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El prestigio de la memoria

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El prestigio de la memoria es, en estos momentos, enorme. Hace apenas dos generaciones, la memoria fue relegada en el mundo occidental como una suerte de rémora inservible (perdonen la redundancia), un apéndice inútil que no decía nada en beneficio del “memorioso” o memorión. El memorión, en su caso, era eso, un memorión, alguien con mucha memoria pero sin mucho talento, o más bien nada de talento. Las ciencias prácticas y economicistas se hicieron cargo del canon del prestigio occidental y la memoria era un simple juego que no añadía nada a nadie. Se nos olvidó que la memoria es la persona con todas sus características. Se nos olvidó que somos porque recordamos. Se nos olvidó que la facultad de la memoria hay que organizarla y articularla para tener dispuesto cualquier instinto de propia conservación, el derecho a reconocerse cada uno como es, con todas las diferencias que haya entre nosotros. Se nos olvidó que olvidándonos de muchas cosas llega al final el olvido total, y ese alemán que empezó hace unos a robarnos las cosas termina por quitarnos de la cabeza qué somos y quiénes somos. Y terminamos por no ser nada ni nadie. Sin embargo, quienes memoriones creíamos siempre que la memoria personal era un arma cargada de futuro, e incluso un arma de destrucción en defensa propia, no hemos hecho en la vida otra cosa que un ejercicio de memoria constante, una gimnasia necesaria para nuestra vida y el desarrollo de nuestra personalidad. La memoria es todo o casi todo, porque si no se recuerdan los conocimientos de cualquier cosa, esos conocimientos no existen. Cada vez que tengo que recordar muchos nombres y se me olvida alguno me lleno de terror. Durante días, sin usar en ningún momento los elementos electrónicos y los diccionarios tecnológicos que me resolverían en un segundo mi pequeño o gran problema, busco y rebusco en los archivos de mi propia memoria el detalle del que no me acuerdo. Hasta que, tras ciertos esfuerzos y ejercicios de memoria, aparece resplandeciente el nombre de la ciudad olvidada. Guillermo Cabrera Infante me dijo una vez que los escritores lo somos gracias a nuestra memoria y que es ahí, en la memoria, donde reside parte del gran talento de cualquier escritor. De cualquier persona, diría yo.

Lo terrible es ver tanta gente enferma con algo que se llama demencia senil y que hay que tocar madera y recordarlos para que de ninguna manera nos entre a nosotros el bicho del olvido. Mucha gente, sea dicho de paso, no quiere sino olvidar los malos momentos de la vida y envía al cerebro órdenes negativas diciéndole que se olvide. Mucha gente no saben cómo funciona el cerebro, y yo tampoco, y enviarle ondas negativas para bloquear la memoria puede ser tan malo como que todas esas órdenes se hagan intemporales y se queden ahí, en la memoria, anulándola para siempre. Puede o no, porque la vejez nos trae un cansancio de memoria que a veces es natural: tanta información termina matando la propia información y liquidando la memoria de las cosas malas y la de las cosas buenas.

Por ejemplo, una persona rencorosa, como es mi caso, lo es porque tiene mucha memoria y no quiere olvidar nada. Ni las cosas buenas ni las malas. Otra mucha gente, con tal de no ser rencorosa y “vivir feliz” se olvida de los males que ha sufrido y a veces termina por no acordarse tampoco de las cosas buenas. Sencillamente, termina por no acordarse. En una novela de García Márquez, creo que en El general en su laberinto, hay un general que expresa su felicidad constante con una sonrisa bobalicona que no cambia nunca. Lo que ocurre, en realidad, es que ese general no se acuerda de nada ni de nadie, le sonríe incluso al enemigo en trinchera y es feliz por eso, porque no se acuerda de nada. Ni de su nombre. Ahora se sabe, tras arduas investigaciones científicas, que hay un rencor bueno, que alimenta eficazmente la memoria, y un rencor malo, que va matando al rencoroso hasta acabar con él. Mi rencor, como mi memoria, está alimentado por frutas buenas, por el recuerdo de todo, y no olvido fácilmente una falta de respeto ni una intromisión en mi vida. Es muy bueno recordar, aunque sean recuerdos felices los que se mantienen en la memoria. Lo peor es olvidar, hacer como que las cosas nunca sucedieron como se recuerdan y pasar a otro cosa como si nada. Malo para la memoria, malo para el recuerdo y malo para la vida. En cambio, una memoria frondosa, ordenada, fuerte, siempre dispuesta a la defensa o al ataque de nuestra propia personalidad, que es en efecto parte de nuestra vida, es propia de quienes amamos la vida por encima de todas las demás cosas. Propia, en fin, de quienes gozamos mucho de esa misma vida, aunque algunas veces recordamos las malas pasadas de la vida, las cosas oscuras que tal vez nadie conoce y aquella parte en sombras de nuestra alma que nos reconcilia, sin embargo, con lo mejor de nosotros, con lo mejor que somos.

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