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12 oct El llanto del triunfo y la celebración de la soledad

La victoria tiene muchos padres, así como la derrota es siempre huérfana. La victoria tiene muchos padres, así como la derrota es siempre huérfana.
La victoria tiene muchos padres, así como la derrota es siempre huérfana. LA PRENSA/Gabriel Rodríguez

La noche del martes 10 de octubre fuimos testigos presenciales de las lágrimas de decenas de varones, jugadores, narradores deportivos y público en general.

El llanto y las palabras de amor fraternal eran aceptables en un país inseguro de su masculinidad. Después de muchos años, la sesión de llanto colectivo hizo catarsis. Los panameños no habíamos llorado nuestros muertos y desaparecidos. Tampoco habíamos liberado lágrimas en público por todos los peculados, por la falta de agua, por las agresiones ambientales, por el precio de la canasta básica, por la inseguridad ciudadana y por tantos otros motivos públicos y privados.

Las lágrimas del martes condujeron a la felicidad de cientos de miles en las avenidas, en sus hogares, o en cualquier otro sitio. Los niños ejercieron su derecho a correr por las calles del Casco Antiguo, y a jugar en las veredas de San Isidro. Esos niños soñaron con héroes de carne y hueso. Sus ídolos no eran Supermán o el Hombre Araña. Todos querían ser Román Torres. Por una noche el deporte derrotó a las bandas y rescató a 100 mil niños de sus garras.

La victoria tiene muchos padres, así como la derrota es siempre huérfana. El resultado del martes, con todo y la picardía del gol fantasma (más limpio que la mano de Maradona), o las travesuras de llevarse los balones para que el juego no siguiera, y la obra de teatro de la mujer que se desmayaba en plena cancha, es una parte del anecdotario panameño. Ese mundial es el resultado de periodistas como Edmundo Vargas, Jesé Beck, Efigenio Tapia, Dino Cardellicchio, Álvaro Sarmiento Meneses, y por supuesto David Samudio y Roberto Rivera, que infatigablemente, por décadas, nos enseñaron a ver y a escuchar el fútbol.

El pase al mundial es el legado de Cascarita Tapia, de Rommel, de Armando, de Amílcar y de tantos inolvidables que después de jugar se iban a pegar bloques o manejar taxis. Las decenas de miles de niños que a lo largo de los años han participado en el Mundial del Barrio, son un semillero de futuros campeones y de buenos ciudadanos que conocen el respeto a las reglas, el trabajo en grupo, y la perseverancia como claves del éxito.

El gol de Román Torres, en mi muy modesta opinión, lo consiguió un periodista crítico y cuestionador que con sus preguntas demostró el lado débil, indisciplinado y frágil de la selección. Sin el cataclismo mediático del que Alex Da Silva fue protagonista, la alineación del martes habría sido muy parecida a la del viernes pasado frente a los Estados Unidos. La presión provocada por el incidente de la semana pasada ayudó a romper esquemas y alimentar una nueva estrategia.

El otro año tenemos garantizados tres juegos en el Mundial de Rusia. No importa lo que pase, estaremos allá, mientras Holanda, Chile y Estados Unidos nos verán jugar. Ese sueño de miles de niños panameños no lo podrá robar un nefasto árbitro o un político corrupto. Esa es la verdadera causa de la celebración.

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