Plaga de coronavirus

¡Uy, qué suerte!

Mi primera reacción cuando escuché la noticia de la pandemia fue de alivio. ¡Qué suerte que estamos en la época moderna! pensé, recordando las horrendas imágenes de las plagas del Medioevo: los enfermos en el piso arropados en trapos, las carretas recogiendo cadáveres, los recolectores embozados, gritos de desesperación, rezos sin respuesta. Y la ignorancia, encarnada en una afilada silueta con guadaña.

Qué gran suerte que la humanidad de nuestro tiempo está ilustrada, comunicada instantáneamente para compartir experiencias, resultados, progreso, advertencias: con muchísimos avances en el campo de la ciencia médica y la investigación, poseedora de múltiples recursos útiles para responder a una epidemia y de muchas buenas mentes para señalar el camino, todo lo cual nos coloca en posición óptima para enfrentar el reto. ¿Acaso no pusimos pie en la Luna?

La segunda fuente de tranquilidad para mí fue entender el mensaje de la gráfica-estadística, compuesta por dos líneas ascendentes en forma de ola para ilustrar las dos modalidades cómo se puede comportar el virus al infectar a las poblaciones, y los distintos grados de dificultad y pronósticos que augura cada escenario.

La ola más alta y picuda pinta un intenso ataque viral simultáneo a grandes multitudes, una situación que exigiría a un mismo tiempo más recursos sanitarios de los que disponemos. ¡Cuán crítico sería el panorama si ante crecientes números de infectados, se acaban los insumos médicos, están ocupadas todas las camas en los hospitales, y en uso todos los respiradores! Un caos, que con buen juicio podemos evitar.

La segunda ola de la gráfica, una línea más larga en el tiempo, pero menos alta en el momento de mayor densidad, es el comporta miento menos destructivo de la pandemia; el número máximo de casos en un momento dado no sería superior a los recursos.

Por buena suerte (al no ser los primeros atacados), buen manejo y magníficas comunicaciones, la población panameña no está desprevenida. Si seguimos las recomendaciones del equipo de especialistas a cargo de esta situación, de admirable desempeño, por cierto, podemos lograr que los contagios se manifiesten gradualmente, siguiendo la ola menos peligrosa.

Sumado a lo anterior, entendí por fin la importancia de hacer la prueba del coronavirus a la mayor cantidad de población posible, aun cuando no hay tratamiento ni cura: al conocer la cantidad de resultados positivos, se sabrá hacia dónde dirigir la máxima cantidad de médicos y asistencia.

En la televisión por Cable tomé consciencia de otra buena fortuna: vivimos en un país próspero y en paz, y no como Siria y otros sitios en conflicto donde la lle gada del coronavirus sin infraestructura ni hospitales será apocalíptica.

En lo individual, vale recordar que hay que cerrarle al virus las puertas a nuestro sistema respiratorio. Las medidas a tomar son de todos conocidas; sigámoslas, por el bien de todos.

Estamos advertidos que los de la tercera edad debemos recluirnos. Prevención que no es difícil de atender.

Son muchas las ventajas que nos favorecen. Superaremos la pandemia.

La autora es escritora

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