Filosofía política

La democracia sigue fallando

A Aristóteles, un señor que es famoso desde hace siglos por el solo hecho de ocurrírsele pensar, habría que incluirlo entre los culpables de la discusión.

Algunos dicen que no era muy amigo de lo que se llamó democracia en su época, y que aún hoy se sigue llamando de la misma manera.

Pues ese pensador griego, aun admitiendo que la autoridad debía emanar del conjunto de la sociedad por medio de decisiones racionales, y no por la gracia de Dios, no creía que el sistema democrático pudiese ser aplicable a gran escala. Decía que “la creación de un orden para un número infinito es una tarea para el poder divino”.

A pesar de que un señor del islam, españolizado su nombre como Averroes, intentó introducir a Aristóteles en el mundo islámico y lo único que logró fue que lo deportaran para Marruecos por atentar contra la ley divina, parecería que las sociedades islámicas son aristotélicas. Dicen que la democracia es inaplicable y se lo dejan al totalitarismo divino.

La semilla sembrada por el griego permaneció sin germinar hasta el experimento democrático a gran escala de la sociedad estadounidense. En 1748 el barón de Montesquieu publicó su famoso libro El Espíritu de las Leyes, en el que establece dos conceptos fundamentales. Uno, la separación de los poderes, el otro la teoría de la ley. Según cuentan, solía decir que “la ley debe ser como la muerte, que no exceptúa a nadie”. Pero también hereda el concepto aristotélico de la imposibilidad de la aplicación de la democracia a gran escala , con el argumento de que si la capacidad de autocontención es el principio básico de una república, entonces solo puede haber repúblicas en Estados pequeños, porque solo así es posible lograr la necesaria educación republicana.

Desde la publicación de El Espíritu de las Leyes habían transcurrido 39 años cuando James Madison en su Federalist No.10, del mes de noviembre de 1787, establece lo contrario con el argumento de que en una sociedad pequeña los intereses y los partidos no serían muy distintos, y la mayoría podía constituirse de un número menor de individuos con las posibilidades de invadir los derechos del otro.

Madison, tomando prestado el concepto de David Hume de que sí era posible un sistema democrático a gran escala, de manera que se evitara la división en una infinidad de territorios pequeños o en una monarquía, provoca el debate del tamaño con un grupo que se conoció como los antifederalistas.

El invento de una democracia a gran escala a partir de las 13 colonias, con separación de poderes y “la ley como la muerte”, se hizo verbo y carne en lo que su nombre como república significa, Estados Unidos.

En Iberoamérica, los hacedores de los Estados naciones decidieron repartir la finca entre los actores del escenario colonial. A cada quien su pedazo o, como diría Simón Bolívar: “la gran Colombia (luego fragmentada en Nueva Granada, Venezuela y Ecuador ) caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos de todos los colores y razas”.

¡Qué profético! “El Libertador del Mundo, Simón Bolivar”. John J. Pershing.

El autor es escritor y politólogo

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