UN SITIO EVOCADOR. COMO ÉL, QUIZÁS NO HABRÁ MÁS.

De Las Bóvedas y aledaños

Revisando el libro ‘Los orígenes de la República de Panamá a través de sus postales’, del cual es autor Vicente Alberto Pascual Landa y quien muy gentilmente nos ha dado permiso para reproducir algunas de sus fotografías, resolvimos por fin, ya que la idea hacía tiempo que nos bullía en la mente: republicar esta que aparece hoy aquí en lugar prominente. Cuántos recuerdos de parte de nuestra niñez nos invaden cada vez que la contemplamos. Con la diferencia que lo nuestro en aquel lugar, que no es otro que el paseo de Las Bóvedas, tenía otros motivos, pues por nuestra edad ni nos dedicábamos tanto a la contemplación del paisaje, lo que hace la mayoría de los que hoy allí aparecen, y mucho menos al romance, para lo cual tuvimos que esperar varios años más y practicándolo en otros más lejanos lugares. De aquí también, y viendo las fotografías, extrañamos muchas cosas. El bello jarrón que aparece en el primer plano que hoy ya hubiera desaparecido o lo hubiesen destruido. La vestimenta de las damas y caballeros. Lo vacío (¡y qué felicidad!) que allá en el fondo aparece Punta Paitilla. ¡Y qué tal que la fotografía se hubiese captado durante la noche como cuando dijo el poeta: “la Luna se volvía loca, tirando plata al mar”. Pero no, lo nuestro era patinar, montar en los llamados ‘scooters’, jugar a las escondidas, a la lleva y demás. Pero había, además, guitarras, cantos, versos e infinidad de declaraciones de amor... Lo que sí no pudimos saber es quién fue el artista que supo captar la escena. En otra de ellas, se ve la entrada al paseo subiendo por las escaleras de la Avenida A; aparece la pérgola o emparrado que es donde crecen las ramas de ciertas matas, lo cual además de hermoso proporciona sombra, canto de pajaritos y tranquilidad a los que allí solían acudir. El Museo Nacional estuvo durante mucho tiempo allí en el edificio que se ve al fondo, el más alto. Por último, vemos lo que realmente son Las Bóvedas, con sus paredes y la historia del Canal inscrita en ellas, así como parte del obelisco en honor a Francia. Mucha historia aún para que este espacio la pueda del todo abarcar. Revisando el libro ‘Los orígenes de la República de Panamá a través de sus postales’, del cual es autor Vicente Alberto Pascual Landa y quien muy gentilmente nos ha dado permiso para reproducir algunas de sus fotografías, resolvimos por fin, ya que la idea hacía tiempo que nos bullía en la mente: republicar esta que aparece hoy aquí en lugar prominente. Cuántos recuerdos de parte de nuestra niñez nos invaden cada vez que la contemplamos. Con la diferencia que lo nuestro en aquel lugar, que no es otro que el paseo de Las Bóvedas, tenía otros motivos, pues por nuestra edad ni nos dedicábamos tanto a la contemplación del paisaje, lo que hace la mayoría de los que hoy allí aparecen, y mucho menos al romance, para lo cual tuvimos que esperar varios años más y practicándolo en otros más lejanos lugares. De aquí también, y viendo las fotografías, extrañamos muchas cosas. El bello jarrón que aparece en el primer plano que hoy ya hubiera desaparecido o lo hubiesen destruido. La vestimenta de las damas y caballeros. Lo vacío (¡y qué felicidad!) que allá en el fondo aparece Punta Paitilla. ¡Y qué tal que la fotografía se hubiese captado durante la noche como cuando dijo el poeta: “la Luna se volvía loca, tirando plata al mar”. Pero no, lo nuestro era patinar, montar en los llamados ‘scooters’, jugar a las escondidas, a la lleva y demás. Pero había, además, guitarras, cantos, versos e infinidad de declaraciones de amor... Lo que sí no pudimos saber es quién fue el artista que supo captar la escena. En otra de ellas, se ve la entrada al paseo subiendo por las escaleras de la Avenida A; aparece la pérgola o emparrado que es donde crecen las ramas de ciertas matas, lo cual además de hermoso proporciona sombra, canto de pajaritos y tranquilidad a los que allí solían acudir. El Museo Nacional estuvo durante mucho tiempo allí en el edificio que se ve al fondo, el más alto. Por último, vemos lo que realmente son Las Bóvedas, con sus paredes y la historia del Canal inscrita en ellas, así como parte del obelisco en honor a Francia. Mucha historia aún para que este espacio la pueda del todo abarcar.

Revisando el libro ‘Los orígenes de la República de Panamá a través de sus postales’, del cual es autor Vicente Alberto Pascual Landa y quien muy gentilmente nos ha dado permiso para reproducir algunas de sus fotografías, resolvimos por fin, ya que la idea hacía tiempo que nos bullía en la mente: republicar esta que aparece hoy aquí en lugar prominente. Cuántos recuerdos de parte de nuestra niñez nos invaden cada vez que la contemplamos. Con la diferencia que lo nuestro en aquel lugar, que no es otro que el paseo de Las Bóvedas, tenía otros motivos, pues por nuestra edad ni nos dedicábamos tanto a la contemplación del paisaje, lo que hace la mayoría de los que hoy allí aparecen, y mucho menos al romance, para lo cual tuvimos que esperar varios años más y practicándolo en otros más lejanos lugares. De aquí también, y viendo las fotografías, extrañamos muchas cosas. El bello jarrón que aparece en el primer plano que hoy ya hubiera desaparecido o lo hubiesen destruido. La vestimenta de las damas y caballeros. Lo vacío (¡y qué felicidad!) que allá en el fondo aparece Punta Paitilla. ¡Y qué tal que la fotografía se hubiese captado durante la noche como cuando dijo el poeta: “la Luna se volvía loca, tirando plata al mar”. Pero no, lo nuestro era patinar, montar en los llamados ‘scooters’, jugar a las escondidas, a la lleva y demás. Pero había, además, guitarras, cantos, versos e infinidad de declaraciones de amor... Lo que sí no pudimos saber es quién fue el artista que supo captar la escena. En otra de ellas, se ve la entrada al paseo subiendo por las escaleras de la Avenida A; aparece la pérgola o emparrado que es donde crecen las ramas de ciertas matas, lo cual además de hermoso proporciona sombra, canto de pajaritos y tranquilidad a los que allí solían acudir. El Museo Nacional estuvo durante mucho tiempo allí en el edificio que se ve al fondo, el más alto. Por último, vemos lo que realmente son Las Bóvedas, con sus paredes y la historia del Canal inscrita en ellas, así como parte del obelisco en honor a Francia. Mucha historia aún para que este espacio la pueda del todo abarcar.

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Es tanto lo que se ha escrito sobre el actual paseo de Las Bóvedas, inclusive en estas “Raíces”, que desde ahora sabemos que esta glosa tendrá muy poco de originalidad.

Pero encontramos la fotografía que ya comentamos en esta ocasión, y claro, era ineludible el continuar con el tema de su localización (no locación como ahora, no sabemos en qué idioma nos quieren acomodar). Pobre lenguaje español, algunos no se cansan de querer poderlo destruir.

Para comenzar, originalmente el nombre de Las Bóvedas no se refería al paseo, sino a los espacios cerrados, o sea cuarteles y celdas de cárceles situadas en su parte inferior. Más tarde, les daremos otra definición.

En un principio, por lo menos, el paseo de Las Bóvedas no existió; fue por Ley número 48 de 1928 cuando se les completó, antes era una especie de techo y pare de contar. Se le bautizó al principio como Paseo de Lesseps. Con posterioridad y con esa otra manía de bautizar a lugares públicos con diferentes nombres y diversas ocasiones, se le llamó Paseo General Esteban Huertas, nombre que no gozó de mayor popularidad.

Después apareció lo de Paseo de Las Bóvedas, que aún no se ha querido reemplazar. Habrá que esperar a que surja algún politiquito de esos que ni se recuerdan, para ver si le acomodan su nombre para que pase aun cuando, sin pena ni gloria, a la posteridad, si es que se le ha sabido ganar.

El conjunto de las primitivas edificaciones alrededor de la actual Plaza de Francia y de las futuras bóvedas, se comenzaron a levantar durante nuestra época colonial, entre 1679 y 1682, para mayor precisión.

Allí han estado depósitos de armamentos, cárceles, lugares de ejecución (recordemos la de Victoriano Lorenzo y otros), lugar para patinar y hacer andar a otros juguetes, parque infantil, parque de adulto, obeliscos, estatuas, 10 placas de mármol con la historia del Canal escritas por Octavio Méndez Pereira, teatros, recinto de la Asamblea, de la Corte Suprema de Justicia, restaurantes, embajadas, garitas, escaleras, mansiones particulares y ojalá que nada más.

Famosa por la importancia que muy bien más tarde se le supo dar, lo fue el acto de la inauguración de la Plaza de Francia en uno de los periodos presidenciales de Belisario Porras, cuando ese país envió hasta acá un navío que trajo entre otro personaje al conde francés de Saint Solvey, enviado especial. De todo ello, en “Raíces” y con anterioridad, ya les hemos tratado de resumir.

Y antes de que se nos olvide, hasta un pequeño observatorio astronómico creado por el capitán Alejandro Malacespie en 1790, también tuvo una efímera vida.

Además del obelisco con el gallo francés en su extremo superior, los bustos de algunos de los primitivos constructores del Canal Francés, de la placa en recuerdo del crimen a Victoriano y de la estatua a Pablo Arosemena, también allí se pueden observar.

En fin, que excusando el pequeño desorden de esta crónica, no podemos olvidar a uno de los sitios más admirados de esta capital. Espero que no nos vayan a conceder permisos para construir dizque rascacielos allí.

Textos: Harry Castro Stanziola Fotografías: Procesadas por Ricardo López Arias Comentarios: vivir@prensa.com

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