Memorias

Frío, dulce, despiadado y ejemplar

Reaccionando a la fuerza motora de los músculos del brazo, la hoja filosa de la cuchilla metálica corta el hielo en cristales diminutos de miles formas. El movimiento reciprocante va acumulando el producto, y cada corte genera un sonido familiar que me hace cerrar los ojos para escoger el sabor. Nance, tamarindo, o maracuyá, ácidos pero deliciosos; o rojo, el más común pero siempre satisfactorio; o piña, para variar. Saboreo en mi mente la leche condensada, y si pienso en los del Colegio Remón Cantera o del Fermín Naudeau, la miel de caña por encima. Y en otros sitios de la Ciudad de Panamá, hasta una capa final de malteada, para completar el pecado. Y retrocedo en el tiempo y veo los de las Fiestas Patronales de Santa Librada o los carnavales, en Las Tablas, o los del Festival de la Mejorana o los de cualquier tarde calurosa de verano, en Guararé, y se me hace agua la boca.

Al primer leve mordisco, paladeo el frío intenso y dulce y la combinación perfecta de texturas y sabores. En ese instante cruel, una ráfaga de viento hace que el frío me llegue hasta los huesos, abro los ojos, observo la blancura inmensa de otro día de invierno implacable en Ohio, y me apuro a terminar de raspar el hielo del parabrisas, para poder entrar a mi vehículo 4x4, y de inmediato aventurarme a transitar, o más bien deslizarme, por estas calles, sobre las cinco pulgadas de nieve que han caído hasta ahora encima de la delgada capa de hielo que se acumuló anoche, para llegar del trabajo a la casa, donde quizás me esperen un arroz con carne frita, frijoles, y tajadas de plátano maduro que me transporten de nuevo a la Provincia de Los Santos, por misericordia, o quizás no.

Lo resbaladizo del camino me recuerda un viaje de Guararé a Las Trancas con mi papá, cuando todavía era yo muy niño. Subiendo uno de los cerros, el camión Comando se atascó en el lodazal. Amarraron entonces el cable del cabrestante de un árbol grande y fuerte que estaba unos cuantos metros más arriba, lo enrollaron con el motor para halar el camión, y así pudimos seguir adelante. Papá había sido maestro en Las Trancas, y hacia allá íbamos ese día, en la peor época del año para el viaje, por razones de las que no recuerdo haberme enterado. Mucho antes de eso, él había tenido que viajar a caballo, desde niño, por las áreas de Pedasí, El Limón, y La Madera, y ya de adulto por otros pueblos donde fue maestro. Me contaba sobre sus años mozos cuando lo acompañaba en las tardes de verano a hacer encuestas del censo por esos caminos polvorientos, para suplementar el ingreso que tenía como subdirector de escuela primaria. La gente del campo nos recibía con cordialidad, aprecio, y desprendimiento que ahora se ven muy poco. En 2019, durante mis vacaciones, accedió a que paseáramos por esos mismos caminos. Nunca me cansaré de recorrer esa tierra que por dicha me hizo su hijo; sus tradiciones y su música me acompañan por siempre.

Cuando mi andar se hace difícil o el clima se vuelve inclemente, en tiempos de incertidumbre, durante mis estudios universitarios, o ahora cuando esta pandemia nos limita la libertad, recuerdo esos trabajos de papá y las muchas dificultades que vivió mamá. Tantas horas viajando a caballo entre Las Tablas y Vallerriquito, y entre El Paraíso y El Cacao, donde empezó su labor como maestra de escuela primaria a los 16 años. Y vuelvo a recordar el día cuando la avioneta en la que viajaban mamá y mis tres hermanas no alcanzó suficiente altura y se desplomó sobre el cerro que llaman El Asomadero, en Vallerriquito. Era el Día de Santa Rosa, la Patrona del pueblo. Años después, durante uno de mis viajes a Panamá, conversando con un viejo amigo en ese pueblo, me dijo – ¡usted hubiera visto cómo la gente dejó la fiesta y corrió loma arriba a buscar a la maestra! – y no pude contener las lágrimas de orgullo, nostalgia, y quién sabe que otro sentimiento encontrado e inexplicable.

Los ejemplos de vida enseñan mucho más que los libros. Ese legado de mis padres vale más que cualquier bien material. Esa fortaleza para sobrellevar las dificultades sin perder del todo el sentido del humor es un regalo que jamás podré terminar de agradecer. ¡Gracias, mamá! ¡Gracias, papá! Ojalá pronto pueda visitarlos de nuevo en Las Tablas y Guararé. Por acá la nieve seguirá cayendo toda esta noche y por muchos días más. Pero ya mañana, martes de carnaval sin carnaval, recogeremos la nieve y veremos un día más la Gloria y la Gracia de Dios.

El autor es ingeniero electromecánico

Edición Impresa