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07 jul Panamá, los panameños y el Mundial

Mientras escribo estas líneas, la fase de eliminación directa de Brasil 2014 continúa su marcha inexorable hacia esa gran final de la que saldrá el nuevo campeón del mundo. Hasta ese día, tendremos la oportunidad de vivir casi a diario momentos dramáticos –y hasta históricos— que no se repetirán hasta dentro de cuatro años.

Como ya escribí en un Periscopio anterior, la incomparable mística de la Copa del Mundo está construida sobre dos pilares fundamentales. En primer lugar está la popularidad del fútbol mismo, un juego que gradualmente –aunque falta mucho por hacer en países como India (1,200 millones de habitantes), China (1,300 millones), Pakistán (186 millones) o Indonesia (240 millones)— se está convirtiendo, junto al idioma inglés, en la lingua franca de nuestro planeta.

El segundo pilar es mucho más sencillo: en el fondo, la Copa del Mundo no es más que una celebración de la idea de nación. Este pilar es, también, infinitamente más poderoso. En última instancia, el Mundial es lo que es no por la belleza del fútbol sino porque –al igual que los Juegos Olímpicos, el único evento deportivo que se le puede comparar en cuanto a trascendencia global— provee la oportunidad de ver enfrentamientos directos entre naciones, el conjunto de construcciones ideológicas –y generalmente políticas— con las que se identifica la mayor parte de la humanidad.

Al combinar estos pilares, el Mundial expone el eterno dilema que define al ser humano: lo local vs lo global, lo propio vs lo foráneo, lo heredado vs lo adquirido. Sin lo global –que, inevitablemente, significa imperialismo— no existiría el primer pilar, el fútbol como base común sobre la que enfrentarnos. El deporte rey, recordemos, no es un regalo del cielo sino un producto del Imperio Británico. (Igual que el idioma inglés.)

Sin lo local, por otro lado, esos enfrentamientos no tendrían tanta gracia. Quitando la pura pasión por el deporte, la trascendencia del fútbol de selecciones reside en la idea de que los 22 muchachos que corren por la cancha –muchos de ellos millonarios con los que el 99.99% de los espectadores no tiene nada en común— representan a un grupo de personas con un pasado común y un destino compartido: representan a una nación. La nación –expresión política del amor por lo propio— nos da un conjunto de valores, características y mitos –principalmente territoriales, históricos y lingüísticos, pero también étnicos, religiosos y culturales— que nos distinguen de los demás. La nación nos define, y a pesar de todos los esfuerzos por debilitarla –desde la Unión Europea hasta el 'califato' recién declarado en Irak y Siria—, su resiliencia evidencia un profundísimo arraigo en la naturaleza humana. Al permitir enfrentamientos entre equipos nacionales en un contexto civilizado –léase no letal— y sobre una base universal –el juego del fútbol y sus reglas—, el Mundial le da al nacionalismo, una fuerza tan destructiva como indestructible, el marco de expresión más aceptable e inofensivo que hemos podido inventar. He ahí su grandeza.

Dado que nunca hemos participado en uno, los panameños siempre hemos vivido los Mundiales abrazados al primer pilar. Salvando los casos de doble nacionalidad, nuestras simpatías para con los participantes se basan en criterios parcial o totalmente arbitrarios: predilección por tal o cual jugador, periodos de residencia o estudio en tal o cual país, orígenes familiares lejanos o –quizá el preferido por estas tierras— triunfos pasados o presentes. El poder y la victoria son, al fin y al cabo, quizá los más grandes afrodisíacos. En Panamá lo sabemos mejor que nadie, y no solo en lo futbolístico.

La clara inclinación de nuestra sociedad hacia el aspecto más globalizado del Mundial no solo tiene que ver con nuestra ausencia de participaciones sino con nuestro propio sentido de nacionalidad. El panameño suele identificarse futbolísticamente con Brasil, Argentina, Alemania o Italia, países con los que Panamá no guarda ninguna relación significativa –histórica, política, ideológica o cultural— pero que, no por casualidad, son los que más triunfos acumulan en la historia del campeonato. Asimismo, muchas personas no dudan en jurar su odio a México por toda clase de motivos mientras apoyan a Estados Unidos, país que –solo por mencionar algo— hace 25 años invadió Panamá y mató a miles de nuestros compatriotas. Estos ejemplos son parte de un patrón claramente identificable: en el fondo, la manera como los panameños nos relacionamos con el fútbol de selecciones es un reflejo de la manera como nos relacionamos con el resto del mundo: con una mezcla de ambigüedad y arbitrariedad cuyas raíces se encuentran más en la falta de cultura e identidad nacional que en el supuesto cosmopolitanismo que proclama nuestro escudo de armas.

Naturalmente, no existe una manera mejor o peor de vivir un acontecimiento global como la Copa del Mundo. Precisamente porque todo nos da igual, es probable que pocos pueblos disfruten más del Mundial sin participar en él que nosotros. Aún así, nuestra manera de entender el gran torneo tiene como consecuencia la supresión de su contexto geopolítico, algo que nos impide ver algunas de sus dimensiones más fascinantes. El 4 de julio, por ejemplo, Francia y Alemania se enfrentaron por un puesto en las semifinales. La batalla que libraron sobre el cesped del Maracaná de Rio de Janeiro, y que concluyó con victoria alemana por 1-0, fue la última iteración de una relación –más conflictiva que pacífica— que ha definido los últimos siglos de la historia europea (y mundial). Para llegar allí, Alemania tuvo que eliminar a Argelia, acabando con la posibilidad de un enfrentamiento épico. Pocos partidos de fútbol podrían tener más significado que un Francia-Argelia, dos países que hace 52 años libraron una guerra –por la independencia argelina— que dejó hasta medio millón de muertos y que marcó sus relaciones hasta el día de hoy. De hecho, gran parte de los jugadores de la selección argelina nacieron en Francia (16 de 23), y algunos de los mejores jugadores del pasado y el presente galo –de Karim Benzema a Zinedine Zidane— son hijos de inmigrantes argelinos, por lo que pudieron haber jugado para cualquiera de los dos países.

Se mire por donde se mire, en el Mundial vive la historia del mundo. El 1 de julio, Argentina tuvo que sudar tinta para eliminar a Suiza, un equipo cuya principal estrella –un muchachito de 23 años llamado Xherdan Shaqiri— es hijo de padres albano-kosovares. La participación de Shaqiri con Suiza, en otras palabras, es producto de las guerras yugoslavas. Lo mismo sucede con el jovencísimo jugador belga Adnan Januzaj, cuyos padres –también albano-kosovares— huyeron a Bruselas en 1992. Sus historias recuerdan que una vez existió un país llamado Yugoslavia, compuesto por seis repúblicas de las cuales solo una, Macedonia, aún no ha podido clasificarse a un Mundial luego de la disolución. Asimismo, existieron países como la Unión Soviética o Checoslovaquia, en donde jugadores pertenecientes a naciones distintas –y muchas veces antagónicas— formaban parte de los mismos equipos. Esa contradicción –cuando las líneas de nación y Estado no coinciden— sobrevive, al día de hoy, en equipos como España –donde la selección no juega partidos en Cataluña o el País Vasco— o Bélgica.

Hablando de Estados, naciones e historia, es muy posible que los belgas –casualmente la última víctima del equipo albiceleste— tengan el equipo más fascinante de todo el Mundial. A su naturaleza binacional –Bélgica es, después de todo, un colchón territorial entre Francia, Holanda y Alemania— se le agrega una generación –futbolísticamente exquisita— de jóvenes de variopintos orígenes. Sin siquiera contar la falla tectónica entre flamencos y valones, entre los 23 jugadores del equipo hay sangre marroquí (Nacer Chadli y Marouane Fellaini), congolesa (Vincent Kompany y Romelu Lukaku), maliense (Moussa Dembélé), albano-kosovar (Adnan Januzaj), keniana (Divock Origi), española (Kevin Mirallas) y martiniqueña (Axel Witsel).

El rompecabezas étnico del equipo belga se ve replicado en equipos como Francia, Alemania, Italia y Estados Unidos, en donde el origen de muchos de sus jugadores –a veces auténticas estrellas como Karim Benzema (Argelia), Raphael Varane (Martinica), Paul Pogba (Guinea), Mesut Özil (Turquía), Sami Khedira (Túnez), Mario Balotelli (Ghana) o Jozy Altidore (Haití)— se encuentra en el extranjero, muchas veces en excolonias a las que los países que hoy representan han saqueado y destruido. Sea como sea, en la gran mayoría de los casos han sido factores geopolíticos –desde el colonialismo hasta las guerras civiles, pasando por el simple deseo de emigrar— los responsables de que esos jóvenes hoy vistan camisetas distintas a las que hubieran vestido sus padres de haber tenido la oportunidad –o el talento, o la suerte— de ser futbolistas profesionales.

Todo esto, a su vez, es parte del panorama histórico de cada país. Al ver a sus representantes en la cancha, cada nación rememora sus victorias y derrotas en otros campos de batalla. Para el mexicano, cada triunfo de su selección ayuda a aliviar la vergüenza de haber perdido hasta el 40% de su territorio a manos de los estadounidenses y a aumentar el orgullo de ser un gigante de más de 100 millones de personas que, cuando mira al sur, solo ve vecinos geopolíticamente enanos. Para los estadounidenses, cada victoria reafirma la convicción del destino manifiesto, la nación indispensable que el mundo envidia, el can do nation que es invencible cuando se propone algo. En Europa occidental, el fútbol ha venido a reemplazar a las guerras que por siglos destruyeron al continente y al mundo, convirtiéndose también en una manera de mantener el orgullo –ahora multirracial, aunque a regañadientes— de quien conquistó el planeta y ahora se ve resignado a la irrelevancia. Existe una línea –invisible pero real— que conecta las trincheras de la Primera Guerra Mundial con el césped carioca donde galos y germanos se enfrentaron por enésima vez.

En África y América Latina, el balompié representa mucho más que eso. Es una autopista de movilidad social, un escape de una realidad asfixiante y, sobre todo, una fuente de reivindicación nacional, tanto entre vecinos como ante el “primer mundo”. En el Magreb, por ejemplo, no hay nada más apasionante que ver un Marruecos-Argelia, dos hermanos enfrentados por el tema del Sáhara Occidental. En países como Argentina, Uruguay, Brasil o Chile, el fútbol es una religión porque su popularización coincidió con el proceso de formación de sus identidades nacionales. En otros países de nuestra región, el fútbol representa una salida a angustias sociales e históricas, desde conflictos regionales –la Guerra del Pacífico o la de la Triple Alianza— o internacionales –Guerra de las Malvinas— hasta guerras civiles –Colombia, Guatemala o El Salvador—, pasando por asfixiantes y sanguinarias dictaduras. En todos los casos, sin embargo, parece haber una relación directamente proporcional entre el sentido de nación –basado en la geografía y la historia y, por ende, en conflictos internos y externos— y la trascendencia de lo futbolístico para una sociedad.

Y eso, finalmente, nos lleva a Panamá. Para nosotros, ¿qué significa el fútbol? La pregunta es imposible de responder porque, para hacerlo, debemos encontrar la respuesta a otra más simple pero más profunda: ¿qué significa Panamá? Para un país que no sabe qué significa su nombre –un Estado sin nación—, eventos como el Mundial estarán siempre más basados en el appeal del deporte que en el concepto de nación y sus consecuencias. La ambigüedad y arbitrariedad con la que entendemos el fútbol de selecciones refleja, muy en el fondo, nuestro frágil sentido nacional. Y mientras no resolvamos esa crisis de identidad, competir seriamente con el resto del mundo no será imposible –ya estamos cada vez más cerca de alcanzar un Mundial— pero sí tendrá una capa más de dificultad.

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