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La Chiquitania es el mítico territorio de las misiones de los padres jesuitas, que comenzaron a establecerse en Bolivia a finales del siglo XVII. Tomada de Wikipedia La Chiquitania es el mítico territorio de las misiones de los padres jesuitas, que comenzaron a establecerse en Bolivia a finales del siglo XVII. Tomada de Wikipedia
La Chiquitania es el mítico territorio de las misiones de los padres jesuitas, que comenzaron a establecerse en Bolivia a finales del siglo XVII. Tomada de Wikipedia

La carretera que lleva desde Santa Cruz de la Sierra hasta la frontera con Brasil se extiende por la planicie en una recta infinita, como tirada a cordel. Los cerros son raros, apenas uno o dos en la distancia cuando bajo un cielo nublado nos acercamos a San José de Chiquitos. La explicación es que chiquitos pasaron a ser llamados los naturales de la región a la llegada de los colonizadores debido al exiguo tamaño de las puertas de sus chozas, y así fue bautizada también su lengua.

La Chiquitania, el mítico territorio de las misiones de los padres jesuitas que comenzaron a establecerse en Bolivia a finales del siglo XVII, obra iniciada en Paraguay y en los territorios fronterizos de Argentina y Brasil. Una utopía que vio su final cuando Carlos III decretó la expulsión de los miembros de la orden de los territorios de la Corona en 1767.

La banda sonora que Enzio Morricone compuso para la película La Misión, de Roland Joffé, bulle en mi cabeza, y lo mismo me persigue la imagen con que el filme se abre: el misionero jesuita atado a una cruz que va dando tumbos entre las aguas embravecidas, hasta despeñarse por el torrente de la catarata del Iguazú, sometido al martirio por los indios guaraníes.

También el poema La arcadia perdida, de Ernesto Cardenal, describe con admirada meticulosidad la vida y organización de las misiones: “En las oscuras selvas del Paraguay/Por esas avenidas iban y venían los indios con poncho y boina/Niños de 12 años tocaban con el arpa melodías de Bolonia/Máquinas hidráulicas extraían el agua de los ríos…”.

Hay quienes las califican de una “teocracia socialista”, organizadas bajo un modelo paternalista de premio y castigo. En todo caso, una singular experiencia de evangelización de infieles y de colonización comunitaria como no se vio en ninguna otra ocasión en América, sobre todo tratándose de territorios remotos e inaccesibles. La vida primitiva de quienes eran atraídos a las reducciones sufrió una transformación radical. Siguieron hablando sus lenguas originales, que fueron respetadas, y aprendieron a trabajar en comunidad en la agricultura y en diversos oficios para su propia manutención y el beneficio de las misiones, que llegaron a ser muy ricas, y por tanto, codiciadas.

Beneficiaban azúcar y hierba mate, fabricaban tejidos de algodón, lo mismo que muebles y joyas, y tenían fundiciones de bronce y estaño, además de procurarse sus propias armas. Y una de las ventajas que los indígenas encontraron en las reducciones es que podían defenderse de ser tomados como esclavos por las bandeirantes que incursionaban desde el territorio de Brasil. Una utopía como la de Campanella o Tomás Moro, que también se parecía a las sociedades comunitarias prehispánicas. Atendía a la redención pero proveía a las necesidades de los cuerpos, y también de los espíritus.

Si no que lo diga la música. Los aborígenes aprendieron el arte del canto y a tocar los instrumentos europeos y también a fabricarlos con gran destreza. En lo hondo de los montes empezaron a resonar piezas renacentistas y barrocas, de Arcángelo Corelli a Händel y Vivaldi.

Los padres jesuitas eran maestros músicos y quedan centenares de piezas de su autoría, aunque anónimas, preservadas a lo largo de los siglos por el celo de los indígenas; y así mismo enseñaban a componer: en los festivales chiquitanos se ejecuta una ópera, obra de uno de aquellos discípulos nativos.

Y también eran arquitectos y maestros constructores, como lo demuestran sus soberbios templos, como este de San José de Chiquitos, de espléndidos altares barrocos recubiertos de pan de oro, que admiramos durante un recorrido nocturno. Al pie del altar mayor, la Orquesta San José Patriarca compuesta de niños y adolescentes, nos obsequia con un impecable concierto. La dirige el maestro francés Antoine Duhamel, y sus pequeños músicos tocan con brío piezas de Purcell, de Haydn y de Mozart.

Al final del concierto le pregunto a una de las ejecutantes, que andará por los 12 años, cuánto tiempo toma aprender a tocar un instrumento. “Toda la vida”, me responde con aplomo, “en música nunca se deja de aprender”.

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