VIENE DE LA 1B. LOS MUSEOS Y LA FIESTA TE ENVUELVEN.

Enamorado de Madrid

La gente de la ciudad es feliz, excepto en el metro, donde todos parecen haber perdido la sonrisa.

ENCANTO. El más sublime de los estados se alcanza en sus calles. ENCANTO. El más sublime de los estados se alcanza en sus calles.
ENCANTO. El más sublime de los estados se alcanza en sus calles.

La madre patria se rige por sus horarios de comida y su cultura de licor, nada más sagrado que eso. Salvo, claro está, la hora de la siesta: inmaculada.

Con tanto descanso, ¿cómo le hacen para seguir en el Primer Mundo? No sé, pero funciona.

En las calles todos sonríen, caminan deprisa, pero nadie anda apurado. Los ojos del peatón siempre están en otro lado, en los increíbles edificios a la belle époque o en la linda ropa de frío, extravagante para los seres del trópico.

Parece que todos son turistas, incluso los jugadores de casa. Izquierda o derecha, no lo puedes evitar; tu cara, tu codo o tu oreja siempre están en medio de una foto ajena. Sí, en Madrid la vida es bella y se respira ilusión.

No, en el metro no. No, no. ¿Será la presión de correr bajo tierra? La risa es prohibida. Ni por caridad. Ni siquiera el que te pide plata armado con un organito, su amplificador de lonchera y un perico; él también perdió la sonrisa.

Nadie te mira a menos que quiera algo. Sentados o de pie, todos andan con los ojos clavados en algún libro, hasta saben salir del vagón sin cortar la lectura. Si no leen, se abstraen con la música de sus audífonos o pensando en el precio de la vida que sube otra vez. Los ancianos y las embarazadas viajan de pie.

Solo dura un momento y ya estás afuera, de vuelta a la vida y a los museos, impresionantes todos. La gente se agolpa para entrar, y el día que es gratis toma horas atravesar el umbral, alucinas la paciencia; si puedes costear la visita, no dudes en hacerlo.

Sus paredes contienen invaluables piezas de arte y la cultura de una nación; lo más exquisito de la expresión clásica lucha contra las rarezas del arte contemporáneo por la supremacía, por los ojos de espectador.

Todos son una maravilla, un gran valor agregado, quizá la principal atracción turística de una ciudad que no los necesita a la hora de deslumbrar. El Museo del Prado, el Reina Sofía, el Thyssen-Bornemisza y el Museo del Jamón, el más exótico ante los ojos del visitante y el más popular entre los lugareños. También, mi favorito.

Es un lugar lleno de vida, no importa la hora ni el día. Es una pequeña cadena de restaurantes que promueve la devoción al titán de la cocina española: el jamón. Sobre todo al jamón serrano.

No importa dónde dirijas la mirada, solo verás jamones, miles de ellos, colgados del techo y de las paredes, aquello no tiene nombre ni comparación aparente, y aunque el cuadro parece desagradable no lo es. También hay un Palacio del Jamón, pero ya era demasiado. Nunca fui.

De rumba por Madrid

El día se hace noche, cae la oscuridad sobre la caja de Pandora y se cierra, pero se develan nuevos secretos. La ciudad entera ruge con fuerza.

No, Nueva York no; Madrid es la que nunca duerme, nunca. La rumba siempre es eterna y el fin de semana parece que el mundo se acaba y nace con cada amanecer. La cosa más bizarra se vuelve tangible, como un tranque a las 3:00 a.m.

El madrileño cena tarde y acto seguido se va de "tapas y cañas". Es decir, se reúne con los amigos en algún bar, de los tantos que hay, a tomar cervezas que se sirven con picadas, como en Manolos. Y ahí empieza a tomar color el asunto.

Luego levan anclas y rumbo a la discoteca, ese lugar donde todo puede pasar. Las hay para todos los gustos, sabores y colores. Noches de salsa compiten contra noches de música disco, donde Thalía y Paulina Rubio son las reinas; hasta reggae panameño se baila y la gente se cree con derecho a imaginar que conoces a sus intérpretes.

De todo hay señores, de todo; en la viña del Señor nada te debe sorprender. Hasta despampanantes mujeres dueñas del placer colectivo, te las topas luego en el baño, orinando de pie junto a ti, y te juras que "nadie en Panamá me lo va a creer".

Se acerca la hora de cerrar, y solo entonces, entre las 5:00 y 6:00 de la mañana, se llenan los after hours. Pequeñas baticuevas tipo bar, tipo lounge, tipo lo que sea, donde la gente baila si quiere o solo se deja ser y estar, abierta a cualquier oportunidad de encuentro carnal.

Y sin más remedio te vas como a las 9:00 a.m., solo porque no aguantas el cuerpo, "si te apetece nos quedamos un rato más, ¿vale?".

Cruzas la puerta antes que el alma te abandone, y afuera el sol te escupe despiadadamente. Para descubrir que la gente ya ha vuelto a salir con su ropita de frío extravagante, y con cámara en mano se dirige a algún lugar; que el mundo no se detiene por ti y que justo esa mañana, como todas, tenía algo que hacer.

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