Hablar con Dios

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Tengo un amigo, muy buen novelista y escritor, Manuel Vilas, que habla con Dios todas las semanas.

El diálogo lo publica después en Facebook, para goce de los afortunados que podemos leerlo.

Son conversaciones inteligentes, en las que Dios le habla a Vilas en inglés y él le contesta en español. Hablan sobre las cosas más dispares y absurdas, pero en Vilas (y, claro, en Dios) todo tiene un sentido.

Yo a Dios lo llamo el Gran Arquitecto, como los masones de los que tengo el espíritu y las ganas, y tengo para mí que el caos estable sobre el que nos movemos no es más que el resultado de un milagro creado como un juguete perfecto por el Ser Supremo al que llamamos Dios o Gran Arquitecto.

TRES PREGUNTAS

La otra noche, sin querer emular a Vilas, me senté en la terraza abierta al cielo de mi casa en la Sierra de Madrid, donde ahora escribo estas líneas, y me puse a observar el firmamento hasta que cayó un par de Perseidas, las llamadas lágrimas de San Lorenzo.

El cielo estaba limpio de nubes y yo degustaba un “señoritas” y una buen copa de ron Santa Teresa con naranja, que me regalaron el año pasado en Venezuela, auténtica bebida para dioses y mortales.

Le pedí a una de esas Perseidas que esa noche soñara con Dios y así sucedió. El Gran Arquitecto me lo contó todo, sobre todo lo sustancial, de dónde venimos y dónde vamos a parar.

Las tres preguntas son parecidas a las que se hace la llamada “filosofía vasca”, que aunque parezca un oxímoron no lo es del todo: quiénes somos, de dónde venimos y dónde vamos a cenar. Eso es una gozada.

El Gran Arquitecto, sin embargo, es un ser silencioso, que solo le habla a privilegiados como Manuel Vilas, a quien cada vez que leo lo quiero más y lo admiro literariamente como a uno de los grandes.

Un día Vilas tendrá que venir a Panamá a explicarles a los panameños sus conversaciones con Dios, será todo un éxito, y un triunfo de los dos, en un mundo de descreídos y escépticos, tanto que hay muchos millones en el mundo que no admiten la más elemental de las condiciones humanas: la duda.

ANÉCDOTAS

“Soy ateo por la gracia de Dios”, escribió en sus memorias, El último suspiro, en genial Luis Buñuel, galdosiano y anticlerical de primera línea.

Hay otra anécdota todavía más rica en matices. En plena Guerra Civil Española, en el frente de Aragón, el jefe anarquista Buenaventura Durruti mandó fusilar a un par de pastores protestantes que estaban soliviantándole a las masas.

Un camarada de Durruti, misericordioso como el que más, le advirtió de la condición religiosa de los condenados. “Si fusilo a los curas, que son de la religión verdadera, imagínate a estos dos, que ni me van ni me vienen”.

Como diría un viejo amigo, “por si aca”, del verbo “porsiacar”.

El Gran Arquitecto me exigió sacralmente que no contara nada de lo esencial de mi conversación con Él durante mi sueño estival; que lo guardara en secreto para siempre y que nunca traicionara mi palabra.

Lo haré: nunca contaré la sustancia de nuestra conversación, aunque de vez en cuando iré soltando perlas, como hace Vilas, con mucha intención para ir sembrando de dudas el camino de los ateos y escépticos.

Ellos no tienen problema alguno: no creen, no tienen fe, ni siquiera dudan. Para ellos el Gran Arquitecto es un invento antiguo clavado en los genes de nuestra memoria y nada más.

Para los que creen en Dios sin duda alguna, tampoco hay problema. El Gran Arquitecto lo hace y lo deshace todo, existe por encima de todos y de todas las cosas, y no hay nada que discutir.

Los que estamos verdaderamente preocupados con todo esto somos los que dudamos todo el tiempo de todo, y hasta de nosotros mismos. Yo mismo estoy ahora dudando de que haya tenido lugar mi conversación con Dios en el sueño veraniego, incluso dudo de que Dios le habla todo el tiempo a Vilas, con esa calidad expresiva con la que el escritor lo describe en su “muro” de Facebook.

Envidiable calidad literaria de la que, para qué contarles, yo no dispongo con tanta claridad como Manuel Vilas, llamado, ya lo he dicho, a ser uno de los grandes escritores de la lengua española en el futuro, si ya ahora mismo y todavía no lo es.

El caso es que la duda, que ofende a tantos, a mí me da la fuerza humana que necesito para gozar de la vida y seguir perteneciendo a esa oposición que así se llama.

Recuerden que a Balzac, un poseso de la literatura, le preguntaron una vez qué postura política tenía. “Yo pertenezco a la oposición que se llama la vida”, contestó el genio francés. En mi sueño hice mías las palabras de Balzac y, ante mi asombrada alegría, el Gran Arquitecto me dio su bendición.

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