Hoy por hoy

Todos los gobiernos intentan convertir el Estado en una extensión de sus partidos políticos o de los que ejercen cargos de poder. Ello explica por qué en Panamá no hay mucha diferencia entre Estado y gobierno. La consecuencia directa de esto es que el ciudadano pierde el poder que emana de sus votos y deja de existir la separación de los pilares de la democracia y, eventualmente, el Estado desaparece, quedando un cascarón que conserva únicamente la apariencia. La política se ha apoderado del Estado panameño y usurpa el poder de una democracia formal con estructuras que subyacen ocultas en decisiones de recámara. La suerte del país ha quedado en las manos de unos pocos, sin control formal de ningún tipo. Todo está politizado: la educación, la seguridad, la salud, la justicia. El criterio político prima en cada faceta: no basta ser profesional, se debe ser miembro del partido de gobierno para trabajar en el Estado, y si no hay un técnico militante político, entonces se nombra a alguien sin preparación alguna, pero miembro del partido, subordinado incondicional del poder. O los ciudadanos empezamos a elegir a conciencia a nuestros gobernantes o terminaremos siendo víctimas de nuestras propias decisiones.

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