La panameñización de Colombia

La llegada de los panameños al fútbol colombiano es quizás uno de los fenómenos más asombrosos de nuestro deporte. El relato se inicia desde el momento mismo en que despunta este siglo, y no hace otra cosa que confirmar aquella frase de Schiller de que no es posible tocar un pétalo sin que se estremezca una estrella.

El cambio de siglo atrapó a Colombia con su violencia habitual; con un abandono masivo del país porque sus habitantes escaparon y con su partida dejaron huecos colmados de rabia y de derrota. Los futbolistas más capacitados, los de las mejores gambetas, algunos siendo todavía niños (Radamel Falcao García), con sus familias a cuestas, a la primera oportunidad se marcharon a otras ligas del mundo.

El vacío era evidente en los estadios. La calidad del torneo local se estandarizó con jugadores de segunda división, con aprendices y bribones oportunistas que alcanzaron a ponerse la camiseta de la selección. Esto explica una parte de la ausencia en tres Mundiales consecutivos. (Excepción: el Once Caldas campeón de la Copa Libertadores).

Pero entonces llegaron los panameños y le dieron música y oxígeno y otro estilo al rentado colombiano. Pese a que el único puesto posible para ellos era la banca, sin importar que desde la tribuna gritaran que parecían los miembros de un coro de música salsa, nunca fueron inferiores a un campeonato de décadas y en el que cada tanto compite lo mejor de Suramérica.

Blas Pérez comandó la hazaña gestada por el Cúcuta Deportivo en la Copa Libertadores. Nelson Barahona fue el mago del club Huila. Felipe Baloy ofició de estandarte de la defensa del Medellín en su mejor participación en la Libertadores. Luis Tejada impuso condiciones en Millonarios y en América.

Y una dosis de nobleza y de grandeza en un país que también es sanguinario fue aportada por Luis Moreno cuando pidió perdón por haber pateado una lechuza. Fueron acogidos como hermanos y este calor humano incidió en resultados recíprocos: los panameños mostraron un excelente desempeño y el fútbol colombiano fue feliz.

Para Borges nadie es la patria.

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