Fez

Vi alfombras, lámparas y otras tantas cosas que no pude apreciar en paz, todo parecía estar a la venta y el guía no daba pausa a menos que adivinase estuviésemos dispuestos a comprar.

Me perdí; el laberinto se nubló en mi mente y no me quedó más que preguntar a los tenderos por la salida. No entiendo francés y aunque amables, sentí que no podía confiar en nadie.

Después de vagar un rato un hombre con bigote me señaló que el grupo estaba en una farmacia naturista.

No eran ellos, pero me pareció reconocer a alguno del avión. Embebidos en las demostraciones, me ignoraron. Pedí un remedio para el dolor de cabeza y tuve que tragarlo con más té dulce.

Al final de la gira me encontré con mis amigos en la plaza. Cuestionado por mi desaparición, adorné el hecho con detalles de viajero experimentado, impresionando a más de tres. El sol ya bajaba y las paredes de La Medina tomaron ese tono rosa que había visto en los folletos.

Estoy fascinado, pero la próxima no me despego del guía.

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