A veces una película de acción vale la pena

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‘Una noche para sobrevivir’ tuvo un presupuesto de 50 millones de dólares y hasta ayer había recaudado 55 millones de dólares. ‘Una noche para sobrevivir’ tuvo un presupuesto de 50 millones de dólares y hasta ayer había recaudado 55 millones de dólares.
‘Una noche para sobrevivir’ tuvo un presupuesto de 50 millones de dólares y hasta ayer había recaudado 55 millones de dólares.

La mitad de la carrera como director del barcelonés Jaume Collet-Serra tiene una estrecha vinculación con el actor irlandés Liam Neeson.

Uno detrás de la cámara y el otro al frente del lente han participado juntos en tres títulos potables como lo son Sin identidad (2011), Non-Stop o Sin escalas (2014) y Una noche para sobrevivir (2015).

Collet-Serra ha crecido como cineasta de una manera impresionante, siempre con películas de presupuestos modestos para lo que es normal en la meca del cine, y en todo momento con un tipo de cine cuya misión única es entretener a la audiencia (un pecado del negocio audiovisual que a veces puede considerarse una virtud), en particular, a los jóvenes adultos.

Si algún malvado me obliga a ver de nuevo La casa de cera (2008), si alguien con un arma me exige retomar Gool 2 (2007), y las comparo en cuanto calidad con la electrizante Una noche para sobrevivir (Run All Night), tengo la obligación de quitarme el sombrero y hacer loas a este cineasta que reside en Los Ángeles desde hace 20 años, pues se nota que ha adquirido pulso y dominio en su oficio.

LA ACCIÓN, DE LEJOS

No soy fanático del thriller de acción made in Hollywood, porque es una abominable combinación de géneros que ha creado, sin asco ni remordimiento, una serie de producciones repetitivas, estériles y vacías, aunque otra es la historia de cómo se plantea y se utiliza en Run All Night.

Por un lado, porque Liam Neeson, que cumple 63 años este junio, es uno de los escasos actores maduros que en la meca del cine es convincente en su rol de matón letal, aunque pienso que debería concentrarse más en el drama.

Cuando lo observo en la pantalla grande rompiendo quijadas en Una noche para sobrevivir, no caigo en la tentación de echarme a reír por sus actos (cuando debería transmitir miedo), lo que sí me ocurre cuando veo casi cualquier película de acción protagonizada por estos días por los ya veteranos Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger, Chuck Norris, Steven Seagal, Dolph Lundgren y Wesley Snipes.

Sí, lo sé, es un insulto y es injusto comparar a Neeson con Lundgren, Stallone y demás intérpretes con sobredosis de testosterona, pero es cierto, a Neeson se le ve compacto, seguro de sí mismo y disfrutando las películas de acción, en esta ocasión en su papel de padre asesino que hará hasta lo impensable para salvar a su hijo.

Ese es el segundo encanto que ofrece Una noche para sobrevivir, que el personaje que encarna Neeson, el sicario Jimmy Conlon, es un antihéroe en el estricto sentido de ese tipo de seres humanos trágicos, condenables y humanamente imperfectos, que en el cine, la televisión y la literatura moderna son tan atractivos y populares.

Jimmy Conlon se ha ganado a pulso el sobrenombre como se le conoce en el mundo del hampa: El Cavatumbas.

Conlon ha eliminado a más de una persona indeseable para los negocios de su jefe mafioso irlandés (Ed Harris), al que profesa una lealtad casi inquebrantable, pues no tiene inconveniente de romper un brazo o robar un automóvil si con estas medidas cumple con su trabajo, pero no se siente especial por ser un delincuente y sabe que esa forma criminal de ganarse la vida lo llevó a perder a su familia y además ser la presa más preciada de los pocos policías honestos, que de acuerdo al guion de Brad Ingelsby, quedan en la ciudad de Nueva York.

UNA NOCHE SANGRE

Los largometrajes de acción promedio, a cargo de la llamada meca del cine, tienen una debilidad definida y descarada: los disparos, las persecuciones de automóviles, las peleas y los asesinatos, es decir, los hechos violentos que sustentan al género, están siempre por encima de la historia, es decir, en ocasiones la trama existe fundamentalmente para que se puedan dar las escenas de muerte y sangre, muchas veces gratuitas y sin justificación alguna.

En Una noche para sobrevivir pasa todo lo contrario: el ritmo, los conflictos y las intenciones de los personajes (tanto sus equivocaciones como sus decisiones correctas), están supeditados a lo que se plantea en el argumento, a lo que está pasando, en este caso, cómo reacciona el jefe (Harris) de Conlon cuando este lo llama por teléfono y le informa que tuvo que matar al hijo de su superior porque intentó eliminar a su vástago.

Este suceso ocurre en un momento crucial. Shawn Maguire (Ed Harris) quiere poner en orden sus inversiones y alejarse como pueda de la ilegalidad, pero su hijo desea expandir el pequeño imperio de la mano de la droga. Por su parte, Conlon está tirado al abandono, no quiere ni aspira a nada, pero su hijo sí desea sacar adelante a su familia y trabaja de forma honesta como una mula.

Es entonces cuando Una noche para sobrevivir se conecta con los temas obligados de ese subgénero fílmico tan estadounidense: el cine de mafiosos, ya que la película de Jaume Collet-Serra explora la necesidad de encontrar el perdón de las víctimas, la venganza como un acto cercano a la justicia, la redención de los pecados sacrificando su propia existencia, cómo los hijos pagan las deudas de los entuertos de sus padres, cómo el pasado te condena hasta el final de tus días, que la paz solo aparece tras una plaga de asesinatos y se debe aplicar la ley del talión cuando sea necesario.

Collet-Serra y Brad Ingelsby deciden contar la historia de Una noche para sobrevivir en un plazo de 24 horas, lo que la hace compacta, aunque deja unos cuantos cabos sueltos que la vuelven débil.

En un solo día, el destino de sus personajes será definido según lo que cada cual decida hacer, lo que los hermana con los hombres y mujeres de la tragedia griega clásica y las emblemáticas obras de William Shakespeare. Sí, son palabras mayores, pero les reitero, estamos ante una película de acción que intenta ser diferente porque tiene ambiciones, de esas que convirtieron a los actores Charles Bronson y Steve McQueen en unos ídolos inolvidables.

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