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20 may ¿Por qué no somos inteligentes los panameños?

Vista de las ruinas de Panamá Viejo. Vista de las ruinas de Panamá Viejo.
Vista de las ruinas de Panamá Viejo. LA PRENSA/Gabriel Rodríguez

No me refiero a la capacidad intelectual o al conjunto de habilidades y destrezas que tienen los portadores de cédulas o pasaportes de Panamá. Por el contrario. Considero, en términos generales, que los panameños somos sumamente creativos e innovadores, y que a pesar de esto nuestra sociedad no marcha en la dirección correcta ni con las mejores perspectivas de brindarnos un futuro mejor a la gran mayoría de quienes vivimos aquí.

Hace 26 años, escribí una reflexión con el mismo título en las páginas del diario La Prensa. Apenas habían transcurrido tres meses de la invasión estadounidense del 20 de diciembre de 1989 y ya eran demasiado evidentes los errores, los vicios y malos hábitos que, desde la administración de Guillermo Endara hasta la actualidad, nos hace reconocer que los panameños no olvidamos nada de las malas prácticas de los gobiernos anteriores a 1968, ni aprendimos nada del resultado de la dictadura ocurrida de 1968 hasta 1989.

El nacionalismo fue convertido en un vicio social incómodo y hasta ridículo. Aunque se demostró con creces que de soberanía sí se puede comer - y muy bien-, se nos olvidaron las luchas sociales y los esfuerzos de muchas generaciones para construir un país. Estas deficiencias, que marcan a la sociedad panameña, demuestran que tenemos poca inteligencia social, que es aquella que sirve para construir un proyecto común fundamentado en la cohesión y solidaridad de todos los grupos humanos en este país. En otras palabras, con poca inteligencia social no se puede contar con el capital social que alimente el desarrollo humano sostenible en el istmo.

Lo contrario de la inteligencia social es el “juega vivo”. La inteligencia social se basa en la construcción de relaciones de largo plazo, y se requiere de mucha confianza para que una relación funcione por mucho tiempo. El “juega vivo” implica acciones de muy corto plazo.

Desde el marido que le es infiel a su esposa, hasta el político que recibe una donación millonaria para su campaña presidencial a cambio de jugosos contratos futuros, todos "juegan vivo". Lo que es racional y sumamente rentable a corto plazo impide la creación de instituciones, y sabotea la formación de una cultura de respeto a la Ley y al interés público.

¿De dónde vino el “juega vivo”?

La cultura social panameña es heredera de tres instituciones clasistas, racistas y concentradoras de riquezas: la encomienda española, la trata europea de esclavos africanos y el enclave privado y público de las empresas privadas estadounidenses. Cada una de estas instituciones desbarató el tejido social y creó incentivos perversos que castigaban el trabajo y el esfuerzo.

Imaginemos que uno fuera un indígena en una encomienda española. No importa la calidad del trabajo realizado o las horas dedicadas al esfuerzo productivo, la vida no tenía sentido y era totalmente arbitraria. En el caso de las mujeres, las violaciones sexuales y el abuso psicológico eran el componente principal de una vida cotidiana que carecía de esperanzas de un futuro mejor.

El rol que Panamá ocupó en la trata europea de esclavos africanos fue sumamente importante. Aunque sigue sin contabilizarse adecuadamente, seguramente millones de hombres y mujeres negros provenientes del África llegaron a Portobelo entre el siglo XVI y finales del siglo XVIII para ser comerciados por toda la colonia española. Si América Latina exportaba oro y plata hacia Europa, importaba millones de seres humanos desde África. Al igual que con los pueblos indígenas y las encomiendas, la hacienda de esclavos desnaturalizó por completo las relaciones humanas, disolvió los lazos familiares y devaluó totalmente el trabajo humano. “Trabajar como negro, para vivir como blanco”, apenas revela la punta del témpano de hielo del profundo racismo que subyace en la sociedad panameña.

La guinda del pastel lo constituyeron las economías de enclave del ferrocarril, las bananeras, el Canal de Panamá y las plantaciones caucheras en Darién. Todos estos modelos de enclave modernizaron las actitudes racistas y clasistas existentes en Panamá. Mientras los enclaves agropecuarios, tenían ciclos regulares de producción de trabajo, los enclaves transitistas abundaban en el trabajo ocasional y se aprovechaban de actividades clandestinas y de distintas formas de contrabando. Las familias notables que vendían opio a los chinos a mediados del siglo XIX, tienen su contraparte moderna en las que lavan dinero o facilitan vehículos "offshore" en el siglo XXI.

La enorme prosperidad de Colón - que la llevó a transformarse de una ciudad portuaria llena de bares y prostíbulos en la tacita de oro-, se debió a la gran estabilidad laboral que producía la Zona del Canal. La constante oferta de trabajo ocasional, conocido en Panamá como el “camarón” se repitió también en Río Hato y Veracruz. Esto creó una cultura de rechazo a la educación, privilegiando el despilfarro, el consumismo y el alcoholismo, por ejemplo. Era muy fácil que un estibador o un jardinero de alguna instalación militar se hiciera en un día de trabajo mucho más dinero que el que sus compatriotas educados podían obtener en un mes como asalariados. El cierre de las bases militares y el cambio de la tecnología de manejo de la carga marítima, (que pasó de cajas y sacos hacia contenedores) acabó con el trabajo ocasional.

Lo que la encomienda, la trata de esclavos y los enclaves le hicieron al trabajo palidece con el daño que le causaron a las relaciones humanas. Desde distintos ángulos, se prostituyó el alma y el cuerpo de los panameños. Todo esto sumado, dificulta la formación de familias y la construcción de una sociedad verdaderamente próspera y desarrollada.

El “juega vivo” surge porque había desconfianza, porque no existían las instituciones favorables a la consolidación de las familias, y porque es relativamente fácil y, sobre todo culturalmente aceptado, vivir del esfuerzo de los demás. “Estar en la papa”, ser una “botella”, o tener un “manzanillo” son conceptos que reflejan a la perfección la cultura del “juega vivo”. A la falta de la certeza del castigo es más fácil robar que trabajar. Ese es el premio de la impunidad.

La cultura que está detrás del “juega vivo” es el ancla que nos mantendrá en el subdesarrollo, en el cual tendremos que correr más rápido para mantenernos, sin avanzar, en el mismo lugar. La historia de tres siglos y medio de encomiendas y esclavitud más 150 años de enclaves no se borra tan fácilmente. Para superar ese legado, lo primero que hay que hacer es reconocer que tenemos un gran problema y que debemos enfrentarlo.

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