UN SITIO EVOCADOR. COMO ÉL, QUIZÁS NO HABRÁ MÁS.

De Las Bóvedas y aledaños

Es tanto lo que se ha escrito sobre el actual paseo de Las Bóvedas, inclusive en estas “Raíces”, que desde ahora sabemos que esta glosa tendrá muy poco de originalidad.

Pero encontramos la fotografía que ya comentamos en esta ocasión, y claro, era ineludible el continuar con el tema de su localización (no locación como ahora, no sabemos en qué idioma nos quieren acomodar). Pobre lenguaje español, algunos no se cansan de querer poderlo destruir.

Para comenzar, originalmente el nombre de Las Bóvedas no se refería al paseo, sino a los espacios cerrados, o sea cuarteles y celdas de cárceles situadas en su parte inferior. Más tarde, les daremos otra definición.

En un principio, por lo menos, el paseo de Las Bóvedas no existió; fue por Ley número 48 de 1928 cuando se les completó, antes era una especie de techo y pare de contar. Se le bautizó al principio como Paseo de Lesseps. Con posterioridad y con esa otra manía de bautizar a lugares públicos con diferentes nombres y diversas ocasiones, se le llamó Paseo General Esteban Huertas, nombre que no gozó de mayor popularidad.

Después apareció lo de Paseo de Las Bóvedas, que aún no se ha querido reemplazar. Habrá que esperar a que surja algún politiquito de esos que ni se recuerdan, para ver si le acomodan su nombre para que pase aun cuando, sin pena ni gloria, a la posteridad, si es que se le ha sabido ganar.

El conjunto de las primitivas edificaciones alrededor de la actual Plaza de Francia y de las futuras bóvedas, se comenzaron a levantar durante nuestra época colonial, entre 1679 y 1682, para mayor precisión.

Allí han estado depósitos de armamentos, cárceles, lugares de ejecución (recordemos la de Victoriano Lorenzo y otros), lugar para patinar y hacer andar a otros juguetes, parque infantil, parque de adulto, obeliscos, estatuas, 10 placas de mármol con la historia del Canal escritas por Octavio Méndez Pereira, teatros, recinto de la Asamblea, de la Corte Suprema de Justicia, restaurantes, embajadas, garitas, escaleras, mansiones particulares y ojalá que nada más.

Famosa por la importancia que muy bien más tarde se le supo dar, lo fue el acto de la inauguración de la Plaza de Francia en uno de los periodos presidenciales de Belisario Porras, cuando ese país envió hasta acá un navío que trajo entre otro personaje al conde francés de Saint Solvey, enviado especial. De todo ello, en “Raíces” y con anterioridad, ya les hemos tratado de resumir.

Y antes de que se nos olvide, hasta un pequeño observatorio astronómico creado por el capitán Alejandro Malacespie en 1790, también tuvo una efímera vida.

Además del obelisco con el gallo francés en su extremo superior, los bustos de algunos de los primitivos constructores del Canal Francés, de la placa en recuerdo del crimen a Victoriano y de la estatua a Pablo Arosemena, también allí se pueden observar.

En fin, que excusando el pequeño desorden de esta crónica, no podemos olvidar a uno de los sitios más admirados de esta capital. Espero que no nos vayan a conceder permisos para construir dizque rascacielos allí.

Textos: Harry Castro Stanziola Fotografías: Procesadas por Ricardo López Arias Comentarios: vivir@prensa.com

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