En abril pasado, con motivo de un foro sobre libertad de expresión celebrado en Lima, destaqué la “sutileza” de la respuesta del entonces candidato Ollanta Humala, cuando se le preguntó si respetaría la libertad de prensa, en caso de ser electo presidente. No dijo que sí; dijo que no aplicaría el “modelo venezolano”.
Se interpretó como un sí, como que iba a respetar la libertad de expresión. Nadie pensó que lo que él descartaba era el modelo “venezolano”, pero no los modelos “argentino”, “ecuatoriano” o “nicaragüense”, con sus diferentes alternativas para limitar la libertad de prensa y desinformar a los ciudadanos, o el “modelo cubano” que elimina totalmente esas “tonterías neoliberales y burguesas”.
Ninguno de los presentes sospechó que con esas pocas palabras Humala eludía decir que “el derecho a la libertad de expresión debe ser de todos y no solamente de unos cuantos, no solamente de una élite”. No dijo que él pensaba que “los medios tienen que defender la libertad de expresión” (¿de acuerdo a cómo lo disponga su gobierno?), ni se quejo del “comportamiento de algunos medios” durante la campaña (con respecto a él o a Keiko Fujimori, también?) ni estableció cuáles son las funciones del periodismo que, según él, no solo es “dar noticias”, sino generar opinión, por lo que hay que “asumir (esa tarea) con responsabilidad” (¿habrá de fijar su gobierno algún código al respecto?).
Algunas de estas revelaciones Humala las hizo hace unas horas en Quito, abrazado con Rafael Correa, uno de los mayores violadores de la libertad de expresión del hemisferio.
La pregunta surgió sola: ¿está Ollanta pensando en aplicar el modelo ecuatoriano? Su vocera, Aída García Naranjo, se encargó de descartarlo: “tiene puntos críticos y no deseables”. La idea es que pueda haber nuevos medios de expresión, nuevas licencias, nuevas oportunidades para sectores que no tienen acceso a los medios de comunicación. Es la aplicación del modelo a la peruana, dijo la vocera.
En la teoría parece muy bueno. En la práctica en el “modelo argentino” ha servido para el enriquecimiento de muchos allegados al régimen kirchnerista, entre estos el chofer Kirchner, y para que cada vez sean más los medios oficialistas. Lo mismo pasa en Nicaragua, donde la familia de Ortega se adueña de la TV. Ni que hablar de Ecuador y Venezuela. Hasta ahora parece “pura coincidencia”, pero siempre los sectores que “no tienen accesos a los medios de comunicación” resultan, después, ser fanáticos del mandamás de turno.
Lo cierto es que cada vez aparece menos clara aquella respuesta de Humala sobre libertad de expresión. Lo mejor para los peruanos sería que mantenga el actual modelo y no se ponga a innovar.
