URBANISMO.

Desbalance urbano > desbalance económico

El premio Nobel de la Paz de 1980, Adolfo Pérez Esquivel, proponiendo una revolución financiera internacional, declaró recientemente que Argentina no debería pagar su deuda externa, o más bien, su deuda eterna. Con frustración cataloga esta deuda como inmoral y una violación a los derechos humanos. Es alarmante, pero en Argentina al igual que en otros países latinoamericanos el pago de la deuda es más de la mitad de lo que se recauda en impuestos.

Igualmente radical es la propuesta urbana hecha recientemente para Río de Janeiro donde se planteó construir una enorme muralla para aislar las áreas pobres y peligrosas llamadas favelas. Este monumento a la desigualdad tendría el mismo propósito que tenía el muro de Berlín, o la pared que separa a Israel de los territorios palestinos.

Afortunadamente, tal muralla y cruel solución no se implementará en Brasil, y tampoco se dejará de pagar la deuda externa Argentina. Aun cuando son extremas, ambas respuestas expresan la desesperación por encontrar soluciones al deterioro económico y urbano de América Latina.

Pero, ¿cómo es posible que la realidad urbana y económica de Latinoamérica sea tan desalentadora si en los últimos cincuenta años el PIB de la región creció un promedio anual de 4% al 6%, avance superior al de Estados Unidos y Europa? Según Álvaro Vargas Llosas, el problema de Latinoamérica no es de crecimiento, sino de distribución de la riqueza. Si el crecimiento económico se distribuyera mejor, aumentaría el ingreso per cápita de América Latina, el cual es 6 veces menor al de Estados Unidos o Europa. El economista peruano considera que sólo si se reforma Latinoamérica, la región podrá nivelar su desbalanceada repartición de la riqueza.

La pregunta es entonces: ¿qué tipo de reformas se necesita y cuál debe ser la participación del gobierno en este re-enfoque social? ¿ Necesita el gobierno subir los impuestos para invertir más capital en el bienestar de todos? Pero, ¿es prudente que tomen mayor poder gobiernos que históricamente han demostrado ser corruptos? ¿ Por qué no mejor limitar al gobierno a la importante tarea de diseñar, implementar y vigilar un conjunto de reglas que mantengan el crecimiento económico y distribuyan la riqueza de forma equitativa? De esta forma, la empresa privada podría continuar aplicando su incomparable habilidad de inversión y manejo de negocios dentro del marco económico diseñado por el gobierno.

En el caso de Panamá, el gobierno ha optado por la recomendación de las reformas. Ojalá el enfoque de las reformas sea corregir el problema de la distribución de la riqueza. Ojalá el gobierno logre este objetivo diseñando reglas que estimulen a la empresa privada, en vez de restarle poder. Ojalá esta sea la dirección de las reformas urbanas que se discuten actualmente, pues las tendencias urbanas son alarmantes. En los últimos 15 años, por ejemplo, el número de personas que vive o viaja a la ciudad creció 40%, pero la superficie se extendió más del 200%. Los que menos tienen son los que están forzados a vivir cada vez más lejos, sufriendo el alto costo del combustible y el difícil acceso a escuelas. Sólo se creará una plataforma que permita a todos por igual ser partícipes de la economía, si se reforma la realidad urbana que sentencia según la condición social. Además, esta propagación desmesurada requiere del gobierno un enorme gasto en infraestructura y hace más difícil la creación de una red de transporte público efectiva. La sociedad depende de una reforma urbana que integre a todos por igual, pues la ciudad es causa y consecuencia de muchos de los desbalances económicos.

Para bien o para mal, el grupo de reformas siendo planteadas por el gobierno panameño requiere un enorme sacrificio del pueblo, el cual depende más que nunca de una ciudad trazada con sensibilidad. La ciudad y sus espacios públicos son la plataforma que trasciende gobiernos y reúne a ricos y pobres como iguales. La ciudad es el bien común, y a medida que se mejore, avanzará también nuestra condición económica.

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