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Sábado picante

Sábado picante
La constructora brasileña está acusada de pagar sobornos a funcionarios panameños. Archivo

En el caso Odebrecht, los que pagan o han pagado sus conductas delictivas son las sardinitas y uno que otro pez. Pero los tiburones blancos siguen retozando, felices, como si supieran algo que nosotros desconocemos... pero que sospechamos. En algún tonto momento de mi vida, tuve la esperanza de que Odebrecht podía ser el escarmiento de nuestra clase política. Los hechos demuestran lo contrario. Más preocupación tienen de que les pongan una boleta por estar mal estacionados que de recibir una condena por haber robado millones.

Al adentrarse en ese caso, uno puede ver con absoluta claridad y certeza que hay suficientes pruebas para que sea condenada una buena cantidad de personas. Y unas más que otras, porque no supieron cubrirse bien. Pero los hay que actuaban como si Panamá fuera el huerto de sus cultivos. Y aún así, esta semana pude ver cómo, a pesar de ello, hay gente pidiendo que algunos de ellos vuelvan al país. Seguro estoy de que todo, absolutamente todo lo que hay en su contra, de nada sirve frente al poder que tienen unos miles de dólares en el mercado de las conciencias.

Y este gobierno. No hay duda de que ha aprendido del maestro al que enseñó por allá en la década de 1990. Antes, sus políticos trabajaban de dos a tres años, y los últimos dos años del período presidencial los dedicaban a hacerse del dinero que necesitarían para cuando perdieran las elecciones. Eso ya es historia. Ahora roban desde antes de llegar al poder. De una casa de barrio, a un apartamento de millones; de ser profesional de clase media, a político opulento.

Una vez leí de un empresario que pagó coimas por obras que le dio el gobierno que no iba a meter la mano, que nunca antes había tenido necesidad de ofrecer nada. Hasta que cierta vez ganó limpiamente una licitación, y los políticos le pidieron plata. Entonces, uno se pregunta, ¿por qué una empresa que se ganó genuinamente un acto público tiene que pagar coimas? La respuesta está en la burocracia. Hay tarifas por la orden de proceder; adendas; reuniones con el encargado de la obra; por acortar trámites de control; por la liberación de pagos; para lobistas, intermediarios, inspectores, y hasta el biencuida’o.

Por eso, a una obra que en el sector público cuesta $4 millones netos, seguramente hay que agregarle el costo de satisfacer la voracidad de funcionarios que están en fila esperando recibir su parte del pastel. Entonces, esa obra queda costando $6 millones, que alcanza, además, para subcontratar a un tercero que se encargue de lidiar con el dichoso proyecto.

Y eso fue lo que hizo Odebrecht. Sencillamente esperó -y no mucho- hasta que le tocaron la puerta. Es la ancestral manera panameña de hacer negocios en el Estado. Y eso no ha cambiado un ápice. Esa es la verdad, pura y dolorosa. Lo juro por el premio del Gordito del Zodiaco, por la concesión de PPC, por el oro de Molejón, por la planta de NG Power y por los dos hospitales Covid.



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