La educación del panameño está estancada. Según datos colgados en el sitio web del Ministerio de Educación (Meduca), la población de 15 años y más del país tiene apenas nueve años de escolaridad promedio, la misma cantidad que en 2005.
Según el informe Indicadores del Sistema Educativo Panameño 2010, en 2005 la escolaridad promedio era de 9.4 años y, en 2010, se ubicó en los 8.4 años. Aunque podría interpretarse como un retroceso, los expertos consultados aseguran que la diferencia estadística no es significativa y que, más que empeorar, los números indican que “la dinámica de cambio de escolaridad es muy lenta”.
Los estándares internacionales indican que, para competir en el mundo globalizado, el mínimo de años aprobados deben ser 12. En los países desarrollados, el mínimo son 15.
El ingreso tardío al sistema, el rezago, la baja cobertura en el nivel medio y la deserción son los principales factores que inciden en este problema.
La educación todavía no es para todos
Imagine a un niño de seis años en una comunidad remota del interior panameño. Debería estar ya en primer grado, pero sus padres no tienen cómo enviarlo: la escuela está demasiado lejos, no hay para comprar uniformes y zapatos, y en esa casa hay otros dos niños en edad preescolar.
Un año más tarde se ha construido una escuelita multigrado en un pueblo cercano y el niño entra a primer grado, pero ya tiene un año de retraso. Algunos de sus compañeros saben ya escribir su nombre y contar hasta 50, porque el año anterior fueron al jardín. El niño no aprende al mismo ritmo, es mucho lo que camina a diario y repite el primer grado. Al año siguiente, cuando regrese al mismo nivel, tendrá ocho años.
Es probable que este niño termine su primaria y entre a la premedia, pero teniendo 15 tendrá compañeros de 12 o 13 y comenzará a sentirse incómodo. Cuando le toque ir al bachillerato (la media) ya habrá desaparecido de la lista de matriculados y estará en la de los desertores. Tal como dice Nivia Rossana Castrellón, de Unidos por la Educación, solo el 45% de los jóvenes que debería estar en la media lo está, y un mayoritario 55% está fuera del sistema.
¿Qué relación tiene la deserción con los años promedio de escolaridad de la población de 15 y más años? Pues que mientras los jóvenes sigan abandonando la escuela, los indicadores seguirán marcando una escolaridad promedio baja, sin mejorías notables. Sencillamente, la dinámica de cambio es tan lenta que no se perciben cambios y, mientras esto persista, mal podría hablarse de un país en crecimiento.
“Es que el crecimiento de este país es una ilusión óptica. Aquí tú ves las mismas carteras que se consiguen en la Quinta Avenida [de Nueva York], pero esto no es desarrollo. Es bonanza; tal vez prosperidad, pero el desarrollo se consigue con [inversión en] capital humano”, enfatiza Castrellón.
Los datos oficiales indican que en el nivel medio están matriculados 81 mil 816 jóvenes.
Los planes del Ministerio
Precisamente debido al poco avance del indicador de “años de escolaridad promedio”, el Ministerio de Educación (Meduca) está tomando varias medidas, asegura Ángel de Gracia, director Nacional de Planeamiento Educativo.
El ministerio, dijo, “ha generado una política de ampliación de la oferta educativa” para la premedia y la media para que los centros de enseñanza estén más cerca de la población. En los últimos cuatro años, agregó, 120 centros educativos han pasado de ser solo primaria a premedia (hasta noveno grado), y otros ocho son ahora escuelas medias (hasta duodécimo).
El Meduca también planea la construcción de 13 centros educativos en áreas muy específicas. “Lo estamos haciendo en las comarcas, que son áreas sensitivas para nosotros”, explicó.
Ahora, ¿qué se está haciendo con el tema de la deserción? Si bien las autoridades conocen las razones del abandono de los estudios (desintegración familiar, desempleo o el trabajo infantil, por ejemplo), para el docente Luis A. Solís, del Centro de Educación Básica General Clelia F. de Martínez, de Coclé, es necesario crear una “comisión del menor desertor” en la que se maneje, a través de una base electrónica de datos, toda la información relacionada con los niños y jóvenes que abandonan el sistema.
La comisión sería capaz de definir en qué áreas se producen más deserciones y por qué, y de esta manera trazar políticas, programas y estrategias para disminuirlas.
De Gracia, por su parte, dijo que las políticas de retención de la población estudiantil (más escuelas, y ayudas condicionadas, por ejemplo) comienzan a dar resultados porque en 2011 desertaron 7 mil estudiantes menos que en 2010.
En América Latina y el Caribe existen 6.5 millones de niños y adolescentes que no asisten a la escuela y otros 15.6 millones que asisten pero con rezago, bajas notas o sufriendo algún tipo de exclusión.
En un último informe publicado por la Unicef y la Unesco llamado Completar la escuela. Un derecho para crecer, un deber para compartir, se resalta cómo persisten los problemas del ingreso tardío y la deserción. “Todavía quedan muchos bolsones de exclusión, actuales o potenciales: niños y niñas que ingresan tarde al sistema educativo, que fracasan reiteradamente, que no encuentran experiencias pedagógicas que les permitan desarrollar sus capacidades y que viven situaciones de discriminación”, se destaca en la nota de prensa de presentación del documento.
Un niño o un joven pueden ser excluidos del sistema educativo de muchas formas: por ser mujer, por ser habitante rural, por ser trabajador infantil, indígena, afrodescendiente o discapacitado. También tienen menos posibilidades los niños de las familias más pobres porque en esas familias hay una menor capacidad para los gastos de transporte, útiles escolares y libros.
Cuando un niño es excluido sus posibilidades de alcanzar un mayor grado de escolaridad disminuyen y, en consecuencia, no adquiere las posibilidades para competir en el mercado laboral. A las finales, el país sufre.
El informe establece que para lograr la retención y disminuir la deserción se pueden tomar varias medidas, entre ellas programas o formas de disminuir el costo que implica ir a la escuela. Aquí se incluyen los programas condicionados, la entrega de becas, de útiles o de uniformes.
En el documento, sin embargo, se propone aún más: hay que trabajar para que el estudio retome su valor en todos los sectores sociales. Hay que promover el entendimiento “del otro”, para evitar los prejuicios. Hay que adaptar la escuela a las formas culturales de cada grupo para que sienta pertenencia.
Los centros escolares, además, deben ser sitios cómodos, bien iluminados y bien construidos. Se debe trabajar para que la comunidad sienta que la escuela le pertenece y, en consecuencia, la cuide.
Hay que invertir en mantenimiento preventivo.
Además deben tener todos los materiales necesarios para el aprendizaje. “Hay que garantizar la presencia de abundantes libros para aprender”, pero no solo de textos, sino también de divulgación científica, cultural, literatura universal, americana, revistas y otros soportes textuales.
Por supuesto, la escuela también debe tener docentes capacitados, mejores sistemas de evaluación y una cultura más democrática, en la que docentes, administrativos y estudiantes se puedan comunicar.
Para que sirva de dato: en Panamá, solo el 59.2% de las escuelas primarias oficiales y el 66.3% de las premedia y media oficiales del país tienen suministro de agua potable. El 67.4% y el 83.9% de las escuelas de primaria, premedia y media, respectivamente, tienen suministro de energía eléctrica.
En el país hay más de 3 mil escuelas, pero en el nivel primario (primeros seis años) solo hay 365 bibliotecas, 178 laboratorios de ciencias, 858 laboratorios de informática, 82 gimnasios y mil 834 comedores.
Ana Teresa Benjamín
ENFOQUE
Ileana Gólcher*
panorama@prensa.com
propuestas. Para empezar, los estudiantes de las áreas rurales e indígenas necesitan mejorar sus condiciones de vida. El 74.5% de los centros educativos en Panamá son multigrado y, en consecuencia, la calidad de los aprendizajes es limitado. Curiosamente, Panamá es uno de los pocos países de la región que presenta altas tasas de repitencia en primer grado. Quien ha fracasado en todo caso es el educador.
Para los estudiantes en general: hay que mejorar la formación docente para que el proceso enseñanza aprendizaje sea dinámico, creativo e innovador. Hay que invertir en infraestructura porque ahora muchas escuelas infunden temor solo al observar sus instalaciones. Antes disfrutábamos de grandes bibliotecas y se premiaba a los más aplicados.
Vivimos una época en la que los padres de familia deben asumir con mayor interés su rol e introducir incentivos reales “no obligados” para lograr su participación en actividades de la escuela y en el seguimiento de la situación escolar. Esto se traducirá en una mayor valoración por parte de los padres y de los propios estudiantes de la educación como único y principal capital capaz de mejorar las oportunidades de acceso a la educación.
Por otra parte, el calendario escolar es muy reducido y los estudiantes reciben menor cantidad y calidad de educación; se pierden muchos días de clase que no se recuperan nunca. Esto es un vacío que se profundiza sobre todo en los centros educativos oficiales.
*La autora es docente e investigadora