Un profesor dedicado al crimen

 

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No es frecuente que un producto audiovisual sea querido por los críticos, esos tipos que de acuerdo con la audiencia tienen fama de que casi nada les gusta, y a la par sea la pasión del público, que los expertos acusan de que les agrada casi todo lo que se emite por el cine y la televisión.

Breaking Bad, sobre un profesor de química que padece de cáncer y que termina siendo un criminal, logra esa fusión entre ambos sectores.

Por eso, el domingo pasado muchos estaban contentos al ver que en la ceremonia del Emmy, el más importante galardón de la pantalla chica, se le entregó a Breaking Bad la merecida distinción de mejor serie dramática, y que Ana Gunn logró el galardón a la mejor actriz dramática de reparto por su papel de esposa poco colaborada en esta excelente serie creada por Vince Gilliam y producida y transmitida por la cadena AMC.

Breaking Bad es puro riesgo y denuncia social en contra de un Estados Unidos que, en ocasiones, se vanagloria de estar en el paradisíaco primer mundo, cuando millones de sus habitantes residen en la sucursal del infierno en la Tierra.

Este programa semanal aborda temas cruciales para cualquier persona, no importa en qué parte le tocó nacer o crecer, ver cómo una enfermedad terminal deteriora a un paciente y a su familia, enfrentarse a la muerte propia o ajena, el lucrativo negocio de las drogas ilícitas, la violencia galopante, la precaria educación primaria y secundaria, y lo difícil que es ser pobre sin un seguro médico óptimo.

Breaking Bad convirtió a un docente, un oficio admirado por la industria del entretenimiento estadounidense, en uno de los más brillantes, implacables y vulnerables antihéroes.

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