No olviden a Friedenreich

La ola del Mundial crece a medida que el calendario va deshojando rápidamente la margarita en un “te quiero... no te quiero”, el uno reflejado en las cada vez mayores menciones en los medios de comunicación por la cercanía y el otro en las contadas imágenes que nos llegan desde Brasil sobre quienes manifiestan su descontento por los costos del evento.

Sobre la Copa los canales de televisión, las radios, la prensa escrita y la digital se refieren del país anfitrión a su extensión, fauna, flora, música, a sus jugadores cuya historia comienza regularmente con Pelé y aterriza en la generación que se pondrá la camiseta verdeamarela para buscar dentro de 21 días el hexacampeonato y a las otras 31 selecciones que participarán en el evento etc.; pero hay un personaje injustamente olvidado que debemos recordar, porque fue el pionero en cambiarle la cara y el estilo a ese país que se vanagloria de ser una potencia en el fútbol.

Cuando el fútbol era patrimonio de los pudientes y ricos, la selección de Brasil estaba integrada solo por jugadores blancos... sí por blancos, aunque hoy parezca un exabrupto, pero un muchacho mulato de ojos verdes hijo de un alemán, Oscar Friedenreich y una lavandera, Matilde, profanó los cánones de la sociedad para convertirse en el más grande goleador que conozca la historia del fútbol brasileño del primer tercio del siglo pasado: Artur Friedenreich.

Se cuenta que para poder jugar en la selección, Friedenreich antes de salir al campo de juego se embadurnaba el cuerpo y la cara con polvo de arroz para esconder el color de su piel, un ritual que repetía al medio tiempo antes de regresar al campo. Apodado “El Tigre”, fue el primer negro en jugar en la selección, con un estilo de juego impensado para los blancos aportó la esencia del llamado jogo bonito. Se le atribuyen mil 329 goles, cifra superior a la de Pelé, a quien le adjudican mil 279.

Aunque no jugó en un Mundial debido a que para la Copa Mundo de 1930 en Uruguay se lesionó, le dio a su país el primer gran título. El escritor Eduardo Galeano en el libro El fútbol a sol y sombra lo cuenta así: “En 1919, Brasil venció a Uruguay 1 a 0 y se consagró campeón sudamericano. El pueblo se lanzó a las calles de Río de Janeiro. Encabezaba los festejos, alzado a modo de estandarte, un embarrado zapato de fútbol, con un cartelito que proclamaba: O glorioso pé de Friedenreich. Al día siguiente, aquel zapato que había convertido el gol de la victoria fue a parar a la vitrina de una joyería, en el centro de la ciudad”.

Hoy cuando en algunos estadios y lugares se manifiestan las mentes cavernícolas insultando a los jugadores negros, debemos expresarles como a Friedenreich nuestro agradecimiento por lo que han hecho y hacen por el deporte.

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