Corrupción

‘Lagarto que no salpica, se le seca el charco’

A raíz de las recientes inundaciones y deslaves ocurridos en las tierras altas chiricanas por las fuertes lluvias y la crecida del río Chiriquí Viejo, el reconocido científico panameño Stanley Heckadon Moreno, experto en temas ambientales y vinculado por años al manejo y estudio de los ecosistemas y cuencas hidrográficas del país, expresó en un programa radial en Chiriquí, el pasado jueves 12 de noviembre, algunos importantes indicadores sobre el histórico e inadecuado manejo de las tierras de cultivo en las laderas de montaña, así como en las riberas del río Chiriquí Viejo, especialmente en el área de Cerro Punta y Volcán, los cuales considero vale la pena tomar en cuenta, a fin de desarrollar estrategias que permitan a futuro, poder minimizar los devastadores efectos de desastres naturales como el que vivimos y el consiguiente saldo en pérdida de vidas humanas, tierras de producción, viviendas y la gran cantidad de damnificados.

El doctor Heckadon expresó además, en tono enérgico y con mucha seriedad, algunas verdades, que por su importancia me permito rescatar y compartir en este escrito. Por ejemplo, expresó que “existen más tesis y trabajos de investigación sobre el río Chiriquí Viejo en Torrealba, Costa Rica, que en la Universidad Autónoma de Chiriquí (Unachi)”.

En ese sentido, Heckadon agregó: “Si en la Unachi se sigue nombrando al personal con el criterio populista y electorero de premiar a quien aportó más votos en la campaña, o al que pagó la música o la chupata, no habrá manera de evitar seguir siendo cultural y científicamente subdesarrollados”.

Esta aseveración es absolutamente válida, ya que en todo país que se precie de querer alcanzar un desarrollo sostenible e integral en todos los campos del saber humano, las universidades están llamadas a cumplir un prominente rol de promotores y guías del saber científico y cultural en la comunidad, en lugar de constituirse, como en el caso de la universidad citada por Heckadon, en feudos pelechadores de los fondos del erario público, sin sentir además la mínima obligación de rendir cuentas de sus actos, amparados en el paradójico eufemismo de una mal entendida “autonomía”.

Otra institución que, por igual, históricamente ha desdibujado sus funciones constitucionales para dedicar sus mayores esfuerzos en abastecerse a manos llenas de las arcas del Estado, es la Asamblea Nacional, que en medio de la pandemia y pese al déficit fiscal declarado por el Estado de $4,214 millones, acaba de aprobar la solicitud de un crédito extraordinario por 22 millones para el pago de la controversial planilla 002.

El aval y aprobación del Ejecutivo y de la Contraloría de estas y muchas más solicitudes y acciones irreverentes, por demás preñadas de corrupción e impunidad, contrasta con el poco interés del actual gobierno en promover la investigación, la ciencia y la cultura como legítimos instrumentos de desarrollo sostenible e integral del país, como lo demuestra el recorte presupuestario realizado para el 2021 a la Secretaría Nacional de Ciencia Tecnología e Innovación (Senacyt), que recibirá $28.4 millones menos de lo solicitado. (Ver La Prensa, 14 de noviembre de 2020).

El asistencialismo y el populismo electorero del “¿qué hay pa’mí?”, parece ser la brújula que garantiza el poder a los políticos incapaces siquiera de atreverse a soñar con ser estadistas. Así las cosas, por más que se den golpes de pecho tratando de hacernos ver lo contrario, los políticos de ayer y de hoy siguen limitados a hacer valer el viejo refrán que dice: “lagarto que no salpica, se le seca el charco”.

El autor es escritor y pintor

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