Salmón ahumado en memoria de Gould

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Esta misma semana, en Manhattan, New York, fui a la Minotta Tavern, en el Village, en busca de la memoria de Joe Gould, el escritor bohemio que convenció al mundo entero de que estaba escribiendo la historia más extensa contada por ningún hombre: Historia oral de nuestro tiempo.

Con los años, su nombre y su epopeya se han convertido en una leyenda vaporosa, entre el olvido y la añoranza. Incluso hay gente que dice que Gould, el escritor que se decía experto en el lenguaje de las gaviotas, nunca existió.

A nosotros nos consta que sí, que Gould no fue un invento de quien lo descubrió para el mundo en el The New Yorker, el periodista Joseph Mitchell, con los dos espléndidos reportajes, luego recogidos en un libro excepcional: El secreto de Joe Gould.

Gould, en la temporada en que fue aceptado por los beatniks y sus descendientes intelectuales, repetía la historia que estaba escribiendo a mano “en cientos de libretas” que, decía él, tenía escondidas en lugares muy ocultos y casi clandestinos.

Así se fraguóél mismo su leyenda en Minotta Tavern, un restaurante que frecuentaba y donde le daban de comer, mantenido por otros escritores del lugar.

Hasta que, durante la II Guerra Mundial, sacó un rejo anticomunista y fue tildado incluso de filonazi por sus antiguos amigos.

Durante años, su leyenda cayó en el olvido. Como si no hubiera existido jamás, no quedó huella del personaje ni de su obra.

Gould murió, en realidad, sobre finales de la década de 1950 del siglo pasado, pero siempre fue un personaje que me rondó la cabeza, a partir de la lectura de los reportajes de Mitchell.

Me imaginaba el Doctor Gaviota, envuelto en sus abrigos raídos, tal como aparece en una película que se hizo con su historia más o menos real; me lo imaginaba cascarrabias, tal como había sido su carácter, a veces rozando la ilegalidad, siempre libre y sin nada que llevar a cuestas, salvo la memoria de su libro enorme e interminable; me lo imaginaba incansable, contando sus batallas verbales, peleas y mitos que nunca escribió, aunque convenció a todo el mundo de que el universo que contaba ya estaba escrito por él en unos documentos manuscritos que llenaban departamentos secretos, decía, de sus verdaderos amigos, depositarios silencioso y ocultos de su tesoro intelectual.

Mitchell llegó a descubrir en sus reportajes que aquel bohemio tan interesante y convincente, que comió en la Minotta Tavern con Hemingway y se sentó a tomar cervezas con Sophia Loren y Jane Mansfield en más de una ocasión, y siempre en el Minotta Tavern; el mismo escritor que había sido citado en algunos de sus poemas nada menos que por E.E. Cumings, era en realidad un farsante intelectual que escribió tan solo siete u ocho libretas de su enorme libro inexistente; siete u ocho libretas que contenían, todas y cada una, el mismo texto repetido siete u ocho veces; repetido una y otra vez, como si ese capítulo, tan repetido, fuera toda la historia del mundo que el Doctor Gaviota, Joe Gould, había decidido escribir.

Fui, pues, al Minotta Tavern, a dos pasos de la Washington Square, casi aledaño a los edificios de la NYU, a buscar los restos de la memoria de Joe Gould.

Mientras me tomaba un zumo de naranja y pedía un gran plato de salmón noruego ahumado, le pregunté a los camareros que me atendían, unos detrás de los otros, dónde estaba en las paredes de la taberna la foto del tan famoso escritor Joe Gould, el Doctor Gaviota.

Ninguno de ellos me pudo decir. Yo, les dije a cada uno de los camareros, no soy ningún turista absurdo: vine hasta aquí, dije, a buscar la sombra perdida de Joe Gould.

Mi desolación subió muchos enteros cuando, mientras degustaba aquel plato de espléndido salmón, uno de los encargados del local me dijo que nadie allí sabía quién era Joe Gould ni, desde luego, Joseph Mitchell.

Había una música en tono muy bajo, de una orquesta que tocaba Yesterday, y yo me refugié entonces en la memoria de cuanto sabía de Gould.

Puesto que la he leído, existe, me dije, convencido y socarrón. Miré a la gente que comía plácida y divertidamente en la Minetta Tavern, y me sentí una vez más privilegiado poseedor de esa historia que, en ese momento en el interior de la taberna, nadie conocía o recordaba.

A la vuelta del Village, luego de fumarme dos “señoritas” a la intemperie de un clima neoyorkino extraordinario, me tocó en suerte un taxista dominicano que había estudiado literatura en Salamanca.

Claro que conocía la leyenda de Joe Gould. Y había leído a Pérez Reverte, a Herrera Luque, al Gabo (sic), a Soledad Puértolas, a Ana María Matute. Y había leído el libro de Mitchell que había publicado Herralde en Anagrama hace unos años. Cuando llegamos a mi hotel en Broadway, media hora más tarde, ya éramos amigos. Y hablábamos de Joe Gould como si también hubiera sido amigo nuestro. ¡Ah, New York, cuántas cosas aprendemos en tus calles!

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