Ariel Flores

Cuatro verbos contra el cáncer

La travesía no era una competencia, se trataba de un reto de resistencia que tenía como propósito cruzar el istmo en bicicletas montañeras.

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El ciclista cumplió en 12 horas un recorrido de más de 100 kilómetros entre Colón y Panamá Oeste. CORTESÍA El ciclista cumplió en 12 horas un recorrido de más de 100 kilómetros entre Colón y Panamá Oeste. CORTESÍA
El ciclista cumplió en 12 horas un recorrido de más de 100 kilómetros entre Colón y Panamá Oeste. CORTESÍA Acrive Travel Agencie

El pelotón de ciclistas salió del fuerte San Lorenzo en Colón con destino a playa Leona en Panamá Oeste. Entre ellos estaba Ariel Flores, un sobreviviente de cáncer de colon que quería celebrar que estaba vivo, un año después de combatir la enfermedad.

Para ello, se impuso el reto de cruzar el istmo en bicicleta, una misión que le tomaría 12 horas para los 107 kilómetros de recorrido.

Nada fácil para un hombre de 45 años de edad, que todavía tiene en su cuerpo rastros de quimioterapia y que no estaba físicamente al 100 por ciento; sin embargo, era su revancha para darle gracias a Dios por esta segunda oportunidad.

Su aventura fue complicada de principio a fin. Los primeros kilómetros lo castigó el sol, la humedad y un camino empinado; su pasado lo animaba, el 17 de septiembre cumplía un año de salir de una cama tras luchar por meses con un cáncer de colon que estaba en la fase cuatro cuando se lo descubrieron.

La herida de la operación en su estómago estaba sellada con grapas; en ese momento, era fiel testigo de la fiereza con que la enfermedad lo había atacado, afectando también otros órganos.

Flores ahora quería festejar que estaba vivo de una manera diferente, por eso se inscribió en el reto Cruce al Istmo Panamá 2017, que se desarrolló de forma coincidente el mismo día que salió de la cama, casi abatido por el cáncer, un año después.

Ahora su misión parecía más sencilla. El ciclista se había propuesto terminar su aventura y no utilizar la asistencia brindada por los organizadores. No quería compasión ni tratos especiales.

Durante todo el trayecto estaba la tentación, autos de asistencia, y Flores lo sabía, pero no quería utilizarlos, debía cumplir con su promesa y, para ello, se inspiró en cuatro verbos, que mentalmente los gritaba durante cada presión a los pedales. Resistir, insistir, persistir, pero nunca desistir, era su consigna motivadora para no dejarse vencer por el cansancio. Lo repitió siempre.

Realmente, su reto había comenzado hace un año. Flores luchaba con exterminar su enfermedad que se la detectaron al ser examinado por presentar algunos malestares, el enemigo silencioso lo estaba acabando poco a poco por dentro, el intestino grueso y delgado habían sido afectados.

Fueron momentos duros para la familia, integrada por su esposa Yariela y sus hijas Ana Claudia y Ana Carolina.

El Cruce al Istmo 2017 le daría un nuevo aliento de vida. Flores se había preparado por casi tres meses en su bicicleta montañera, y la madrugada del pasado 17 de septiembre se trasladó en un bus junto con otros pedalistas hasta el fuerte San Lorenzo, en donde se le unieron más ciclistas.

Los primeros 40 kilómetros fueron muy exigentes, porque se recorrieron en un terreno con una altimetría de mil 500 metros sobre el nivel del mar, algunos abandonaron. Esto lo sufrió más Flores, debido al exceso de peso por las herramientas que cargaba.

Luego los ciclistas llegaron al pueblo de Escobal, donde abordaron unos botes que recorrieron el lago Gatún hasta La Arenosa, un trayecto de 12 kilómetros que duró media hora. La lluvia característica de la zona y de la época hicieron más complicado el recorrido de Flores, quien se inspiraba en esos cuatro verbos para no abandonar su aventura.

Resistir, insistir, persistir, pero nunca desistir, repetía.

Después de desembarcar, los pedalistas volvieron a montar sus bicicletas hasta llegar a La Chorrera, dejando atrás caminos de tierra. Allí estaba Flores, decidiendo si continuaba, pues sabía que llegaría la final de noche y no tenía luces para el tramo. Su meta estaba a pocos kilómetros, no dudó y viajó con destino hacia playa Leona.

La actividad deportiva parecía que había sido creada para Flores, no era una competencia, era un reto que aprovecharía para festejar por partida doble, completarlo sin asistencia y saber que estaba vivo. Yo lo voy a hacer, yo lo quiero hacer, fue el pensamiento de Flores, quien estaba consciente de sus limitaciones físicas ante una prueba tan exigente. Así emprendió su aventura desde el océano Atlántico a las 8:00 a.m. y tocaría el Pacífico en playa Leona en el oeste, 12 horas más tarde.

No niega que tuvo bastante ayuda de arriba. Sonríe y agradece.

Flores, aunque solo había practicado el ciclismo a nivel aficionado, esta vez le sirvió para festejar por partida doble su reto.

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