Psicoanálisis

Y detrás del virus… ¿qué hay?

Y detrás del virus… ¿qué hay?
Y detrás del virus… ¿qué hay?

La pandemia ocasionada por el coronavirus quizá sea la primera crisis que ha afectado a nuestra generación de forma directa e inmediata. Anterior a esta, nuestra participación ante las distintas crisis humanitarias, económicas, políticas era parcial. Los afectados éramos o nosotros o ellos y de acuerdo a cada una de las circunstancias sentíamos una mayor o menor identificación con el padecimiento ajeno. La distancia afectiva y/o territorial facilitaba proyectar en los demás lo que resultaba indeseable para nosotros mismos, específicamente la sensación de no poder garantizarnos el bienestar propio y sentirnos muchas veces impotentes ante la adversidad y la injusticia.

Sin embargo, hoy en día, la pandemia nos ha unificado colocándonos a todos en el mismo lugar; todos potenciales víctimas de la naturaleza, afectados por un hecho que amenaza nuestra integridad, en principio, física: el cuerpo. Pero si la posible muerte ocasionada por la enfermedad es un hecho que compromete al cuerpo, el temor a morir inherente a la amenaza del virus es un hecho que nos compromete subjetivamente.

El temor que hoy sentimos no es exclusivo del impacto que el virus y su proliferación tanto viral como mediática tienen en nosotros. El temor, la ansiedad, la angustia, son manifestaciones propias del ser humano y surgen de nuestra experiencia subjetiva, de la forma como nos insertamos en el mundo y de las experiencias que tenemos con la gente que nos rodea. Las ansiedades habitan nuestra mente independientemente de que se nos presente o no una justificación desde la realidad externa. Muchos opinan que algunas medidas implementadas para la prevención frente a la pandemia han generado ventajas a nivel ambiental y social.

Posiblemente esto sea así y podemos agregar además la posibilidad que nos ha otorgado la pandemia para eludir malestares como la angustia y la ansiedad. Es decir, la pandemia al presentarse como el enemigo universal, ha facilitado desplazar las angustias propias relacionadas a la fragilidad humana, la desesperanza, la soledad, la finitud de la vida, y atribuirlas a este mal. Dicha solución neurótica tiene un efecto encubridor al aliviar parcialmente el malestar que generan las otras preocupaciones personales fuertemente arraigadas a la identidad de cada uno. Le permitimos al virus que se adueñe de nuestras angustias, las unificamos bajo el temor a la enfermedad, creando la falsa ilusión de que si controlamos el contagio, quedaremos absueltos de las demás preocupaciones.

El precio a pagar son los síntomas obsesivos, paranoicos, fóbicos, hipocondriacos, que han surgido y que al mismo tiempo debilitan el funcionamiento y producen nuevos malestares. El simple hecho de vivir implica tolerar la incertidumbre. Pero decirlo es más fácil que llevarlo a cabo, porque la incertidumbre implica vivir dudando, construir en el presente sin tener garantías de futuro.

Hoy somos testigos de las secuelas que va dejando la proliferación del virus. La magnitud del impacto del virus ha sobresaltado las inquietudes conscientes y comunes para todos, mientras encubre al mismo tiempo, los conflictos individuales, que al pasar inadvertidos no encuentran otros significados fuera de los ya ofrecidos por los medios.

Esto a su vez, exacerba los síntomas, condicionando el pensamiento e impidiendo distinguir la crisis desatada por el coronavirus de las crisis existenciales inherentes a cada uno en particular. ¿Y cómo rescatar la posibilidad para pensar sobre todas las versiones y sacar conclusiones pensadas por uno mismo? La amenaza del virus no puede menos que despertar los temores catastróficos; temor que nos recuerda lo vulnerables que somos, y que nos hace desear volver a experimentar la tranquilidad sentida en la infancia cuando se cree que los padres son todopoderosos e invencibles.

A veces las desgracias además de sufrimiento, también traen alivio, pues ante el tener que lidiar con las imperfecciones de la vida, que mejor que una crisis haga que aparezcan líderes, autoridades religiosas, padres, que se erigen desde su lugar de poder y nos rescatan de la incertidumbre, seducidos por su supuesto saber. Mientras menos pensemos, mas susceptibles al miedo. Mientras mas miedo, mas indefensos y mayor es la añoranza por recrear la seguridad de la infancia. Mientras mas infantilizados, mayor es la urgencia por que aparezcan líderes que nos devuelvan la confianza, a cambio de renunciar a la preciada libertad, lograda solamente desde la posibilidad y el acto de pensar sin miedo ni condicionamientos.

La autora es psicoanalista (IPA-APAP)

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