáncer- que les echan una mano cuando deciden poner fin a sus días ¿Cuál debería ser la actitud de la sociedad civilizada en esos casos excepcionales? Respetar el “derecho a morir”, la contrapartida inseparable del “derecho a vivir” que elige la enorme mayoría de los seres humanos.</p><p>Recuerdo, a este respecto, un concurso de documentales para la televisión, del que fui jurado hace años, en Montecarlo. Entre los miembros del jurado figuraba una actriz francesa, Marina Vlady, que había misteriosamente desaparecido de las pantallas cuando estaba en lo mejor de su carrera. Allí supimos que lo hizo por amor: se enamoró de un ruso, se casó con él y se fue a vivir a la URSS, donde, según nos dijo, era muy feliz. Nos pidió que excluyéramos de la competencia un film holandés que hacía propaganda de la eutanasia, adoptada en Holanda hacía algún tiempo. Le dimos gusto. Retiramos el film del concurso, pero le dimos un premio extra, pues era el mejor, según todo el resto del jurado.</p><p>El personaje central de aquel film, dueño de un bar, había sido antes un marino, que, al saber que tenía un cáncer, eligió, de acuerdo con su esposa y su médico, recurrir a la eutanasia. Él y el médico hacían la gestión ante el gobierno, que nombraba de inmediato a dos facultativos para que confirmaran su decisión y verificaran su enfermedad. Luego, informaban al sujeto de las formas que adoptaría aquella ceremonia. Él tendría el control hasta el último momento. Creo que le ponían una inyección, la que podía cancelar de viva voz, o, si estaba desprovisto de ella, mediante un parpadeo o un movimiento del dedo índice. Los dos médicos debían indicarle, a la vez, cuándo aquella inyección mortal se volvía “irreversible”. Todo el acto transcurría de este modo, con gran serenidad por parte del moribundo, sostenido de la mano por su esposa, que, ella sí, temblaba y tenía los ojos arrasados por las lágrimas.</p><p>Creo que ninguno de los jurados de aquel festival, cuando vimos el documental, sacamos de él la menor nostalgia de la muerte. Por el contrario, la reacción de todos fue respirar más tranquilos –sobre todo la ceremonia final nos había tenido con los nervios de punta- y con un inmenso, indescriptible, entusiasmo por la vida, por el privilegio extraordinario que es estar vivos y saber que lo estaremos por algunos pocos o largos años más. Qué felicidad saber que la vida estaba allí, a nuestro alrededor, y que lo estaría todavía por algunos o por muchos años, con sus comidas, bebidas, amistades, amores y lecturas, todo aquello que nos hace pasar los días en paz o con exaltaciones que nos separan y alejan de la muerte, y nos vuelven insensibles a las solicitaciones y seducciones que puede tener la extinción para algunos contados semejantes. Que ellos existan no significa necesariamente que anden mal las cosas en este mundo, aunque para muchos esto sea una verdad. Pero es sabido que a los países más adelantados de la tierra, como Suecia y Suiza, se les atribuye un número de suicidios que supera al del resto de los países; nunca he sabido si estas estadísticas eran ciertas o más bien resultado de la envidia, que opera también en todos los órdenes de la vida social, incluso (iba a escribir sobre todo) en este campo, tan fracturado por las polémicas. El derecho a vivir no se ve amenazado por el derecho a morir, más bien reforzado, porque no hay nada como la referencia de la muerte para apreciar las infinitas riquezas de la vida.</p><p><i>(Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2020. © Mario Vargas Llosa, 2020)</i></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/7IjgzXdiboTw5Nq39JVhkk6etaQ=/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/corprensa/XAJ6HVCZIZGPXPESBNUO6MCGVQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[El derecho a vivir no se ve amenazado por el derecho a morir, más bien reforzado, porque no hay nada como la referencia de la muerte para apreciar las infinitas riquezas de la vida. iStock]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>Amor a Madrid</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/amor-a-madrid-2/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/amor-a-madrid-2/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 20 Dec 2020 03:03:00 +0000</pubDate><description>Nunca creí que leería una guía de principio a fin. Como los diccionarios, las guías son libros de consulta, se los abre para averiguar el significado de una palabra o la historia de un castillo o de un museo y se los cierra.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Nunca creí que leería una guía de principio a fin. Como los diccionarios, las guías son libros de consulta, se los abre para averiguar el significado de una palabra o la historia de un castillo o de un museo y se los cierra. Pero el voluminoso Madrid de Andrés Trapiello, que acaba de publicar Destino, tiene un incentivo particular, del que suelen prescindir las guías habituales: la autobiografía del autor, entreverada en las páginas del libro con las informaciones sobre calles, monumentos, barrios, personajes, datos históricos y hasta preferencias arquitectónicas. No creo exagerar si digo que este aspecto, la originalidad del volumen, es tanto o más atractivo que las rigurosas informaciones sobre Madrid de que da cuenta.</p><p>El 4 de mayo de 1971, Trapiello, que es leonés y era entonces un adolescente, tuvo un lío con su padre, con el que nunca se llevó bien, y decidió partir a Madrid, donde, de más está decirlo, estaba la muchacha que “era el gran amor de su vida”. En verdad, esa ciudad a la que llegó con muy pocas pesetas en el bolsillo –las páginas en que cuenta cómo se ganaba la mala existencia que tenía vendiendo libros en los bares y los hoteles elegantes son inolvidables- reemplazaría en su vida a esta y otras muchachas, los grandes “amores de su vida”, con la ciudad elegida, y me temo mucho, incluso, si se diera la incompatibilidad, a la señora con la que está casado y con la que, según confiesa, es muy feliz.</p><p>La historia de Madrid y la vida personal de Andrés Trapiello son inseparables en este libro, que está escrito con humor, mucha gracia y una naturalidad seductora, sin pizca de vanidad, sin envidias ni rencores, incluso cuando cuenta algunas ferocidades, y una limpieza de espíritu y de palabra que es un placer leerlo. Las informaciones sobre Madrid son abundantes y entretenidas, pero muy personales –los escritores ocupan siempre el lugar de honor, lo que para mí es un plus- y están atiborradas de anécdotas, de tipos pintorescos que circulan por sus calles o malviven en sus cuevas y sótanos. Provienen de la realidad o salieron de las novelas, descritos siempre con el afecto –la pasión- que despiertan en él los barrios de esta ciudad en la que eligió vivir y ser “madrileño”, igual que tantos otros que, como él, han sido siempre la gran mayoría de los habitantes y gonfaloneros de esta tierra, este Madrid en el que haber nacido “no da derecho a nada” porque en esta ciudad “todo es de todos”. Es la pura verdad: los madrileños procedemos de todos los rincones del mundo. Los auténticos “gatos” son una comunidad decreciente que acepta su condición minoritaria, porque sabe que esta ciudad, cuyos orígenes remotos nadie conoce, fue, en un principio, una vaga aldea sin historia fundada por los árabes que pululaban por toda la España de entonces, hasta que a Felipe II se le ocurrió traer aquí la corte en el año de 1561.</p><p>Desde entonces la ciudad se ha puesto a crecer y multiplicarse de una manera que Andrés Trapiello cuenta de modo insuperable, gracias a ese pueblo del que decía proceder la Fortunata de Galdós, y que Trapiello, galdosiano militante si los hay, ha puesto como emblema del libro con la célebre cita de la novela. Y, por supuesto, el Galdós que aparece casi siempre nombrado en las páginas del libro, era canario, y pese a ello probablemente fue el escritor que conoció mejor y quiso más a Madrid, como muestran sus Episodios, novelas, dramas y artículos en que contó la historia decimonónica y la realidad contemporánea de esta ciudad, que llegó a recorrer al derecho y al revés.</p><p>Sin embargo, a Trapiello lo que más le gusta son las afueras, la periferia cambiante de esta tierra, en la que ha pasado muchas horas paseando, confundido con su paisaje, que describe con delicadeza, y en la que aprendió el sutil arte de la tipografía y, principalmente, a escribir.</p><p>No sé de nadie que a lo largo de cuarenta años haya ido como Andrés Trapiello todos los domingos al Rastro, incluso cuando ese gigantesco mercado estaba cerrado por el coronavirus. Él ha escrito un lindo ensayo sobre ese rincón, el más pintoresco de Madrid, y en esta guía él ocupa, ni qué decirlo, muchas páginas, pero el lector goza con ello pues nadie conoce mejor que Trapiello a los comerciantes, vagos y asiduos que lo habitan, o a los turistas que merodean en sus puestos y tiendas, y encuentran en ellos, entre escombros y basuras, tantas maravillas secretas, como él mismo.</p><p>Trapiello dice que prefiere el Madrid romántico a todos los otros y, en su entusiasmo, afirma que Pérez Galdós encarna mejor que nadie ese período de la ciudad, algo que, con las convincentes razones que da, debemos aceptar, aunque a regañadientes. Pero no comparto su entusiasmo por algunos autores, como Juan Ramón Jiménez, de quien nunca he podido comprender la fama de que goza, pues me parece muy superior a su medido talento. Fue la única discrepancia que tuve con mi magnífico profesor, Carlos Bousoño, cuando cursaba los cursillos del doctorado en la Complutense; él revisaba entonces su Teoría de la expresión poética y nos daba un curso autocrítico admirable, repleto de alumnos, donde nos enseñaba los secretos profundos de la poesía, que conocía al dedillo. Pero admiraba a Juan Ramón Jiménez, al que nunca he podido leer con entusiasmo (quizás sea defecto mío, no de él). Trapiello también lo admira y cita de él algunos buenos textos sobre Madrid, en el tiempo que aquél vivió acá. Pero sus admiraciones son incontables y bastante fundadas, sobre todo entre los que escribieron y contribuyeron con sus libros a los mitos de Madrid: Baroja, Larra, Mesonero Romanos, Gómez de la Serna, Clara Campoamor, Pérez Tabernero, Umbral e incontables más. Así como pintores, Goya, Velázquez y Sorolla, o críticos como Juan Antonio Gaya, por el que tiene preferencia y del que cita frases y opiniones excelentes.</p><p>Quizás la historia más bonita que cuenta en estas páginas en que hay tantas historias y anécdotas felices, sea su descubrimiento de un museo romántico, casi siempre solitario, en el que anidó por varias temporadas. Lo descubrió en sus continuas caminatas por ese Madrid que forma ya parte de su ser. El local estaba casi siempre solitario, con unos porteros de los que se hizo amigo, y sus estancias destartaladas, a veces con telarañas, y sus estantes que nadie exploraba lo sedujeron, de modo que, luego de conversar con su directora, echó allí raíces y fue muchas tardes y mañanas, durante meses, a escribir sus poemas, ensayos y novelas. Son páginas tiernas y nostálgicas, que describen esta afinidad del joven escritor solitario con ese museo acaso más solitario todavía que él, y que me he propuesto conocer una vez que termine esta maldita pandemia que nos tiene confinados o nos va matando a pocos a los habitantes madrileños y que ya dura demasiado.</p><p>Rara vez recomiendo libros a mis presuntos lectores, pero en este caso voy a hacer una excepción. Léanlo antes de que ustedes se conviertan en ese “polvo camino a las estrellas”, como describió la muerte un político peruano, o tengan que ir a buscarlo entre los cadáveres de las librerías de segunda o tercera mano del antiguo Rastro. Es un libro entrañable, que nos retrata a todos los madrileños, tanto los genuinos como los postizos. Les aseguro que no lo olvidarán.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La lengua oculta</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/la-lengua-oculta/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/la-lengua-oculta/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 06 Dec 2020 03:07:44 +0000</pubDate><description>¿Cuál fue el aporte principal de España a Hispanoamérica, cuando la descubrió y conquistó? A esta pregunta los creyentes responden que la Iglesia católica, Cristo, la verdadera religión.</description><content:encoded><![CDATA[<p>¿Cuál fue el aporte principal de España a Hispanoamérica, cuando la descubrió y conquistó? A esta pregunta los creyentes responden que la Iglesia católica, Cristo, la verdadera religión. Los evangélicos, tan numerosos ahora en el nuevo continente, aunque discrepando algo, probablemente terminarían aceptando esta respuesta. Los no creyentes, como el que esto escribe, responderíamos que, sin la menor duda, ese aporte principal ha sido la lengua, el castellano o español que reemplazó a las mil quinientas (que algunos lingüistas extienden hasta cuatro o cinco mil) lenguas, dialectos y vocabularios que hablaban en América del Sur las tribus, pueblos e imperios. Como no se entendían, vivieron muchos siglos entregados al pasatiempo de entrematarse.</p><p>Murieron por la espada y la pólvora muchos indios y buen número de españoles en aquellos siglos convulsos, en que España llenó América de iglesias, ciudades, conventos, universidades y doctrineros, y en el que millares de familias españolas se avecindaron en las nuevas tierras, donde han dejado larga descendencia. Muchos latinoamericanos nos sentimos orgullosos de ser herederos de esos humildes españoles, analfabetos muchos de ellos, que provenían de todos los pueblecitos de la península.</p><p>El español prendió muy pronto en todas partes, unificando culturalmente de un extremo a otro el nuevo continente, y esa lengua ha tenido desde entonces la suerte –sin que gobierno alguno la impulsara, entre la desidia general de todas las autoridades-, por su dinamismo interno, la claridad y sencillez de sus formas y de su conjugación, así como por su vocación de universalidad, de irse expandiendo por el mundo hasta ser hablada hoy en día en los cinco continentes por unos seiscientos millones de personas y de tener en un solo país, los Estados Unidos de América, donde es la segunda lengua viva, cerca de cincuenta millones de hispanohablantes.</p><p>Una lengua no es sólo un medio de comunicación; es una cultura, una historia, una literatura, unas creencias y experiencias acumuladas, que fueron impregnando las palabras que la componen y llenándolas de ideas, de imágenes, de costumbres, y, por supuesto, de logros científicos. La implantación del español nos trajo a los hispanoamericanos Grecia y Roma, Cervantes, Shakespeare, Molière, Goethe, Dante, y las instituciones que a lo largo de su trayectoria crearon Europa Occidental. Ahora son tan nuestras como de España. Y en buena hora. Lo más importante de todo aquello son las instituciones que determinaron el progreso y la modernidad, así como la filosofía que permitió acabar con la esclavitud, que determinó la igualdad entre las razas y las clases, los derechos humanos y, en nuestros días, la lucha contra la discriminación de la mujer. En otras palabras, la democracia y el apetito de libertad que la hace posible. Todo eso lo adquirió América Latina, y mucho más, al adoptar y hacer suya la lengua castellana. No se explicarían, sin ella, ni el Inca Garcilaso de la Vega ni sor Juana Inés de la Cruz. Ni, por supuesto, Sarmiento, Rubén Darío, Borges, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Cortázar, Neruda, César Vallejo, García Márquez y tantos otros grandes poetas y prosistas hispanoamericanos que han enriquecido el español.</p><p>Sin embargo, contrariamente a lo que sería natural, el regocijo y el orgullo de un país cuyo idioma ha ido adquiriendo con el correr de los siglos una universalidad que sólo tiene por delante al inglés, pues el mandarín y el hindi son demasiado complicados y locales para ser idiomas verdaderamente internacionales, en España misma, la tierra donde aquella lengua nació y evolucionó y heredó luego el mundo entero, como nos descubrieron entre otros el gran don Ramón Menéndez Pidal y sus discípulos, hay desde hace algún tiempo una campaña de parte de los independentistas y extremistas para rebajarla y disminuirla, cerrándole el paso y procurando (muy ingenuamente, claro está) abolirla o reemplazarla. Acaba de ocurrir una vez más, con la nueva ley de educación que ha aprobado, con un sólo voto más del que necesitaba, el actual Gobierno del Partido Socialista y de Unidas Podemos, con el apoyo de Bildu, la continuación de ETA, la organización terrorista que asesinó a casi novecientas personas, y que ahora ha abandonado la lucha armada y se ha integrado a la legalidad. Y, por supuesto, de Esquerra Republicana, cuyos principales dirigentes han sido condenados por los tribunales españoles por convocar un referéndum sobre la independencia de Cataluña estando prohibidos de hacerlo explícitamente por la Constitución de 1978, vigente en la actualidad.</p><p>La negociación que ha permitido esta alianza, sobre la que algunos socialistas discrepan, ha sido muy simple. El Gobierno de Pedro Sánchez necesitaba aprobar su proyecto de presupuestos en las Cortes. Para ello Unidas Podemos atrajo los votos del Partido Nacionalista Vasco (el PNV), de Bildu y de Esquerra y éstos, ni cortos ni perezosos, se apresuraron a concederlos siempre que el Gobierno aceptara modificar la ley suprimiendo el carácter ”vehicular” del español que señala específicamente la Constitución. Esta es la razón por la que el castellano o la lengua española ha pasado a ser, según esta ley, una lengua oculta o clandestina. Quien lee dicha ley, llamada “la ley Celaá” por la ministra de Educación que la ha concebido, se queda sorprendido de que en un proyecto que establece las formas de la educación en todo el país, el español o castellano aparezca de solo pasada. El español, la lengua que nació en Castilla, cuando el país estaba semiocupado por los árabes y que se ha convertido en una lengua universal, ¿dónde está? Se trata de una lengua disminuida, silenciada, preterida ante lenguas locales que son habladas por minorías, y uno de los ministros del Gobierno ha tenido la audacia de decir que todo el escándalo que se ha suscitado al respecto se hubiera evitado si el español no hubiera estado “envenenando” el clima escolar en Cataluña, donde algunos colegios, que respetan las leyes, daban las horas de clases en castellano a que están obligados y que, en su mayoría, los colegios catalanes no respetan. La ley señala que las clases en español o castellano constituyen un derecho de todas las personas nacidas en España. ¿En cuántas comunidades autónomas bilingües se cumple esta disposición? Me temo que sólo en una minoría. Pues, aunque parezca imposible, la campaña contra el español en la tierra donde nació Cervantes sigue en marcha. Sería algo así como un verdadero suicidio que esta idiotez prosperara, no para el español o la lengua castellana, que tiene más que asegurado su futuro en el resto del mundo. Más bien, para España, a quien arrancarle la lengua sería arrancarle el alma. Es simplemente impensable que el país donde nacieron la lengua castellana, Quevedo y Góngora, además de cientos de escritores que le han dado prestigio y dimensión universal al español, éste sea objeto de una victoriosa campaña de discriminación. Ella no puede ni debe prosperar. Los hispanohablantes, que formamos una gigantesca mayoría en el país, debemos impedir este absurdo intento de minusvalorar y postergar el castellano frente a las lenguas periféricas. Firmemos los manifiestos que haga falta y salgamos a las calles cuantas veces sea necesario: el español es la lengua de España y nadie la va a enterrar.</p><p>(Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2020.</p><p>© Mario Vargas Llosa, 2020).</p>]]></content:encoded></item><item><title>Treinta años</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/treinta-anos/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/treinta-anos/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 15 Nov 2020 01:34:54 +0000</pubDate><description>Hace treinta años, más o menos por estas fechas, comencé a publicar mi columna Piedra de Toque en El País. Joaquín Estefanía, que era el director del diario en ese entonces, recuerda que, para probar su espíritu tolerante, mi primera colaboración fue un elogio de Margaret Thatcher, y recuerda también el desayuno en el Hotel Palace con que él, mi agente literaria y amiga queridísima, Carmen Balcells, y yo, celebramos el acuerdo. A Joaquín y los seis directores que he tenido en estas tres décadas, en que, creo, no he fallado nunca a mi compromiso, debo agradecerles no haberme cortado nunca un artículo, ni un título, ni haberme sugerido un tema. El nombre de la columna, Piedra de Toque, me lo inventé antes, cuando escribía en el diario Expreso o la revista Caretas, de Lima, porque me fascinaba esa piedra medieval, que, hasta ahora, no sé si era real o fantástica y que juzgaba la calidad de los metales.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Hace treinta años, más o menos por estas fechas, comencé a publicar mi columna Piedra de Toque en <b>El País.</b> Joaquín Estefanía, que era el director del diario en ese entonces, recuerda que, para probar su espíritu tolerante, mi primera colaboración fue un elogio de Margaret Thatcher, y recuerda también el desayuno en el Hotel Palace con que él, mi agente literaria y amiga queridísima, Carmen Balcells, y yo, celebramos el acuerdo. A Joaquín y los seis directores que he tenido en estas tres décadas, en que, creo, no he fallado nunca a mi compromiso, debo agradecerles no haberme cortado nunca un artículo, ni un título, ni haberme sugerido un tema. El nombre de la columna, Piedra de Toque, me lo inventé antes, cuando escribía en el diario <b>Expreso</b> o la revista <b>Caretas</b>, de Lima, porque me fascinaba esa piedra medieval, que, hasta ahora, no sé si era real o fantástica y que juzgaba la calidad de los metales.</p><p>Escribir en <b>El País</b> era una secreta aspiración que tenía desde que salió a la luz el periódico en 1976, dirigido por Juan Luis Cebrián –muy joven entonces-, y que fue para mí la verdadera transición en España. ¡Qué viejos y anticuados eran los periódicos en tiempos de la dictadura! Había excelentes periodistas, sin duda, pero la prensa era, por su formato, sus titulares y en general su composición y la severísima censura, de tiempos de Matusalén. La salida de <b>El País</b> constituyó una revolución por su diagramado y hechura, y, sobre todo, porque en él escribía toda la gente de izquierda (y algunos de la extrema izquierda) al mismo tiempo que muchos centristas y liberales, con total libertad y discutiendo todo lo que ocurría en el país y en Europa, con ideas modernas y generalmente en prosa buena y funcional. El diario se convirtió en un símbolo dentro de las grandes transformaciones que vivía España; <b>El País</b> encarnó todas ellas en el dominio de la prensa alcanzando un prestigio internacional, que, me parece, no ha tenido antes, ni tendría después, ningún diario español.</p><p>Gracias a este periódico y al acuerdo que firmamos mis columnas comenzaron a publicarse en todos los países de América Latina, incluido el Brasil, y también en algunos países europeos y Estados Unidos, como<b> La Repubblica</b>, de Roma, el <b>Frankfurter Allgemeine Zeitung</b>, de Fráncfort y el <b>New York Times</b>, de Nueva York. Este pluralismo hizo que, desde entonces, mis artículos evitaran los temas localistas y tuvieran siempre –bueno, siempre es una palabra demasiado larga- orientación internacional. Lo que me gustaba es que podía escribir de todo y sobre todo: artículos políticos, desde luego, pero también notas de viaje, reseñas de libros, memorias de juventud y de niñez, el universo entero. Los escribí durante muchos años los domingos y luego –no sé por qué cambié- los miércoles. Me toman generalmente una mañana y una tarde y, desde hace años, antes de publicarlos los hago leer por tres amigos. Yo vivía entonces en Londres y, aunque me tomaba un día escribirlos, pensar en ellos era inevitable durante mis carreras y luego caminatas en Hyde Park, o en el Luxemburgo, en París, en el Malecón de Barranco, en Lima, o en el Central Park de Nueva York. Siempre los he escrito teniendo en cuenta una opinión de Jean-François Revel, según el cual los buenos artículos son aquellos que desarrollan una sola idea, y la frase con que, dicen, Raimundo Lida iniciaba sus clases en Harvard: “Recuerden que los adjetivos se han hecho para no usarlos”. Era argentino y sabía la maldita propensión a la retórica que tenemos los latinoamericanos. Pero también corría y caminaba en las mañanas buscando títulos. Nadie se imagina la facilidad con que escribo esta columna cuando tengo ya de antemano un título que resume sus ideas, y viceversa, las dificultades que enfrento para escribirla cuando no llevo de antemano ese título, su corazón secreto. Y nada me alivia y exalta tanto, cuando estoy sepultado en una novela, como escribir un artículo.z</p><p>La influencia que tuvieron los existencialistas franceses en mi adolescencia, y en especial Sartre, fue enorme. Tanto que mis amigos Luis Loayza y Abelardo Oquendo me apodaban “El sartrecillo valiente”. Muchas de las cosas que creí gracias a ellos ahora se me han borrado y hasta las detesto, pero no la idea sartreana de que el escritor debe comprometerse –s’engager-, y no perderse en la fantasía, procurando dar la batalla ideológica y política aquí y ahora. No me importa y creo justísimo que haya escritores a los que los problemas sociales les importen un comino, pero no es mi caso, yo siempre he creído en “el compromiso” del escritor y éste ha estado representado en mi vida por el periodismo, que empecé a practicar cuando tenía 16 años en <b>La Crónica</b> de Lima y he seguido ejerciendo en periódicos, radios y la televisión, y me moriré probablemente practicándolo.</p><p>El periodismo significa la libertad, criticar lo que nos parece malo y elogiar lo bueno, aunque las nociones de bueno y malo cambien radicalmente de una a otra persona. Mientras haya esa diversidad en la prensa un país es libre, y, cuando comiencen a ocultarse las cosas, dejará de serlo. Es verdad que las fake news han alterado ese panorama, pero el periodismo libre irá combatiéndolas cada vez mejor hasta confinarlas en el rincón de las cosas excepcionales o ridículas. Leo tres periódicos al día y consulto detalles en el ordenador. Pero, en general, las pantallas no me gustan, salvo para los partidos de fútbol y las películas; para las noticias y opiniones, y sobre todo la literatura, prefiero el papel.</p><p>Con lo que he visto y leído en los años que llevo encima –el próximo marzo serán 85- he llegado a convencerme de que el mayor desafío a la democracia, el comunismo, está muerto y enterrado, y sobrevive solo en países fallidos, como Corea del Norte, Cuba y Venezuela. Ahora, los mayores enemigos de la libertad son el populismo y la infinita corrupción. Y, por primera vez en la historia, los países pueden elegir ser pobres o prósperos, no importa de qué tamaño sean o si tienen recursos o no. Pero elegir ser prósperos no es nada fácil. Hay una transición dificilísima y traumática hacia un capitalismo limpio, como el de ciertos países asiáticos; en Chile, en el que cifré tantas esperanzas, todo parece haberse ido al diablo. Tampoco es la fórmula el capitalismo putrefacto de Rusia o China, de empresarios que se hacen ricos tragando callados lo que ordena el poder. Pero Corea del Sur, Taiwán, Singapur, muestran que la prosperidad acerca la democracia en vez de alejarla. Mi gran decepción de estos años ha sido Israel, al que yo tenía como un ejemplo para el mundo subdesarrollado. Los israelíes, es verdad que con ayudas internacionales, han convertido en un país moderno y libre lo que era, antes, un páramo. Pero ahora es un país dominante y abusivo, que asfixia cada día más a los palestinos, y con un gobernante, Netanyahu, un verdadero delincuente que se aferra al poder sólo para no ir a la cárcel. Siempre dije que el único país en el mundo donde me sentía todavía de izquierda era Israel; ahora, tampoco allí.</p><p>Treinta años son muchos años, pero no espero jubilarme. Si me jubilan a la fuerza, no habrá más remedio que resignarse. Mi esperanza es que encuentre siempre algún periodiquito misericordioso que acepte mis Piedras de Toque, en las que defienda aquellas cosas sobre las que seguramente iré cambiando en función de la historia que se vaya haciendo, hasta el final.</p><p><i>(Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2020. © Mario Vargas Llosa, 2020).</i></p>]]></content:encoded></item><item><title>Un tiro en el pie</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/un-tiro-en-el-pie/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/un-tiro-en-el-pie/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 01 Nov 2020 01:20:01 +0000</pubDate><description>No basta que haya elecciones libres y genuinas en un país; además, es preciso que los votantes voten bien. Porque a veces se equivocan. Los electores estadounidenses se equivocaron garrafalmente hace cuatro años votando por Donald Trump. Esto no lo dice un “furioso socialista”, que es de lo que acusa generalmente el presidente de Estados Unidos a todos sus adversarios, sino alguien que se siente más cerca de los republicanos que de los demócratas, sobre todo en política económica, y tiene a Ronald Reagan por uno de los mejores mandatarios en la historia norteamericana.</description><content:encoded><![CDATA[<p>No basta que haya elecciones libres y genuinas en un país; además, es preciso que los votantes voten bien. Porque a veces se equivocan. Los electores estadounidenses se equivocaron garrafalmente hace cuatro años votando por Donald Trump. Esto no lo dice un “furioso socialista”, que es de lo que acusa generalmente el presidente de Estados Unidos a todos sus adversarios, sino alguien que se siente más cerca de los republicanos que de los demócratas, sobre todo en política económica, y tiene a Ronald Reagan por uno de los mejores mandatarios en la historia norteamericana.</p><p>Empresario millonario pero sin la menor preparación política ni cultural, The New York Times averiguó que Donald Trump sólo había pagado impuestos siete de los últimos dieciocho años, que gastaba cerca de 70 mil dólares en peluquería y que su hija mimada, Ivanka Trump, pese a ser empleada de la Organización Trump, recibía unos estupendos “honorarios de consultoría”. El senador McCain, republicano y héroe nacional, que siempre fue anti Trump, se hubiera muerto de nuevo si hubiera sabido todo esto.</p><p>Desde su llegada a la Casa Blanca, empezó a despedir colaboradores, al extremo de que jamás en la historia de Estados Unidos ha habido un mandatario que cambiara tantas veces a su equipo. Pero ha sido mucho más grave que agraviara a los tradicionales aliados de su propio país, que hicieron la Segunda Guerra Mundial con él, presionándolos para que “aumentaran sus gastos de defensa” con el argumento de que la OTAN no podía vivir sólo de la contribución norteamericana. Al mismo tiempo declaraba que el jefe de Estado que más admiraba era Vladimir Putin. Todo esto ha trastocado las relaciones de Estados Unidos con Europa Occidental hasta un punto que no conoce precedentes. Y, desde luego, Washington ya no dirige la política internacional de Occidente. Nadie la dirige y por eso anda como está.</p><p>Acaso todavía peor ha sido la dureza de sus ataques a las migraciones hacia Estados Unidos, un país cuya grandeza ha sido forjada principalmente por inmigrantes venidos del mundo entero. Muchos, desde luego, de América Latina y en especial de México. En la memoria de casi todo el planeta están las palabras del presidente Trump sobre los mexicanos: “No nos mandan a su mejor gente, sino a ladrones, traficantes, pandilleros y violadores”. Y su obsesión de construir un muro electrificado en la frontera entre los dos países, que deberían pagar los propios mexicanos, una irrealidad en la que insiste todavía, pese a los argumentos –entre ellos de algunos republicanos, además de los demócratas- de que el costo sería estratosférico y de que no es realista siquiera concebirlo.</p><p>Los ataques a los migrantes mexicanos y del resto del mundo son sólo un aspecto de su campaña racista, que ha enardecido enormemente las tensiones entre blancos, negros y mestizos de todas partes en los Estados Unidos, donde hacía muchos años ya que no aparecían letreros como “Somos un país de blancos” que difundía el viejo Ku Klux Klan, y que han reaparecido y violentado con muertos y heridos los conflictos raciales y sociales en los Estados Unidos a un extremo que apenas se podía imaginar. Por eso, el país que se supone debe guiar al mundo libre, se encuentra en estos momentos más aislado y solitario que en toda su historia. Nadie lo apoya en sus disputas con China, y más bien ha recibido críticas severísimas por el proyecto de paz entre Israel y los palestinos, encargado al yerno de Trump por el propio presidente, y que no sólo ha sido considerado inaceptable por los propios palestinos sino rechazado por buena parte de las organizaciones mundiales como las Naciones Unidas y buen número de las democracias del mundo.</p><p>Aunque en sus discursos alienta a la oposición venezolana –la peor dictadura latinoamericana es la chavista, junto con la cubana- lo hace por puro oportunismo, pues, la verdad, no ha movido un dedo para dar un apoyo efectivo a ese pueblo que lucha contra un régimen tiránico que ha destruido la economía de uno de los países potencialmente más ricos de la tierra y abierto las fronteras de América Latina a los iraníes, además de rusos, que ahora pululan comprando empresas por todo el continente gracias a la mediación de Caracas.</p><p>La actitud de Trump frente a la plaga del coronavirus no puede haber sido más contradictoria ni nefasta. Estados Unidos tiene más de un cuarto de millón de muertos por obra del Covid-19, es el primer país más afectado por la pandemia, y, sin embargo, su presidente ha rechazado como demagógicas e “izquierdistas” las llamadas de alerta de los médicos y especialistas para combatir de manera efectiva los contagios mediante restricciones, utilizando argumentos como el económico. Es decir, la sociedad no puede paralizarse con el cierre de empresas porque entonces habría más muertos por la falta de trabajo que por la epidemia. Lo ideal: un cementerio.</p><p>Trump se jacta de que con su política económica Estados Unidos goza de una gran prosperidad y de pleno empleo. En primer lugar, eso no es cierto, y, en segundo, si su vida económica ha sido menos golpeada por el avance de la plaga que otros países desarrollados, es por su notable agilidad, que viene de lejos, en la que los propietarios pueden despedir a los trabajadores y éstos exigir a aquellos mejores salarios o amenazarlos con cambiarse de empresa si no los consiguen, lo que da a sus industrias una notable capacidad de renovarse y cambiar de orientación, de acuerdo a la oferta y la demanda internacional. Esto viene de muy atrás y es, en gran parte, responsable del vigor y fortaleza de la sociedad norteamericana. Trump ha resucitado, con apoyos gubernamentales, industrias obsoletas, como la del carbón, y ha reducido los impuestos y otras obligaciones de las grandes empresas, lo que parecía positivo, y en un momento dado dio la impresión de reforzar una economía que se ha visto muy golpeada y amenaza con vivir en los próximos años una serie de retrocesos por efectos del coronavirus.</p><p>Es verdad que su adversario en estas elecciones, Joe Biden, que fue vicepresidente de Obama, no es una figura demasiado atractiva. Le falta dinamismo. Es muy mayor y da la impresión de un hombre que merece descansar, después de una carrera política que, sin ser nunca sobresaliente, fue siempre atinada y decorosa. Pero en estos momentos, él es la única persona que puede sacar a Estados Unidos de la dramática situación local e internacional en que la política estrafalaria y hecha de contradicciones delirantes de Trump ha llevado al país a vivir una de las peores crisis de su historia. Estando en el poder, y, sobre todo, con el apoyo que le brindará Kamala Harris, su vicepresidenta, que tiene una excelente trayectoria política y judicial en California, Biden devolverá a la nación muchas de las cosas que Trump puso de cabeza, y que antaño permitieron los grandes progresos de los Estados Unidos: la vigencia de sus instituciones, el reinado de la ley, la apertura de sus fronteras, la inteligencia con que sus gobiernos han ido reduciendo viejas taras, como el racismo, y que han llevado al país a los grandes niveles en que se halla todavía y que, pese a las pésimas políticas de Donald Trump en estos cuatro años, todavía mantienen a Estados Unidos en el pelotón de vanguardia de los países del mundo.</p><p>Ojalá triunfe en estas elecciones Joe Biden y salve a Estados Unidos de la catástrofe que fue, hace cuatro años, la decisión de los votantes norteamericanos de darle la victoria a Donald Trump.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/tazUhl8KPT-qAegRtUx3ssLuGYU=/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/corprensa/VT3RTI2QWNERXL47PZDINUL7B4.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[El presidente Donald Trump saluda  a sus partidarios después de realizar un mitin de campaña el 31 de octubre de 2020 en Newtown, Pensilvania.AFP]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[AFP]]></media:credit></media:content></item><item><title>Cayetana</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/cayetana/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/cayetana/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 23 Aug 2020 01:44:11 +0000</pubDate><description>Cuando Pablo Casado, el líder del Partido Popular, tuvo la valentía de nombrar a Cayetana Álvarez de Toledo portavoz de su partido, de oposición al Gobierno de Pedro Sánchez, muchos nos preguntamos cuánto duraría Cayetana en el cargo. Ha durado un año y, desde luego, no ha perdido en este trance un minuto de tiempo. Aunque sé que a ella no le gusta esta palabra, lo que ha hecho en España esta joven admirable ha sido una pequeña revolución, que, al menos yo, creo de largo alcance.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando Pablo Casado, el líder del Partido Popular, tuvo la valentía de nombrar a <b>Cayetana Álvarez de Toledo</b> portavoz de su partido, de oposición al Gobierno de Pedro Sánchez, muchos nos preguntamos cuánto duraría Cayetana en el cargo. Ha durado un año y, desde luego, no ha perdido en este trance un minuto de tiempo. Aunque sé que a ella no le gusta esta palabra, lo que ha hecho en España esta joven admirable ha sido una pequeña revolución, que, al menos yo, creo de largo alcance.</p><p>Por lo pronto ha mostrado que no es verdad que a los jóvenes más brillantes en España les interesan la economía y las empresas, pero detestan la política. Pocas personas hay mejor preparadas intelectualmente que Cayetana, con un doctorado en Historia en la Universidad de Oxford, y, sin embargo, a ella le apasiona la política y está convencida, como ha mostrado en este año, que en la política pacífica y tolerante de la democracia y el liberalismo todo se puede cambiar, a condición de que se dicten las leyes adecuadas y, sobre todo, se defienda la libertad ante los que quisieran conculcarla, como ahora, en España, la extrema izquierda de Podemos y los independentistas de Cataluña. </p><p>Es el mejor trabajo que Cayetana ha hecho y lo más que tenemos que agradecerle: demostrar, con palabras y con hechos, que no hay razón alguna para que la derecha democrática tenga complejos de inferioridad frente a la izquierda comunista, que arrastra, dentro de sus taras, cosas tan horrendas como el Gulag, la Revolución Cultural China y, más cerca de nosotros, la desgraciada Venezuela, uno de los países más ricos del mundo al que “el socialismo del siglo XXI” del comandante Chávez sepultó en la miseria y del que 5 millones de personas por lo menos han tenido que huir para poder comer y trabajar. </p><p>¿Por qué tendría que bajar la cabeza y rendirse la doctrina de la libertad frente a los responsables de esos crímenes sabiendo que ella representa lo más avanzado, libre y próspero de nuestro planeta?</p><p>¿Quiénes son los que se han desgañitado pidiendo a Cayetana en este año moderación y centrismo? Algunos distraídos militantes del Partido Popular, sin duda, pero sobre todo los socialistas y comunistas, sorprendidos de ver a alguien de la derecha que se atrevía a recordarles los horrores cometidos en nombre del sacrosanto marxismo.</p><p>A mí me recordaba los años de Margaret Thatcher en Inglaterra, cuando socialistas y comunistas le exigían desesperados que se centrara y moderara, porque con sus inconveniencias políticas iba a llevar a los Tories a la extinción. La verdad es que los llevó al poder por tres veces consecutivas -por primera vez en la historia- y que Gran Bretaña jamás estuvo tan bien, desde la Segunda Guerra Mundial, como con la señora Thatcher.</p><p>¿Cuáles son las posiciones que ha defendido Cayetana como portavoz del Partido Popular? Cosas tan sensatas y queridas por media España como que el Partido Socialista vuelva a ser lo que era en tiempos de Felipe González y el Partido Popular pueda unirse a él en una coalición que permita la recuperación del país en este año de gravísimas vicisitudes sanitarias y económicas. Y nadie ha expresado tan claramente como ella la distancia que hay entre un partido democrático y liberal como el Partido Popular y una fuerza conservadora y nacionalista como VOX. </p><p>¿Es ese el temido radicalismo de Cayetana? También ha dicho con la misma claridad con que siempre se expresa que un partido político democrático y liberal no es lo mismo que el Ejército, donde las “órdenes de los jefes se obedecen sin dudas ni murmuraciones”. Desde luego que no. En un partido democrático las ideas se discuten, al igual que los programas, dentro de una adhesión general a ciertos principios, que inevitablemente se traducen en políticas distintas. Esto lo saben de sobra todos los militantes democráticos, pero lo ignoran, por supuesto, los que hacen política para medrar, enchufarse en el Estado o sentirse -ay de ellos- poderosos.</p><p>El sociólogo alemán Max Weber diferenció muy claramente la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Un partido democrático necesita dirigentes que representen ambas cosas; caso contrario, puede llenarse de oportunistas corrompidos o condenarse a ser sólo un grupo de presión alejado de la masa ciudadana.  El político de convicción obedece a sus ideas y principios antes que a otra cosa; el político responsable sabe que las ideas y principios son generalidades de difícil aplicación y que, en muchos casos, debe hacer concesiones, a veces muy amplias, para hacer avanzar su causa y las reformas que defiende. El político de convicción no cede ni hace concesiones sobre las ideas ni los principios. </p><p>En España no ha habido muchos políticos de convicción y tal vez ésa sea la razón de la triste historia de sus partidos políticos; no los ha habido en el sentido que Cayetana Álvarez de Toledo lo es, defendiendo aquello que cree sin mirar a los costados ni atemorizarse por las posibles consecuencias. </p><p>Es verdad que dirigentes tan estrictos pueden significar la desgracia de un partido; pero, sin ellos, lo que es seguro es que ese partido se pudrirá en vida, lleno de “moderados”, vale decir oportunistas, ventajistas e, incluso, ladrones y enchufistas. Los que hemos votado varias veces por el Partido Popular no queremos que este partido, lo que más se parece a una fuerza liberal en España, termine en la confusión y el pragmatismo cínico en que ha caído el Partido Socialista desde que Felipe González dejó de dirigirlo. Y por eso, muchos que sin ser militantes votamos por él, creemos que Cayetana ha prestado un servicio inmenso a los populares defendiendo en sus filas, a veces contra sus mismos militantes, la ética de la convicción. Los principios y las ideas antes que los cargos y la figuración.</p><p>Conocí a Cayetana hace algunos años cuando el Rey Felipe VI salvó a España, con un discurso, del frenesí de los independentistas catalanes, que, luego de organizar una consulta ilegal para justificar la independencia, se creían ya dueños de la realidad política española. Cayetana, sin tener ni recibir apoyo de nadie, organizó la resistencia a la ilegalidad catalana, con “Libres e Iguales”, que movilizó a muchos jóvenes y viejos a través de España, quienes, a su mando, salimos a las calles a recordar que la Constitución española prohíbe expresamente que una región autónoma convoque un referéndum sobre la segregación, y a recordar que en una democracia la Constitución y las leyes se respetan. Es decir, a defender aquello mismo que Felipe VI había defendido con tanta lucidez en su discurso. Refiero esto para mostrar que una dirigente política que promueve la ética de la convicción no es una tetelememe extraviada en el mundo de las ideas; puede ser también un ser práctico y valiente que recurre a la acción en defensa de aquello que cree y promociona. Cayetana lo ha hecho siempre, con coraje, en Cataluña, cuando trataron de impedirle que entrara a una universidad, o en las giras políticas en el País Vasco, sin inmutarse ante los insultos y las piedras nacionalistas. La ética de la convicción no está reñida con la valentía ni la acción.</p><p>Dicho todo esto, esperamos de ella, ahora que tendrá más tiempo, que escriba el ensayo político sobre España que nos debe. Y, por supuesto, todos quienes la admiramos y queremos, la vamos a extrañar, sobre todo cuando escuchemos los debates en las Cortes y nos muramos de aburrimiento.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/PHysfcVyK4GrdLT-saX4PSwV0hg=/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/corprensa/42HZMMT6SZG7HAIUV2LHT6SGCQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Cayetana Álvarez de Toledo tiene 45 años.   Wikipedia.org]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>Hacia la estación de Finlandia</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/hacia-la-estacion-de-finlandia/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/hacia-la-estacion-de-finlandia/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 16 Aug 2020 05:00:00 +0000</pubDate><description>Edmund Wilson publicó decenas de libros, artículos, ensayos críticos, polémicas, un largo estudio sobre la literatura de la guerra civil de Estados Unidos, Patriotic Gore, y sus diarios personales, bastante sicalípticos.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Edmund Wilson publicó decenas de libros, artículos, ensayos críticos, polémicas, un largo estudio sobre la literatura de la guerra civil de Estados Unidos, Patriotic Gore, y sus diarios personales, bastante sicalípticos. En toda esa obra extraordinaria destaca <b>To the Finland Station</b>, que lleva como subtítulo <b>Un estudio sobre escribir y actuar en la Historia</b>, aparecido en 1940. </p><p>Se trata de un libro absolutamente actual, que se puede leer y releer como las grandes novelas, y que, con los años transcurridos desde su publicación, ha ganado encanto y vigor, igual que las obras maestras literarias.</p><p>Su propósito es narrar, como lo haría una novela, la idea socialista, desde que el historiador francés Michelet descubrió a Vico y sus tesis de que la historia de las sociedades no tenía nada de divino, era obra de los propios seres humanos, hasta que, dos siglos más tarde, una noche lluviosa, Lenin desembarca en la estación de Finlandia, en San Petersburgo, para dirigir la Revolución rusa. Es un libro de ideas, que se lee como una ficción por la destreza y la imaginación con que está escrito, y la originalidad y la fuerza compulsiva de los caracteres que figuran en él –Renan, Taine, Babeuf, Saint-Simon, Fourier, Owen, Marx y Engels, Bakunin, Lassalle, Lenin y Trotski- que, gracias al poder de síntesis y la prosa de Wilson, se graban en la memoria del lector como los personajes de <b>Los Miserables</b>,<b> Los hermanos Karamasov o Guerra y paz.</b></p><p>Se trata de una obra maestra que, por razones políticas, fue marginada, pese al altísimo valor que tiene desde el punto de vista literario.</p><p>La idea socialista es la idea de un paraíso sobre la tierra, de una sociedad sin pobres ni ricos, donde un Estado generoso y recto distribuiría la riqueza, la cultura, la salud, el ocio y el trabajo a todo el mundo, según sus necesidades y su capacidad, y donde, por lo mismo, no habría injusticias ni desigualdades y los seres humanos vivirían disfrutando de las buenas cosas de la vida, empezando por la libertad. Esta utopía nunca se materializó, pero ella movilizó a millones de personas a lo largo de la historia, y produjo huelgas, asonadas y revoluciones, violencias y represiones indecibles, y, además, un puñado de personajes fascinantes que trabajaron hasta la locura por encarnarla en la realidad. </p><p>El resultado de esta odisea irrealizable fue que, en gran medida, gracias a las luchas que motivó, ella sirvió para corregir buena parte de las injusticias feroces de la vieja sociedad, y para que la clase obrera y sus sindicatos renovaran profundamente la vida social, adquirieran derechos que antes se les negaban, y fueran transformando la economía y las relaciones humanas de manera radical.</p><p>Probablemente el hombre más odiado por Lenin fue Eduard Bernstein, el líder de los socialdemócratas alemanes, a quien acusaba de “oportunismo” y “reformismo”, palabras terribles en la jerga marxista.</p><p>¿Por qué ese odio? Porque Bernstein, en efecto, pasó de revolucionario a  reformista, gracias a las concesiones que el poderoso movimiento obrero alemán había ido arrancando a la burguesía: mejores salarios para los obreros, colegios y hospitales, niveles de vida que se confundían con los de la baja clase media, reconocimiento y protección legal para los sindicatos.</p><p>En este entorno  era un delirio seguir postulando la revolución total. Pero Rusia no era la Alemania socialdemócrata. Allí había un Zar y una policía que asesinaban y torturaban a mansalva y campos de concentración en el Polo Ártico, donde los revolucionarios pasaban muchos años si sobrevivían a la hambruna y al frío. Lenin y la increíble Krúpskaya estuvieron detenidos allí. </p><p>En este contexto, las tesis socialdemócratas de Bernstein no tenían razón de ser, prevalecían las de Lenin: un partido de militantes revolucionarios que exigía “todo el poder” para hacer las reformas que cambiarían la sociedad rusa de raíz y, esto lo añado yo, crearía la sociedad totalitaria más perfecta de la historia. </p><p>Esta es sólo una de las innumerables rupturas y enemistades que la lucha por la idea socialista generó. Y, acaso, no sea tan luminosa y novelesca como la que separó a Marx y Bakunin, o a Marx y Lassalle. </p><p>El anarquista Bakunin fue inmensamente popular; en las cárceles perdió los dientes y los músculos, pero no la convicción y caminando por media Europa divulgó –y le creyeron- su doctrina básica: que “la destrucción” era una idea fundamentalmente creativa. </p><p>Otras páginas inolvidables en el libro están dedicadas a la extraordinaria amistad que unió a Marx y a Engels; la descripción que hace Edmund Wilson de la generosidad y la entrega de Engels a Marx y su familia, convencido de que éste cambiaría la historia de la humanidad, es imperecedera. Engels no sólo mantiene a los Marx por largos años; llega a escribir las crónicas para el periódico norteamericano que contrató a Marx como colaborador. Es imposible, leyendo este capítulo, no sentir por Engels la misma simpatía y reconocer su discreto heroísmo, como hace Edmund Wilson en páginas conmovedoras. Engels odiaba ser empresario en Manchester y se sacrificó varios años a ese oficio, para que Marx pudiera escribir el primer volumen de <b>El capital. </b></p><p>El segundo, fallecido Marx, resultó más difícil de redactar, pese a que éste había dejado muchas notas y fragmentos. Inició la tarea el propio Engels, pero no pudo terminarla, abrumado por la enormidad de la empresa, y la concluyó, finalmente, Karl Kautsky.</p><p>Todos estos episodios tienen, en el libro de Edmund Wilson, color, gracia, la convicción de que detrás de esos oscuros y minúsculos acontecimientos se daban pasos decisivos para la transformación de la historia humana. No era exactamente así, pero en el libro lo es, y  uno de sus grandes méritos es convencernos de ello.</p><p>Al mismo tiempo que creaban tipos extraordinarios, fuerzas de la naturaleza, como el anarquista Bakunin y el socialista Lassalle, las luchas sociales iban renovando Europa y los sindicatos y partidos políticos obreros transformaban la sociedad, volviéndola menos injusta. </p><p>Salvo Rusia, donde, sobre todo el Zar Alejandro III, no hizo nunca la menor concesión y prosiguió con la ferocidad de antaño la persecución de adversarios, moderados o intransigentes. </p><p>De este modo cavó su propia tumba y embarcó a su país y al mundo en la aventura más ruinosa. Todo esto ocurre en<b> Hacia la estación de Finlandia</b> sin que Stalin adquiera todavía poder ni la revolución haya mostrado su cara más horrible: la liquidación de los disidentes, reales o inventados. En sus últimas páginas Lenin y Trotski son amigos, se respetan mutuamente, y este último acaba de publicar un ensayo vibrante:<b> 1905.</b></p><p>Trotski no tenía la convicción fanática de Lenin, ni estaba dispuesto a los más trágicos sacrificios para sacar adelante la revolución; era más culto y mejor escritor. Pero las revoluciones no las hacen los hombres de cultura sino los revolucionarios y Lenin lo fue en cuerpo y alma, con la ayuda de Krúpskaya, exigiendo a los militantes que no olvidaran un solo instante la idea de la revolución y estuvieran dispuestos a hacer por ella todos los sacrificios.</p><p>El libro da cuenta de las teorías encontradas, las rivalidades y enemistades, las vanidades en juego, las intrigas y pellejerías que regulaban la vida de esos grandes hombres, y, al mismo tiempo, cómo, trabajando por la justicia, se iban cuajando las futuras injusticias. Ese equilibrio difícil entre tipos humanos y conductores de masas Edmund Wilson lo resuelve de manera soberbia,  destacando, por ejemplo, en el caso de Marx, la miserable vida que él y su familia llevaron viviendo en dos cuartitos de Soho y la fantástica transformación social de la que aquél tenía la absoluta convicción de ser portaestandarte.</p><p>Hubo una antigua edición de<b> Hacia la estación de Finlandia </b>en español, que pasó casi desapercibida. Ahora, en una traducción perfeccionada, Debate la edita de nuevo. Preparémonos a recibir dignamente esta obra excepcional.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/LnQ5JU5PAINmdz9VfL0Jm_N8lvk=/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/corprensa/YQ7OIP6FTJDAFH3AVQTNLEIEYA.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[La idea socialista movilizó a millones de personas a lo largo de la historia, y produjo huelgas, asonadas y revoluciones, violencias y represiones indecibles.  iStock]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>La función de la crítica</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/la-funcion-de-la-critica/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/la-funcion-de-la-critica/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 02 Aug 2020 05:00:00 +0000</pubDate><description>Descubrí a Edmund Wilson el año 1966, cuando pasé de París a vivir en Londres. Las clases en Queen Mary College, primero, y luego en King’s College, no me tomaban mucho tiempo y podía pasar varias tardes por semana leyendo.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Descubrí a Edmund Wilson el año 1966, cuando pasé de París a vivir en Londres. Las clases en Queen Mary College, primero, y luego en King’s College, no me tomaban mucho tiempo y podía pasar varias tardes por semana leyendo en el bellísimo Reading Room de la British Library, entonces todavía dentro del Museo Británico. Había dos críticos que era indispensable leer  los domingos: Cyril Connolly, el autor de <b>Enemies of Promise </b>y <b>The Unquiet Grave</b>, cuya columna versaba a veces sobre literatura, pero más a menudo sobre pintura y política, y las críticas teatrales de Kenneth Tynan, una maravilla de gracia, ocurrencias, insolencias y cultura en general. </p><p>El caso de Tynan es muy apropiado para advertir la gazmoñería de la Gran Bretaña de entonces (en esos mismos años desapareció). Tynan era inmensamente popular hasta que se supo que era masoquista, y que, de acuerdo con una muchacha sádica, habían tomado un cuartito en el centro de Londres, donde una o dos veces por semana ella lo flagelaba (y aportaba también el árnica, me figuro). Que lo hicieran no importaba tanto; que se supiera, era otra cosa. Tynan desapareció de los periódicos después del éxito de<b> Oh! Calcutta!</b> (él decía que era una traducción inglesa del francés: Oh! Quel cul tu as!) y dejó de hablarse de él. Partió a los Estados Unidos, donde murió, olvidado de todos. Pero sus inolvidables críticas teatrales están todavía ahí, en espera de un editor audaz que las publique.</p><p>Edmund Wilson sigue siendo famoso y, espero, leído, porque fue el más grande crítico literario de antes y después de la Segunda Guerra Mundial, y no sólo en los Estados Unidos. Acabo de releer por tercera vez su To the Finland Station y he vuelto a quedar maravillado con la elegancia de su prosa y su enorme cultura e inteligencia en este libro que relata la idea socialista y las locuras y gestas que engendró, desde que Michelet en una cita a pie de página descubre a Vico y se pone a aprender italiano, hasta la llegada de Lenin a la estación de Finlandia, en San Petersburgo, para dirigir la Revolución rusa.</p><p>Hay dos tipos de crítica. Una universitaria, que está más cerca de la filología, y trata, entre otras cosas, del indispensable establecimiento de las obras originales tal como fueron escritas, y la crítica de diarios y revistas, sobre la producción editorial reciente, que pone orden y echa luces sobre ese bosque confuso y múltiple que es la oferta editorial, en la que los lectores andamos siempre un poco extraviados. Ambas están de capa caída en nuestro tiempo, y no por falta de críticos, sino de lectores, que ven mucha televisión y leen pocos libros, y andan por eso muy confusos, en esta época en que el entretenimiento está matando las ideas, y por lo tanto los libros, y descuellan tanto las películas, las series y las redes sociales, donde prevalecen las imágenes.</p><p>Edmund Wilson, que nació en 1895 y murió en 1972, estudió en Princeton, donde fue compañero y amigo de Scott Fitzgerald, pero se negó siempre a ser profesor universitario y hacer ese tipo de crítica erudita que sólo leen los colegas y a veces ni siquiera ellos. Lo suyo era el gran público, al que llegaba en sus extraordinarias crónicas semanales, primero en <b>The New Republic,</b> luego en <b>The New Yorker</b> y finalmente en <b>The New York Review of Books.</b> Después solía reunirlas en libros que nunca perdían actualidad. Y no se crea que escribía sólo sobre los modernos. Yo recuerdo como uno de sus mejores ensayos el largo estudio que dedicó a Dickens. Su prodigiosa capacidad para aprender idiomas, vivos y muertos, era tal que, se decía, cuando<b> The New Yorker l</b>e encargó escribir sobre los manuscritos del Mar Muerto, pidió unas semanas de permiso para aprender antes el hebreo clásico. Y yo recuerdo haber leído en las páginas del desaparecido<b> Evergreen </b>su polémica con Nabokov sobre la traducción que éste había hecho de <b>Eugenio Oneguin</b>, la novela en verso de Pushkin, que versaba sobre todo acerca de las entelequias y secretos de la lengua rusa.</p><p>¿Quién descubrió a la llamada “generación perdida” de grandes novelistas norteamericanos entre los que figuraban Dos Passos, Hemingway, el soberbio Faulkner y Scott Fitzgerald? Fue Edmund Wilson, que en sus artículos y ensayos fue promoviendo y descifrando los grandes hallazgos y las nuevas técnicas y maneras de narrar del genio literario norteamericano, sin dejar de mencionar que habían sido aquellos los que aprovecharon mejor que nadie las lecciones del <b>Ulysses</b> de Joyce.</p><p>Los grandes críticos han acompañado siempre a las grandes revoluciones literarias, y, por ejemplo, en América Latina, el llamado “boom” de la novela no hubiera existido sin críticos como los uruguayos Ángel Rama y Emir Rodríguez Monegal, el peruano José Miguel Oviedo y varios más. No es extraño, por eso, que en Francia Sainte-Beuve y en Rusia Visarión Belinski acompañaran el período más creativo y ambicioso de sus revoluciones literarias y les dieran un orden y unas jerarquías.  La función de la crítica no es sólo descubrir el talento individual de ciertos poetas, novelistas y dramaturgos; es, también, detectar las relaciones entre aquellas fabulaciones literarias y la realidad social y política que expresan transformándola, lo que hay en ellas de revelación y descubrimiento, y, por supuesto, de queja y de protesta. </p><p>Yo estoy convencido de que la buena literatura es siempre subversiva, como lo estaban los inquisidores y censores que prohibieron durante los tres siglos coloniales que se publicaran novelas en las colonias hispanoamericanas, con el pretexto de que esos libros disparatados –pensaban en las novelas de caballerías- podían hacer creer a los indios que esa era la vida, la realidad, y, por lo mismo, desconcertar y amolar la evangelización. Por supuesto que hubo mucho contrabando de novelas y debía ser formidable, en esos tiempos, leer esas novelas prohibidas. Pero si el contrabando permitió la lectura de novelas, la prohibición se aplicó estrictamente en lo relativo a su edición. Durante los tres siglos coloniales no se publicaron novelas en América Latina. La primera, <b>El periquillo sarniento</b>, salió en México sólo en 1816, luego de la independencia.  </p><p>Aquellos inquisidores y censores que creían que las novelas eran subversivas estaban en lo cierto, aunque no en prohibirlas. Ellas expresan siempre un descontento, la ilusión de una realidad diferente, por las buenas o las malas razones. El marqués de Sade, por ejemplo, detestaba el mundo tal como era en su tiempo porque no permitía a los pervertidos como él saciar sus gustos, y sus largos discursos, tan aburridos, lo que piden es una libertad irrestricta para la lujuria y la violencia contra el prójimo. Lo que las buenas novelas no aceptan, es la realidad tal cual es. Y en ese sentido son los permanentes motores del cambio social. Una sociedad de buenos lectores es, por eso, más difícil de manipular y engañar por los poderes de este mundo. Eso no está claro en las democracias, porque la libertad parece disminuir o anular el poder subversivo de las novelas; pero, cuando la libertad desaparece, las novelas se convierten en un arma de combate, una fuerza clandestina que va en contra del<i> statu quo, </i>socavándolo, de manera discreta y múltiple, pese a los sistemas de censura, muy estrictos, que tratan de impedirlo. La poesía y el teatro no siempre son vehículos de aquel secreto descontento que encuentra siempre una vía de escape en la novela, es decir, son más plegables a la adaptación al medio, al conformismo y la resignación. Todo eso deben señalarlo y explicarlo los buenos críticos, como hizo a lo largo de toda su vida Edmund Wilson.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/FNhSMSBZK2epLiPOsPESK1gWiHU=/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/corprensa/QFNPRJYVYFA7BJ2SMEGJAVWS5A.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Hay dos tipos de crítica: una universitaria, que está más cerca de la filología, y la crítica de diarios y revistas, sobre la producción editorial reciente.   iStock]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>El ejemplo uruguayo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-ejemplo-uruguayo/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-ejemplo-uruguayo/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 07 Jun 2020 03:56:21 +0000</pubDate><description>¿Por qué no se ha publicitado más la manera tan eficiente como Uruguay ha luchado contra el coronavirus? Es verdad que se trata de un pequeño país, de apenas 3 millones y medio de habitantes, aplastado por vecinos tan enormes como Brasil y Argentina.</description><content:encoded><![CDATA[<p>¿Por qué no se ha publicitado más la manera tan eficiente como Uruguay ha luchado contra el <a href="https://www.prensa.com/tema/coronavirus/" target="_blank">coronavirus?</a> Es verdad que se trata de un pequeño país, de apenas 3 millones y medio de habitantes, aplastado por vecinos tan enormes como Brasil y Argentina. Pero a estos gigantes les hubiera ido bastante mejor si, en vez de hacer lo que han hecho para detener (o incentivar, se diría más bien, en el caso brasileño) la pandemia, hubieran seguido el ejemplo uruguayo.</p><p><b>Luis Lacalle Pou</b>, el nuevo presidente de Uruguay, acababa de tomar el poder después de derrotar al izquierdista Frente Amplio, que había acumulado 15 años de gobierno, con equivocaciones notables en política económica, pero respetando la libertad de expresión y las elecciones libres. El martes 13 de marzo se conocieron los primeros cuatro casos confirmados de coronavirus en el país. Enfrentando las presiones de la oposición de izquierda e incluso la de su propia alianza de blancos y colorados, Lacalle Pou se resistió a imponer una cuarentena, como han hecho tantos países en el mundo. Apeló a la responsabilidad de los ciudadanos y declaró que nadie que quisiera salir a la calle o seguir trabajando sería impedido de hacerlo, multado o detenido, y que no habría subida de impuestos porque la empresa privada jugaría un papel central en la recuperación económica del país, luego de la catástrofe. Sólo se suspenderían las clases en los colegios y habría cierre de fronteras, de momento.</p><p>La vicepresidenta de Uruguay,<b> Beatriz Argimón,</b> declaró a la prensa: “Para nosotros la libertad del individuo es muy importante, el presidente nunca quiso tomar una medida que no tuviera en cuenta ese aspecto fundamental que es nuestra filosofía de vida”. El resultado de esta política, que no quiso aprovecharse del virus, como algunos gobiernos democráticos en Europa y en América Latina, para restringir las libertades y promover su agenda política sin las incomodidades de una oposición parlamentaria, no puede haber sido más positiva. Tengo frente a mí los resultados del último informe emitido en Montevideo, señalando que los fallecidos en Uruguay por obra de la plaga son 23 personas, los contagiados 826 y los recuperados 689. Difícil imaginar un balance menos trágico. Es cierto que Suecia, que siguió una política semejante a la del Uruguay, ha tenido muchos contagios y muertos que lamentar, sobre todo en residencias de ancianos, y, acaso la ciudadanía local actuara de manera menos prudente y responsable que los uruguayos. Suecia ha tenido superávit en su balance del año, de modo que los estragos económicos de la pandemia lo afectarán mucho menos que a países que, para combatirla, paralizaron su economía y deberán ahora enfrentar las consecuencias.</p><p>El gran problema que enfrenta Uruguay es su frontera con Brasil, una ciudad que ambos países comparten, y donde, con el caos brasileño que ha creado Bolsonaro, los contagios del coronavirus se multiplican. Lacalle Pou visitó dos veces la ciudad fronteriza de Rivera y, para saber si se ha contagiado del virus, ha guardado varios días de aislamiento.</p><p>Conozco a Luis Lacalle Pou, he coincidido con él en encuentros de liberales y demócratas, y no me extraña que haya sido esta excepción a la regla apenas asumiera el poder, luego de una campaña electoral formidable. Es un hombre joven, de principios, amante de la libertad y de las ideas del verdadero progreso, que, con su valiente actitud frente a esta plaga que se abate contra el mundo, puede ahorrar a Uruguay buena parte de la catástrofe económica que se cernirá sobre los países donde los gobiernos, aterrados con la pandemia y la impopularidad, se apresuraron a cerrar fábricas y tiendas e imponer un confinamiento severísimo, o a anunciar subidas de impuestos y nacionalizaciones, sin pensar que todo ello contribuiría a agravar la tragedia económica, una de las herencias de la plaga y, acaso, la más difícil de subsanar.</p><p>Recuerdo mucho mi primera visita a Uruguay, en 1966. Era una época de dictaduras militares a diestra y siniestra en América Latina. Una de las excepciones a esta tendencia era Uruguay y, otras, Chile y Costa Rica. Todo era civilizado y notable en este pequeño país de clase media, donde no se veían los gigantescos contrastes económicos y sociales que aparecían por doquier en América Latina. Todo me sorprendía: lo bien escritos que estaban sus periódicos y revistas, la excelencia de sus teatros, la magnífica librería-anticuario de Linardi y Risso, donde encontré primeras ediciones de Onetti y de Borges, y su pléyade de brillantes escritores y críticos –Juan Carlos Onetti, Rodríguez Monegal, Idea Vilariño, Ángel Rama, Mario Benedetti, Ida Vitale, Martínez Moreno, y muchos más- y un semanario, <b>Marcha,</b> que dedicaba la tercera parte de sus páginas a la cultura y jugaría luego un gran papel en toda América Latina. Levantaba la moral de un sudamericano llegar a ese país. Lo más admirable en él era su democracia, la más genuina de todo el continente.</p><p>¿Qué llevó a los jóvenes uruguayos a revolucionar aquel país ejemplar desatando la acción armada de los Tupamaros? El ejemplo cubano, por supuesto, el delirante sueño de bajar el paraíso a la tierra a punta de disparos. Las acciones armadas y el terrorismo de izquierda fueron aplastados y el Ejército –quién lo hubiera dicho de Uruguay- estableció una dictadura implacable en lo que hasta entonces parecía la excepción a las malas costumbres políticas latinoamericanas. Durante muchos años Uruguay no fue ni sombra de lo que había sido y hasta Onetti, probablemente el escritor más indiferente a la política y a la revolución en la historia de América Latina, fue a parar a la cárcel y se salvó (gracias a España) de pasar largos años en prisión. Al final, terminaría en Madrid; no quiso regresar a su país cuando cesó la dictadura y la democracia restablecida decidió condecorarlo.</p><p>Todo aquello ha quedado atrás y el paso por el poder del Frente Amplio, esa coalición de todas las izquierdas, ha servido por lo menos para dejar claro que es posible en América Latina un gobierno de izquierda sin que sucumba la libertad. Otros países latinoamericanos lo han demostrado también, con gobiernos de derecha que, a diferencia de las caricaturas que les inflige la izquierda, también respetan la ley, la crítica de la prensa y garantizan elecciones libres. Y, sobre todo, no roban, una propensión que comparten (allá y aquí) políticos de todas las ideologías.</p><p>Con Luis Lacalle Pou, Uruguay puede ir todavía más lejos, a pesar del coronavirus. Si hay alguien que puede dirigir una transformación profunda de su país, gracias a las ideas democráticas, es él, como ha mostrado en estos días difíciles en los que inició su gestión resistiendo las presiones para que siguiera el ejemplo de tantos gobiernos que creyeron combatir el flagelo de la pandemia con acuartelamientos obligatorios y cierres de oficinas y de fábricas, lo que siempre agrava la pobreza y no se diga si vienen acompañados de barbaridades como nacionalizaciones y subidas de impuestos. Sería formidable para América Latina que de la tierra de José Enrique Rodó, cuyas ideas fueron una religión para los jóvenes del siglo pasado en todo el continente, saliera, como en estos días, el ejemplo de una sociedad que, construida sobre el principio insoslayable de la libertad, asegure la justicia social apoyada en una economía de mercado que garantice un alto nivel de vida al conjunto de ciudadanos, premie a los que contribuyen más al progreso común, permita la libre competencia y promueva la cultura, en un ambiente de controversia civilizada. En momentos tan difíciles como los que vive el planeta, soñar no cuesta nada.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/wFdeczu4EqcbPI8RFoYnAMwm6e4=/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/corprensa/COWNZJXV6VG3RHV2S3QCBBHLQI.png"><media:description type="plain"><![CDATA[Luis Lacalle Pou.]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>Los espías filósofos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/los-espias-filosofos/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/los-espias-filosofos/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 17 May 2020 01:40:51 +0000</pubDate><description>Nadie se sorprendió, en aquel suburbio de Washington DC, cuando se vinieron a vivir en él los esposos Jennings, Philip y Elizabeth, que parecían la esencia misma de las parejas estadounidenses. Tenían dos hijos: Paige, la mayor, que ayudaba mucho al pastor bautista del barrio y se había dado en esa iglesia el chapuzón lustral, y Henry, el hijo menor, as de las matemáticas y del deporte, que se disputaban con becas los mejores colegios.  Los Jennings se ganaban la vida con una agencia de viajes y, casualmente, había llegado a vivir en el barrio su vecino, Stan Beeman, agente del FBI y especialista en contraespionaje, del que aquellos se hicieron muy amigos.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Nadie se sorprendió, en aquel suburbio de Washington DC, cuando se vinieron a vivir en él los esposos Jennings, Philip y Elizabeth, que parecían la esencia misma de las parejas estadounidenses. Tenían dos hijos: Paige, la mayor, que ayudaba mucho al pastor bautista del barrio y se había dado en esa iglesia el chapuzón lustral, y Henry, el hijo menor, as de las matemáticas y del deporte, que se disputaban con becas los mejores colegios. Los Jennings se ganaban la vida con una agencia de viajes y, casualmente, había llegado a vivir en el barrio su vecino, Stan Beeman, agente del FBI y especialista en contraespionaje, del que aquellos se hicieron muy amigos.</p><p>La serie que cuenta su historia se llama <b>The Americans</b>, fue concebida por Joe Weisberg, y, aunque como es usual en estas novelas de la pequeña pantalla, tiene distintos productores y directores, está muy por encima de las idioteces entretenidas que suelen ser las historias por entregas, y alcanza un nivel intelectual que parece haber contribuido a su escaso éxito cuando se emitió. Precisamente por eso me atrevo a recomendarla efusivamente a quienes, en estos días de confinamiento, se cansan de leer y quieren pasar el rato entretenidos con un buen espectáculo televisivo. </p><p>Contrariando las apariencias, los esposos Jennings no son norteamericanos sino rusos, y ni siquiera son esposos, aunque, a la larga, contraerán un matrimonio ruso-ortodoxo con un pope, en el mismo Washington DC. Han sido adoctrinados desde niños por la KGB soviética para ir a servir a tierras del enemigo principal de la URSS, los Estados Unidos. La verdad, lo han hecho muy bien en esos años que llevan en Washington DC, sin ser detectados por las agencias de espionaje norteamericanas, pasando información y asesinando a los enemigos (ciertos o inventados) del imperio soviético. Estamos en los años de Ronald Reagan, cuando el presidente, a través de la llamada “guerra de las galaxias” –que la crítica tildaba de disparate-, presionaba a la URSS para que, mostrando la ruina de su economía socializada, intentara competir con los Estados Unidos en aquella fantasía de cohetes espaciales que acabó de hundirla y precipitó la crisis más profunda de la que saldría Gorbachov y, más tarde, la desaparición del comunismo soviético.</p><p>Aquella crisis provocó trastornos inmensos en la propia URSS; un sector reaccionario quería liquidar a Gorbachov y a sus partidarios de la apertura y democratización del comunismo, haciendo concesiones que permitieran un acuerdo con Occidente de progresiva liquidación de las armas nucleares. La KGB parece haber pivotado hacia el extremo ultra, a juzgar por la división que aquella apertura produjo en la familia Jennings, donde el marido, Philip, harto de sentirse manipulado y cansado también de esa doble vida y de tanto asesinato, toma distancia con su secreta profesión, en tanto que Elizabeth la sigue ejerciendo con el mismo entusiasmo sangriento con que la comenzó. El propio Stan Beeman, que ha entablado una relación secreta con un espía ruso, parece confuso con lo que ocurre en la URSS en ese momento fronterizo.</p><p><b>The Americans</b> está muy bien llevada, narrando aquella doble vida de la pareja, y su amistad estrecha con el agente del FBI, hecha de excursiones al campo y pizza y hamburguesas compartidas, bien regadas por la aguada cerveza norteamericana, los domingos y días de fiesta. Los hijos de los Jennings, en especial, han tomado cariño a Stan, lo que parece recíproco, y pasan muchos ratos en la casa de aquel vecino. Los espías, por su parte, no son, para nada, aquellos vertederos de sangre en distintos grados de animalidad a que nos tiene acostumbrados el cine, sino seres inteligentes y casi intelectuales, pues se interesan por las proyecciones culturales, políticas y morales de su oficio, y leen periódicos –cada vez que aparece Elizabeth está hojeando el <b>Washington Post o The New York Times</b>- y sus conversaciones y soliloquios tienen siempre que ver con la proyección internacional de aquello que hacen. El espectador sigue de cerca, así, las dudas morales que despierta en Philip sobre todo –luego en ella, también- la arriesgada profesión que es la suya. Fueron educados en la creencia de que la Patria (con mayúsculas) debía defenderse de un enemigo que quería destruir a la URSS y al comunismo. Ahora, con lo que ocurre, dudan de que eso esté tan claro, y comienzan a preguntarse, él primero y ella después, si no es aquello una maniobra retórica para seguir ejerciendo un poder inusitado, por aquella camarilla que se llena la boca hablando del socialismo, de la sociedad sin clases y de una “verdadera” libertad que no existe por ninguna parte en la propia URSS. </p><p>Stan Beeman es un hombre decente y moral, a pesar del oficio que ejerce. Sabe que una sociedad democrática debe defenderse de sus enemigos y adversarios, y sabe también que el oficio que practica es poco compatible, o acaso del todo incompatible, con la legalidad, pues las agencias secretas y sus hazañas están constantemente en riña con ella. Él trata de ejercer su profesión dentro de los límites legales y morales, y por eso choca constantemente con sus jefes y colegas, y es probable que esto se agrave después de que se entera de que su flamante novia podría haber sido enviada por la KGB soviética para seducirlo. Él participa en la escena más dramática de toda la serie, cuando se enfrenta con la familia Jennings luego de descubrir que sus mejores amigos y vecinos son agentes soviéticos y, por lo tanto, sus enemigos mortales.</p><p>La existencia de estos espías conspira contra la idea misma de una sociedad regida por un sistema en el que todos los actos del Gobierno están sometidos a una crítica sistemática del Parlamento, la prensa y los partidos políticos. Aquellos no pueden funcionar a plena luz sino en la sombra y sus acciones, sean la información o la paralización y destrucción del enemigo –el engaño, la falsificación, la tortura y el asesinato son sus armas principales-, todas írritas a la legalidad y a un régimen de libertades públicas. Sin embargo, la realidad ha hecho que las agencias secretas vayan imponiendo su existencia en todos los países democráticos; en algunos de ellos, de regímenes más estrictos en el cumplimiento de la ley, el Estado trata de controlar esas actividades clandestinas y castiga a quienes se exceden en sus acciones, transgrediendo las leyes. Pero, de este modo, sólo consiguen reducir la eficiencia y a veces anularla de sus agencias secretas. ¿Cuál es la solución? En <b>The Americans</b>, claramente no la hay; a lo más, un régimen puede tratar de conducir sus labores de contraespionaje por una ruta más o menos legal, siempre y cuando de este modo pueda controlar o derrotar a las agencias secretas de sus adversarios. Si son éstas las que prevalecen, aquellos pruritos de legalidad saltan por los aires y los espías tienen cancha libre para actuar, valiéndose de todos los recursos, legales o ilegales. Esto conspira contra la democracia y puede corromperla hasta acabar con ella, convirtiéndola en una mera fachada. O en un tema de película.</p><p>Quisiera concluir celebrando la extraordinaria libertad de que disponen los autores y cineastas norteamericanos para escribir sus libros o hacer sus películas. Es verdad que en <b>The Americans</b> los “malos” son sobre todo los agentes soviéticos. Pero se diría que las relativas maldades del FBI no se deben tanto a razones de principio, sino a la existencia, entre sus agentes, de un funcionario esencialmente puro e íntegro, como Stan Beeman. Es decir, a una razón muy frágil y pasajera.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/uBkikzzRapB2btNp1K76RkrJ7Ds=/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/corprensa/UAVRYWUQY5C3JIB6IG35UECY6M.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[‘The Americans’ se emitió entre 2013 y 2018 con seis temporadas y 75 episodios.   Cortesía ]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>¿Confinados en una sociedad democrática?</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/confinados-en-una-sociedad-democratica/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/confinados-en-una-sociedad-democratica/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 03 May 2020 02:37:10 +0000</pubDate><description>Probablemente la palabra más utilizada por la prensa y la gente en general en el mundo de la lengua española, en estas últimas seis semanas, después de “coronavirus” por supuesto, haya sido “confinamiento” y todos los vocablos asociados a ella, como “confinado”, “confinada” y “desconfinamiento”, más varios etcéteras. </description><content:encoded><![CDATA[<p>Probablemente la palabra más utilizada por la prensa y la gente en general en el mundo de la lengua española, en estas últimas seis semanas, después de “coronavirus” por supuesto, haya sido “confinamiento” y todos los vocablos asociados a ella, como “confinado”, “confinada” y “desconfinamiento”, más varios etcéteras. </p><p>Pero sólo el periodista Ramón Pérez-Maura en un artículo publicado en ABC el 9 de abril con el título “En España no hay nadie confinado” parece haber advertido una grave equivocación en este uso indebido de aquella palabra, aplicada a la reclusión que vive la población de España, por culpa de la pandemia que asola al país, así como sigue devastando a buena parte del mundo. En su texto advirtió, consultando el<b> Diccionario de la Lengua</b>, que el verbo “confinar” y su acción y efecto, el “confinamiento”, es una “pena por la que se obliga al condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto de su domicilio”. </p><p>Así es, en efecto, según el<b> Diccionario de la Lengua</b>. Pero, en todo caso, hay en la definición de este vocablo una alusión a la “libertad” que, en cierta forma la desnaturaliza. La verdad es que en España, pero, sobre todo, en América Latina, han sido las dictaduras y no las democracias las que han utilizado el confinamiento para acallar las voces de sus críticos, silenciarlos por largos años y, en ciertos casos, hasta liquidarlos. Es la razón por la que ronda a las palabras “confinado” y “confinamiento” una sombra un tanto siniestra y deletérea, que, naturalmente, en el caso de la reclusión obligada que vivimos en España en las actuales circunstancias, no tiene razón de ser.</p><p>No hay duda alguna de que la frase: “Don Miguel de Unamuno estuvo confinado por la Dictadura de Primo de Rivera en la isla de Fuerteventura en el Atlántico, desde febrero de 1924 hasta el 9 de julio de ese mismo año, cuando fue indultado” es rigurosamente exacta, pues corresponde a la verdad histórica. Era un adversario del régimen y éste, manu militari, lo confinó en aquel alejado lugar para tenerlo enmudecido. Fue el caso de muchas dictaduras latinoamericanas, que mediante la reclusión forzada en algún lugar remoto –un desierto, la selva, una isla, una aldea de los Andes- apartaban y silenciaban a adversarios incómodos y, en ciertos casos, aprovechaban también aquella lejanía para librarse de ellos. El lugar preferido de los dictadores peruanos para confinar a sus críticos era la isla del Frontón, frente a Lima, de siniestra trayectoria pues allí perecieron a lo largo de la historia peruana muchos opositores y críticos, donde eran torturados e incluso asesinados, por nuestros dictadores.</p><p>Ahora bien, es obvio que la definición que hace el diccionario de este vocablo y que corresponde muy justamente a la vieja acepción de “confinamiento” no conviene para nada a la situación que ha vivido España desde que el Gobierno de Pedro Sánchez, al igual que muchos otros Gobiernos democráticos en el mundo entero, procedió a establecer para el conjunto de la población un confinamiento obligatorio. Lo hizo explicando la razón de ser de la medida y sometiéndola a las Cortes, es decir al Parlamento, donde fue aprobada por amplia mayoría, primero por el plazo de dos semanas, y luego renovada varias veces, añadamos que con los votos a veces renuentes pero explícitos de los partidos de la oposición. Es decir, en este caso se guardaron todas las formas legales, se procedió democráticamente, y no hay razón alguna para que esta reclusión se estime idéntica a la que define el diccionario. Por el contrario, en cierta forma es más bien su antípoda.</p><p>¿Cuál es la solución a esta contradicción? No tiene sentido iniciar una campaña para desterrar el último significado que ha adquirido esta palabra gracias al coronavirus, por la sencilla razón de que estaría condenada a fracasar estrepitosamente. Cuando una palabra es adoptada por una vasta multitud de hablantes para expresar una realidad novedosa, por más eficiente y elocuente que sea aquella campaña, fracasará sin remedio. El contenido de los vocablos no es decidido por los filólogos y las academias sino por el pueblo que se vale de ellas para entenderse y expresarse, por la gente, esa gigantesca sociedad que es la que mantiene vivos y operativos a los idiomas o los deja morir. Ante esa realidad, el Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española ha propuesto añadir otra definición además de la original, que figura en el <b>Diccionario</b> desde el año 1843, aunque ya el <b>Diccionario de Autoridades</b> había incluido desde 1734 al verbo “confinar” en el sentido de “Desterrar a alguien, señalándole una residencia obligatoria”, es decir, en una acepción muy próxima a la que adoptaría posteriormente el <b>Diccionario</b>.</p><p>El Instituto de Lexicografía de la Real Academia de la Lengua propone estas dos posibles definiciones del vocablo “confinar”: “Aislamiento temporal impuesto a una población por razones de salud o seguridad”. O esta otra: “Aislamiento forzoso a que se somete a una población para evitar la propagación de una enfermedad epidémica”. Ambas son bastante justas, pero yo prefiero la primera a la segunda, porque establece el carácter temporal de la medida, que, creo, es indispensable para que aquella situación se entienda como algo pasajero o transeúnte, debido a excepcionales circunstancias como puede ser una pandemia, una acción terrorista de gran envergadura, una cadena de incendios o una guerra. También sería conveniente, creo, que esta definición señalara de algún modo el carácter legal y legítimo en que ella se sustenta, de modo que quede excluida la arbitrariedad con que solía aplicarse en el pasado. Es importante establecer una clara diferencia entre el “confinamiento” como pena o castigo infligido por una dictadura a un opositor y una medida democrática, aprobada de acuerdo a ley, que se propone proteger a una población civil amenazada por una súbita catástrofe que podría acarrearle muchas más desgracias sin esa merma momentánea de su libertad de desplazamiento.</p><p>Una reflexión final sobre este asunto, que trae provechosas enseñanzas sobre un tema que nunca ha quedado del todo claro para muchas personas. No son las academias ni los filólogos los que crean las palabras que utiliza la gente para comunicarse y entenderse; son los hablantes, cultos e incultos, provincianos o capitalinos, rurales o citadinos, los que tienen esa facultad extraordinaria de ir renovando el lenguaje que les sirve para entenderse, y también, por supuesto, quienes escriben en él, periodistas, escritores, políticos, comerciantes, obreros, banqueros y la infinita maraña de quienes lo utilizan y a su vez lo sirven, manteniéndolo vivo, en constante renovación. </p><p>Las academias y los filólogos y los diccionarios sólo sirven para poner un cierto orden en lo que, sin ellos, podría disolverse en la confusión selvática, en el caos. Pero es importante tener siempre en la mente que la fuerza y la creatividad de un idioma está en esa base popular y múltiple que se vale de él para entenderse y que es quien da sentido y razón de ser a las palabras, destinando a las que ya no le sirven al olvido, y dando a otras, que crea o adopta o configura de distinta manera como en este caso, en función estricta de la realidad vivida, que es, en última instancia, la que confiere solvencia y vitalidad y trastorna a las palabras o las sepulta en el olvido y las entierra.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/ZMmh2_nb1c1DAEjWD7Ka6cOmsII=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/7E6YY4EFRJDYTAPLRR73CMTW2I.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[El uso de mascarillas es uno de los principales rasgos de la pandemia.  AFP ]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[AFP]]></media:credit></media:content></item><item><title>En favor de Pérez Galdós</title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/en-favor-de-perez-galdos/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/en-favor-de-perez-galdos/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 19 Apr 2020 03:05:06 +0000</pubDate><description>Tengo a Javier Cercas por uno de los mejores escritores de nuestra lengua y creo que, cuando el olvido nos haya enterrado a sus contemporáneos, por lo menos tres de sus obras maestras, Soldados de Salamina, Anatomía de un instante y El impostor.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Tengo a Javier Cercas por uno de los mejores escritores de nuestra lengua y creo que, cuando el olvido nos haya enterrado a sus contemporáneos, por lo menos tres de sus obras maestras, S<b>oldados de Salamina</b>, <b>Anatomía de un instante </b>y<b> El impostor,</b> tendrán todavía lectores que se volcarán hacia esos libros para saber cómo era nuestro presente, tan confuso. Es también un valiente. Quiere su tierra catalana, vive en ella y, cuando escribe artículos políticos criticando la demagogia independentista, es convincente e inobjetable.</p><p>En la muy civilizada polémica que tuvo sobre Benito Pérez Galdós hace algún tiempo con Antonio Muñoz Molina, Cercas dijo que la prosa del autor de <b>Fortunata y Jacinta </b>no le gustaba. “Entre gustos y colores, no han escrito los autores”, decía mi abuelo Pedro. Todo el mundo tiene derecho a sus opiniones, desde luego, y también los escritores; que dijera aquello en el centenario de la muerte de Pérez Galdós, cuando toda España lo recuerda y lo celebra, tenía algo de provocación. A mí no me gusta Marcel Proust, por ejemplo, y por muchos años lo oculté. Ahora ya no. Confieso que lo he leído a remolones; me costó trabajo terminar<b> En busca del tiempo perdido</b>, obra interminable, y lo hice a duras penas, disgustado con sus larguísimas frases, la frivolidad de su autor, su mundo pequeñito y egoísta, y, sobre todo, sus paredes de corcho, construidas para no distraerse oyendo los ruidos del mundo (que a mí me gustan tanto). Me temo que si yo hubiera sido lector de Gallimard cuando Proust presentó su manuscrito, tal vez hubiera desaconsejado su publicación, como hizo André Gide (se arrepintió el resto de su vida de este error). Todo esto para decir que, en aquella polémica, estuve al lado de Muñoz Molina y en oposición a mi amigo Javier Cercas.</p><p>Creo injusto decir que Benito Pérez Galdós fuera un mal escritor. No sería un genio –hay muy pocos- pero fue el mejor escritor español del siglo XIX, y, probablemente, el primer escritor profesional que tuvo nuestra lengua. En aquellos tiempos en España o América Latina era imposible que un escritor viviera de sus derechos de autor, pero Pérez Galdós tuvo la suerte de tener una familia próspera, que lo admiraba y que lo mantuvo, garantizándole el ejercicio de su vocación y, sobre todo, la independencia, que le permitía escribir con libertad.</p><p>Había nacido en Las Palmas de Gran Canaria, el 10 de mayo de 1843, hijo del teniente coronel Sebastián Pérez, jefe militar de la isla, que, además, tenía tierras y varios negocios a los que dedicaba buena parte de su tiempo. Tuvo 10 hermanos y la madre, doña María de los Dolores de Galdós, de mucho carácter, llevaba los pantalones de la casa. Ella decidió que Benito, quien, al parecer, enamoraba a una prima que a ella no le gustaba, se viniera a Madrid cuando tenía 19 años a estudiar Derecho. Benito le obedeció, se matriculó en la Complutense pero se desencantó muy rápido de las leyes. Lo atrajeron más el periodismo y la bohemia madrileña -la vida de los cafés donde se reunían pintores, escribidores, periodistas y políticos- y se orientó más bien hacia la literatura. Lo hizo con un amor a Madrid que no ha tenido ningún otro escritor, ni antes ni después que él. Fue el más fiel y el mejor conocedor de sus calles, comercios y pensiones, sus tipos humanos, costumbres y oficios, y, por supuesto, de su historia.</p><p>Hay fotos que muestran la gran concentración de madrileños el día de su entierro, el 5 de enero de 1920, que acompañaron sus restos hasta el cementerio de la Almudena; al menos 30 mil personas acudieron a rendirle ese póstumo homenaje. Aunque todos aquellos que siguieron su carroza funeraria no lo hubieran leído, había adquirido enorme popularidad. ¿A qué se debía? A los <b>Episodios nacionales.</b> Él hizo lo que Balzac, Zola y Dickens, por los que sintió siempre admiración, hicieron en sus respectivas naciones: contar en novelas la historia y la realidad social de su país, y, aunque sin duda no superó ni al francés ni al inglés (pero sí a Émile Zola), con sus<b> Episodios </b>estuvo en la línea de aquellos, convirtiendo en materia literaria el pasado vivido, poniendo al alcance del gran público una versión amena, animada, bien escrita, con personajes vivos y documentación solvente, de un siglo decisivo de la historia española: la invasión francesa, las luchas por la independencia contra los ejércitos de Napoleón, la reacción absolutista de Fernando VII, las guerras carlistas.</p><p>Su mérito no es haberlo hecho sino cómo lo hizo: con objetividad y un espíritu comprensivo y generoso, sin parti pris ideológico, tratando de distinguir lo tolerable y lo intolerable, el fanatismo y el idealismo, la generosidad y la mezquindad en el seno mismo de los adversarios. Eso es lo que más llama la atención leyendo los Episodios: un escritor que se esfuerza por ser imparcial. Nada hay más lejos del español recalcitrante y apodíctico de las caricaturas que Benito Pérez Galdós. Era un hombre civil y liberal, que, incluso, en ciertas épocas se sintió republicano, pero, antes que político, fue un hombre decente y sereno; al narrar un período neurálgico de la historia de España, se esforzó por hacerlo con imparcialidad, diferenciando el bien del mal y procurando establecer que había brotes de los dos en ambos adversarios. Esa limpieza moral da a los <b>Episodios nacionales</b> su aire justiciero y por eso sentimos sus lectores, desde Trafalgar hasta Cánovas, gran cercanía con su autor.</p><p>Escribía así porque era un hombre de buena entraña o, como decimos en el Perú, muy buena gente. No siempre lo son los escritores; algunos pecan de lo contrario, sin dejar de ser magníficos escribidores. El talento de Pérez Galdós estaba enriquecido por un espíritu de equidad que lo hacía irremediablemente amable y creíble.</p><p>Se advierte también en su vida privada. Permaneció soltero y sus biógrafos han detectado que tuvo tres amantes duraderas y, al parecer, muchas otras transeúntes. A la primera, Lorenza Cobián González, una asturiana humilde, madre de su hija María (a la que reconoció y dejó como heredera), que era analfabeta, le enseñó a escribir y leer. Sus amoríos con doña Emilia Pardo Bazán, mujer ardiente salvo cuando escribía novelas, son bastante inflamados. “Te aplastaré”, le dice ella en una de sus cartas. No hay que tomarlo como licencia poética; doña Emilia, escritora púdica, era, por lo visto, un diablillo lujurioso. La tercera fue una aprendiz de actriz, bastante más joven que él: Concepción Morell Nicolau. Pérez Galdós apoyó su carrera teatral y el rompimiento, en el que intervinieron amigos, fue discreto.</p><p>Su gran defecto como escritor fue ser preflaubertiano: no haber entendido que el primer personaje que inventa un novelista es el narrador de sus historias, que éste es siempre –personaje o narrador omnisciente- una invención. Por eso sus narradores suelen ser personajes “omniscientes”, que, como Gabriel Araceli y Salvador Monsalud, tienen un conocimiento imposible de los pensamientos y sentimientos de los otros personajes, algo que conspira contra el “realismo” de la historia. Pérez Galdós disimulaba esto atribuyendo aquel conocimiento a los “historiadores” y testigos, algo que introducía una sombra de irrealidad en sus historias; pasaban, a la larga, desapercibidos, pero, sus lectores más avezados debían de adaptar su conciencia a aquellos deslices, después de que Flaubert, en las cartas que escribió a Louise Colet mientras hacía y rehacía Madame Bovary, dejara claro esta revolucionaria concepción del narrador como personaje central, aunque a menudo invisible, de toda narración.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/3zJQk-eDW49RnJD9CkAJn2LkUHo=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/T2L7O6OUEZA5VL32UZ6ZRXSI4A.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Benito Pérez Galdós (1843-1920).  Tomada de Wikipedia]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>El hermano Justiniano </title><link>https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-hermano-justiniano/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/vivir/el-hermano-justiniano/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 05 Apr 2020 05:00:00 +0000</pubDate><description>Recuerdo con exactitud las diez cuadras que había entre la casa de los Llosa, en la calle de Ladislao Cabrera, y el colegio de La Salle. Yo tenía cinco años y, sin duda, estaba muy nervioso. Ese día, mi primer día de colegio, las recorrí con mi madre que, incluso, me acompañó hasta el aula y me dejó en manos del Hermano Justiniano. </description><content:encoded><![CDATA[<p>Recuerdo con exactitud las diez cuadras que había entre la casa de los Llosa, en la calle de Ladislao Cabrera, y el colegio de La Salle. Yo tenía cinco años y, sin duda, estaba muy nervioso. Ese día, mi primer día de colegio, las recorrí con mi madre que, incluso, me acompañó hasta el aula y me dejó en manos del Hermano Justiniano. </p><p>Este me presentó a quienes serían mis amigos cochabambinos desde entonces: Artero, Román, Gumucio, Ballivián. Al más querido de ellos, Mario Zapata, el hijo del fotógrafo que había documentado todas las bodas y primeras comuniones de la ciudad, lo matarían de una puñalada, años después, en una picantería de Cala-Cala. Como era el niño más pacífico del mundo, siempre he pensado que su horrible muerte fue por defender el honor de una muchacha. </p><p></p><p>El Hermano Justiniano era un ángel caído en la tierra. Tenía los cabellos blancos y unos ojos dulces y entrañables. Nos tomaba de la mano y con él cantábamos y bailábamos rondas repitiendo el abecedario y las conjugaciones y así, jugando, a los seis meses sabíamos leer. El cartero depositaba cada semana cuatro revistas en la casa, tres argentinas y una chilena: <b>Leoplán</b>, para el abuelo Pedro,<b> Para ti,</b> que leían la abuelita Carmen, la Mamaé, mi mamá y la tía Lala, y, para mí, <b>Billiken y El Peneca</b>. Esperaba esas revistas como maná del cielo y las leía de principio a fin, incluidos los avisos.</p><p>Mi mamá tenía un profesor de guitarra y era una lectora empedernida. Me prestó <b>El árabe y El hijo del árabe</b>, pero me tenía prohibido que leyera <b>Veinte poemas de amor y una canción desesperada</b>, de Pablo Neruda, un libro azul de letras amarillas que escondía en su velador y releía en las noches: entre bostezos, yo la oía. Por supuesto que lo leí, a escondidas, y allí había unos versos que, yo estaba seguro, (“Mi cuerpo de labriego salvaje te socava / y hace saltar el hijo del fondo de la tierra”) eran pecado mortal.</p><p>Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida y, por eso, siempre recuerdo con gratitud al Hermano Justiniano y las rondas entre las carpetas cantando y bailando mientras memorizábamos las conjugaciones. Debido a la lectura, ese mundo pequeñito de Cochabamba se volvió el universo. Gracias a los signos que convertía en palabras y en ideas, viajaba por el planeta y podía, incluso, retroceder en el tiempo y convertirme en mosquetero, cruzado, explorador, o viajar por el espacio hacia el futuro en naves silenciosas. </p><p>Mi mamá dice que la primera manifestación de lo que, con los años, sería una vocación literaria, fue que, cuando los finales de los cuentos y novelas que leía no me gustaban, con mi letra torpe de entonces los cambiaba. Yo no lo recuerdo pero sí las horas que me pasaba leyendo cada día, después de volver de La Salle y tomar mi vaso de leche fría con canela, mi alimento preferido. El abuelito Pedro se burlaba de mí: “Para el poeta la comida es prosa”. Pero yo no escribía versos todavía en Cochabamba; eso vendría luego, en Piura.</p><p>Ahora que, por culpa del coronavirus y el aislamiento forzoso a que estamos sometidos los madrileños, leo desde el amanecer hasta el anochecer, diez horas diarias en un estado de felicidad absoluta (morigerada por el miedo a la plaga), aquellos días cochabambinos vuelven a mi memoria con los fantasmas borrosos de las primeras lecturas que me devuelve el subconsciente: la orgullosa Diana Mayo caía rendida en brazos de su secuestrador Ahmed ben Hassan en los desiertos de Argelia; el espadachín que nació en una celda y, como los gatos, veía en la oscuridad; el Judío Errante y su peregrinación incesante por el mundo.</p><p>Los niños de entonces –por lo menos en Cochabamba- no leíamos tiras cómicas sino libros, y, sin duda por eso jamás contraje la adicción al Pato Donald o al Ratón Mickey ni a Popeye, el marinero musculoso. Pero sí a Tarzán y a Jane, con los que volé, de árbol en árbol, por las selvas del África. </p><p>En la biblioteca con telarañas de la Universidad de San Marcos leí mi primera obra maestra: el <b>Tirant lo Blanc</b>, en la edición de Martín de Riquer de 1948. Antes todavía, cuando cadete del Leoncio Prado, devoré la serie de los mosqueteros de Alejandro Dumas, y soñaba con d’Artagnan todas las noches.</p><p>Nada me ha dado tanto placer y felicidad como los buenos libros; nada me ha ayudado tanto como ellos a sortear los momentos difíciles. Sin la literatura me habría suicidado en ese periodo atroz en que supe que mi padre estaba vivo, cuando me llevó a vivir con él y me hizo descubrir la soledad y el miedo.</p><p>William Faulkner me cambió la vida en plena adolescencia; lo leí con lápiz y papel para identificar sus cambios de narrador, los saltos temporales, los remolinos de esa prosa que mezclaba personajes, tiempos y lugares y aparecía, de pronto, en la novela un reordenamiento de la historia todavía mejor que el cronológico.</p><p>Para leer a Sartre, Camus, Merleau Ponty, Simone de Beauvoir y demás colaboradores de <b>Les Temps Modernes</b>, aprendí francés, e inglés para entender a Hemingway, a Dos Passos, a Orwell y a Virginia Woolf, y descifrar el <b>Ulises</b> de Joyce (lo conseguí a la tercera vez). </p><p>En uña cabañita de Perros-Guirec, en Bretaña, en el verano de 1962 leí el tomo de <b>La Pléiade</b> dedicado a Tolstoi y desde entonces <b>Guerra y paz </b>me parece la cumbre de la novelística, con el <b>Quijote </b>y <b>Moby Dick</b>. Entre las del siglo XX, nadie ha superado a mi juicio <b>La condición humana</b>, de Malraux, con excepción de<b> La montaña mágica</b> de Thomas Mann. </p><p>En París, el primer día que llegué, en agosto de 1959, descubrí a Flaubert y me pasé toda la noche, en el Wetter Hotel, leyendo <b>Madame Bovary</b>. Fue para mí el más fructífero de los descubrimientos: gracias a Flaubert supe el escritor que quería ser y el que no quería ser.</p><p>Las buenas lecturas no sólo producen felicidad; enseñan a hablar bien, a pensar con audacia, a fantasear, y crean ciudadanos críticos, recelosos de las mentiras oficiales de ese arte supremo del mentir que es la política. La vida que no vivimos podemos soñarla, leer los buenos libros es otra manera de vivir, más libre, más bella, más auténtica. </p><p>Esa vida alternativa tiene, además, la suerte de estar fuera del alcance de las plagas demoníacas que aterraron siempre a los seres humanos porque en ellas veían a los diablos, que, a diferencia de los enemigos de carne y hueso, eran difíciles de derrotar.</p><p>Un buen lector es el ciudadano ideal de una sociedad democrática: nunca se conforma con aquello que tiene, siempre aspira a más o a cosas distintas de las que le ofrecen. Sin esos inconformes sería imposible el progreso verdadero, el que, además de enriquecer la vida material, aumenta la libertad y el abanico de elecciones para ajustar la vida propia a nuestros sueños, deseos e ilusiones. </p><p>Karl Popper tenía razón: nunca hemos estado mejor que ahora (en los países libres, se entiende).</p><p>El coronavirus ha resucitado la barbarie en lo que creíamos la civilización y la modernidad. Hemos visto en Madrid cosas horribles, como en las residencias: ancianos abandonados al parecer por cuidadores que no tenían mascarillas ni remedios ni ayuda alguna. Los muertos conviviendo con los vivos, durmiendo en las mismas camas. El horror siempre supera al horror, no importa el tiempo histórico. Aun así, con toda la ruina económica y social que traerá al país esta plaga inesperada, si, luego de sobrevivir a ella, hay en España un millón más de españoles, o por lo menos 100 mil, ganados a la buena lectura gracias a la cuarentena forzada, los demonios de la peste habrán hecho un buen trabajo.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/9sc4v9xDqhKb4uqUvgysu-loF70=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/FJME4E5D6NGOTDELID7HE6EBDI.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[  iStock]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>¿Regreso al Medioevo?</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/regreso-al-medioevo/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/regreso-al-medioevo/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 15 Mar 2020 05:00:00 +0000</pubDate><description>El coronavirus comienza a hacer estragos en España. O, mejor dicho, el espanto que causa ese virus proveniente de China ocupa todos los noticiarios y radios y periódicos, se cierran colegios y universidades, bibliotecas y teatros, se paralizan las Fallas de Valencia, se cancelan los plenos de las Cortes, los eventos deportivos se celebrarán sin público, pese a que los distribuidores dicen que habrá provisiones se ven semivacías las estanterías de los supermercados, lo que indica que la gente se carga de productos de primera necesidad para lo que entiende será un largo encierro, y, por supuesto, en las conversaciones privadas no se habla de otra cosa.</description><content:encoded><![CDATA[<p>El coronavirus comienza a hacer estragos en España. O, mejor dicho, el espanto que causa ese virus proveniente de China ocupa todos los noticiarios y radios y periódicos, se cierran colegios y universidades, bibliotecas y teatros, se paralizan las Fallas de Valencia, se cancelan los plenos de las Cortes, los eventos deportivos se celebrarán sin público, pese a que los distribuidores dicen que habrá provisiones se ven semivacías las estanterías de los supermercados, lo que indica que la gente se carga de productos de primera necesidad para lo que entiende será un largo encierro, y, por supuesto, en las conversaciones privadas no se habla de otra cosa.</p><p>Todo esto, en términos prácticos, es muy exagerado, pero no hay nada que hacer: España tiene miedo y los gobiernos, el nacional y las autonomías, salen al frente de la pavorosa enfermedad con medidas cada vez más estrictas que, de una manera general, los españoles aprueban e, incluso, exigen que sean más extensas e intensas. Es por gusto que las estadísticas oficiales digan que, hasta el 11 de marzo, hay apenas 47 muertes por culpa de la pandemia y que, por ejemplo, la simple gripe es más asesina que ella, pues causa por lo menos seiscientas muertes anuales, y que son muchos más los que se recuperan del coronavirus que los que perecen por culpa de él, que España tiene uno de los sistemas de salud mejores en el mundo –por encima de la media europea- y que el trabajo que vienen realizando los médicos y sanitarios en todo el país es eficiente y está a la altura del desafío, etcétera. </p><p>Jamás las estadísticas han sido capaces de tranquilizar a una sociedad roída por el pánico y ésta es una buena ocasión de comprobarlo. En medio de la civilización ha reaparecido la Edad Media, lo que significa que muchas cosas han cambiado desde entonces, pero muchas otras no. Por ejemplo: el miedo a la peste. Y, a propósito, la literatura tiene un renacer inevitable en esos períodos de miedo colectivo: cuando no entiende lo que pasa, una sociedad va a los libros a ver si ellos se lo explican. La peor novela de Albert Camus, La Peste, tiene un súbito renacimiento y tanto en Francia como en España se hacen reediciones y ese libro mediocre se ha convertido en un best seller. </p><p> Nadie parece advertir que nada de esto podría estar ocurriendo en el mundo si China Popular fuera un país libre y democrático y no la dictadura que es. Por lo menos un médico prestigioso, y acaso fueran varios, detectó este virus con mucha anticipación y, en vez de tomar las medidas correspondientes, el gobierno intentó ocultar la noticia, y silenció esa voz o esas voces sensatas y trató de impedir que la noticia se difundiera, como hacen todas las dictaduras. Así, como en Chernóbil, se perdió mucho tiempo en encontrar una vacuna. Sólo se reconoció la aparición de la plaga cuando ésta ya se expandía. Es bueno que ocurra esto ahora y el mundo se entere de que el verdadero progreso está lisiado siempre que no vaya acompañado de la libertad. ¿Lo entenderán de una vez esos insensatos que creen que el ejemplo de China, es decir, el mercado libre con una dictadura política, es un buen modelo para el tercer mundo? No hay tal cosa: lo ocurrido con el coronavirus debería abrir los ojos de los ciegos. </p><p>La peste ha sido a lo largo de la historia una de las peores pesadillas de la humanidad. Sobre todo en la Edad Media. Era lo que desesperaba y enloquecía a nuestros viejos ancestros. Encerrados detrás de las recias murallas que habían erigido para sus ciudades, defendidos por fosos llenos de aguas envenenadas y puentes levadizos, no temían tanto a esos enemigos tangibles contra los que podían defenderse de igual a igual, enfrentarlos con espadas, cuchillos y lanzas. Pero la peste no era humana, era obra de los demonios, un castigo de Dios que caía sobre la masa ciudadana y golpeaba por igual a pecadores e inocentes, contra la que no había nada que hacer, salvo rezar y arrepentirse de los pecados cometidos. La muerte estaba allí, todopoderosa, y después de ella las llamas eternas del infierno. La irracionalidad estallaba por doquier y había ciudades que trataban de aplacar a la plaga infernal ofreciéndole sacrificios humanos, de brujas, brujos, incrédulos, pecadores sin arrepentir, insumisos y rebeldes. Cuando Flaubert viajó a Egipto, todavía vio leprosos que recorrían las calles tocando campanas para advertir a la gente que se apartara si no quería ver (y contagiarse) de sus llagas purulentas. </p><p>Por eso casi no aparece la peste en las novelas de caballerías que son otro aspecto, más positivo, del Medioevo: en ellas hay proezas físicas extraordinarias, el Tirant lo Blanc derrota él solo a gigantescos ejércitos. Pero los adversarios de los caballeros andantes son seres humanos, no diablos, y lo que el hombre medieval teme son los diablos, esos demonios que escondidos en el corazón de las epidemias golpean y matan sin discriminar a culpables e inocentes. </p><p>Ese viejo terror no ha desaparecido del todo, pese a los extraordinarios progresos de la civilización. Todo el mundo sabe que, como ocurrió con el sida o con el ébola, el coronavirus será una pandemia pasajera, que los científicos de los países más avanzados encontrarán pronto una vacuna para defendernos contra ella y que todo esto terminará y será, dentro de algún tiempo, una noticia mustia que apenas recordarán las gentes. </p><p>Lo que no pasará es el miedo a la muerte, al más allá, que es lo que anida en el corazón de estos terrores colectivos que son el temor a las pestes. La religión aplaca ese miedo pero nunca lo extingue, siempre queda, en el fondo de los creyentes, ese malestar que se agiganta a veces y se convierte en miedo pánico, de qué habrá una vez que se cruce aquel umbral que separa la vida de lo que hay más allá de ella: ¿la extinción total y para siempre?, ¿esa fabulosa división entre el cielo para los buenos y el infierno para los malvados de un dios juguetón que pronostican las religiones?, ¿alguna otra forma de supervivencia que no han sido capaces de advertir los sabios, los filósofos, los teólogos, los científicos? La peste saca de pronto a estas preguntas, que en la vida cotidiana normal están confinadas en las profundidades de la personalidad humana, al momento presente, y hombres y mujeres deben responder a ellas, asumiendo su condición de seres pasajeros. Para todos nosotros es difícil aceptar que todo lo hermoso que tiene la vida, la aventura permanente que ella es o podría ser, es obra exclusiva de la muerte, de saber que en algún momento esta vida tendrá punto final. Que si la muerte no existiera la vida sería infinitamente aburrida, sin aventura ni misterio, una repetición cacofónica de experiencias hasta la saciedad más truculenta y estúpida. Que es gracias a la muerte que existen el amor, el deseo, la fantasía, las artes, la ciencia, los libros, la cultura, es decir, todas aquellas cosas que hacen la vida llevadera, impredecible y excitante. La razón nos lo explica pero la sinrazón que también nos habita nos impide aceptarlo. El terror a la peste es, simplemente, el miedo a la muerte que nos acompañará siempre como una sombra. </p><p><i>El autor es escritor ganador del Premio Nobel de Literatura</i></p>]]></content:encoded></item><item><title>Los toros y el Perú</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/los-toros-y-el-peru/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/los-toros-y-el-peru/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 01 Mar 2020 05:00:00 +0000</pubDate><description>Quiero felicitar a los miembros del Tribunal Constitucional del Perú por haber rechazado, en un fallo que los honra, la solicitud de los ‘animalistas’ que pedían prohibir las corridas de toros y las peleas de gallos en nuestro país. Es verdad que esta sentencia se alcanzó a duras penas –cuatro votos contra tres-, pero, por el momento, y espero que este momento dure un buen tiempo, los enemigos de la fiesta, que son pocos entre los peruanos, pero eso sí, bien fanáticos, cesarán en sus intentos de poner fin a un espectáculo que forma parte esencial de la cultura peruana desde que esta existe, es decir, desde el instante preciso en que, luego de una lucha feroz, ambas vertientes de nuestra tradición, la española y la prehispánica, se fundieron en una sola y que pronto cumplirá cinco siglos de existencia.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Quiero felicitar a los miembros del <b>Tribunal Constitucional del Perú</b> por haber rechazado, en un fallo que los honra, la solicitud de los ‘animalistas’ que pedían prohibir las corridas de toros y las peleas de gallos en nuestro país. Es verdad que esta sentencia se alcanzó a duras penas –cuatro votos contra tres-, pero, por el momento, y espero que este momento dure un buen tiempo, los enemigos de la fiesta, que son pocos entre los peruanos, pero eso sí, bien fanáticos, cesarán en sus intentos de poner fin a un espectáculo que forma parte esencial de la cultura peruana desde que esta existe, es decir, desde el instante preciso en que, luego de una lucha feroz, ambas vertientes de nuestra tradición, la española y la prehispánica, se fundieron en una sola y que pronto cumplirá cinco siglos de existencia.</p><p>La astucia de los ‘animalistas’ los llevó a identificar las corridas de toros y la pelea de gallos como dos manifestaciones de la crueldad contra los animales, una viveza criolla típicamente deshonesta, pues acerca cosas que son muy distintas, aunque en ninguna de ellas haya razón para prohibirlas. A mí, por ejemplo, aunque he asistido en el Perú a algunas galleras, la verdad es que ese espectáculo nunca me interesó, y que, en efecto, hasta me desagradó por su violencia manifiesta, pero reconozco que tiene una vieja tradición en la cultura peruana –el más hermoso cuento de Abraham Valdelomar describe en tonos épicos la historia de un gallo peleador-, y que está bien enraizada sobre todo en la región costeña. Pero, de ahí a prohibirlas, hay un paso demasiado largo para mi espíritu democrático y liberal. Nadie está obligado a asistir ni a llevar a su familia a una corrida de toros o a una gallera.</p><p>A diferencia de los toros, las peleas de gallos no forman parte de las bellas artes ni tienen esa remotísima tradición, cuyos orígenes míticos se pierden en el fondo de los tiempos, asentada principalmente en el área del Mediterráneo. No pretendo rebajar en modo alguno el fervor con que los aficionados y practicantes dedican su tiempo y su cuidado a entrenar a sus gallos, enseñándoles a atacar y a defenderse ni el empeño con que, gracias a sus esfuerzos, a menudo heroicos, sobreviven las galleras. Pero las peleas de gallos, aunque tienen una larga historia que, por ejemplo, en Europa, tuvo en Inglaterra poco menos que su época de oro –cuando yo llegué a Londres en los años sesenta del siglo pasado todavía sobrevivían en algunos pubs carteles que las recordaban-, son un deporte violento, en el que los seres humanos no participan directamente ni ha generado aquella riquísima huella en todas las ramas de la cultura, como ocurre con la fiesta taurina.</p><p>Las galleras se parecen mucho más a un ring de box que a un coso taurino. Éste es un escenario muy parecido a una sala de conciertos o al tablado de un ballet y, en última instancia, al rincón donde los poetas escriben sus poemas o al taller donde los escultores y pintores fraguan sus creaciones. Y, al igual que en las otras ramas de la cultura, una corrida puede cambiar la vida de las gentes, como una función teatral o un libro o un cuadro. Yo lo pensaba hace pocos días, visitando el bellísimo museo dedicado a las esculturas de Chillida, en las afueras de San Sebastián: Chillida Leku. Era un día deslumbrante, de cielo azul y sol pleno, sin una sola nube, y sus formidables creaciones de acero o piedra, tan bien distribuidas en el parque, parecían moverse, hervir, vivir con una plenitud devoradora. Entonces, pensé en aquellos momentos prodigiosos que suelen suceder en las plazas de toros, cuando, de un modo misterioso, el toro y el torero alcanzan una complicidad inexplicable, como si el diestro y el animal hubieran establecido un pacto de honor para rozar la muerte sin hollarla, mostrar la vida en todo su extraordinario esplendor y recordarnos al mismo tiempo su fugacidad, esa paradoja en la que vivimos, como el torero nos muestra en una buena faena, que lo hermosa que es la vida depende en gran parte de su precariedad, de ese pequeño tránsito en que ella puede desaparecer tragada por la muerte. Por eso, ningún otro espectáculo como la fiesta representa con más belleza y agonía que los toros la condición humana. </p><p>¿Es esta la razón porque la presencia taurina es visible en tantas manifestaciones artísticas y literarias? Sin duda. Y también, porque ella ha sido capaz de llegar a seducir a vastos públicos de otros orígenes, como es el caso, en el Perú, de la población campesina. Los toros están enraizados en casi todos los sectores sociales, pero, sobre todo, han calado en los sectores indígenas, donde difícilmente se puede concebir una fiesta patronal en una comunidad sin una corrida de toros. Y, por eso, las plazas de toros más antiguas de América del Sur están en los pueblos de Cajamarca, el departamento más taurino del Perú, según el crítico del diario <b>El Comercio</b>, Gómez-Debarbieri, que ha desempeñado una magnífica labor en la defensa de la tauromaquia en nuestro país. Y él ha reseñado, por ejemplo, no hace mucho, las corridas en las ferias populares de Chota y Cutervo, donde, en los últimos tiempos, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, que se llevaban a cabo con toreros de segundo nivel o aficionados, ahora cuentan con espadas de primera línea, como Andrés Roca Rey y Joaquín Galdós, además de toreros españoles de categoría. Me parece una idea magnífica que ambas aficiones, la campesina y la urbana, se unifiquen y dejen de lado su ignorancia recíproca, como ocurría hasta hace poco. Yo recuerdo haber leído en mi adolescencia<b> Yawar Fiesta</b>, de José María Arguedas, y haberme sorprendido mucho de que aquella corrida, en torno a la cual gira la novela, sucediera en la sierra. Hasta entonces ignoraba que los toros eran un ingrediente central de las celebraciones populares en los Andes.</p><p>La campaña contra la fiesta de los toros no va a prosperar, pese al empeño que han puesto en ello los fanáticos ‘animalistas’. Francia fue el primer país que declaró la tauromaquia un bien cultural nacional y ahora España ha blindado también las corridas contra sus adversarios. En América Latina, pese a las primeras victorias que obtuvieron los enemigos de las corridas sorprendiendo a los tribunales, ahora se va retrocediendo, aunque las victorias judiciales, como en Ecuador, lo sean sólo a medias. Pues, en este país donde había ferias taurinas célebres, ahora, como en Portugal, se ha optado por una fiesta coja y manca, pues se prohíbe matar a los toros. Pero en Bogotá se ha ganado la partida en toda la línea y ojalá que sea por mucho tiempo. </p><p>Porque, detrás de la prohibición de las corridas, hay algo mucho más grave y siniestro que aquella compasión por los animales que es el pretexto que utilizan los antitaurinos para combatir las corridas. Es la falta de respeto para no decir el desprecio por la libertad, la misma cerrazón mental que llevó a los inquisidores a prohibir las novelas durante los tres siglos coloniales en América Hispana con el pretexto de no llenar la cabeza de los indígenas con patrañas, el origen de todas las censuras que persiguen domesticar el pensamiento y la libre elección de los ciudadanos. Por eso, el fallo de los jueces del Tribunal Constitucional del Perú hay que celebrarlo, no como un episodio local, sino como una victoria de la democracia y de la libertad contra sus tradicionales enemigos.</p><p><i>El autor es escritor ganador del Premio Nobel de Literatura</i></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/lTir_7GOCJxn58JkXrJjYv6R7FI=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/Y24AVQNZSVACNDW73HNLDJE3PE.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Los toros y el Perú]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>Regreso a Berlín</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/regreso-a-berlin/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/regreso-a-berlin/</guid><dc:creator>Mario Vargas  Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 16 Feb 2020 05:00:01 +0000</pubDate><description>Al poeta José Emilio Pacheco, el olfato le decía si los libros eran buenos o malos. Yo estuve en una librería de Estados Unidos con él; olía los anaqueles y las narices le ordenaban lo que debía comprar o rechazar.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Al poeta José Emilio Pacheco, el olfato le decía si los libros eran buenos o malos. Yo estuve en una librería de Estados Unidos con él; olía los anaqueles y las narices le ordenaban lo que debía comprar o rechazar. A mí me ocurre con las ciudades lo que a él con los libros; me basta llegar a un aeropuerto o a una estación y de inmediato sé si aquella ciudad me acepta o me resiste. Con Berlín supe al instante que podría vivir allí toda la vida y que también mi esqueleto reposaría feliz en tierra berlinesa. Estuve allá todo el año 1992 y ahora he vuelto apenas por tres días, también al <i>Wissenschaftskolleg</i>, para escuchar a un nuevo <i>fellow,</i> mi amigo Efraín Kristal, que va a escribir un libro sobre Borges. Nos explica con lujo de detalles lo que ya lleva avanzado y, no hay duda, será un ensayo lleno de revelaciones y sorpresas. </p><p>Aunque los veintiocho años han cambiado el aspecto de la ciudad –entonces estaba todavía en ruinas, sobre todo en el Este, y ahora crece y se reconstruye de manera desaforada-, sigue siendo el paraíso de la música, de los museos y del teatro: un formidable centro de cultura. Hace casi tres décadas, pasear por <i>Unter den Linden</i> hacia la Isla de los Museos era andar entre ruinas; ahora, han reaparecido los palacios y las óperas y mansiones suntuosas y a veces feas, como la Embajada rusa, que ocupa siempre toda una inmensa manzana. Entonces, el arquitecto italiano Renzo Piano había ideado la resurrección de <i>Potsdamer Platz</i>; recuerdo que traía buzos rusos, que trabajaban sumergidos en el agua, y regresaban a Rusia en avión para pasar los fines de semana con sus familias. Ahora Potsdamer Platz refulge en la noche con sus bellos y gigantescos edificios iluminados, uno de los cuales es el famoso Museo del Cine, y, otro, el Teatro Marlene Dietrich, a quienes los berlineses han perdonado, por lo visto, que durante la guerra cantara para los soldados norteamericanos...</p><p> No sé si existen en el mundo muchos centros como el<i> Wissenschaftskolleg</i>, pero, en todo caso, deberían abundar. Es un centro público, que invita cada año entre treinta o cuarenta investigadores de distintos países y disciplinas, por un semestre o un año, para que completen una investigación o terminen un libro. La única obligación que tienen es hacer una exposición ante los otros becados sobre lo que piensan hacer y, luego, almorzar dos o tres veces por semana con los otros investigadores. El año que pasé allí, el personaje más misterioso era un rumano; había sido profesor universitario en tiempos de Ceaucescu. Dictaba un curso marxista contra la religión, pero, según nos explicó, secretamente se convirtió a aquello contra lo que denostaba en sus clases y ahora era un experto en ángeles, es decir, un angeólogo. Nos hizo una exposición sobresaliente sobre la miríada de ángeles –y todas sus variantes y números- que pueblan el paraíso. Lo que nunca pudimos saber es si creía realmente en aquello que contaba. Veintiocho años después, me dicen que nadie ha conseguido averiguarlo todavía; eso sí, el rumano en cuestión ha sido desde entonces nada menos que ministro de relaciones exteriores de su país. Está clarísimo que, crea o no en ellos, los ángeles agradecidos sí creen en él.</p><p>Otro de los <i>fellows</i>, al que me encontraba todas las mañanas en el gimnasio, no era menos extraordinario. Había sido aceptado en Oxford, donde esperaba dedicarse a Egipto. Pero el arabista que era su maestro lo convenció de que se dedicara más bien al Sudán, país del que la universidad acababa de adquirir documentos muy antiguos. Así lo hizo. Y se convirtió, a juzgar por la bella exposición que nos hizo, en un extraordinario experto en ese país. Conocía su historia, su geografía, las variantes de su lengua. Pero no había pisado nunca el país fundamentalista al que había dedicado la vida, ni lo pisaría, pues era judío y, encima, israelí. Había volcado toda su ciencia y su vida entera a un país en el que jamás pondría los pies. Y no hay duda que lo quería con todo su corazón. Hablaba emocionado de los sudaneses que, disfrazados y tomando mil precauciones, viajaban a entrevistarse a escondidas con él en Europa.</p><p>Nada más entrar al<i> kolleg,</i> descubro a Eva, que nos daba clases de alemán, al amanecer. Pensé con terror si me iba a preguntar si todavía recordaba de memoria el poema de Goethe que, en los días de euforia, solía recitar a gritos. Pero no lo hizo, felizmente. Y también estaba allí, como venido del fondo de los siglos, quien dirigía la institución cuando yo estuve en ella: Wolf Lepenies. Ha pasado muchos años en el Instituto de Altos Estudios de Princeton, y ahora ha vuelto a Berlín como fellow de la institución que dirigió varios años con mano maestra. Filósofo, ensayista, políglota, Lepenies nos deslumbraba cada vez que abría la boca, y, sobre todo, cuando proponía algún brindis: lo hacía siempre citando alguna idea o verso o frase que venía siempre al caso. No han pasado los años por él; sigue siendo el mismo de entonces, por lo menos en simpatía y versación. Él me presenta al novelista de este año, el búlgaro Georgi Gospodinov, y a la nueva directora del <i>kolleg</i>, la historiadora Barbara Stollberg-Rilinger.</p><p>Una cosa que me impresiona es que todos los <i>fellows</i> de este año me parecen muy jóvenes; me dicen que hay, entre ellos, varios músicos y un médico que dirige un gran hospital en los Estados Unidos. Yo recuerdo que entre nosotros había un coreógrafo que enseñaba ejercicios de relajamiento en las noches. La institución repartía entradas para los conciertos, las óperas y las funciones de teatro. A mí me encantaban, sobre todo, aquellos espectáculos montados en Berlín oriental por jóvenes que armaban sus escenarios entre las ruinas, y que eran, sobre todo, inmigrantes de los países del Este. Su presencia era un indicio de la pujanza y versatilidad de la vida cultural de la vieja capital alemana, que recobraba ya entonces, en el campo de la cultura, su condición de abierta al mundo, de ciudad multicultural y multilingüística.</p><p>Gracias a Wolf Lepenies pude estudiar y fichar muchos dibujos y grabados de George Grosz, dispersos en museos y galerías de Berlín. Ahí deben estar todavía, en alguna maleta olvidada, las muchas fichas de ese ensayo que nunca escribí sobre aquel virulento dibujante y pintor que, creo, encarnó mejor que nadie los años convulsos de Weimar. Trabajé mucho en él y hasta fui a visitar en Estados Unidos a uno de sus hijos, un músico de jazz, que me mostró cartas y hasta un álbum de familia de Grosz. De pronto, en este viaje, me entraron ganas irresistibles de retomar aquel proyecto, olvidado desde entonces. Pobre Grosz: se salvó de milagro de que los nazis lo mataran, enfurecidos con las feroces caricaturas que hacía de ellos. Fueron a su departamento, en Berlín, y él los recibió amablemente, haciéndose pasar por el mayordomo del pintor, y aprovechando esa confusión para escapar por la ventana. En Estados Unidos, el terrible Grosz se suavizó y perdió el odio y la furia que lo hacían pintar. Se volvió bueno y sus cuadros perdieron la pugnacidad y virulencia de antaño. Regresó a Berlín sólo en 1945. Y, aquella noche, festejado por los amigos, bebió sin límites; al volver al piso que le habían prestado, se desbarrancó en las escaleras y el guardián lo encontró muerto a la mañana siguiente, en el sótano, de los golpes que se dio.</p><p><i>Grunewald,</i> el bosque de Berlín en el que está el <i>Wissenschafskolleg,</i> no ha cambiado tanto como el resto de la ciudad. Ahí están los lagos, los árboles, ahora pelados por el invierno, las bandadas de tordos que resisten el frío y, por supuesto, los corredores que se enfrentan a los vientos atroces y a las heladas. Caminé muchas veces por este bosque en aquel año y fui dando forma a ese enjambre de fichas que me permitieron recordar y describir la campaña electoral que, por tres años, me tuvo lejos de mi máquina de escribir y de los libros, mi verdadera vocación. Volví a ella y por eso siempre he tenido una enorme gratitud a aquel año berlinés. Este rápido viaje, treinta años después, es un buen momento para recordarlo. </p><p><i>El autor es escritor y Premio Nobel de Literatura Center </i></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/GnRlXKM2dgnQEHZWg3LoBviI3yI=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/IFYCYXGRL5DFVPAAVGRXMNASVA.png"><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>España en el escaparate</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/espana-en-el-escaparate/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/espana-en-el-escaparate/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 02 Feb 2020 05:00:00 +0000</pubDate><description>José Varela Ortega debe haber trabajado en la documentación de su extraordinario libro España: un relato de grandeza y odio (Espasa) muchos años y no hay duda que seguirá trabajando en él, en cada una de sus reediciones –va ya en la segunda-.</description><content:encoded><![CDATA[<p>José Varela Ortega debe haber trabajado en la documentación de su extraordinario libro<b> España: un relato de grandeza y odio</b> (Espasa) muchos años y no hay duda que seguirá trabajando en él, en cada una de sus reediciones –va ya en la segunda-, porque este ensayo es una de esas tentativas imposibles que, muy de cuando en cuando, se imponen a sí mismos ciertos autores de excepción, y de los que resultan, también a veces, admirables realizaciones, como los ensayos históricos de la polémica famosa entre Américo Castro (<b>España en su historia</b>) y Sánchez Albornoz <b>(España: un enigma histórico</b>). Su libro está a esas alturas intelectuales y, en su campo específico, no hay ninguno que se le compare.</p><p>Conviene, ante todo, decir que este ensayo tiene muy poco que ver con el libro de Elvira Roca Barea, <b>Imperiofobia y leyenda negra,</b> interesante investigación que comenté en esta misma columna y que estudia, como indica su título, las falsedades, exageraciones y absurdas fantasías que para mermar el prestigio de España difundieron sus enemigos. El de José Varela Ortega es mucho más ambicioso y se propone nada menos que historiar todo –sí, todo- lo que han dicho a favor o en contra de España, sus amigos, adversarios y, entre ellos, por supuesto, no sólo los extranjeros sino también los propios españoles. Y, la verdad es que, aunque su empeño era inabarcable, uno tiene la impresión, leyendo este grueso volumen, de que estuvo a punto de alcanzarlo. Su búsqueda no se limita a libros y periódicos, sino también películas, tanto ficciones como documentales, cuadros, grabados, fotografías, tiras cómicas y hasta memes y chismografías orales.</p><p>Aunque parezca mentira, este libro está muy lejos de ser un simple catálogo, y se lee con un interés sostenido, por su amenidad y la ironía, que Varela Ortega debe haber heredado de sus maestros ingleses pues se formó en Gran Bretaña, con que, manteniendo una perfecta neutralidad sobre aquello que cuenta, lima las aristas de las mentiras excesivas o los elogios desmedidos, se burla de las tonterías e idioteces, y detalla con simpatía las cosas inteligentes y creativas que han dicho sobre España tanto sus impugnadores como sus defensores.</p><p>Una conclusión evidente es que, en cada período histórico en que han gozado de libertad –no han sido muchos en su trayectoria- los españoles se cuentan más entre quienes han sido críticos feroces de su país que entre quienes lo defendían y valoraban. Esto no es una crítica sino un elogio, porque lo que mantiene viva a una sociedad y la hace progresar no son el ditirambo y la adulación sino el espíritu pugnaz y la actitud indómita, es decir, el cuestionamiento constante de sus instituciones y costumbres por sus intelectuales y dirigentes políticos. España es el único caso, en la historia, de un imperio que en plena conquista de América reúne, por exigencia de sus críticos, sobre todo religiosos, una gran asamblea en Salamanca para determinar si era justa o injusta la conquista y si los indígenas -¿eran hijos de Dios y tenían alma?- estaban bien tratados. En Inglaterra u Holanda, alguien como el indomable agustino Bartolomé de las Casas y sus hirientes ataques a la ocupación de América por los conquistadores, hubiera sido ahorcado, por supuesto. Y el Siglo de Oro, cuando España alcanza una superioridad intelectual sobre el resto de Europa, antes que comience la decadencia, es una época de crítica profunda, saludable en el caso de un Cervantes, y retorcida y amarga en el del desafortunado Quevedo, por ejemplo.</p><p>El caso de la generación del 98 y sus ramificaciones es muy interesante y está espléndidamente reseñado en el libro de Varela Ortega. La desaparición de la última colonia –Cuba-, la derrota en la guerra con Estados Unidos, lleva a sus miembros a descubrir su propio país. Con ojos críticos, sí, pero también comprensivos y generosos, y a abrirse a Europa y al mundo, de los que sus congéneres estuvieron apartados demasiado tiempo, y es a través de ese contacto con el propio país y sus mejores tradiciones que escritores como Azorín, Valle-Inclán, Unamuno, Pérez de Ayala, para no hablar del principal rompedor de fronteras, Ortega y Gasset, conectarán con el resto del planeta. España vuelve a ser, desde el punto de vista intelectual, un país europeo y no sólo consumidor sino productor de ideas y logros artísticos, literarios y filosóficos. El país se pone de moda y muchos extranjeros lo visitan o se instalan aquí, atraídos por el “color local” –el flamenco, las ruinas, los toros- y algunos de ellos dejan testimonios tan estimulantes como los de Gerald Brenan o George Borrow.</p><p>Mención aparte merecen las notas a pie de página de España: un relato de grandeza y odio. Son abundantes y a veces muy largas, pero nunca están de más y se leen como pequeños ensayos independientes. Le sirven a Varela Ortega para constituir un relato aparte, menos importante que el principal, pero siempre iluminador, y con frecuencia divertido por los rasgos de humor y de erudición pintoresca que delatan. A mí me han recordado estas notas a pie de página las que acompañan el espléndido ensayo sobre <b>La Celestina </b>de María Rosa Lida de Malkie<i>l. “¡Cada nota es un verdadero artículo!” </i>exclamaba mi amigo Sergio Beser, con quien leímos al mismo tiempo ese soberbio logro de agudeza crítica y erudición, cuando éramos profesores allá en la Inglaterra de los años setenta.</p><p>Las conclusiones que pueden sacarse de este ensayo son perfectamente previsibles: sobre España y los españoles se ha dicho todo lo que se puede decir, sobre todo en lo excesivo: el país es triste y alegre, sus habitantes gárrulos o escuetos, apasionados o austeros, místicos y sensuales, violentos y pacíficos, crueles y generosos, como si, de acuerdo a la idiosincrasia y los valores de cada época, España y los españoles los encarnaran siempre, pese a ser incompatibles entre sí. ¿No se podría decir lo mismo de todos los países? Sin duda. Porque, simplemente, la unidad que buscan aquellas fórmulas no existe ni ha existido nunca, salvo en las fantasías de los ideólogos. Un país es un hormiguero donde, por debajo de la superficie que podría parecer uniforme e idéntica, estallan las diferencias. Y mucho más en nuestra época, que ha hecho desaparecer todas las tribus, es decir, aquel periodo histórico cuando el individuo no existía todavía y el ser humano era solo parte de la comunidad. Es verdad que las distintas lenguas fueron diferenciando a las sociedades, así como las creencias religiosas, y los usos y costumbres, pero uno de los grandes méritos del libro de José Varela Ortega es demostrarlo en un caso concreto y específico. La visión de España delata mucho más la subjetividad de quienes la elogian o la impugnan, que la realidad diversa y múltiple que ella es, un país antiguo, el más longevo imperio europeo, que, a través de múltiples vicisitudes se fue extendiendo y conformando un gigantesco conglomerado de seres diversos, unidos por el idioma y la historia, donde, a condición de buscarlo sin prejuicio, cabe el mundo entero en su fantástica diversidad. El libro de José Varela Ortega será uno de esos ensayos memorables que se seguirá leyendo cuando todo ello sea evidente, si los prejuicios nacionalistas –quién iba a decir que resucitarían- lo permiten y no nos ciegan otra vez.</p><p><i>El autor es premio Nobel de Literatura </i></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/ZGDT7DriSrFzLYnm2OGzR_qtTQk=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/P2J5TYEX3NF77NYZGTJPZBI5JU.jpg"><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>Los justos de Israel</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mosaico_dominical/justos-Israel_0_4515298455.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mosaico_dominical/justos-Israel_0_4515298455.html</guid><dc:creator>MARIO VARGAS LLOSA PIEDRA DE TOQUE | </dc:creator><pubDate>Thu, 30 Jan 2020 03:44:38 +0000</pubDate><description>Yehuda Shaul tiene 33 años, pero parece de 50. Ha vivido y vive con tanta intensidad que devora los años, como los maratonistas los kilómetros.</description><content:encoded><![CDATA[<p>Yehuda Shaul tiene 33 años, pero parece de 50. Ha vivido y vive con tanta intensidad que devora los años, como los maratonistas los kilómetros.</p><p>Nació en Jerusalén, en una familia muy religiosa y es uno de 10 hermanos. Cuando lo conocí, hace 11 años, todavía llevaba la kipá.</p><p>Era un joven patriota, que debió destacar en el Ejército mientras hacía el servicio militar, pues, al cumplir los tres años obligatorios, el Tsahal le propuso seguir un curso de comandos y estuvo un año más en filas, como sargento.</p><p>Al retornar a la vida civil, igual que muchos jóvenes israelíes, viajó a la India, a lavarse la cabeza.</p><p>Allí reflexionó y pensó que sus compatriotas ignoraban las cosas feas que hacía el Ejército en los territorios ocupados y que su obligación moral era hacérselo saber.</p><p>Para ello, Yehuda y un fotógrafo, Miki Kratsman, fundaron el 1 de marzo de 2004 Breaking the Silence (Rompiendo el Silencio), una organización que se dedica a recoger testimonios de exsoldados y soldados (cuyas identidades mantienen en secreto).</p><p>En exposiciones y publicaciones destinadas a informar al público, en Israel y en el extranjero, exhiben la verdad de lo que ocurre en todos los territorios palestinos que fueron ocupados luego de la guerra de 1967. (El próximo año se cumplirá medio siglo de la ocupación).</p><p>Textos y vídeos pasan, antes de ser expuestos, por la censura militar, pues Yehuda y su medio centenar de colaboradores no quieren violar la ley. Los testimonios recogidos superan el millar.</p><p><p><strong>ATAQUES</strong></p></p><p>Hasta hace relativamente poco tiempo, gracias a la democracia que reinaba en el país para los ciudadanos israelíes, Breaking the Silence podía operar sin problemas, aunque fuera muy criticada por los sectores nacionalistas y religiosos. Pero, desde que entró en funciones el Gobierno actual –el más reaccionario y ultra de la historia de Israel- se ha desatado una campaña durísima contra los dirigentes de la institución, acusándolos de traidores y pidiendo que sean puestos fuera de la ley, en el Parlamento, por boca de ministros y líderes políticos y en la prensa. Y abundan los insultos y amenazas en las redes sociales contra sus fundadores.</p><p>Yehuda Shaul no se siente intimidado y no piensa hacer ninguna concesión. Dice ser un patriota y un sionista y estar empeñado en lo que hace no por razones políticas sino morales.</p><p>Hay en la milenaria historia judía una tradición que nunca se interrumpió: la de los justos. Esos hombres y mujeres que, de tanto en tanto, surgen en los momentos de transición o de crisis, y hacen oír su voz, enfrentados a la corriente, indiferentes a la impopularidad y a los peligros que corren actuando de ese modo, para exponer una verdad o defender una causa que la mayoría, cegada por la propaganda, la pasión o la ignorancia, se niega a aceptar. Yehuda Shaul es uno de ellos, en nuestros días. Y, por fortuna, no es el único.</p><p>Allí está todavía, impertérrita, la periodista Amira Hass, que se fue a vivir a Gaza para padecer en carne propia las miserias de los palestinos y documentarlas día a día en sus crónicas de Haaretz. A ella le debo haber pasado, hace unos años, en la asfixiante y atestada ratonera que es la Franja, una noche inolvidable en casa de una pareja de palestinos dedicada a la acción social. Y su colega Gideon Levy, incansable escribidor, a quien encuentro, luego de un buen tiempo, siempre batallando por la justicia con la pluma en la mano, aunque con el ánimo menos enhiesto que antaño porque a su alrededor se encoge cada día más el número de los defensores de la racionalidad, de la convivencia y de la paz y crecen sin tregua los fanáticos de las verdades únicas y del Gran Israel que tendría, nada menos, que el respaldo de Dios.</p><p>Pero en este viaje he conocido otros, no menos limpios y valientes.</p><p>Como Hanna Barag, que, a las cinco de la madrugada, en el cruce de Qalandiya, lleno de rejas, cámaras y soldados, me fue mostrando la agonía de los trabajadores palestinos que, pese a tener permiso y trabajo en Jerusalén, deben esperar horas de horas antes de poder entrar a ganarse el sustento.</p><p>Hanna y un grupo de mujeres israelíes se apostan cada madrugada, ante esas alambradas, para denunciar las demoras injustificadas y protestar por los abusos que se cometen. “Tratamos de llegar hasta los jefes”, me dice, señalando a los soldados, “porque estos ni siquiera nos escuchan”. Es una anciana menudita y llena de arrugas, pero en sus ojos claros brillan una luz y una decencia cegadoras.</p><p>Y también es un justo, aunque ni siquiera lo sospeche, el joven Max Schindler, a quien conozco en Susiya, una aldea miserable de las montañas del sur de Hebrón; es muy tímido y tengo que sacarle con sacacorchos que me diga qué hace aquí, rodeado de niños famélicos, en este lugar fuera del mundo al que los colonos de la vecindad vienen a cortarle los árboles y a destruir sus cosechas, y a veces a apalear a los vecinos, y sobre cuyas escasas viviendas pesa una orden de demolición.</p><p>Es un voluntario, que se ha venido a vivir a Susiya –a sobrevivir más bien- por unos meses y dedica su tiempo a enseñar a los aldeanos el inglés.</p><p>“Quisiera que sepan que hay otro Israel”, me dice, señalando a los aldeanos.</p><p>Sí, lo hay, el de los justos, muchos, aunque no sean tantos como para ganar las elecciones. La verdad es que, desde hace años, las pierden, una tras otra. Pero no se dejan abatir por esas derrotas.</p><p>Son médicos y abogados que van a trabajar a las poblaciones medio abandonadas y a defender en los tribunales a las víctimas de los abusos, o periodistas, o activistas de los derechos humanos que registran los atropellos y los crímenes y los sacan a la luz pública.</p><p>Hay una asociación de fotógrafos por ejemplo, conformada por muchachas y muchachos muy jóvenes, que eternizan en imágenes todos los horrores de la ocupación.</p><p>Me siguen a donde voy y no les importa caminar entre basuras malolientes y abrasarse de calor en el desierto, si pueden documentar con imágenes todo aquello que el Israel oficial oculta, y la gente bien pensante no quiere conocer. Pero, aunque la prensa oficial no publique sus fotos, ellos las exhiben en pequeñas galerías, en paneles callejeros, en publicaciones semiclandestinas. ¿Cuántos son? Miles, pero no lo bastantes para rectificar ese movimiento de opinión pública que va empujando cada vez más a Israel hacia la intransigencia, como si el ser la primera potencia militar del Medio Oriente –y, al parecer, la sexta del mundo- fuera la mejor garantía de su seguridad.</p><p>Ellos saben que no es así, que, por el contrario, convertirse en un país colonial,</p><p>que no escucha, que no quiere negociar ni hacer concesiones, que sólo cree en la fuerza, ha hecho que Israel pierda la aureola prestigiosa y honorable que tenía, y que el número de sus adversarios y sus críticos, en vez de disminuir, aumente cada día.</p><p>Dos días antes de partir, ceno con otros dos justos: Amos Oz y David Grossman.</p><p>Son magníficos escritores, viejos amigos y, ambos, incansables defensores del diálogo y la paz con los palestinos. Los tiempos que enfrentan son difíciles, pero ellos no se dejan abatir. Bromean, discuten, cuentan anécdotas. Dicen que, hechas las sumas y las restas, ninguno podría vivir fuera de Israel.</p><p>Gideon Levy y Yehuda Shaul, que están presentes, se declaran de acuerdo. Vaya, menos mal, en todos los días que llevo aquí es la primera vez que un grupo de israelíes se pone totalmente de acuerdo en algo.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/jw-jegjeeV-sb3pSf4GjOmTfPDI=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/F5DJR5NJEFGURFYZLJVD3O3NVU.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Las fuerzas de seguridad israelíes se reúnen en torno al escenario de un atentado en el asentamiento de Kiryat Arba, cerca de la ciudad cisjordana de Hebrón.]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Carlos o el sueño americano</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Carlos-sueno-americano_0_3013948645.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Carlos-sueno-americano_0_3013948645.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 18:57:09 +0000</pubDate><description>Cuando yo era niño se hablaba en mi familia de un lejano tío que, una mañana soleada, dijo a su mujer que iba un momento a la Plaza de Armas de Arequipa a comprar el periódico.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando yo era niño se hablaba en mi familia de un lejano tío que, una mañana soleada, dijo a su mujer que iba un momento a la Plaza de Armas de Arequipa a comprar el periódico.</p><p>No volvió nunca más y solo muchos años más tarde se supo que había muerto en París. Cuando yo preguntaba a qué se había fugado ese tío a París, la abuelita Carmen y la Mamaé me respondían al unísono: “A qué iba a ser, ¡a corromperse!”.</p><p>Entre los miles de proyectos que se me han pasado por la cabeza figuró alguna vez el de tratar de averiguar la singular aventura de ese pariente prófugo y relatarla en un libro.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/Ei_rVqEEcRWhaZv3I600wUyRe7c=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/X4EX5D2SFFHWXEHXB4PRFOOURI.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Peregrinación a las fuentes</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Peregrinacion-fuentes_0_3061193934.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Peregrinacion-fuentes_0_3061193934.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 16:19:24 +0000</pubDate><description>La civilización más antigua de América floreció hace unos 4 mil o 5 mil años y ha dejado unos testimonios impresionantes de su complejidad y poderío a unos 200 kilómetros al norte de Lima.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La civilización más antigua de América floreció hace unos 4 mil o 5 mil años y ha dejado unos testimonios impresionantes de su complejidad y poderío a unos 200 kilómetros al norte de Lima.</p><p>Nunca sabremos cómo la llamaban y se llamaban entre sí sus pobladores, pues el nombre con que ahora se la conoce –Caral– apareció seguramente en la región muchos siglos después de que aquella notable sociedad se hubiera extinguido tan brusca y misteriosamente como ocurrió, en América Central, con la civilización maya.</p><p>Cuando la arqueóloga Ruth Shady Solís llegó hasta aquí, en 1993, y se instaló a vivir en una carpa para iniciar sus investigaciones, esta gigantesca explanada salpicada de colinas (que en verdad eran adoratorios y templos) y cercada por los contrafuertes color tierra de las estribaciones de la Cordillera de los Andes debía parecer un paisaje lunar.</p><p>Imponente y bellísimo, eso sí, con su profundo silencio, su soledad, sus piedras milenarias y la miríada de estrellas chisporroteantes iluminando las noches despejadas. Durante mucho tiempo sus únicos compañeros fueron los zorros, las lagartijas y alguna que otra culebra del desierto.</p><p>Ruth no fue el primer arqueólogo en saber que la zona de Supe-Barranca-Pativilca del litoral peruano escondía restos arqueológicos.</p><p>Existía un catastro que, desde años atrás, lo señalaba. Pero lo que ni ella, ni nadie, podía sospechar era la magnitud de las construcciones –templos, sepulturas, plazas, anfiteatros, altares– enterrados en aquel páramo y, mucho menos, su milenaria antigüedad.</p><p>Algún día se escribirá una biografía de Ruth Shady Solís y, aunque todo lo que en ella se cuente sea estricta verdad, se leerá con el hechizo que se leen las buenas novelas.</p><p>Su padre era un judío centro-europeo que llegó al Perú huyendo de las persecuciones antisemitas, un hombre culto y apasionado del pasado y de las piedras cargadas de historia, que la llevaba de niña a recorrer los monumentos prehispánicos de los alrededores de Lima y, más tarde, del resto del Perú.</p><p>Su vocación por la arqueología fue, pues, precoz.</p><p>Estudió en San Marcos. En los años 1980 hacía trabajo de campo en Bagua, una región amazónica que por aquella época se vio ensangrentada por las acciones terroristas y anti-terroristas, que causaron estragos entre las comunidades nativas.</p><p>Ruth debió dejar Bagua, muy a su pesar, y estuvo un tiempo vacilando entre distintos lugares donde concentrar su trabajo. El día que eligió Caral se encontró con su destino, como diría Borges.</p><p>Diecisiete años después se puede decir que ella ha protagonizado la más extraordinaria aventura que puede vivir un arqueólogo: haber sacado a la luz, de cabo a rabo, toda una civilización, de un elaborado refinamiento en su organización social y económica y en su destreza constructora, que ha añadido algunos miles de años de historia al continente americano.</p><p>Porque los templos y las murallas de Caral, sus pirámides, sus plazas circulares y sus entierros y depósitos se extienden por un espacio considerable: unos 300 kms. de ancho por 400 kms. de largo.</p><p>Su apogeo es contemporáneo del Egipto de los faraones, las ciudades sumerias de Mesopotamia y unos mil 800 años anterior al de los mayas.</p><p>No sólo fue suerte y oportunidad lo que le permitió esta formidable hazaña creativa. También, y acaso sobre todo, perseverancia, fe, pasión, y un espíritu pragmático que, enriquecido por una vocación vivida como una mística, permitieron a Ruth ir venciendo los innumerables obstáculos que jalonaron estos 17 años.</p><p>Ella es una persona discreta y no se jacta de sus logros. Pero basta escucharla explicar lo que se ha podido saber de la civilización Caral –su aguzado espíritu comercial y de intercambios con todo su entorno, el protagonismo de la mujer en la vida social, su ingeniosa manera de servirse del medio ambiente adaptándose a él sin depredarlo– para sentir la energía que la anima.</p><p>Es algo que Ruth ha sabido contagiar a sus colaboradores, una veintena de arqueólogos, hombres y mujeres jóvenes en su mayoría, que transpiran entusiasmo y cuyos esfuerzos han convertido estas ruinas en uno de los lugares más interesantes y bellos del Perú.</p><p>Pues, ahora, hay en Caral centros de información, laboratorios, tiendas, librerías, comercios de objetos folclóricos y guías para turistas, construidos con buen gusto y perfecta adecuación al paisaje.</p><p>Gracias a acuerdos suscritos con diversas universidades del mundo, científicos de muchos lugares vienen a participar en los trabajos e investigaciones que continúan en toda la región. El día que yo estuve allí, llegaba una vasta delegación de japoneses.</p><p>Entre los percances que debió vencer Ruth en estos 17 años consagrados a Caral, figura una emboscada a la camioneta en que ella venía de la costa, acompañada de un chofer, con el dinero de la planilla para los trabajadores.</p><p>La pandilla de asaltantes había bloqueado la trocha con pedruscos. Recibió al vehículo con una lluvia de balas. Ruth ordenó a gritos al conductor que no se detuviera. La camioneta consiguió franquear las piedras dando bandazos y escapar.</p><p>Pero tanto Ruth como el chofer recibieron disparos en el cuerpo y llegaron al hospital desangrándose.</p><p>Ocurrió en el año 2003 y el jefe de la banda de los frustrados forajidos, apodado “Orejas”, anda todavía suelto, cebando su gran panza cervecera en los bares de Supe y de Huacho.</p><p>A quien quiera escucharlo acostumbra decir que con los dólares que lleva en el bolsillo no hay policía ni juez que lo ponga entre rejas.</p><p>Ahora, esos sobresaltos son anécdotas que Ruth comparte con los amigos, pero no debieron ser divertidos cuando los padeció.</p><p>Ellos dan apenas un indicio de todas las pruebas que la arqueóloga de Caral debió enfrentar para sacar adelante su magna obra.</p><p>Hay gente que tiene una fértil imaginación arqueológica, que fácilmente le permite reconstruir, a partir de los restos y vestigios desenterrados por los arqueólogos, los palacios, los puentes, los templos y las plazas que alguna vez fueron y las costumbres de los hombres y mujeres que los habitaron.</p><p>Yo carezco de esa aptitud. A mí me cuesta llevar a cabo esa restitución de lo ido y, por eso, las ruinas arqueológicas me suelen dejar indiferente y aburrirme.</p><p>A no ser que la belleza del entorno natural sea un atractivo suplementario al histórico, como ocurre en Machu Picchu.</p><p>Pero, en la visita a Caral, me he sentido no sólo interesado, también conmovido. Tal vez porque el paisaje en que se alzan los templos, hecho de desiertos y montañas peladas, es sobrecogedor y deslumbrante, un gran estímulo para la imaginación.</p><p>Tal vez porque las construcciones desenterradas están en buen estado y facilitan al visitante concebir más fácilmente que otras aquellos ritos y funciones para las que sirvieron.</p><p>O tal vez por la vivacidad y el amor con que Ruth Shady Solís nos va informando –indiferente al destemplado sol que taladra los cráneos de los visitantes– sobre aquellos antiquísimos ancestros.</p><p>Era gente bastante atractiva, a primera vista. No parecía tener una inclinación preferencial por la guerra y la matanza, porque casi no figuran las armas entre los utensilios que colocaron en sus entierros.</p><p>Practicaban los sacrificios humanos, desde luego, pero, al parecer, de manera esporádica.</p><p>De otro lado, su sentido musical debía ser muy desarrollado, a juzgar por las delicadas cornetas y flautas traversas de hueso de auquénidos y de venados que se han encontrado a orillas del gran anfiteatro circular –el círculo y la espiral son figuras constantes de su arquitectura– que preside la ronda de pirámides de Caral.</p><p>Me despido de este lugar sin esa anticipada melancolía que suele embargarnos al partir de un lugar hermoso y hospitalario. Porque tengo la absoluta certeza de que volveré aquí muchas veces todavía.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/9-zt4u_5qtxsBGBh2abrhcy7JDY=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/RRZEZFBBSNGLZMFDCWNGY2P3CA.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Piqueteros intelectuales</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Piqueteros-intelectuales_0_3071692888.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Piqueteros-intelectuales_0_3071692888.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 12:56:56 +0000</pubDate><description>Un puñado de intelectuales argentinos kirchneristas, vinculados al grupo “Carta Abierta”, encabezados por el director de la Biblioteca Nacional Horacio González, pidió a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires, que se abrirá el 20 de abril, que me retirara la invitación para hablar el día de su inauguración.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Un puñado de intelectuales argentinos kirchneristas, vinculados al grupo “Carta Abierta”, encabezados por el director de la Biblioteca Nacional Horacio González, pidió a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires, que se abrirá el 20 de abril, que me retirara la invitación para hablar el día de su inauguración.</p><p>La razón del veto: mi posición política “liberal”, “reaccionaria”, enemiga de las “corrientes progresistas del pueblo argentino” y mis críticas a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.</p><p>Bastante más lúcida y democrática que sus intelectuales, la presidenta Cristina Fernández se apresuró a recordarles que semejante demostración de intolerancia y a favor de la censura no parecía una buena carta de presentación de su gobierno ni oportuna cuando parece iniciarse una movilización a favor de la reelección.</p><p>Obedientes, pero sin duda no convencidos, los intelectuales kirchneristas dieron marcha atrás.</p><p>Me alegra coincidir en algo con la presidenta Cristina Fernández, cuyas políticas y declaraciones populistas en efecto he criticado, aunque sin llegar nunca al agravio, como alegó uno de los partidarios de mi defenestración. Nunca he ocultado mi convencimiento de que el peronismo, aunque haya impulsado algunos progresos de orden social y sindical, hechas las sumas y las restas ha contribuido de manera decisiva a la decadencia económica y cultural del único país de América Latina que llegó a ser un país del primer mundo y a tener en algún momento un sistema educativo que fue un ejemplo para el resto del planeta.</p><p>Esto no significa, claro está, que aliente la menor simpatía por sus horrendas dictaduras militares cuyos crímenes, censuras y violaciones de los derechos humanos he criticado siempre con la mayor energía en nombre de la cultura de la libertad que defiendo y que es constitutivamente alérgica a toda forma de autoritarismo.</p><p>Precisamente la única vez que he padecido un veto o censura en Argentina parecido al que pedían para mí los intelectuales kirchneristas fue durante la dictadura del general Videla, cuyo ministro del Interior, el general Harguindey, expidió un decreto de abultados considerandos prohibiendo mi novela La tía Julia y el escribidor y demostrando que ésta era ofensiva al “ser argentino”.</p><p>Advierto con sorpresa que los intelectuales kirchneristas comparten con aquel general cierta noción de la cultura, de la política y del debate de ideas que se sustenta en un nacionalismo esencialista un tanto primitivo y de vuelo rasero.</p><p>Porque lo que parece ofender principalmente a Horacio González, José Pablo Feinmann, Aurelio Narvaja, Vicente Battista y demás partidarios del veto, por encima de mi liberalismo es que, siendo un extranjero, me inmiscuya en los asuntos argentinos. Por eso les parecía más justo que abriera la Feria del Libro de Buenos Aires un escritor argentino en consonancia con las “corrientes populares”.</p><p>Si tal mentalidad hubiera prevalecido siempre en Argentina, el general José de San Martín y sus soldados del Ejército Libertador no se hubieran ido a inmiscuir en los asuntos de Chile y Perú y, en vez de cruzar la cordillera de los Andes impulsados por un ideal anticolonialista y libertario, se hubieran quedado cebando mate en su tierra, con lo que la emancipación hubiera tardado un poco más en llegar a las costas del Pacífico sudamericano.</p><p>Y si un rosarino llamado Ernesto Che Guevara hubiera profesado el estrecho nacionalismo de los intelectuales kirchneristas, se hubiera eternizado en Rosario ejerciendo la medicina en vez de ir a jugarse la vida por sus ideas revolucionarias y socialistas en Guatemala, Cuba, el Congo y Bolivia.</p><p>El nacionalismo es una ideología que ha servido siempre a los sectores más cerriles de la derecha y la izquierda para justificar su vocación autoritaria, sus prejuicios racistas, sus matonerías, y para disimular su orfandad de ideas tras un fuego de artificio de eslóganes patrioteros.</p><p>Está visceralmente reñido con la cultura, que es diálogo, coexistencia en la diversidad, respeto del otro, la admisión de que las fronteras son en última instancia artificios administrativos que no pueden abolir la solidaridad entre los individuos y los pueblos de cualquier geografía, lengua, religión y costumbres pues la nación –al igual que la raza o la religión– no constituye un valor ni establece jerarquías cívicas, políticas o morales entre la colectividad humana. Por eso, a diferencia de otras doctrinas e ideologías, como el socialismo, la democracia y el liberalismo, el nacionalismo no ha producido un solo tratado filosófico o político digno de memoria, sólo panfletos a menudo de una retórica tan insulsa como beligerante.</p><p>Si alguien lo vio bien, y lo escribió mejor, y lo encarnó en su conducta cívica fue uno de los políticos e intelectuales latinoamericanos que yo admiro más, el argentino Juan Bautista Alberdi, que llevó su amor a la justicia y a la libertad a oponerse a la guerra que libraba su propio país contra Paraguay, sin importarle que los fanáticos de la intolerancia lo acusaran de traidor.</p><p>Los vetos y las censuras tienden a imposibilitar todo debate y a convertir la vida intelectual en un monólogo tautológico en el que las ideas se desintegran y convierten en consignas, lugares comunes y clisés.</p><p>Los intelectuales kirchneristas que sólo quisieran oír y leer a quienes piensan como ellos y que se arrogan la exclusiva representación de las “corrientes populares” de su país están muy lejos no sólo de un Alberdi o un Sarmiento sino también de una izquierda genuinamente democrática que, por fortuna, está surgiendo en América Latina, y que en países donde ha estado o está en el poder, como en Chile, Brasil, Uruguay, ha sido capaz de renovarse, renunciando no sólo a sus tradicionales convicciones revolucionarias reñidas con la democracia “formal” sino al populismo, al sectarismo ideológico y al dirigismo, aceptando el juego democrático, la alternancia en el poder, el mercado, la empresa y la inversión privadas, y las instituciones formales que antes llamaba burguesas.</p><p>Esa izquierda renovada está impulsando de una manera notable el progreso económico de sus países y reforzando la cultura de la libertad en América Latina.</p><p>¿Qué clase de Argentina quieren los intelectuales kirchneristas? ¿Una nueva Cuba, donde, en efecto, los liberales y demócratas no podríamos jamás dar una conferencia ni participar en un debate y donde sólo tienen uso de la palabra los escribidores al servicio del régimen?</p><p>La convulsionada Venezuela de Hugo Chávez es tal vez su modelo. Pero allí, a diferencia de los miembros del grupo “Carta Abierta”, la inmensa mayoría de intelectuales, tanto de izquierda como de derecha, no es partidaria de los vetos y censuras. Por el contrario, combate con gran coraje contra los atropellos a la libertad de expresión y la represión creciente del gobierno chavista a toda forma de disidencia u oposición.</p><p>De quienes parecen estar mucho más cerca de lo que tal vez imaginan Horacio González y sus colegas es de los piqueteros kirchneristas que, hace un par de años, estuvieron a punto de lincharnos, en Rosario, a una treintena de personas que asistíamos a una conferencia de liberales, cuando el ómnibus en que nos movilizábamos fue emboscado por una pandilla de manifestantes armados de palos, piedras y botes de pintura. Durante un buen rato debimos soportar una pedrea que destrozó todas las lunas del vehículo, y lo dejó abollado y pintarrajeado con insultos.</p><p>Una experiencia interesante e instructiva que parecía concebida para ilustrar la triste vigencia en nuestros días de aquella confrontación entre civilización y barbarie que describieron con tanta inteligencia y buena prosa Sarmiento en su Facundo y Esteban Echeverría en ese cuento sobrecogedor que es El matadero.</p><p>Me apena que quien encabezara esta tentativa de pedir que me censuraran fuera el director de la Biblioteca Nacional, es decir, alguien que ocupa ahora el sitio que dignificó Jorge Luis Borges.</p><p>Confío en que no lo asalte nunca la idea de aplicar, en su administración, el mismo criterio que lo guió a pedir que silenciaran a un escritor por el mero delito de no coincidir con sus convicciones políticas.</p><p>Sería terrible, pero no inconsecuente ni arbitrario. Supongo que si es malo que las ideas “liberales”, “burguesas” y “reaccionarias” se escuchen en una charla, es también malísimo y peligrosísimo que se lean. De ahí hay solo un paso a depurar las estanterías de libros que desentonan con “las corrientes progresistas del pueblo argentino”.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/lYWjWwO74p6Ol6gUIs8NdfJbfRA=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/AX2V464A2VH6VP2HTUTYNM2LNU.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[AP]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La casa de Arequipa</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/casa-Arequipa_0_3082191843.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/casa-Arequipa_0_3082191843.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 12:27:11 +0000</pubDate><description>La casa en que nací, en el número 101 del Boulevard Parra, en Arequipa, el 28 de marzo de 1936, no tiene ninguna distinción arquitectónica particular, salvo la vejez, que sobrelleva con dignidad y que le da ahora cierta apariencia respetable. Es una casa republicana, de principios del siglo XX.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La casa en que nací, en el número 101 del Boulevard Parra, en Arequipa, el 28 de marzo de 1936, no tiene ninguna distinción arquitectónica particular, salvo la vejez, que sobrelleva con dignidad y que le da ahora cierta apariencia respetable. Es una casa republicana, de principios del siglo XX.</p><p>Había oído en la familia que desde su lado este se tenía una magnífica vista de los tres volcanes tutelares de mi ciudad natal, pero ahora ya no se ven los tres, solo dos, el Misti y el Chachani, que lucen esta mañana soberbios y enhiestos bajo el sol radiante.</p><p>En los 75 años transcurridos desde que vine al mundo han surgido edificios y construcciones que ocultan casi enteramente al tercero, el Pichu Pichu.</p><p>Otro mérito de esta casona es haber resistido los abundantes temblores y terremotos que han sacudido a Arequipa, tierra volcánica si las hay, desde entonces.</p><p>Consta de dos pisos y desde su terraza trasera se divisa una buena parte de la sosegada campiña arequipeña, con sus pequeños huertos y chacras.</p><p>Su jardín delantero está completamente muerto, pero las lindas baldosas modernistas de la entrada brillan todavía.</p><p>La familia Llosa alquilaba el segundo piso a los dueños, la familia Vinelli, que vivía en la planta de abajo. La primera vez que yo pude entrar y conocer por dentro la casa donde nací y pasé mi primer año de vida, fue a mediados de los años 60.</p><p>Entonces vivía allí, solo, un señor Vinelli, afable viejecito que se acordaba de mi madre y mis abuelos, y que me enseñó el cuarto donde mi madre estuvo sufriendo lo indecible durante seis horas porque yo, por lo visto, con un emperramiento tenaz, me negaba a entrar en este mundo.</p><p>La comadrona, una inglesa evangelista llamada Miss Pitzer, después de esta batalla tuvo todavía ánimos para ayudar a dar a luz a la madre de Carlos Meneses, que es ahora director del diario El Pueblo de Arequipa.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/dlOv2pwb6ZqEwynnXpZhEztNPmY=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/I6QQ65TEGBHWXBFP3DO7W7WSWY.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Luis Loayza, un buen crítico</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Luis-Loayza-buen-critico_0_3092690773.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Luis-Loayza-buen-critico_0_3092690773.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 11:54:35 +0000</pubDate><description>Es un placer leer los ensayos de Luis Loayza y, a la vez, es imposible no sentir, mientras uno goza con ellos, esa melancólica tristeza que nos inspiran las buenas cosas que se acaban, que el tiempo va dejando atrás.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Es un placer leer los ensayos de Luis Loayza y, a la vez, es imposible no sentir, mientras uno goza con ellos, esa melancólica tristeza que nos inspiran las buenas cosas que se acaban, que el tiempo va dejando atrás.</p><p>Porque el ensayo literario que Loayza ha practicado toda su vida fue el que escritores como Edmund Wilson y Cyril Connolly, en el mundo anglosajón; o Paul Valéry, Jean Pauhlan y Maurice Blanchot, en Francia; o Alfonso Reyes, Octavio Paz y Ortega y Gasset, en español, utilizaron para expresar sus simpatías y diferencias a la vez que, al hacerlo, escribían textos de gran belleza literaria.</p><p>En nuestro tiempo, la crítica se ha apartado de esa buena tradición y escindido en dos direcciones que están, ambas, a años luz de la que encarnan los ensayos de Luis Loayza. Hay una crítica universitaria, erudita, generalmente enfardelada en una jerga técnica que la pone fuera del alcance de los no especialistas y, a menudo, vanidosa y abstrusa, que disimula detrás de sus enredadas teorizaciones lingüísticas, antropológicas o psicoanalíticas, su nadería. Y hay otra, periodística, superficial, hecha de reseñas y comentarios breves y ligeros, que dan cuenta de las nuevas publicaciones y que no disponen ni del espacio ni del ánimo para profundizar algo en los libros que comentan o fundamentar con argumentos sus valorizaciones.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/kKpVuXknr8ncakOVs0LlwjGorK4=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/WBDNNV52XZEGVEJ6HXQYDKQGBA.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Photos To GO]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Retorno a la dictadura, no</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Retorno-dictadura_0_3103189754.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Retorno-dictadura_0_3103189754.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 11:25:47 +0000</pubDate><description>Cuando los tres candidatos que representan la defensa del sistema democrático y liberal se dedican a destrozarse unos a otros, como ocurrió en las recientes elecciones peruanas -me refiero a Luis Castañeda, Alejandro Toledo y Pedro Pablo Kuczynski-, el resultado es previsible: los tres se autodestruyen y abren el paso de la segunda vuelta electoral a dos candidatos que, desde los extremos, representan una amenaza potencial para la supervivencia de la democracia y el desarrollo económico que, desde hace 10 años, había convertido al Perú en el país que progresaba más rápido en toda América Latina.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando los tres candidatos que representan la defensa del sistema democrático y liberal se dedican a destrozarse unos a otros, como ocurrió en las recientes elecciones peruanas -me refiero a Luis Castañeda, Alejandro Toledo y Pedro Pablo Kuczynski-, el resultado es previsible: los tres se autodestruyen y abren el paso de la segunda vuelta electoral a dos candidatos que, desde los extremos, representan una amenaza potencial para la supervivencia de la democracia y el desarrollo económico que, desde hace 10 años, había convertido al Perú en el país que progresaba más rápido en toda América Latina.</p><p>El poeta César Moro no exageraba demasiado cuando escribió: “En todas partes se cuecen habas, pero en el Perú solo se cuecen habas”.</p><p>Bien, no es cuestión de suicidarse, porque el suicidio no resuelve los problemas para los que se quedan vivos, de modo que, ahora, por lo menos la mitad de los peruanos debemos elegir entre dos opciones que habíamos descartado: Ollanta Humala y Keiko Fujimori.</p><p>Algunos amigos míos han decidido viciar su voto, pues rechazan a ambos candidatos por igual. Ésa es una decisión respetable desde el punto de vista individual y moral, pero nada efectiva en términos colectivos y prácticos, pues no votar equivale siempre a votar por el que gana, ya que se renuncia a hacer algo -aunque sea tan mínimo como lo que representa un solo voto- para impedirlo.</p><p>Creo que es preferible elegir, haciendo un esfuerzo de racionalidad y aceptando las tesis del compromiso sartreano, según las cuales siempre hay una opción preferible a las otras, aunque semejante elección implique inevitablemente un riesgo y la posibilidad del error.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/4C9-waqTUsyCxuvCZMEMMMhu-LA=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/DZLZHNPSWNFWDPBZLRY3T23JTU.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[POLÍTICA. La candidata presidencial de Perú Keiko Fujimori habla con los medios de comunicación después de una reunión con el presidente mexicano, Felipe Calderón. Reuters]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La hora de la verdad</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/hora-verdad_0_3113688697.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/hora-verdad_0_3113688697.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 10:54:33 +0000</pubDate><description>Aunque no soy creyente, tengo muchos amigos católicos, sacerdotes y laicos, y un gran respeto por quienes tratan de vivir de acuerdo con sus convicciones religiosas.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Aunque no soy creyente, tengo muchos amigos católicos, sacerdotes y laicos, y un gran respeto por quienes tratan de vivir de acuerdo con sus convicciones religiosas.</p><p>El cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima, en cambio, me parece representar la peor tradición de la Iglesia, la autoritaria y oscurantista, la del Index, Torquemada, la Inquisición y las parrillas para el hereje y el apóstata, y su reciente autodefensa, Los irrenunciables derechos humanos, publicada este mes de mayo en Lima, justifica todas las críticas que en nombre de la democracia y los derechos humanos recibe con frecuencia y, principalmente, de los sectores católicos más liberales.</p><p>En su texto desmiente que dijera jamás que “los derechos humanos son una cojudez” (palabrota peruana equivalente a la española gilipollez) y afirma que, en realidad, a quien aplicó tal grosería fue solo a la Coordinadora de Derechos Humanos, una institución dirigida por una ex religiosa española, Pilar Coll, que durante los años de las grandes matanzas perpetradas por la dictadura fujimorista llevó a cabo una admirable campaña de denuncia de los crímenes, torturas y desapariciones que se cometían con el pretexto de la lucha contra Sendero Luminoso. (La Comisión de la Verdad, que presidió el ex rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Salomón Lerner, ha documentado estas atrocidades).</p><p>El cardenal Cipriani desmiente, además, que durante la dictadura hubiera guardado silencio frente a uno de los crímenes colectivos más abyectos cometidos por Fujimori y sus cómplices: la esterilización, mediante engaños, de unas 300,000 campesinas a las que, por orden del dictador, los equipos del Ministerio de Salud ligaron las trompas o castraron, asegurándoles que se trataba de simples vacunas o de una medida que solo temporalmente les impediría concebir. ¿Cómo es que nadie se enteró en el Perú de que el arzobispo había encontrado reprobables estos atropellos? Porque en vez de protestar públicamente ¡se limitó a hacerlo en privado, es decir, susurrando con discreción su protesta en el pabellón de la oreja del dictador!</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/r8qw72gBluUEOyHeigtpDvQsld4=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/HYFECDGWQFHDDEBHD3BQWBYCNI.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Cardenal Juan Luis CiprianiAP]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Montaigne en la trifulca</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Montaigne-trifulca_0_3124187655.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Montaigne-trifulca_0_3124187655.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 10:26:43 +0000</pubDate><description>Nada mejor que volver al ejemplo de Monsieur de Montaigne en tiempos de elecciones, que suelen ser tensos y a veces beligerantes, irracionales y violentos, y nada mejor que hacerlo de la mano de Jorge Edwards que, en su último libro, La muerte de Montaigne, traza una delicada y seductora imagen del célebre autor de los Ensayos.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Nada mejor que volver al ejemplo de Monsieur de Montaigne en tiempos de elecciones, que suelen ser tensos y a veces beligerantes, irracionales y violentos, y nada mejor que hacerlo de la mano de Jorge Edwards que, en su último libro, La muerte de Montaigne, traza una delicada y seductora imagen del célebre autor de los Ensayos.</p><p>No se trata de una novela ni de un ensayo, sino de una crónica que se vale también de aquellos géneros, e incluso de la historia, para recrear, con comentarios personales y, a ratos, pinceladas de fantasía, la vida, la obra, y, sobre todo, la sabia serenidad con que supo encarar la vida y los desórdenes de la política el Señor de la Montaña.</p><p>El gran clásico francés, modelo y maestro de Azorín, que lo leyó y releyó toda su vida y de quien aprendió tal vez esa calmosa y casi quieta manera de escribir que fue la suya, es la columna vertebral del libro de Edwards, el tronco alrededor del cual se despliega ese frondoso ramaje, los datos sobre su familia, su tiempo, sus peligrosos viajes a caballo por media Europa, las guerras de religión que desangraban a Francia, los reyes asesinados a puñaladas, las intrigas políticas.</p><p>De pronto, en medio de toda esa rica materia, surge la ficción, en pequeñas escenas y episodios que añaden una orla imaginaria y risueña a la intensa recreación histórica.</p><p>Los comentarios del autor son personales, astutos, inteligentes, y atestiguan una recóndita identificación con la psicología de Montaigne, el maestro que, con perfecto control de sí mismo y sin dejarse nunca arrebatar por los tumultos y riesgos que lo cercan, escudriña su entorno y lo comenta, a la vez que relee a sus amados clásicos helenos y latinos, con citas de los cuales ha pintarrajeado todas las vigas de la torre bordelesa donde se ha confinado a escribir y meditar.</p><p>Los largos intervalos sobre las conspiraciones, matanzas, odios y enredos en la corte ganan a veces el protagonismo y la figura de Montaigne se desvanece en ese fresco animado de las peripecias militares, sociales y políticas, pero luego reaparece y sus lúcidas y penetrantes reflexiones arrojan una luz que vuelve racional e inteligible lo que parecía caos, barbarie, incomprensible trifulca de gentes ávidas de poder.</p><p>La fuente histórica principal de Jorge Edwards es Michelet, prosista eximio, pero relator parcial y a veces inexacto de las peripecias e intervenciones de Montaigne en la vida política (fue alcalde de Burdeos y amigo y consejero de Enrique III de Navarra antes de que llegara al trono francés).</p><p>El libro se lee con el mismo placer que ha sido escrito y el lector queda, al final, tan prendado del Señor de la Montaña como el propio Jorge Edwards o como lo estuvo Azorín.</p><p>Edwards es un magnífico cronista, acaso el último cultor de un género casi extinguido, y este libro me parece uno de los mejores que ha escrito, en todo caso en el que se ha acercado más y mejor al tema complejo de la vocación literaria, de la manera como la literatura nace de la vida vivida y vuelve a ella a través de quien, inspirado en sus propias experiencias, fantasea, inventa otra vida imaginaria y mediante lo que escribe impregna y sutilmente altera la vida verdadera, a veces para mejor, pero también algunas veces para peor.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/R1lcwqR0HJS0uYrG7NinXBYcQqc=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/MDIH27UFF5GMVHGYVXUPIKT6ZY.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Napoleón, el artista</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Napoleon-artista_0_3134686584.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Napoleon-artista_0_3134686584.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 09:58:38 +0000</pubDate><description>La exposición tiene lugar en un prestigioso centro cultural y librería de Barcelona llamado Mutt, se titula “Abstracción en el establo” y consta de nueve cuadros no figurativos de gran formato. El artista, Napoleón, exhibe por primera vez para el gran público.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La exposición tiene lugar en un prestigioso centro cultural y librería de Barcelona llamado Mutt, se titula “Abstracción en el establo” y consta de nueve cuadros no figurativos de gran formato. El artista, Napoleón, exhibe por primera vez para el gran público.</p><p>Tiene apenas cuatro años y es, según Jacinto Antón, corresponsal de El País en la ciudad condal, “un frisón holandés de pura raza y color negro”, de apuesta estampa y mirada simpática a juzgar por la fotografía. Pinta sus lienzos cogiendo –mejor debería decir mordiendo- el pincel con los dientes y desde sus primeros pinitos en el campo del arte mostró un decidido rechazo por toda forma de realismo y una resuelta deriva hacia la abstracción.</p><p>Su descubridor, socio, empresario, colega y ayudante, el pintor y animador cultural Sergio Caballero dice que, al descubrir los primeros trabajos de Napoleón, en alguna caballeriza me imagino, advirtió que el joven aprendiz “hacía expresionismo abstracto tipo De Kooning” y decidió alentar su vocación y promoverlo.</p><p>Formaron una sociedad y, en efecto, los nueve cuadros llevan la siguiente firma indisoluble: “Napoleón &amp; Caballero”. Trabajan de este modo.</p><p>Sergio prepara los bastidores y los lienzos y los fondos de los cuadros que, en estos nueve que se exhiben, son fotografías suyas de la ciudad portuguesa de Oporto entreveradas con los retratos de unos monitos titís vestidos como niños y tomados por un artista callejero de San Petersburgo.</p><p>Este panorama, imagino yo, estimula la inspiración de Napoleón, que procede entonces a imponer sobre aquellas imágenes su alegre floración multicolor de abigarradas formas lanceoladas, piramidales, movedizas o estáticas, agresivas o lánguidas, probablemente dando de tanto en tanto un relincho para que Sergio le cambie el pincel y los colores, o para expresar su contento o frustración con la tarea en marcha.</p><p>De los nueve cuadros, cuando Jacinto Antón visitó la muestra, ya se habían vendido dos, a 3 mil 600 euros (unos 4 mil 400 dólares) uno de ellos y el otro a 6 mil (unos 8 mil 800 dólares).</p><p>No es mucho, pero teniendo en cuenta que el expositor es todavía un absoluto desconocido, no está tan mal. Caballero le aseguró que esta ganancia se reparte equitativamente entre él y Napoleón, aunque, lógicamente, este último, en vez de recibir lo que le corresponde en billetes contantes y sonantes, lo recibe en alfalfa y otros condimentos afines a su naturaleza equina.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/9fysa6vB3yQlHD4mBsWijeZEjl4=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/2MV6GDJ75RFR3KFEYQIOQ4W7KQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Photos To Go]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La derrota del fascismo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/derrota-fascismo_0_3145185557.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/derrota-fascismo_0_3145185557.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 09:28:13 +0000</pubDate><description>La victoria de Ollanta Humala en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el último 5 de junio, ha salvado al Perú de la instalación de una dictadura que, amparada por una mayoría electoral, hubiera exonerado al régimen de Fujimori y Montesinos (1990-2000) de los crímenes y robos que cometió, así como de los atropellos a la Constitución y a las leyes que marcaron ese decenio. Y hubiera devuelto al poder a los 77 civiles y militares que, por delitos perpetrados en esos años, cumplen prisión o se encuentran procesados. Por la más pacífica y civilizada de las formas –un proceso electoral- el fascismo hubiera resucitado en el Perú.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La victoria de Ollanta Humala en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el último 5 de junio, ha salvado al Perú de la instalación de una dictadura que, amparada por una mayoría electoral, hubiera exonerado al régimen de Fujimori y Montesinos (1990-2000) de los crímenes y robos que cometió, así como de los atropellos a la Constitución y a las leyes que marcaron ese decenio. Y hubiera devuelto al poder a los 77 civiles y militares que, por delitos perpetrados en esos años, cumplen prisión o se encuentran procesados. Por la más pacífica y civilizada de las formas –un proceso electoral- el fascismo hubiera resucitado en el Perú.</p><p>“Fascismo” es una palabra que ha sido usada con tanta ligereza por la izquierda, más como un conjuro o un insulto contra el adversario que como un concepto político preciso, que a muchos parecerá una etiqueta sin mayor significación para designar a una típica dictadura tercermundista.</p><p>No lo fue, sino algo más profundo, complejo y totalizador que esos tradicionales golpes de Estado en que un caudillo moviliza los cuarteles, trepa al poder, se llena los bolsillos y los de sus compinches, hasta que, repelido por un país esquilmado hasta la ruina, se da a la fuga.</p><p>El régimen de Fujimori y Montesinos –da vergüenza decirlo- fue popular. Contó con la solidaridad de la clase empresarial por su política de libre mercado y la bonanza que trajo la subida de los precios de las materias primas, y de amplios sectores de las clases medias por los golpes asestados a Sendero Luminoso y al Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, cuyas acciones terroristas –apagones, secuestros, cupos, bombas, asesinatos- las tenían en la inseguridad y el pánico. Sectores rurales y lumpen fueron ganados mediante políticas asistencialistas de repartos y dádivas. Quienes denunciaron los atropellos a los derechos humanos, las torturas, desapariciones y aniquilamiento masivo de campesinos, trabajadores y estudiantes acusados (falsamente en la mayoría de los casos) de colaborar con el terrorismo, fueron perseguidos e intimidados, y sufrieron toda clase de represalias. Montesinos prohijó una floración de una “prensa chicha” inmunda, cuya razón de ser era hundir en el oprobio a los opositores mediante escándalos fabricados.</p><p>Los medios de comunicación fueron sobornados, extorsionados y neutralizados, de modo que el régimen sólo contó con una oposición en la prensa minimizada y en sordina, la necesaria para jactarse de respetar la libertad de crítica.</p><p>Periodistas y dueños de medios de comunicación eran convocados por Montesinos a su oscura cueva del Servicio de Inteligencia, donde no sólo se les pagaba su complicidad con bolsas de dólares, también se les filmaba a escondidas para que quedaran pruebas gráficas de su vileza. Por allí pasaban empresarios, jueces, políticos, militares, periodistas, representantes de todo el espectro profesional y social. Todos salían con su regalo bajo el brazo, encanallados y contentos.</p><p>La Constitución y las leyes fueron adaptadas a las necesidades del dictador, a fin de que él y sus cómplices parlamentarios pudieran reelegirse con comodidad.</p><p>Las pillerías no tenían límite y llegaron a batir todas las marcas de la historia peruana de la corrupción. Ventas de armas ilícitas, negocios con narcotraficantes a quienes la dictadura abrió de par en par las puertas de la selva para que sus avionetas vinieran a llevarse la pasta básica de cocaína, comisiones elevadas en todas las grandes operaciones comerciales e industriales, hasta sumar en 10 años de impunidad la asombrosa suma de unos seis mil millones de dólares, según cálculos de la Procuraduría que, al volver la democracia, investigó los tráficos ilícitos durante el decenio.</p><p>Esto es, en apretado resumen, lo que iba a retornar al Perú con los votos de los peruanos si ganaba las elecciones la señora Keiko Fujimori. Es decir, el fascismo del siglo XXI. Éste ya no se encarna en svásticas, saludo imperial, paso de ganso y un caudillo histérico vomitando injurias racistas en lo alto de una tribuna. Sino, exactamente, en lo que representó en el Perú, de 1990 a 2000, el gobierno de Fujimori.</p><p>Una pandilla de desalmados voraces que, aliados con empresarios sin moral, periodistas canallas, pistoleros y sicarios, y la ignorancia de amplios sectores de la sociedad, instala un régimen de intimidación, brutalidad, demagogia, soborno y corrupción, que, simulando garantizar la paz social, se eterniza en el poder.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/t2ABVsRcklsD5Acw70tTnWOdFk0=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/PXNIGONUQJFONNGYIW5JBG7KDE.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[MANDATARIO. El líder nacionalista Ollanta Humala muestra los documentos oficiales que lo acreditan como presidente de Perú a partir del 28 de julio y hasta la misma fecha de 2016. La ceremonia se ce]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>El aire fresco y las moscas</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/aire-fresco-moscas_0_3155684448.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/aire-fresco-moscas_0_3155684448.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 08:59:00 +0000</pubDate><description>Vuelvo a China después de unos 15 años y parece otro país. Aunque he oído y leído todos los ditirambos sobre su formidable desarrollo económico, la realidad va todavía más allá.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Vuelvo a China después de unos 15 años y parece otro país. Aunque he oído y leído todos los ditirambos sobre su formidable desarrollo económico, la realidad va todavía más allá.</p><p>En Shanghai, el distrito de Pudong, junto al río, hace cuatro lustros una llanura de arrozales, es ahora un Wall Street cuatro veces más grande y con el doble o triple de rascacielos. Tanto en esta ciudad como en Pekín la transformación urbana es portentosa: puentes, avenidas, túneles, construcciones para oficinas o viviendas, tiendas, galerías, parques, exhiben una modernidad y prosperidad impetuosas, un dinamismo que fermenta las 24 horas del día.</p><p>Una riqueza ostentosa, sin complejos, se pavonea por doquier, en los grandes almacenes y los hoteles lujosísimos, en las gigantescas vitrinas que ofrecen los vestidos, trajes, bolsos, joyas, relojes, zapatos, automóviles, fantasías y locuras de las firmas más afamadas del mundo.</p><p>Hay restaurantes por doquier y todos están llenos de gente generalmente bien vestida y amable que conversa y come sin soltar los teléfonos móviles, espiando de tanto en tanto el contorno desde detrás de sus anteojos marca Ray Ban, Ferragamo, Gucci o Lanvin. Uno se creería en la Quinta Avenida, los Champs Elysées o Bond Street, pero multiplicados por cinco o por diez. Se diría que desde que Deng Xiaoping lanzó la consigna “¡Enriquecerse es glorioso!” la realidad le hizo caso y sus 1,400 millones de compatriotas empezaron a producir y ganar dinero de manera frenética.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/QIYzEv-NGqf5Wks6jRCqYMJpeHY=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/MARFIG4EPZBV3DP27PEHD46V4Y.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Xinhua]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La pareja del año</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/pareja-ano_0_2740975880.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/pareja-ano_0_2740975880.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | piedra de toque</dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 03:14:35 +0000</pubDate><description>Mi amiga Kathrin Holzach, alemana de nacimiento, argentina de adopción y ciudadana del mundo, me envía desde Nairobi una historia que me ha conmovido hasta los huesos.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Mi amiga Kathrin Holzach, alemana de nacimiento, argentina de adopción y ciudadana del mundo, me envía desde Nairobi una historia que me ha conmovido hasta los huesos.</p><p>Ocurrió tal como la cuento, sigue ocurriendo todavía y parece uno de esos relatos navideños que se cuentan en las familias para que aleccionen a los niños y los induzcan a ser buenos, obedientes y felices.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/0bOHoXqnctFeWMmc1p82ptyJUxE=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/75EKKINEN5C4HPQEXGU36ASLXQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>El reciente triunfo de Sebastián Piñera</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/reciente-triunfo-Sebastian-Pinera_0_2761973782.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/reciente-triunfo-Sebastian-Pinera_0_2761973782.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | piedra de toque</dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 02:34:18 +0000</pubDate><description>Con Sebastián Piñera en la Presidencia, el desarrollo económico y la democratización de Chile recibirán un fuerte impulso y consolidarán el progreso integral de la sociedad chilena que, desde la caída de la dictadura de Augusto Pinochet hace 20 años, es el más profundo que ha conocido América Latina.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Con Sebastián Piñera en la Presidencia, el desarrollo económico y la democratización de Chile recibirán un fuerte impulso y consolidarán el progreso integral de la sociedad chilena que, desde la caída de la dictadura de Augusto Pinochet hace 20 años, es el más profundo que ha conocido América Latina.</p><p>Curiosamente, su victoria no es una recusación de Michelle Bachelet.</p><p>La presidenta de Chile sale del poder con 81% de popularidad, la más alta que haya merecido al dejar el gobierno un mandatario chileno.</p><p>Interesante sutileza la del electorado de Chile: premia con su afecto a la primera mujer que llegó a La Moneda y reconoce su honestidad, su empeño en las tareas de gobierno, sus esfuerzos sobre todo para promover a la mujer y superar los prejuicios que frenaban su participación en la vida económica y política. Y, a la vez, decide que ha llegado la hora de la alternancia, abriéndole a la oposición de derecha el acceso al poder, luego de cuatro lustros de gobierno de los partidos de izquierda y centro izquierda de la Concertación. Hacía 52 años que un candidato de aquella tendencia no ganaba unas elecciones en Chile: el último fue Jorge Alessandri en 1958.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/RMFylaDbQzvwycjwiDvxS-0j72w=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/FGQTTGIWKZH5JEVHOBYLJBUSUU.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[1328104]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La amistad y los libros que se escriben</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/amistad-libros-escriben_0_2772472733.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/amistad-libros-escriben_0_2772472733.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 02:08:19 +0000</pubDate><description>Me pasó hace algunos años con Javier Cercas y ahora me acaba de pasar de nuevo con Héctor Abad Faciolince.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Me pasó hace algunos años con Javier Cercas y ahora me acaba de pasar de nuevo con Héctor Abad Faciolince.</p><p>Cuando leí la extraordinaria novela de aquél, Soldados de Salamina, no sólo me quedó en el cuerpo –bueno, en el espíritu– ese sentimiento de felicidad y gratitud que nos depara siempre la lectura de un hermoso libro, sino, además, una necesidad urgente de conocerlo, estrecharle la mano y agradecérselo en persona.</p><p>Gracias a Juan Cruz, uno de cuyos méritos es estar inevitablemente donde se lo necesita, no mucho después, en una extraña noche en que Madrid parecía haber quedado desierta y como esperando la aniquilación nuclear, conocí a Cercas, en un restaurante lleno de fantasmas.</p><p>De inmediato descubrí que la persona era tan magnífica como el escritor y que siempre seríamos amigos.</p><p>Me ocurre muy rara vez sentir esa urgencia por conocer personalmente a los autores de los libros que me conmueven o maravillan.</p><p>Me he llevado ya algunas tremendas decepciones al respecto y, de manera general, pienso que es preferible quedarse con la imagen ideal que uno se hace de los escritores que admira, antes que arriesgarse a cotejarla con la real.</p><p>Salvo que uno tenga la aplastante sospecha de que vale la pena intentarlo.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/vDzLHgFUv2PDYxoz3NewibIqNkw=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/R4SI3RKLPVBPNJATXLL5SCTYLU.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Sobre el fascinante arte de mecer en el Perú</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/fascinante-arte-mecer-Peru_0_2782971683.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/fascinante-arte-mecer-Peru_0_2782971683.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | piedra de toque</dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 01:43:49 +0000</pubDate><description>Hace unas mañanas, a la hora del almuerzo, escuché a mi hija Morgana contar los cuentos que les cuenta, a ella y a Stefan, su marido, la compañía de Cable Mágico para justificar su demora en instalarles el sistema de televisión por cable.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Hace unas mañanas, a la hora del almuerzo, escuché a mi hija Morgana contar los cuentos que les cuenta, a ella y a Stefan, su marido, la compañía de Cable Mágico para justificar su demora en instalarles el sistema de televisión por cable.</p><p>Les juran que irán esta tarde, mañana, mañana en la tarde, y nunca van. Hartos de tanto cuento, han decidido pasarse a la competencia, Direct TV, a ver si es más puntual.</p><p>Lo ocurrido a Stefan y Morgana me ha tenido varias horas recordando la maravillosa historia de “Ventilaciones Rodríguez, S.A.” que viví y padecí cerca de 12 meses, aquí en Lima, hace la broma de 30 años.</p><p>Nos habíamos comprado una casa en el rincón de la ciudad que queríamos, frente al mar de Barranco, y un arquitecto amigo, Cartucho Miró Quesada, me había diseñado en toda la segunda planta el estudio de mis sueños: estantes para libros, un escritorio larguísimo de tablero muy grueso, una escuadra de sillones para conversar con los amigos, y una chimenea junto a la cual habría un confortable muy cómodo y una buena lámpara para leer.</p><p>Las circunstancias harían que la pieza más memorable del estudio fuera, con el tiempo y por imprevistas razones, la chimenea.</p><p>Era de metal, aérea y cilíndrica y Cartucho la había diseñado él mismo, como una escultura. ¿Quién la fabricaría? Alguien, tal vez el mismo Cartucho, me recomendó a esa indescriptible empresa de apelativo refrigerado: “Ventilaciones Rodríguez, S.A.”.</p><p>Recuerdo perfectamente aquella tarde, a la hora del crepúsculo, en que su propietario y gerente, el ingeniero Rodríguez, compareció en mi todavía inexistente estudio para firmar el contrato.</p><p>Era joven, enérgico, hablador, ferozmente simpático. Escuchó las explicaciones del arquitecto, auscultó los planos con ojos zahoríes, comentó dos o tres detalles con la seguridad del experto y sentenció: “La chimenea estará lista en dos semanas”.</p><p>Le explicamos que no debía apurarse tanto. El estudio solo estaría terminado dentro de mes y medio. “Ese es su problema”, declaró, con un desplante taurino. “Yo la tendré lista en 15 días. Ustedes podrán recogerla cuando quieran”.</p><p>Partió como una exhalación y nunca más lo volví a ver, hasta ahora. Pero juro que su nombre y su fantasma fueron la presencia más constante y recurrente en todos los meses sucesivos a aquel único encuentro, mientras el estudio se acababa de construir y se llenaba de libros, papeles, discos, máquinas de escribir, cuadros, muebles, alfombras, y el hueco del techo seguía allí, mostrando el grisáceo cielo de Lima y esperando a la chimenea que nunca llegaba.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/4x0HZIIIBJy-R5aoBUtQsBzZHkY=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/ACFUX772KZFPPA25642Q6S3ZQA.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Lula y los hermanos Castro</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Lula-hermanos-Castro_0_2793470633.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Lula-hermanos-Castro_0_2793470633.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 01:17:39 +0000</pubDate><description>Mi capacidad de indignación política se embota algo los meses del año que paso en Europa.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Mi capacidad de indignación política se embota algo los meses del año que paso en Europa.</p><p>La razón, supongo, es que vivo allá en países democráticos en los que, no importa los problemas que padezcan, hay un amplio margen de libertad para la crítica, y los medios de comunicación social, los partidos, las instituciones y los individuos suelen protestar con entereza y ruido cuando se suscita un hecho afrentoso y despreciable, sobre todo en el campo político.</p><p>En América Latina, en cambio, donde paso tres o cuatro meses al año, aquella capacidad de indignación retorna siempre, con la furia de mi juventud, y me hace vivir en el quién vive, desasosegado y alerta, esperando (y preguntándome de dónde vendrá esta vez) el hecho execrable que, generalmente, pasará inadvertido para el gran número, o merecerá el beneplácito o la indiferencia general.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/-NEIZ56OwHOXVOGyfGG06-Onh5c=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/RUH36QPTGFC3TDI3XYYAPWNO3U.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>El placer que está en tus manos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/placer-manos_0_2803969583.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/placer-manos_0_2803969583.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 00:51:36 +0000</pubDate><description>Hace algún tiempo hubo un pequeño alboroto mediático en España al descubrirse que la Junta de Gobierno de Extremadura, en manos de los socialistas, había organizado, dentro de su plan de educación sexual de los escolares, unos talleres de masturbación para niños y niñas a partir de los 14 años, campaña a la que bautizó, no sin picardía, “El placer está en tus manos”.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Hace algún tiempo hubo un pequeño alboroto mediático en España al descubrirse que la Junta de Gobierno de Extremadura, en manos de los socialistas, había organizado, dentro de su plan de educación sexual de los escolares, unos talleres de masturbación para niños y niñas a partir de los 14 años, campaña a la que bautizó, no sin picardía, “El placer está en tus manos”.</p><p>Ante las protestas de algunos contribuyentes de que se invirtiera de este modo el dinero de los impuestos, los voceros de la Junta alegaron que la educación sexual de los niños era indispensable para “prevenir embarazos no deseados” y que, por lo tanto, las clases de masturbación servirían para “evitar males mayores”. En la polémica que el asunto provocó, la Junta de Extremadura recibió las felicitaciones y el apoyo de la Junta de Andalucía, cuya Consejera de Igualdad y Bienestar, Micaela Navarro, anunció que aquella iniciativa era “importante” y que en Andalucía comenzará en breve el lanzamiento de una campaña similar a la extremeña. De otro lado, un intento de acabar con los talleres de masturbación mediante una acción judicial que intentó una organización afín al Partido Popular y bautizada –con no menos chispa- “Manos limpias”, fracasó estrepitosamente pues la Fiscalía del Tribunal de Justicia de Extremadura no dio curso a la denuncia y la archivó.</p><p>¡A masturbarse, pues, niños y niñas del mundo! Cuánta agua ha corrido en este viejísimo planeta que todavía nos soporta a los humanos desde que en mi niñez los padres salesianos y los hermanos de La Salle –dos colegios en los que estudié la primaria- nos asustaban con el espantajo de que los “malos tocamientos” producían la ceguera, la tuberculosis y la imbecilidad. Ahora, seis décadas después, ¡clases de paja en las escuelas! Eso se llama progreso, señores. ¿Lo es, de veras?</p><p>La curiosidad, no la maledicencia, me acribilla el cerebro de preguntas. ¿Pondrán notas? ¿Tomarán exámenes? ¿Los talleres serán sólo teóricos o también prácticos? ¿Qué proezas tendrán que realizar el alumno y la alumna para sacar la nota de excelencia y qué fiascos para ser desaprobados? ¿Dependerá de la cantidad de conocimientos que su memoria retenga o de la velocidad, cantidad y consistencia de los orgasmos que produzca la destreza táctil de chicos y chicas? No son bromas. Si se tiene la audacia de abrir talleres para iluminar a la puericia en las artes y técnicas de la masturbación, todas ellas son perfectamente pertinentes.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/LypjE0GNPQvgaT-StmR2MrXlWl8=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/HACZBW6JYFCMHIFMGDIGLIDKDQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Photos to Go]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Jesús entre las ruinas de Haití</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Jesus-ruinas-Haiti_0_2814468530.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Jesus-ruinas-Haiti_0_2814468530.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Sun, 26 Jan 2020 00:27:56 +0000</pubDate><description>Emergió entre las ruinas del Palacio Legislativo de Puerto Príncipe como una aparición.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Emergió entre las ruinas del Palacio Legislativo de Puerto Príncipe como una aparición.</p><p>Era un caballero de ébano, erecto e impecable, una presencia inverosímil en ese mediodía de calor torrencial, con su traje azul tan bien planchado, su chaleco, su corbata colorada, sus gruesos guantes negros de cuero y lana, su sombrero de fieltro, su bastón con un mapamundi en la empuñadura, su espada flamígera en el costado derecho y su daga sarracena en el izquierdo. En medio de la polvareda, sus zapatos relucían como espejos.</p><p>-Soy Jesús de Nazareth –nos dijo en perfecto francés, sin mezclarlo con una palabra de créole-. He resucitado tres veces. La primera, ya saben cuándo. La segunda, para la independencia de Haití. Ésta es la tercera. Estaba sentado a la diestra del Padre y Él me mandó volver, con una misión.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/Mh6MK7qkeoLLsBt5wNv-4spec24=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/RNVSXB7ZCFB7PFGIICR67XUOWE.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[RELIGIÓN. Un grupo de fieles durante el Vía Crucis en Ganthier, al este de Puerto Príncipe (Haití). EFE/Andrés Martínez Casareso]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>El retrato de una familia literaria</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/retrato-familia-literaria_0_2840715905.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/retrato-familia-literaria_0_2840715905.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 23:20:55 +0000</pubDate><description>Cuando la conocí, en el pueblecito aragonés de Calaceite, Pilar Donoso era una niña que protagonizaba con mis hijos las aventuras que inspiraron a su padre, José Donoso, una de sus mejores novelas: Casa de Campo (1978). Y aunque la volví a ver después, en Chile, ya hecha una joven, y luego toda una señora, la imagen que de ella prevalece en mi memoria es la de aquella criatura vivaracha y traviesa que revoloteaba sin tregua por la soberbia casa de piedra de las alturas de Teruel que los Donoso habían decorado con todas sus soberbias excentricidades y neurosis.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando la conocí, en el pueblecito aragonés de Calaceite, Pilar Donoso era una niña que protagonizaba con mis hijos las aventuras que inspiraron a su padre, José Donoso, una de sus mejores novelas: Casa de Campo (1978). Y aunque la volví a ver después, en Chile, ya hecha una joven, y luego toda una señora, la imagen que de ella prevalece en mi memoria es la de aquella criatura vivaracha y traviesa que revoloteaba sin tregua por la soberbia casa de piedra de las alturas de Teruel que los Donoso habían decorado con todas sus soberbias excentricidades y neurosis.</p><p>Ahora, la Pilarcita ha publicado un libro tan extraño y hermoso como su título, Correr el tupido velo. En él, sus padres y ella vuelcan su intimidad a través de diarios privados, cartas, testimonios y recuerdos que introducen al lector en todos los pliegues y repliegues de la vida de una familia, con inusitada sinceridad y, al mismo tiempo, con tanta elegancia que todo lo que hay en sus páginas de sufrimiento y desgarro queda como atenuado y embellecido.</p><p>Por otra parte, además de una biografía de sus padres y de ella misma, la autora ofrece en este libro un documento excepcional sobre el proceso creativo del escritor que fue José Donoso, las fuentes y modelos que le sirvieron para gestar sus historias, sus métodos y manías, los entusiasmos y las depresiones por las que pasaba, su tenacidad y disciplina, y los arrebatos, paranoias, histerias, ingenuidades, miedos y, a veces, ilusiones de chiquilín con que, además de la imaginación y la memoria, amasaba sus cuentos y novelas.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/3H_oJsQQ9GJYploFvwQbWBUe1dQ=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/J52CB53T6RAIBBCX753IOHACMY.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[PERSONAJES. De izquierda a derecha los escritores Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa y José Donoso.EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La muerte de un pimpollo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/muerte-pimpollo_0_2851214935.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/muerte-pimpollo_0_2851214935.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 22:54:42 +0000</pubDate><description>Hace unos días, en el piso A3.1 de un edificio que hace esquina entre la avenida Francisco Prats Ramírez y la calle Núñez de Cáceres del barrio residencial El Millón de Santo Domingo, República Dominicana, se encontró muerto a un octogenario llamado Luis José León Estévez que, según testimonio de los vecinos, vivía solo como un hongo y nunca recibía visitas.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días, en el piso A3.1 de un edificio que hace esquina entre la avenida Francisco Prats Ramírez y la calle Núñez de Cáceres del barrio residencial El Millón de Santo Domingo, República Dominicana, se encontró muerto a un octogenario llamado Luis José León Estévez que, según testimonio de los vecinos, vivía solo como un hongo y nunca recibía visitas.</p><p>A todas luces, había puesto fin a su vida por su propia mano, descerrajándose un disparo en la cabeza. La pistola Colt, calibre 45, estaba junto al cadáver, que yacía de espaldas en una cama simple en la que, para entrar en la muerte con más comodidad, el suicida había colocado dos almohadones bajo su espalda. Antes de tumbarse, se había quitado los zapatos. En el cuarto había, además, varias maletas hechas, un teléfono, un televisor y un novenario.</p><p>Con él desaparece un personaje que fue muy famoso, en el peor sentido que puede tener esta expresión, en los años de 1950 del siglo pasado, durante la llamada era de Trujillo, esos 31 años (1930-1961) en los que el Generalísimo Rafael Trujillo Molina, Jefe Máximo y Benefactor y Padre de la Patria Nueva, fue el amo y señor –un verdadero dios- de la República Dominicana.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/8auKWiLTtkc9S6BUASRH4DQiU2g=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/SMYQ2HPW75HINBQGDY2XLKWY3Y.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[ESCENA. Tomás Milán interpretó el papel del dictador Rafael Leónidas Trujillo en la película ‘La Fiesta del Chivo’ (2005).CORTESÍA/Lola Films]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Sobre ‘Los pecados de mi padre’</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/pecados-padre_0_2856464332.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/pecados-padre_0_2856464332.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 22:41:45 +0000</pubDate><description>La televisión ha sido un extraordinario invento, ya lo sabemos, pero ha sido también un formidable desperdicio, pues, en lugar de contribuir a elevar la cultura y la sensibilidad de todo el mundo, ha banalizado, frivolizado y –me atrevo a decir- aumentado el nivel de imbecilidad en un gran número de seres humanos, a quienes las imágenes de los programas más exitosos de la pequeña pantalla –dechados de vulgaridad, chismografía y amarillismo periodístico- exoneran de preo-cupaciones, inquietudes espirituales e intelectuales y hasta de la incomodidad de pensar.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La televisión ha sido un extraordinario invento, ya lo sabemos, pero ha sido también un formidable desperdicio, pues, en lugar de contribuir a elevar la cultura y la sensibilidad de todo el mundo, ha banalizado, frivolizado y –me atrevo a decir- aumentado el nivel de imbecilidad en un gran número de seres humanos, a quienes las imágenes de los programas más exitosos de la pequeña pantalla –dechados de vulgaridad, chismografía y amarillismo periodístico- exoneran de preo-cupaciones, inquietudes espirituales e intelectuales y hasta de la incomodidad de pensar.</p><p>Esto se hace sobre todo evidente por contraste, cuando aparece un programa capaz de aprovechar la televisión para enriquecer la información, el conocimiento o el placer de los televidentes de una manera realmente original y creativa.</p><p>Yo recuerdo algunos de ellos, que sobresalían olímpicamente sobre el piélago de chabacanería e idiotismo en que de costumbre chapalean sus congéneres: “Panorama”, de la BBC, que cada semana ofrecía una investigación novedosa y profunda sobre un tema político de actualidad en el Reino Unido y en el mundo; Apostrophes, de Bernard Pivot, que pasaba revista cada semana a la actualidad literaria en Francia con tanta sutileza, inteligencia y amenidad que era visto por millones de televidentes; “60 Minutes”, de la CBS, que en tres o cuatro secuencias de apenas trece minutos cada una ofrece una síntesis fascinante de los hechos y personajes más destacados de la escena internacional.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/x5ei5la-Y1ZquMaaumPe5YkSNtY=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/4EG5HTSHQVFYHIBPRVCV6TJESE.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Sebastián Marroquín REUTERS]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Israel: La amistad difícil</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Israel-amistad-dificil_0_2866963280.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Israel-amistad-dificil_0_2866963280.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 22:11:17 +0000</pubDate><description>Cada día es más difícil ser amigo de Israel, salvo para los incondicionales convencidos de que todo lo que hacen las autoridades israelíes es bueno, que todos los palestinos son terroristas y que las críticas a la política de Israel son siempre producto del antisemitismo.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cada día es más difícil ser amigo de Israel, salvo para los incondicionales convencidos de que todo lo que hacen las autoridades israelíes es bueno, que todos los palestinos son terroristas y que las críticas a la política de Israel son siempre producto del antisemitismo.</p><p>Yo sigo siéndolo, pese a la repugnancia que me inspira su Gobierno actual, la intransigencia fanática de sus colonos y los abusos y, a veces, crímenes que Israel comete en los territorios ocupados y en Gaza, o fuera de sus fronteras, como ocurrió hace pocas semanas con los nueve muertos y las decenas de heridos de la flotilla de la libertad.</p><p>Esta última es sólo una de las caras de Israel. Hay otra, admirable y ejemplar, desdibujada por la primera, pero más permanente y representativa, la de un país democrático y pionero, que, en medio de un desierto y a la vez que libraba tres guerras, ha sido capaz de construir una sociedad del Primer Mundo, próspera, moderna, pluralista y de instituciones sólidas, y de integrar en su seno a gentes procedentes de todos los rincones del planeta, de costumbres, lenguas y tradiciones diferentes.</p><p>Aunque no lo sea para los árabes, esta sociedad es para los israelíes absolutamente libre y en ella se ejerce, de manera sistemática, la crítica al poder, a todos los poderes, con una pugnacidad y virulencia que nunca ha conocido un país del Medio Oriente y que es infrecuente incluso entre las más avanzadas democracias del Occidente.</p><p>Lo trágico, para mí, es que quienes se oponen a la política de Netanyahu y bregan por la paz y una solución negociada del problema palestino son, hoy por hoy, una minoría electoral.</p><p>Pero están allí, movilizados, inasequibles al desaliento. Yo acabo de pasar nueve días con algunos de ellos, y, por eso, pese a todo lo que ha ocurrido y puede ocurrir en un futuro inmediato, creo que todavía hay esperanzas de que se revierta la tendencia en la que parecen ganar terreno los halcones de Israel y los terroristas de Hamas, y resucite el espíritu de Oslo, cuando la paz estuvo tan cerca y la frustró el asesinato de Yitzhak Rabin.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/_9_kkctqfMhOs87v1RIyVGNQdMw=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/TXXJV63GXRG3LBUUJT2EFJTCGA.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EMBLEMA. Una mujer palestina lleva en alto una bandera nacional mientras se dirige hacia la frontera con Israel durante una marcha de protesta contra la política de Israel contra Gaza. AP]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La residencia del escritor Fíodor Dostoievski</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/residencia-escritor-Fiodor-Dostoievski_0_2877462230.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/residencia-escritor-Fiodor-Dostoievski_0_2877462230.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 21:44:36 +0000</pubDate><description>Fíodor Dostoievski vivió en muchas casas y lugares –nunca más de tres años en una misma vivienda– y tuvo siempre la obsesión de que sus pisos estuvieran en una esquina, con ventanas a las dos calles y cerca de una iglesia de modo que pudiera oír las campanas, música que sosegaba su espíritu.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Fíodor Dostoievski vivió en muchas casas y lugares –nunca más de tres años en una misma vivienda– y tuvo siempre la obsesión de que sus pisos estuvieran en una esquina, con ventanas a las dos calles y cerca de una iglesia de modo que pudiera oír las campanas, música que sosegaba su espíritu.</p><p>La última casa en que vivió, y donde murió en 1881, meses antes de cumplir los 70 años, entre la Perspectiva Kuznechny y la antigua calle Yamskaya, ahora llamada Dostoievski, cumple con todos estos requisitos y, mientras el visitante la recorre, puede oír doblar a las campanas de la vecina iglesia ortodoxa de Vladimir, convocando a los fieles.</p><p>Esta zona de San Petersburgo, conocida como el “barrio de los mercados”, está ahora llena de chechenos y otros forasteros pobres y, por esa razón, se la considera riesgosa para los turistas.</p><p>Cuando yo visité esta casa por primera vez, hace 40 años, el lugar era más bien triste y solitario, muy distinto de lo que es ahora, bullicioso, popular, promiscuo, muy vital. No existía aún el museo donde se han reconstruido los seis cuartos a los que Fíodor Dostoievski y Anna Grigorievna, con sus hijos Liubov y Fíodor, se mudaron en octubre de 1878 huyendo del apartamento donde había muerto el pequeño Alexei, una de las tragedias que más hizo sufrir al autor de Los demonios.</p><p>Es una casa modesta, aunque menos ascética que las anteriores, e incluso hasta con algunos lujos, como el juego de tazas de té de porcelana que luce una de las alacenas y el confortable inglés del escritorio donde Dostoievski podía echarse a descansar un rato en medio de las interminables y afiebradas sesiones nocturnas en que escribía, en estado de trance casi siempre, Los hermanos Karamazov, una de sus obras maestras. Alcanzó a verla publicada exactamente un mes antes de morir. Estaba ya muy enfermo.</p><p>La casa se halla en el segundo piso y, cada vez que subía, el inquilino tenía que pararse un rato, en el descanso de la escalera, para recuperar el aliento. El médico le había prohibido fumar, pero él sólo respetaba la prohibición durante el día; en la noche fumaba sin descanso mientras escribía y ahí está todavía, sobre su mesa de trabajo, la cajita de cigarrillos que liaba con sus manos nerviosas mientras iba releyendo las cuartillas recién escritas.</p><p><p>A fines de enero de 1881 tuvo la primera hemorragia de garganta. Pidió a su mujer que le leyera uno de sus pasajes preferidos en el ejemplar de la <strong>Biblia</strong> que llevaba siempre consigo desde que se lo regalaron las mujeres de los “decembristas”, 31 atrás, en la estación de Tobolsk, cuando pasó por allí, como convicto, rumbo a su exilio de cuatro años en Siberia.</p></p>]]></content:encoded></item><item><title>Héroes de nuestro tiempo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Heroes-tiempo_0_2903709695.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Heroes-tiempo_0_2903709695.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 20:41:31 +0000</pubDate><description>Que una veintena de presos políticos cubanos haya sido excarcelada y venido a España con sus familias, y que el gobierno de Raúl Castro haya prometido excarcelar en los próximos “cuatro o cinco meses” a algunas decenas más es una buena cosa, sin duda, y hay que alegrarse por ello.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Que una veintena de presos políticos cubanos haya sido excarcelada y venido a España con sus familias, y que el gobierno de Raúl Castro haya prometido excarcelar en los próximos “cuatro o cinco meses” a algunas decenas más es una buena cosa, sin duda, y hay que alegrarse por ello.</p><p>Lo primero que cabe preguntarse sobre este puñado de exiliados que, después de largos años de martirio en las prisiones cubanas, salen libres, es quiénes son.</p><p>Ninguno pertenece al antiguo régimen, todos nacieron y fueron formados por la revolución, y su disidencia, por lo tanto, no nace de nostalgia por un pasado que no conocieron, sino de un rechazo a una dictadura que han padecido desde adentro y que despertó en ellos un anhelo de libertad.</p><p>Por sus oficios, representan todo el abanico social: obreros, artesanos, ex soldados, periodistas, ex funcionarios.</p><p>¿Los delitos por los que fueron condenados a esas durísimas penas de 12, 15 y 20 años de prisión?</p><p>Firmar peticiones, escribir artículos, tener una máquina de escribir, constituir grupos de derechos humanos u oficinas de información independientes, actividades pacíficas y ajenas a cualquier tipo de subversión o violencia.</p><p>Si a eso se suman las infinitas vejaciones, golpizas, torturas y castigos de toda índole de que han sido víctimas los años que pasaron en la cárcel, no hay duda, cada uno de ellos es un testimonio viviente de la brutalidad irracional que aplica el régimen castrista contra quienes no se someten a él con servidumbre total y del heroísmo que hace falta para enfrentarse, aunque sea de la manera más benigna, contra una dictadura totalitaria como la cubana.</p><p>¿Por qué han podido salir de la isla? ¿Por los buenos oficios de la Iglesia católica, “acompañada” del Gobierno español, según la fórmula empleada por el ministro de Asuntos Exteriores Miguel Ángel Moratinos?</p><p>Mi impresión es, más bien, que el Gobierno cubano, viéndose en una tesitura sumamente difícil luego de la muerte del disidente Orlando Zapata, luego de 86 días de huelga de hambre, que provocó condenas en todo el mundo, y la inminente muerte de Guillermo Fariñas que llevaba cerca de 130 días en huelga de hambre, decidió hacer un gesto y se sirvió de ambos para sus propios fines.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/Gh4ybe91-aE7F12mUgWyISmy22k=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/TK75GCV75VDCLFI4Z3PH4AZEGA.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[PERSONAJES. Los disidentes cubanos José Luis García Paneque, Luis Milán y Omar Moisés. EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Los dioses de Wagner van a morir en Bayreuth</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/dioses-Wagner-van-morir-Bayreuth_0_2908959168.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/dioses-Wagner-van-morir-Bayreuth_0_2908959168.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 20:28:34 +0000</pubDate><description>Cuando Richard Wagner concibió la idea de El anillo del nibelungo y comenzó a trabajar en su famosa Tetralogía, era un joven insumiso y genial, contaminado de lecturas anarquistas, sobre todo Proudhon, y amigo de Bakunin, con quien compartió barricadas y distribuyó bombas de mano durante el alzamiento de Dresde de 1849.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Cuando Richard Wagner concibió la idea de El anillo del nibelungo y comenzó a trabajar en su famosa Tetralogía, era un joven insumiso y genial, contaminado de lecturas anarquistas, sobre todo Proudhon, y amigo de Bakunin, con quien compartió barricadas y distribuyó bombas de mano durante el alzamiento de Dresde de 1849.</p><p>Cuando 26 años más tarde terminó su obra maestra -una de las más ambiciosas empresas artísticas que haya conocido la humanidad, comparable a la hechura de la Capilla Sixtina en pintura y, en literatura, a la elaboración de La Comedia Humana o En busca del tiempo perdido- era un reaccionario, nacionalista y antisemita al que sus cuatro lecturas minuciosas de El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer, habían ayudado a adoptar una visión del mundo y del arte en las antípodas de la que exaltó su juventud.</p><p>Pero, pese a esa radical transformación ideológica, en el Ring, que se dio por primera vez completo, aquí, en Bayreuth, en 1876, en el teatro que Wagner hizo construir de acuerdo a un pormenorizado y maniático proyecto, ha prevalecido ese espíritu ácrata de sus años mozos y la lección de Ludwig Feuerbach, cuyo libro La esencia del cristianismo lo convenció de que no eran los dioses los que creaban a los hombres sino éstos a los dioses, impregnándolos de todas sus virtudes y defectos.</p><p>Entre otras muchas cosas, ese es uno de los principales designios de El anillo: la recusación de una trascendencia teológica, la convicción de que sólo el arte da vida y vigencia a unos dioses y un más allá tan frágiles, vulnerables y confusos como los mismos seres humanos.</p><p>Asisto por primera vez a la representación integral de la Tetralogía en el curso de una semana en este Festival de Bayreuth que tiene más de peregrinación y ceremonia religiosa que de fiesta operática.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/IHAZR0fXN2E8XyN7hlph5mWG3So=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/WDV5TA6TZVGKBPICLPKTOFOZDA.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Bajo el oprobio</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/oprobio_0_2919458120.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/oprobio_0_2919458120.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 19:58:15 +0000</pubDate><description>Irène Némirovsky conoció el mal, es decir, el odio y la estupidez, desde la cuna, a través de su madre, belleza frívola a la que la hija recordaba que los seres humanos envejecen y se afean; por eso la detestó y mantuvo siempre a una distancia profiláctica. El padre era un banquero que viajaba mucho y al que la niña veía rara vez.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Irène Némirovsky conoció el mal, es decir, el odio y la estupidez, desde la cuna, a través de su madre, belleza frívola a la que la hija recordaba que los seres humanos envejecen y se afean; por eso la detestó y mantuvo siempre a una distancia profiláctica. El padre era un banquero que viajaba mucho y al que la niña veía rara vez.</p><p>Nacida en 1903, en Kiev, Irène se volcó en los estudios y llegó a dominar siete idiomas, sobre todo el francés, en el que más tarde escribiría sus libros. Pese a su fortuna, la familia, por ser judía, se vio hostigada ya en Rusia en el tiempo de los zares, donde el antisemitismo campeaba.</p><p>Luego, al triunfar la revolución bolchevique, fue expropiada y debió huir a Finlandia y Suecia primero, y, finalmente, a Francia, donde se instaló en 1920. También allí el antisemitismo hacía de las suyas y, pese a sus múltiples empeños, ni Irène ni su marido, Michel Epstein, banquero como su suegro, pudieron obtener la nacionalidad francesa. Su condición de parias sellaría su ruina durante la ocupación alemana.</p><p>En los años 1920, las novelas de Irène Némirovsky tuvieron éxito, sobre todo David Golder, llevada al cine por Julien Duvivier, le dieron prestigio literario y fueron elogiadas incluso por antisemitas notorios, como Robert Brasillach, futuro colaboracionista de los nazis ejecutado a la Liberación.</p><p>No eran casuales estos últimos elogios. En sus novelas, principalmente en David Golder, la autora recogía a menudo los estereotipos del racismo antijudío, como su supuesta avidez por el dinero y su resistencia a integrarse en las sociedades de las que formaban parte.</p>]]></content:encoded></item><item><title>El señor del Caribe</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/senor-Caribe_0_2935206546.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/senor-Caribe_0_2935206546.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 19:13:06 +0000</pubDate><description>El abuelo Pedro viajó mucho en su juventud por la cordillera y las selvas del Perú y Bolivia, y oírlo contar las aventuras y desventuras que vivió en sus recorridos, en la casona familiar de la calle cochabambina de Ladislao Cabrera, era tan entretenido como leer las novelas de Salgari, Miguel Zévaco o Julio Verne.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El abuelo Pedro viajó mucho en su juventud por la cordillera y las selvas del Perú y Bolivia, y oírlo contar las aventuras y desventuras que vivió en sus recorridos, en la casona familiar de la calle cochabambina de Ladislao Cabrera, era tan entretenido como leer las novelas de Salgari, Miguel Zévaco o Julio Verne.</p><p>Mis primas y yo lo escuchábamos extasiados. En uno de sus viajes, a orillas del Urubamba, se encontró con la expedición que dirigía Hiram Bingham y que poco después redescubriría el santuario-fortaleza de Machu Picchu, hasta entonces solo conocido por los campesinos de la región. Pernoctó con los expedicionarios y recordaba muy bien la madrugada que se despidieron, “ese gringo larguirucho hacia la fama y yo hacia las tercianas”.</p><p>El abuelo Pedro llamaba “tercianas” a las fiebres palúdicas o malaria, que por entonces infestaban toda América Latina, pues, aunque ya se usaba la quinina para combatirla, no existía, ni existe todavía, una vacuna que sirviera para frenar eficazmente los estragos que causa la picadura del siniestro anofeles. La curación era larga y elemental, poner a sudar al enfermo envolviéndolo en mantas como una momia y haciéndole tragar infusiones ardientes para bajarle las altísimas fiebres que lo hacían delirar y temblar como atacado por el mal de San Vito. Muchos sucumbían a las fiebres o al tratamiento. Pero, peor todavía que la malaria era la fiebre amarilla, transmitida por otro mosquito, hembra en este caso, peste para la que simplemente no había curación posible: sus víctimas adquirían un color verdoso amarillento y se iban escurriendo hasta perecer sacudidas por el vómito negro.</p><p>Las historias del abuelo Pedro hicieron que yo contrajera precozmente un odio visceral contra los mosquitos y zancudos, que éstos me han devuelto con creces, sobre todo en mis viajes por la Amazonía, de los que he salido siempre rascándome, devorado por las picaduras.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/wlmHTDUCya5l5GdbW9d5rG0q1FA=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/WMIIL3ECVRHRJFZUTM3IIKEKVQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Photos to Go]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La era del bufón</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/bufon_0_2940456021.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/bufon_0_2940456021.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 18:58:26 +0000</pubDate><description>Lo normal, ante una provocación, estupidez o payasada como la del pastor Jones, dictada por el fanatismo, la locura o un frenético apetito de publicidad, hubiera sido el silencio, la indiferencia o, a lo más, una mención de dos líneas en las páginas de chismografía y excentricidades de los medios.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>Terry Jones, un oscuro pastor protestante de Gainsville, Florida, cuya iglesia cuenta apenas con medio centenar de parroquianos, anunció que se disponía a conmemorar el aniversario de los atentados de Al Qaeda del 11 de septiembre quemando ejemplares del <strong>Corán</strong> y, en pocos días, se convirtió en una celebridad mundial. No creo que exista un símbolo más elocuente de la civilización del espectáculo, que es la del tiempo en que vivimos.</p></p><p>Lo normal, ante una provocación, estupidez o payasada como la del pastor Jones, dictada por el fanatismo, la locura o un frenético apetito de publicidad, hubiera sido el silencio, la indiferencia o, a lo más, una mención de dos líneas en las páginas de chismografía y excentricidades de los medios.</p><p>Pero en el contexto de violencia política y fundamentalismo religioso del mundo de hoy, la noticia alcanzó pronto las primeras planas y la imagen del predicador incendiario con su cara sombría, su terno entallado y sus dedos ensortijados dio la vuelta al globo.</p><p>Cientos de miles de musulmanes enfurecidos se echaron a la calle en Afganistán, India, Indonesia, Pakistán, etcétera, amenazando con represalias contra Estados Unidos y sus aliados si ardía el libro sagrado de su religión. Cundió la alarma en las cancillerías y altas instancias políticas, militares y espirituales de Occidente.</p><p>El Vaticano, el secretario de Defensa Robert Gates, la Casa Blanca y hasta el general David Petraeus, comandante en jefe de la OTAN en Afganistán, exhortaron al pastor Jones a que depusiera su designio inquisitorial. Éste cedió, por fin, y, de inmediato, volvió al anonimato del que nunca debió salir. Hubo un suspiro de alivio planetario y quedó flotando en el ambiente la sensación de que el mundo se había librado de un nuevo apocalipsis.</p>]]></content:encoded></item><item><title>La derrota de Hugo Chávez</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/derrota-Hugo-Chavez_0_2950954943.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/derrota-Hugo-Chavez_0_2950954943.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 18:32:14 +0000</pubDate><description>La derrota del presidente venezolano Hugo Chávez en las elecciones parlamentarias del pasado domingo 26 de septiembre es mucho más significativa de lo que indican las cifras electorales, pues, al mismo tiempo que muestra la creciente impopularidad del caudillo venezolano y su régimen, saca a la luz pública la grotesca manipulación del voto popular amañada preventivamente por el chavismo para convertir en victoria lo que esperaba sería una recusación rotunda de su política y sus pretensiones.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La derrota del presidente venezolano Hugo Chávez en las elecciones parlamentarias del pasado domingo 26 de septiembre es mucho más significativa de lo que indican las cifras electorales, pues, al mismo tiempo que muestra la creciente impopularidad del caudillo venezolano y su régimen, saca a la luz pública la grotesca manipulación del voto popular amañada preventivamente por el chavismo para convertir en victoria lo que esperaba sería una recusación rotunda de su política y sus pretensiones.</p><p>La ha sido y sin atenuantes. El comandante Chávez presentó la consulta como un plebiscito en el que el pueblo de Venezuela debía legitimar torrencialmente a su “socialismo del siglo XXI” y su jefe de campaña, Aristóbulo Istúriz, profetizó con arrogancia: “Podemos perder ganando si no obtenemos los dos tercios de la Asamblea Nacional”. Pues bien, el resultado menos fraudulento de las elecciones, el voto por los 12 representantes al Parlamento Latinoamericano, dio a las fuerzas reunidas de la oposición una mayoría de cerca de 400 mil votos.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/uu5EtN6IRp26rKuWSsqloSMT4j8=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/E2ZYTEBIFJGAHDJJ2N76WD35GU.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Catorce minutos de reflexión</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Catorce-minutos-reflexion_0_2956204444.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Catorce-minutos-reflexion_0_2956204444.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 18:19:52 +0000</pubDate><description>Ese día, como todos los días desde que, hace tres semanas, llegamos a Nueva York, me levanté a las 5:00 a.m. y, procurando no despertar a Patricia, me fui a la salita a leer. Era noche cerrada todavía y las luces de los rascacielos del contorno tenían la apariencia inquietante de una gigantesca bandada de cocuyos invadiendo la ciudad.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Ese día, como todos los días desde que, hace tres semanas, llegamos a Nueva York, me levanté a las 5:00 a.m. y, procurando no despertar a Patricia, me fui a la salita a leer. Era noche cerrada todavía y las luces de los rascacielos del contorno tenían la apariencia inquietante de una gigantesca bandada de cocuyos invadiendo la ciudad.</p><p>Dentro de una hora más o menos comenzaría a amanecer y, si estaba despejado el cielo, las primeras luces iluminan el río Hudson y la esquina de Central Park con sus árboles que el otoño comienza a dorar, un lindo espectáculo que me regalan cada mañana las ventanas del departamento (vivimos en el piso 46).</p><p>Tenía el día planificado con toda precisión. Trabajaría un par de horas preparando la clase del próximo lunes en la Universidad de Princeton, en la que ilustraría el tema del punto de vista con ejemplos tomados de El reino de este mundo de Alejo Carpentier, media hora de ejercicios para la espalda, una hora de caminata en Central Park, periódicos, desayuno, ducha, y a la Public Library de New York, donde escribiría mi Piedra de Toque sobre el suicidio, tirándose del puente George Washington, en la Universidad de Rutgers, de Tyler Clementi, violinista y joven estudiante al que dos compañeros homófobos habían denunciado como gay, difundiendo en la red un video en el que aparecía besándose con un hombre.</p><p>Inmediatamente fui absorbido por la magia de El reino de este mundo y la transfiguración mítica que la prosa de Carpentier hace de los primeros intentos independentistas en Haití. El narrador omnisciente de la historia es una astuta ausencia erudita, libresca, barroca y rebuscada que narra desde muy cerca de la sensibilidad del esclavo Ti Noel, quien cree en los Grandes Loas del vodú y que los hechiceros del culto, como Mackandal, gozan del don de la licantropía, es decir, pueden transformarse en animales a voluntad. Hacía por lo menos 20 años que no la releía y su poder de persuasión seguía siendo irresistible.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/KmscLgxK0pIZSBvp8_ow2SsReVs=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/3DVEDF3OSVDLHKAHK3F4LOSCNA.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Las varias caras del ‘Tea Party’</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/varias-caras-Tea-Party_0_2966703378.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/varias-caras-Tea-Party_0_2966703378.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 17:55:29 +0000</pubDate><description>Pura paranoia o afloración de deseos reprimidos de los enemigos de Estados Unidos.
</description><content:encoded><![CDATA[<p><p>Como al <em>Tea Party </em>se le han encimado toda clase de grupos y organizaciones extremistas, desde fanáticos antiabortistas y antigays hasta integristas religiosos que quieren desterrar a Darwin y a la teoría de la evolución de los planes de estudio en las escuelas y reemplazarlos por el creacionismo bíblico, pasando por sectas pintorescas como los enemigos de la masturbación y de las mezclas raciales, y patrioteros de tricornio, bombachas y tambor, se ha difundido la idea, sobre todo fuera de EU, de que la democracia norteña podría venirse abajo en las elecciones de parlamentarios y gobernadores de noviembre y caer en manos de ultraderechistas y locos furiosos.</p></p><p>Pura paranoia o afloración de deseos reprimidos de los enemigos de Estados Unidos.</p><p><p>La aparición del <em>Tea Party</em>, por lo pronto, en estas elecciones parciales le complica más la vida al Partido Republicano que al Partido Demócrata. Aquél, debido a la caída de la popularidad del gobierno de Obama en razón de la crisis económica, que no da síntomas de amainar, y el 10% de parados de la fuerza laboral, parecía destinado a arrasar en las ánforas.</p></p><p><p>Ahora, debido al trastorno que han creado en su seno el activismo y los éxitos locales del <em>Tea Party</em> en imponer sus candidatos, es seguro que verá reducido su triunfo, por la división del voto republicano y el abstencionismo o fuga al adversario de muchos republicanos a quienes atemoriza la idea que un movimiento tan conservador y radical –y de líderes tan poco sólidos intelectualmente como Sarah Palin o Glenn Beck, la estrella mediática de Fox- vaya a fijar la línea del partido.</p></p><p><p>De modo que el <em>Tea Party</em> tal vez amortigue algo, o acaso bastante, el voto de castigo al gobierno demócrata.</p></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/KMTJoo0DTwnydMnr6TTjN9gWlXI=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/I44MVKKPFZHGXCM7JT6A4CHONA.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[PERSONAJE. Presidente Barack ObamaAP]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Payasada con sangre</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Payasada-sangre_0_2977202347.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Payasada-sangre_0_2977202347.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 17:30:11 +0000</pubDate><description>En la madrugada del 1 de enero, mientras los peruanos celebraban todavía la llegada del nuevo año, el mayor retirado del ejército, Antauro Humala, y unos 150 paramilitares de su movimiento “etno-cacerista”, capturaron una comisaría en la ciudad andina de Andahuaylas, tomando rehenes a nueve policías y apoderándose del nutrido armamento que albergaba el recinto.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>En la madrugada del 1 de enero, mientras los peruanos celebraban todavía la llegada del nuevo año, el mayor retirado del ejército, Antauro Humala, y unos 150 paramilitares de su movimiento “etno-cacerista”, capturaron una comisaría en la ciudad andina de Andahuaylas, tomando rehenes a nueve policías y apoderándose del nutrido armamento que albergaba el recinto.</p><p>Exigían la renuncia del presidente Alejandro Toledo, a quien acusan, entre otras cosas, de vender el Perú a Chile debido a las importantes inversiones procedentes del vecino país en la economía peruana.</p><p>La asonada, que duró cuatro días y en la que cuatro policías fueron asesinados por los etno-caceristas y dos civiles perecieron abaleados por las fuerzas del orden, terminó con la captura del cabecilla faccioso y de un centenar de sus partidarios, en tanto que algunas decenas de ellos escaparon por los cerros cuando advirtieron el inminente fracaso de la insurrección.</p><p>Antauro Humala y su hermano Ollanta, teniente coronel al que el Ejército acaba de dar de baja, –como, al parecer, es el más despierto de los dos, el Gobierno lo tuvo lejos del Perú, de agregado militar en París y en Seúl, con un sueldo de casi 10 mil dólares mensuales– se hicieron famosos en las postrimerías de la dictadura de Fujimori, cuando protagonizaron también un acto insurreccional pidiendo la renuncia del dictador.</p><p>Juzgados y amnistiados, fundaron un movimiento ultra-nacionalista que, sin llegar a ser masivo, ha logrado cierto implante en los sectores más pobres y marginales, principalmente entre los varios cientos de miles de reservistas diseminados por toda la geografía peruana. Al igual que en casi todo el tercer mundo, en el Perú solo han sido levados y servido en el ejército los ciudadanos más humildes –campesinos, marginales, provincianos, desocupados–, el sector social que precisamente ha padecido más las crisis económicas derivadas de las políticas populistas, la corrupción cancerosa y la cataclísmica violencia en los casi 14 años que duró la guerra revolucionaria desencadenada por Sendero Luminoso.</p><p>Los reservistas o ex soldados se cuentan entre las peores víctimas del paro, la caída de los niveles de vida, el aumento de la delincuencia, y por eso, entre ellos, es altísimo el nivel de frustración y de rechazo a todo el sistema político y legal. No es de extrañar que la prédica de los hermanos Humala haya encontrado un eco favorable entre estos peruanos enfurecidos y frustrados.</p><p>El movimiento de los hermanos Humala se llama etno-cacerista en homenaje al general Andrés Avelino Cáceres, un presidente del Perú del siglo pasado que organizó una guerra de guerrillas contra el ocupante chileno luego de la guerra del Pacífico de 1879, y debido a un principio racista que es dogma central de su ideario: el verdadero Perú constituye una entidad homogénea, la “etnia cobriza”, y quienes no pertenecen a ella –es decir, quienes no son indios o cholos– son peruanos a medias, en verdad forasteros, es decir, advenedizos sospechosos de deslealtad y traición a las esencias de la peruanidad.</p><p>Los hermanos Humala no solo han tomado del nazismo el ideal de pureza racial; también la organización militar de sus adeptos, que se llaman entre sí “compatriotas”, llevan uniformes, van armados y realizan públicamente maniobras y prácticas de tiro para la revolución que, en una ola de violencia patriótica, limpiará todo el Perú de sus estigmas y de malos peruanos.</p><p>Sus emblemas e insignias son también hitlerianos; en lugar del águila, sus gallardetes llevan un cóndor de alas desplegadas, y en vez de la svástica, sus banderas rojas y negras lucen una cruz incaica. Junto al pabellón nacional, en sus marchas y mítines flamean la bandera del Tahuantinsuyo, que, como nunca existió, han reemplazado por la bandera del arco iris de los gays.</p><p>El movimiento etno-cacerista quiere armar al Perú para declararle la guerra a Chile y así recuperar Arica, la ciudad y territorio que quedaron en posesión chilena luego de la guerra del Pacífico. También dan mueras al Ecuador en sus manifestaciones callejeras, en las que los etno-caceristas desfilan con sus carabinas, escopetas, armas blancas y garrotes para que nadie ponga en duda la seriedad de sus designios.</p><p>En el mes de mayo del año pasado, participaron en la captura popular de la localidad de Ilave, en Puno, que terminó con el salvaje linchamiento del alcalde de la ciudad, Cirilo Robles.</p><p>Defienden el cultivo y consumo de la coca, por ser producto primigenio del Perú ancestral, y rechazan toda campaña o acción contra las drogas, operaciones en las que ven la mano torva de un imperialismo que quiere despojar al Perú de uno de los rasgos telúricos de la nacionalidad.</p><p>Quieren restablecer la pena de muerte y en su vocero periodístico, Ollanta, han publicado la lista de quienes serán fusilados en la Plaza de Armas de Lima, por traidores a la Patria, cuando el movimiento tome el poder. Figuran en ella dirigentes de los principales partidos políticos, congresistas, ministros y empresarios, y, en general, todos los vendepatrias neoliberales que han entregado nuestras riquezas naturales a la voracidad de los explotadores extranjeros.</p><p>Todo esto puede parecer payaso, cavernario y estúpido, y sin duda también lo es, pero sería una grave equivocación suponer que, debido a lo primario y visceral de su propuesta, el movimiento etno-cacerista está condenado a desaparecer como una efímera astracanada política tercermundista.</p><p>Por creer esta simpleza, el Gobierno peruano dejó actuar al mayor Antauro Humala y sus 150 secuaces la noche del año nuevo a pesar de que, se ha sabido, los servicios de inteligencia del Ejército advirtieron a las autoridades, dos días antes de la asonada, que había llegado a Andahuaylas esa beligerante formación de paramilitares.</p><p>También las asonadas que protagonizaron, al principio de su vida política, el teniente coronel venezolano Hugo Chávez y el general ecuatoriano Lucio Gutiérrez parecían unas payasadas sangrientas sin mañana. Pero, ambas, a pesar de la patética orfandad de ideas y el exceso de demagogia e idioteces que exhibían, consiguieron echar raíces en amplios sectores sociales a los que la incapacidad del defectuoso sistema democrático para crear trabajo, oportunidades y la vertiginosa corrupción de la clase dirigente, habían vuelto sensibles a cualquier prédica violenta anti sistema. Ahora, ambos militares felones, responsables del peor delito cívico, la insumisión contra el Estado de Derecho, presiden, sin que nadie les tome cuentas, la gradual descomposición de las instituciones y el lento retorno de sus países a la antigua barbarie autoritaria.</p><p>Aunque terminó pronto, y con pocas víctimas, lo ocurrido en Andahuaylas es muy mal indicio de lo que podría ocurrir en el Perú si las cosas siguen como están.</p><p>Es decir, si continúa el desprestigio de las instituciones y cada vez un mayor número de peruanos creen, como los insensatos que se alzaron en Apurímac, que no hay espacio dentro de la legalidad y la convivencia democrática para un progreso que no se quede sólo en la cúspide social y alcance también a los millones de peruanos de la base, para que cese la corrupción que cada día delata su ubicua presencia con nuevos escándalos y para que las pavorosas desigualdades sociales y económicas comiencen a cerrarse. Y que sólo la violencia pondrá remedio a todos estos males.</p><p>Fue inquietante que en muchas ciudades del Perú, como Arequipa, Tacna, Huaraz, Moquegua, Cusco, centenares de personas salieran a las calles a manifestar su apoyo al putch de Humala y que la población de la propia ciudad de Andahuaylas se dividiera, mostrando una buena parte de ella, sobre todo los jóvenes, una solidaridad entusiasta con los insurrectos.</p><p>Es verdad que todos los partidos políticos condenaron formalmente la asonada, pero también lo es que muchos exponentes de la ralea política nacional, entre ellos un ex primer ministro de la dictadura de Fujimori y Montesinos, se precipitaron a hablar del “patriotismo” e “idealismo” de los jóvenes seguidores del militar insurrecto y a pedir, desde ahora, antes siquiera de que éstos sean juzgados, una “amnistía” que premie su fechoría. Son los eternos despreciables leguleyos de la historia sudamericana, los infaltables rábulas atentos siempre al ruido de los sables para ir a ofrecer sus servicios al espadón que se avecina.</p><p>Lo que ha puesto en evidencia esta payasada con sangre es la fragilidad de la democracia en un país como el Perú. Ni un solo partido político, ni una sola institución cívica, pensó siquiera en convocar una manifestación o hacer público un pronunciamiento a favor de la democracia, ante la bravata incivil que amenazaba con destruirla.</p><p>¿Por qué se abstuvieron? Porque sabían que, probablemente, poca gente los seguiría. Aunque los Humala y sus seguidores etno-caceristas son incapaces por el momento de arrastrar tras ellos a grandes masas de peruanos, el entusiasmo que hace cinco años celebró el retorno de la democracia al país luego de 10 años de autoritarismo y cleptocracia se ha encogido también como una piel de zapa.</p><p>Y, ahora, lo que se oye por doquier, son palabras de desprecio y repugnancia por este sistema ineficiente, que abre la puerta del poder a mediocridades rechinantes y a pícaros de toda calaña, y las encuestas de opinión muestran, en los primeros puestos de la simpatía popular, ¡a Fujimori¡ “¿Cuándo se jodió el Perú, Zavalita?”. ¿Todavía lo preguntas, imbécil? El Perú es el país que se jode cada día.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/oStPczLcnIu-TR_8Tw4c9IGrHvA=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/O2JZLGIJLJB7VFLRME3XYWLAUE.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[PODER. Antauro Humala (de suéter negro y pasamontaña gris) se hizo famoso en las postrimerías de la dictadura de Fujimori. REUTERS]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Sobre el terrorista suicida</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/terrorista-suicida_0_2987701296.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/terrorista-suicida_0_2987701296.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 17:15:06 +0000</pubDate><description>Al final de la Segunda Guerra Mundial, un suspiro de alivio recorrió el Occidente: la contienda había sido feroz, pero la humanidad se había librado del nazismo y la tiranía de Hitler. El mundo aprendería la lección, los países no se dejarían seducir por caudillos fanáticos y renunciarían a ideologías aberrantes, como el nacionalismo y el racismo, que habían provocado la reciente catástrofe.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Al final de la Segunda Guerra Mundial, un suspiro de alivio recorrió el Occidente: la contienda había sido feroz, pero la humanidad se había librado del nazismo y la tiranía de Hitler. El mundo aprendería la lección, los países no se dejarían seducir por caudillos fanáticos y renunciarían a ideologías aberrantes, como el nacionalismo y el racismo, que habían provocado la reciente catástrofe.</p><p>Se abría un período de paz y convivencia en el que prosperarían la democracia y la cultura de la libertad.</p><p>Era un optimismo precipitado. Entre los vencedores, estaba la Unión Soviética y Stalin no tenía la menor intención de renunciar a su propia versión del totalitarismo y a conquistar el mundo para el comunismo.</p><p>Muy pronto comenzó la Guerra Fría que, por 40 años, mantendría al planeta en vilo, bajo la amenaza de una confrontación atómica que acabara con la civilización y acaso con toda forma de vida en el planeta.</p><p>El desplome de la URSS por putrefacción interna y la conversión de China en un país capitalista (pero vertical y autoritario) despertaron, a fines de los años de 1980, un nuevo entusiasmo en todos los amantes de la libertad.</p><p>El enemigo más enconado, junto con el fascismo, de la libertad se desplomaba por efecto de su fracaso económico y social, sus injusticias y sus crímenes.</p><p>Una vez más la democracia aparecía como el único modelo capaz de generar la coexistencia en la diversidad en el seno de las sociedades, y de producir desarrollo, riqueza y oportunidades dentro de un sistema de respeto a los derechos humanos, legalidad y libertad.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/AjwpzU6d-CF8u7yGJ6-lzHMO-6k=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/OZVW6A3Y55HGVCEXFRPRQZPD3E.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[SITUACIÓN. Los atentados terroristas se han vuelto hechos habituales en zonas de conflicto. EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Marcianos en New Jersey</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/Marcianos-New-Jersey_0_2998200228.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/Marcianos-New-Jersey_0_2998200228.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 16:48:50 +0000</pubDate><description>El barrio de casitas destartaladas, edificios ruinosos, descampados y sórdidos callejones que se encuentra al noreste de Washington D.C., a la espalda del Capitolio, tenía hasta hace pocos años fama de peligroso, porque, entre las familias negras de escasos ingresos que lo habitaban había gentes de mal vivir y los atracos y hechos de sangre eran frecuentes.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El barrio de casitas destartaladas, edificios ruinosos, descampados y sórdidos callejones que se encuentra al noreste de Washington D.C., a la espalda del Capitolio, tenía hasta hace pocos años fama de peligroso, porque, entre las familias negras de escasos ingresos que lo habitaban había gentes de mal vivir y los atracos y hechos de sangre eran frecuentes.</p><p>Pero, ahora, toda la zona experimenta un renacimiento. Se han mudado a vivir en ella parejas jóvenes, bohemios, artistas, estudiantes, y han surgido en sus calles clubes de jazz, bares, restaurantes, galerías y cafés donde encuentra refugio y querencia buen número de intelectuales, escritores, músicos y, en general, la colectividad que se interesa por la cultura en esta ciudad de funcionarios, cabilderos, diplomáticos y gentes de paso que es la capital de Estados Unidos.</p><p>Pese a haber vivido varias temporadas en Washington D.C. sólo ahora he conocido este barrio gracias a la resurrección de un pequeño teatro, H Street Playhouse, rebautizado ahora Scena, que gozó de cierta celebridad cuando se fundó, a principio de los años 1940, por razones más sociales que artísticas, pues fue el primer teatro de la ciudad que, desafiando la segregación todavía reinante, permitió que los espectadores negros se mezclaran en sus butacas con los blancos.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/GN1DJjSujugWmx4jyGKRZb3S0Dc=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/CCICPYJ7RBGIBG3NU6IGYNS634.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[figura. El programa radial de Orson Welles fue seguido por 12 millones de oyentes en Estados Unidos.]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>El barrio de Rinkeby</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/barrio-Rinkeby_0_3008699188.html-2</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/barrio-Rinkeby_0_3008699188.html-2</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 16:19:11 +0000</pubDate><description>Si usted visita Estocolmo, le aconsejo que, además de los museos, los palacios, el barrio antiguo y las islas, visite un modesto barrio del sur de la ciudad llamado Rinkeby.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Si usted visita Estocolmo, le aconsejo que, además de los museos, los palacios, el barrio antiguo y las islas, visite un modesto barrio del sur de la ciudad llamado Rinkeby.</p><p>La inmensa mayoría de sus pobladores son familias inmigrantes y, me dicen, se trata de uno de los distritos más pobres del país, aunque la idea de pobreza, en Suecia, que ha alcanzado el más alto nivel de vida del mundo junto con Suiza, tenga poco que ver con lo que para el resto del planeta esta palabra significa.</p><p>Lo importante de conocer en Rinkeby es el colegio público, una institución que es un espejo de lo que debería ser la sociedad humana, el mundo entero, si prevalecieran entre nosotros los mortales la sensatez, el tino y el espíritu práctico.</p><p>Hay en este colegio chicos y chicas que hablan 19 idiomas distintos y proceden de un centenar de países diferentes. Todos conocen el sueco y el inglés, pero no han perdido su lengua materna porque el colegio se las ha arreglado para que todos reciban, cuando menos una hora por semana, clases en el idioma que hablan en casa y hablaron sus ancestros.</p><p>El director del colegio, Börje Ehrstrand, está convencido de que la integración de estos niños a la cultura y a los usos de Suecia es más fácil no si rechazan, sino reivindican y se sienten orgullosos de su origen. La filosofía que impregna la escuela de Rinkeby cabe en una palabra: tolerancia.</p><p>De la frenética cantidad de cosas que hice y que vi en los ocho días que pasé en Estocolmo, pocas me conmovieron tanto como la tarde que estuve en Rinkeby.</p><p>Me dieron la bienvenida 19 niños y niñas, cada uno en un idioma distinto. Todos ellos constituían un verdadero abanico de las razas, las tradiciones, las religiones y las culturas del mundo.</p><p>Había jovencitas escandinavas en minifalda junto a muchachas veladas del Yemen, árabes norafricanos entreverados con turcos, chilenos y chinos, atuendos extravagantes y formales. Comenzaron la función cantando canciones nórdicas relacionadas con la Navidad.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/pAUPh0tVI4fFcGR-PzsDzOEHw6w=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/4M6G7AYVNFEXLF5B2QRWMSMPWM.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[FIGURA. El Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, comparte cómo fue la visita a un plantel que ofrece una enseñanza integral. EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Las secuelas de la dictadura de Alberto Fujimori</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/secuelas-dictadura-Alberto-Fujimori_0_2494250557.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/secuelas-dictadura-Alberto-Fujimori_0_2494250557.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 04:16:07 +0000</pubDate><description>El feo peruanismo chuponear –feo por su viscosa fonética y por su significado-- significa interceptar las comunicaciones entre las personas con un propósito delicuencial.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El feo peruanismo chuponear –feo por su viscosa fonética y por su significado-- significa interceptar las comunicaciones entre las personas con un propósito delicuencial.</p><p>Está ahora de moda en el Perú a raíz del descubrimiento de unos audios grabados ilegalmente de conversaciones telefónicas en que dos antiguos militantes del Partido Aprista, Rómulo León Alegría y Alberto Químper, uno de los cuales fue ministro en el primer gobierno del Presidente Alan García, hacían tráfico de influencias a favor de empresas y personas interesadas en obtener licitaciones y contratos del Estado y se felicitaban de las comisiones que por ello recibían: “¡Hemos hecho un faenón, hermano!” Ambos han sido expulsados del Apra, están presos y su conducta se ventila ante el Poder Judicial.</p><p>Aunque el Presidente García no ha sido personalmente afectado por el escándalo –los audios prueban que hacía tiempo se negaba a recibir al ex ministro implicado, y en un discurso ha llamado “ratas” a los protagonistas- el episodio provocó la caída de todo el gabinete y, ahora, ha tenido un rebrote publicitario con la captura de los “chuponeadores”: una compañía llamada Bussiness Track, de la que forman parte varios oficiales de la Marina de Guerra, algunos en activo y otros en situación de retiro.</p><p>Los registros policiales de los ordenadores y archivos de la empresa en cuestión, y la aparición de más de ochenta nuevos audios que llegaron misteriosamente a manos de un periodista, ha provocado toda clase de conjeturas.</p><p>Se habla de una vasta clientela de individuos y empresas particulares que encargaban las ilegales interceptaciones de Buissness Track y otras compañías de la misma índole –por lo visto hay varias en plena actividad- para servirse de ellas contra sus competidores o en problemas más íntimos, como los pleitos de divorcio. Decenas y acaso centenares de personas del mundo profesional, industrial y comercial operando en la más flagrante ilegalidad y sin el menor escrúpulo.</p><p>Hay razones para alarmarse, desde luego, pero sólo los cínicos y los tontos deberían sorprenderse.</p><p>Porque el Perú es un país que, como la mayor parte de los países de América Latina, tiene una larga tradición de dictaduras y la herencia más profunda y duradera que éstas dejan siempre a las sociedades que las padecen es el eclipse de la moral pública, el envilecimiento cívico.</p><p>Esta tara persiste una vez que la dictadura se desploma y es uno de los lastres por el que las democracias que suceden a los regímenes tiránicos fracasan y a veces terminan en nuevos golpes de Estado.</p><p>La interceptación de las comunicaciones se practica en todas partes, desde luego, pero en las democracias dignas de ese nombre ella se lleva a cabo, en cada caso específico, con autorización judicial y esto ha permitido, por ejemplo, capturar a traficantes de drogas y grandes criminales.</p><p>Los servicios de inteligencia se valen de ella, también, para combatir el terrorismo, dentro de limitaciones legales estrictas. Y hemos visto en los últimos años las protestas y críticas que han merecido en Estados Unidos y en Europa los casos en que los cuerpos de seguridad se extralimitaron, violentando la ley que garantiza la privacidad de los ciudadanos, en sus labores de espionaje.</p><p>La pareja criminal Fujimori-Montesinos que fue dueña y señora del Perú por diez años -1990 a 2000- hizo del horripilante “chuponeo” una práctica generalizada que le servía para conocer la vida íntima de sus críticos y adversarios y poder extorsionarlos, así como para ejercer chantajes y obtener beneficios en las grandes operaciones delictivas en que los forajidos del régimen se robaron cientos de millones de dólares, que comprendían desde negociados mafiosos con la compra y venta de armas hasta pactos y negocios de los carteles internacionales del narcotráfico.</p><p>Como todas las instituciones del país fueron puestas al servicio de la dictadura, las Fuerzas Armadas, claro está, pasaron también a servir, antes que al Perú, a Fujimori y Montesinos, y por eso hay hoy todavía en la cárcel, cumpliendo condenas o a punto de recibirlas, un buen número de antiguos oficiales que, en esos años sombríos, ensuciaban su uniforme a la vez que se llenaban los bolsillos.</p><p>Buen número de ellos ejercitaban el “chuponeo” desde las modernas instalaciones importadas para el efecto por el Servicio de Inteligencia que presidía Montesinos, la eminencia gris de la dictadura.</p><p>Cuando ésta finalmente se desmoronó en un fin de fiesta tan calamitoso como payaso (Fujimori huyendo al Japón y renunciando a la Presidencia mediante un fax y Montesinos entregado por los servicios secretos venezolanos de Chávez que lo habían escondido), los expertos “chuponeadores” se quedaron sin trabajo y, ni cortos ni perezozos, formaron empresas privadas y ofrecieron sus servicios al público.</p><p>Lo más notable y escandaloso no es que lo hicieran sino que, de inmediato, encontraran tantos clientes en el mundo empresarial.</p><p>Lo que significa que a una cantidad indiscernible, pero ciertamente grande, de peruanos les parecía –les parece- perfectamente legítimo valerse de una actividad delictuosa e inmoral –la violación de la privacidad- para obtener contratos, influencia, poder o extorsionar a sus competidores y adversarios.</p><p>El Perú anda mucho mejor de lo que estaba en aquella década infame, por supuesto. Desde el año 2000, con los tres Presidentes que ha tenido desde entonces, Valentín Paniagua, Alejandro Toledo y Alan García la democracia ha funcionado pasablemente bien en lo esencial –elecciones libres, libertad de prensa, independencia de poderes- aunque sus imperfecciones sean todavía grandes en razón del subdesarrollo, y la buena política económica seguida por los tres ha traído al país un crecimiento y una buena imagen internacional para los inversores sin precedentes en nuestra historia.</p><p>Acaso lo más sorprendente de estos años haya sido la evolución del Presidente Alan García hacia una filosofía liberal y moderna que (en buena hora para el país) defiende y aplica contra viento y marea, incluso contra buen número de sus propios compañeros de partido que siguen anclados en el pasado, sin importarle la impopularidad.</p><p>El resultado es que, a diferencia de lo que ocurre en otros países latinoamericanos, el Perú, con su apertura al mundo, su apoyo a la empresa privada y su implantación en todos los grandes mercados internacionales, resiste bastante mejor que el resto el cataclismo financiero internacional.</p><p>Ahora bien, como lo muestra el escándalo del “chuponeo”, hay una podredumbre moral agazapada debajo de esa fachada estimulante, que conspira contra todo lo que anda bien y que, si no se corta por lo sano, podría, dadas ciertas circunstancias difíciles, retrocedernos otra vez hacia la barbarie autoritaria.</p><p>Ésta no empieza cuando los tanques salen a las calles y los uniformados, siguiendo a un mequetrefe militar o civil, asaltan el Parlamento, Palacio de Gobierno y el caudillo toma el poder y comienza a gobernar a punta de estos métodos.</p><p>Comienza con el criollo desprecio de las reglas y convenciones que son el sistema sanguíneo de la civilización, el poco respeto no sólo de las leyes sino del espíritu que las anima, y la aceptación de todo lo que las vulnera e instaura la arbitrariedad, la mentira y lo ilícito como norma aceptable de conducta.</p><p>El Perú, una democracia en cierto sentido pujante, es, al mismo tiempo, un paraíso de la ilegalidad.</p><p>Es cierto que buen número de responsables de los crímenes y pillajes de la dictadura han ido a la cárcel, pero muchos más de los que la prohijaron, sirvieron y medraron con ella, andan ahí, reciclados, ahora demócratas de nuevo, con el whiskycito en la mano y la sonrisa del triunfador, adornando las páginas de sociales.</p><p>Los discos, los libros y los vídeos piratas se venden por doquier y todo el mundo sabe y acepta que la coima sea la única llave maestra para aligerar cualquier trámite administrativo o librarse de las multas y que las multas y los trámites se conciban sólo para poder obtener coimas.</p><p>¿Cómo sorprenderse que, en semejante contexto, el traficante de influencias, emboscado bajo la anodina denominación de “lobbysta” o cabildero, sea un activo protagonista de la vida económica y de que haya empresarios que contratan a los “chuponeadores” con toda normalidad para descubrir el talón de Aquiles de sus competidores y ganarles los concursos y los pleitos?</p><p>Son esas silenciosas y diligentes termitas las que, a lo largo de nuestra historia, han hecho que todos nuestros intentos democráticos se desintegre de pronto como momias expuesta al sol. No seamos tan insensatos otra vez más.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/hLNGqsRP6TmsywijJAHHWenwpZk=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/OHX23LOBEJANZFSMSUH6XUXJKA.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[MANDATARIO. El presidente peruano, Alan García.EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Las secuelas de la dictadura de Alberto Fujimori</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/secuelas-dictadura-Alberto-Fujimori_0_2494250558.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/secuelas-dictadura-Alberto-Fujimori_0_2494250558.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 04:16:05 +0000</pubDate><description>El feo peruanismo chuponear –feo por su viscosa fonética y por su significado-- significa interceptar las comunicaciones entre las personas con un propósito delicuencial.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El feo peruanismo chuponear –feo por su viscosa fonética y por su significado-- significa interceptar las comunicaciones entre las personas con un propósito delicuencial.</p><p>Está ahora de moda en el Perú a raíz del descubrimiento de unos audios grabados ilegalmente de conversaciones telefónicas en que dos antiguos militantes del Partido Aprista, Rómulo León Alegría y Alberto Químper, uno de los cuales fue ministro en el primer gobierno del Presidente Alan García, hacían tráfico de influencias a favor de empresas y personas interesadas en obtener licitaciones y contratos del Estado y se felicitaban de las comisiones que por ello recibían: “¡Hemos hecho un faenón, hermano!” Ambos han sido expulsados del Apra, están presos y su conducta se ventila ante el Poder Judicial.</p><p>Aunque el Presidente García no ha sido personalmente afectado por el escándalo –los audios prueban que hacía tiempo se negaba a recibir al ex ministro implicado, y en un discurso ha llamado “ratas” a los protagonistas- el episodio provocó la caída de todo el gabinete y, ahora, ha tenido un rebrote publicitario con la captura de los “chuponeadores”: una compañía llamada Bussiness Track, de la que forman parte varios oficiales de la Marina de Guerra, algunos en activo y otros en situación de retiro.</p><p>Los registros policiales de los ordenadores y archivos de la empresa en cuestión, y la aparición de más de ochenta nuevos audios que llegaron misteriosamente a manos de un periodista, ha provocado toda clase de conjeturas.</p><p>Se habla de una vasta clientela de individuos y empresas particulares que encargaban las ilegales interceptaciones de Buissness Track y otras compañías de la misma índole –por lo visto hay varias en plena actividad- para servirse de ellas contra sus competidores o en problemas más íntimos, como los pleitos de divorcio. Decenas y acaso centenares de personas del mundo profesional, industrial y comercial operando en la más flagrante ilegalidad y sin el menor escrúpulo.</p><p>Hay razones para alarmarse, desde luego, pero sólo los cínicos y los tontos deberían sorprenderse.</p><p>Porque el Perú es un país que, como la mayor parte de los países de América Latina, tiene una larga tradición de dictaduras y la herencia más profunda y duradera que éstas dejan siempre a las sociedades que las padecen es el eclipse de la moral pública, el envilecimiento cívico.</p><p>Esta tara persiste una vez que la dictadura se desploma y es uno de los lastres por el que las democracias que suceden a los regímenes tiránicos fracasan y a veces terminan en nuevos golpes de Estado.</p><p>La interceptación de las comunicaciones se practica en todas partes, desde luego, pero en las democracias dignas de ese nombre ella se lleva a cabo, en cada caso específico, con autorización judicial y esto ha permitido, por ejemplo, capturar a traficantes de drogas y grandes criminales.</p><p>Los servicios de inteligencia se valen de ella, también, para combatir el terrorismo, dentro de limitaciones legales estrictas. Y hemos visto en los últimos años las protestas y críticas que han merecido en Estados Unidos y en Europa los casos en que los cuerpos de seguridad se extralimitaron, violentando la ley que garantiza la privacidad de los ciudadanos, en sus labores de espionaje.</p><p>La pareja criminal Fujimori-Montesinos que fue dueña y señora del Perú por diez años -1990 a 2000- hizo del horripilante “chuponeo” una práctica generalizada que le servía para conocer la vida íntima de sus críticos y adversarios y poder extorsionarlos, así como para ejercer chantajes y obtener beneficios en las grandes operaciones delictivas en que los forajidos del régimen se robaron cientos de millones de dólares, que comprendían desde negociados mafiosos con la compra y venta de armas hasta pactos y negocios de los carteles internacionales del narcotráfico.</p><p>Como todas las instituciones del país fueron puestas al servicio de la dictadura, las Fuerzas Armadas, claro está, pasaron también a servir, antes que al Perú, a Fujimori y Montesinos, y por eso hay hoy todavía en la cárcel, cumpliendo condenas o a punto de recibirlas, un buen número de antiguos oficiales que, en esos años sombríos, ensuciaban su uniforme a la vez que se llenaban los bolsillos.</p><p>Buen número de ellos ejercitaban el “chuponeo” desde las modernas instalaciones importadas para el efecto por el Servicio de Inteligencia que presidía Montesinos, la eminencia gris de la dictadura.</p><p>Cuando ésta finalmente se desmoronó en un fin de fiesta tan calamitoso como payaso (Fujimori huyendo al Japón y renunciando a la Presidencia mediante un fax y Montesinos entregado por los servicios secretos venezolanos de Chávez que lo habían escondido), los expertos “chuponeadores” se quedaron sin trabajo y, ni cortos ni perezozos, formaron empresas privadas y ofrecieron sus servicios al público.</p><p>Lo más notable y escandaloso no es que lo hicieran sino que, de inmediato, encontraran tantos clientes en el mundo empresarial.</p><p>Lo que significa que a una cantidad indiscernible, pero ciertamente grande, de peruanos les parecía –les parece- perfectamente legítimo valerse de una actividad delictuosa e inmoral –la violación de la privacidad- para obtener contratos, influencia, poder o extorsionar a sus competidores y adversarios.</p><p>El Perú anda mucho mejor de lo que estaba en aquella década infame, por supuesto. Desde el año 2000, con los tres Presidentes que ha tenido desde entonces, Valentín Paniagua, Alejandro Toledo y Alan García la democracia ha funcionado pasablemente bien en lo esencial –elecciones libres, libertad de prensa, independencia de poderes- aunque sus imperfecciones sean todavía grandes en razón del subdesarrollo, y la buena política económica seguida por los tres ha traído al país un crecimiento y una buena imagen internacional para los inversores sin precedentes en nuestra historia.</p><p>Acaso lo más sorprendente de estos años haya sido la evolución del Presidente Alan García hacia una filosofía liberal y moderna que (en buena hora para el país) defiende y aplica contra viento y marea, incluso contra buen número de sus propios compañeros de partido que siguen anclados en el pasado, sin importarle la impopularidad.</p><p>El resultado es que, a diferencia de lo que ocurre en otros países latinoamericanos, el Perú, con su apertura al mundo, su apoyo a la empresa privada y su implantación en todos los grandes mercados internacionales, resiste bastante mejor que el resto el cataclismo financiero internacional.</p><p>Ahora bien, como lo muestra el escándalo del “chuponeo”, hay una podredumbre moral agazapada debajo de esa fachada estimulante, que conspira contra todo lo que anda bien y que, si no se corta por lo sano, podría, dadas ciertas circunstancias difíciles, retrocedernos otra vez hacia la barbarie autoritaria.</p><p>Ésta no empieza cuando los tanques salen a las calles y los uniformados, siguiendo a un mequetrefe militar o civil, asaltan el Parlamento, Palacio de Gobierno y el caudillo toma el poder y comienza a gobernar a punta de estos métodos.</p><p>Comienza con el criollo desprecio de las reglas y convenciones que son el sistema sanguíneo de la civilización, el poco respeto no sólo de las leyes sino del espíritu que las anima, y la aceptación de todo lo que las vulnera e instaura la arbitrariedad, la mentira y lo ilícito como norma aceptable de conducta.</p><p>El Perú, una democracia en cierto sentido pujante, es, al mismo tiempo, un paraíso de la ilegalidad.</p><p>Es cierto que buen número de responsables de los crímenes y pillajes de la dictadura han ido a la cárcel, pero muchos más de los que la prohijaron, sirvieron y medraron con ella, andan ahí, reciclados, ahora demócratas de nuevo, con el whiskycito en la mano y la sonrisa del triunfador, adornando las páginas de sociales.</p><p>Los discos, los libros y los vídeos piratas se venden por doquier y todo el mundo sabe y acepta que la coima sea la única llave maestra para aligerar cualquier trámite administrativo o librarse de las multas y que las multas y los trámites se conciban sólo para poder obtener coimas.</p><p>¿Cómo sorprenderse que, en semejante contexto, el traficante de influencias, emboscado bajo la anodina denominación de “lobbysta” o cabildero, sea un activo protagonista de la vida económica y de que haya empresarios que contratan a los “chuponeadores” con toda normalidad para descubrir el talón de Aquiles de sus competidores y ganarles los concursos y los pleitos?</p><p>Son esas silenciosas y diligentes termitas las que, a lo largo de nuestra historia, han hecho que todos nuestros intentos democráticos se desintegre de pronto como momias expuesta al sol. No seamos tan insensatos otra vez más.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/Og3HsVhgQoKHyBd0Rr3q2JKt3Ts=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/APEHEGRPDJF2PJ4I7QYWGZ5GMI.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[MANDATARIO. El presidente peruano, Alan García.EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>El Perú no necesita de nuevos museos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Peru-necesita-nuevos-museos_0_2520497932.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Peru-necesita-nuevos-museos_0_2520497932.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 02:49:43 +0000</pubDate><description>El autor de esta teoría –que el Perú no necesita museos mientras sea pobre y con carencias sociales– es el señor Antero Flores Aráoz, ministro de Defensa del Gobierno peruano.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El autor de esta teoría –que el Perú no necesita museos mientras sea pobre y con carencias sociales– es el señor Antero Flores Aráoz, ministro de Defensa del Gobierno peruano.</p><p>No se trata de un gorila lleno de entorchados y sesos de aserrín, sino de un abogado que, como profesional y político, ha hecho una distinguida carrera en el Partido Popular Cristiano, del que se separó hace algún tiempo para representar al Perú como embajador ante la OEA (Organización de Estados Americanos).</p><p>¿Qué puede inducir a un hombre, que no es tonto, a decir tonterías? Dos cosas, profundamente arraigadas en la clase política peruana y latinoamericana: la intolerancia y la incultura.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/4M3XfkhF_QD1JTC-o0fE_CEVgg4=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/EWTJ6BH6XJGJDOY2MPEFJGBJKM.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>El Perú no necesita de nuevos museos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Peru-necesita-nuevos-museos_0_2520497933.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Peru-necesita-nuevos-museos_0_2520497933.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 02:49:42 +0000</pubDate><description>El autor de esta teoría –que el Perú no necesita museos mientras sea pobre y con carencias sociales– es el señor Antero Flores Aráoz, ministro de Defensa del Gobierno peruano.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El autor de esta teoría –que el Perú no necesita museos mientras sea pobre y con carencias sociales– es el señor Antero Flores Aráoz, ministro de Defensa del Gobierno peruano.</p><p>No se trata de un gorila lleno de entorchados y sesos de aserrín, sino de un abogado que, como profesional y político, ha hecho una distinguida carrera en el Partido Popular Cristiano, del que se separó hace algún tiempo para representar al Perú como embajador ante la OEA (Organización de Estados Americanos).</p><p>¿Qué puede inducir a un hombre, que no es tonto, a decir tonterías? Dos cosas, profundamente arraigadas en la clase política peruana y latinoamericana: la intolerancia y la incultura.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/knNRuWezI-EkJIIMarmm00jI6qY=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/QCQLK75FHJHVTEWZLWDRTMVPNM.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Los sueños y metas de un chef peruano</title><link>https://www.prensa.com/impresa/suenos-metas-chef-peruano_0_2530996888.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/suenos-metas-chef-peruano_0_2530996888.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 01:58:59 +0000</pubDate><description>Acomienzos de los años de 1970, en una casa limeña situada en el límite mismo de dos barrios, San Isidro y Lince, donde se codeaban la pituquería y el pueblo, un niño de pocos años solía meterse a la cocina para escapar de sus cuatro hermanas mayores y los galanes que venían a visitarlas.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Acomienzos de los años de 1970, en una casa limeña situada en el límite mismo de dos barrios, San Isidro y Lince, donde se codeaban la pituquería y el pueblo, un niño de pocos años solía meterse a la cocina para escapar de sus cuatro hermanas mayores y los galanes que venían a visitarlas.</p><p>La cocinera le había tomado cariño y lo dejaba poner los ojos, y a veces meter la mano, en los guisos que preparaba. Un día la dueña de casa descubrió que su único hijo varón –el pequeño Gastón- había aprendido a cocinar y que se gastaba las propinas corriendo al almacén Súper Epsa de la esquina a comprar calamares y otros alimentos que no figuraban en la dieta casera para experimentar con ellos.</p><p>El niño se llamaba Gastón Acurio, como su padre, un ingeniero y político que fue siempre colaborador cercano de Fernando Belaunde Terry.</p><p>Alentado por su madre, el niño siguió pasando buena parte de su niñez y su adolescencia en la cocina, mientras terminaba el colegio y comenzaba en la Universidad Católica sus estudios de abogado. Ambos ocultaron al papá esta afición precoz del joven Gastón, que, acaso, el pater familias hubiera encontrado inusitada y poco viril.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/4Q-3QOET-Qent64htWZ1aNXRKEE=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/E73PV2QPINBXNAM6ZFSEOVOEVI.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Los sueños y metas de un chef peruano</title><link>https://www.prensa.com/impresa/suenos-metas-chef-peruano_0_2530996889.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/suenos-metas-chef-peruano_0_2530996889.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 01:58:57 +0000</pubDate><description>Acomienzos de los años de 1970, en una casa limeña situada en el límite mismo de dos barrios, San Isidro y Lince, donde se codeaban la pituquería y el pueblo, un niño de pocos años solía meterse a la cocina para escapar de sus cuatro hermanas mayores y los galanes que venían a visitarlas.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Acomienzos de los años de 1970, en una casa limeña situada en el límite mismo de dos barrios, San Isidro y Lince, donde se codeaban la pituquería y el pueblo, un niño de pocos años solía meterse a la cocina para escapar de sus cuatro hermanas mayores y los galanes que venían a visitarlas.</p><p>La cocinera le había tomado cariño y lo dejaba poner los ojos, y a veces meter la mano, en los guisos que preparaba. Un día la dueña de casa descubrió que su único hijo varón –el pequeño Gastón- había aprendido a cocinar y que se gastaba las propinas corriendo al almacén Súper Epsa de la esquina a comprar calamares y otros alimentos que no figuraban en la dieta casera para experimentar con ellos.</p><p>El niño se llamaba Gastón Acurio, como su padre, un ingeniero y político que fue siempre colaborador cercano de Fernando Belaunde Terry.</p><p>Alentado por su madre, el niño siguió pasando buena parte de su niñez y su adolescencia en la cocina, mientras terminaba el colegio y comenzaba en la Universidad Católica sus estudios de abogado. Ambos ocultaron al papá esta afición precoz del joven Gastón, que, acaso, el pater familias hubiera encontrado inusitada y poco viril.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/3OQ5OBmOKVV9mlPs-0XP8zVu5zI=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/QC3LARIJ6JBDZN2GILDP7ZXDKM.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>El dragón en la historia del hombre</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/dragon-historia-hombre_0_2546745313.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/dragon-historia-hombre_0_2546745313.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 00:55:01 +0000</pubDate><description>¿¿Qué es un dragón? Un animal mítico, enorme y pestilente, de una o varias cabezas, cuerpo de saurio o de serpiente, alas cartilaginosas parecidas a las de los murciélagos y patas de cocodrilo, que arroja fuego por las fauces y atraviesa las culturas y las épocas como encarnación de los miedos, pesadillas, malos instintos y fascinaciones malignas de toda índole –religiosas, sexuales, fantásticas- que han asediado a los seres humanos desde la noche de los tiempos.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>¿¿Qué es un dragón? Un animal mítico, enorme y pestilente, de una o varias cabezas, cuerpo de saurio o de serpiente, alas cartilaginosas parecidas a las de los murciélagos y patas de cocodrilo, que arroja fuego por las fauces y atraviesa las culturas y las épocas como encarnación de los miedos, pesadillas, malos instintos y fascinaciones malignas de toda índole –religiosas, sexuales, fantásticas- que han asediado a los seres humanos desde la noche de los tiempos.</p><p>Con variantes, injertos y metamorfosis múltiples aparece en todas las civilizaciones y épocas históricas y es un personaje inevitable en el folclore, las leyendas, los mitos y la literatura infantil y fabulosa.</p><p>El dragón es una de las encarnaciones más espectaculares del mal, aquella vocación que inspiran el diablo o la naturaleza retorcida de los humanos de hacer daño al prójimo, envilecer y corromper lo existente, afear las conductas y los pensamientos y rendirse de manera abyecta ante la amenaza destructora del poderoso.</p><p>Al dragón lo inventamos por lo mal que pensamos de nosotros mismos y por eso, ahora en el cine de ciencia ficción como antes en la literatura y la pintura, luce siempre lozano y se renueva sin tregua, invulnerable a los siglos que lleva encima.</p><p>Si se lo aboliera de un plumazo, la cultura de Occidente y principalmente sus ficciones literarias, grabados y pinturas sufrirían una merma trágica.</p><p>Para saberlo, basta con echar un vistazo a la exquisita selección de dragones que aparecen en Dragones de la política, libro en el que Pedro González-Trevijano, mediante una aleación de disciplinas que le son caras, la historia y las bellas artes, hace desfilar a una larga colección de los que llama dragohumanos; es decir, figuras de conquistadores, guerreros, aventureros, genocidas, superhombres a los que el servilismo y el fanatismo de las masas elevaron en vida a la condición de dioses y cuyas credenciales son, a menudo, de un lado, hazañas y realizaciones grandiosas, y, del otro, sangrías y atrocidades indecibles.</p><p>La lista es abundante y va desde el homérico Aquiles, de existencia meramente literaria, a personalidades tan terrestres como las de Iosif Stalin, Mao Tse-Tung y Fidel Castro, pasando por una variopinta serie de héroes epónimos de todo color, religión y cultura, como Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, Atila, Don Pelayo, el Cid, Ricardo Corazón de León, Gengis Kan, Juana de Arco, el papa Julio II, Hernán Cortés, Napoleón, Simón Bolívar, Hitler y muchos otros.</p><p>Defendiera causas generosas, como la libertad y la justicia, o abominables, como el racismo, el lucro y la intolerancia religiosa o ideológica, esta familia tan diversa tiene, sin embargo, un denominador común: todos ellos deben su fama a las matanzas que perpetraron y padecieron, a las violencias indescriptibles que fueron dejando alrededor a su paso por la historia y el miedo y la veneración que inspiraron y que se proyectó en las obras literarias y artísticas con que fueron endiosados, ridiculizados o execrados.</p><p>Llamarlos dragohumanos nos permite entender mejor lo que les ha dado a todos ellos ese protagonismo de que gozan, al extremo de ser a menudo la encarnación de una época o de un país o de una situación histórica; y también, descubrir cómo en las exageraciones monstruosas de que está constituida la figura del dragón, por debajo de sus descomunales jetas, hediondas cavidades bucales, pezuñas mortíferas y los anillos y protuberancias de sus colas, estamos agazapados nosotros, los seres humamos comunes y corrientes, al igual de aquellos diestros danzarines que, zambullidos dentro de los carnavalescos dragones chinos, los hacen bailar y cimbrearse por las calles al ritmo de los címbalos, los tambores y las panderetas para felicidad de los chiquillos.</p><p>Es rasgo indeleble de la idiosincrasia del dragón ser, a la vez, majestuoso, imponente y ridículo, un ser que, al mismo tiempo que aterroriza y repugna, inspira burla y compasión.</p><p>En los perfiles que González-Trevijano ha bosquejado de cada uno de los dragohumanos de su libro, estos rasgos contradictorios aparecen como una constante y sirven, mejor que cualquier interpretación sociológica, para medir el escaso o nulo espíritu crítico de esos pueblos que, por cobardía, espíritu servil y fanatismo deificaron de tal modo a sus héroes epónimos que los tornaron monstruos, seres semidivinos, sátrapas que, como carecían de frenos y tenían de antemano garantizada la impunidad para cualquier exceso, cometieron los desafueros y latrocinios más espeluznantes sin perder por ello esa suerte de hechizo mágico que ejercían sobre sus pueblos.</p><p>Para entender esto cabalmente hay que detenerse largamente en los grabados, cuadros y dibujos que acompañan a esos textos biográficos.</p><p>Han sido elegidos con mucho gusto y el lector-espectador se deleita descubriendo la riquísima variedad de formas y apariencias con que los artistas de todas las épocas han procreado al dragón, y averiguando cómo este divo de la zoología fantástica ha atizado la fantasía de pintores, escultores y grabadores hasta dar luz a un verdadero mundo de dragones acaso tan diverso y promiscuo como el conglomerado humano.</p><p>Pero, todavía más interesante, es advertir que los dragones del arte de una manera misteriosa resultan a menudo representaciones simbólicas de las peculiares psicologías e idiosincrasias de los dragohumanos, en las que aparecen destacados su histrionismo, su delirio mesiánico, su crueldad, su heroísmo, su sensualidad y sus manías y vicios.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/hIVDTBSO8DT1FGEjLV3ia2P19pc=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/VIAUDWNH2RBPFJJKICJK3PYJ6Y.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Un dragón con cinco cabezas simboliza a los partidos políticos hondureños. Como tradición religiosa estas creaciones de papel son quemadas en Trinidad, en el noroeste de Honduras.EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>El dragón en la historia del hombre</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/dragon-historia-hombre_0_2546745314.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/dragon-historia-hombre_0_2546745314.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 00:54:59 +0000</pubDate><description>¿¿Qué es un dragón? Un animal mítico, enorme y pestilente, de una o varias cabezas, cuerpo de saurio o de serpiente, alas cartilaginosas parecidas a las de los murciélagos y patas de cocodrilo, que arroja fuego por las fauces y atraviesa las culturas y las épocas como encarnación de los miedos, pesadillas, malos instintos y fascinaciones malignas de toda índole –religiosas, sexuales, fantásticas- que han asediado a los seres humanos desde la noche de los tiempos.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>¿¿Qué es un dragón? Un animal mítico, enorme y pestilente, de una o varias cabezas, cuerpo de saurio o de serpiente, alas cartilaginosas parecidas a las de los murciélagos y patas de cocodrilo, que arroja fuego por las fauces y atraviesa las culturas y las épocas como encarnación de los miedos, pesadillas, malos instintos y fascinaciones malignas de toda índole –religiosas, sexuales, fantásticas- que han asediado a los seres humanos desde la noche de los tiempos.</p><p>Con variantes, injertos y metamorfosis múltiples aparece en todas las civilizaciones y épocas históricas y es un personaje inevitable en el folclore, las leyendas, los mitos y la literatura infantil y fabulosa.</p><p>El dragón es una de las encarnaciones más espectaculares del mal, aquella vocación que inspiran el diablo o la naturaleza retorcida de los humanos de hacer daño al prójimo, envilecer y corromper lo existente, afear las conductas y los pensamientos y rendirse de manera abyecta ante la amenaza destructora del poderoso.</p><p>Al dragón lo inventamos por lo mal que pensamos de nosotros mismos y por eso, ahora en el cine de ciencia ficción como antes en la literatura y la pintura, luce siempre lozano y se renueva sin tregua, invulnerable a los siglos que lleva encima.</p><p>Si se lo aboliera de un plumazo, la cultura de Occidente y principalmente sus ficciones literarias, grabados y pinturas sufrirían una merma trágica.</p><p>Para saberlo, basta con echar un vistazo a la exquisita selección de dragones que aparecen en Dragones de la política, libro en el que Pedro González-Trevijano, mediante una aleación de disciplinas que le son caras, la historia y las bellas artes, hace desfilar a una larga colección de los que llama dragohumanos; es decir, figuras de conquistadores, guerreros, aventureros, genocidas, superhombres a los que el servilismo y el fanatismo de las masas elevaron en vida a la condición de dioses y cuyas credenciales son, a menudo, de un lado, hazañas y realizaciones grandiosas, y, del otro, sangrías y atrocidades indecibles.</p><p>La lista es abundante y va desde el homérico Aquiles, de existencia meramente literaria, a personalidades tan terrestres como las de Iosif Stalin, Mao Tse-Tung y Fidel Castro, pasando por una variopinta serie de héroes epónimos de todo color, religión y cultura, como Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, Atila, Don Pelayo, el Cid, Ricardo Corazón de León, Gengis Kan, Juana de Arco, el papa Julio II, Hernán Cortés, Napoleón, Simón Bolívar, Hitler y muchos otros.</p><p>Defendiera causas generosas, como la libertad y la justicia, o abominables, como el racismo, el lucro y la intolerancia religiosa o ideológica, esta familia tan diversa tiene, sin embargo, un denominador común: todos ellos deben su fama a las matanzas que perpetraron y padecieron, a las violencias indescriptibles que fueron dejando alrededor a su paso por la historia y el miedo y la veneración que inspiraron y que se proyectó en las obras literarias y artísticas con que fueron endiosados, ridiculizados o execrados.</p><p>Llamarlos dragohumanos nos permite entender mejor lo que les ha dado a todos ellos ese protagonismo de que gozan, al extremo de ser a menudo la encarnación de una época o de un país o de una situación histórica; y también, descubrir cómo en las exageraciones monstruosas de que está constituida la figura del dragón, por debajo de sus descomunales jetas, hediondas cavidades bucales, pezuñas mortíferas y los anillos y protuberancias de sus colas, estamos agazapados nosotros, los seres humamos comunes y corrientes, al igual de aquellos diestros danzarines que, zambullidos dentro de los carnavalescos dragones chinos, los hacen bailar y cimbrearse por las calles al ritmo de los címbalos, los tambores y las panderetas para felicidad de los chiquillos.</p><p>Es rasgo indeleble de la idiosincrasia del dragón ser, a la vez, majestuoso, imponente y ridículo, un ser que, al mismo tiempo que aterroriza y repugna, inspira burla y compasión.</p><p>En los perfiles que González-Trevijano ha bosquejado de cada uno de los dragohumanos de su libro, estos rasgos contradictorios aparecen como una constante y sirven, mejor que cualquier interpretación sociológica, para medir el escaso o nulo espíritu crítico de esos pueblos que, por cobardía, espíritu servil y fanatismo deificaron de tal modo a sus héroes epónimos que los tornaron monstruos, seres semidivinos, sátrapas que, como carecían de frenos y tenían de antemano garantizada la impunidad para cualquier exceso, cometieron los desafueros y latrocinios más espeluznantes sin perder por ello esa suerte de hechizo mágico que ejercían sobre sus pueblos.</p><p>Para entender esto cabalmente hay que detenerse largamente en los grabados, cuadros y dibujos que acompañan a esos textos biográficos.</p><p>Han sido elegidos con mucho gusto y el lector-espectador se deleita descubriendo la riquísima variedad de formas y apariencias con que los artistas de todas las épocas han procreado al dragón, y averiguando cómo este divo de la zoología fantástica ha atizado la fantasía de pintores, escultores y grabadores hasta dar luz a un verdadero mundo de dragones acaso tan diverso y promiscuo como el conglomerado humano.</p><p>Pero, todavía más interesante, es advertir que los dragones del arte de una manera misteriosa resultan a menudo representaciones simbólicas de las peculiares psicologías e idiosincrasias de los dragohumanos, en las que aparecen destacados su histrionismo, su delirio mesiánico, su crueldad, su heroísmo, su sensualidad y sus manías y vicios.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/cfY7YeOgL-5Kybt9uLx2BdY6rZk=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/UWWIRLTQJJCJPKWX5A7C33YGYQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Un dragón con cinco cabezas simboliza a los partidos políticos hondureños. Como tradición religiosa estas creaciones de papel son quemadas en Trinidad, en el noroeste de Honduras.EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Un aviso para los otros dictadores</title><link>https://www.prensa.com/impresa/aviso-dictadores_0_2557244263.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/aviso-dictadores_0_2557244263.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 00:02:06 +0000</pubDate><description>La condena del ex dictador Alberto Fujimori a 25 años de cárcel por delitos contra los derechos humanos que ha dictado un Tribunal de la Corte Suprema del Perú trasciende largamente la demarcación geográfica peruana y gravita a partir de ahora sobre toda América Latina como una advertencia a quienes, de un confín a otro del continente, aspiren a tomar por asalto el poder y gobernar amparados por la fuerza.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La condena del ex dictador Alberto Fujimori a 25 años de cárcel por delitos contra los derechos humanos que ha dictado un Tribunal de la Corte Suprema del Perú trasciende largamente la demarcación geográfica peruana y gravita a partir de ahora sobre toda América Latina como una advertencia a quienes, de un confín a otro del continente, aspiren a tomar por asalto el poder y gobernar amparados por la fuerza.</p><p>Ya saben los gobernantes que pisotean la Constitución y las leyes y mandan torturar y asesinar que sus crímenes no quedarán impunes, como casi siempre ha ocurrido hasta ahora, sino que tarde o temprano pueden ser juzgados y sancionados por sus propios pueblos.</p><p>Se trata de un precedente histórico señero para quienes soñamos con una América Latina emancipada para siempre de la peste autoritaria.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/4hH0G4KDoztMK0GYXhDj9SbJ-rQ=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/YOSOF63ZE5C7ND2IMDXJAXZKYU.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[AP/Dolores Ochoa]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Un aviso para los otros dictadores</title><link>https://www.prensa.com/impresa/aviso-dictadores_0_2557244264.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/aviso-dictadores_0_2557244264.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Sat, 25 Jan 2020 00:02:05 +0000</pubDate><description>La condena del ex dictador Alberto Fujimori a 25 años de cárcel por delitos contra los derechos humanos que ha dictado un Tribunal de la Corte Suprema del Perú trasciende largamente la demarcación geográfica peruana y gravita a partir de ahora sobre toda América Latina como una advertencia a quienes, de un confín a otro del continente, aspiren a tomar por asalto el poder y gobernar amparados por la fuerza.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La condena del ex dictador Alberto Fujimori a 25 años de cárcel por delitos contra los derechos humanos que ha dictado un Tribunal de la Corte Suprema del Perú trasciende largamente la demarcación geográfica peruana y gravita a partir de ahora sobre toda América Latina como una advertencia a quienes, de un confín a otro del continente, aspiren a tomar por asalto el poder y gobernar amparados por la fuerza.</p><p>Ya saben los gobernantes que pisotean la Constitución y las leyes y mandan torturar y asesinar que sus crímenes no quedarán impunes, como casi siempre ha ocurrido hasta ahora, sino que tarde o temprano pueden ser juzgados y sancionados por sus propios pueblos.</p><p>Se trata de un precedente histórico señero para quienes soñamos con una América Latina emancipada para siempre de la peste autoritaria.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/TQH5_-il7Zc2VP54z2zIed8wUFo=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/WBDGGEJMYZDK5MXWHSMNFYP6HQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[AP/Dolores Ochoa]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La arquitectura como espectáculo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/arquitectura-espectaculo_0_2567743209.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/arquitectura-espectaculo_0_2567743209.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 23:02:48 +0000</pubDate><description>Visitar en una misma semana dos grandes museos europeos en busca de testimonios de las culturas del Congo y de la Amazonia puede deparar al visitante insospechadas lecciones sobre la civilización de nuestro tiempo y la manera como en ella, sin que nadie lo pretendiera ni a menudo lo advirtiera, se ha ido produciendo esa sustitución del fondo por la forma –del contenido por el continente– que, en el pasado remoto, solo era concebible mediante la magia, el pacto satánico o el milagro.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Visitar en una misma semana dos grandes museos europeos en busca de testimonios de las culturas del Congo y de la Amazonia puede deparar al visitante insospechadas lecciones sobre la civilización de nuestro tiempo y la manera como en ella, sin que nadie lo pretendiera ni a menudo lo advirtiera, se ha ido produciendo esa sustitución del fondo por la forma –del contenido por el continente– que, en el pasado remoto, solo era concebible mediante la magia, el pacto satánico o el milagro.</p><p>Entre nosotros, los responsables del prodigio no parecen haber sido magos, diablos ni santos sino el narcisismo y la frivolidad.</p><p>El Real Museo de África Central está en Tervuren, a unos 15 kilómetros de Bruselas, en un parque de sueño, rodeado de bosques que en esta mañana primaveral hierven de verdura y de cantos y vuelos de pájaros multicolores.</p><p>Al pie del edificio hay una laguna circular y estanques artificiales, donde, en la Exposición Universal de 1897, Leopoldo II exhibió congoleses de carne y hueso de su vasto dominio africano con sus cabañas, tatuajes, lanzas y tambores: fueron el atractivo estrella del evento pero nueve de ellos no resistieron el clima y murieron de pulmonía.</p><p>El soberano belga –ahí está su estatua de figura imponente y las inevitables barbas rastrilladas– quería que este museo diera una impresión de poderío y orgullo perfectamente justificados (¿no era propietario del Congo, riquísimo dominio 97 veces más grande que su propio país?) y encargó su construcción al arquitecto francés Charles Girault, que había diseñado el Petit Palais de París.</p><p>El resultado fue versallesco, monumental y bellísimo, aunque el paso del tiempo y los avatares de la historia hayan infligido ahora a este presuntuoso local una connotación un tanto kitsch.</p><p>Me dicen que, pese a su enormidad, el museo exhibe solo 10% de sus existencias. Aun así, lo que muestran sus vitrinas y salas es muchísimo y está expuesto con inteligencia y gusto.</p><p>Las notas y paneles son instructivas y la riqueza de la colección de máscaras, armas, instrumentos musicales, utensilios, atuendos, tocados y hasta la gigantesca piragua socavada en un tronco de árbol donde cabe un centenar de remeros dan una idea soberbia de la variedad de las culturas centroafricanas.</p><p>El amigo que me acompaña, que es historiador y ha investigado en los archivos del museo, me asegura que su colección de libros y documentos es la más rica que existe en el mundo sobre el África Central.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/0hw1XGYRRa4SEe9a8sStTYZwBY0=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/Q4ULXIGSQBAJXEBNFDROBSA664.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[AP]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La arquitectura como espectáculo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/arquitectura-espectaculo_0_2567743210.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/arquitectura-espectaculo_0_2567743210.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 23:02:47 +0000</pubDate><description>Visitar en una misma semana dos grandes museos europeos en busca de testimonios de las culturas del Congo y de la Amazonia puede deparar al visitante insospechadas lecciones sobre la civilización de nuestro tiempo y la manera como en ella, sin que nadie lo pretendiera ni a menudo lo advirtiera, se ha ido produciendo esa sustitución del fondo por la forma –del contenido por el continente– que, en el pasado remoto, solo era concebible mediante la magia, el pacto satánico o el milagro.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Visitar en una misma semana dos grandes museos europeos en busca de testimonios de las culturas del Congo y de la Amazonia puede deparar al visitante insospechadas lecciones sobre la civilización de nuestro tiempo y la manera como en ella, sin que nadie lo pretendiera ni a menudo lo advirtiera, se ha ido produciendo esa sustitución del fondo por la forma –del contenido por el continente– que, en el pasado remoto, solo era concebible mediante la magia, el pacto satánico o el milagro.</p><p>Entre nosotros, los responsables del prodigio no parecen haber sido magos, diablos ni santos sino el narcisismo y la frivolidad.</p><p>El Real Museo de África Central está en Tervuren, a unos 15 kilómetros de Bruselas, en un parque de sueño, rodeado de bosques que en esta mañana primaveral hierven de verdura y de cantos y vuelos de pájaros multicolores.</p><p>Al pie del edificio hay una laguna circular y estanques artificiales, donde, en la Exposición Universal de 1897, Leopoldo II exhibió congoleses de carne y hueso de su vasto dominio africano con sus cabañas, tatuajes, lanzas y tambores: fueron el atractivo estrella del evento pero nueve de ellos no resistieron el clima y murieron de pulmonía.</p><p>El soberano belga –ahí está su estatua de figura imponente y las inevitables barbas rastrilladas– quería que este museo diera una impresión de poderío y orgullo perfectamente justificados (¿no era propietario del Congo, riquísimo dominio 97 veces más grande que su propio país?) y encargó su construcción al arquitecto francés Charles Girault, que había diseñado el Petit Palais de París.</p><p>El resultado fue versallesco, monumental y bellísimo, aunque el paso del tiempo y los avatares de la historia hayan infligido ahora a este presuntuoso local una connotación un tanto kitsch.</p><p>Me dicen que, pese a su enormidad, el museo exhibe solo 10% de sus existencias. Aun así, lo que muestran sus vitrinas y salas es muchísimo y está expuesto con inteligencia y gusto.</p><p>Las notas y paneles son instructivas y la riqueza de la colección de máscaras, armas, instrumentos musicales, utensilios, atuendos, tocados y hasta la gigantesca piragua socavada en un tronco de árbol donde cabe un centenar de remeros dan una idea soberbia de la variedad de las culturas centroafricanas.</p><p>El amigo que me acompaña, que es historiador y ha investigado en los archivos del museo, me asegura que su colección de libros y documentos es la más rica que existe en el mundo sobre el África Central.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/IXNlV8r5Haq3QY3j1xwSebnAZ0Y=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/QKHFAROQQNAHNFSQHVZFATSJ2M.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[AP]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La partida de la conocida escribidora</title><link>https://www.prensa.com/impresa/partida-conocida-escribidora_0_2578242163.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/partida-conocida-escribidora_0_2578242163.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 22:02:58 +0000</pubDate><description>Por culpa de los antropólogos, la palabra incultura ha desaparecido del vocabulario. En el pasado la noción de cultura se asociaba a un conocimiento elevado –humanístico y científico-, al dominio de las artes, al buen gusto y a una sensibilidad refinada.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Por culpa de los antropólogos, la palabra incultura ha desaparecido del vocabulario. En el pasado la noción de cultura se asociaba a un conocimiento elevado –humanístico y científico-, al dominio de las artes, al buen gusto y a una sensibilidad refinada.</p><p>La antropología generalizó aquella acepción a todas las manifestaciones de la vida de una comunidad –sus creencias, sus costumbres, sus ritos, sus vicios y valores– de modo que hoy nos encontramos en la prensa con expresiones como “la cultura de la manducación de carne humana”, la “cultura del contrabando”, “del fútbol” y de cosas aún peores. Ya nadie es inculto, todos nos hemos vuelto cultos de alguna manera, lo que constituye, sin duda, la apoteosis de esta civilización nuestra marcada por el sesgo de la frivolidad.</p><p>Dentro de este contexto no es impropio decir que Corín Tellado, la escribidora asturiana que murió el mes pasado, a sus 82 años, fue probablemente el fenómeno sociocultural más notable que haya experimentado la lengua española desde el Siglo de Oro.</p><p>Aunque esto parezca herejía, y lo sea desde un punto de vista cualitativo, no lo es desde el cuantitativo, porque ni Borges ni García Márquez ni Ortega y Gasset ni cualquier otro de los más originales creadores o pensadores de nuestra lengua ha llegado a tanta gente ni influido tanto en su manera de sentir, hablar, amar, odiar y entender la vida y las relaciones humanas como María del Socorro Tellado López, apodada Socorrín por su familia y sus amigos, la muchacha que, en 1946, a sus 19 años, escribió en Cádiz su primera novelita, Atrevida apuesta, una arcangélica historia en la que un joven guardiamarino apostaba que conseguiría besar a una chica y ganaba la apuesta gracias a un apagón de la luz en medio de una fiesta.</p><p>A su muerte, 63 años más tarde, había escrito unas 4,500 novelas más, sin contar los radioteatros, telenovelas, fotonovelas y películas inspiradas en sus obras y hecho célebre el nombre de pluma de Corín Tellado.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/GbIEar86YT5tbgLCfFz3HfR4p5g=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/L54I2ZXYOFGQZMROZTCKD54OJ4.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[ORIGEN.Nació en la localidad asturiana de Viavélez el 25 de abril de 1927. EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La partida de la conocida escribidora</title><link>https://www.prensa.com/impresa/partida-conocida-escribidora_0_2578242164.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/partida-conocida-escribidora_0_2578242164.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 22:02:57 +0000</pubDate><description>Por culpa de los antropólogos, la palabra incultura ha desaparecido del vocabulario. En el pasado la noción de cultura se asociaba a un conocimiento elevado –humanístico y científico-, al dominio de las artes, al buen gusto y a una sensibilidad refinada.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Por culpa de los antropólogos, la palabra incultura ha desaparecido del vocabulario. En el pasado la noción de cultura se asociaba a un conocimiento elevado –humanístico y científico-, al dominio de las artes, al buen gusto y a una sensibilidad refinada.</p><p>La antropología generalizó aquella acepción a todas las manifestaciones de la vida de una comunidad –sus creencias, sus costumbres, sus ritos, sus vicios y valores– de modo que hoy nos encontramos en la prensa con expresiones como “la cultura de la manducación de carne humana”, la “cultura del contrabando”, “del fútbol” y de cosas aún peores. Ya nadie es inculto, todos nos hemos vuelto cultos de alguna manera, lo que constituye, sin duda, la apoteosis de esta civilización nuestra marcada por el sesgo de la frivolidad.</p><p>Dentro de este contexto no es impropio decir que Corín Tellado, la escribidora asturiana que murió el mes pasado, a sus 82 años, fue probablemente el fenómeno sociocultural más notable que haya experimentado la lengua española desde el Siglo de Oro.</p><p>Aunque esto parezca herejía, y lo sea desde un punto de vista cualitativo, no lo es desde el cuantitativo, porque ni Borges ni García Márquez ni Ortega y Gasset ni cualquier otro de los más originales creadores o pensadores de nuestra lengua ha llegado a tanta gente ni influido tanto en su manera de sentir, hablar, amar, odiar y entender la vida y las relaciones humanas como María del Socorro Tellado López, apodada Socorrín por su familia y sus amigos, la muchacha que, en 1946, a sus 19 años, escribió en Cádiz su primera novelita, Atrevida apuesta, una arcangélica historia en la que un joven guardiamarino apostaba que conseguiría besar a una chica y ganaba la apuesta gracias a un apagón de la luz en medio de una fiesta.</p><p>A su muerte, 63 años más tarde, había escrito unas 4,500 novelas más, sin contar los radioteatros, telenovelas, fotonovelas y películas inspiradas en sus obras y hecho célebre el nombre de pluma de Corín Tellado.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/kdTs6gNbnTC-0fk2IK3AIaj2PgI=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/R4HN7HVIUNFONGTK7SD5YUPDZ4.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[ORIGEN.Nació en la localidad asturiana de Viavélez el 25 de abril de 1927. EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Sobre cómo es la cuadratura del círculo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/cuadratura-circulo_0_2588741107.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/cuadratura-circulo_0_2588741107.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 21:26:40 +0000</pubDate><description>La más notable y atrevida reforma introducida en la política estadounidense por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, no concierne a Irak ni a las torturas de Guantánamo ni a Cuba ni ala Unión Europea, sino a Israel.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>La más notable y atrevida reforma introducida en la política estadounidense por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, no concierne a Irak ni a las torturas de Guantánamo ni a Cuba ni ala Unión Europea, sino a Israel.</p><p>Por primera vez un gobierno de Estados Unidos abandona la línea seguida hasta ahora por todos sus predecesores –incluido el del presidente Jimmy Carter, que sólo al salir de la Casa Blanca cambiaría de posición sobre este asunto–, de alineamiento sistemático con Israel en su conflicto con los palestinos, un hecho que hasta ahora ha constituido un obstáculo mayor para un acuerdo de paz que desactivara aquel polvorín, que en cualquier momento puede volver a incendiar el Medio Oriente, rompiera el hielo y permitiera un acercamiento y colaboración entre los países árabes y el mundo occidental.</p><p>En efecto, apenas asumido el poder, la nueva administración, primero por boca de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y luego a través del vicepresidente Joe Biden, y finalmente, del propio Obama, ha recordado a Israel su compromiso con el acuerdo de Anápolis de 2007, que establece la creación de dos Estados –uno israelí y otro palestino- como fundamento para la paz, y exigido que cese la instalación de asentamientos de colonos en Cisjordania.</p><p>El nuevo Gobierno israelí, que preside Benjamín Netanyahu, no acepta la creación de un Estado palestino y, añadiendo una exigencia que prácticamente cierra las puertas a toda nueva negociación, ahora exige como condición para el diálogo que los palestinos reconozcan a Israel la condición de “Estado judío”.</p><p>La reciente entrevista, en Washington, de Obama con Netanyahu, ha mostrado al mundo, por primera vez en la historia, una radical disparidad de criterios entre ambos países y, por eso, ha sido considerada, en general, como un clamoroso fracaso.</p><p>Yo no soy tan pesimista. Por el contrario, creo que ésta es sólo una primera finta, en un pugilato de sombras del que, acaso, podría resultar por fin una solución negociada para el conflicto más largo y más áspero que padece el mundo desde 1948.</p><p>Mi relativo optimismo parte de esta convicción: Estados Unidos es el único país que tiene credibilidad ante la opinión pública de Israel y capaz de influir sobre su clase dirigente, pues ambas, por razones que sería largo de explicar, padecen respecto a todos los demás países, sobre todo los de Europa Occidental, una verdadera paranoia que los hace ver enemigos por doquier y considerar cómplices de sus enemigos a quienes se atreven a criticar sus políticas, aun de la manera más amical.</p><p>Esta psicosis explica en parte, por lo demás, el acelerado proceso de radicalización extremista de Israel, visible en los resultados de las últimas elecciones, que ha llevado al poder, junto al ultra nacionalista del Likud, Netanyahu, a un fanático racista y xenófobo como su ministro de Relaciones Exteriores, Avigdor Lieberman, cuyo partido, Israel Beiteinu, recordemos, quiere privar de la nacionalidad al millón de árabes israelíes.</p><p>La alianza con Estados Unidos es necesaria a Israel, en términos económicos desde luego –pues recibe una ayuda de unos tres mil millones de dólares anuales-, pero, sobre todo, políticos, teniendo en cuenta su condición de país cercado de adversarios, algunos de los cuales, como Irán, reclaman su extinción, y la soledad internacional a que lo han llevado su intransigencia y sus medidas de fuerza, como las recientes invasiones de Líbano y de Gaza.</p><p>Si Estados Unidos mantiene con firmeza su exigencia de que Israel se atenga a sus compromisos, cese la creación de colonias en Cisjordania y entable negociaciones que permitan la creación de un Estado palestino, esta actitud tendrá la virtud de movilizar de nuevo a la dormida y desmoralizada colectividad progresista de Israel que, durante tantos años, luchó por la “Paz Ahora”, uno de cuyos grandes logros fueron los acuerdos de Oslo, que sentaron las bases de una paz sostenida, esperanza que por desgracia se frustró con el asesinato del primer ministro Rabin.</p><p>Las dificultades son enormes, desde luego, y, por cierto, no sólo desde el lado de los extremistas del gobierno de Israel, quienes, en una provocadora demostración de fuerzas, anunciaron la creación de un nuevo asentamiento de colonos en Cisjordania (Maskiot, a orillas del Jordán) en plenas conversaciones de Obama con Netanyahu, sino de los palestinos, cuya división, entre los fanáticos terroristas de Hamás y los moderados de Al Fatah, pese a los esfuerzos de Egipto y de Jordania, parece agravarse en vez de ceder.</p><p>Pero, curiosamente, pese a esta radicalización extremista de los palestinos, Estados Unidos, desde la elección de Barack Obama, ha dejado de ser percibido para una amplia sección de la sociedad palestina como el enemigo imperialista y socio del colonizador –la etiqueta tradicional- sino, más bien, como un poder que puede ejercer una función moderadora y conciliadora en la región, la única en última instancia con influencia suficiente para propiciar una negociación aceptable para ambas partes.</p><p>Ésta es por ahora una percepción exacta, y si Obama mantiene su actual política, hay muchas esperanzas de que los sectores moderados de ambas comunidades vayan ganando terreno y haciendo retroceder a los extremistas convencidos de que la solución del conflicto vendrá sólo a través de la matanza.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/FxzI2Drklk7JR6MKwQz8g4Ukm3o=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/BO6YB2HJI5BV7BGNUZX2ODCKXY.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[AP/Scott Applewhite]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Entre la libertad y Hugo Chávez</title><link>https://www.prensa.com/impresa/libertad-Hugo-Chavez_0_2599240057.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/libertad-Hugo-Chavez_0_2599240057.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 21:00:01 +0000</pubDate><description>Un Encuentro sobre Libertad y Democracia, celebrado en Caracas los pasados 28 y 29 de mayo, que hubiera pasado inadvertido del gran público y confinado en un reducido ámbito intelectual, se convirtió gracias al gobierno del presidente Hugo Chávez en un acontecimiento internacional.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Un Encuentro sobre Libertad y Democracia, celebrado en Caracas los pasados 28 y 29 de mayo, que hubiera pasado inadvertido del gran público y confinado en un reducido ámbito intelectual, se convirtió gracias al gobierno del presidente Hugo Chávez en un acontecimiento internacional.</p><p>En buena hora, pues de este modo un amplio sector pudo enterarse de los atropellos que se cometen a diario en la tierra de Bolívar contra las libertades civiles y del coraje con que tantos venezolanos se han movilizado contra el proyecto estatista y totalitario que pretende convertir a este país en una segunda Cuba.</p><p>Un centenar de escritores, intelectuales, políticos y periodistas fuimos a Caracas a festejar los 25 años de CEDICE, un instituto defensor de la cultura democrática y la economía libre, que, pese al hostigamiento de que ha sido y sigue siendo víctima, continúa promoviendo las ideas liberales en medio de la frenética campaña centralista y colectivista de uno de los gobiernos más anacrónicos del mundo occidental.</p><p>Es verdad que Venezuela todavía no es Cuba, porque aún quedan espacios para la empresa privada y la prensa libre, pero ellos se van cerrando cada día más.</p><p>Tanto empresarios privados como órganos de prensa independiente trabajan sometidos a acosos y amenazas y con la espada de Damocles de la confiscación, la expropiación y la clausura sobre sus cabezas.</p><p>Sin embargo, pese a los juicios, multas y entrampamientos administrativos que los asfixian, la entereza con que continúan en la brega es admirable.</p><p><p>El día que inauguramos el encuentro se cumplían dos años del cierre de <strong>Radio Caracas Televisión</strong>, luego de la épica batalla por la supervivencia que dieron su propietario Marcel Granier y los centenares de periodistas y demás trabajadores de la empresa.</p></p><p><p>Ahora, el objetivo del régimen es el último canal independiente donde la oposición puede expresarse: <strong>Globovisión</strong>. El terreno está siendo abonado con una ofensiva de injurias y acusaciones delirantes contra el canal y su propietario, Guillermo Zuloaga, cuya casa fue invadida hace pocos días por la policía y a quien el gobierno chavista acaba de abrir un juicio por supuestos tráficos ilegales: una burda patraña antes del zarpazo final contra un canal de televisión que se empeña en ser libre en un país donde la libertad se apaga cada día como la lucecita de un candil.</p></p><p><p>Al igual que en <strong>Radio Caracas Televisión</strong>, los 400 periodistas y trabajadores de <strong>Globovisión</strong> han cerrado filas en defensa de su centro de trabajo y de su dignidad.</p></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/d8cNAGFbTMh8bjAVLZUrL5_okEA=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/WPZ25NSP2ZFO7DPNKC522PQAMQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[El presidente de Venezuela, Hugo Chávez.]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Victoria pírrica para los desamparados</title><link>https://www.prensa.com/impresa/Victoria-pirrica-desamparados_0_2608989082.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/Victoria-pirrica-desamparados_0_2608989082.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | piedra de toque</dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 20:35:31 +0000</pubDate><description>Hace poco, el Congreso peruano derogó los decretos legislativos que habían provocado una revuelta indígena de grandes proporciones en la Amazonia: bloqueo de carreteras, toma de empresas, paralizaciones y acciones armadas en las que perecieron 24 policías (degollados, alanceados y quemados) y 10 civiles (abaleados) y unas 150 personas resultaron heridas, según cifras verificadas por la Defensoría del Pueblo.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Hace poco, el Congreso peruano derogó los decretos legislativos que habían provocado una revuelta indígena de grandes proporciones en la Amazonia: bloqueo de carreteras, toma de empresas, paralizaciones y acciones armadas en las que perecieron 24 policías (degollados, alanceados y quemados) y 10 civiles (abaleados) y unas 150 personas resultaron heridas, según cifras verificadas por la Defensoría del Pueblo.</p><p>En la víspera desde el Palacio de Gobierno, el presidente de la República, Alan García Pérez, promotor de aquellos decretos, había hecho su autocrítica, lamentando no haberlos consultado previamente con las comunidades indígenas y explicando que este repliegue del Gobierno se hacía en aras de la paz y para poner fin al derramamiento de sangre.</p><p>De este modo, la Asociación Interétnica para el Desarrollo de la Amazonia (AIDESEP), a la que están afiliadas unas mil 300 comunidades nativas, y su dirigente Alberto Pizango (ahora asilado en Nicaragua), que lideraron el movimiento rebelde, obtienen un triunfo indiscutible.</p><p>Aunque, para guardar las formas, la abolición de los decretos ha venido acompañada de una vaga propuesta de instalar una mesa de negociaciones para, en adelante, armonizar ideas entre autoridades y nativos, todos sabemos que ni este ni probablemente futuros gobiernos osarán en el Perú volver a intentar meter la mano en la Amazonia para alentar la inversión privada y el desarrollo económico de esta región, la más pobre y despoblada del Perú, que representa unos dos tercios de la geografía nacional.</p><p>Una cosa está, pues, totalmente garantizada: los 332 mil nativos amazónicos que, según el censo de 2007, distribuidos en unos 15 grupos etnolingüísticos, hablan cerca de 70 dialectos, seguirán siendo en los años venideros los ciudadanos más desamparados y explotados del Perú, los que reciben la peor educación, tienen menos oportunidades de trabajo y las peores expectativas de salud y de vida de todo el país. Si esto no es una victoria pírrica, ¿qué es?</p><p>A pesar de su lenguaje algo difuso, los satanizados decretos estaban en el fondo bastante bien orientados. Perseguían una necesidad imperiosa: atraer inversión privada y tecnología de punta hacia una región que tiene grandes reservas de gas, petróleo y muchos minerales, y podría ser una fuente de prosperidad y modernización para ese país pobre que es el Perú, empezando, claro está, por quienes más ayuda necesitan: las comunidades nativas de la Amazonia.</p><p>Es falso de toda falsedad, para cualquiera que eche una simple ojeada a los decretos en cuestión, que en ellos se pretendiera desconocer el derecho de propiedad de los nativos a sus tierras ancestrales. Al revés: su propósito, explícito e implícito, era demarcar estas circunscripciones a fin de que su legalización fuera efectiva y no, como hasta ahora, una mera abstracción contradicha a diario por las invasiones múltiples de que esas tierras son víctimas por parte de los narcotraficantes, la deforestación salvaje que va convirtiendo sus selvas en desierto, la minería ilegal y la enloquecida contaminación de ríos y lagos que está aniquilando la fauna y la flora amazónicas.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/_Re5_BPf2faX6eG7RgccKrWpcHE=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/YWRFGKSNSZAGDBVGNHWEK63PPM.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[TRADICIÓN. Un artesano peruano trabaja con huacrapona, un tipo de madera de palmera que es usada en los pisos de las casas tradicionales de su zona. EFE/Sergio Urday]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Victoria pírrica para los desamparados</title><link>https://www.prensa.com/impresa/Victoria-pirrica-desamparados_0_2609739007.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/Victoria-pirrica-desamparados_0_2609739007.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | piedra de toque</dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 20:32:57 +0000</pubDate><description>Hace poco, el Congreso peruano derogó los decretos legislativos que habían provocado una revuelta indígena de grandes proporciones en la Amazonia: bloqueo de carreteras, toma de empresas, paralizaciones y acciones armadas en las que perecieron 24 policías (degollados, alanceados y quemados) y 10 civiles (abaleados) y unas 150 personas resultaron heridas, según cifras verificadas por la Defensoría del Pueblo.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Hace poco, el Congreso peruano derogó los decretos legislativos que habían provocado una revuelta indígena de grandes proporciones en la Amazonia: bloqueo de carreteras, toma de empresas, paralizaciones y acciones armadas en las que perecieron 24 policías (degollados, alanceados y quemados) y 10 civiles (abaleados) y unas 150 personas resultaron heridas, según cifras verificadas por la Defensoría del Pueblo.</p><p>En la víspera desde el Palacio de Gobierno, el presidente de la República, Alan García Pérez, promotor de aquellos decretos, había hecho su autocrítica, lamentando no haberlos consultado previamente con las comunidades indígenas y explicando que este repliegue del Gobierno se hacía en aras de la paz y para poner fin al derramamiento de sangre.</p><p>De este modo, la Asociación Interétnica para el Desarrollo de la Amazonia (AIDESEP), a la que están afiliadas unas mil 300 comunidades nativas, y su dirigente Alberto Pizango (ahora asilado en Nicaragua), que lideraron el movimiento rebelde, obtienen un triunfo indiscutible.</p><p>Aunque, para guardar las formas, la abolición de los decretos ha venido acompañada de una vaga propuesta de instalar una mesa de negociaciones para, en adelante, armonizar ideas entre autoridades y nativos, todos sabemos que ni este ni probablemente futuros gobiernos osarán en el Perú volver a intentar meter la mano en la Amazonia para alentar la inversión privada y el desarrollo económico de esta región, la más pobre y despoblada del Perú, que representa unos dos tercios de la geografía nacional.</p><p>Una cosa está, pues, totalmente garantizada: los 332 mil nativos amazónicos que, según el censo de 2007, distribuidos en unos 15 grupos etnolingüísticos, hablan cerca de 70 dialectos, seguirán siendo en los años venideros los ciudadanos más desamparados y explotados del Perú, los que reciben la peor educación, tienen menos oportunidades de trabajo y las peores expectativas de salud y de vida de todo el país. Si esto no es una victoria pírrica, ¿qué es?</p><p>A pesar de su lenguaje algo difuso, los satanizados decretos estaban en el fondo bastante bien orientados. Perseguían una necesidad imperiosa: atraer inversión privada y tecnología de punta hacia una región que tiene grandes reservas de gas, petróleo y muchos minerales, y podría ser una fuente de prosperidad y modernización para ese país pobre que es el Perú, empezando, claro está, por quienes más ayuda necesitan: las comunidades nativas de la Amazonia.</p><p>Es falso de toda falsedad, para cualquiera que eche una simple ojeada a los decretos en cuestión, que en ellos se pretendiera desconocer el derecho de propiedad de los nativos a sus tierras ancestrales. Al revés: su propósito, explícito e implícito, era demarcar estas circunscripciones a fin de que su legalización fuera efectiva y no, como hasta ahora, una mera abstracción contradicha a diario por las invasiones múltiples de que esas tierras son víctimas por parte de los narcotraficantes, la deforestación salvaje que va convirtiendo sus selvas en desierto, la minería ilegal y la enloquecida contaminación de ríos y lagos que está aniquilando la fauna y la flora amazónicas.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/bV7CXJcCQ2xcdfAPMSIMsWsRcPg=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/VJSQ5UKVPRFAHHJ5GCEKXOVJLM.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[TRADICIÓN. Un artesano peruano trabaja con huacrapona, un tipo de madera de palmera que es usada en los pisos de las casas tradicionales de su zona. EFE/Sergio Urday]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>El golpe de las burlas</title><link>https://www.prensa.com/impresa/golpe-burlas_0_2620237957.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/golpe-burlas_0_2620237957.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 20:08:40 +0000</pubDate><description>Despertar a un presidente constitucionalmente elegido a punta de bayonetas y enviarlo al exilio sin darle tiempo siquiera a cambiarse el pijama, como hicieron los militares hondureños con Manuel Zelaya hace tres semanas, es un acto de barbarie política y resulta justa la enérgica condena que este atropello ha merecido de las Naciones Unidas, la OEA y de la mayoría de naciones del mundo entero.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Despertar a un presidente constitucionalmente elegido a punta de bayonetas y enviarlo al exilio sin darle tiempo siquiera a cambiarse el pijama, como hicieron los militares hondureños con Manuel Zelaya hace tres semanas, es un acto de barbarie política y resulta justa la enérgica condena que este atropello ha merecido de las Naciones Unidas, la OEA y de la mayoría de naciones del mundo entero.</p><p>Ahora bien, sentado este principio, que la interrupción de la democracia por una acción militar no es justificable en ningún caso, es preciso analizar lo ocurrido más de cerca y con prudencia, porque en este golpe de Estado, como en la famosa “cena de las burlas”, nada es lo que parece ser, y la frontera entre la verdad y la mentira resulta más escurridiza que una anguila.</p><p>Tal vez, más que la acción misma del asalto a la residencia del Jefe de Estado hondureño, haya que reprochar a los militares y a los jueces que les dieron la orden de hacerlo, que, con semejante atropello, hayan convertido en víctima de la democracia y poco menos que en héroe de la libertad, a un demagogo irresponsable como Manuel Zelaya, quien, en violación flagrante de la Constitución que había jurado respetar, se disponía a llevar a cabo un referéndum para hacerse reelegir, una pretensión que fue condenada por la Corte Suprema y la Fiscalía de la Nación, y por la que el Congreso hondureño había iniciado un proceso para destituirlo como Jefe del Estado.</p><p>Este era un procedimiento legítimo en defensa de la democracia que la acción militar frenó y desnaturalizó, sembrando una confusión de manicomio.</p><p>A tal extremo que nada menos que el comandante Hugo Chávez, el comandante Daniel Ortega, Evo Morales y hasta el mismísimo Raúl Castro, aparecieron de pronto liderando la protesta continental en defensa de la ley y de la democracia, exigiendo sanciones contra Honduras y convocando en Nicaragua una reunión de ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas) a la que el despistado José Miguel Insulza, secretario general de la OEA, dio, con su presencia, un aura de legitimidad.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/BnvIoW2WbROe9OdJG7-gp3f1U_k=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/FY65BASA7RBOFL7VRRZMBPGYME.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[SITUACIÓN. El depuesto presidente Manuel Zelaya EFE/Oslavdo Rivas]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Prohibido Prohibir</title><link>https://www.prensa.com/impresa/Prohibido-Prohibir_0_2630736907.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/Prohibido-Prohibir_0_2630736907.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 19:43:50 +0000</pubDate><description>Hace ya de esto algunos años. Vi en París, en la Televisión Francesa, un documental que se me quedó grabado en la memoria y cuyas imágenes, de tanto en tanto, los sucesos cotidianos actualizan con restallante vigencia.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Hace ya de esto algunos años. Vi en París, en la Televisión Francesa, un documental que se me quedó grabado en la memoria y cuyas imágenes, de tanto en tanto, los sucesos cotidianos actualizan con restallante vigencia.</p><p>El documental describía la problemática de un liceo en las afueras de París, uno de esos barrios donde familias francesas empobrecidas se codean con inmigrantes de origen subsahariano, latinoamericano y árabes del Magreb.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/vqgoYIXkVWKgK_dAoZpNQZ5V6gM=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/IFU676X4FJHJ7N37YKYRC3MTG4.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[OBJETIVO. En el mundo faltan más figuras políticas y culturales que puedan ejercer un verdadero magisterio. Photos to Go]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Una flor de pareja</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/flor-pareja_0_2641235855.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/flor-pareja_0_2641235855.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 19:15:20 +0000</pubDate><description>¿Crisis del capitalismo? Sí, es verdad, en los últimos años el poderoso sistema capitalista, tan denostado y tan extendido al mismo tiempo, que parecía indestructible, pareció derrumbarse a escala planetaria, no por acción de sus viejos enemigos, los comunistas y los socialistas radicales, sino por efecto de lo que el profeta Marx llamaba sus “contradicciones internas”.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>¿Crisis del capitalismo? Sí, es verdad, en los últimos años el poderoso sistema capitalista, tan denostado y tan extendido al mismo tiempo, que parecía indestructible, pareció derrumbarse a escala planetaria, no por acción de sus viejos enemigos, los comunistas y los socialistas radicales, sino por efecto de lo que el profeta Marx llamaba sus “contradicciones internas”.</p><p>Es decir, la corrupción e irresponsabilidad de sus banqueros, financistas, empresarios, especuladores, estafadores y piratas, que, enceguecidos por la fiebre del lucro y la voracidad crematística, fueron empujándolo hacia el abismo, donde terminó por rodar y hacerse trizas (bueno, casi).</p><p>Las consecuencias resultaron catastróficas, desde luego: quebraron bancos, las bolsas se escurrieron hasta quedar exánimes, desaparecieron millones de puestos de trabajo, los niveles de vida de tres cuartas partes del globo cayeron en picado, prestigiosos hombres de empresa fueron a la cárcel porque el naufragio sacó a la superficie sus pillerías y embauques y, en resumen, los ricos dejaron de serlo tanto, la clase media se empobreció brutalmente y los pobres se volvieron miserables.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/FS7zMwZrpq9LERNdNcclbaP078Q=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/PTQ6RNYI65DV5CO5TYFFKRFNQU.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[MANDATARIOS. Los esposos Néstor Kirchner y Cristina Fernández, ex presidente de la Argentina y su sucesora, la actual mandataria. AP]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Este es el mundo en que vivimos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/mundo-vivimos_0_2651734808.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/mundo-vivimos_0_2651734808.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | piedra de toque</dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 18:48:38 +0000</pubDate><description>El filósofo francés Michel Foucault llegó a la deprimente conclusión de que “el hombre no existe”, que cada ser humano no es sino una larga secuencia de simulacros variopintos hechos, deshechos y rehechos por las circunstancias variables de la realidad en la que transcurre su existencia.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El filósofo francés Michel Foucault llegó a la deprimente conclusión de que “el hombre no existe”, que cada ser humano no es sino una larga secuencia de simulacros variopintos hechos, deshechos y rehechos por las circunstancias variables de la realidad en la que transcurre su existencia.</p><p>Todavía más audaz, y acaso más frívolo, Jean Baudrillard fue más lejos y concluyó que aquello que creemos la realidad cuando abrazamos al ser amado o sopamos la pluma en un tintero, tampoco existe, porque la verdadera realidad en la que vive el bípedo contemporáneo no es el mundo que cree pisar sino las imágenes que fingen reflejarlo y que no son sino las interesadas y manipuladas versiones que dan de él los medios audiovisuales al servicio de los poderosos de este mundo.</p><p>Estas divertidas, brillantes y falaces fabricaciones intelectuales –así las creía yo al menos- acaban de recibir un sorprendente respaldo, una indicación concreta de que si las cosas no son así todavía, podrían llegar a serlo pronto, dadas las inquietantes características que va adoptando, aquí y allá, la civilización que nos rodea.</p><p>Voy a referirlo a mi manera, que no es la del filósofo, claro está, sino la más modesta, de un contador de historias. Trasladémonos, allende el Atlántico, al centro de la amazonía, hasta Manaos, capital del estado brasileño de Amazonas, famosa porque, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, fue uno de los centros principales del boom del caucho, del que queda como recuerdo una ópera barroca donde cantó –o se dice que cantó- Caruso.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/S7o0j-vmmXBc3ERZs8I1q_pTpnY=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/3NFTQD64MVDN7P4Y4N2MFJISJU.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Photos to Go]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Salander es una inmortal de ficción</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Salander-inmortal-ficcion_0_2662233757.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Salander-inmortal-ficcion_0_2662233757.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 18:20:29 +0000</pubDate><description>Comencé a leer novelas a los 10 años y ahora tengo 73. En todo ese tiempo debo haber leído centenares, acaso millares de novelas, releído un buen número de ellas y algunas, además, las he estudiado y enseñado.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Comencé a leer novelas a los 10 años y ahora tengo 73. En todo ese tiempo debo haber leído centenares, acaso millares de novelas, releído un buen número de ellas y algunas, además, las he estudiado y enseñado.</p><p>Sin jactancia puedo decir que toda esta experiencia me ha hecho capaz de saber cuándo una novela es buena, mala o pésima y, también, que ella ha envenenado a menudo mi placer de lector al hacerme descubrir a poco de comenzar una novela sus costuras, incoherencias, fallas en los puntos de vista, la invención del narrador y del tiempo, todo aquello que el lector inocente (el “lector-hembra” lo llamaba Cortázar para escándalo de las feministas) no percibe, lo que le permite disfrutar más y mejor que el lector-crítico de la ilusión narrativa.</p><p>¿A qué viene este preámbulo? A que acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, unas 2 mil 100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Víctor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página “¿Y ahora qué, qué va a pasar?” y demorando la lectura por la angustia premonitoria de saber que aquella historia se iba a terminar pronto sumiéndome en la orfandad.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/u0TB5Uha7vhBIfTQ0G7eghkkLMo=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/L2DIKOIQBFES7NCP3P2XXHNAK4.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[ILUSTRACIÓN/Daniel Gómez]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Pintores en la costa</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Pintores-costa_0_2672732707.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Pintores-costa_0_2672732707.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 17:53:30 +0000</pubDate><description>Si usted piensa que la Costa Azul es un lugar donde la riqueza se exhibe con más impudicia que en otras partes, en el que abundan los chulos, los mafiosos, los yates y las cortesanas de lujo y donde los taxistas esquilman sin misericordia al forastero, probablemente no ande equivocado.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Si usted piensa que la Costa Azul es un lugar donde la riqueza se exhibe con más impudicia que en otras partes, en el que abundan los chulos, los mafiosos, los yates y las cortesanas de lujo y donde los taxistas esquilman sin misericordia al forastero, probablemente no ande equivocado.</p><p>Pero es también un paraje sembrado de museos de alto nivel en el que el mal gusto y la vulgaridad, secuela acostumbrada de los sitios de moda, no han acabado de destruir algunos enclaves urbanos y paisajes exquisitos, como el pueblecito y la campiña de St. Paul de Vence o el barrio antiguo de Antibes.</p><p>Ambos se defienden bastante bien contra las hordas de turistas, incluso los sábados, días de mercado. En lo abigarrado de las calles de Antibes y sus pintorescos tenderetes abundan las maravillas culinarias y un relente de la vieja Francia, sensual, escéptica, alegre y gozadora, impregna el aire y las voces. La gente es amable y todavía sonríe, aunque usted no lo crea.</p><p>St. Paul de Vence es una joya arqueológica que es imposible visitar si uno padece de claustrofobia o es alérgico a la masa. Porque la única manera de hacerlo es siendo arrastrado por una multitud sudorosa que avanza a paso de procesión y lo inunda todo, las callejuelas empinadas, los adoquines lustrosos y las casitas liliputienses convertidas en galerías, restaurantes, boutiques y tiendas de baratijas.</p><p>El atasco humano disminuye cuando uno se acerca a la Fundación Maeght, cuyo local, construido por Josep Lluís Sert, recibe al visitante con un jardín sombreado de altos pinos y esculturas de Giacometti, Calder, Moore y Miró. Este último fue, al parecer, muy amigo de Aimé y Marguerite Maeght, los marchands de artes de Cannes con cuya colección de pintura moderna crearon la Fundación.</p><p>Gran parte de los cinco pisos y los jardines que la integran está ahora consagrada a reseñar esta amistad. Las pinturas, grabados, dibujos, mosaicos y esculturas de Miró ocupan salones, pasillos, terrazas y sótanos del museo. El espectáculo me decepcionó.</p><p>Miró fue un buen pintor en sus inicios, quién lo duda, e introdujo en la pintura moderna una inocencia juguetona, infantil y traviesa, que transpiraba poesía y buen humor. Pero qué pronto perdió el ímpetu creador, el espíritu arriesgado, y comenzó a repetirse y a imitarse hasta convertirse en una industria cacofónica, artificiosa y falsamente naif.</p><p>Mientras, entre aburrido y desolado, recorría la muestra, me acordé de una frase insolente sobre Miró de Juan Benet que leí en alguna parte en los años 70 –“un pintor adecuado para los consultorios de los dentistas” o algo por el estilo– que me pareció entonces muy injusta. Ahora, después de esta experiencia, ya no tanto.</p><p>Para ver cosas más estimulantes hay que ir a Niza y, obligatoriamente, al Museo Matisse. Situado en una casa modernista, en medio de un parque perfumado por olivos y eucaliptos, vecino a un anfiteatro romano y al cementerio donde reposan los restos del maestro, ostenta una colección no muy grande, pero excelente, de pinturas, dibujos, grabados y esculturas de este maniático perfeccionista capaz, entre otras terquedades, de perseverar varios años en la búsqueda de la silueta y la expresión de ese Siervo (se iba a llamar primero Esclavo) al que dedicó innumerables bocetos, dibujos, óleos y reflexiones antes de plasmarlo en uno de sus bronces más celebrados.</p><p>La sala dedicada a mostrar la larga gestación de esta pieza justifica por sí sola el viaje a Niza en esta tarde de fuego. Pero hay muchas otras cosas que admirar aquí: las odaliscas que Matisse trajo en la memoria luego de su estancia en Argel, las ventanas incendiadas por la luz del Mediterráneo que concibió en esta ciudad, su cotejo continuo con la obra de su admirado y detestado maestro Rodin y los papeles pintados de los últimos años, refugio del ingenio y la vitalidad de una mente en un cuerpo ya derrotado por el paso del tiempo.</p><p>Si Matisse era intenso y profundo, Picasso fue un cráter que nunca dejó de erupcionar. No hay artista en la historia de una fecundidad tan pasmosa. ¿Cuántos museos dedicados a su obra existen desparramados por el mundo?</p><p>Conozco por lo menos cinco, pero no había estado antes en el de Antibes, maravilla de la que salí exaltado y feliz. Todo es bello en este rincón de esta bella ciudad. El museo está en el antiguo palacio Grimaldi, erigido en lo alto de las murallas, que desafía con sus piedras centenarias al mar y al cielo, cuya luz blanca baña todos los espacios del lugar al que llegan, nítidos, el rumor de la resaca marina y los chillidos de las gaviotas volanderas.</p><p>En las antípodas de un Miró, Picasso no se cansó de sí mismo ni perdió jamás la juventud. Nunca cesó de reinventarse. Se deshizo y rehizo mil veces y en todas las etapas de su vida innovó, sorprendió, fue el primero en gozar con lo que hacía, y siempre se las arregló para encontrar salidas a los impasses en que a veces parecía haberse confinado.</p><p>Una de las gratas sorpresas en uno de los salones del museo es una señora-maga, que mantiene atento y hechizado a un auditorio de párvulos, algunos tan pequeñitos que no pueden soltarse de los brazos de sus madres, a los que esta anfitriona anticipa, con gracia, sabiduría e imaginación las aventuras que vivirán recorriendo estas salas si contemplan los cuadros, objetos y esculturas con astucia, fantasía y amor, los secretos que revelan si uno se acerca a ellos con curiosidad y se abandona a la hechicería de sus colores, trazos y figuras que ella describe como un laberinto de tesoros.</p><p>La obra de Picasso expuesta en el museo de Antibes es de distintas épocas y muestra la unidad en la diversidad, que es uno de los rasgos de su genio, el hilo conductor que emparentaba cosas tan disímiles como el clásico retrato de caballete con los monigotes de una cerámica o la modernización de un mito griego.</p><p>La pieza más notable que exhibe el museo es Ulises y las sirenas, que parece contagiar el vaivén de las olas y la música tentadora que evocó Homero al muro donde está colgado el soberbio tríptico. El protagonista no es sólo Ulises, ahí estamos todos los seres humanos anudados a ese frágil mástil, con las orejas muy abiertas y enloquecidos de deseo, tratando de romper las cuerdas que nos atan a la sensatez y a la prudencia, para rendirnos a las tentaciones de la vida, que, a veces, como en este caso, tienen apariencia de canto, peces y mujer.</p><p>No se puede describir una obra maestra: ella se deja sentir, no explicar. No basta decir que lo turbador y exquisito que hay en ella resulta de la destreza artesanal, la intuición acerada, la sensibilidad y el buen gusto. En las obras maestras, plásticas, literarias o musicales, siempre queda una zona de sombra que escapa a la aprehensión racional, que penetra en lo más recóndito de la persona como una revelación súbita, intransferible y personal.</p><p>El catálogo dice que Picasso pintó Ulises y las sirenas en apenas tres días de setiembre de 1947. En cambio, otra de las obras maestras del museo, La Joie de vivre (La alegría de vivir), del año anterior, fue hecha y rehecha varias veces, un proceso fascinante que documentó un fotógrafo amigo de Picasso, Michel Sima.</p><p>Sus imágenes nos acercan a la intimidad de una empresa en la que no sólo la famosa mirada del pintor parece en estado de trance luciferino mientras trabaja. Sus manos, su postura de gladiador y hasta las venas hinchadas de sus sienes testimonian el estado de frenesí, de tensión febril, en que fue fraguando esa pintura.</p><p>Ella es lo que su nombre indica: una fiesta en la que un centauro y un fauno acompañan con flautas la danza de una ninfa (sus rasgos aluden a los de Françoise Gilot, la compañera de entonces) y los brincos de felicidad de dos cabritas a la orilla de un mar con arenales, vides y luminosidad.</p><p>La reminiscencia pagana y mitológica rezuma actualidad: pueden haber cambiado las circunstancias, los decorados y los dioses, pero la alegría, la exaltación y el placer que la vida y el amor proporcionan siguen siendo los mismos y establecen un denominador común entre nosotros, quienes nos antecedieron y quienes nos van a suceder. Esa permanencia en el tiempo da a las evocaciones y reminiscencias mitológicas de Picasso el carácter de lo vivido y de lo actual.</p><p>A pocos pasos del Museo Picasso de Antibes está la casa donde pasó sus últimos meses y donde se suicidó en 1954 Nicholas de Staël, pintor ruso francés que, al mismo tiempo que vivía todas clase de peripecias y desventuras, exploraba en su pintura con sutileza y obstinación una zona incierta en la que la figuración y la abstracción a ratos se repelían y a ratos se fundían.</p><p>Las obras de Staël que luce el Museo Picasso son serenas, de una elegancia contenida y no delatan para nada los desgarramientos que debieron atormentar a ese personaje dostoievskiano que decidió poner fin a su vida antes de cumplir 41 años. Por el contrario, producen una amable sensación de sosiego y bienestar comparada con la crepitación incandescente que representa cada una de las obras del dueño de casa. Tal vez por eso eran, esa mañana, los cuadros preferidos de los párvulos.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/esGyhue7SZNc_ML43ug28BPdSZY=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/B2NLDXKWIZBMXA3H7G6UTASIWE.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[ARTISTA. Retrato del español Pablo Picasso, fotografiado por Irving Penn en 1957 en Cannes, Francia. EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Un castillo con su respectivo fantasma</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/castillo-respectivo-fantasma_0_2683231657.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/castillo-respectivo-fantasma_0_2683231657.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 17:26:35 +0000</pubDate><description>El castillo de Galgorm, en Ballymena, en el condado de Antrim (Irlanda del Norte), fue construido en la primera mitad del siglo XVII por el doctor Alexander Colville, un doctor no en medicina sino en “divinidades”, es decir teología, a quien, como se hizo rico de la noche a la mañana, sus contemporáneos sospechaban de haber hecho pacto con el diablo y practicar las artes mágicas. Un retrato suyo orna todavía la entrada del castillo, y el actual dueño del lugar, Christopher Brooke, dice que nadie se ha atrevido a sacarlo de allí porque, según una enraizada creencia, quien ose hacerlo morirá en el acto.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El castillo de Galgorm, en Ballymena, en el condado de Antrim (Irlanda del Norte), fue construido en la primera mitad del siglo XVII por el doctor Alexander Colville, un doctor no en medicina sino en “divinidades”, es decir teología, a quien, como se hizo rico de la noche a la mañana, sus contemporáneos sospechaban de haber hecho pacto con el diablo y practicar las artes mágicas. Un retrato suyo orna todavía la entrada del castillo, y el actual dueño del lugar, Christopher Brooke, dice que nadie se ha atrevido a sacarlo de allí porque, según una enraizada creencia, quien ose hacerlo morirá en el acto.</p><p>Visto desde el prado arbolado que lo rodea, el castillo, de forma cúbica y de robustas piedras negras, torreones, grandes ventanales, chimeneas, escudos y su fachada catedralicia, es imponente. Por adentro es una ruina que se cae a pedazos y Christopher y su familia, refugiados en unas pocas habitaciones de la primera planta, tienen la esperanza de que en uno de esos desmoronamientos cotidianos uno de los espesos muros comience a vomitar las talegas de oro que, se dice en Ballymena, enterró en ellos el diabólico reverendo Colville antes de morir.</p><p>Así reunirán el capital necesario para convertir al castillo de Galgorm en una lujosa residencia de catorce apartamentos restaurados en su viejo esplendor. Ya lo han hecho, con buen gusto y rigor histórico, con los patios y dependencias exteriores y el resultado no puede ser mejor.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/XvXpOE9sIWzzT0HeZxP-rfnnvlA=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/UEK5E63TRJHRJP3RPQX5NBN6NQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[MONUMENTO. El castillo de Dunluce, en Antrim, Irlanda del Norte, se construyó en el año 1200. NYT]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Sobre los desafueros de la libido</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/desafueros-libido_0_2688481132.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/desafueros-libido_0_2688481132.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 17:12:18 +0000</pubDate><description>El cineasta Roman Polanski fue detenido en Zúrich, durante un Festival de Cine que le rendía un homenaje, por la policía suiza, a pedido de la justicia de Estados Unidos, debido a una violación cometida en 1977 (hace 32 años) en Hollywood, delito que el propio Polanski reconoció, antes de fugarse de California en pleno proceso cuando el tribunal que lo juzgaba aún no había pronunciado sentencia.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El cineasta Roman Polanski fue detenido en Zúrich, durante un Festival de Cine que le rendía un homenaje, por la policía suiza, a pedido de la justicia de Estados Unidos, debido a una violación cometida en 1977 (hace 32 años) en Hollywood, delito que el propio Polanski reconoció, antes de fugarse de California en pleno proceso cuando el tribunal que lo juzgaba aún no había pronunciado sentencia.</p><p>Ahora, mientras espera que Suiza decida si acepta el pedido de extradición, se multiplican las protestas de cineastas, actores, actrices, intelectuales y escritores de Europa y América por el “atropello”, exigiendo su liberación.</p><p>La moral de la historia es clara: emboscar, emborrachar, drogar y violar a una niña de trece años, que es lo que hizo Polanski con su víctima, Samantha Geimer, a la que atrajo a la casa deshabitada de Jack Nicholson con el pretexto de fotografiarla, es tolerable si quien comete el desafuero no es un hombrecillo del montón sino un creador de probado talento (Polanski lo es, sin la menor duda).</p><p>Uno de los defensores más ruidosos del cineasta polaco-francés (tiene ambas nacionalidades) ha sido el ministro de Cultura de Francia, señor Frédéric Mitterrand, sobrino del presidente François Mitterrand y ex socialista que abandonó las filas de este partido cuando el presidente Nicolas Sarkozy lo llamó a formar parte de su gobierno.</p><p>No sospechaba el ministro que poco después de formular aquella enérgica protesta se vería en el corazón de una tormenta mediática parecida a la del realizador de El cuchillo en el agua y El pianista.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/4AQRcBmm3gErmg8U-wNJfuuVWUQ=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/EVPOKM5ZANDCHDSZUFVMEJMYEE.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Roman Polanski sigue trabajando desde la cárcel en su nueva película, "The Ghost" (2010).AP]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La desaparición paulatina del erotismo en la sociedad</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/desaparicion-paulatina-erotismo-sociedad_0_2698980080.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/desaparicion-paulatina-erotismo-sociedad_0_2698980080.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 16:48:05 +0000</pubDate><description>Hay muchas formas de definir el erotismo, pero tal vez la principal sea llamarlo la desanimalización del amor físico, su conversión, a lo largo del tiempo y gracias al progreso de la libertad y la influencia de la cultura y las artes en la vida privada, de mera satisfacción de una pulsión instintiva en un quehacer creativo y compartido que prolonga y sublima el placer físico rodeándolo de rituales y refinamientos que llegan a convertirlo en obra de arte.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Hay muchas formas de definir el erotismo, pero tal vez la principal sea llamarlo la desanimalización del amor físico, su conversión, a lo largo del tiempo y gracias al progreso de la libertad y la influencia de la cultura y las artes en la vida privada, de mera satisfacción de una pulsión instintiva en un quehacer creativo y compartido que prolonga y sublima el placer físico rodeándolo de rituales y refinamientos que llegan a convertirlo en obra de arte.</p><p>Tal vez en ninguna otra actividad se haya ido estableciendo una frontera tan evidente entre lo animal y lo humano como en el dominio del sexo, diferencia que, en un principio, en la noche de los tiempos, no existía y confundía a ambos en un acoplamiento carnal sin misterio, sin gracia, sin sutileza y sin amor.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/OocgYRhkoBDO84o_I4_q-IuyjWI=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/QMDHEI7Q4NBUNCAO537W7EFVVM.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Pintura.‘Las bañistas’ (1880), de Paul Cézanne Efe]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>La importancia de los hombres justos</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/importancia-hombres-justos_0_2709479032.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/importancia-hombres-justos_0_2709479032.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 16:21:29 +0000</pubDate><description>En la Kunsthaus de Zurich, uno de los principales museos de Europa, se acaba de rendir un homenaje a Ernst Keller, alguien que se hubiera sentido muy incómodo y fuera de lugar oyendo tantos elogios de su persona y en medio de semejante despliegue social y relumbrón. Era en eso muy suizo: discreto, tímido, frugal y como empeñado en alcanzar siempre el ideal de la invisibilidad. Pero fue toda su vida un trabajador incansable y una rara avis en el mundo de hombres de negocios y empresarios en el que gran parte de su vida transcurrió.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>En la Kunsthaus de Zurich, uno de los principales museos de Europa, se acaba de rendir un homenaje a Ernst Keller, alguien que se hubiera sentido muy incómodo y fuera de lugar oyendo tantos elogios de su persona y en medio de semejante despliegue social y relumbrón. Era en eso muy suizo: discreto, tímido, frugal y como empeñado en alcanzar siempre el ideal de la invisibilidad. Pero fue toda su vida un trabajador incansable y una rara avis en el mundo de hombres de negocios y empresarios en el que gran parte de su vida transcurrió.</p><p>No al principio, pues nació en una familia humilde y obrera, origen del que estaba orgulloso. Se labró un porvenir muy pronto, gracias a su talento y a su esfuerzo, y desde muy joven adquirió la convicción que guiaría siempre su trabajo: que la razón de ser de un empresario era no solo tener éxito sino sentar un ejemplo y obrar de tal manera que el conjunto de la sociedad, y en especial los menos favorecidos, se beneficiaran con sus logros. Creía con obstinación que el progreso de las naciones no era ni podía ser obra de los gobiernos sino de la sociedad civil, alentada y guiada por la iniciativa privada</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/X19SWxdcdMy2SJltdnUKTNwSWkA=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/YDRIREDKHZAPZHGLLUZXMFMZPI.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Photos to Go]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Claudio Magris, escritor público</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Claudio-Magris-escritor-publico_0_2730476932.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Claudio-Magris-escritor-publico_0_2730476932.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | </dc:creator><pubDate>Fri, 24 Jan 2020 15:21:00 +0000</pubDate><description>Claudio Magris estuvo en Lima y se prestó sin desánimo a las servidumbres de la fama: entrevistas, conferencias, autógrafos, doctorados honoris causa.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Claudio Magris estuvo en Lima y se prestó sin desánimo a las servidumbres de la fama: entrevistas, conferencias, autógrafos, doctorados honoris causa.</p><p>Tanto en sus presentaciones públicas como en sus respuestas a los periodistas que lo acosaban evitaba los lugares comunes, no hacía concesiones a la galería ni a la corrección política y se esforzaba de manera denodada para no sacrificar la complejidad y el matiz cada vez que hablaba de política.</p><p>Todo lo que ha dicho sobre el presidente del Gobierno italiano Silvio Berlusconi, la situación en Italia, el problema de la inmigración, las tendencias xenófobas y racistas y el temor al integrismo islámico en la Europa de nuestros días es de una rigurosa lucidez, como suelen serlo sus ensayos y artículos.</p><p>Resulta estimulante comprobar que, en plena civilización de la frivolidad y el espectáculo, todavía quedan intelectuales que creen, como decía Sartre, que “las palabras son actos” y que la literatura ayuda a vivir a la gente y puede cambiar la historia.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/TZ-GgQz3LMUZOAdCswmCxg2eGF8=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/WPSWCLJGE5AUFNKBVEVFSFICVM.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[PERSONAJES. Claudio Magris y Mario Vargas Llosa hablaron a inicios de mes, en la Biblioteca Nacional de Perú, sobre literatura. EFE/Paolo Aguilar]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Vanessa Redgrave, una actriz fuera de serie</title><link>https://www.prensa.com/impresa/Vanessa-Redgrave-actriz-serie_0_2426007620.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/Vanessa-Redgrave-actriz-serie_0_2426007620.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 16:39:30 +0000</pubDate><description>¡Qué extraordinaria actriz es Vanessa Redgrave! Durante una hora y tres cuartos mantiene al público que repleta los asientos del Lyttelton Theatre, de Londres, en estado de trance, mientras, transformada en Joan Didion evoca El año del pensamiento mágico; es decir, el año en el que la escritora y periodista estadounidense perdió a su marido de manera súbita el mismo día que su hija entraba en coma en un hospital neoyorquino víctima de una infección cerebral.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>¡Qué extraordinaria actriz es Vanessa Redgrave! Durante una hora y tres cuartos mantiene al público que repleta los asientos del Lyttelton Theatre, de Londres, en estado de trance, mientras, transformada en Joan Didion evoca El año del pensamiento mágico; es decir, el año en el que la escritora y periodista estadounidense perdió a su marido de manera súbita el mismo día que su hija entraba en coma en un hospital neoyorquino víctima de una infección cerebral.</p><p>Nadie diría, oyendo su perfecto acento californiano, que es inglesa, ni que es ya una actriz septuagenaria porque en el escenario su alta, imponente figura, es la de una mujer sin edad o, más bien, que tiene vivas en ella todas las edades por las que ha pasado, arreglándoselas siempre para ser en todas bellísima, edades que reaparecen en su persona cada vez que vuelve a ellas con la memoria para resucitar episodios, anécdotas, imágenes que compartió con aquellos dos seres queridos de los que ha sido privada de manera tan violenta. No hay en lo que dice, y sobre todo en la manera en que lo dice, asomo de autocompasión ni sentimentalismo, más bien una helada objetividad.</p><p>Sin embargo, o acaso tal vez por eso mismo, el escenario se va poco a poco cargando de un dolor animal, de un desgarramiento desesperado e impotente que los espectadores sienten como propio porque es algo que, todos, alguna vez, hemos padecido o intuido que padeceríamos, ya que forma parte de lo que somos como seres humanos el anticipar la muerte propia en la de los seres queridos que se nos adelantan en el viaje sin retorno.</p><p>No puedo imaginar a nadie capaz de hacer una interpretación más perfecta del personaje ni de sacarle más provecho dramático.</p><p>El actor o la actriz que monologa por una hora y tres cuartos en un escenario hace algo parecido al torero que se encierra con los seis toros de la corrida: se la juega entero. Su exposición será extrema porque nadie más estará allí, para apoyarlo o contrarrestar sus fallas: por eso, su fracaso o su éxito serán también supremos.</p><p>El de Vanessa Redgrave es un éxito superlativo. Ya lo fue cuando estrenó la obra en Broadway, en marzo de este año, y lo ha sido luego en Salzburgo, Cheltenham, Bath, Dublín y lo es ahora en Londres, donde encontrar entradas para verla en el Lyttelton es una especie de milagro.</p><p>The Year of Magical Thinking es una adaptación teatral hecha por la propia Joan Didion de su libro autobiográfico del mismo nombre, con la ayuda del director de la puesta en escena, el dramaturgo y director inglés David Hare.</p><p>El libro tuvo un enorme éxito en Estados Unidos, lo que es sorprendente pues, aunque Joan Didion es muy conocida por sus reportajes políticos y sociales, y sus novelas han sido bien consideradas por la crítica, esta memoria sobre la muerte de su esposo, el escritor John Gregory Dunne, con quien escribió algunos guiones de películas como The Panic in Neddle Park y A Star is born, y la de la hija de ambos, Quintana, está tan impregnada de sufrimiento, enfermedad, angustia y muerte que, se diría, se halla en las antípodas de esos libros fáciles, entretenidos e inocuos que suelen ser los best sellers.</p><p>Sin embargo, millones de personas lo han leído con avidez y cierto masoquismo. Sin ser una reflexión notable ni contar una historia extraordinaria, esta confesión hace vivir a los lectores de manera directa, creíble y lacerante, esa experiencia para la que ningún argumento lógico es suficiente ni religión alguna consuela del todo: la de la muerte de los seres queridos y la conciencia de la inevitable muerte propia.</p><p>Salí del teatro sobrecogido y esa misma noche leí de un tirón el texto adaptado por Joan Didion. Me llevé una sorpresa notable. En comparación con el espectáculo, no valía gran cosa, era repetitivo, previsible, con debilidades melodramáticas. Y, sin embargo, Vanessa Redgrave no había añadido ni quitado una coma a ese libreto al que su fulgurante interpretación había transformado, convirtiéndolo en una tragedia moderna, en una inmolación catártica en la que los grandes temas, la vida, la muerte, el amor, el conocimiento, el dolor, aparecían en su desnudez máxima, encarnados en una pobre mujer desamparada que se defiende contra la desintegración contando al mundo lo que le ha ocurrido y cómo aquellas muertes de su marido y su hija también la están matando. Sobriedad, austeridad, despojamiento, son las palabras que me vienen a la memoria cuando trato de resumir mi impresión sobre la puesta en escena de David Hare y la actuación de Vanesa Redgrave.</p><p>Solo hay una silla común y corriente sobre las tablas y un telón de fondo gris que, por dos veces en el curso de la obra –en dos momentos particularmente fronterizos de la evocación de aquellas muertes– cae de golpe y es sustituido por otros dos lienzos con matices de gris más oscuro que el primero. La luz es casi siempre mortecina, salvo en breves momentos en que el personaje, abandonándose a un recuerdo tierno o risueño, parece vivir paréntesis de paz en su convulso monólogo. En verdad todo lo que ocurre tiene lugar en las manos, los ojos, la boca, el cuerpo y los movimientos –casi siempre mínimos y a menudo al borde de lo imperceptible– de la actriz. Las pocas veces que se levanta de la silla y los segundos que permanece de pie es como si un viento huracanado sacudiera la sala y fuera a arrastrar el teatro entero en un torbellino infernal.</p><p>Pero, al instante, con un simple ademán silente y lento, la tempestad se calma y subsume en la voz de la mujer que prosigue, incansable, dando vueltas en ese remolino de desesperación del que, lo sabemos tan bien como ella, nunca más saldrá.</p><p>No solo las palabras hablan por su boca; también las sílabas, las letras, los puntos y las comas. Y, sobre todo, los silencios son de una locuacidad extraordinaria y acaso cuando ella calla y clava su mirada en el vacío es cuando los espectadores se sienten más desamparados y nulos, convertidos ellos también en vacío.</p><p>Siempre me pareció Vanessa Redgrave una actriz fuera de serie, incluso en aquellas películas de segundo orden que hacía a veces, me imagino, más por razones alimenticias que vocacionales. Pero, a diferencia de otras actrices, es para mí imposible recordar una película u obra de teatro en que su actuación fuera mala o aun deficiente.</p><p>Siempre enriqueció lo que hacía añadiendo con su actuación una hondura y verdad a personajes que eran anodinos y superficiales.</p><p>En los años de 1960, la vi muy de cerca, en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam que ella siempre encabezaba, con Tariq Alí, en el swinging Londres, embutida en unos pantalones vaqueros y con una cola de caballo que el viento mecía. Dentro de los grupos y grupúsculos de izquierda, ella tuvo el buen gusto de no ser nunca estalinista, si no recuerdo mal, militaba en una secta trotskista que lideraba su hermano y tenía apenas un puñadito de militantes. Y en todos estos años ha seguido siendo fiel a sus convicciones de juventud, lo que le deparó a veces problemas, como su solidaridad con los palestinos, por los que alguna vez fue objeto de boicot en Estados Unidos.</p><p>Hacía años que no la veía en un escenario y es notable lo joven que parece todavía, quiero decir lo insegura, vulnerable, vacilante que por momentos finge ser con tanta veracidad y fuerza contagiosa, para, unos instantes después, en función de los grandes vaivenes temporales y de ánimo a que la obliga su personaje, revelar su larga experiencia, su sabiduría, su seguridad, su dominio tan absoluto de ese espacio al que su genio, antes que el texto, vuelve mágico.</p><p>La literatura, la música, una exposición pueden enriquecer la vida, intensificándola y sensibilizándola de manera profunda, transportando a lectores, oyentes o espectadores a unos niveles de percepción y comprensión del mundo, de las relaciones humanas, de los sentimientos, que, además de hacerlos gozar, los vuelven más lúcidos respecto a las insuficiencias e imperfecciones de que están rodeados. Pero probablemente ninguna otra experiencia artística tenga un efecto tan poderoso sobre el ánimo y la conciencia del ser humano como una gran representación teatral. Porque éste es el mejor simulacro que existe de la vida, el que se le parece más, pues está hecho de seres de carne y hueso que, por el tiempo que dura esa otra vida que transcurre en el escenario, viven de verdad aquello que hacen y dicen, y lo viven, si tienen el talento y la destreza debidas, de una manera que nos fuerza a nosotros, los espectadores, a vivirlo con ellos, saliendo de nosotros mismos, para ser otros, también mágicamente, que es la mejor manera que se ha inventado para vernos mejor y saber cómo somos. Gracias, Vanesa Redgrave.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/ehU52DCfrN0v4Wab3JU1zVHh-Ts=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/7LD54UEGPRA73HAK44M5I2G5F4.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[OBRA. La actriz presenta actualmente el monólogo ‘El año del pensamiento mágico’, en el Lyttelton Theatre de Londres.Sara Krulwich/The New York Times]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Stanley por los suelos de África</title><link>https://www.prensa.com/impresa/Stanley-suelos-Africa_0_2436506405.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/Stanley-suelos-Africa_0_2436506405.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 15:57:41 +0000</pubDate><description>El museo se encuentra en el Monte Ngaliema, una comuna de la capital congolesa, en un terreno de las Fuerzas Armadas, y desde lo alto de esta elevación se divisa el gran río africano en todo su esplendor, con las dos capitales –Kinshasa y Brazzaville- contemplándose la una a la otra desde las dos orillas.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>El museo se encuentra en el Monte Ngaliema, una comuna de la capital congolesa, en un terreno de las Fuerzas Armadas, y desde lo alto de esta elevación se divisa el gran río africano en todo su esplendor, con las dos capitales –Kinshasa y Brazzaville- contemplándose la una a la otra desde las dos orillas.</p><p>Allí, en el mismo terraplén erizado de frondosos mangos, palmeras y flamboyanes, se oculta bajo la verdura y las ramas una gran estatua ecuestre del rey de los belgas, Leopoldo II, de luengas barbas rastrilladas y envuelto en una voluminosa capa que semeja un hábito. El jinete parece contemplar con nostalgia el paraíso que fue suyo –se lo regalaron en 1885 las grandes potencias-, que convirtió en un infierno y que al fin, por su codicia y crueldad, perdió. La estatua, idéntica a la que se luce en una plaza de Bruselas, estaba antes en el centro de Kinshasa, pero cuando el dictador Mobutu lanzó su campaña de “africanización” del Congo (al que rebautizó Zaire), fue traída a este refugio donde solo la ven los escasos visitantes del museo.</p><p>Su conservador, monsieur Zola, me muestra la colección casi a oscuras, porque la ciudad sufre uno de sus frecuentes cortes de luz. No importa: la penumbra da una dimensión misteriosa y fantasmal, de apariciones, a estas máscaras, estatuillas, tambores, instrumentos musicales, fetiches, urnas funerarias, lanzas, tejidos y adornos de una gran variedad de grupos étnicos africanos. La colección es notable, pero éste es el local menos aparente para exhibirla, porque es estrecho y los objetos se amontonan y estorban unos a otros. Además, las termitas van corroyéndolos, pues son de madera y monsieur Zola carece de presupuesto para protegerlos. Me dice que estantes enteros han desaparecidos ya en las mandíbulas de esos insectos voraces.</p><p>En el exterior, nos muestra una barca de metal herrumbrado y agujereado en la que navegó por el río Congo el primer europeo, el explorador Stanley, fundador de esta ciudad, a la que puso el nombre de Leopoldville, en 1881. La ruina que vemos no es la famosa Lady Alice, la barca de madera, desarmable en cinco partes, que Stanley acarreó desde Zanzíbar en 1876 a hombros de cargadores y en la que descendió el río Congo desde Kindu hasta aquí (más de tres mil kilómetros de recorrido), y que quedó abandonada en las cercanías de Matadi, en los montes Cristal, cuando el explorador y lo que quedaba de su cuerpo expedicionario diezmado por las pestes, el hambre y las lanzas de las aldeas que pillaba, se encontraron con las siete cataratas que les impidieron navegar y continuaron rumbo al Atlántico a pie.</p><p>Un momento después, monsieur Zola nos señala al propio Stanley, mutilado y derribado por los suelos. La estatua, de bronce verdoso descolorido, es enorme, debe tener unos tres metros de altura. Ha sido cercenada a la altura de los tobillos, y las botas, los pies y la base arrojados a unos pasos de la averiada figura. Stanley aparece en una postura lastimosa e incómoda, con un brazo levantado que, se diría, implora la clemencia del cielo. O, tal vez, lanza una imprecación contra su mala suerte y la humillante situación en que se encuentra. Tenía mal carácter y cuando estallaba en explosiones de rabia se volvía cruel, como sabían los nativos a los que baleó y despanzurró, quemando sus aldeas y pasando a cuchillo a sus habitantes cuando se negaban a suministrarle provisiones o braceros para esas expediciones en las que, en condiciones indecibles, recorrió arriba y abajo todo el África Central. Ahora, petrificado y tendido en este basural, parece totalmente inofensivo y digno de lástima, tanto que rápidas lagartijas de ojos vivísimos se pasean alegremente por su cuerpo y anidan en sus entrañas.</p><p>Entre todos los grandes exploradores británicos del siglo XIX, Stanley es el que más se parece a los héroes de la novela picaresca. Su biografía es casi imposible de establecer por la miríada de fabulaciones con que la disfrazó. Durante buena parte de su vida se hizo pasar por estadounidense, pero era británico, pues había nacido, en 1841, en el pueblecito galés de Denbigh, de madre soltera y padre alcohólico. Pasó su infancia en un hospicio y, de adolescente, se las arregló para llegar a Nueva Orleans, donde un hombre de negocios, Henry Hope Stanley, le tomó cariño y lo ayudó. Adoptó entonces el nombre de Stanley, pues el suyo era John Rowlands. Luchó en ambos bandos en la guerra civil norteamericana y luego hizo carrera de periodista cubriendo las contiendas de 1860 entre los indios y los pioneros que extendían la frontera del oeste. Gracias a esas crónicas lo contrató The New York Herald, que lo envió de corresponsal con una fuerza expedicionaria inglesa desplegada en Abisinia, donde consiguió muchas primicias para su periódico. Pero su fama vino con su expedición de 1871-1872 en busca de otro famoso explorador, el médico y misionero Dr. Livingstone, que andaba desaparecido por el África Oriental desde hacía cinco años. Stanley lo encontró, en noviembre de 1871, en el pequeño asentamiento de Ujiji, a orillas del lago Tanganika, y se dirigió a él con la pregunta que se volvería mítica: “Doctor Livingstone, I presume?” Estuvieron cuatro meses juntos, pero Livingstone se negó a regresar a Inglaterra y falleció en África, de 60 años, a orillas del lago Bengwelu. Stanley, que se hizo rico y célebre con esta proeza, realizó otra todavía mayor en 1874, cruzando todo el Congo hasta la desembocadura del río de este nombre en el Atlántico.</p><p>Entonces, Leopoldo II lo contrató y el galés se convirtió en un instrumento neurálgico de las ambiciones coloniales del soberano belga. Lo ayudó a sentar las bases del Estado Libre Asociado del Congo, construyendo caminos, tendiendo los rieles del ferrocarril entre Boma y Kinshasa y firmando “contratos” con los jefes y caciques de las tribus de orillas del gran río en los que éstos cedían sus tierras al “rey civilizador” y se comprometían a darle hombres para que trabajaran en las obras públicas, así como en la extracción del caucho, las pieles y el marfil. Entre todos los sistemas coloniales montados por Europa en el África, el del Congo fue el más inhumano: el primer genocidio del siglo XX.</p><p>Curiosamente, ni en Kinshasa, ni en las localidades del Bajo Congo –Matadi, Boma y Mbanza Ngungu-, ni en el extremo oriental del país, la región de los Kivu, escuché palabras de rencor contra Stanley.</p><p>Por el contrario, en muchos sitios me hablaron de él con simpatía, como de una gloria nacional. En Matadi, un funcionario de una (imaginaria) oficina de turismo me llevó a ver, en las afueras de la ciudad, en un codo del río, el lugar donde estuvo la choza donde vivió Stanley y el primer embarcadero que construyó.</p><p>En Boma, todos los lugareños señalan al forastero cómo llegar al gigantesco baobab, de cientos de años de existencia según la voz popular, en el que el explorador excavó un refugio, que fue su casa y que todavía se puede visitar.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/H9PDwjWt401_KWylftlG2tGsJ-A=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/KMW7ZQA3TJBRZMZR2ZW27UCW2A.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[CABALLERO. Morton Stanley falleció en Londres en 1904 con el título de sir.EFE]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Historia del archivista y los empleos imaginarios</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Historia-archivista-empleos-imaginarios_0_2447005369.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/Historia-archivista-empleos-imaginarios_0_2447005369.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 15:29:58 +0000</pubDate><description>En la ciudad de Boma, capital de este inmenso país cuando se llamaba el Estado Libre del Congo y era propiedad privada del rey de los belgas, Leopoldo II, el señor Placide-Clement Mananga está entregado a luchar a favor de la civilización y contra la barbarie.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>En la ciudad de Boma, capital de este inmenso país cuando se llamaba el Estado Libre del Congo y era propiedad privada del rey de los belgas, Leopoldo II, el señor Placide-Clement Mananga está entregado a luchar a favor de la civilización y contra la barbarie.</p><p>Esta, para él, no tiene la cara atroz de las violaciones, las matanzas, las epidemias y el hambre que adopta en otras regiones de su país, sino la del olvido.</p><p>Monsieur Placide estuvo cuatro años de joven en un seminario católico, preparándose para ser cura.</p><p>Pero el régimen de vida era muy severo y desistió. Tal vez en aquel periodo de ayunos, privaciones, oraciones y estricta disciplina contrajo el amor por los tiempos idos e intuyó que un país que se rinde a la amnesia histórica se queda sin defensas para enfrentar los problemas como esos campesinos de las alturas congolesas que, cuando bajan al llano, se hallan indefensos ante los mosquitos.</p><p>PASADO</p><p>El amor de monsieur Placide por la historia no es arqueológico, está cargado de preocupación por el presente. “Conociendo nuestro pasado”, dice, “entenderemos mejor por qué anda el Congo como anda y será más fácil atacar el mal en sus raíces”.</p><p>Es un hombre suave, muy delgado, servicial, tímido, de maneras elegantes.</p><p>Tiene un puestecillo menor en la alcaldía y desde hace tiempo recolecta todos los papeles viejos, documentos, revistas, recortes de periódicos, cartas, que tienen que ver con Boma.</p><p>Junto a su escritorio, apilados en el suelo, están esos materiales que serán algún día el embrión del archivo histórico del lugar.</p><p>DISTRACCIÓN</p><p>Pasó un largo rato, distraído del calor pegajoso y las moscas indolentes, examinando legajos, silabarios y catecismos de la época colonial, manuales de buena conducta para señoritas, partidas de defunción, ordenanzas donde se clasifica a los indígenas por razas, etnias y domicilio, carteles con las prohibiciones que se colgaban en el barrio de los colonos y en el de los nativos en esos años en que desembarcaron aquí los europeos, con el fin, según el acuerdo de Berlín de 1885, de acabar con la trata de esclavos y civilizar al país usando el comercio libre para abrirlo al mundo y hacerlo prosperar. Nada de eso hicieron.</p><p>LIBERTAD</p><p>Cuando, en 1960, el Congo se independizó, no había un solo profesional congoleño y la esclavitud, aunque encubierta, todavía existe.</p><p>El comercio jamás fue libre, sino un monopolio de la potencia colonial, que, antes de irse, exprimió sin misericordia sus recursos y sus gentes.</p><p>Monsieur Placide es un libro de historia viviente y recorrer Boma con él es ver transformarse este pueblo pobre, abandonado y triste, en la activa y variopinta aldea de sus orígenes, cuando, a fines del siglo XIX, los despistados belgas encargaron a constructores alemanes la edificación de estas casas cuadradas, de dos pisos, de madera de pino traída de Europa y de planchas metálicas, que debían convertirlas en hornos a la hora del sol.</p><p>Todavía están aquí, ruinosas pero en pie, con sus pilotes de piedra, sus largas terrazas, barandas y ventanas enrejadas y sus techos cónicos, formadas en hilera frente al río.</p><p>PIONEROS</p><p>Allí está también la primera iglesia, la del Espíritu Santo, diminuta y sofocante, toda de fierro.</p><p>Pero el cementerio colonial, llamado “de los pioneros”, ha desaparecido bajo la maleza, aunque, de pronto, asoma entre la verdura, llena de barro, la lápida descolorida de un misionero de Lieja, un topógrafo de Amberes o un agente comercial de Bruselas.</p><p>La mansión del gobernador general, rodeada de frondosos y centenarios baobabs, luce molduras donde, desdibujada, se divisa todavía la efigie de la Reina de Bélgica.</p><p>El panorama del gran río africano, ancho, ocre, espumoso, salpicado de islas, que ha recorrido ya medio continente antes de llegar hasta aquí y avanza hacia el Atlántico, ancho, poderoso, silente, escoltado por bandadas de pájaros, es deslumbrante.</p><p>En el primer piso de esta casa que parece a punto de deshacerse como una momia milenaria, monsieur Placide nos conduce a una habitación desnuda, en la que hay solo dos mesitas, con dos mujeres sentadas ante ellas.</p><p>LECTURA</p><p>No sin cierto orgullo, nos dice: “Esta es la Biblioteca de Boma”. Nos presenta a la bibliotecaria y su ayudante. Pero ¿y los libros? No hay uno solo.</p><p>Nos explican que están guardados en cajas, en distintos depósitos, pero que, algún día, se construirán estantes y los libros serán traídos aquí y esta habitación se llenará de lectores.</p><p>Entretanto, la bibliotecaria y su asistente vienen puntualmente a sus puestos de trabajo, donde pasan las ocho horas reglamentarias. Tienen un sueldo, sin duda, tan fantasmal como los libros que administran.</p><p>No es esta mi primera experiencia con los trabajos imaginarios del Congo. La Biblioteca de Boma no es una excepción. Se trata también de una epidemia, pero, a diferencia del cólera o el paludismo, benéfica.</p><p>Dos días atrás, en Matadi, a 130 kilómetros río arriba, visité la estación del ferrocarril construido por Stanley, sólido e imponente edificio amarillo donde una gran placa anuncia que de aquí partió el primer tren hacia Kinshasa (que entonces se llamaba Leopoldville) el 9 de agosto de 1877.</p><p>CAJONES</p><p>El local está muy activo. Un destacamento policial cuida las instalaciones y hay un jefe de estación a quien diviso en su oficina, con una gorrita y un guardapolvo que deben ser del uniforme.</p><p>En las oficinas conté hasta una veintena de personas, hombres y mujeres, sentados en escritorios, abriendo y cerrando cajones, ordenando estantes.</p><p>Había, incluso, empleados atendiendo en las boleterías. Unos pizarrones indicaban las horas de salida de los trenes y las estaciones en que hacía escala el que iba rumbo a Kinshasa.</p><p>Pero, el último tren que partió de aquí lo hizo hace ya muchos años (nadie quiso o supo decirme cuándo).</p><p>Todos vivían una ficción, ni más ni menos que los personajes de la novela de Juan Carlos Onetti, El astillero. Van a trabajar a diario, llenan formularios, tarjetas, actualizan los informes, descansan los domingos.</p><p>Unos días después, en otro pueblo colonial del Bajo Congo, Mbanza Ngungu, me encuentro con idéntico espectáculo. Allí, la estación es, en verdad, un enorme taller de reparaciones y un depósito de vagones y locomotoras fuera de servicio.</p><p>El lugar está lleno de operarios, vigilantes, empleados que ocupan todas las instalaciones y circulan de un lado a otro. Se diría que se hallan atosigados de trabajo.</p><p>ESQUELETOS</p><p>Pero, los vagones han sido desguazados hace tiempo y las locomotoras son unos esqueletos herrumbrosos sin ruedas ni timones. Este tráfago es una pura representación, una pantomima en la que participa toda la comunidad.</p><p>Poco a poco descubro que el Congo entero está atiborrado de ficciones semejantes. Sin ir más lejos, el Aeropuerto Internacional de Kinshasa tiene toda un ala, cuyas compañías han desaparecido, y sin embargo los empleados siguen yendo a ocupar sus puestos, mañana y tarde, como antaño.</p><p>ILUSIÓN</p><p>¿De qué se trata? De un ejercicio colectivo de magia, parecido al de esos pueblos primitivos que, según cuenta Frazer en La rama dorada, zapatean contra la tierra imitando la caída de las gotas de la lluvia a fin de que así, contagiado, el cielo descargue sus aguas sobre la tierra sedienta.</p><p>Pero, no hay nada primitivo sino una conducta altamente civilizada en este recurso a la ficción con que millares de congoleños siguen yendo a trabajar, aunque sepan perfectamente que esos trabajos ya no existen.</p><p>Ellos hacen lo que pueden hacer. No está en sus manos resucitar las locomotoras destruidas, ni comprar libros para la biblioteca, ni sobornar a las compañías desertoras para que retornen.</p><p>Pero, seguir yendo a sus puestos, contra todo realismo, es una manifestación de esperanza, una manera de resistir la desesperación, de proclamar a los cuatros vientos que hay un futuro, que la vida –el trabajo– volverá a renacer y que el desgraciado país que es el suyo resucitará de sus cenizas, como un ave fénix.</p><p>Cuando aquello empiece a ocurrir, ellos estarán allí, en la primera fila, dando la batalla de la recuperación. Y, entonces, sin duda, recibirán otra vez esos salarios que hace tiempo se esfumaron de sus vidas, al igual que la paz, la seguridad, el sustento y la alegría.</p><p>Cuando la realidad se vuelve irresistible, la ficción es un refugio. Por eso existe la literatura, esa escapatoria de los tristes, los nostálgicos y los soñadores. Los congoleños no la leen, la viven.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/psL8BmldaP0PvlKw6ufHXz1Q718=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/D2N5QQZKC5HG7OZB3VKJSW5IXI.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[AUXILIO. Miles de desplazados congoleños huyen hacia la localidad de Rutshuru, en la frontera con Uganda, en busca de refugio en las aldeas. AP/Jerome Retraso]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>El poder y el delirio del fenómeno Hugo Chávez</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/poder-delirio-fenomeno-Hugo-Chavez_0_2452254832.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/poder-delirio-fenomeno-Hugo-Chavez_0_2452254832.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 15:16:11 +0000</pubDate><description>Quienes consideran al comandante Hugo Chávez un ser primitivo y superficial juzgándolo sólo por sus apariciones televisivas, en las que derrocha truculencia, demagogia, vulgaridad, diatribas y jerga, se llevarán una sorpresa leyendo el libro que el historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze ha dedicado al presidente venezolano: El poder y el delirio.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Quienes consideran al comandante Hugo Chávez un ser primitivo y superficial juzgándolo sólo por sus apariciones televisivas, en las que derrocha truculencia, demagogia, vulgaridad, diatribas y jerga, se llevarán una sorpresa leyendo el libro que el historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze ha dedicado al presidente venezolano: El poder y el delirio.</p><p>En su intenso rastreo, Chávez aparece, desde adolescente, antes de ingresar al Ejército, como un joven abrasado por una pasión subversiva y patriótica, que practica el béisbol con éxito y devora libros de historia de su país, biografías de sus héroes y escudriña sin tregua la vida y proezas de Bolívar a quien profesa un culto religioso y sueña con emular.</p><p>Más tarde, ya de oficial, experimentará una singular conversión a la ideología y los designios revolucio-narios de los guerrilleros a quienes ha sido enviado a combatir a la región de Anzoátegui.</p><p>Allí, en los setenta, leyó un libro que, según el ensayista Enrique Krauze, cambió su vida: El papel del individuo en la historia, del padre del marxismo ruso, Gueorgui Plejánov.</p><p>A partir de entonces, mezclando reflexiones propias con lecturas de Marx, Lenin y panfletos revolucionarios latinoamericanos, al mismo tiempo que a su devoción por Bolívar añadía la fascinación por Fidel Castro, irá construyendo su peculiar ideología, una alianza de militarismo, marxismo y fascismo, en el que el eje y motor de la revolución es el héroe epónimo, entendido éste en la acepción carismática y trascendental que le atribuyó Carlyle en su libro (tan admirado por Hitler) De los héroes y el culto de los héroes.</p><p>Todo esto ocurre en el secreto, claro está, pues el Ejército del que forma parte Hugo Chávez se halla en aquellos años identificado con los gobiernos democráticos de Venezuela y empeñado en una lucha difícil contra las guerrillas que, apoyadas por Cuba, han abierto varios frentes de lucha en el interior del país.</p><p>Dentro de sus filas, Chávez forma sociedades secretas y conspira ya entonces preparando la toma del poder mediante un golpe, algo que sólo intentará, fracasando en el intento, años más tarde, en 1992, durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez.</p><p>De manera que cuando el comandante Chávez sube al poder, en 1998, ungido por los votos de los electores venezolanos, está lejos de ser un improvisado.</p><p>Va a poner en práctica un proyecto político y social que irá puliendo y radicalizando desde el gobierno, pero que ya le rondaba la cabeza desde su juventud.</p><p>Ésta es también una tesis que hace suya el ex presidente boliviano Jorge Quiroga, para quien Chávez es un astuto estratega que, detrás de sus extremos histriónicos, va edificando sin prisa ni pausa y a golpes de chequera –de petrochequera- un imperio continental estatista, totalitario y caudillista.</p><p>Este proyecto, dice Enrique Krauze, aunque se promueve a sí mismo con una retórica revolucionaria y marxista, tiene, por su componente militarista, vertical y sobre todo el culto irracional del héroe, una entraña fascista, y su semejanza mayor, en América Latina, son Perón y el peronismo.</p><p>Uno de los aspectos más interesantes de la investigación de Krauze es mostrar la influencia que ejerció sobre Chávez un pintoresco personaje de híbrido prontuario, Norberto Ceresole, peronista, profesor de la Escuela Superior de Guerra en la URSS, representante de Hezbolah en España, antisemita y neonazi militante, autor de libros de geopolítica que negaban el Holocausto.</p><p>Luego de haber estado vinculado a la dictadura militar de izquierda del general Velasco Alvarado en el Perú, Ceresole se convirtió en asesor y panegirista del comandante Chávez, a quien acompañó en sus giras por el interior de Venezuela.</p><p>El poder y el delirio es un libro muy ameno, compuesto de ensayo histórico, reportaje periodístico, documento de actualidad y análisis político.</p><p>Traza un animado fresco del pasado inmediato venezolano, donde encuentra las raíces secretas de la crisis que abrió a Chávez las puertas del poder en el deterioro, despilfarro y corrupción en que degeneró una democracia que, a la caída de la dictadura de Pérez Jiménez, y con el gobierno de Rómulo Betancourt había abierto un período, ejemplar en ese momento latinoamericano, de libertades públicas, fortalecimiento de las instituciones civiles y de la legalidad, a la vez que de intensa preocupación social.</p><p>Con justicia, Enrique Krauze llama a Betancourt “la figura democrática más importante del siglo XX en América Latina”, pues no sólo impulsó la libertad en su país sino luchó sin desmayo contra todas las dictaduras, de Trujillo a Fidel Castro, que mantenían al continente en el atraso y la barbarie.</p><p>Si la llamada “doctrina Betancourt” que quería comprometer a todos los gobiernos democráticos del continente a romper relaciones y a acosar diplomáti-camente a todo régimen de facto hubiera prosperado, otra sería la suerte política de América Latina en la actualidad.</p><p>Por eso fue atacado con ferocidad sin igual por los dos extremos y se salvó de milagro de los varios atentados contra su vida. Krauze tiene razón: Rómulo Betancourt fue un demócrata cabal, un estadista honrado y lúcido, y si todos los gobernantes que lo sucedieron hubieran seguido su ejemplo jamás hubiera surgido en Venezuela un fenómeno como el de Chávez.</p><p>Por desgracia no fue así y, al igual que en otras democracias latinoamericanas, la ineficiencia y la corrupción que vinieron después hicieron que grandes sectores sociales, frustrados en sus anhelos, se dejaran seducir por los cantos de sirena revolucionarios.</p><p>Y, ahora, mientras luchan por recuperar la democracia que perdieron, aprenden (¿aprenden, de verdad?) que el sacrificio de la libertad es siempre inútil, pues los hombres fuertes y caudillos acarrean siempre peores males que los que pretenden remediar.</p><p>En los animados diálogos y mesas redondas y entrevistas con intelectuales venezolanos de distintas tendencias que acompañan el ensayo de Enrique Krauze, se despliega toda la complejidad de la situación actual en Venezuela, y queda claro que hay criterios muy diversos entre los análisis que hacen distintas figuras de la oposición, de un Teodoro Petkoff a un Germán Carrera Damas o a un Simón Alberto Consalvi, para explicar el fenómeno Chávez.</p><p>Pero lo que surge de todo ese rico material polémico es algo que resulta muy alentador: lo más graneado y sólido de la intelectualidad venezolana, sea de izquierda, de centro o de derecha, milita en las filas de la oposición democrática al régimen caudillista de Chávez y trabaja para impedir que el proyecto autoritario cancele los espacios de libertad que aún sobreviven.</p><p>Y todos parecen coincidir en la convicción de que esa lucha por la libertad debe ser pacífica, de ideas y principios, y electoral.</p><p>Esta es la primera vez en la historia de América Latina en que un régimen “revolucionario” no ha conseguido reclutar a un solo artista, pensador o escritor de valía y más bien se las ha arreglado para ponerlos a todos ellos en la oposición.</p><p>Vale la pena subrayarlo y celebrarlo porque lo cierto es que hasta ahora todas nuestras dictaduras, sobre todo si eran de izquierda, han tenido cortesanos intelectuales, y a veces de alto nivel.</p><p>No es menos extraordinario que en la resistencia a Chávez militen, en la vanguardia, los estudiantes universitarios, en su gran mayoría, y sobre todo los de las universidades públicas, es decir los de origen social menos próspero.</p><p>Enrique Krauze entrevista a varios de ellos y hace un perceptivo examen de las razones que han llevado a los jóvenes venezolanos a rechazar la supuesta “revolución socialista del siglo XXI” y a movilizarse, en diciembre del año pasado, contra el intento del régimen de Chávez de legitimar su eternización en el poder mediante un plebiscito.</p><p>La derrota que allí experimentó el régimen, por primera vez, es una fecha histórica, porque desde entonces ha cambiado la correlación de fuerzas, y ello ha quedado demostrado el pasado 23 de noviembre, con los resultados de las elecciones en las que la oposición conquistó los cinco estados principales del país y un gran número de alcaldías.</p><p>No creo que sea wishful thinking predecir que desde ahora, y aunque ello tome tiempo, Venezuela dejará de retroceder hacia el autoritarismo pleno y avanzará de nuevo hacia una democracia renovada, enriquecida por la experiencia y vacunada contra los errores que engendraron la anomalía de la que ahora trata de emanciparse.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/NDhF5ec0hBlbVJbMR7d8GnacOI0=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/56YFDSTDIBCHBD5IWVXSCFPNKQ.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[PROCESO. En opinión de Vargas Llosa, “esta es la primera vez en la historia de América Latina en que un régimen ‘revolucionario’ no ha conseguido reclutar a un solo artista, pensador o escrit]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Cuando la aventura colonial llegó al Congo</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/aventura-colonial-llego-Congo_0_2462753791.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/aventura-colonial-llego-Congo_0_2462753791.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa Piedra De Toque | </dc:creator><pubDate>Thu, 23 Jan 2020 14:51:06 +0000</pubDate><description>Durante siglos, la empresa colonial fue transparente: un país, aprovechándose de su fuerza, invadía a otro más débil, se apoderaba de él y lo saqueaba. Nadie ponía en cuestión semejante estado de cosas porque se trataba de algo que se venía practicando desde la noche de los tiempos y todos, colonizadores y colonizados, aceptaban o se resignaban a esta cruda realidad como a una fatalidad inevitable, consustancial a la historia.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Durante siglos, la empresa colonial fue transparente: un país, aprovechándose de su fuerza, invadía a otro más débil, se apoderaba de él y lo saqueaba. Nadie ponía en cuestión semejante estado de cosas porque se trataba de algo que se venía practicando desde la noche de los tiempos y todos, colonizadores y colonizados, aceptaban o se resignaban a esta cruda realidad como a una fatalidad inevitable, consustancial a la historia.</p><p>El descubrimiento y conquista de América por los europeos introduce una importante variante. Por primera vez y por razones religiosas el colonizador se interroga a sí mismo sobre la justicia de la empresa colonizadora y, en acalorados debates de juristas y teólogos, se arma de razones, humanas y divinas, para justificar sus conquistas. Sin dejar de ser lo que fue siempre, un acto de fuerza y de rapiña, la colonización se atribuye a sí misma una misión evangelizadora y civilizadora: desanimalizar a quienes viven en estado feral y humanizarlos gracias al cristianismo y a la cultura occidental que aquél inspira. Para que este objetivo tenga algún viso de realidad es imprescindible establecer como un hecho indiscutible, científico, que el colonizado carece de los conocimientos y luces indispensables para juzgar por sí mismo lo que más le conviene, pues se trata de un ser desvalido y primario cuyos intereses y conveniencias son mejor percibidos por la potencia que a partir de ahora ejercerá sobre él la tutela colonial, una forma de autoridad benévola.</p><p>En el siglo XIX, las empresas coloniales europeas en el África y el Asia olvidan casi este prurito de justificación religiosa y moral e invaden y ocupan territorios, que empiezan a explotar de inmediato, sin otra explicación que la necesidad de proveerse de materias primas, ampliar sus mercados o contrarrestar el crecimiento y poderío de los imperios rivales. Cuando Hitler, en Mi lucha, explica que en el programa del Partido Nacional Socialista figura en lugar prominente la adquisición, por las buenas o las malas, de colonias para instalar los excedentes demográficos del pueblo alemán, no hace más que poner sobre papel lo que casi todas las grandes potencias europeas habían venido haciendo, cierto que sin decirlo con tanta claridad, desde el siglo XV.</p><p>La excepción era Bélgica. Esta condición entristecía y desmoralizaba a su soberano, Leopoldo II, cuya energía, ambiciones y sobresaliente inteligencia desbordaban por los cuatro costados las fronteras del diminuto reino que le había asignado la Providencia. Entonces, él, sin amilanarse, se dio maña para conseguir mediante la astucia, la paciencia, la intriga y la diplomacia lo que los grandes países colonizadores habían logrado a través de los ejércitos y la matanza. Por increíble que parezca, Leopoldo II convirtió a Bélgica en una gran potencia colonial sin disparar un solo tiro.</p><p>Para ello, primero, en un trabajo diligente y genial que le tomó muchos años, se fraguó una imagen de monarca humanitario, altruista, condolido por la suerte de los salvajes y paganos de este mundo, que sedujo a la opinión pública de Europa y de EU. Invirtiendo en ello el dinero de su reino y el suyo propio, fundó asociaciones benéficas y centros para combatir la esclavitud que hacía estragos en el África Occidental, costeó el viaje de misioneros a esas regiones bárbaras, impulsó investigaciones, estudios y publicaciones sobre las condiciones de vida de las tribus africanas que todavía practicaban el canibalismo y eran diezmadas por los traficantes árabes que, partiendo de la isla de Zanzíbar, practicaban la trata en orquestadas manifestaciones públicas, exigiendo a las potencias que intervinieran para poner fin a aquella lacra que era el comercio de carne humana.</p><p>La campaña dio el resultado que esperaba. En febrero de 1885, catorce naciones reunidas en Berlín, y encabezadas por Gran Bretaña, Francia, Alemania y EU, le regalaron a Leopoldo II, a través de la Asociación que él había creado para ello, todo el Congo, un inmenso territorio de más de un millón de millas cuadradas, es decir unas ochenta veces el tamaño de Bélgica, para que “abriera ese territorio al comercio, aboliera la esclavitud y cristianizara a los salvajes”. No había un solo africano presente en aquel Congreso y no hay indicio de que en Europa o EU se preguntara siquiera si era aceptable que la suerte de ese país fuera decidida de este modo, por catorce naciones advenedizas, sin que un solo congolés hubiera sido siquiera consultado al respecto.</p><p>Seguro de lo que iba a ocurrir en el Congreso de Berlín, Leopoldo II ya se había adelantado, desde un año antes, a operar en el territorio que de la noche a la mañana lo convirtió en el amo de un formidable imperio.</p><p>Para ello había contratado al célebre explorador galés-norteamericano Henry Morton Stanley, el primer europeo en recorrer los varios miles de kilómetros del río Congo, desde sus nacientes, en el África Oriental, hasta su desembocadura en el Atlántico. En una expedición que es una mezcla de grotesca pantomima cínica y proeza etnológica y geográfica, entre 1884 y 1885, los expedicionarios enviados por Leopoldo II recorrieron buena parte del Alto y Medio Congo repartiendo cuentecillas de vidrios de colores y retazos de tela en 450 aldeas y villorrios africanos y haciendo “firmar” contratos –los llamaban “tratados”- en los que los caciques y jefes indígenas, que no tenían idea de lo que firmaban, cedían la propiedad de sus tierras a la Asociación Internacional del Congo, se comprometían a dar hombres para que trabajaran en las obras públicas que aquella institución emprendiera –caminos, depósitos, puentes, embarcaderos-, cargadores para transportar los bultos y materiales, a proveerla de brazos para la recolección del caucho y a alimentar a los peones, funcionarios y soldados y policías que vinieran a instalarse en sus dominios. Cuando las grandes potencias le entregaron el Congo, Leopoldo II ya tenía en sus manos 450 “tratados” en los que los congoleses legitimaban mediante sus firmas aquella donación y le entregaban sus vidas y haciendas.</p><p>A diferencia de otras colonizaciones, en que los invadidos resistieron de alguna forma al colonizador y le infligieron algunos daños, en el Congo no hubo resistencia, no tuvieron tiempo ni posibilidades de resistir a un sistema que cayó sobre ellos como una malla inflexible en la que perdieron, desde el principio, toda libertad de iniciativa y movimiento, y en el que fueron sometidos a una explotación inicua, las veinticuatro horas del día, hasta su extinción. Los castigos, para los recolectores que no entregaban el mínimo exigido de látex, eran brutales. Iban desde los chicotazos hasta las mutilaciones de manos y pies –a las mujeres y a los niños primero, y luego a los propios trabajadores- hasta el exterminio de aldeas enteras, cuando se producían fugas masivas o aquellas comunidades no cumplían con la obligación de alimentar a sus verdugos como éstos esperaban. Hace un año que leo testimonios diversos y todavía no me cabe en la cabeza que fuera posible una monstruosidad tan atroz, un genocidio en cámara lenta semejante, sin que el mundo llamado civilizado se diera por enterado. Cuando aparecen las primeras denuncias en Europa, por boca de pastores bautistas norteamericanos, hay una incredulidad general. Y los plumíferos alquilados por Leopoldo II actúan de inmediato en la prensa hundiendo en la ignominia a aquellos denunciantes y llevándolos ante los tribunales por calumnias.</p><p>Durante un cuarto de siglo por lo menos el Congo fue desangrado, esquilmado y destruido en una de las operaciones más crueles que recuerde la historia, un horror sólo comparable al Holocausto. Pero, a diferencia de lo ocurrido con el exterminio de seis millones de judíos por el delirio racista y homicida de Hitler, ninguna sanción moral comparable a la que pesa sobre los nazis, ha recaído sobre Leopoldo II y sus crímenes, al que muchos europeos, no sólo belgas, todavía recuerdan con nostalgia, como un estadista que, venciendo las limitaciones que la historia y la geografía impuso a su país, hizo de Bélgica por unos años un país imperial. Detrás de la behetría y las violencias en que se debate todavía ese desdichado país se delinea la mortífera sombra de ese emperador que conquistó el Congo sin disparar un solo tiro y consiguió en menos de veinte años aniquilar a por lo menos diez millones de sus súbditos africanos.</p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/H5-jVj44sujqtTqMZUwSOTL-el8=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/X32PRETQMNDYHLU4OTU7OFMJZ4.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[REALIDAD. El Congo ha tenido que sobrevivir a guerras, tiranos, el hambre y la pobreza. NEW YORK TIMES | Michael Kamber/]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[Corprensa]]></media:credit></media:content></item><item><title>Un liberal en el Siglo de Oro</title><link>https://www.prensa.com/impresa/liberal-Siglo-Oro_0_1370112998.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/liberal-Siglo-Oro_0_1370112998.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | mosaico@prensa.com</dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 02:01:58 +0000</pubDate><description>Conviene detenerse un momento a reflexionar sobre la famosísima frase de Don Quijote a Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, (II, 58).
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Conviene detenerse un momento a reflexionar sobre la famosísima frase de Don Quijote a Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, (II, 58).</p><p>Detrás de la frase, y del personaje de ficción que la pronuncia, asoma la silueta del propio Miguel de Cervantes, que sabía muy bien de lo que hablaba. Los cinco años que pasó cautivo de los moros en Argel, y las tres veces que estuvo en la cárcel en España por deudas y acusaciones de malos manejos cuando era inspector de contribuciones en Andalucía para la Armada, debían de haber aguzado en él, como en pocos, un apetito de libertad, y un horror a la falta de ella, que impregna de autenticidad y fuerza a aquella frase y da un sesgo particular a la historia del Ingenioso Hidalgo.</p><p>¿Qué idea de la libertad se hace Don Quijote? La misma que, a partir del siglo XVIII, se harán en Europa los llamados liberales: la libertad es la soberanía de un individuo para decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva función de su inteligencia y voluntad.</p><p>Es decir, lo que varios siglos más tarde, un Isaías Berlin definiría como “libertad negativa”, la de estar libre de interferencias y coacciones para pensar, expresarse y actuar. Lo que anida en el corazón de esta idea de la libertad es una desconfianza profunda de la autoridad, de los desafueros que puede cometer el poder, todo poder.</p><p>Recordemos que el Quijote pronuncia esta alabanza exaltada de la libertad apenas parte de los dominios de los anónimos Duques, donde ha sido tratado a cuerpo de rey por ese exuberante señor del castillo, la encarnación misma del poder. Pero, en los halagos y mimos de que fue objeto, el Ingenioso Hidalgo percibió un invisible corsé que amenazaba y rebajaba su libertad “porque no lo gozaba con la libertad que lo gozaría si (los regalos y la abundancia que se volcaron sobre él) fueran míos”.</p><p>El supuesto de esta afirmación es que el fundamento de la libertad es la propiedad privada, y que el verdadero gozo sólo es completo si, al gozar, una persona no ve recortada su capacidad de iniciativa, su libertad de pensar y de actuar.</p><p>Porque “las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidos son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”.</p><p>No puede ser más claro: la libertad es individual y requiere un nivel mínimo de prosperidad para ser real. Porque quien es pobre y depende de la dádiva o la caridad para sobrevivir, nunca es totalmente libre. Es verdad que hubo una antiquísima época, como recuerda el Quijote a los pasmados cabreros en su discurso sobre la Edad de Oro (I, 11) en que “la virtud y la bondad imperaban en el mundo”, y que en esa paradisíaca edad, anterior a la propiedad privada, “los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío” y eran “todas las cosas comunes”.</p><p>Pero, luego, la historia cambió, y llegaron “nuestros detestables siglos”, en los que, a fin de que hubiera seguridad y justicia, “se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender a las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y menesterosos”.</p><p>El Quijote no cree que la justicia, el orden social, el progreso, sean funciones de la autoridad, sino obra del quehacer de individuos que, como sus modelos, los caballeros andantes, y él mismo, se hayan echado sobre los hombros la tarea de hacer menos injusto y más libre y próspero el mundo en el que viven. Eso es el caballero andante: un individuo que, motivado por una vocación generosa, se lanza por los caminos, a buscar remedio para todo lo que anda mal en el planeta. La autoridad, cuando aparece, en vez de facilitarle la tarea, se la dificulta.</p><p>¿Dónde está la autoridad en la España que recorre el Quijote a lo largo de sus tres viajes? Tenemos que salir de la novela para saber que el rey de España al que se alude algunas veces es Felipe III, porque dentro de la ficción, salvo contadísimas y fugaces apariciones, como la que hace el gobernador de Barcelona mientras Don Quijote visita el puerto de esa ciudad, las autoridades brillan por su ausencia. Y las instituciones que la encarnan, como la Santa Hermandad, cuerpo de justicia en el mundo rural, de la que se tiene anuncios durante las correrías de Don Quijote y Sancho, son mencionadas más bien como algo lejano, oscuro y peligroso.</p><p>Don Quijote no tiene el menor reparo en enfrentarse a la autoridad y en desafiar las leyes cuando éstas chocan con su propia concepción de la justicia y de la libertad. En su primera salida, se enfrenta al rico Juan Haldudo, un vecino del Quintanar, que está azotando a uno de sus mozos porque le pierde sus ovejas, algo a lo que, según las bárbaras costumbres de la época, tenía perfecto derecho. Pero este derecho es intolerable para el manchego, que rescata al mozo reparando así lo que cree un abuso (apenas parte, Juan Haldudo, pese a sus promesas en contrario, vuelve a azotar a Andrés hasta dejarlo moribundo), (I,4). Como en éste, la novela está llena de episodios donde la visión individualista y libérrima de la justicia lleva al temerario hidalgo a desacatar los poderes, las leyes y los usos establecidos, en nombre de lo que es para él un imperativo moral superior.</p><p>La aventura donde Don Quijote lleva su espíritu libertario a un extremo poco menos que suicida —delatando que su idea de la libertad anticipa también algunos aspectos de la de los pensadores anarquistas de dos siglos más tarde— es una de las más célebres de la novela: la liberación de los doce delincuentes, entre ellos el siniestro Ginés de Pasamonte, el futuro maese Pedro, que fuerza el Ingenioso Hidalgo, pese a estar perfectamente consciente, por boca de ellos mismos, que se trata de rufiancillos condenados por sus fechorías a ir a remar a las galeras del rey. Las razones que aduce para su abierto desafío a la autoridad —“no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres”— disimulan apenas, en su vaguedad, las verdaderas motivaciones que transpiran de una conducta que, en este tema, es de una gran coherencia a lo largo de toda la novela: su desmedido amor a la libertad, que él, si hay que elegir, antepone incluso a la justicia, y su profundo recelo de la autoridad, que, para él, no es garantía de lo que llama de manera ambigua “la justicia distributiva”, expresión en la que hay que entrever un anhelo igualitarista que contrapesa por momentos su ideal libertario.</p><p>En este episodio, como para que no quede la menor duda de lo insumiso y libre que es su pensamiento, el Quijote hace un elogio del “oficio del alcahuete”, “oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada”, indignado de que se haya condenado a galeras por ejercerlo a un viejo que, a su juicio, por practicar la tercería debería más bien haber sido enviado “a mandallas y a ser general de ellas” (I, 22).</p><p><p>Quien se atrevía a rebelarse de manera tan manifiesta contra la corrección política y moral imperante era un “loco” <em>sui generis</em>, que no sólo cuando hablaba de las novelas de caballerías decía y hacía cosas que cuestionaban las raíces de la sociedad en que vivía.</p></p><p>¿Cuál es la imagen de España que se levanta de las páginas de la novela cervantina? La de un mundo vasto y diverso, sin fronteras geográficas, constituido por un archipiélago de comunidades, aldeas y pueblos, a los que los personajes dan el nombre de “patrias”.</p><p>Es una imagen muy semejante a aquella que las novelas de caballerías trazan de los imperios o reinos donde suceden, ese género que supuestamente Cervantes quiso ridiculizar con Don Quijote de la Mancha (más bien, le rindió un soberbio homenaje y una de sus grandes proezas literarias consistió en actualizarlo, rescatando de él, mediante el juego y el humor, todo lo que en la narrativa caballeresca podía sobrevivir y aclimatarse a los valores sociales y artísticos de una época, el siglo XVII, muy distinta de aquella en la que había nacido).</p><p>A lo largo de sus tres salidas, el Quijote recorre la Mancha y parte de Aragón y Cataluña, pero, por la procedencia de muchos personajes y referencias a lugares y cosas en el curso de la narración y de los diálogos, España aparece como un espacio mucho más vasto, cohesionado en su diversidad geográfica y cultural y de unas inciertas fronteras que parecen definirse en función no de territorios y demarcaciones administrativas, sino religiosas: España termina en aquellos límites vagos, y concretamente marinos, donde comienzan los dominios del moro, el enemigo religioso. Pero, al mismo tiempo que España es el contexto y horizonte plural e insoslayable de la relativamente pequeña geografía que recorren Don Quijote y Sancho Panza, lo que resalta y se exhibe con gran color y simpatía es la “patria”, ese espacio concreto y humano, que la memoria puede abarcar, un paisaje, unas gentes, unos usos y costumbres que el hombre y la mujer conservan en sus recuerdos como un patrimonio personal y que son sus mejores credenciales. Los personajes de la novela viajan por el mundo, se podría decir, con sus pueblos y aldeas a cuestas.</p><p>Se presentan dando esa referencia sobre ellos mismos, su “patria”, y todos recuerdan esas pequeñas comunidades donde han dejado amores, amigos, familias, viviendas y animales, con irreprimible nostalgia. Cuando, al cabo del tercer viaje, después de tantas aventuras, Sancho Panza divisa su aldea, cae de rodillas, conmovido, y exclama: “Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve Sancho Panza tu hijo...”, (II, 72).</p><p>Como, con el paso del tiempo, esta idea de “patria” iría desmaterializándose y acercándose cada vez más a la idea de nación (que sólo nace en el siglo XIX) hasta confundirse con ella, conviene precisar que las “patrias” del Quijote no tienen nada que ver, y son más bien írritas, a ese concepto abstracto, general, esquemático y esencialmente político, que es el de nación y que está en la raíz de todos los nacionalismos, una ideología colectivista que pretende definir a los individuos por su pertenencia a un conglomerado humano al que ciertos rasgos característicos —la raza, la lengua, la religión— habrían impuesto una personalidad específica y diferenciable de las otras.</p><p>Esta concepción está en las antípodas del individualismo exaltado del que hace gala Don Quijote y quienes lo acompañan en la novela de Cervantes, un mundo en el que el “patriotismo” es un sentimiento generoso y positivo, de amor al terruño y a los suyos, a la memoria y al pasado familiar, y no una manera de diferenciarse, excluirse y elevar fronteras contra los “otros”.</p><p>La España del Quijote no tiene fronteras y es un mundo plural y abigarrado, de incontables patrias, que se abre al mundo de afuera y se confunde con él a la vez que abre sus puertas a los que vienen a ella de otros lares, siempre y cuando lo hagan en son de paz, y salven de algún modo el escollo (insuperable para la mentalidad contrarreformista de la época) de la religión (es decir, convirtiéndose al cristianismo).</p>]]></content:encoded></item><item><title>Un liberal en el Siglo de Oro</title><link>https://www.prensa.com/impresa/liberal-Siglo-Oro_0_1370113088.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/liberal-Siglo-Oro_0_1370113088.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | mosaico@prensa.com</dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 02:00:38 +0000</pubDate><description>Conviene detenerse un momento a reflexionar sobre la famosísima frase de Don Quijote a Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, (II, 58).
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Conviene detenerse un momento a reflexionar sobre la famosísima frase de Don Quijote a Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, (II, 58).</p><p>Detrás de la frase, y del personaje de ficción que la pronuncia, asoma la silueta del propio Miguel de Cervantes, que sabía muy bien de lo que hablaba. Los cinco años que pasó cautivo de los moros en Argel, y las tres veces que estuvo en la cárcel en España por deudas y acusaciones de malos manejos cuando era inspector de contribuciones en Andalucía para la Armada, debían de haber aguzado en él, como en pocos, un apetito de libertad, y un horror a la falta de ella, que impregna de autenticidad y fuerza a aquella frase y da un sesgo particular a la historia del Ingenioso Hidalgo.</p><p>¿Qué idea de la libertad se hace Don Quijote? La misma que, a partir del siglo XVIII, se harán en Europa los llamados liberales: la libertad es la soberanía de un individuo para decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva función de su inteligencia y voluntad.</p><p>Es decir, lo que varios siglos más tarde, un Isaías Berlin definiría como “libertad negativa”, la de estar libre de interferencias y coacciones para pensar, expresarse y actuar. Lo que anida en el corazón de esta idea de la libertad es una desconfianza profunda de la autoridad, de los desafueros que puede cometer el poder, todo poder.</p><p>Recordemos que el Quijote pronuncia esta alabanza exaltada de la libertad apenas parte de los dominios de los anónimos Duques, donde ha sido tratado a cuerpo de rey por ese exuberante señor del castillo, la encarnación misma del poder. Pero, en los halagos y mimos de que fue objeto, el Ingenioso Hidalgo percibió un invisible corsé que amenazaba y rebajaba su libertad “porque no lo gozaba con la libertad que lo gozaría si (los regalos y la abundancia que se volcaron sobre él) fueran míos”.</p><p>El supuesto de esta afirmación es que el fundamento de la libertad es la propiedad privada, y que el verdadero gozo sólo es completo si, al gozar, una persona no ve recortada su capacidad de iniciativa, su libertad de pensar y de actuar.</p><p>Porque “las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidos son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”.</p><p>No puede ser más claro: la libertad es individual y requiere un nivel mínimo de prosperidad para ser real. Porque quien es pobre y depende de la dádiva o la caridad para sobrevivir, nunca es totalmente libre. Es verdad que hubo una antiquísima época, como recuerda el Quijote a los pasmados cabreros en su discurso sobre la Edad de Oro (I, 11) en que “la virtud y la bondad imperaban en el mundo”, y que en esa paradisíaca edad, anterior a la propiedad privada, “los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío” y eran “todas las cosas comunes”.</p><p>Pero, luego, la historia cambió, y llegaron “nuestros detestables siglos”, en los que, a fin de que hubiera seguridad y justicia, “se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender a las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y menesterosos”.</p><p>El Quijote no cree que la justicia, el orden social, el progreso, sean funciones de la autoridad, sino obra del quehacer de individuos que, como sus modelos, los caballeros andantes, y él mismo, se hayan echado sobre los hombros la tarea de hacer menos injusto y más libre y próspero el mundo en el que viven. Eso es el caballero andante: un individuo que, motivado por una vocación generosa, se lanza por los caminos, a buscar remedio para todo lo que anda mal en el planeta. La autoridad, cuando aparece, en vez de facilitarle la tarea, se la dificulta.</p><p>¿Dónde está la autoridad en la España que recorre el Quijote a lo largo de sus tres viajes? Tenemos que salir de la novela para saber que el rey de España al que se alude algunas veces es Felipe III, porque dentro de la ficción, salvo contadísimas y fugaces apariciones, como la que hace el gobernador de Barcelona mientras Don Quijote visita el puerto de esa ciudad, las autoridades brillan por su ausencia. Y las instituciones que la encarnan, como la Santa Hermandad, cuerpo de justicia en el mundo rural, de la que se tiene anuncios durante las correrías de Don Quijote y Sancho, son mencionadas más bien como algo lejano, oscuro y peligroso.</p><p>Don Quijote no tiene el menor reparo en enfrentarse a la autoridad y en desafiar las leyes cuando éstas chocan con su propia concepción de la justicia y de la libertad. En su primera salida, se enfrenta al rico Juan Haldudo, un vecino del Quintanar, que está azotando a uno de sus mozos porque le pierde sus ovejas, algo a lo que, según las bárbaras costumbres de la época, tenía perfecto derecho. Pero este derecho es intolerable para el manchego, que rescata al mozo reparando así lo que cree un abuso (apenas parte, Juan Haldudo, pese a sus promesas en contrario, vuelve a azotar a Andrés hasta dejarlo moribundo), (I,4). Como en éste, la novela está llena de episodios donde la visión individualista y libérrima de la justicia lleva al temerario hidalgo a desacatar los poderes, las leyes y los usos establecidos, en nombre de lo que es para él un imperativo moral superior.</p><p>La aventura donde Don Quijote lleva su espíritu libertario a un extremo poco menos que suicida —delatando que su idea de la libertad anticipa también algunos aspectos de la de los pensadores anarquistas de dos siglos más tarde— es una de las más célebres de la novela: la liberación de los doce delincuentes, entre ellos el siniestro Ginés de Pasamonte, el futuro maese Pedro, que fuerza el Ingenioso Hidalgo, pese a estar perfectamente consciente, por boca de ellos mismos, que se trata de rufiancillos condenados por sus fechorías a ir a remar a las galeras del rey. Las razones que aduce para su abierto desafío a la autoridad —“no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres”— disimulan apenas, en su vaguedad, las verdaderas motivaciones que transpiran de una conducta que, en este tema, es de una gran coherencia a lo largo de toda la novela: su desmedido amor a la libertad, que él, si hay que elegir, antepone incluso a la justicia, y su profundo recelo de la autoridad, que, para él, no es garantía de lo que llama de manera ambigua “la justicia distributiva”, expresión en la que hay que entrever un anhelo igualitarista que contrapesa por momentos su ideal libertario.</p><p>En este episodio, como para que no quede la menor duda de lo insumiso y libre que es su pensamiento, el Quijote hace un elogio del “oficio del alcahuete”, “oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada”, indignado de que se haya condenado a galeras por ejercerlo a un viejo que, a su juicio, por practicar la tercería debería más bien haber sido enviado “a mandallas y a ser general de ellas” (I, 22).</p><p><p>Quien se atrevía a rebelarse de manera tan manifiesta contra la corrección política y moral imperante era un “loco” <em>sui generis</em>, que no sólo cuando hablaba de las novelas de caballerías decía y hacía cosas que cuestionaban las raíces de la sociedad en que vivía.</p></p><p>¿Cuál es la imagen de España que se levanta de las páginas de la novela cervantina? La de un mundo vasto y diverso, sin fronteras geográficas, constituido por un archipiélago de comunidades, aldeas y pueblos, a los que los personajes dan el nombre de “patrias”.</p><p>Es una imagen muy semejante a aquella que las novelas de caballerías trazan de los imperios o reinos donde suceden, ese género que supuestamente Cervantes quiso ridiculizar con Don Quijote de la Mancha (más bien, le rindió un soberbio homenaje y una de sus grandes proezas literarias consistió en actualizarlo, rescatando de él, mediante el juego y el humor, todo lo que en la narrativa caballeresca podía sobrevivir y aclimatarse a los valores sociales y artísticos de una época, el siglo XVII, muy distinta de aquella en la que había nacido).</p><p>A lo largo de sus tres salidas, el Quijote recorre la Mancha y parte de Aragón y Cataluña, pero, por la procedencia de muchos personajes y referencias a lugares y cosas en el curso de la narración y de los diálogos, España aparece como un espacio mucho más vasto, cohesionado en su diversidad geográfica y cultural y de unas inciertas fronteras que parecen definirse en función no de territorios y demarcaciones administrativas, sino religiosas: España termina en aquellos límites vagos, y concretamente marinos, donde comienzan los dominios del moro, el enemigo religioso. Pero, al mismo tiempo que España es el contexto y horizonte plural e insoslayable de la relativamente pequeña geografía que recorren Don Quijote y Sancho Panza, lo que resalta y se exhibe con gran color y simpatía es la “patria”, ese espacio concreto y humano, que la memoria puede abarcar, un paisaje, unas gentes, unos usos y costumbres que el hombre y la mujer conservan en sus recuerdos como un patrimonio personal y que son sus mejores credenciales. Los personajes de la novela viajan por el mundo, se podría decir, con sus pueblos y aldeas a cuestas.</p><p>Se presentan dando esa referencia sobre ellos mismos, su “patria”, y todos recuerdan esas pequeñas comunidades donde han dejado amores, amigos, familias, viviendas y animales, con irreprimible nostalgia. Cuando, al cabo del tercer viaje, después de tantas aventuras, Sancho Panza divisa su aldea, cae de rodillas, conmovido, y exclama: “Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve Sancho Panza tu hijo...”, (II, 72).</p><p>Como, con el paso del tiempo, esta idea de “patria” iría desmaterializándose y acercándose cada vez más a la idea de nación (que sólo nace en el siglo XIX) hasta confundirse con ella, conviene precisar que las “patrias” del Quijote no tienen nada que ver, y son más bien írritas, a ese concepto abstracto, general, esquemático y esencialmente político, que es el de nación y que está en la raíz de todos los nacionalismos, una ideología colectivista que pretende definir a los individuos por su pertenencia a un conglomerado humano al que ciertos rasgos característicos —la raza, la lengua, la religión— habrían impuesto una personalidad específica y diferenciable de las otras.</p><p>Esta concepción está en las antípodas del individualismo exaltado del que hace gala Don Quijote y quienes lo acompañan en la novela de Cervantes, un mundo en el que el “patriotismo” es un sentimiento generoso y positivo, de amor al terruño y a los suyos, a la memoria y al pasado familiar, y no una manera de diferenciarse, excluirse y elevar fronteras contra los “otros”.</p><p>La España del Quijote no tiene fronteras y es un mundo plural y abigarrado, de incontables patrias, que se abre al mundo de afuera y se confunde con él a la vez que abre sus puertas a los que vienen a ella de otros lares, siempre y cuando lo hagan en son de paz, y salven de algún modo el escollo (insuperable para la mentalidad contrarreformista de la época) de la religión (es decir, convirtiéndose al cristianismo).</p>]]></content:encoded></item><item><title>Un liberal en el Siglo de Oro</title><link>https://www.prensa.com/impresa/liberal-Siglo-Oro_0_1370862915.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/liberal-Siglo-Oro_0_1370862915.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | mosaico@prensa.com</dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 01:59:10 +0000</pubDate><description>Conviene detenerse un momento a reflexionar sobre la famosísima frase de Don Quijote a Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, (II, 58).
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Conviene detenerse un momento a reflexionar sobre la famosísima frase de Don Quijote a Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, (II, 58).</p><p>Detrás de la frase, y del personaje de ficción que la pronuncia, asoma la silueta del propio Miguel de Cervantes, que sabía muy bien de lo que hablaba. Los cinco años que pasó cautivo de los moros en Argel, y las tres veces que estuvo en la cárcel en España por deudas y acusaciones de malos manejos cuando era inspector de contribuciones en Andalucía para la Armada, debían de haber aguzado en él, como en pocos, un apetito de libertad, y un horror a la falta de ella, que impregna de autenticidad y fuerza a aquella frase y da un sesgo particular a la historia del Ingenioso Hidalgo.</p><p>¿Qué idea de la libertad se hace Don Quijote? La misma que, a partir del siglo XVIII, se harán en Europa los llamados liberales: la libertad es la soberanía de un individuo para decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva función de su inteligencia y voluntad.</p><p>Es decir, lo que varios siglos más tarde, un Isaías Berlin definiría como “libertad negativa”, la de estar libre de interferencias y coacciones para pensar, expresarse y actuar. Lo que anida en el corazón de esta idea de la libertad es una desconfianza profunda de la autoridad, de los desafueros que puede cometer el poder, todo poder.</p><p>Recordemos que el Quijote pronuncia esta alabanza exaltada de la libertad apenas parte de los dominios de los anónimos Duques, donde ha sido tratado a cuerpo de rey por ese exuberante señor del castillo, la encarnación misma del poder. Pero, en los halagos y mimos de que fue objeto, el Ingenioso Hidalgo percibió un invisible corsé que amenazaba y rebajaba su libertad “porque no lo gozaba con la libertad que lo gozaría si (los regalos y la abundancia que se volcaron sobre él) fueran míos”.</p><p>El supuesto de esta afirmación es que el fundamento de la libertad es la propiedad privada, y que el verdadero gozo sólo es completo si, al gozar, una persona no ve recortada su capacidad de iniciativa, su libertad de pensar y de actuar.</p><p>Porque “las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidos son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”.</p><p>No puede ser más claro: la libertad es individual y requiere un nivel mínimo de prosperidad para ser real. Porque quien es pobre y depende de la dádiva o la caridad para sobrevivir, nunca es totalmente libre. Es verdad que hubo una antiquísima época, como recuerda el Quijote a los pasmados cabreros en su discurso sobre la Edad de Oro (I, 11) en que “la virtud y la bondad imperaban en el mundo”, y que en esa paradisíaca edad, anterior a la propiedad privada, “los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío” y eran “todas las cosas comunes”.</p><p>Pero, luego, la historia cambió, y llegaron “nuestros detestables siglos”, en los que, a fin de que hubiera seguridad y justicia, “se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender a las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y menesterosos”.</p><p>El Quijote no cree que la justicia, el orden social, el progreso, sean funciones de la autoridad, sino obra del quehacer de individuos que, como sus modelos, los caballeros andantes, y él mismo, se hayan echado sobre los hombros la tarea de hacer menos injusto y más libre y próspero el mundo en el que viven. Eso es el caballero andante: un individuo que, motivado por una vocación generosa, se lanza por los caminos, a buscar remedio para todo lo que anda mal en el planeta. La autoridad, cuando aparece, en vez de facilitarle la tarea, se la dificulta.</p><p>¿Dónde está la autoridad en la España que recorre el Quijote a lo largo de sus tres viajes? Tenemos que salir de la novela para saber que el rey de España al que se alude algunas veces es Felipe III, porque dentro de la ficción, salvo contadísimas y fugaces apariciones, como la que hace el gobernador de Barcelona mientras Don Quijote visita el puerto de esa ciudad, las autoridades brillan por su ausencia. Y las instituciones que la encarnan, como la Santa Hermandad, cuerpo de justicia en el mundo rural, de la que se tiene anuncios durante las correrías de Don Quijote y Sancho, son mencionadas más bien como algo lejano, oscuro y peligroso.</p><p>Don Quijote no tiene el menor reparo en enfrentarse a la autoridad y en desafiar las leyes cuando éstas chocan con su propia concepción de la justicia y de la libertad. En su primera salida, se enfrenta al rico Juan Haldudo, un vecino del Quintanar, que está azotando a uno de sus mozos porque le pierde sus ovejas, algo a lo que, según las bárbaras costumbres de la época, tenía perfecto derecho. Pero este derecho es intolerable para el manchego, que rescata al mozo reparando así lo que cree un abuso (apenas parte, Juan Haldudo, pese a sus promesas en contrario, vuelve a azotar a Andrés hasta dejarlo moribundo), (I,4). Como en éste, la novela está llena de episodios donde la visión individualista y libérrima de la justicia lleva al temerario hidalgo a desacatar los poderes, las leyes y los usos establecidos, en nombre de lo que es para él un imperativo moral superior.</p><p>La aventura donde Don Quijote lleva su espíritu libertario a un extremo poco menos que suicida —delatando que su idea de la libertad anticipa también algunos aspectos de la de los pensadores anarquistas de dos siglos más tarde— es una de las más célebres de la novela: la liberación de los doce delincuentes, entre ellos el siniestro Ginés de Pasamonte, el futuro maese Pedro, que fuerza el Ingenioso Hidalgo, pese a estar perfectamente consciente, por boca de ellos mismos, que se trata de rufiancillos condenados por sus fechorías a ir a remar a las galeras del rey. Las razones que aduce para su abierto desafío a la autoridad —“no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres”— disimulan apenas, en su vaguedad, las verdaderas motivaciones que transpiran de una conducta que, en este tema, es de una gran coherencia a lo largo de toda la novela: su desmedido amor a la libertad, que él, si hay que elegir, antepone incluso a la justicia, y su profundo recelo de la autoridad, que, para él, no es garantía de lo que llama de manera ambigua “la justicia distributiva”, expresión en la que hay que entrever un anhelo igualitarista que contrapesa por momentos su ideal libertario.</p><p>En este episodio, como para que no quede la menor duda de lo insumiso y libre que es su pensamiento, el Quijote hace un elogio del “oficio del alcahuete”, “oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada”, indignado de que se haya condenado a galeras por ejercerlo a un viejo que, a su juicio, por practicar la tercería debería más bien haber sido enviado “a mandallas y a ser general de ellas” (I, 22).</p><p><p>Quien se atrevía a rebelarse de manera tan manifiesta contra la corrección política y moral imperante era un “loco” <em>sui generis</em>, que no sólo cuando hablaba de las novelas de caballerías decía y hacía cosas que cuestionaban las raíces de la sociedad en que vivía.</p></p><p>¿Cuál es la imagen de España que se levanta de las páginas de la novela cervantina? La de un mundo vasto y diverso, sin fronteras geográficas, constituido por un archipiélago de comunidades, aldeas y pueblos, a los que los personajes dan el nombre de “patrias”.</p><p>Es una imagen muy semejante a aquella que las novelas de caballerías trazan de los imperios o reinos donde suceden, ese género que supuestamente Cervantes quiso ridiculizar con Don Quijote de la Mancha (más bien, le rindió un soberbio homenaje y una de sus grandes proezas literarias consistió en actualizarlo, rescatando de él, mediante el juego y el humor, todo lo que en la narrativa caballeresca podía sobrevivir y aclimatarse a los valores sociales y artísticos de una época, el siglo XVII, muy distinta de aquella en la que había nacido).</p><p>A lo largo de sus tres salidas, el Quijote recorre la Mancha y parte de Aragón y Cataluña, pero, por la procedencia de muchos personajes y referencias a lugares y cosas en el curso de la narración y de los diálogos, España aparece como un espacio mucho más vasto, cohesionado en su diversidad geográfica y cultural y de unas inciertas fronteras que parecen definirse en función no de territorios y demarcaciones administrativas, sino religiosas: España termina en aquellos límites vagos, y concretamente marinos, donde comienzan los dominios del moro, el enemigo religioso. Pero, al mismo tiempo que España es el contexto y horizonte plural e insoslayable de la relativamente pequeña geografía que recorren Don Quijote y Sancho Panza, lo que resalta y se exhibe con gran color y simpatía es la “patria”, ese espacio concreto y humano, que la memoria puede abarcar, un paisaje, unas gentes, unos usos y costumbres que el hombre y la mujer conservan en sus recuerdos como un patrimonio personal y que son sus mejores credenciales. Los personajes de la novela viajan por el mundo, se podría decir, con sus pueblos y aldeas a cuestas.</p><p>Se presentan dando esa referencia sobre ellos mismos, su “patria”, y todos recuerdan esas pequeñas comunidades donde han dejado amores, amigos, familias, viviendas y animales, con irreprimible nostalgia. Cuando, al cabo del tercer viaje, después de tantas aventuras, Sancho Panza divisa su aldea, cae de rodillas, conmovido, y exclama: “Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve Sancho Panza tu hijo...”, (II, 72).</p><p>Como, con el paso del tiempo, esta idea de “patria” iría desmaterializándose y acercándose cada vez más a la idea de nación (que sólo nace en el siglo XIX) hasta confundirse con ella, conviene precisar que las “patrias” del Quijote no tienen nada que ver, y son más bien írritas, a ese concepto abstracto, general, esquemático y esencialmente político, que es el de nación y que está en la raíz de todos los nacionalismos, una ideología colectivista que pretende definir a los individuos por su pertenencia a un conglomerado humano al que ciertos rasgos característicos —la raza, la lengua, la religión— habrían impuesto una personalidad específica y diferenciable de las otras.</p><p>Esta concepción está en las antípodas del individualismo exaltado del que hace gala Don Quijote y quienes lo acompañan en la novela de Cervantes, un mundo en el que el “patriotismo” es un sentimiento generoso y positivo, de amor al terruño y a los suyos, a la memoria y al pasado familiar, y no una manera de diferenciarse, excluirse y elevar fronteras contra los “otros”.</p><p>La España del Quijote no tiene fronteras y es un mundo plural y abigarrado, de incontables patrias, que se abre al mundo de afuera y se confunde con él a la vez que abre sus puertas a los que vienen a ella de otros lares, siempre y cuando lo hagan en son de paz, y salven de algún modo el escollo (insuperable para la mentalidad contrarreformista de la época) de la religión (es decir, convirtiéndose al cristianismo).</p>]]></content:encoded></item><item><title>Un liberal en el Siglo de Oro</title><link>https://www.prensa.com/impresa/liberal-Siglo-Oro_0_1370862954.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/liberal-Siglo-Oro_0_1370862954.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | mosaico@prensa.com</dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 01:58:36 +0000</pubDate><description>Conviene detenerse un momento a reflexionar sobre la famosísima frase de Don Quijote a Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, (II, 58).
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Conviene detenerse un momento a reflexionar sobre la famosísima frase de Don Quijote a Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, (II, 58).</p><p>Detrás de la frase, y del personaje de ficción que la pronuncia, asoma la silueta del propio Miguel de Cervantes, que sabía muy bien de lo que hablaba. Los cinco años que pasó cautivo de los moros en Argel, y las tres veces que estuvo en la cárcel en España por deudas y acusaciones de malos manejos cuando era inspector de contribuciones en Andalucía para la Armada, debían de haber aguzado en él, como en pocos, un apetito de libertad, y un horror a la falta de ella, que impregna de autenticidad y fuerza a aquella frase y da un sesgo particular a la historia del Ingenioso Hidalgo.</p><p>¿Qué idea de la libertad se hace Don Quijote? La misma que, a partir del siglo XVIII, se harán en Europa los llamados liberales: la libertad es la soberanía de un individuo para decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva función de su inteligencia y voluntad.</p><p>Es decir, lo que varios siglos más tarde, un Isaías Berlin definiría como “libertad negativa”, la de estar libre de interferencias y coacciones para pensar, expresarse y actuar. Lo que anida en el corazón de esta idea de la libertad es una desconfianza profunda de la autoridad, de los desafueros que puede cometer el poder, todo poder.</p><p>Recordemos que el Quijote pronuncia esta alabanza exaltada de la libertad apenas parte de los dominios de los anónimos Duques, donde ha sido tratado a cuerpo de rey por ese exuberante señor del castillo, la encarnación misma del poder. Pero, en los halagos y mimos de que fue objeto, el Ingenioso Hidalgo percibió un invisible corsé que amenazaba y rebajaba su libertad “porque no lo gozaba con la libertad que lo gozaría si (los regalos y la abundancia que se volcaron sobre él) fueran míos”.</p><p>El supuesto de esta afirmación es que el fundamento de la libertad es la propiedad privada, y que el verdadero gozo sólo es completo si, al gozar, una persona no ve recortada su capacidad de iniciativa, su libertad de pensar y de actuar.</p><p>Porque “las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidos son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”.</p><p>No puede ser más claro: la libertad es individual y requiere un nivel mínimo de prosperidad para ser real. Porque quien es pobre y depende de la dádiva o la caridad para sobrevivir, nunca es totalmente libre. Es verdad que hubo una antiquísima época, como recuerda el Quijote a los pasmados cabreros en su discurso sobre la Edad de Oro (I, 11) en que “la virtud y la bondad imperaban en el mundo”, y que en esa paradisíaca edad, anterior a la propiedad privada, “los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío” y eran “todas las cosas comunes”.</p><p>Pero, luego, la historia cambió, y llegaron “nuestros detestables siglos”, en los que, a fin de que hubiera seguridad y justicia, “se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender a las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y menesterosos”.</p><p>El Quijote no cree que la justicia, el orden social, el progreso, sean funciones de la autoridad, sino obra del quehacer de individuos que, como sus modelos, los caballeros andantes, y él mismo, se hayan echado sobre los hombros la tarea de hacer menos injusto y más libre y próspero el mundo en el que viven. Eso es el caballero andante: un individuo que, motivado por una vocación generosa, se lanza por los caminos, a buscar remedio para todo lo que anda mal en el planeta. La autoridad, cuando aparece, en vez de facilitarle la tarea, se la dificulta.</p><p>¿Dónde está la autoridad en la España que recorre el Quijote a lo largo de sus tres viajes? Tenemos que salir de la novela para saber que el rey de España al que se alude algunas veces es Felipe III, porque dentro de la ficción, salvo contadísimas y fugaces apariciones, como la que hace el gobernador de Barcelona mientras Don Quijote visita el puerto de esa ciudad, las autoridades brillan por su ausencia. Y las instituciones que la encarnan, como la Santa Hermandad, cuerpo de justicia en el mundo rural, de la que se tiene anuncios durante las correrías de Don Quijote y Sancho, son mencionadas más bien como algo lejano, oscuro y peligroso.</p><p>Don Quijote no tiene el menor reparo en enfrentarse a la autoridad y en desafiar las leyes cuando éstas chocan con su propia concepción de la justicia y de la libertad. En su primera salida, se enfrenta al rico Juan Haldudo, un vecino del Quintanar, que está azotando a uno de sus mozos porque le pierde sus ovejas, algo a lo que, según las bárbaras costumbres de la época, tenía perfecto derecho. Pero este derecho es intolerable para el manchego, que rescata al mozo reparando así lo que cree un abuso (apenas parte, Juan Haldudo, pese a sus promesas en contrario, vuelve a azotar a Andrés hasta dejarlo moribundo), (I,4). Como en éste, la novela está llena de episodios donde la visión individualista y libérrima de la justicia lleva al temerario hidalgo a desacatar los poderes, las leyes y los usos establecidos, en nombre de lo que es para él un imperativo moral superior.</p><p>La aventura donde Don Quijote lleva su espíritu libertario a un extremo poco menos que suicida —delatando que su idea de la libertad anticipa también algunos aspectos de la de los pensadores anarquistas de dos siglos más tarde— es una de las más célebres de la novela: la liberación de los doce delincuentes, entre ellos el siniestro Ginés de Pasamonte, el futuro maese Pedro, que fuerza el Ingenioso Hidalgo, pese a estar perfectamente consciente, por boca de ellos mismos, que se trata de rufiancillos condenados por sus fechorías a ir a remar a las galeras del rey. Las razones que aduce para su abierto desafío a la autoridad —“no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres”— disimulan apenas, en su vaguedad, las verdaderas motivaciones que transpiran de una conducta que, en este tema, es de una gran coherencia a lo largo de toda la novela: su desmedido amor a la libertad, que él, si hay que elegir, antepone incluso a la justicia, y su profundo recelo de la autoridad, que, para él, no es garantía de lo que llama de manera ambigua “la justicia distributiva”, expresión en la que hay que entrever un anhelo igualitarista que contrapesa por momentos su ideal libertario.</p><p>En este episodio, como para que no quede la menor duda de lo insumiso y libre que es su pensamiento, el Quijote hace un elogio del “oficio del alcahuete”, “oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada”, indignado de que se haya condenado a galeras por ejercerlo a un viejo que, a su juicio, por practicar la tercería debería más bien haber sido enviado “a mandallas y a ser general de ellas” (I, 22).</p><p><p>Quien se atrevía a rebelarse de manera tan manifiesta contra la corrección política y moral imperante era un “loco” <em>sui generis</em>, que no sólo cuando hablaba de las novelas de caballerías decía y hacía cosas que cuestionaban las raíces de la sociedad en que vivía.</p></p><p>¿Cuál es la imagen de España que se levanta de las páginas de la novela cervantina? La de un mundo vasto y diverso, sin fronteras geográficas, constituido por un archipiélago de comunidades, aldeas y pueblos, a los que los personajes dan el nombre de “patrias”.</p><p>Es una imagen muy semejante a aquella que las novelas de caballerías trazan de los imperios o reinos donde suceden, ese género que supuestamente Cervantes quiso ridiculizar con Don Quijote de la Mancha (más bien, le rindió un soberbio homenaje y una de sus grandes proezas literarias consistió en actualizarlo, rescatando de él, mediante el juego y el humor, todo lo que en la narrativa caballeresca podía sobrevivir y aclimatarse a los valores sociales y artísticos de una época, el siglo XVII, muy distinta de aquella en la que había nacido).</p><p>A lo largo de sus tres salidas, el Quijote recorre la Mancha y parte de Aragón y Cataluña, pero, por la procedencia de muchos personajes y referencias a lugares y cosas en el curso de la narración y de los diálogos, España aparece como un espacio mucho más vasto, cohesionado en su diversidad geográfica y cultural y de unas inciertas fronteras que parecen definirse en función no de territorios y demarcaciones administrativas, sino religiosas: España termina en aquellos límites vagos, y concretamente marinos, donde comienzan los dominios del moro, el enemigo religioso. Pero, al mismo tiempo que España es el contexto y horizonte plural e insoslayable de la relativamente pequeña geografía que recorren Don Quijote y Sancho Panza, lo que resalta y se exhibe con gran color y simpatía es la “patria”, ese espacio concreto y humano, que la memoria puede abarcar, un paisaje, unas gentes, unos usos y costumbres que el hombre y la mujer conservan en sus recuerdos como un patrimonio personal y que son sus mejores credenciales. Los personajes de la novela viajan por el mundo, se podría decir, con sus pueblos y aldeas a cuestas.</p><p>Se presentan dando esa referencia sobre ellos mismos, su “patria”, y todos recuerdan esas pequeñas comunidades donde han dejado amores, amigos, familias, viviendas y animales, con irreprimible nostalgia. Cuando, al cabo del tercer viaje, después de tantas aventuras, Sancho Panza divisa su aldea, cae de rodillas, conmovido, y exclama: “Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve Sancho Panza tu hijo...”, (II, 72).</p><p>Como, con el paso del tiempo, esta idea de “patria” iría desmaterializándose y acercándose cada vez más a la idea de nación (que sólo nace en el siglo XIX) hasta confundirse con ella, conviene precisar que las “patrias” del Quijote no tienen nada que ver, y son más bien írritas, a ese concepto abstracto, general, esquemático y esencialmente político, que es el de nación y que está en la raíz de todos los nacionalismos, una ideología colectivista que pretende definir a los individuos por su pertenencia a un conglomerado humano al que ciertos rasgos característicos —la raza, la lengua, la religión— habrían impuesto una personalidad específica y diferenciable de las otras.</p><p>Esta concepción está en las antípodas del individualismo exaltado del que hace gala Don Quijote y quienes lo acompañan en la novela de Cervantes, un mundo en el que el “patriotismo” es un sentimiento generoso y positivo, de amor al terruño y a los suyos, a la memoria y al pasado familiar, y no una manera de diferenciarse, excluirse y elevar fronteras contra los “otros”.</p><p>La España del Quijote no tiene fronteras y es un mundo plural y abigarrado, de incontables patrias, que se abre al mundo de afuera y se confunde con él a la vez que abre sus puertas a los que vienen a ella de otros lares, siempre y cuando lo hagan en son de paz, y salven de algún modo el escollo (insuperable para la mentalidad contrarreformista de la época) de la religión (es decir, convirtiéndose al cristianismo).</p>]]></content:encoded></item><item><title>Un liberal en el Siglo de Oro</title><link>https://www.prensa.com/impresa/liberal-Siglo-Oro_0_1371612843.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/liberal-Siglo-Oro_0_1371612843.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | mosaico@prensa.com</dc:creator><pubDate>Wed, 22 Jan 2020 01:56:36 +0000</pubDate><description>Conviene detenerse un momento a reflexionar sobre la famosísima frase de Don Quijote a Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, (II, 58).
</description><content:encoded><![CDATA[<p>Conviene detenerse un momento a reflexionar sobre la famosísima frase de Don Quijote a Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, (II, 58).</p><p>Detrás de la frase, y del personaje de ficción que la pronuncia, asoma la silueta del propio Miguel de Cervantes, que sabía muy bien de lo que hablaba. Los cinco años que pasó cautivo de los moros en Argel, y las tres veces que estuvo en la cárcel en España por deudas y acusaciones de malos manejos cuando era inspector de contribuciones en Andalucía para la Armada, debían de haber aguzado en él, como en pocos, un apetito de libertad, y un horror a la falta de ella, que impregna de autenticidad y fuerza a aquella frase y da un sesgo particular a la historia del Ingenioso Hidalgo.</p><p>¿Qué idea de la libertad se hace Don Quijote? La misma que, a partir del siglo XVIII, se harán en Europa los llamados liberales: la libertad es la soberanía de un individuo para decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva función de su inteligencia y voluntad.</p><p>Es decir, lo que varios siglos más tarde, un Isaías Berlin definiría como “libertad negativa”, la de estar libre de interferencias y coacciones para pensar, expresarse y actuar. Lo que anida en el corazón de esta idea de la libertad es una desconfianza profunda de la autoridad, de los desafueros que puede cometer el poder, todo poder.</p><p>Recordemos que el Quijote pronuncia esta alabanza exaltada de la libertad apenas parte de los dominios de los anónimos Duques, donde ha sido tratado a cuerpo de rey por ese exuberante señor del castillo, la encarnación misma del poder. Pero, en los halagos y mimos de que fue objeto, el Ingenioso Hidalgo percibió un invisible corsé que amenazaba y rebajaba su libertad “porque no lo gozaba con la libertad que lo gozaría si (los regalos y la abundancia que se volcaron sobre él) fueran míos”.</p><p>El supuesto de esta afirmación es que el fundamento de la libertad es la propiedad privada, y que el verdadero gozo sólo es completo si, al gozar, una persona no ve recortada su capacidad de iniciativa, su libertad de pensar y de actuar.</p><p>Porque “las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidos son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”.</p><p>No puede ser más claro: la libertad es individual y requiere un nivel mínimo de prosperidad para ser real. Porque quien es pobre y depende de la dádiva o la caridad para sobrevivir, nunca es totalmente libre. Es verdad que hubo una antiquísima época, como recuerda el Quijote a los pasmados cabreros en su discurso sobre la Edad de Oro (I, 11) en que “la virtud y la bondad imperaban en el mundo”, y que en esa paradisíaca edad, anterior a la propiedad privada, “los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío” y eran “todas las cosas comunes”.</p><p>Pero, luego, la historia cambió, y llegaron “nuestros detestables siglos”, en los que, a fin de que hubiera seguridad y justicia, “se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender a las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y menesterosos”.</p><p>El Quijote no cree que la justicia, el orden social, el progreso, sean funciones de la autoridad, sino obra del quehacer de individuos que, como sus modelos, los caballeros andantes, y él mismo, se hayan echado sobre los hombros la tarea de hacer menos injusto y más libre y próspero el mundo en el que viven. Eso es el caballero andante: un individuo que, motivado por una vocación generosa, se lanza por los caminos, a buscar remedio para todo lo que anda mal en el planeta. La autoridad, cuando aparece, en vez de facilitarle la tarea, se la dificulta.</p><p>¿Dónde está la autoridad en la España que recorre el Quijote a lo largo de sus tres viajes? Tenemos que salir de la novela para saber que el rey de España al que se alude algunas veces es Felipe III, porque dentro de la ficción, salvo contadísimas y fugaces apariciones, como la que hace el gobernador de Barcelona mientras Don Quijote visita el puerto de esa ciudad, las autoridades brillan por su ausencia. Y las instituciones que la encarnan, como la Santa Hermandad, cuerpo de justicia en el mundo rural, de la que se tiene anuncios durante las correrías de Don Quijote y Sancho, son mencionadas más bien como algo lejano, oscuro y peligroso.</p><p>Don Quijote no tiene el menor reparo en enfrentarse a la autoridad y en desafiar las leyes cuando éstas chocan con su propia concepción de la justicia y de la libertad. En su primera salida, se enfrenta al rico Juan Haldudo, un vecino del Quintanar, que está azotando a uno de sus mozos porque le pierde sus ovejas, algo a lo que, según las bárbaras costumbres de la época, tenía perfecto derecho. Pero este derecho es intolerable para el manchego, que rescata al mozo reparando así lo que cree un abuso (apenas parte, Juan Haldudo, pese a sus promesas en contrario, vuelve a azotar a Andrés hasta dejarlo moribundo), (I,4). Como en éste, la novela está llena de episodios donde la visión individualista y libérrima de la justicia lleva al temerario hidalgo a desacatar los poderes, las leyes y los usos establecidos, en nombre de lo que es para él un imperativo moral superior.</p><p>La aventura donde Don Quijote lleva su espíritu libertario a un extremo poco menos que suicida —delatando que su idea de la libertad anticipa también algunos aspectos de la de los pensadores anarquistas de dos siglos más tarde— es una de las más célebres de la novela: la liberación de los doce delincuentes, entre ellos el siniestro Ginés de Pasamonte, el futuro maese Pedro, que fuerza el Ingenioso Hidalgo, pese a estar perfectamente consciente, por boca de ellos mismos, que se trata de rufiancillos condenados por sus fechorías a ir a remar a las galeras del rey. Las razones que aduce para su abierto desafío a la autoridad —“no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres”— disimulan apenas, en su vaguedad, las verdaderas motivaciones que transpiran de una conducta que, en este tema, es de una gran coherencia a lo largo de toda la novela: su desmedido amor a la libertad, que él, si hay que elegir, antepone incluso a la justicia, y su profundo recelo de la autoridad, que, para él, no es garantía de lo que llama de manera ambigua “la justicia distributiva”, expresión en la que hay que entrever un anhelo igualitarista que contrapesa por momentos su ideal libertario.</p><p>En este episodio, como para que no quede la menor duda de lo insumiso y libre que es su pensamiento, el Quijote hace un elogio del “oficio del alcahuete”, “oficio de discretos y necesarísimo en la república bien ordenada”, indignado de que se haya condenado a galeras por ejercerlo a un viejo que, a su juicio, por practicar la tercería debería más bien haber sido enviado “a mandallas y a ser general de ellas” (I, 22).</p><p><p>Quien se atrevía a rebelarse de manera tan manifiesta contra la corrección política y moral imperante era un “loco” <em>sui generis</em>, que no sólo cuando hablaba de las novelas de caballerías decía y hacía cosas que cuestionaban las raíces de la sociedad en que vivía.</p></p><p>¿Cuál es la imagen de España que se levanta de las páginas de la novela cervantina? La de un mundo vasto y diverso, sin fronteras geográficas, constituido por un archipiélago de comunidades, aldeas y pueblos, a los que los personajes dan el nombre de “patrias”.</p><p>Es una imagen muy semejante a aquella que las novelas de caballerías trazan de los imperios o reinos donde suceden, ese género que supuestamente Cervantes quiso ridiculizar con Don Quijote de la Mancha (más bien, le rindió un soberbio homenaje y una de sus grandes proezas literarias consistió en actualizarlo, rescatando de él, mediante el juego y el humor, todo lo que en la narrativa caballeresca podía sobrevivir y aclimatarse a los valores sociales y artísticos de una época, el siglo XVII, muy distinta de aquella en la que había nacido).</p><p>A lo largo de sus tres salidas, el Quijote recorre la Mancha y parte de Aragón y Cataluña, pero, por la procedencia de muchos personajes y referencias a lugares y cosas en el curso de la narración y de los diálogos, España aparece como un espacio mucho más vasto, cohesionado en su diversidad geográfica y cultural y de unas inciertas fronteras que parecen definirse en función no de territorios y demarcaciones administrativas, sino religiosas: España termina en aquellos límites vagos, y concretamente marinos, donde comienzan los dominios del moro, el enemigo religioso. Pero, al mismo tiempo que España es el contexto y horizonte plural e insoslayable de la relativamente pequeña geografía que recorren Don Quijote y Sancho Panza, lo que resalta y se exhibe con gran color y simpatía es la “patria”, ese espacio concreto y humano, que la memoria puede abarcar, un paisaje, unas gentes, unos usos y costumbres que el hombre y la mujer conservan en sus recuerdos como un patrimonio personal y que son sus mejores credenciales. Los personajes de la novela viajan por el mundo, se podría decir, con sus pueblos y aldeas a cuestas.</p><p>Se presentan dando esa referencia sobre ellos mismos, su “patria”, y todos recuerdan esas pequeñas comunidades donde han dejado amores, amigos, familias, viviendas y animales, con irreprimible nostalgia. Cuando, al cabo del tercer viaje, después de tantas aventuras, Sancho Panza divisa su aldea, cae de rodillas, conmovido, y exclama: “Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve Sancho Panza tu hijo...”, (II, 72).</p><p>Como, con el paso del tiempo, esta idea de “patria” iría desmaterializándose y acercándose cada vez más a la idea de nación (que sólo nace en el siglo XIX) hasta confundirse con ella, conviene precisar que las “patrias” del Quijote no tienen nada que ver, y son más bien írritas, a ese concepto abstracto, general, esquemático y esencialmente político, que es el de nación y que está en la raíz de todos los nacionalismos, una ideología colectivista que pretende definir a los individuos por su pertenencia a un conglomerado humano al que ciertos rasgos característicos —la raza, la lengua, la religión— habrían impuesto una personalidad específica y diferenciable de las otras.</p><p>Esta concepción está en las antípodas del individualismo exaltado del que hace gala Don Quijote y quienes lo acompañan en la novela de Cervantes, un mundo en el que el “patriotismo” es un sentimiento generoso y positivo, de amor al terruño y a los suyos, a la memoria y al pasado familiar, y no una manera de diferenciarse, excluirse y elevar fronteras contra los “otros”.</p><p>La España del Quijote no tiene fronteras y es un mundo plural y abigarrado, de incontables patrias, que se abre al mundo de afuera y se confunde con él a la vez que abre sus puertas a los que vienen a ella de otros lares, siempre y cuando lo hagan en son de paz, y salven de algún modo el escollo (insuperable para la mentalidad contrarreformista de la época) de la religión (es decir, convirtiéndose al cristianismo).</p>]]></content:encoded></item><item><title>Elogio de un reaccionario</title><link>https://www.prensa.com/impresa/opinion/elogio-de-un-reaccionario/</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/opinion/elogio-de-un-reaccionario/</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa</dc:creator><pubDate>Sun, 19 Jan 2020 05:00:00 +0000</pubDate><description>Sir Roger Scruton, que acaba de morir liquidado por un cáncer sobrellevado con entereza, había nacido en 1944, y se convirtió en un conservador, según confesión propia, durante los disturbios callejeros de mayo de 1968, en París, cuando vio a los niñitos bien -grandes protagonistas de aquella caricatura de revolución- apedreando a los policías, abriendo barricadas en el barrio latino y proclamando a los cuatro vientos: “¡Queremos lo imposible!”. </description><content:encoded><![CDATA[<p>Sir Roger Scruton, que acaba de morir liquidado por un cáncer sobrellevado con entereza, había nacido en 1944, y se convirtió en un conservador, según confesión propia, durante los disturbios callejeros de mayo de 1968, en París, cuando vio a los niñitos bien -grandes protagonistas de aquella caricatura de revolución- apedreando a los policías, abriendo barricadas en el barrio latino y proclamando a los cuatro vientos: <i>“¡Queremos lo imposible!”. </i></p><p>Fue una de las personas más cultas que he conocido. Podía hablar de música, literatura, arqueología, vino, filosofía, Grecia y Roma o la<b> Biblia</b> y mil temas más, como un especialista, sin serlo en nada, pues, en verdad, era un humanista al estilo de los clásicos, y defendía en panfletos, artículos y libros -era una delicia leerlos-, un mundo absolutamente irreal que probablemente nunca existió, salvo en su imaginación y en los ensayos de algunos pocos soñadores como él. </p><p><i>“¿No te das cuenta de que esa Inglaterra que defiendes con tanto talento no existió nunca, salvo en tu fantasía?”</i>, le dije alguna vez. “<i>¿Que los dueños de los castillos y los caballos pura sangre son ahora unos parvenus millonarios y casi analfabetos que sólo hablan de whisky y de negocios? ¿Y que la caza del zorro, que promueves con ardor épico, está ya muerta y enterrada?” </i>Él no me tomaba nunca en serio, yo le parecía un subdesarrollado más, pero me escuchaba con resignación. Y disimulaba su impaciencia, porque era un hombre muy bien educado, sobre todo cuando delante de él me atrevía a defender las políticas de la señora Thatcher, con las que él discrepaba pues le parecían demasiado progresistas.</p><p>Era odiado universalmente por los intelectuales de su generación, lo que no dejaba de halagarle, pues, pese a ser un dinamitero cultural que daba siempre en el blanco, no carecía de coquetería burguesa. Con su gran melena pelirroja, que el tiempo fue blanqueando, y su aristocrático descuido en el vestir, estaba siempre leyendo y escribiendo sobre temas de actualidad. Entre libro y libro, se daba tiempo para montar briosos caballos y matar unos cuantos zorros. No tenía la paciencia de escribir aquellos profundos tratados que demoran años, a la manera de su lejano maestro, Edmund Burke, el gran debelador de la revolución francesa, porque vivía y actuaba en el presente: era lo que le apasionaba. Sobre las ocurrencias cotidianas opinaba sin tregua, con inmensa sabiduría, citas prodigiosas y argumentos a menudo tan reaccionarios que aterrorizaban a los pocos conservadores que existen todavía (incluso en Inglaterra). Fue ennoblecido por la corona británica en 2016, lo que, por supuesto, le halagó.</p><p>Yo estuve abonado a la revista que dirigía, <b>The Salisbury Review</b>, durante unos meses, hasta que me di de baja cuando descubrí que sólo leía en ella sus editoriales, siempre espléndidos, aunque totalmente incompatibles con la realidad política y social de nuestros días y, probablemente, también con la de siempre. Nadie como sir Roger Scruton para ilustrar aquella gran distancia que, según Frederick von Hayek, separa a un liberal de un conservador. Pero había en él una decencia básica, una indignación perfectamente justificada contra las grandes imposturas patentadas por la izquierda demagógica de nuestro tiempo, una inteligencia que desmenuzaba con acidez las modas ideológicas y las estupideces políticas, y era, en este sentido, un intelectual imprescindible, sobre todo teniendo en cuenta que nadie lo reemplazará. </p><p>No estaba contra el progreso en absoluto, a condición de que no se considerara progreso lo que proponían los marxistas o lo que defendemos los liberales. Pero nadie ha explicado mejor que él la importancia de las óperas, por ejemplo, incluso las más enrevesadas –digamos las de un Wagner- o de las obras maestras literarias, o de los grandes sistemas filosóficos, para entender el presente, actuar de manera responsable y dar un sentido a nuestra vida. Y seguramente ningún periodista ha encontrado una manera más sutil y pertinente de sacar enseñanzas morales y políticas de largo alcance analizando un hecho cotidiano ni defendido la cultura como una guía, en este desordenado mundo en que vivimos, para entenderlo y orientarnos en él.</p><p>La Inglaterra que él defendía era un mundo de formas y principios inmutables, en el que la religión y las leyes habían traído un progreso que no desaparecía a las clases, ni las igualaba, pero a todas les aseguraba la justicia y el orden. Una sociedad donde el privilegio implicaba una obligación moral de servicio público y donde la cultura –las artes, los libros, las ideas, los ritos, las acciones militares- eran el espejo de la vida, la única andadura que justificaba el ascenso social. Este mundo jamás existió, salvo en la fantasía de Scruton. Su modelo de político fue Enoch Powell, un conservador que conocía a los clásicos de memoria, pero que, aterrorizado con lo que creía una invasión de tercermundistas a las islas inglesas, profetizó un baño de sangre a Gran Bretaña si no ponía drástico fin a la inmigración. Nunca percibió que, detrás de los elegantes discursos de Powell, resoplaba el racismo. Y que todas las reformas que con enorme coraje llevaba a cabo la señora Thatcher tendían a hacer accesible a todo el mundo la verdadera libertad.</p><p>Era muy difícil no sentir una gran simpatía por él, aunque, como era mi caso, discrepara en lo esencial de sus ideas conservadoras. Porque había en sus tomas de posición una honestidad empecinada, algo muy distinto de los políticos de actualidad que suelen defender lo que no creen por razones de mera conveniencia y oportunidad, y han universalizado ese horrendo lenguaje político contemporáneo, hecho de lugares comunes y estereotipos, en el que las palabras disolutas han reemplazado a las ideas y valen para todo y todos, de manera que ya no sirven para nada, salvo justificar los apetitos, o disimular los pecadillos y pecadazos de funcionarios, dirigentes y teorizadores.</p><p>Que sir Roger Scruton usaba el lenguaje de otro modo, para decir lo que verdaderamente pensaba, aunque fuera insólito o, por lo menos, irreverente, nadie lo puede dudar, empezando por sus adversarios. El vocabulario político de nuestro tiempo está hecho de lugares comunes y tal vez ese abismo que percibimos entre lo que dicen los discursos de los profesionales de la política y la realidad de la vida política sea tan grande que la confusión haya hecho presa del mundo, tanto en los países desarrollados como en los subdesarrollados. ¿A quién creer si lo que oímos por doquier son generalmente mentiras, cosas obvias o flagrantes disparates en los que no creen ni sus propios voceros? En este mundo degradado por la falsedad y la tontería, Scruton era un contraste formidable. Sostenía a veces lo insostenible pero no había pizca en él, sobre todo en su manera de expresarse, de insinceridad o de mera pose, sino convicciones graníticas y una risueña elegancia en la manera de decirlo. En ese sentido sí que lo vamos a echar de menos: su partida genera alrededor nuestro un pavoroso vacío.</p><p><i>El autor es escritor y ganador del Premio Nobel de Literatura</i></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/0fEyc0EtWhUTg6upAc4E5akaJRI=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/UYGZBGSTNNHNVHGNJDJGLEAFJ4.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[Elogio de un reaccionario]]></media:description><media:credit role="author" scheme="urn:ebu"><![CDATA[]]></media:credit></media:content></item><item><title>La BBC en la picota</title><link>https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/BBC-picota_0_1129387106.html</link><guid isPermaLink="true">https://www.prensa.com/impresa/mas_de_la_prensa/BBC-picota_0_1129387106.html</guid><dc:creator>Mario Vargas Llosa | mosaico@prensa.com</dc:creator><pubDate>Sat, 18 Jan 2020 05:04:48 +0000</pubDate><description>En Gran Bretaña no suele ocurrir así por dos razones. La primera, porque quienes presiden e integran estas comisiones son casi siempre personas de probada integridad, a las que el Gobierno no podría manipular aunque se lo propusiera, y, segundo, porque, aunque las nombre la autoridad, ellas gozan del respaldo de las fuerzas políticas tanto gubernamentales como de oposición y de una opinión pública que acata sus informes, convencida de que estos resultan de un trabajo serio, independiente y ejecutado con buena fe.
</description><content:encoded><![CDATA[<p>En Gran Bretaña no suele ocurrir así por dos razones. La primera, porque quienes presiden e integran estas comisiones son casi siempre personas de probada integridad, a las que el Gobierno no podría manipular aunque se lo propusiera, y, segundo, porque, aunque las nombre la autoridad, ellas gozan del respaldo de las fuerzas políticas tanto gubernamentales como de oposición y de una opinión pública que acata sus informes, convencida de que estos resultan de un trabajo serio, independiente y ejecutado con buena fe.</p><p><p>Esta pequeña reflexión viene en relación con el fallo del juez lord Hutton, nombrado por el Gobierno británico para investigar la muerte del científico David Kelly, que se suicidó el 17 de julio del año pasado tras revelarse que él había sido la fuente de una información difundida por el periodista Andrew Gilligan de la <strong> BBC </strong> que provocó la mayor crisis que ha enfrentado el gobierno de Tony Blair en lo que lleva de mandato.</p></p><img alt='El informe Hutton sobre el "caso Kelly" criticó a la cadena pública británica.' height="143" src="https://www.prensa.com/resizer/I1HlKswikFYvluBrsHBh90ZI2Q4=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/NEK4AOFDERHMBIDBND63MXRNWQ.jpg" width="200"/><img alt="LASERFOTOS REUTERS" height="200" src="https://www.prensa.com/resizer/B3-RN3hVOaIekZTJM064imH8THY=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/OXULJNJJ2NEUTARPQ6K5DLQ24U.jpg" width="193"/><p><p>El juez ha exonerado al primer ministro Blair y a sus colaboradores de interferencia y manipulación en los informes de los servicios secretos sobre el tema de las armas químicas en Irak y censurado a la <strong> BBC </strong> por haber propalado informaciones "infundadas", sin que los organismos de control y verificación de la entidad funcionaran a fin de atajar a tiempo la difusión de informaciones inexactas o dudosas, capaces de perjudicar a instituciones y personas. Las conclusiones del juez Hutton han acarreado una cadena de renuncias en la <strong> BBC </strong> , entre las que figuran las de su presidente, Gavyn Davies, el director general, el jefe de los servicios informativos y, claro está, el periodista Andrew Gilligan. Aunque muchas personas discrepan del fallo del juez Hutton, éste ha sido, pues, rigurosamente acatado.</p></p><p><p>Me apena por la <strong> BBC </strong> , una empresa que, muy posiblemente, como servicio público de comunicaciones radiales y televisivas no tenga parangón en el mundo por su independencia frente a los poderes políticos, económicos y militares, su calidad profesional y artística y su inequívoco compromiso con la cultura, pero me alegro por el modélico sistema institucional británico que, a mi juicio, sale reforzado luego de esta prueba. Dicho esto, varias consideraciones se imponen en torno a las conclusiones del juez lord Hutton para poder juzgarlas con conocimiento de causa y a cabalidad.</p></p><p>La investigación, que duró cuatro meses, se llevó a cabo con una transparencia infrecuente, sobre todo cuando los servicios secretos y material reservado de inteligencia salen a relucir. Las sesiones en las que las 70 personas llamadas a declarar dieron su testimonio fueron públicas y buena parte de ellas televisadas. También la profusa documentación revisada se puso a disposición del público, a través del internet.</p><p>La enorme simpatía que había despertado el trágico caso del doctor David Kelly -un científico de muy alto nivel y hombre bien intencionado aunque ingenuo- no fue obstáculo para que, a la luz de los testimonios y documentos cotejados, se hiciera evidente que aquél se había excedido en sus iniciativas, convirtiéndose en informante de la prensa pese a que sus funciones en el Estado lo obligaban al más estricto secreto profesional, y, sobre todo, haciendo declaraciones contradictorias cuando se vio abrumado por el escándalo. Pero, sin duda, lo más importante que se hizo evidente a través de aquella minuciosa investigación del juez Hutton es que el gobierno de Tony Blair utilizó, sí, para justificar su decisión de intervenir en Irak, unos informes de los servicios secretos, pero sin desnaturalizar ni "embellecer" su contenido, como alegaba la oposición. Esta conclusión ha salvado a un Gobierno al que muchos veían ya en caída libre, en un país en el que, no lo olvidemos, una gran mayoría de la opinión pública ha sido y sigue siendo contraria a la intervención armada en Irak. Pero para el ciudadano británico promedio todavía el fair play (el juego limpio) sigue siendo más importante que una victoria contra el adversario político.</p><p><p>Cuando uno examina en detalle las "distorsiones" de las que se ha hecho responsable el periodista Andrew Gilligam respecto de las declaraciones que le formuló el doctor Kelly y por las que lord Hutton ha censurado con tanta dureza a la <strong> BBC </strong> , tiene ganas de reírse. Aquí, en el Perú, donde paso unos meses, me atrevería a decir que no hay un solo órgano de radio, diarios y televisión que -sin siquiera darse cuenta de que lo hace en la mayoría de los casos- no coloree, oriente y aproveche cada día las informaciones de que da cuenta de manera infinitamente más subjetiva y partidista que lo hizo en sus programas el periodista inglés. Y sin embargo a nadie sorprende ni escandaliza porque "informar" se ha convertido en el Perú -se diría que hay un consenso general al respecto- en otra manera de librar las batallas políticas y de desacreditar y pulverizar a los adversarios. Me atrevo a pensar que en buena parte de América Latina y del mundo esa degradación de la objetividad periodística es un hecho consumado y acaso irreversible.</p></p><p>¿No ocurre nada parecido en Gran Bretaña? Este país tiene, recordemos, un periodismo amarillo que goza de una gigantesca popularidad y que se las arregla cada día para ofrecer a las hordas de lectores un nuevo escándalo que hunde una reputación y sumerge en el fango de la chismografía, la frivolidad y el voyeurismo más ruines a artistas, empresarios, políticos, funcionarios, etcétera. ¿Cómo se compaginan ambas cosas? Se compaginan porque, junto a ese muladar periodístico que vive de la maledicencia, el morbo, la suciedad, en el Reino Unido hay todavía, por fortuna, unos órganos de prensa -minoritarios, eso sí- que mantienen los más elevados niveles de responsabilidad ética y profesionalismo.</p><p><p>La <strong> BBC </strong> está entre ellos. Es difícil para quien no haya escuchado sus noticias y visto sus programas a lo largo de años hacerse una idea exacta de lo que quiero decir. Y la razón es muy simple: en todas partes, los servicios de comunicaciones públicos aunque en teoría pertenecen al Estado y están por lo tanto al servicio de toda la sociedad, en la práctica expresan y defienden los puntos de vista del Gobierno de turno. Lo que los diferencia a unos de otros son las precauciones y técnicas de que se valen para funcionar así guardando las apariencias de la independencia y la objetividad informativa.</p></p><p><p>La <strong> BBC </strong> no. Ha sido siempre una entidad que ha defendido celosamente su independencia de todos los poderes y manifestado en sus opiniones y puntos de vista el pluralismo de la sociedad británica. Sus esfuerzos por establecer una clara demarcación entre información y opinión han sentado un patrón que han tratado de imitar -sin mucho éxito la mayor parte de las veces- las radios y televisiones públicas del resto del mundo. Y eso le ha dado un prestigio ante la opinión pública que le ha garantizado esa independencia que los gobiernos difícilmente se hubieran atrevido a violentar, pues sabían que ello hubiera tenido para sus dirigentes nefastas consecuencias ante el electorado. Esta independencia le ha permitido, por otra parte, contar con el concurso de los mejores talentos -artistas, escritores, productores, cineastas, técnicos- que no vacilaban en colaborar con un ente público sabiendo que su trabajo no sería políticamente utilizado.</p></p><p><p>Siempre recuerdo un episodio que ocurrió con la <strong> BBC </strong> durante la guerra de las Malvinas, período que yo pasé en Inglaterra. Los informativos de la <strong> BBC </strong> , que yo veía mañana y tarde, informaban con lujo de detalles sobre la evolución del conflicto en sus vertientes política y militar, llevando el empeño de imparcialidad al extremo de dedicar el mismo tiempo de pantalla a los discursos de la primera ministra Margaret Thatcher que a los del general Galtieri.</p></p><p><p>Esta simetría provocó una airada reacción de parlamentarios conservadores y laboristas, que, señalando que se trataba de una guerra en la que estaban muriendo soldados y marinos británicos, reclamaron a la <strong> BBC </strong> una actitud más patriótica. Se exigió que el presidente de la entidad diera explicaciones a la opinión pública por ese intolerable proceder periodístico. El presidente de la BBC apareció, venido como de otro siglo -estoy seguro que llevaba un monóculo-, y explicó que, antes de dar a conocer su parecer, revisaría personalmente las informaciones cuestionadas. Se encerró no se cuántos días a visionar los noticiarios sobre la guerra. Emergió al fin, en una conferencia de prensa que fue breve y definitiva. El presidente felicitó a "sus" periodistas por el excelente trabajo realizado y los exhortó a seguir manteniendo esa línea de objetividad informativa, sin dejarse intimidar por chantajes patrioteros. Fin del asunto.</p></p><p><p>El fallo de lord Hutton y el descalabro que ha causado en los servicios de informaciones de la <strong> BBC </strong> hay que leerlo contra el telón de fondo de casos como el que he recordado. Es bueno que se exija a una institución que pertenece a todos los británicos, pues todos ellos la pagan, y en la que todos los ciudadanos tienen depositada su confianza, unas normas de conducta ética y profesional irreprochables.</p></p><p><p><strong>Además en mosaico</strong></p></p>]]></content:encoded><media:content type="image/jpeg" url="https://www.prensa.com/resizer/B3-RN3hVOaIekZTJM064imH8THY=/arc-anglerfish-arc2-prod-corprensa.s3.amazonaws.com/public/OXULJNJJ2NEUTARPQ6K5DLQ24U.jpg"><media:description type="plain"><![CDATA[LASERFOTOS REUTERS]]></media:description></media:content></item></channel></rss>