La remolacha, hecha sopa

Nunca había preparado ‘borscht’, porque desconfío de mi habilidad en cuanto a la remolacha. Al final, la versión caliente salió muy bien, según mi amigo experto en ‘sopología’.

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LA PRENSA/Eric Batista LA PRENSA/Eric Batista
LA PRENSA/Eric Batista

En mi mente, tengo pendiente una conversación con Mafalda. Me intriga por qué detesta tanto la sopa. Eso, para mí, es una insensatez, a pesar de tener amigos que tampoco profesan afición por la sopa, como p.e., Erre.

Su marido, por su parte, mata por ella (ah, y por Erre también). Y es que para mí, la sopa es no solo alimento del alma, sino que te lleva a un sitio íntimo y propio; uterino. Toma, como ejemplo, el sancocho. Los panameños casi lo consideramos plato nacional, ideología compartida con muchos vecinos latinoamericanos, cada cual con su versión.

Así mismo, en las riberas del Mediterráneo, por supuesto, priman los sopones de frutos del mar, y en Europa Oriental, el borscht es el equivalente gastro-espiritual del sancocho. Y aquí llego al meollo. Cavilando sobre mi herencia gastronómica, me he preguntado por qué entre las sopas favoritas de mi abuelita eslovaca nunca figuró el borscht.

¿O será que encontraba las remolachas panameñas tan resistentes a sus artilugios culinarios que se dio por vencida? Eso nunca lo sabré, pero hace poco decidí hacer mi primer borscht, y opté no por la versión fría que me encanta, sino por la caliente, que al fin y al cabo, es la original.

Por supuesto, que con mi hereditario terror a las remolachas, me llené de consejos: primero, de mi amiga rusa, Irina Ardila (“las chatas son más dulces”); luego, de Clara Icaza, cuyas remolachas son de antología (“ásalas cubiertas en papel de aluminio hasta que queden suaves, pero no arrugadas”) y me dispuse a hacer “sancocho euro-oriental”, o sea, borscht. Y luego, a buscar recetas.

Por un momento, me sentí fuertemente tentada a hacer la versión fría de Mimi Sheraton, ex crítica gastronómica de The New York Times, pero me resistí, por aquello de aprender a caminar antes de correr. Busqué y busqué más, y me acordé de aquel “pretendiente” entre cuyos encantos estaba un borscht caliente excelente (diálogo interno: “si ese podía, yo también”). Luego, al súper, con tal firmeza de propósito que ni reparé en lo que compraba la gente de la fila del jamón, como hace la colega Julieta.

Primera pataleta: no había jarrete. “Ni modo, entonces deme cuatro libras de falda”. Y así seguí hasta lograr un borscht que consideré decentón. Luego, la prueba de fuego. Se lo mandé al marido de Erre, para quien el borscht es moneda de curso emocional. Creo que me quedó bien, o por lo menos, satisfizo a mi amigo. Me gustaría pensar que lo transportó a su infancia, y lo conectó con sus raíces. Pero aún tengo pendiente la plática con Mafalda sobre la bendita sopa.

VEA El origen del ‘borscht’

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