Medicina científica

Desesperación y evidencia…

Con todo esto de la Covid-19, la información médica se ha visto distorsionada con respecto a lo habitual. Procesos que normalmente ocurren en laboratorios, hospitales, centros de investigación y organismos regulatorios, ahora ocurren, a toda velocidad, en los periódicos, en CNN y en FOX. A eso, hay que sumarle la cantidad de expertos de Google y Wikipedia que opinan sobre temas tremendamente complejos, con un desparpajo que solo puede explicarlo su ignorancia invencible.

Es lógico que, ante una pandemia con 17 millones de contagios, y casi 700 mil muertos, exista una necesidad por encontrar soluciones rápidas, que detengan el avance de la enfermedad, y nos permita volver a “la vida normal”.

Sin embargo, “no se debe confundir la velocidad con el atropello”. Que busquemos buenas noticias, no debe ser justificación para saltarnos los pasos que normalmente deben cumplirse antes de definir cómo tratar a los pacientes.

Hay que entender que la investigación médica y el proceso de producir evidencia de calidad, no es decir “a mi me funciona”, o arrogancias como “yo atiendo pacientes y no pierdo mi tiempo escribiendo”. Lo que permite que los médicos aprendamos y mejoremos la atención de nuestros pacientes, es justamente que hay muchos investigadores que dedican su tiempo (nunca lo pierden) a diseñar y llevar a cabo estudios, para tratar de probar hipótesis que se traduzcan en curar enfermedades y salvar vidas. Obviamente, la medicina dista mucho de ser una ciencia exacta, y es completamente normal que, lo que se considera correcto hoy, posiblemente en unos meses sea descartado al conocerse más datos.

Un estudio de investigación es un largo proceso de desarrollar una hipótesis y definir cómo probarla (o descartarla), cuántos pacientes deben ser tratados, establecer grupos de comparación, definir cuánto tiempo deben ser seguidos, y buscar los puntos finales que se analizarán con estricta metodología estadística para lograr resultados válidos. Todo esto puede requerir miles de pacientes, años de seguimiento y muchas horas de análisis antes de que aparezca una publicación. Igualmente, para publicar los resultados, hay primero que someterlos a un análisis por expertos, que confirmen que los datos son confiables y que no existen errores que puedan distorsionar los resultados. De allí, que haya revistas que cuidan mucho lo que publican. Y que, si en algún momento cometen errores, lo reconocen y lo corrigen. Eso, es seriedad científica.

Pero, ¿cómo es esa metodología muy estricta?. Pongo un ejemplo: si yo quiero probar un nuevo medicamento para la diabetes, tendré que compararlo contra el tratamiento estándar. No se puede usar placebo, porque no sería ético obligar a algunos pacientes a no tratarse. Después de la aprobación por un comité de bioética, a cada paciente del estudio se le explica en detalle el ensayo clínico, y se firma un consentimiento informado que garantiza su derecho a abandonar el estudio en el momento que lo desee. Entonces, una parte de los pacientes recibirá el nuevo tratamiento y otra parte el comparador estándar. Esto se hace de forma “ciega”, donde ni el paciente ni el investigador saben qué tratamiento recibe cada quien. Una vez concluye el estudio, un comité independiente verifica qué tratamiento recibía cada paciente (identificados por números). De esa manera, se sacan conclusiones con el menor sesgo posible.

Pero otro punto importante es definir cuál es el resultado que se quiere comparar. A finales de los ochentas, se sabía que la principal causa de muerte de los pacientes después de un infarto eran las arritmias. Los estudios se enfocaban en buscar qué medicamento era más eficiente eliminando esas arritmias. Se diseñó entonces un estudio para comparar tres antiarrítmicos diferentes, comparados contra placebo. Pero, además de ver las arritmias de cada paciente, se agregó el análisis de mortalidad en los cuatro grupos. Los resultados mostraron que, si bien los medicamentos suprimían las arritmias, los pacientes que recibieron placebo murieron significativamente menos que los que recibieron antiarrítmicos. Ese resultado cambió un paradigma de la investigación médica en cardiología. Hoy, se incluye la variable mortalidad en la mayoría de los estudios grandes, pues, a fin de cuentas, es lo más importante que tenemos que evitar al tratar a los enfermos.

Como queda claro, esto de generar evidencia en medicina, no es “soplar y hacer botellas”. Es un proceso serio, complejo y que requiere mucho tiempo y esfuerzo. Por eso, cuando alguien argumenta basado simplemente en “su experiencia”, sin tener grupos comparativos para realmente analizar sus resultados, muchos tenemos dudas sobre las conclusiones basadas en estas opiniones.

Personalmente, seguiré creyendo en las publicaciones de revistas y sociedades que durante muchos años, han sido reconocidas como fuente confiable de evidencia. Me da tranquilidad de que estoy haciendo lo correcto, reduciendo el riesgo de cometer errores y someter a los pacientes a riesgos innecesarios.

El autor es cardiólogo.

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