Decrecimiento

‘Small is beautiful’

Hace unos días, un grupo de 170 académicos holandeses hizo público un manifiesto con su visión para un mundo post pandemia. El centro de la propuesta desafía los cánones de la economía y los modelos de desarrollo como lo conocemos y sufrimos: proponen el decrecimiento.

Se trata de un sencillo manifiesto de cinco puntos que incluye lo siguiente: cambiar el enfoque que mide la economía mediante el PIB (diferenciar sectores que deben crecer como servicios públicos de salud o educación, energías limpias, de aquellos que deben decrecer como minería, petróleo, publicidad); una estructura económica basada en redistribución (renta básica universal, sistema universal de servicios públicos, fuerte impuesto a ingresos y riqueza, horarios de trabajo compartidos y reducidos, etc.); transformar los métodos de cultivo para conservar la biodiversidad, y mejorar las condiciones de trabajo agrícola; reducir el consumo y los viajes, con drástico cambio en patrones de lujo, despilfarro; y la cancelación de la deuda de países, grupos y sectores más vulnerables.

No creo que exista una fórmula mágica, ni que lo propuesto por los académicos holandeses sea necesariamente el camino a seguir, pero rescato la propuesta porque es importante reflexionar sobre el futuro desde este duro presente que, al menos en el caso de Panamá, ha permitido ver con claridad la clase de sociedad desigual que tenemos, la ausencia de institucionalidad llevada estos días al extremo en el Ministerio de la Presidencia, con la pretensión de señor ministro y vicepresidente, Gabriel Carrizo, de acaparar en la oscuridad todas las compras vinculadas a la crisis sanitaria, mientras intenta con patética retórica tapar el sol con una mano llena de huecos.

La propuesta de los holandeses me hizo recordar un libro que llegó a mis manos a mediados de los años 80, en una improbable clase de inglés en una universidad de Estados Unidos. Small is beautiful había sido uno de los 100 libros más influyentes publicados tras la Segunda Guerra Mundial, específicamente en 1973, y yo tuve la gran suerte de que el profesor de inglés lo escogiera para ese curso.

Su autor, Ernst Friedrich Schumacher, economista por la Universidad de Columbia, en Nueva York, decidió abandonar su natal Alemania en momentos en que el nazismo crecía con furor, refugiándose en Inglaterra, donde fue internado en una granja al ser clasificado como “extranjero enemigo”. De allí fue rescatado por el famoso Keynes, al conocer su trabajo académico, llegando a formar parte del equipo económico que asesoró al gobierno británico durante los duros tiempos de la guerra y post guerra. Más tarde llegó a ser profesor de la Universidad de Oxford.

La revolucionaria propuesta que hizo de la obra de Schumacher un referente, fue justamente una que hace parte del manifiesto de los académicos holandeses: proponía detener la furia competitiva que nos ha llevado a querer seguir creciendo a costa de lo que sea, el entorno y nosotros mismos. Su reto radical fue pedir el fin de esa intoxicación que hizo parte del siglo XX y que hoy continúa, y que Schumacher llamó el “gigantismo”, cambiándolo por la belleza de lo pequeño, de lo comunitario, de aquello que tenga una escala humana.

La producción masiva de todo tipos bienes para el consumo general -masiva y barata a costa de un trabajo precario, casi esclavo en países del tercer mundo- llevó, según la visión de Schumacher, a la deshumanización -de las personas y de los sistemas económicos-, incluyendo algo que vio con claridad y que hoy también nos ha explotado en la cara: la destrucción de los ecosistemas y el peligro de nuestra propia sobrevivencia.

Algunos piensan que pensar en pequeño, en producir para comunidades locales, en aquellos emprendimientos que ponen el énfasis en lo artesanal, en proyectos de vivienda que respeten el entorno, va en contra de la naturaleza humana que parece siempre querer más, sin que las consecuencias de ese ilimitado crecimiento tenga en otros, en las comunidades, en el planeta.

Puede ser, la historia parece darles la razón. Pero lo que hoy vivimos debería hacernos pensar a todos en la belleza de lo pequeño. Se nos va la vida en ello.

La autora es periodista, abogada y activista de derechos humanos

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