La casa

Cuidar el espacio que habitamos

La palabra casa es la más sensible que quizás podamos tener todos en común. Está relacionada con los seres que amamos, nuestra intimidad, nuestra seguridad y es el espacio vital que habitamos. Para muchos, una casa no es lo mismo que un hogar. Jamás he comprendido está dualidad. Para mí la casa es el hogar y el hogar es la casa. Es cierto que una persona puede habitar o llenar una casa y que para que haya hogar debe ser habitado por una familia. Me gusta pensar que una casa es un espacio privilegiado donde una persona conserva nichos donde habitan sus distintas necesidades.

La casa es una palabra con muchas connotaciones. Me resulta fascinante que la noción es usada de muchas formas: hay casa del soldado, casa de las baterías, casa de los cosméticos, casa de la carne, casa de la cultura, casa de turistas, en fin; en todas estas acepciones, la casa es usada como un establecimiento o una institución, y no tiene nada que ver con la casa de la que hablo en este artículo.

Cuando amamos, cuidamos, y cuando cuidamos, amamos, dice Leonardo Boff. Una persona que ama sabe cuidar su casa y, por ende, cuidará el entorno donde está su casa. “El «cuidado» -sigue diciendo Boff-, constituye la categoría central del nuevo paradigma de civilización que trata de emerger en todo el mundo”. Creo que si cuidamos la casa aprendemos a cuidar el mundo. Tal vez algunos no piensen así, es posible. Yo prefiero ser romántico: cuando yo cuido mi casa, cuido mi patria.

Es cierto que muchas personas no tienen una casa. Otros la tienen, pero en condiciones precarias. Si la casa que habitamos, que es nuestro hogar, no tiene la dignidad necesaria, sus habitantes podrían sentirse discriminados y olvidar sus responsabilidades de cuidar. He notado que la ubicación y el panorama que rodea a una casa importa mucho en la actitud de las personas. Las personas deberían de tener como un jardín el entorno de su casa, pero desafortunadamente no es así.

En una comunidad donde hay muchas casas debería de haber un entorno seguro que ayude a los residentes a sentirse cuidados. Pero este cuidado va más allá de la seguridad: tener una garita o una estación de policía cerca, por ejemplo. Esta es una discusión que me puede alejar del tema. Yo quiero hablar de la casa.

Hace poco, la Fundación Casa Taller convocó a varios amigos para realizar un taller en el marco de la pandemia. Surgió la idea de reunirnos semanalmente para realizar un día de pensamiento, porque en medio de la incertidumbre, la creatividad y el pensamiento pueden ser formas de resistencia. El primer taller que realizamos tenía como tema los espacios que habitamos y para mí fue muy revelador reflexionar sobre esos nichos, esos espacios que tenemos en nuestra casa: el espacio para compartir, donde convivimos estrechamente con los seres que amamos; el espacio del arte, donde depositamos esos objetos de valor artístico que le dan vida a la casa; el espacio de la lectura, donde están esos libros que dialogan con nosotros en soledad. Incluso descubrí que existen espacios para el juego y la memoria, donde nos encontramos.

En estos espacios hay momentos de contemplación poética que nos ayudan a resistir los tedios de la pandemia. Alguien en el taller decía: “el espacio protege la magia para jugar”. Si ampliamos: son nichos en nuestra casa que nos cuidan y nosotros los cuidamos a ellos. Nos cuidan de perder la memoria: ese objeto vinculado con el tiempo, esa foto del ser querido. Son espacios que contienen el espíritu de la casa. Son espacios íntimos donde se realizan consensos familiares, donde se toman decisiones y donde unidos hacemos rituales para estar juntos.

El concepto chino de una casa determina la idea central de la casa misma. El encanto de una casa radica en su individualidad, afirma Lin Yutang. Y aunque estoy consciente de que estamos lejos de China, me gusta pensar como chino (al menos tengo apellido chino). Una casa perfectamente cuadrada es una atrocidad. Si pensamos en las barriadas, se puede ver multiplicada esta barbaridad. Es por eso que las personas hacen remodelaciones e invierten para que su casa sea singular o al menos tenga una fachada distinta.

Para mí, una casa debe tener un sendero. Un espacio por donde poder caminar y dialogar con la naturaleza. Ese sendero lo llamamos jardín. Hay quienes no pueden tener un jardín, porque su casa es un apartamento. En ese caso, recomiendo tener una o varias plantas que te ayuden a dialogar con lo verde. Desde luego que habrá personas que quieren evitar los inconvenientes de regar y podar, y prefieren tener un paisaje de cemento. Y optaran por los fines de semana para tener este encuentro con la naturaleza. De todo hay en la viña del Señor.

El autor es escritor y encargado de la Oficina de Promoción de la Lectura en MiCultura


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